sábado, 20 de agosto de 2016

Husografía o la recreación del mundo

Ciudad de México, sábado 20 de agosto, 2016.— 

Dos de las husografías de Merecdes Aspe en el MAM de Toluca.
No pudo ser en siete días la recreación del mundo que hizo Mercedes Aspe, tal como lo vimos en el Museo de Arte Moderno de Toluca. Le tomó más de tiempo en la creación, una vez que decidió habitar sus Husografías, sus «esferas de acrílico con divisiones paralelas similares a la división de los husos horarios de la esfera terrestre», tal como lo explicó Virginia Aspe en la presentación del pasado sábado 13 de agosto.

Estos planetas están divididos en gajos que van del Este al Oeste para que Mereces Aspe recreara su mundo y su sistema planetario en esferas de un diámetros de 60 o 70 centímetros como los que concibió en su estudio y empezó a dibujarlos permitiendo que sus criaturas-símbolos salieran del inconsciente hasta la punta de su lápiz, empezando por donde se le antojara con una rayita tras otra hasta que, de repente, dibujaba un rostro como el de una niña con todo y sus trenzas o la de un bocón de marras que intenta asustarnos y así seguir, hora tras hora, dejando fluir a su ritmo lo que se le iba ocurriendo para dejarlos plasmados en sus husografías «un tipo de arte que rebasa las categorías tradicionales de la pintura», como Virgina lo apuntó. Todo es sombra y luz, grises que cubren las maquetas de su sistema planetario con todo y una Luna en cuarto creciente, colgada de hilos, con sus mares, lagos, montañas encrespadas y planicies.

Más allá, los pequeños satélites esperaban impacientes poder girar alrededor de sus planetas, como su fueran hijos de tigres, pintitos. Todo esto es una obra original que ha sido creada a través de miles de horas que no podemos calcular porque no somos contadores, pero que creemos está cerca del infinito.

Y todo para que disfrutáramos un instante de esos símbolos que normalmente nos resistimos que salgan pero que Mercedes lo permitió con toda paciencia mientras oscurecía la parte meridional de uno de sus planetas y si le viene a la cabeza que allí haya luz, entonces, deja unos círculos que iluminan esa parte de la geografía.

Habitado así, encontramos a ‘pi’ (π = 3.1416) la relación entre la longitud de la circunferencia y su diámetro y, entonces, lo dibuja, pequeño en el Noreste de su planeta. Y sigue con otros objetos que pululan por su cabeza antes de dejarlos plasmados así nomás y a las tantas horas de trabajo diario.

Mercedes dejó a un lado la conciencia y dibuja lo que le viene en ese momento a la cabeza, sin poder borrarlos, para que queden en esa husografía de su imaginario infantil o algunos fragmentos de sus sueños o pesadillas cuando seguro se sintió un poco perdida.

Ella es una artista que la asocio con Dante cuando se trata de lo que le dijo Francesca da Rímini: «ningún dolor es más grande que el de acordarse del tiempo dichoso cuando está uno en desgracia», como tal vez lo dibujó como creí verlo desde la altura, cuando medio cegatón me acerqué para ver el detalle: vi unas caritas que me hablaban en secreto; formas que me decían cosas como esas que ya no están bajo llave porque han salido a flote después de tantas horas de trabajo durante tres años seguidos. Al final, respiré hondo y de repente di un suspiro, asombrado por esa rotunda belleza.

La obra de Mercedes —concluyó Virgina—, ha logrado plasmar el movimiento y la temporalidad de la pintura que, por su propia naturaleza, está inserto en condiciones estáticas y superficies planas bidimensionales habían sido derrotadas por Mercedes al incrustar su obra en las artes del tiempo que, en esencia tienen secuencia y movimiento.

sábado, 13 de agosto de 2016

Atrapados por los nazis

Ciudad de México, sábado 13 de agosto, 2016.— 

Richard Strauss a los 52 años de edad.
No podía estar en mejores manos La colaboración, una obra de Ronald Harwood (1934-) escrita en el 2008 por el mismo autor de El vestidor, (1983) y El pianista (2002). La trama de esta reciente obra se desarrolla alrededor del libreto que escribió el novelista Stefan Zweig (1881-1942) para que Richard Strauss (1864-1949) compusiera la ópera Die schweigsame Frau (La mujer silenciosa), una ópera que fue estrenada en 1934, cuando Hitler tenía dos años en el poder y, por supuesto, perseguía a los judíos, como persiguió al mismo Zweig, al tiempo que el compositor era amenazado por los Nazis para que colaborara con ellos o su nuera y sus dos nietos judíos, estarían en peligro.

Imaginaba a un Strauss diferente: viejo y enjuto, serio y carismático como puede ser un hombre importante a los 70 años de edad. Tenía otra idea de él, con una personalidad diferente a la que se presenta en la obra. Efectivamente era un compositor en busca de un libretista desde que había muerto Hugo von Hofmannsthal (1874-1929) con quien había trabajado varias óperas: Electra (1908), El caballero de la rosa (1910) y Ariadna en Naxos (1912), entre otras.

No entendí por qué el ritmo con el que hablaba frau Strauss se parece tanto a la insoportable lentitud con la que habla Silvia Lemus en Tratos y retratos en su programa del Canal 22. Por eso la primera parte se estira como si sucediera en cámara lenta.

También imaginé, es fácil hacerlo desde la butaca, que podrían eliminar la circularidad de algunos diálogos donde se repite la conversación más de una vez con casi las mismas palabras y si además, eliminaran la escena en donde toman té frau Strauss y Lotte, entonces, la obra podría presentarse en un solo acto, a un ritmo que nos hubiera llevado en crescendo hasta el gran final, trágico y dramático: trágico, por el suicido de Zweig y Lotte en Brasil donde habían emigrado como ‘judíos errantes’ en donde el escritor se imaginó estar en un callejón sin salida, donde el suicidio era la única salida; dramático, cuando vemos a Strauss desecho por el dolor de esa pérdida y la culpa de no haber podido hacer algo por su amigo Zweig.

Hay un oscuro pero efectivo sentido del humor, más de ellos que de ellas, aunque la dureza de frau Strauss resultó ser cómica. Al final dice Zweig: ‘recuerda qué bella es la música, sí qué bella es sobre todo cuando se termina y nos quedamos por fin en silencio.’

Y luego cuenta otras anécdotas relacionadas con sus libros, como en el caso de la decapitación de Ana Bolena en donde ella le exige al Arzobispo de Canterbury que le narre, paso por paso, lo que le va a pasar hasta que le corten la cabeza…

—¿Y luego? —le preguntaba con ansias antes de imaginar su cabeza rodando por el suelo o cayendo en la canasta. Quiere saber todo y qué le pasa después de que la espada o el hacha haya caído:

—¿Y luego? —le volvió a preguntar al Arzobispo y éste se quedó callado. Entonces, ella misma se contestó…

—¿Y luego?… seré más sabia que usted…

La semana pasada terminó la temporada de La colaboración  traducida y dirigida por Sergio Vela con la Compañía Nacional de Teatro en Coyoacán quien cuidó de todos los detalles y la actuación de Juan Carlos Remolina como Strauss; Renata Ramos como frau Strauss; Diego Jáuregui como Zweig, Mariana Gajá como Lotte, la secretaria y amante del escritor, así como, Andrés Weiss como el Nazi, Hans Hinkel y, Ricardo Leal como Adolph, el coordinador del estreno de esa ópera en 1934 a quien luego corrieron por agregar el nombre del libretista judío en el programa de mano.

Ojalá pronto salga de gira y la puedan ver en Guadalajara.

sábado, 6 de agosto de 2016

La samba también es cultura

Ciudad de México, sábado 6 de agosto, 2016.—

La samba, el ritmo preferido en Brasil y en las olimpiadas.
Con cerca de dos mil eventos culturales y artísticos presentados en ochenta diferentes escenarios con más de diez mil exponentes de diversas regiones del Brasil, los espectáculos se presentarán en teatros y plazas en algunas de las trescientas veintinueve ciudades brasileñas por las que pasó la antorcha olímpica, tal como nos reportan los medios aunque no han trasmitido ninguno.

Así han dado inicio las olimpiadas culturales en Brasil al tiempo que ha empezado la deportiva y, en medio de toda clase de dificultades, seguro se ha hecho o se hará presente el baile y la música popular para que, parafraseando a Monsiváis, podamos decir que la samba también es cultura.

Vamos a disfrutar de esos deportistas que llegaron a competir, pues de eso se tratan las Olimpiadas, como bien decía Pierre de Coubertin (1863-1937) en 1896 cuando organizó las primeras olimpiadas modernas, tratando de recuperar el proyecto clásico, incluyendo las competencias literarias y artísticas con medallas tan válidas como las deportivas, como nos enteramos en la revista de agosto de El País el miércoles pasado, en donde Coubertin consiguió el primer lugar en los premios literarios participando con un seudónimo y su Oda al deporte.

Horacio (60 a.C.) ya sabía lo que significaba competir y, por eso escribió en su Arte poética esto: El que ahora se esfuerza por llegar corriendo hasta la meta deseada, sufrió mucho de niño, entrenó mucho, sudó, se quedó frío y se privó de Venus y de vinos, como lo rescató Juan Antonio González en ese artículo.

Para que se den un quemón del talento literario en Brasil, este fragmento del cuento La tercera orilla del río de Joao Gimarães Rosa (1908-1967) que empieza de esta manera:

«Nuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y así había sido desde muy joven y aún de niño, según me testimoniaron diversas personas sensatas, cuando les pedí información. De lo que yo mismo me acuerdo, él no parecía más raro ni más triste que otros conocidos nuestros. Sólo tranquilo. Nuestra madre era quien gobernaba y peleaba a diario con nosotros —mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedió que, cierto día, nuestro padre mandó hacerse una canoa..

Olimpiadas culturales las hubo en México en 1968 y en Inglaterra en el 2012, cuando organizaron el Shakespeare Festival invitando a treinta y seis países para poner en El Globo de Londres sus obras que se grabaron para que las pudiéramos ver en la red. México participó con Enrique IV, Primera Parte y, en ese mismo año, estuvimos a un clic de distancia, como si estuviéramos parados entre los «mosqueteros» resistiendo la lluvia del verano, para ver entre otras obras ‘Medida por medida’, con la compañía Vakhtangov de Moscú, donde enfatizaron el abuso de poder.

Luego, vimos dos versiones de Romeo y Julieta: la del Grupo Galpao de Portugal, un largo fado cantado por y para los enamorados que nos contaban su vida con una música melodiosa y festiva, combinando las artes circenses, la gimnasia y el buen humor —muchas veces despiadado—, mientras escuchábamos los sonetos de Julieta en ese ‘español deshuesado’, como decía mi tía Luisita. La otra, más oscura, como la de la compañía de Teatro de Badgad —donde sólo pudimos ver un tráiler— en un Irak destruido por los odios entre los Sunni y los Shía, como en Verona, entre los Capuleto y los Montesco. Recuerdo a El mercader de Venecia con el grupo Habima de Israel, que dejó claro de qué lado estaba a la hora del juicio de Shylock y los mercaderes, cuando éste cayó en las garras de la veneciana Porcia disfrazada de litigante.

Los medios no han mostrado nada de la olimpiada cultural pero domina en Brasil la samba que, como decía Monsivais del mambo, también es cultura. ¿O no?

sábado, 30 de julio de 2016

Contra el fanatismo

Ciudad de México, sábado 30 de julio, 2016.— 

Amos Oz, escritor israelita (1939-)
Con los fanáticos ni hablar, es decir, no puede uno platicar ni hacer nada pues son, como decía un amigo, one track (no) mind, personas que no aceptan otra cosa que lo suyo, mucho menos, que hagamos una broma sobre eso que defienden a muerte.

Los fanáticos son seres apasionados y desmedidamente tenaces, como lo define la RAE que carecen de sentido del humor con bien nos dice Amos Oz En contra del fanatismo (Siruela, 2002): No conozco a ninguno que lo tenga, dice, y nos consta que es cierto.

En general no hay que confiar en los que no tengan sentido del humor porque son unos seres solemnes que andan forrados de vanidad, caminando con su prepotencia por el mundo, sin aceptar que cada quien es como es, siempre y cuando no nos moleste, por los caminos de esta efímera vida.

El objeto de su fanatismo es intocable y ese puede ser un equipo de fútbol en donde hay que diferenciar entre ser ‘aficionado’ o ser un ‘fanático’, como puede ser de un partido político o de una religión, en donde no admiten que haya otra diferente, porque entonces, por las buenas o por las malas, incapaces de aceptar la pluralidad, intentan destruir a los otros, envueltos en la bandera de kamikazes o como se llamen, queriendo obligar al resto del mundo que sean como ellos.

Quien tiene sentido del humor se puede reír de sí mismo y eso es lo que nos hace inmunes al fanatismo: Habría que crear pastillas con píldoras humorísticas —dice Amos Oz—, aunque con eso gane el Nobel de Medicina y no el de Literatura, que tanto ha deseado desde hace tiempo.

Hemos luchado toda la vida contra esos locos, contra esos fanáticos que van por el callejón sin salida con el fin de lograr que cada quien pueda sea como ellos quieres que sea. En contra de esto y a favor de la libertad, el hombre ha enfrentado al fanático con el pragmatismo, o el pluralismo o la tolerancia, como explica Oz.

El fanatismo siempre ha estado presente en la naturaleza humana y tal parece que es el gen del mal, ese que impide el  intercambio de ideas y principios y que actúa con alevosía y ventaja contra sus víctimas inocentes, esas que no tienen vela en el entierro en actos que nos hacen sentir impotentes, frente a sus locuras como las que hemos sido testigos.

Para los fanáticos todo es ‘cero o uno’, ‘blanco o negro’ y no aceptan otra alternativa: la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo —dice Oz— y, por eso, no saben contar más allá de uno, pues, para ellos, dos es demasiado grande.

La esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a que sean como ellos y cuando alguien no puede soportar que otros sean o vivan y piensen diferente, procuran destruirlo.

Es un enfermedad mental pues quieren obligarnos y, esa es la palabra clave, para que seamos como ellos, como esa tendencia que se observa con algunos padres que insisten en que sus hijos sean como ellos y no como desean y por eso tratan por todos los medios de enderezar al hermano en vez de dejarle ser.

Todo comienza en casa, como es el caso de Amos Oz, allá en Jerusalén donde vive todavía y su padre no les permitía ser otra cosa y le exigía ser como él y no como su madre.

La literatura es una buena respuesta contra el fanatismo: contiene su antídoto, como es la imaginación. Todo extremismo, toda cruzada que no se compromete a llegar a un acuerdo, toda forma de fanatismo termina, tarde o temprano, en tragedia o en comedia. Al final, el fanático nunca es feliz ni está satisfecho, así muera o se convierta en bufón.

sábado, 23 de julio de 2016

Lo que recordamos de las ciudades

Ciudad de México, sábado 23 de julio, 2016.— 

Nueva York, atestada de torres de vidrio y acero
sobre una isla oblonga entre dos ríos
...    
Volví a leer Las ciudades invisibles de Italo Calvino y lo disfruté tanto como si no lo hubiera leído nunca. Desde hace una década me la regaló Cayo Armando Mario, amigo que ha sabido darle al clavo entre esto y la máquina de café que nos ilumina la vida desde que dios amanece.

El libro es inspirador y me hizo recordar algunas de las ciudades que he visitado en la vida para contarles lo que queda de ellas como si fuese una lectura de Calvino, esa que está en el confín de la poesía y la música.

Es el humor de quien la mira el que da su forma a la ciudad –dice en la segunda de esas ‘ciudades y los ojos’ y, por eso, recuerdo a la mayor de todas, a esa isla oblonga entre dos ríos, con calles como profundos canales todos rectilíneos menos Broadway erizada por unas torres que rascan el cielo mientras que, abajo, por sus banquetas se pasea orondo el azar para poder encontrar a la mujer extraviada, a la Afrodita de Allen, mientras en el bar se escancia el Martini y escuchamos borucas, admirando su manera de vestir y caminar en el otoño por los canales rectilíneos, tan cerca y tan lejos de nuestra vida cuando van ellas por la columna vertebral de esa isla adornada con emblemas del imperio que se reflejaba en el agua y por eso tiene una doble vida. En esa ciudad tuve las ansias para captar todo lo que carecía, llenar grietas y apaciguar los deseos de ser alguien en esta vida.

El sur del Continente todavía me sabe a pisco sour desde que salía el sol hasta que nos asomábamos a la calle, estrecha, con sus balcones de madera para ver pasar a unos negros coches sacados de las tarjetas postales.

Entre las montañas, allá cerca del nido de las águilas, el miedo a ser asaltado en una de esas calles vacías que bajaban hasta el mercado donde llegaban los campesinos con sus sombreritos a vender pepitas de calabaza; en cambio, cerca de la Antártida, toda la noche se escucha el maullido del bandoneón antes de salir y ver fachadas parecidas a la vieja Europa para combatir el insomnio con todo y sus galgos morados comprando un libro y cenando una pasta con un buen vaso de vino.

Yo hablodice Marco–, pero el que me escucha sólo retiene las palabras que espera... lo que comanda el relato no es la voz: es el oído.

Otra más lejana todavía, Sire, es esa que visité acompañado de Madame, Bovary de apellido, tal como si hubiese existido, para ver tras el visillo a las barcas negras como mi alma que se mecían a ‘la orillita del río, a la sombra de un pirú’, antes que brotaran unos lagrimones al descubrir la Plaza y sus caballos agitando las crines.

¿Y tú? –le pregunta el Gran Jan a Marco Polo–. Vuelves de comarcas tan lejanas y todo lo que sabes decirme son los pensamientos que se le ocurren al que toma el fresco en la noche sentado en el umbral de su casa.

Así es, Sire.

Las ciudades sobreviven en su espíritu, según el humor con el que uno las mire, como ahora admiro el mar y veo cómo se reinventa con cada ola ahí mismo donde me visitó de cuerpo entero la diosa de la felicidad en esos días cuando soñaba ser quien soy, tal como que he querido ser toda mi vida. 

Al decir esto caminando por la playa y en voz baja, se desvaneció como la neblina o la lluvia... Y escucho por tu voz las razones invisibles por las que vivían las ciudades y por las cuales tal vez, después de muertas, revivirán.

sábado, 16 de julio de 2016

El salón de los espejos encantados

Ciudad de México. Sábado 16 de julio, 2016.- 


¿Alguna vez han entrado a una de esas ferias en donde hay una sala con espejos en donde no sabemos si reír o llorar cuando vemos nuestra imagen reflejada y nos vemos altos, espigados, espiritifláuticos y luego, gordos y chaparros, deformes, hasta que nos movemos un poco más allá y vemos esa imagen que se repite por los cuatro lados  alrededor de nosotros mismos?

Bueno, pues si otro día pasamos a esa sala en donde el cuerpo es invisible y sólo vemos lo que escuchamos como el pleito entre los Montesco y los Capuleto, aunque en verdad son los Cruz y los González de Tepatitlán y no de la lejana Verona, tal vez hemos interiorizado la vida amorosa de la juventud y su preámbulo trágico antes de ver pasar, en esa misma sala para ver a Cleopatra, la morenaza de Egipto… con ninguna ropa y con ojos que echan lumbre… nuda, rumbo al Nilo… ¡Qué César ni que Antonio! ¿Cleopatras a mi? —chilla el Demonio Seor Satán— Noé no se demuda..., como decía León de Greiff, antes de pasar al siguiente salón y ver reflejada sobre la superficie plateada el eco de Catalina de Aragón hablando en lo que pudo ser su inglés de Castilla, trémula, frente al parlamento de obispos y ministros de Inglaterra, defendiendo su fidelidad con Enrique su marido diciéndole que nunca le dio pie para nada, como la oímos con esa enjundia que tienen las españolas y la dejamos hablando sola para pasar un poco más allá y sentarnos en cuclillas al lado de Macbeth, el de Escocia, para escucharlo decir cómo es la vida, poco después de saber que había muerto su Lady, para que nos diga en voz baja que la vida es una sombra que camina, un pobre actor que se pavonea y gesticula una hora en el escenario y luego nadie se acuerda de él, es un cuento contado por un idiota pleno de sonido y furia que nada significan.

Entonces, podremos ver en esa sala de los espejos encantados a Rosalinda, travestida de Ganímedes, exigiéndole a su galán que le llame tal como se llama su novia (Rosalinda), como le pudo haber pasado a Will, pero al revés, cuando estaba en la primaria actuando una de las obra de teatro latino y tenía que besar en la boca a su compañero, disfrazado de doncella, aunque sabía que era su compañero de banca, para sentir, en plena pubertad, la corriente alterna que le recorrió la espalda con el contacto labial, y luego, años después, escribir algunos sonetos plenos de homoerotismo, antes de pasar a la siguiente sala y ver a otros personajes como al príncipe que supo que algo estaba podrido en Dinamarca y dudaba si enfrentar el mar de calamidades y enfrentándolo resolverlo, o mejor dormir o morir, entonces sabemos que en esa feria de la vida, sigue la mata dando y entre más caminamos de un lado para el otro en el tiempo tendremos otra visión de la vida porque hemos aprendido a ponernos en los zapatos del otro o de la otra a través de esa empatía con la que tomamos altura donde podremos ver al resto de los hombres y mujeres desde otra perspectiva.

Me pregunto si todo esto es una visión o una locura.

No lo sé, pero lo que sí sé es que ahora puedo ver con esos cristales a los camaleones y, ser como mago, después de andar por todas las salas encantadas de la feria de la vida en donde cada hombre y cada mujer es un actor que tiene sus entradas y salidas en esta obra que implica las siete edades del hombre.

Esa puede ser una de las visiones que logra uno tener, después de haber leído las obras de Shakespeare, como si hubiéramos ido a la feria de los espejos.

sábado, 9 de julio de 2016

El deseo y la angustia de la separación

Ciudad de México, sábado 2 de julio, 2015.— 

Edimburgo, Escocia.
Tanto en lo familiar como en lo social, cuando nos enteramos de un divorcio o separación sentimos una cierta angustia, sobre todo, si somos amigos de las dos partes que ahora nos dejan entre la espada y la pared.

Así me ha pasado con los ingleses que han decidido separarse de la UE y que van a enfrentar, entre otras dificultades, los deseos de Escocia de separarse del Reino Unido porque —¡oh, paradoja!—, desean seguir en la Unión Europea.

En México vivimos esa angustia de la separación hace un par de siglos, bajo otras circunstancias cuando los yucatecos querían separarse de España y luego de nosotros: por su parte, en 1821 intentaron independizarse de España, para ser la Capitanía General de Yucatán y si no hubiésemos ganado la guerra de Independencia de 1810 a 1821, lo más probable es que lo hubieran logrado.

Luego, por su propia voluntad, aceptaron ser parte del Federado de la República Mexicana en 1823 aunque ya tenían redactada el Acta de Independencia donde proponían que: «La provincia de Yucatán, unida en afectos y sentimientos a todos los que aspiran a la felicidad del suelo americano; conociendo que su independencia política la reclama la justicia, la requiere la necesidad y la abona el deseo de todos sus habitantes, la proclama, bajo el supuesto de que el sistema de independencia no está en contradicción con la libertad civil, para hacerlo con solemnidad luego de establecer definitiva o interinamente sus bases, pronuncien su acuerdo y el modo y tiempo de llevarle a puntual y debida ejecución.»

Los de la Península no quitaron el dedo de la llaga y una vez más intentaron separarse en 1841 deseando convertirse en lo que sería la República Federada de Yucatán. A pesar de que no lo lograron, unos años más tarde, en 1846 lo intentan de nuevo con la misma insistencia como ahora vemos que lo podrán hacer los escoceses.

Finalmente en 1848 Yucatán se incorporó a México aunque, a finales del XIX y principios del XX la comunicación desde y hacia la capital era complicada, en cambio, su relación con Cuba y Florida era más natural, porque prácticamente les quedan a tiro de piedra: en días claros y despejados se puede ver la isla de Cuba desde las playas de Progreso y en esos tiempos, los hombres de negocios y los jóvenes yucatecos tenían más que ver con Cuba y Miami que con la Ciudad de México, sobre todo, si retrasaban la aplicación del presupuesto prometido.

Eligio Ancona en su Historia de Yucatán dice que el presidente Anastasio Bustamante (1780-1853) presentaba a los yucatecos al mundo exterior «como a unos rebeldes y, por eso, si Yucatán lograba su independencia absoluta podía ser reconocida por las naciones extranjeras y podría gozar de las garantías de los Estados soberanos, sin importar su riqueza, la extensión de su territorio o el número de sus habitantes.»

Ahora, la mitad de los británicos piensan que Inglaterra sigue siendo un «augusto trono de reyes, una isla sometida por un cetro, una tierra majestuosa, sitial de Marte y segundo Edén, casi el paraíso en una fortaleza construida por la propia Naturaleza contra la mano infectada de la guerra; con una feliz estirpe de hombres, un pequeño mundo, una joya engastada en plata por los océanos que, como murallas, la protegen y la defienden —como si fuera un foso que rodeara al castillo— contra la envidia de las naciones menos venturosas; este lugar de bendición es esta tierra, este reino de Inglaterra…», tal como lo creía en 1399 John de Gaunt, padre de Enrique IV.

Tal vez por esa misma vanidad algunos no aceptan que ‘la unión hace la fuerza’, ni les interesa, como pudimos confirmarlo recientemente.