sábado, 1 de octubre de 2016

Elevarse de lo terrenal

Ciudad de México, sábado 1º de octubre, 2016.— 


Revisando mis apuntes sobre la música en las obras de Shakespeare y en El Quijote de Cervantes encontré un texto que no sé de donde lo tomé, ustedes me van a perdonar, pero que llega como flecha al centro de lo pensaban los dos en cuanto a lo que puede pasar cuando oímos música, efímera por naturaleza que sólo existe en el momento mismo que se ejecuta y, sin embargo, que nos puede alterar la manera de ver el mundo y el lugar que ocupamos en él.

Esto sucedió un día en el jardín de la casa de Porcia en Belmont, cerca de Venecia, en esa mansión que, por lo pronto, la vemos más real, menos aparente, brillante y lujosa por estar ausente su dueña, y por eso, melancólica, triste y más natural. Es sábado por la noche; es el Sabbat de los judíos y hay luna llena.

La relación de Jessica, la hija de Shylock, con Lorenzo el veneciano está en un punto crítico: se atraen y se entienden sexualmente hablando, pero el mundo exterior, es decir, el gueto de los judíos y el paraíso de los cristianos hacen que Jessica se sienta fuera de lugar, llena de culpa y de dudas sobre su futuro.

Son varias contradicciones: por un lado, se siente culpable por haber huido de su casa y haber abandonando a su padre después de haberle robado todo lo que tenía y, por el otro, haber renegado de su religión para aferrarse a Lorenzo. Esa noche recuerdan a Tisbe, la trágica amante, y los dos están tensos: no saben cómo enfrentar esta época de su vida.

Es una escena melancólica en medio de un noche mágica: la luna, como astro relacionado con los ritmos de la vida y con los biológicos que evocan la fecundidad, lo femenino, la belleza y el misterio. Pero todo esto para Jessica tiene otro significado, pues, en su tradición, la luna simboliza al pueblo hebreo que palidece el día y hace que las cosas sean más tristes pues cambia el ambiente, el hebreo nómada, modifica sus itinerarios y el errante, la dispersión de sus comunidades.

Todas las referencias que hacen en esta escena son amorosas y trágicas: Píramo y Tisbe, el amor inconcluso; el engaño de Medea y Jasón; Troilo, el inconstante y Crésida la infiel. Todo esto le da miedo a Jessica y duda de las promesas que le ha hecho Lorenzo que, a su vez, intenta tranquilizarla y para eso, pide a los músicos que toquen:

—Ven Jessica, aquí nos sentaremos para dejar que los sonidos de la música se trepen por nuestros oídos, pues tanto la calma como la noche provocan una dulce armonía: siéntate Jessica… y mira cómo la bóveda celeste está llena con esos copones dorados y brillantes en donde la más pequeña de las esferas produce un canto angelical, un suave acorde para los radiantes ojos de los querubines. Estas armonías sólo las perciben las almas inmortales, a pesar del ropaje de barro de la decadencia que nos aprisionan de tal manera que no nos deja oírlas. (El mercader de Venecia, 5.1.)

Los dos luchan para no caer en la melancolía como si fuera una nube cargada de presentimientos. Lorenzo le da esperanzas para el futuro buscando en la música el medio para elevarse de lo terrenal y alcanzar un momento la paz espiritual, tan querida y anhelada.

Intenta que Jessica despierte al mundo de la belleza, de la poesía y del espíritu. Pero resulta que ella no vuelve a intervenir en la obra: no pregunta por el juicio de su padre y nadie le dice nada. Desaparece para los demás, aunque no para el público, ni para Lorenzo. Tal vez, y eso es lo peor, desaparece para ella misma. 

sábado, 24 de septiembre de 2016

Las hojas que caen

Ciudad de México, sábado 24 de septiembre, 2016. 


Los ciclos de la Naturaleza, acotados por el hombre desde siempre, provocan la noción del paso del tiempo la vida efímera y parte de un ciclo. El pasado miércoles 21 de septiembre inició el otoño por los siguientes tres meses mientras que las hojas van cayendo y tarareamos con Nat King Cole: ‘The falling leaves, drift by my window, the falling leaves’… o con Edith Piaf, en inglés y francés, con esa voz temblorosa embarrada de nostalgia. 

En la ciudad de México no todos los árboles cambian de color como en Nueva York o en Canadá los maples, pero donde han sembrado liquidámbar, como los hay en los viveros de Coyoacán, vemos encantados cuando pasan del verde tierno y vigoroso de la primavera, al rojo y amarillo antes de que caigan y queden pelones para resistir así el invierno, tal como sucede en el Paseo de la Reforma cuando se quedan ‘pelones y entrelazados’, como decía mi madre, feliz de haber llegado a pasar sus vacaciones de Navidad en la Capital. 

Como las otras cuatro estaciones, el otoño ocupa su cuarta parte del año o de la vida y, por eso, las ansias de encontrarnos transitando por esta estación deseamos que nos recuerden cuando vivíamos la locura de la primavera y por eso, nos viene este Soneto: ‘Recuerda en mí aquellas épocas del año, cuando las amarillas hojas, pocas o ninguna, cuelgan de las ramas que tiemblan contra el frío, desnudos coros en ruinas, donde los dulces pájaros alguna vez cantaron. En mi ves el crepúsculo de tal día, como el ocaso que se devanece en el poniente, extinguiendo poco a poco la negra noche, gemela de la muerte, que todo encierra en su reposo…’ (WS, Soneto 73).

Y de ahí a esta otra asociación que se cruza y que tiene que ver con la angustia, bien cantada y ¡terrible!, de que nos dejen o más bien, al revés: de seamos nosotros los que los dejemos: Ne me quitte pas, como se dice en el original de Brel y antes de que se nos nuble la vista si es que oímos la versión de Nina Simone, aunque su francés deja mucho que desear, pero que no por eso, nos pega ese sentimiento —de ida y vuelta—, capaz de trasmitir el dolor si hacemos este ejercicio voluntario para sentir el vacío, como resulta la ausencia. Puro masoquismo puro. 

Dice la letra Jaques Brel: ‘Ne me quitte pas… No me dejes, no me dejes, no me dejes… es necesario olvidar; todo se puede olvidar quien se escapa ya. Olvidar el tiempo de los malentendidos, el tiempo perdido a saber por qué, pero olvidar esas horas que a veces mataban a golpes los porqués en el corazón de la felicidad. Ne me quitte pas, no me dejes, no me dejes, no me dejes…’

Y las hojas caen como si fueran parte de esta escenografía y de los ciclos de la vida y no hay más que de aceptarlo como si fuera ‘el resplandor de aquellos otros tiempos’ y por más vuelta que le demos, sabemos que nos hemos subido a esa rueda de la fortuna en la feria que nos ha tocado vivir. 

Empieza el otoño. Se refresca el clima y los vientos hacen que caigan las hojas que apenas se sostienen para invernar en silencio y, como hacen esos magos de sombrero de copa, vuelvan a renacer en la primavera, no sabemos cómo, pero vuelve el optimismo del Ave Fénix que surge de la cenizas y así, entre una y otra cosa, como jinetes, seguimos trotando en medio de estos cambios de paisaje, sabiendo que vamos ligeros a nuestro destino.

sábado, 3 de septiembre de 2016

El cine y la realidad virtual

Ciudad de México, sábado 27 de agosto, 2016.— 


La carrera de caballos en Ben-Hur de William Wyler, 1959.
Ya sé que el cine no es lo que ahora se entiende como realidad virtual por más que lo filmen en 3D tal como lo proyectan en la nueva versión de Ben-Hur (que dicen es mala) pero, si nos podemos situar en el centro de la acción, entonces, no importa si el origen es diferente y el efecto es el mismo, ¿no creen?

Para eso, voy a contarles una historia que pasó hace años cuando vivíamos en Guadalajara y mi madre, Mina de Alba, finalmente se llevó al cine a mis tías Raquel y Anita Casillas de Tepa y a la tía Fermín Cruz de Guadalajara: las primeras vestían de negro desde que había muerto su madre, la abuela María Cruz Moreno, desde hacía tantos años que ya nadie se acordaba.

Aceptaron ir al Cine Alameda, el que estaba en la Calzada Independencia, después de haber vencido la resistencia que tenían para ir al cine porque para ellas era algo que estaba fuera de lo que permisible (era un especie de pecado venial) pero, como en Ben-Hur salían escenas de la vida y muerte de Cristo, aceptaron ir además porque era Semana de Pascua.

Nunca habían ido al cine en Tepa, como nosotros que fuimos un día en vacaciones de invierno, cuando la pasábamos en el rancho Santa Bárbara que estaba cerca de Tepa rumbo a Arandas. Habíamos ido con los amigos de mi hermano Andrés: Enrique y Federico Chávez Peón, y Enrique Ogarrio. Los sábados nos mandaban a Tepa para que nos bañáramos con agua caliente y uno de esos sábados aprovechamos para ir por la tarde al cine. Hacía frío y estrenábamos unas camisas de lana a cuadros rojos y blancos que nos había traído mi tío Henry de NYC. De repente nos gritaban de gayola: ‘¡saquen a esos jotos... ¡saquen a esos jotos!' y luego, empezaron a chiflarnos y poco a poco se fue poniendo más brava la cosa hasta que decidimos mejor salirnos para evitar que nos madrearan.

Pero las tías nunca habían ido al cine hasta ese día que mi madre las convenció para ver Ben-Hur. Pronto se metieron en la historia y en algunas escenas estaban tan ahí mismo, como si fueran parte del reparto y de la acción. Furiosas, se levantaban de su silla y les gritaban a los soldados romanos: ‘¡Horrorosos, brutos!’, a la hora que veían cómo maltrataban a Cristo cargando su cruz. ¿No es esto el efecto que esperamos tener de una realidad virtual?

Cuando oyeron Quo vadis, Domine (¿A dónde vas señor?) casi se desmayan conmovidas de estar tan cerca de la historia que conocían gracias al cura Reynoso, el factotum de Tepa y amigo de las tías, que iba de visita algunas tardes a la casa que estaba a espaldas de la Parroquia para tomarse una copita y jugar ‘compeán’ (como creo que se llamaba ese juego). Cuando llegábamos de México, el cura Reynoso sacaba varios pesos de plata que nos daba a para cada uno de los chiquillos y que nos duraba toda la vacación.

Pero volviendo al cine, la vivencia de mis tías era más que real: ‘nunca —decía mi madre—, nunca, había visto una cosa igual’ y por eso lo contrasto con esa otra realidad: cuando vieron esas carreras de caballos en Roma, eran más reales que las que hacían sus medios hermanos en Tepa, cuando se montaban a caballo para correr por las calles paralelas del Tepa tirándose de balazos en las bocacalles.


Ni hablar cuando vieron a Cristo cargando su cruz. Entonces lloraban como ‘magdalenas’ que es otra de las muestras fehacientes del efecto ‘real’, ¿no creen? Bueno espero que con esta historia acepten que, en ocasiones, el cine puede funcionar como una realidad virtual y, si no, que me lo expliquen.

sábado, 27 de agosto de 2016

Viajar por España casi gratis

Ciudad de México, sábado 27 de agosto, 2016.— 


Los que saben, nos aconsejan que ahora que ya que se han acabado las vacaciones de verano es cuando hay que viajar. Así que hay que prepararnos para viajar y que ese viaje nos quede como anillo al dedo, ya sea que lo hagamos de manera virtual o esperamos a que llegue esa otra ‘realidad virtual’ para que con las gafas Oculus Rift podamos explorar Londres o París o la ruta maya y sus ruinas o lo que vayan incorporando.

Ustedes me van a perdonar pero descubrí una manera de viajar a España prácticamente sin costo alguno y con los mismos efectos de la tan cacareada realidad virtual. Por eso quiero contarles cómo es que lo logré y que ojalá les sea de provecho: el viaje me costó $150 pesos, como la versión Kindle de Edith Wharton Del viaje como arte. Travesías por España, Francia, Italia y el Mediterráneo, (La Línea del Horizonte, 2016) en donde leí los ‘Viajes a España en cuatro ruedas (1925-1930)’. Desde que empecé a leerlo sabía que estaba a su lado:

«Y por fin, de súbito, saliendo de una pelada yunta de una montaña, bajo un cielo duro y azul, con montañas por doquier, sin árboles, agudamente perfilada bajo una luz solar tan penetrante que cada objeto destaca con la despiadada prominencia de la linterna mágica: España…», y así habíamos llegado con Edith tal como lo imaginamos.

En esos días de lectura escuché la Rapsodia española de Liszt en la versión (gratuita) a través del boletín de Música en México con lo que pude complementar el viaje escuchando ese ‘pintoresquismo musical’ en donde Liszt se inspiró en algunos aires y melodías populares de Andalucía. Por la tarde volvía a ver Iberia de Isaac Albeniz en el DVD que tengo desde hace años coreografiado por Saura: el viaje se sublimó y pude entrar hasta el fondo del alma de los españoles.

Dicen que la Rapsodia es la única pieza «española» de Liszt que forma parte del repertorio y que, por eso, lo podemos escuchar en vivo en los conciertos sin que nos importe mayormente su ‘excesiva pirotecnia’, porque sabemos que Liszt era un apasionado como lo son las andaluzas de este viaje por España.

Con Iberia nos dan ganas de bailar como lo imaginó Saura que, cuando vuelvo a verla, me estremezco y asocio que Guadalajara como Sevilla, no sé por qué, tal vez por su clima, su alegría, sus mujeres o ese espíritu árabe lastimoso que hizo mella en el cante hondo en donde, más que mella, hizo nido, pues los moros habitaron ochocientos años esa región hasta que los expulsaron en 1610, después de esparcirlos por toda la Península y de haberlos derrotado en la guerra de las Alpujarras. Una expulsión que, desde entonces, tuvo efectos nefastos en la región.

Otro recurso muy efectivo es El arte de viajar (2002) de Alain de Bottom, en donde nos cuenta, entre otros, el viaje que (no) hizo un excéntrico y noble francés cuando quiso salir de París para ir a Londres y sólo llegó a la estación de tren donde se tomó una ‘half-pint’ en una taberna tipo ‘pub’. Mejor se compró los mapas de Londres (1:1) los montó en su biblioteca y viajó por toda la ciudad desde su sillón.

Como ven hay varias maneras de viajar ‘virtualmente’ —antes de que llegue esa tecnología—, si disfrutamos de los textos de Wharton, la música de Liszt y Albeniz y si con todo esto, nos servimos un buen jerez, entonces, podremos entrar de lleno por esos territorios imaginarios que son mucho mejor que sufrir del calorón y la sequía de los pueblos al Sur de España, llenos de turistas que apestan y la amenaza de los terroristas que intentan sorprendernos. ¿No creen?


sábado, 20 de agosto de 2016

Husografía o la recreación del mundo

Ciudad de México, sábado 20 de agosto, 2016.— 

Dos de las husografías de Merecdes Aspe en el MAM de Toluca.
No pudo ser en siete días la recreación del mundo que hizo Mercedes Aspe, tal como lo vimos en el Museo de Arte Moderno de Toluca. Le tomó más de tiempo en la creación, una vez que decidió habitar sus Husografías, sus «esferas de acrílico con divisiones paralelas similares a la división de los husos horarios de la esfera terrestre», tal como lo explicó Virginia Aspe en la presentación del pasado sábado 13 de agosto.

Estos planetas están divididos en gajos que van del Este al Oeste para que Mereces Aspe recreara su mundo y su sistema planetario en esferas de un diámetros de 60 o 70 centímetros como los que concibió en su estudio y empezó a dibujarlos permitiendo que sus criaturas-símbolos salieran del inconsciente hasta la punta de su lápiz, empezando por donde se le antojara con una rayita tras otra hasta que, de repente, dibujaba un rostro como el de una niña con todo y sus trenzas o la de un bocón de marras que intenta asustarnos y así seguir, hora tras hora, dejando fluir a su ritmo lo que se le iba ocurriendo para dejarlos plasmados en sus husografías «un tipo de arte que rebasa las categorías tradicionales de la pintura», como Virgina lo apuntó. Todo es sombra y luz, grises que cubren las maquetas de su sistema planetario con todo y una Luna en cuarto creciente, colgada de hilos, con sus mares, lagos, montañas encrespadas y planicies.

Más allá, los pequeños satélites esperaban impacientes poder girar alrededor de sus planetas, como su fueran hijos de tigres, pintitos. Todo esto es una obra original que ha sido creada a través de miles de horas que no podemos calcular porque no somos contadores, pero que creemos está cerca del infinito.

Y todo para que disfrutáramos un instante de esos símbolos que normalmente nos resistimos que salgan pero que Mercedes lo permitió con toda paciencia mientras oscurecía la parte meridional de uno de sus planetas y si le viene a la cabeza que allí haya luz, entonces, deja unos círculos que iluminan esa parte de la geografía.

Habitado así, encontramos a ‘pi’ (π = 3.1416) la relación entre la longitud de la circunferencia y su diámetro y, entonces, lo dibuja, pequeño en el Noreste de su planeta. Y sigue con otros objetos que pululan por su cabeza antes de dejarlos plasmados así nomás y a las tantas horas de trabajo diario.

Mercedes dejó a un lado la conciencia y dibuja lo que le viene en ese momento a la cabeza, sin poder borrarlos, para que queden en esa husografía de su imaginario infantil o algunos fragmentos de sus sueños o pesadillas cuando seguro se sintió un poco perdida.

Ella es una artista que la asocio con Dante cuando se trata de lo que le dijo Francesca da Rímini: «ningún dolor es más grande que el de acordarse del tiempo dichoso cuando está uno en desgracia», como tal vez lo dibujó como creí verlo desde la altura, cuando medio cegatón me acerqué para ver el detalle: vi unas caritas que me hablaban en secreto; formas que me decían cosas como esas que ya no están bajo llave porque han salido a flote después de tantas horas de trabajo durante tres años seguidos. Al final, respiré hondo y de repente di un suspiro, asombrado por esa rotunda belleza.

La obra de Mercedes —concluyó Virgina—, ha logrado plasmar el movimiento y la temporalidad de la pintura que, por su propia naturaleza, está inserto en condiciones estáticas y superficies planas bidimensionales habían sido derrotadas por Mercedes al incrustar su obra en las artes del tiempo que, en esencia tienen secuencia y movimiento.

sábado, 13 de agosto de 2016

Atrapados por los nazis

Ciudad de México, sábado 13 de agosto, 2016.— 

Richard Strauss a los 52 años de edad.
No podía estar en mejores manos La colaboración, una obra de Ronald Harwood (1934-) escrita en el 2008 por el mismo autor de El vestidor, (1983) y El pianista (2002). La trama de esta reciente obra se desarrolla alrededor del libreto que escribió el novelista Stefan Zweig (1881-1942) para que Richard Strauss (1864-1949) compusiera la ópera Die schweigsame Frau (La mujer silenciosa), una ópera que fue estrenada en 1934, cuando Hitler tenía dos años en el poder y, por supuesto, perseguía a los judíos, como persiguió al mismo Zweig, al tiempo que el compositor era amenazado por los Nazis para que colaborara con ellos o su nuera y sus dos nietos judíos, estarían en peligro.

Imaginaba a un Strauss diferente: viejo y enjuto, serio y carismático como puede ser un hombre importante a los 70 años de edad. Tenía otra idea de él, con una personalidad diferente a la que se presenta en la obra. Efectivamente era un compositor en busca de un libretista desde que había muerto Hugo von Hofmannsthal (1874-1929) con quien había trabajado varias óperas: Electra (1908), El caballero de la rosa (1910) y Ariadna en Naxos (1912), entre otras.

No entendí por qué el ritmo con el que hablaba frau Strauss se parece tanto a la insoportable lentitud con la que habla Silvia Lemus en Tratos y retratos en su programa del Canal 22. Por eso la primera parte se estira como si sucediera en cámara lenta.

También imaginé, es fácil hacerlo desde la butaca, que podrían eliminar la circularidad de algunos diálogos donde se repite la conversación más de una vez con casi las mismas palabras y si además, eliminaran la escena en donde toman té frau Strauss y Lotte, entonces, la obra podría presentarse en un solo acto, a un ritmo que nos hubiera llevado en crescendo hasta el gran final, trágico y dramático: trágico, por el suicido de Zweig y Lotte en Brasil donde habían emigrado como ‘judíos errantes’ en donde el escritor se imaginó estar en un callejón sin salida, donde el suicidio era la única salida; dramático, cuando vemos a Strauss desecho por el dolor de esa pérdida y la culpa de no haber podido hacer algo por su amigo Zweig.

Hay un oscuro pero efectivo sentido del humor, más de ellos que de ellas, aunque la dureza de frau Strauss resultó ser cómica. Al final dice Zweig: ‘recuerda qué bella es la música, sí qué bella es sobre todo cuando se termina y nos quedamos por fin en silencio.’

Y luego cuenta otras anécdotas relacionadas con sus libros, como en el caso de la decapitación de Ana Bolena en donde ella le exige al Arzobispo de Canterbury que le narre, paso por paso, lo que le va a pasar hasta que le corten la cabeza…

—¿Y luego? —le preguntaba con ansias antes de imaginar su cabeza rodando por el suelo o cayendo en la canasta. Quiere saber todo y qué le pasa después de que la espada o el hacha haya caído:

—¿Y luego? —le volvió a preguntar al Arzobispo y éste se quedó callado. Entonces, ella misma se contestó…

—¿Y luego?… seré más sabia que usted…

La semana pasada terminó la temporada de La colaboración  traducida y dirigida por Sergio Vela con la Compañía Nacional de Teatro en Coyoacán quien cuidó de todos los detalles y la actuación de Juan Carlos Remolina como Strauss; Renata Ramos como frau Strauss; Diego Jáuregui como Zweig, Mariana Gajá como Lotte, la secretaria y amante del escritor, así como, Andrés Weiss como el Nazi, Hans Hinkel y, Ricardo Leal como Adolph, el coordinador del estreno de esa ópera en 1934 a quien luego corrieron por agregar el nombre del libretista judío en el programa de mano.

Ojalá pronto salga de gira y la puedan ver en Guadalajara.

sábado, 6 de agosto de 2016

La samba también es cultura

Ciudad de México, sábado 6 de agosto, 2016.—

La samba, el ritmo preferido en Brasil y en las olimpiadas.
Con cerca de dos mil eventos culturales y artísticos presentados en ochenta diferentes escenarios con más de diez mil exponentes de diversas regiones del Brasil, los espectáculos se presentarán en teatros y plazas en algunas de las trescientas veintinueve ciudades brasileñas por las que pasó la antorcha olímpica, tal como nos reportan los medios aunque no han trasmitido ninguno.

Así han dado inicio las olimpiadas culturales en Brasil al tiempo que ha empezado la deportiva y, en medio de toda clase de dificultades, seguro se ha hecho o se hará presente el baile y la música popular para que, parafraseando a Monsiváis, podamos decir que la samba también es cultura.

Vamos a disfrutar de esos deportistas que llegaron a competir, pues de eso se tratan las Olimpiadas, como bien decía Pierre de Coubertin (1863-1937) en 1896 cuando organizó las primeras olimpiadas modernas, tratando de recuperar el proyecto clásico, incluyendo las competencias literarias y artísticas con medallas tan válidas como las deportivas, como nos enteramos en la revista de agosto de El País el miércoles pasado, en donde Coubertin consiguió el primer lugar en los premios literarios participando con un seudónimo y su Oda al deporte.

Horacio (60 a.C.) ya sabía lo que significaba competir y, por eso escribió en su Arte poética esto: El que ahora se esfuerza por llegar corriendo hasta la meta deseada, sufrió mucho de niño, entrenó mucho, sudó, se quedó frío y se privó de Venus y de vinos, como lo rescató Juan Antonio González en ese artículo.

Para que se den un quemón del talento literario en Brasil, este fragmento del cuento La tercera orilla del río de Joao Gimarães Rosa (1908-1967) que empieza de esta manera:

«Nuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y así había sido desde muy joven y aún de niño, según me testimoniaron diversas personas sensatas, cuando les pedí información. De lo que yo mismo me acuerdo, él no parecía más raro ni más triste que otros conocidos nuestros. Sólo tranquilo. Nuestra madre era quien gobernaba y peleaba a diario con nosotros —mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedió que, cierto día, nuestro padre mandó hacerse una canoa..

Olimpiadas culturales las hubo en México en 1968 y en Inglaterra en el 2012, cuando organizaron el Shakespeare Festival invitando a treinta y seis países para poner en El Globo de Londres sus obras que se grabaron para que las pudiéramos ver en la red. México participó con Enrique IV, Primera Parte y, en ese mismo año, estuvimos a un clic de distancia, como si estuviéramos parados entre los «mosqueteros» resistiendo la lluvia del verano, para ver entre otras obras ‘Medida por medida’, con la compañía Vakhtangov de Moscú, donde enfatizaron el abuso de poder.

Luego, vimos dos versiones de Romeo y Julieta: la del Grupo Galpao de Portugal, un largo fado cantado por y para los enamorados que nos contaban su vida con una música melodiosa y festiva, combinando las artes circenses, la gimnasia y el buen humor —muchas veces despiadado—, mientras escuchábamos los sonetos de Julieta en ese ‘español deshuesado’, como decía mi tía Luisita. La otra, más oscura, como la de la compañía de Teatro de Badgad —donde sólo pudimos ver un tráiler— en un Irak destruido por los odios entre los Sunni y los Shía, como en Verona, entre los Capuleto y los Montesco. Recuerdo a El mercader de Venecia con el grupo Habima de Israel, que dejó claro de qué lado estaba a la hora del juicio de Shylock y los mercaderes, cuando éste cayó en las garras de la veneciana Porcia disfrazada de litigante.

Los medios no han mostrado nada de la olimpiada cultural pero domina en Brasil la samba que, como decía Monsivais del mambo, también es cultura. ¿O no?