jueves, 29 de marzo de 2007

La Pasión según san Mateo de Bach

El juicio, condena y muerte de Cristo se recuerda en Semana Santa y se conoce desde la Edad Media como la Pasión para que nos imaginemos así, la inclinación amorosa, la emoción y el intenso sufrimiento antes de morir. Así le llaman los artistas cuando la representan, ya sean pintores o músicos, expresando, cada uno a su manera, esta última etapa de la vida de Cristo basada en los textos de san Mateo (Levi, «el recaudador de impuestos», luego Mateo, el «regalo de Jehová») o en los de san Juan, Marcos o Lucas.

Juan Sebastián Bach (1685-1750) fue uno de estos artistas que llegó a componer tres Pasiones mientras estuvo en Leipzig como cantor de la escuela de Santo Tomás y director de música de esa ciudad y tenía que componer una obra diferente para cada domingo y otras para los días de fiesta: Semana Santa, Pascua o Navidad. Hoy podríamos escuchar una obra cada domingo durante tres años seguidos, además de hacerlo en Navidad con su Oratorio o en Semana Santa con las dos Pasiones que quedan: una, según san Mateo y la otra según san Juan. La de san Marcos está perdida.

Hubo una de las mejores interpretaciones que he podido escuchar de La Pasión según san Mateo (BWV 244) hace un par de semanas, en la Sala Nezahuacóyotl, con la «Wiener Akademie Orchester» y la «Orquesta de Música Angélical Barroca» dirigidas por Martín Haselböck y con el coro (espléndido) de «St. Thomas Boys and Men» de Nueva York, con varios solistas de primera, en especial, el contralto Carlos Mena que, con su tono de voz, dramatiza de manera espectacular la historia.
Es una de las obras más grandes de la historia de la música (lo digo en serio) y Bach logró darle un sentido operístico único. La historia es dramática y de repente escuchamos, aterrados, cómo el Coro nos conoce y sabe que «la contrición y el arrepentimiento torturan mi corazón culpable…», y así, nos va llevando, musicalmente hablando, a través de esos capítulos (26 y 27) para comprender el destino y la muerte del hombre en la figura de Cristo: «mi alma debe padecer la flagelación y las ataduras…» y la soledad y el dolor antes de morir o antes de aceptar que ese es nuestro destino final. Para Él estaba dicho pues, «el hijo del Hombre, sigue su camino, tal y como está escrito…»

En este drama, Bach sublima los sufrimientos —de cada uno de nosotros— para que tomemos conciencia de la vida y de la muerte —el gran final—, pasando por la agonía, la traición de los amigos y discípulos, como Judas o el mismo Pedro —¡et tu Pedro!— que, antes de que cante el gallo lo había negado tres veces; sí, se trata del sentimiento de soledad cuando sabemos que pronto vamos a morir, como Él la sintió en el huerto de los olivos —o nosotros en la cama del hospital, moribundos; se trata de la despedida de sus amigos en la cena que les ofrece antes de ser flagelado y coronado con espinas antes de salir cargando su cruz hasta fallecer —como Mozart después lo interpretó en forma excepcional con su Ave verum corpus, un diamante musical de cuatro minutos y medio.

Logramos ver —con los oídos— el drama que Bach estructuró en sesenta partes y que dura más de dos horas. Podemos ver cómo éste genio predica con los sonidos, con las melodías, las fugas y la increíble intervención de los coros (niños, inocentes y adultos culposos), para que el pueblo se acerque a esta historia compuesta con una versión de Lutero y con algunos poemas de Henrici. Bach utiliza la línea musical hacia arriba o «anabasis», para expresar la «esperanza» y luego, la «catabasis», bajando la línea musical cuando se trata de la muerte o de la angustia. Pero también están los oportunos silencios, terribles, pues nos recuerda que después de la muerte, todo es silencio.

«La Pasión según Mateo» fue interpretada en Leipzig en 1729 y su estilo «operístico» fue rechazado por esos puritanos rigorosos de la moral. El texto está musicalizado de manera sencilla entre las secuencia de recitativos, intercalando unas arias contemplativas y textos poéticos que le dan ese carácter íntimo a la vida de Cristo: «¡Ah, mi buen Jesús ya no está aquí! ¿Es posible? ¿Es cierto lo que ven mis ojos? ¡Un cordero en las garras del tigre! ¡Ah!, ¿dónde se ha ido mi Jesús?»

La muerte y su destino estaban escritos en el viejo Testamento y sirven de fondo a esta tragedia donde se expresa el miedo, coraje, dolor, culpa, amor y odio. Cristo en esta Pasión es acompañado por las cuerdas, símbolo de lo divino y, el resto, por el bajo continuo. Cuando pronuncia sus últimas palabras, las cuerdas callan: se ha convertido en hombre y lo hemos «visto» tal como el coro nos invita desde el principio: «Vengan, auxílienme en el llanto. ¡Vean al Amado! ¡Véanlo! ¿Cómo?, como un cordero. ¡Miren! ¡Vean su paciencia! ¡Vean! ¿Dónde? Nuestros pecados. ¡Miren, por amor y por clemencia cómo va cargado con su cruz…» (El Financiero, lunes 2 de abril, 2007)

lunes, 26 de marzo de 2007

Aire fresco en la diplomacia

La congruencia con la que Felipe Calderón está ejerciendo las relaciones exteriores no deja de ser sorprendente, tal vez, en contraste con lo sucedido en el sexenio pasado, cuando el comportamiento de esta actividad fue desconcertante, pues parecían «chivos en cristalería» que sólo lograron alejarnos más de donde deberíamos estar más cerca.

Recientemente nos han visitado dos presidentes: George W. Bush, el vecino distante del Norte a quien recibieron en la lejana Mérida, fuera del mundanal ruido de la Capital seguido de Michelle Bachelet, la Presidenta de Chile, que fue bienvenida en el centro mismo del poder para que pudiera pasearse entre los pasillos del poder del Legislativo para que la compartieran y presumieran los de la izquierda bien vestida y, con ese pretexto, recordaran a Salvador Allende y lo que se les antojara en una muestra más del profesionalismo con el que están ejerciendo las relaciones exteriores, que ahora resulta es para todos, sin parafernalias, con una cierta humildad, digamos, como la de los buenos anfitriones, señalando sin sobresaltos las diferencias, y colocando los puntos sobres las «íes», indicando por dónde y qué es lo que deberíamos hacer juntos para mejorar en el ámbito social como en el económico, donde el respeto al derecho ajeno, sigue siendo la paz.

Escuché a Bachelet cuando estuvo con Isabel Allende y Antonio Skármenta, invitados por el Rector de la UNAM. El discurso de Isabel estuvo tan bien estructurado, que resultó por supuesto muy chileno, con un gran sentido del humor como el que se estila por allá y que nos hace reír más si hemos sido afortunados de conocer a los y a las chilenas como tan bien las describió, para dejar que los halagos a Bachelet fueran tangenciales. Recordó cómo la belleza de estas mujeres consiste en la suma de su ingenio y de su cachondería encendida por el buen humor y por la gracia, pues ellas saben, aunque no lo digan, que son mejores que sus maridos, por mucho. Hace un par de años estuve en la Feria del Libro de Santiago y me acerque como nunca antes lo había hecho al mundo de Neruda gracias a Mario Arriola Woog, este joven viejo amigo tapatío, diplomático de carrera que estaba, en ese entonces, como Secretario de la embajada en Santiago.

Luego siguió Skármenta contando cuando estuvo Juan Rulfo en casa de Neruda y luego cómo lo entrevistaron junto con Borges, quien señaló que él había hablado sin parar y que Juan Rulfo sólo intercaló, de vez en cuando, unos muy oportunos silencios.

El acercamiento con estos dos presidentes ha sido una bocanada de aire fresco en el campo de la diplomacia y nos ha permitido constatar, de alguna manera, la confiabilidad con la que Calderón ejerce sus funciones, demostrando ser un buen estratega y la suficiente concentración en el ejercicio del poder como para seguir trotando a buen ritmo, con las riendas en la mano para que ahora sí haya una mejora en las condiciones de vida. (El Informador, martes 27 de marzo, 2007)

jueves, 22 de marzo de 2007

«Yamaha 300» o la vida de los narcos

Antonio Castro reestrenó «Yamaha 300» en el Foro de Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario y estará en cartelera (viernes sábado y domingo) hasta el próximo domingo 1º de abril. Es una obra escrita por el sinaloense Cutberto López que recrea la vida de los narco pescadores que pululan por las costas de Sinaloa. Su alma es ese motor fuera de borda con el que se mueve, huye y ataca mientras ejecuta su tráfico, al tiempo que nos relata sus fantasías y deseos, aterradores por frívolos, como lleva a cabo las ejecuciones —que en la realidad son tantas, que han puesto en tela de juicio la capacidad del gobierno para vencer al crimen organizado. Los pescadores (perdidos) han dejado su oficio para dedicarse a estas tareas más productivas, efímeras y peligrosas.

Poco sabemos de la vida de estos hombres. Algunos se han convertido en leyenda y los veneran como santos. Por eso, con «Yamaha 300», nos acercamos a estos hombres de carne y hueso, y nos llevan de la mano para recorrer su mundo entre la estúpida frivolidad y la ejecución fría de los que consideran es necesario que desaparezcan; entre la religiosidad, que raya en fanatismo, y la buena vida que se dan los involucrados que sobreviven el sadismo de los capos.

Antonio Castro cuenta con un buen reparto para convertir ese texto en acción y para darnos a conocer la imaginaria vida de sus personajes en un recorrido por la costa norte del Pacífico.

La mayoría de los mexicanos piensa que la incapacidad de las autoridades se debe a ese mal llamado corrupción que se filtra a cualquier nivel de la cadena social, como si fuera un cáncer que se injerta donde en el más débil el eslabón de la cadena y, sin decir agua va, destruye todo lo que está a su alrededor. Por eso, la violencia que se ejerce, nos revela una cara de la capacidad operativa y organizativa de los cárteles que es, a la vez, el reto más grandes de las autoridades.

En «Yamaha 300» vemos con un cierto «verismo» cómo se alimenta y retroalimenta la hidra de las mil cabezas a la que no importa se le corte una de ellas, se sigue reproduciendo. «Es un retrato —dice Antonio Castro—, de la realidad emocional de sus protagonistas, que pretende asomarse a la intimidad de esa gente y observar de cerca lo que les sucede.»

La escenografía, que es excelente, fue diseñada por Sergio Villegas, quien logró integrarla a la trama que corre en un acto y nos hace pasar del machismo recalcitrante, a la frialdad con la que ejecutan a quien sea, sin importar la belleza de la noche estrellada o de la novia o del policía que, sin venir a cuento, se lo truenan, por si las moscas.

«Sentimos el miedo de todo lo que sucede, miedo de que las redes del narco toquen a la puerta de nuestra casa, miedo por la confusión que produce, miedo de la bala perdida, o a la que no está tan perdida», dice Cutberto López y, con este libreto, Castro logró darle la continuidad que necesitan sus personajes, ya sea el pescador, el gatillero o la novia del narco con la que ya mero se casa y, en ese ya mero, está planeando su gran fiestononón —como los hemos visto en la prensa que las organizan— pero que, por desgracia, es frustrada y por todo esto, ella se transforma en una virgen morena —especie de metamorfosis freudiana y surrealista, como si fuera una obra de Dalí—donde Pilar Padilla es la novia del Narco, que se transforma para ser colocada en un retablo, a la que luego le rezan los narcos porque los protege de todo mal.

Se tensa el arco con las autoridades que vigilan y somos testigos de los billetazos que reparten (incluyendo a los curas de la Iglesia), mientras va creciendo la violencia, y el lenguaje se hace más crudo para darle su toque de realismo que tanto miedo nos da, como cuando estuvimos por Culiacán caminado por esas calles donde pasan los dueños de sus «Yamaha 300», dentro o fuera de borda, con la tambora a todo volumen, tratando de impresionar a su paisanos. Mejor nos pegamos a la pared, no fuera a ser.

Con un magnífico reparto vemos cómo tiran la tarraya que se extiende por tierra, mar y cielo, aprovechando los sueños de ciertos indivioduos por hacerse ricos, muy ricos, como los pescadores se lo imaginan para que, ahora sí, poder darse la buena vida, sin saber que es breve y que la van a despilfarrar sólo para causar más envidia entre sus colegas en esa cadena que no parace tener fin. (Publicado en El Financiero)

domingo, 18 de marzo de 2007

El poder de la palabra

Tal parece que los diputados de la bancada del PRD en San Lázaro se niegan a defender sus argumentos con la razón y con las palabras para hacerlo sólo con actos que violentan el ejercicio de la democracia. Ignoran que la palabra es la fuente del raciocinio y que es con ella con la que se discuten las diferencias y no, como sucedió la semana pasada, tomando la tribuna para expresar su rechazo al proyecto de la nueva Ley del ISSSTE, derrotados y sin poder convencer al resto de los diputados con sus argumentos. En lugar de aceptar la derrota de sus ideas, tomaron la tribuna gritando: «¡no pasará!, ¡no pasará!», asegurando, sin demostrarlo, que se busca privatizar a la institución. Todo esto sucedía mientras otros diputados discutían y argumentaban la urgencia de la reforma.

Una vez más lo irracional intenta derrocar a la razón, al discurso y a la civilidad que hemos logrado a través de los años. Espejito, espejito y vimos reflejados a los vecinos diputados del Ecuador cómo resolvían sus diferencias a balazos. ¿Un regreso al futuro?

Parece que los diputados perredistas desconocen el encantamiento de las palabras que hacen más eficaz la terapéutica y el ordenamiento de las propuestas con una buena sintaxis que es lo esencial para convencer: el fondo es forma pues sintaxis viene del griego que significa el orden de los soldados en un ejército; Marco Valerio Probo (segunda mitad del siglo I) fue quien empezó a utilizarla para designar el orden de las palabras dentro de una frase, o de un discurso, pues sabía que, de ese orden, dependía el triunfo en los debates políticos y el esperado resultado. Pero esto lo desconocen los diputados de PRD que no creen en el poder de la palabra, mucho menos de una buena sintaxis, sino mejor toman la tribuna, como las regresiones que suceden en esta Legislatura, tal como lo vimos antes de la toma de posesión en diciembre pasado donde la violencia intentó derrocar a la razón.

Es el hombre racional —decía Swift—, quien ha podido sustituir a la fuerza bruta y la ley de la selva por la argumentación, por el uso de la palabra y es con esto con lo que el hombre ha creado sus leyes para justificar el poder, el trabajo e incluso, la destrucción de sus semejantes. Es el poder de la palabra la que le da cuerpo a las ideas, en cambio, la acción que no tolera a las ideas, convierte los deseos en actos brutales, pues una cosa es pensar o decir lo malo del enemigo; otra es asesinarlo.

Es con la razón y con el poder de las palabras que negamos nuestra condición de animales, creando leyes con un lenguaje articulado y con la palabra como expresión de la racionalidad discursiva que nos distingue del resto de los animales que no cuentan con la razón analítica que los haga estructurar proyectos en beneficio de una población plural y distinta. (El Informador, martes 20 de marzo, 2007)

jueves, 15 de marzo de 2007

El perfume de Suskind: sinestesia con las imagenes

Patrick Süskind escribió hace veintidós años su novela El Perfume, historia de un asesino. Desde entonces, se ha traducido a todos los idiomas posibles, pero ningún cineasta supo cómo convertir la trama y el suspenso de esta obra en una película; nadie supo cómo convertir el olor y el olfato del asesino serial sin que el público perdiera el interés. Nadie, ni Martin Scorsese, ni Scott Ridley (¡qué lástima!), ni Tim Burton se atrevieron a hacerlo. Todos la olfatearon y luego se declararon incompetentes, como lo hizo Stanley Kübrick, argumentando que era una novela sobre los aromas, el olfato y la obsesión por el perfume-de-los-perfumes, imposible de convertirla en película. El año pasado, el alemán Tom Tykwer brincó al ruedo junto con Bernd Eichinger su productor y, entre los dos, enfrentaron el reto que significaba.

«Así como Partick Süskind usó el poder claro y exacto de las palabras —dice Tykwer—, nosotros decidimos usar el poder claro y exacto de las imágenes, del ruido y de la música… y entonces, no importa si se trataba de un campo a la luz del sol o de un árbol, todo lo que se necesitábamos hacer era lograr una precisión óptica y, con eso, nacería en la imaginación del espectador la referencia a los olores.»

La idea del productor se basaba en la sinestesia (la sensación subjetiva propia de un sentido, que es determinada por otra sensación de un sentido diferente) y aunque optimista, sin duda, logró tal belleza en las imágenes y escenas que capturaron, aunque fuesen aterradoras, que lograron que pudiéramos imaginarnos, igual que lo hicimos cuando leímos la novela, que ese olor que había en el ambiente y que orientaba las obsesiones de Jean-Baptiste Grenouille, ya sea por los delicados olores de la lavanda o el hedor en el París del siglo XVIII en esa época cuando reinaba en las ciudades «un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y a excrementos de rata, las cocinas a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre, las curtidurías, a lejías cáusticas, lo mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes que en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo, el oficial de artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en el verano como en el invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor.»

Por eso, cuando vemos la película empezamos a sentir esa molestia apenas «concebible para el hombre moderno» convirtiendo las imágenes que nos muestra su director -en plena sinestesia- para imaginar la podredumbre de la ropa sucia o del aliento, mientras el joven Grenouille va librando la vida gracias a un super-olfato.

Parte de la tragedia es que él mismo no huele a nada y por eso pasa desapercibido (como nos sucede a muchos de nosotros). Su obsesión por lograr la esencia del perfume-de-los-perfumes extrayéndolo de las doncellas que asesina, una tras otra, para sacarles las doce bases, doce, como aprendió del «perfumista y fabricante de guantes Giuseppe Baldini en París (con Dustin Hoffman en ese papel)… Cuando se abrían las puertas de esta perfumería sonaba un carrillón persa y dos garzas de plata empezaban a lanzar por sus picos una agua de violeta que caía en un cuenco dorado con la misma forma que el escudo de Baldini.»

Tom Tykwer logra el suspenso y el horror con las imágenes del pescado muerto o de la flor de naranja o del aroma de la bella pelirroja o del campo de lavanda o de las rosas que usaba Baldini para extraer la esencia en sus perfumes. Tal como lo prometió, en plena sinestesia, nos ofrece imágenes acompañadas de música y de ruidos que nos ponen en alerta y, para desconcertarnos más todavía, el día en que es condenado a muerte, decide esparcir su perfume-de-perfumes en la Plaza de Grasse y el pueblo, arremolinado, enloquece, se desnuda y hacen el amor.

Finalmente es en Grenoble, donde había nacido, cuando se impregna con ese perfume-de-perfumes y es devorado por unos pordioseros: «media hora más tarde, había desaparecido de la faz de la tierra… por primera vez los mendigos habían hecho algo por amor.» (El Financiero, lunes 19 de marzo, 2007)

domingo, 11 de marzo de 2007

Vecinos distantes

El señor George W. Bush representa a la mitad de los ciudadanos americanos que votaron por él, formada por los radicales que se identifican con el partido Republicano. La mayoría silenciosa, aunque usted no lo crea, es analfabeta cultural que no ven más allá de su bandera con todo y sus estrellas. La mayoría presume de vivir en libertad y no saben más allá de sus fronteras (que son los «malls»). Desprecian las costumbres y las culturas de sus vecinos del sur, pues les han inculcado una idea simple, un estereotipo monocromático, en donde creen que los mexicanos somos bárbaros, vagos, incultos, indocumentados, mugrosos, narcotraficantes, católicos fanáticos que van a las peregrinaciones de rodillas con una penca del nopal clavada en la espalda; y siguen creyendo que somos flojos, borrachos, malos jugadores y, con estas ideas preconcebidas, se han formado un modelo imposible de cambiar con el tiempo y menos si lo ven desde su vanidoso pedestal.

¡Ay de aquellos que intenten cambiar el modelo!, pues son considerados extremistas (como Michel Moore), pagados por los malos de la película o por quién sabe quién, que intentan destruir sus valores que, con tanto esfuerzo, han mantenido en alto por varias generaciones. Por eso cierran tanto sus filas como sus mentes y, sin otros elementos de juicio, no tienen un criterio propio, sino que corresponde a lo que les han inculcado sin capacidad autocrítica, mucho menos con eso que les permita reconocer sus errores para que algún día modifiquen su opinión.

Bush está atado de manos tratando de mantenerse en el poder desde y desde el 11/09 no sólo las torres gemelas, sino también América Latina fue otra de las víctimas del terrorismo, tal como lo asegura José Antonio García Belaúnde, Secretario de Relaciones Exteriores del Perú. Desde entonces, los Estados Unidos han centrado su atención (y varios billones de dólares) en Asia Central y Oriente Próximo y hoy, años después, intentan recuperar su influencia en la región sin considerar que las discrepancias políticas y el desprecio, complican la posibilidad de trabajar juntos.

Con el pretexto de defenderse del terrorismo y con su paranoia, creen que la frontera del río Bravo es la puerta de entrada de los terroristas (y no sus puertos marítimos o aeropuertos) y con esos argumentos tratan de cerrar la frontera levantando un muro, en lugar de imaginar proyectos que convengan a ambos países aunque tengamos costumbres diferentes (como en Tijuana de Babel, nominada para el Oscar).

¿Por qué en lugar de discriminar, despreciar y levantar muros de ignominia, no invertir y crear escenarios a favor del Tratado de Comercio, como lo hicieron los europeos hace décadas para formar una Unión sin fronteras, potenciando a sus miembros como fue España que pasó del segundo al primer mundo, gracias a la oportunidad que tuvo y a los financiamientos de infraestructura, entre otros apoyos que tuvieron que ver con la mejoría de su economía?

Vamos a ver si hay alguna propuesta en este sentido. (El Informador, martes 13 de marzo, 2007)

jueves, 8 de marzo de 2007

La fabrica del espacio de Maria Jose Lavin

Desde siempre María José Lavín decidió ser artista y desde entonces hemos visto su obra compuesta de pinturas y esculturas. La semana pasada, la Galería de la Universidad Autónoma Metropolitana en la colonia Roma, ha montado una exposición con algunas de sus piezas recientes, en donde la artista nos muestra cómo su talento ha superado algunas etapas de su vida que parecían imposibles de vencer y cómo éstas han dejado una huella en su obra: telas, piezas de cantera y en unas piedras brillantes como espejos o como lagrimas que han caído en ese espacio que ha construido María José a su alrededor para expresar, con toda libertad, las dualidades que forman parte de la vida misma.

La exposición se llama «La fábrica del espacio» y en ella podemos apreciar el empeño de María José «por convidarnos sus vistas: cantos y perfiles de construcciones que no terminan por evidenciarse, a excepción de un par de cuadros que registran el entorno mediante el favor de la transposición digital en el que florece la responsable de su parto, y que siendo atisbos de arquitectura evocan restos frágiles de humanidad ausente propia de los elementos: el aire, la luz y la equívoca relación que establecen: tensión, rotación, movimiento en suma», como dice Luis Ignacio Sáinz en el catálogo.

«Día es la noche» es un óleo impresionante de dos metros de largo por sesenta centímetros de ancho donde ha jugado con la dualidad como esa que se define en el título: día y noche, vida y muerte, y todo esto, pintado y vuelto a pintar con negros y azul marino, con pequeños destellos por ahí ocultos en uno de sus extremos, al oriente de su geografía, por donde sale el Sol. Cuando lo recorremos nos sucede como a Dante en el Infierno de su Comedia que, «a la mitad del camino de su vida se encontraba en una selva oscura, con la senda perdida», y así imaginamos estar hasta llegar al centro de la tela para recordar ese lugar preciso donde se gesta la vida y que puede ser el punto de encuentro entre la luz y la oscuridad de la noche y del día o, entre la realidad y el recuerdo y la fantasía; y si seguimos hasta el otro extremo, al poniente, veremos que todo lo que hemos recorrido es un eco del pasado, la gestación de una tormenta eléctrica con destellos marítimos, antes de llegar al límite mismo de ese espacio en donde María José ha estado navegando todos estos años con su técnica, emplastando capas de pintura, una sobre la otra, para después rascarle para que salga al azar una luz, una transparencia y así seguir trabajando hasta conseguir una pátina o hasta el cansancio o hasta que ve su tela a la distancia —en el tiempo y en el espacio— y quede satisfecha con el efecto que quería lograr en esa ocasión. Luego vendrá el porvenir.

La museografía de Elena Segurajauregui es un éxito. Preparó el espacio para cada una de las piezas de la artista como lo hizo para la «Mujer con columna rota» que son dos piezas de cantera de 50 por 40 centímetros y que lo dice todo: una huella dramática (como la de Frida), sencilla, como deben ser las obras de arte, donde crea una pieza anatómica que trasciende el realismo, para abstraer esos engranajes que sostienen al cuerpo sin dejar de señalar el punto sobre la «i» en el centro del volumen dolido, para que quede testimonio de esta mujer con la columna rota apoyada en el triángulo donde gira todo mientras haya vida.

Sus «Piedras en bronce niquelado» son lágrimas gordas y contundentes aplastadas al caer sobre el terreno de la realidad en lugar de haberlo hecho en el bosque de Arden, ese bosque donde todo se vale y donde todo puede suceder, por ejemplo, la nostalgia del tiempo que pasa o la canción perdida o la burla; el accidente de los amores y el azar y de pronto, el buen humor, como sucede en este escenario del mundo donde todas las mujeres y todos los hombre son simples actores y una mujer de su tiempo, como María José, tiene muchos papeles.

Con sus piedras ha descubierto la belleza de las lágrimas niqueladas como guijarros plateados que se pueden lanzar una tarde de ocio sobre la orilla del lago —para que hagan patos—, hasta que se hunden después de haber destellado en su huída, rebotando sobre la superficie, como las estrellas fugaces lo hacen sobre el espacio celeste.

Cuando volvemos a la fábrica del espacio, María José nos ofrece una óptica y una mirada, una percepción directa, una sensualidad en tránsito, como bien dice Sáinz y así llegamos a los «Polípticos», varios encaustos sobre tabla que recuerda los registros de un sismo o más bien un electrocardiograma, con los latidos de su corazón en el espacio, con sus crestas y valles, como la vida que, en un momento dado, puede estar a punto de quebrarse o quedar varada en alguna playa donde sabemos que otros han naufragado y que ahora, Maria José Lavín nos deja explorarlas para conocer el ritmo al que late el suyo en este su espacio-tiempo, mientras expresa con elegancia y buen oficio, las emociones que la embargan. (El Financiero, lunes 12 de marzo, 2007)

domingo, 4 de marzo de 2007

Vuelta de tuerca

Una vez más se reúnen los presidentes latinoamericanos para intercambiar ideas, limar posible asperezas y promover, entre todos, algunas ideas que resuelvan uno de los problemas ancestrales como el que vivimos desde hace siglos y que tiene que ver con la pobreza, el subdesarrollo y el desempleo que nos rodea, como el que ahora están viviendo en carne propia en la sede de la Cumbre en la Guyana.

Un análisis de las variables que dominan en el Continente Americano hay una que parece que hace la gran diferencia y es la religión que se impuso en la conquista y luego se consolidó en la colonia. En este Continente, el único país que no es católico, resultó ser el más avanzado. El resto —como decía fray Servando Teresa de Mier— parece tolerar la pobreza, ¡total!, en esta vida, dicen los católicos, se sufre, ¡ah!, pero eso sí, en la otra les va a tocar el paraíso.

Tal vez por eso domina una falta de energía para superarse como si la libertad y la ignorancia fuesen unos pesados lastres que no permite tomar altura. Históricamente la religión se opone a los conocimientos científicos, como les sucede desde el siglo XII a los musulmanes en donde no hay ni un sólo físico o biólogo pues todo conocimiento amenaza su fe y va en contra de su fanatismo. El círculo vicioso.

¿Por qué no se ha desarrollado la Nueva España desde que padeció la monarquía que ya se había ido a pique? —se preguntaba en 1810 fray Servando, «su erario es ninguno; la pobreza es general y espantosa y, para cubrir las deudas, a echado mano de los bienes de las órdenes monacales, militares, canonicales y hospitalarias y ¿por qué no sucede esto en el Norte?, ¿no somos libres por los rayos imaginarios de las excomuniones o por el fanatismo que lleva el nombre de religión o por la ignorancia?»

México y Latinoamérica logró ser independiente y tener cada uno una constitución política y ser gobernada, en diferentes tiempos, por un sistema democrático, a diferentes épocas, nosotros incluyendo a un primer emperador, seguido por una Reforma, la invasión francesa y luego a don Porfirio como dictador que se mantuvo en el poder hasta la Revolución de 1910. El resto la ha pasado igual pero a destiempo y sin duda, nuestra cercanía con los Estados Unidos, nos hacen diferentes. Tal lejos de Dios y tan cerca del elefante.

En Latinoamérica los demás países siguieron rumbos parecidos (independencia), pero sus orígenes son diferentes: unos redujeron su población nativa a cero (Argentina); otros, vivieron con la esclavitud (Brasil); otros más, como Bolívar, ondearon la bandera del panamericanismo y, otros más pequeños, se quedaron en la ignominia.

Se han reunido un par de días para darle otra vuelta a la tuerca y ver si un día de estos soltamos el lastre y empezamos a volar aprovechando los vientos de la democracia, la educación y el conocimiento en la ciencias y las artes. (El Informador, martes 6 de marzo del 2007)

jueves, 1 de marzo de 2007

Lomnitz: mago de la comedia y de la farsa

Alberto Lomnitz ha puesto en escena en el Teatro Helénico "La comedia de las equivocaciones" (1593), una de las mejores y más difíciles comedias de Shakespeare. Lo ha hecho tan bien que pudo librar varios obstáculos para hacernos reír gracias a los errores y confusiones entre las dos parejas de gemelos (Antífolos como patrones y Dromios como sirvientes) cuando llegan a la ciudad de Éfeso (o el Norte) en busca de sus hermanos. Ahí mismo se dan toda clase de equívocos y errores entre Adriana la esposa y ama de casa, que confunde a su marido (Antífolo de Éfeso) y de pasada se queja de su infidelidad, de su impuntualidad y de ser parrandero y jugador, para que el público, entre otras escenas, la pase a las mil maravillas.

Con un reparto de primera, formado por Carlos Aragón, Fernando Becerril, Haydeé Boetto, Ricardo Esquerra, Gabriela Murray y Juan Carlos Vives, empieza las acción y las equivocaciones se desatan en forma exponencial para crear una secuela de confusiones sin que haya, para el espectador la menor duda de quién es quién en un momento dado. Por eso, Estela Fagoaga, encargada del vestuario y la ejecución de la obra, tiene que estar pilas todo el tiempo para que no resulte que en casa del herrero, asador de palo.

Nada más para que usted vaya apartando su lugar y vea qué divertida resulta esta comedia, en el primer acto nos enteramos de lo que ha pasado hace tiempo, desde que la familia se separó. Era un matrimonio con dos hijos (gemelos idénticos) que, a su vez, habían adoptado como sirvientes a otros dos gemelos idénticos, pero un día cuando estaban «a una legua de Epidauro, antes de que el mar, —nos dice Egisto, el padre— sumiso al poder de los vientos, pudimos presentir el menor peligro… de pronto la poca luz que el cielo nos daba alumbró ante nuestros ojos la certeza aterradora de una próxima muerte…. nos atamos mi mujer y yo a los dos extremos del mástil… y nos abandonamos a mereced de las olas…»
Egisto el padre de los gemelos busca a Antífolo de Siracusa (o el Sur) que había salido acompañado de Dromio (del Sur , también), para encontrar a sus respectivos gemelos perdidos desde el naufragio. El padre es arrestado y condenado a ser ejecutado ese día al atardecer si no paga una multa.

En Éfeso confunden a los dos gemelos con sus hermanos del Norte y, por equivocación, son llamados a comer —donde no es su casa— para ser recibidos por quien se supone es esposa Adriana; ahí mismo, el Antífolo de Siracusa corteja a Luciana la hermana de Adriana y por lo tanto, su cuñada; luego de este avatar, discuten las dos mujeres y hablan de cómo debería ser la relación entre el hombre y la mujer: «¿por qué han de tener los hombres más libertad que nosotras?» y, más adelante, Adriana, se entera que ha cortejado a su hermana: «¡Ah, Luciana! ¿Es posible que mi marido haya usado contigo ese lenguaje? ¿Observaste, mirando atentamente sus ojos, si hablaba o no en un tono formal? ¿Estaba su semblante animado o pálido? ¿Triste o alegre? ¿Qué notaste en las emociones que surcaban su rostro?»

Por ahí anda Nell la cocinera que le asegura a Dromio de Siracusa que ella es su esposa y éste sale disparado huyendo de esa mujer tan gorda como el redondo mundo. Por eso le pregunta Antífolo, su amo, si supo dónde quedaba cada país: «¿Y España? —le pregunta Antífolo—, en verdad no la he visto, pero sí la sentí en el calor de su aliento, —le responde Dromio— y… ¿dónde queda Irlanda? —sigue preguntando—, ¿Irlanda?, ¡ah, sí!, claro, Irlanda seguro está en sus nalgas, señor, pues la he podido reconocer por lo accidentando del terreno.»

Y en esta ciudad, Dromio el extranjero se pregunta si está «en la tierra, en el cielo o en el infierno, ¿dormido o despierto?, ¿loco o cuerdo?, ¿soy conocido de estas mujeres o estoy oculto en mis propios ojos? Vamos, hablaré con ellas, representaré mi papel, y seguiré la aventura, resulte como resulte», porque se dan cuenta que los saludan unos extraños y reciben, sin saber por qué, un collar por parte de un joyero. Así, las confusiones se multiplican hasta tal grado que los espectadores no sabemos cómo ni por dónde se va a resolver esta ecuación de grado múltiple. Por ahí aparece como deus ex máchina, no un dios, sino una Abadesa que esconde a los extranjeros en su Abadía, aterrado y convencidos de que la ciudad está habitada por brujas y demonios.

La obra de Lomnitz es una deliciosa comedia con toques de farsa y nos hace creer, con maestría, lo improbable dentro de una lógica propia; hay tundas progresivas como en la farsa, pero, la trama, toca asuntos que deberían actuarse seriamente, como es el diálogo de las mujeres frente al hombre. La acción es rápida y exige una concentración total, pero creo que debería relajarse de vez en cuando para permitir el contraste y que nos den tiempo de reflexionar, antes de volver a soltar la carcajada. (El Financiero, Agenda del Espectador, lunes 5 de marzo, 2007).