jueves, 26 de abril de 2007

Xavier Pizarro: el color y sus emociones

Xavier Pizarro expone en la Casa del Risco de San Ángel dieciocho obras pero, lo que realmente presenta, es una serie de emociones interpretadas con el color en donde expresa libremente los diferentes estados de ánimo que puede tener, en un momento dado, el hombre. Por ejemplo, en una de sus obras usa el rojo vivo «como el de las flores y las frutas» —dice Xavier—, cuando se sintió pleno de vida y optimismo; otra tienen un rojo diferente, donde hay jirones del viento donde claramente nos dice lo molesto que estaba, y que se parece al grito que dio, desesperado, el rey Lear en medio de la tormenta: «¡soplen vientos, bufen hasta que exploten sus mejillas! ¡Rujan de rabia! ¡Cataratas y huracanes inunden los campanarios y ahoguen a los gallos en sus veletas! ¡Relámpagos raudos como el pensamiento, precursores de los rayos que parten al roble, carbonicen mi cabeza blanca! ¡Y tú, trueno que todo lo consumes, aplasta la espesa redondez del Globo y arrasa con toda la simiente que engendra al hombre ingrato!»

Por esto vale la pena ver esta exposición y descubrir las polaridades cromáticas que utiliza Xavier Pizarro ahora que expone su obra, para que podamos vernos en ese espejo y sentir, por ejemplo, la fuerza del viento y la furia marina cuando revientan las olas y se genera el caos, aunque el artista trata de ocultar su amor al dibujo, y nosotros tratemos de encontrar detrás de todo esto las huellas de unas palmeras sacudidas a la orilla del mar.

Goethe relacionaban las polaridades cromáticas con los cuatro temperamentos: optimista, melancólico, flemático y colérico. Van Gogh intentó plasmar las pasiones de la humanidad mediante el rojo y el verde en una obra titulada «El café de noche». Ahora, Pizarro nos muestra en sus telas el color de sus emociones y lo que está detrás de ellas: la furia o los apacibles momentos de la vida cuando se puede estar en paz con uno mismo.

Se sabe que fue el romanticismo el que revivió el simbolismo del color. Ahora, en el mundo de lo abstracto, Pizarro reproduce unos jardines que le hacen recordar un aspecto de la vida: la placidez al crear un espacio acotado, cuidado y ordenado con flores, como si fuese una naturaleza viva en plena transformación.

El oficio de pintor lo ejerce Pizarro desde siempre, es decir, desde las Olimpíadas del 1968 cuando tuvo la oportunidad de estar cerca de los artistas y entender con ellos la importancia y la fuerza del arte, la imagen, el color y el dibujo. Su obra plástica está detrás —o delante, según se vea— de su trabajo como diseñador editorial y de su oficio en el hacer y diseñar libros, donde combina el papel, las tintas y las palabras escritas dentro de un ritmo con un cierto juego de colores. Vicente Rojo es un pintor —de otra generación— que trabajó en el diseño editorial hasta que el mercado del arte, tan diferente al arte mismo, le permitió dedicarse a vivir de sus pinturas y esculturas.

«En la percepción visual casi nunca se ve un color como es en realidad, como lo es físicamente. Por esto, el color es el más relativo de los medios que se emplean en el arte», decía Josef Albers cuando estudió la interacción del color, cosa que pudo demostrar con gran claridad. Sabía que los colores son cálidos y fríos; húmedos y secos; lúcidos, serios, poderosos o serenos, melancólicos, primarios o secundarios y también sabía la manera en que asociamos los colores, subjetivamente.

En esta exposición podemos observar varios tipos de emociones asociados a los colores: en uno, está la neurosis puesta en blanco y negro, negando el color, para plasmar un tronco de un árbol con miles de líneas, temblorosas, recurrentes y circulares, como el otro que expone, tan parecido como si fuera de la misma familia, con una vista a vuelo de pájaro donde vemos los ríos que giran caprichosos y van circulando entre las curvas de nivel.

De ahí pasa a los azules con algo que está dibujado detrás y que nos oculta para que sólo lo imaginemos. Siempre nos gana el primer plano, en una especie de mareo, como si estuviesen pintados dentro de una bruma. Sí, por ahí vuelven las huellas del viento o del miedo o del amor o del coraje. Pero también está la bugambilia y el contraste del morado con el azul celeste que vibran como si fuese un sueño; sí, el sueño del artista que ha dejado fluir al inconsciente para que este haga lo que quiera y la obra pueda irse en un sentido o en el otro.

En otros cuadros nos brinca el color puro. Es el pigmento en polvo que hace que resalte como en la tela que ilustra la calle de San Ángel que es «aterradora —como dice Xavier— pues ahí están todos los miedos infantiles y las pesadillas; o el rojo vivo del amor y del deseo que tanto nos anima; o los tonos morados para sentirnos protegidos como en la infancia, cuando todo estaba bien y el tiempo no existía».
Sí, esta exposición es el color de las emociones de Xavier Pizarro. (El Financiero, lunes 30 de abril, 2007)

domingo, 22 de abril de 2007

Solo con la educacion cambiaremos

¿De qué manera podemos mejorar lo que está mal? O dicho de otra forma, si sabemos que estamos mal, ¿podemos mejorar las cosas? Ahora está en proceso la encuesta de educación básica llamada «Enlace» y vamos a suponer que sale mal y nos damos cuenta que nuestros hijos no comprenden lo que leen, mucho menos las matemáticas de las fracciones que tiene que ver con los medios y cuartos o octavos de kilo que se usan todos los días, ¿qué podemos hacer para remediarlo? ¿Lo podremos hacer en forma individual o mejor aceptamos que sólo es posible hacerlo en grupo, como parte de una sociedad que tenga peso frente a las autoridades? Supongo que ésto es más probable.

Tocqueville en el siglo XIX le llamó a estas asociaciones civiles «sociedades intermedias», mismas que descubrió en el viaje que hizo a Norteamérica y que las encontró como parte integral de la democracia.

«Mexicanos primero» es una sociedad civil que anunció, la semana pasada, su plataforma, objetivos y la forma de alcanzarlos para lograr que, en el 2030, la población tenga 15 años de educación básica (ahora sólo tiene 8.5), pues esa diferencia está en relación directa con los ingresos: cada año adicional de educación por parte de la población, se convierte en un punto adicional en el PIB.

Por eso la convocatoria de Lorenzo Gómez-Morin (Ex Subsecretario de Educación Básica), junto con Fernando Landeros (Teletón), Claudio X. González (Televisa) y Federico Reyes Heroles (Transparencia), entre otros, tuvo una buena recepción el martes pasado, pues nos convencieron de que somos nosotros —usted y yo— los que podemos participar en el cambio o, ¿de qué manera creen que los padres de familia puedan actuar frente a los resultados de esta evaluación —entre otros problemas escolares— y pueden promover una mejor educación para sus hijos, suponiendo que el resultado sea bajo? ¿Ustedes creen que puedan hacer algo frente al Sindicato de Educación Nacional si intentan hacerlo en forma individual? Nunca.

Sólo asociados, sabemos por la historia, puedan hacer algo y eso es justamente lo que pretende una sociedad intermedia como «Mexicanos primero»: actuar para que las cosas cambien y no esperar que sea el gobierno el que resuelva todo, menos si ahora —digo yo— que hay un Subsecretario que es juez y parte, donde, supongo que va a proteger primero los intereses del gremio, antes que cualquier otra cosa.

Por todo esto, cuando nos dicen que «sólo con la educación cambiará México», sabemos que tienen toda la razón y, para que ésta sea mejor, hay que participar hoy mismo en esta evaluación y poder así, asumir la realidad para cambiarla y, qué mejor estar asociados para que esa voz tenga más votos y no se quede en buenas intenciones.

«Mexicanos primero» nos abre los ojos y explica que la economía y la educación están ligadas directamente, que son dos variables dependientes y que mejorarlas está en manos de nosotros, la sociedad civil o intermedia. (El Informador, martes 24 de abril, 2007)

jueves, 19 de abril de 2007

La vida de los otros: del sadismo al amor

Una sorprendente película del alemán Florian Henckel von Donnersmarck (1973-) nos mantiene al filo de la butaca desde el principio hasta el final. Ha sido filmada en Berlín Oriental y está situada en los años ochenta, cuando la «Stasi», la policía secreta del partido, persigue y hace de las suyas torturando con singular sadismo a quienes consideran peligrosos o sospechosos, ya sea porque intentan cruzar el muro o porque pretenden desprestigiar al régimen stalinista que gobierna a esa sección de Berlín. El ambiente es pesado y deprimente. El guión es de su director y está perfectamente estructurado, sin que pierda el ritmo ni la tensión, con un estilo realista: la corrupción de las autoridades, el sadismo de la policía que recuerda los viejos procedimientos nazis de extorsión y tortura psicológica para obtener cualquier información. Pero en ese mundo hay una sorpresa: la mutación de las pasiones y de la energía que se desfogaba en el sadismo por el amor desinteresado y, todo esto, años antes de que el muro se derrumbara en sus narices.

Ulrich Mühe es el actor que hace el papel del ejecutor y maestro de los sistemas de tortura (Hauptmann Gerd Wiesler) con la calve del agente HWCX (o algo parecido); Martina Gedeck, hace el papel de una actriz (Christa-Maria Sieland); Sebastián Koch es su amante, en el papel de escritor y dramaturgo (Georg Dreyman) quien, entre otros personajes, van tejiendo la trama paso a paso, a un ritmo que no nos deja respirar en ningún momento y que nos pone a trabajar para imaginar lo que podría suceder dentro de un minuto, para que participemos de la trama de cada una de sus escenas.

Con razón le dieron en el 2007 el Oscar por la mejor película extranjera pues, sin pretender nada fuera de serie, logra que los espectadores no perdamos de vista, en ningún momento, la tensa cuerda de la trama entre la persecución, el abuso de autoridad y una escondida, pero real, relación amorosa entre los personajes del teatro que desde siempre han sido juzgados como unos seres excéntricos y peligrosos como suponían que eran desde el siglo XVI en el teatro isabelino, cuando los actores, dramaturgos o poetas, Shakespeare incluido, tenían que protegerse bajo la sombra de un noble para que no los persiguieran y torturaran, rodeados siempre de informantes. En esa época el problema político que se discutía estaba alrededor de las dos iglesias: la anglicana de Enrique VIII y la católica de Roma. Por eso torturaron a Thomas Kyd y a Christopher Marlowe lo mataron unos agentes colegas del reino. No es novedad, pues, que los dramaturgos, escritores y actores sean siempre perseguidos por esos sistema que creen que éstos son provocadores del cambio e intolerables críticos de sus instituciones y, por lo tanto, despreciados de los sistemas totalitarios donde sabemos que a toda acción imaginaria, corresponde una reacción real, igual, pero en sentido contrario.

Tuve la oportunidad de estar en Berlín Occidental en 1979 y, aunque del otro lado, lo recuerdo como una pesadilla: el ambiente era sórdido, las prostitutas eran trasvestis que abundaban como si fuesen una expresión de la decadencia; el porno-cabaret, donde se acoplaba una pareja, la puntilla. Francamente deprimente por esa cercanía stalinista. El viaje había sido por toda Alemania con un grupo de periodistas científicos de América Latina —era editor de la revista «Ciencia y Desarrollo» del CONACYT. En Berlín visitamos algún centro científico, después de diez días de viaje. Ahí nos tocó accidentalmente que un compañero peruano le explotara su esquizofrenia y vimos cómo intentaron rescatarlo de la mejor manera hasta que, al final, en el aeropuerto, se lo llevaron a un Sanatorio. Todo esto nos produjo la misma sensación que ahora que he vuelto al ver «La vida de los otros» o «Das leben des anderen», como si esa experiencia fuese parte de la misma escenografía: lo siniestro, lo prostituido y decadente, como lo viví durante esa estancia y ahora en esta película, que se lleva a cabo en los años ochentas, cuando no se podía pensar en la unificación y la vida en libertad.

Octavio Paz criticaba a los regímenes totalitarios y señalaba los métodos de tortura y sus campos de concentración en Rusia o con los «Stasi» en Alemania Oriental, como lo puedo revivir el joven von Donnersmarck con gran precisión.

Hay una tensión durante la película que es producto de la persecución y de las trampas en las que, algún día, van que caer sus protagonistas. Está clavado el miedo que les suceda algo dentro de esa oscuridad como la que acompaña a varios de sus personajes, pero también hay una luz producto del amor que, sin saber cómo, transforma a un policía solitario y disciplinado en un ser humano (solitario y disciplinado) que sin buscar algo a cambio, ni pasar la factura ha sido capaz de amar. Entonces, esa transformación de energías dada con igual contención y frialdad como sucedía en las mesas de tortura, de pronto le da la vuelta al mundo y volvemos a creer en el hombre. "¡Ah, que pieza de arte es el hombre!", decía Hamlet.

Esta es una película bien hecha, dentro de un realismo frío como las mil historias antes de la caída del muro de Berlín o como la esquizofrenia misma. Casi todos que la han visto, opinan que es una maravilla. (El Financiero, lunes 23 de abril, 2007O

domingo, 15 de abril de 2007

Amenazas del exterior

Las amenazas del exterior producen una sensación extraña que tiene que ver con el miedo y con las ganas de saber cómo defenderse. En México hemos sido afortunados pues, desde hace más de un siglo, no hemos sufrido ningún tipo de amenazas, ni de invasiones y las dos guerras mundiales del siglo XX, así como los ataques terroristas del XXI han sucedido lejos. Ahora resulta que nos amenazan tantos los terroristas de Al-Queda como el presidente Chávez de Venezuela en otra escala.

Las dos penden sobre nuestra cabeza: una extraña y lejana, aunque real amenaza, como lo han confirmado los expertos del siglo XXI que tienen que ver con el terrorismo y con las estrategias de Al-Queda, que aseguran estamos amenazado sin que sepamos bien a bien de qué se nos culpa, pues desde siempre, las relaciones exteriores mexicanas son un claro ejemplo del juarismo actuaado bajo el principio del «respeto al derecho ajeno es la paz» y, que sepamos, no hemos intervenido en ninguna invasión a sus territorios, ni en controversias religiosas pero, en fin, sorprendidos, todo parace que estamos amenazados por los fundamentalistas musulmanes.

La otra amenaza es un poco más cercana y proviene del Noreste de la selva del Amazonas, donde habita un gorila de pecho inflado que grita y se pavonea desde el centro mismo del poder, como uno de esos ejemplares que suponíamos se habían extinguido pero que, por desgracia, siguen golpeándose el pecho como si fuera un instrumento de percusión o una señal de amenaza.

Sigue provocando a los que se imagina son amigos de su enemigo y, según «Él», son perversos seguidores de la democracia, la economía libre y la globalización que, tal parace que no lo sabe, han resuelto vivir bajo un régimen democrático desde hace más de un siglo, una vez hechas las reformas a su Constitución, entre ellas, la agraria con todo y el reparto correspondiente de las tierras. Los enemigos de este militar son los países que rechazan las estrategias —y trucos— para instalar su dictadura o crear, como sugiere, desde la selva tupida, una república socialista y que, mas pronto que tarde, como sucede en esos casos —como Hitler y su partido nacional socialista— va tomando a la fuerza —coartando la libertad— y el poder absoluto.

Amenaza con su despliegue de ironía y con ese desplante de hombre valiente que no se amedrenta, acompañado por la paranoia que va tomando altura para declarar que hay que auditar a las cementeras, en especial las de apellido «Cemex», pues si no producen lo que necesitan al precio que ellos desean, «Él», como diosito, estaría dispuesto a nacionalizarlas —con el dinero del petróleo, que es su chequera— y mandar a los dueños a su casa.

No son los intereses de Cemex en particular, sino el fondo de esta amenaza, lo que resulta un mal augurio para la región que seguirá lidiando con este milico, que se encuentra en el ejercicio pleno de una especie de predictadura. (El Informador, martes 17 de abril, 2007)

jueves, 12 de abril de 2007

La consagracion de la primavera de Stravinsky

Cuando nos referimos a la primavera pensamos en la renovación, en la juventud y en las pasiones que afloran durante esta temporada. Escuchamos a los pájaros alborotados y nos explota la vista del color con la flor de Jacaranda colgando, voluptuosamente, sobre sus desnudas ramas. En otras latitudes, surge el color como muestra del principio del ciclo de la vida, cuando ha desaparecido ya el calvo invierno. Por eso, el hombre no puede dejar de expresar sus emociones y recordar los ritos universales relacionados a este eterno devenir como lo hizo Stravinsky (1882-1971) en 1913 cuando compuso «La consagración de la primavera», una obra que trata del sacrificio de una virgen para que, con su sangre, la tierra siga fértil. En esta interpretación Stravinsky hace que explote su originalidad, tal como esperamos que la interprete la OFUNAM en la Sala Nezahuacóyotl el próximo sábado 21 y domingo 22 de abril.

«La consagración de la primavera» es una obra única y los especialistas dicen que no hay trabajos anteriores de Stravinsky que nos permitan imaginar de dónde se le ocurrió la estructura y la musicalidad de esta obra. La realidad es que es un parteaguas en su historia y es posible que no encontremos una vez más estos atrevimientos musicales en alguna de sus obras posteriores; algo pasó, que ya no siguió explorando las ideas musicales como las que incorporó en su consagración.

Hubo una rechifla la noche de su estreno en París el 29 de mayo de 1913 y esa reacción nos dice mucho de las circunstancias y del momento de su estreno: el público conservador se quedó anonadado al oír y ver danzar en el escenario a una tribu eslava, con el gran Nijinsky como primer bailarín y el ballet ruso de Diaghilev, representando algunas escenas de la Rusia pagana, para celebrar la llegada de la primavera y asegurar la fertilidad de la tierra con sangre de una doncella.

La obra está dividida en dos grandes partes: la primera es la adoración de la tierra que, a su vez, consta de seis movimientos que empiezan con la introducción, lenta, con lejanas melodías como si viniesen del inconsciente, como si fueran un sueño que poco a poco, se van tejiendo como si fuese el amanecer. Por ahí se sugiere el tema: los augurios de la primavera, para pasar, de pronto, a los ritmos brutales, repetitivos, machacados con las trompetas que anuncian y desenvuelven a las doncellas que van a escoger a la víctima. Hay armonías ásperas y deja que las percusiones hablen de la huída después del rapto. Es la energía que se desborda en la primavera antes de la tranquilidad de las danzas rituales, amables, medio circulares y repetitivas, donde utiliza a los cellos y los contrabajos a como bajos discontinuos, seguido de las rondas primaverales que terminan en una lucha entre los metales y las percusiones. Las oraciones se repiten. Es la hora de la pesadilla, de la danza de la Tierra que, como un relámpago, anuncia la lluvia que a veces cae en este tiempo, como si todo se moviera y tuviera vida, para darle paso al sacrificio.

Esta otra introducción es estremecedora: larga y con un ritmo cansado, lánguido, pausado, como si apenas se escuchara el lamento del fondo del alma de la víctima y su destino. Un juego musical que se puede asociar con el deseo voluptuoso, de la tierra para ser fértil como también el deseo de las doncellas. Es una especie de liturgia amorosa donde el compositor desarrolla en círculos, que no lo parecen, el movimiento de las doncellas para escoger y honrar a la víctima, para que empiece su sacrificio con unas vagas remembranzas hasta que la víctima ha sido escogida y danza obsesivamente hasta la muerte. La evocación de los ancestros caen en unos vacíos circulares enloquecedores, agotadores y si ella cae, se levanta pues así es el ritual de la primavera o la pesadilla del sacrificio, imposible de evitar.

Esta parte de la obra está estructurada con una gran complejidad rítmica e ingenuidad armónica que logra comunicar la obsesión autodestructiva de la víctima, hasta que queda claro que, de esa muerte, dependerá la futura felicidad de la tribu. El último movimiento, después de llegar al clímax, repite el tema melódico a tambor batiente, con todos los metales en acción para llegar al fin de la víctima y al renacimiento del campo y de las flores, antes de que caiga sobre la tierra y la bañe de sangre para fertilizarla.

A Helena la identificaban con la Primavera raptada por el Invierno-Paris. Regresaba para adornar los campos y despertar el deseo de aparejarse: «¿es éste el rostro que impulsó a los mil navíos y puso fuego a las altas torres de Troya? ¡Dulce Helena, dame con un beso la inmortalidad!», como pedía Fausto en la obra de Marlowe.

El sacrificio de la doncella, el deseo voluptuoso, el rito pagano, Helena y su rostro, el fuego y la pasión, el canto y la celebración de la vida en uno de sus ciclos, todo esto lo podremos imaginar cuando escuchemos este fin de semana «La consagración de la primavera» de Stravinsky. (El Financiero, lunes 16 de abril, 2007)

domingo, 8 de abril de 2007

El silencio y los susurros

—¿Qué es? —me dijo.
—¿Qué es qué? —le pregunté.
—Eso, el ruido ese.
—Es el silencio…
Así describe Rulfo en uno de los cuentos de «El llano en llamas», la sensación que puede producir el silencio y viene a colación, porque en los días santos me pareció oír el «ruido ese» sin dejar de pensar en esta escena nocturna del protagonista de esa historia en una iglesia en Luvina.

Al principio, clavado con varias lecturas pendientes, no me daba cuenta de lo que sucedía, luego, descubrí que era el silencio y la quietud de los políticos, los medios y los sucesos nacionales, aunque nos llegó el susurro de una posible hermandad, provocada por Marcelo Ebrard, con alguna de las ciudades de Kãnpur, Bnares o Patnã, en la India, a orillas del Ganges, ese río sagrado del hinduismo, donde se bañan millones de peregrinos cada año, tal como sucedió en la ciudad de México a las orillas de los arenales o playas, como le llaman, que están al borde de las albercas inflables —nuestro Ganges—, donde acudieron otros peregrinos a darse un chapuzón, sin importar que lloviera o hiciera frío, como sucedió en esos días primaverales.

¡Ah!, el bendito silencio. ¡Cómo se extrañaba!

¡Y cae tan bien, como ya se pueden imaginar!

Sólo nos llegó por ahí otro susurro, este como un artículo desde Inglaterra publicado por The Economist, donde resumen los primeros días del gobierno calderonista como una «Cosecha tempranera», donde dicen más o menos y en desorden, que «Felipe Calderón parece haber desarrollado un buen sentido de las prioridades, aunque tiene todavía que ganarse a aquellos que votaron por su oponente pero, sin duda, ha iniciado su período de manera prometedora, logrando la reforma del sistema de pensiones para los trabajadores del Estado, que es la primera importante, desde el punto de vista estructural, de la última década; que ha demostrado ser un hábil político desarrollando sus alianzas y conquistando a los líderes de los trabajadores y a varios de los gobernadores de los estados sin importar el partido al que pertenecen. Tal parece, que ha llegado a entenderse con el PRI para los asuntos laborarles, con ese partido que ha retomado la civilidad y es el fiel que mueve en el Congreso la balanza para uno u otro lado. Falta la reforma a los impuestos, donde su estructura parece, según Creel, al queso Gruyere: con más agujeros que sustancia, pues el ingreso que representa es sólo del 12% del PIB, muy bajo, aún si lo comparamos con los países de América Latina.»

Esto nos llegó desde la lejana Albión como un susurro al oído que, sin cantar victoria, confirma lo que hemos venido escribiendo, sorprendidos, en los últimos meses, al ver cómo se ha llevado a cabo la transformación de un hombre después de haber asumido el poder, como le sucedió al príncipe Hal, cuando lo coronaron como Enrique V, por lo menos en la versión de Shakespeare. (El Informador, martes 10 de abril, 2007)

jueves, 5 de abril de 2007

Lo fingido verdadero: cuatro siglos de pintura europea

Esta pequeña exposición estará puesta hasta el 13 de mayo en la sala principal del Palacio de Bellas Artes. Se trata de cuarenta y ocho óleos de una de las colecciones del BBVA con varias joyas como son: «La educación de la virgen», un anónimo del s. XVI; otro anónimo, como es el «Retrato del capitán Leone Gentile», un guapo capitán, narizón el condenado, vestido como uno de los tres Mosqueteros, a un lado de los retratos de Michiel J. van Mierevelt (s. XVI): uno de un caballero como debe ser, de negro y con el puño en la cintura y, el otro, de una dama con su gorguera bordada, rica en encajes, de frente amplia y mirada fija, urgiendo al pintor acabar pronto porque el horno no está para bollos y antes de terminar, tres paisajes de Venecia hechos por Jacopo de Fabris (1689-1761) que bien valen la pena, pues «¿quién no experimenta un estremecimiento, quién no tiene que luchar contra una secreta opresión al entrar por primera vez, o tras larga ausencia, en una góndola veneciana?», como decía Aschenbach en «Muerte en Venecia».

Con esta exposición el BBVA conmemora el 75º aniversario de Bancomer y por eso han traído esta muestra a México, donde podemos recorrer parte de la historia de la pintura de esos siglos marcados por el inicio del Renacimiento europeo. La exposición está dividida en cuatro partes: la pintura religiosa, seguido de las naturalezas muertas y escenas costumbristas, antes de llegar a los retratos —espléndidos— para concluir con los paisajes, urbanos o campestres.

El año pasado hubo una exposición en el Museo del Prado con una serie de bodegones que habían sido aceptados por el Ministerio de Cultura de España como donación a cuenta de impuestos del BBVA. La llamaron «Lo fingido verdadero», tomado de la comedia de Lope de Vega en la que, como sucede con los bodegones, nos hacen reflexionar sobre la realidad y su representación que puede llegar a convertirse en otra realidad y, en otra lectura, la relación entre el amor al arte (lo fingido) y el manejo de las responsabilidades fiscales (lo verdadero).

En esta exposición de Bellas Artes hay dos notables bodegones que tal parece logran expresar esa otra realidad: uno, es de Jacques Hupin (S. XVII), el «Bodegón de tapete oriental y vasijas», que parece logró hacer de esa reproducción algo real y verdadero y, el otro, es un anónimo de ese mismo siglo con un título largo: «Bodegón del tapete rojo, con esfera armilar (esa que está formada por varios círculos de metal, que representan el cielo y el movimiento de los astros) y vasijas lujosas, en un rico escenario arquitectónico (Alegoría del tiempo)», título que lo dice todo y, si nos quedamos un rato disfrutándolo, con la mirada perdida, tal vez podamos encontrar lo fingido imaginario en el conjunto del cuadro, rico es sus objetos de lujo, en sus formas y lleno de detalles plasmados con gran minuciosidad que nos parece haber alcanzar la perfección.

Las escenas costumbristas del siglo XVI en los Países bajos —que ya había asumido la Reforma—, contrastan con la producción española de esa misma época que nada tienen que ver con estas escenas pues tenían que pintar según recibían ordenes de los grandes mecenas de la Iglesia, retratos para continuar su proselitismo de vírgenes y mártires, como le sucedió a José Ribero, «el Españolito» (1591-1652), con sus obras —también maestras— como las que vimos en el 2003 en el Museo de San Carlos.

Por eso, la pintura holandesa del siglo XVI, con su formato pequeño tratan sobre escenas de la vida cotidiana, resultan una maravilla. Algunas de ellas son tranquilas y describen cualquier actividad en el campo, otras no tanto, como es «El amor venal» de Gerrit Lundens (1670), donde un hombre le está pagando a la prostituta, mientras un par de alcahuetes observan la escena y se burlan de su cliente o de esa mujer en una escena que forma parte de la nueva enciclopedia de los placeres prohibidos.

Los pintores flamencos del barroco deseaban creer en la paz y pintaban como si estuvieran bajo el influjo de esa fuerza, como si con sus obras pudieran levantar un muro contra de la alienación y el sufrimiento. Por eso reflejan la dignidad suprema y los colores que usan son como los que se producen en esas horas cuando la vida se presenta como paréntesis y el cielo no amenaza con una tormenta para creer, sólo por un instante —que es el que retratan— que la vida puede seguir siendo así: apacible, amable y bondadosa.

Con los cuadros de esta exposición hacemos un breve viaje por la pintura europea de cuatro siglos y podemos disfrutar de algunas de sus obras que, si nos acercamos a verlos con detalle, descubriremos cómo brillan y el juego que hay en esa realidad con sus formas, colores y luces, para imaginar lo verdadero de una naturaleza y lograr que lo fingido sea verdadero, como se le ocurrió a Lope de Vega en su obra de teatro. (El Financiero, lunes 9 de abril, 2007).

domingo, 1 de abril de 2007

Entre manifestaciones te veas

«Entre abogados te veas» era una maldición gitana, según mi padre, y seguramente lo era en aquellos años cuando sabían lo que era caer entre las garras de estos profesionales y recorrer esos pasillos kafkianos, donde los resultados eran impredecibles como si uno se encontrara dentro del laberinto, no del Fauno, sino el de las pesadillas.

Ahora parece que ha cambiado y la declaramos «entre manifestaciones te veas» o «entre milagros te veas», como sucede entre los habitantes de las metrópolis que no sabemos cómo es que funcionan pues parecen estar colgadas de hilitos, como los que tiende la Compañía de Luz y Fuerza del Centro con todo y sus apagones —tres y cuatro diarios—, sin decir agua va que, por cierto, el que haya este líquido para su consumo diario, es otro de los milagritos metropolitanos, donde sobrevivimos a pesar del tráfico tan dificultoso, donde el tiempo de traslado es cada vez mayor y el día que fluye, creemos, otra vez, que es otro milagrito.

Pero a toda esta retahíla de dificultades urbanas, nos ha caído la maldición que permite haya manifestaciones, casi todos los días, de esas redes de perredistas sindicalizados llámense CNTE, UNAM o UM o las huestes del líder de la UT y de TELMEX que, frente a la racionalización y el debate en el lugar apropiado sobre los temas de la reforma del ISSSTE, se oponen con sus inútiles manifestaciones, impotentes de no poder hacerlo en la Cámara de Diputados o de Senadores como lo hizo el cada vez más ridículo Pablo Gómez, transformado en «neometrosexual» que, ante su incapacidad de convencer con su gastada ironía e impotente para proponer alternativas razonables, ve con displicencia cómo es que se acepta la reforma —85 votos a favor del PAN, PRI y Verde, contra los 32 de PRD, PT y Convergentes—, y la semana pasada fuimos testigos de la primera reforma de la última década, ¡milagro!, donde deciden crear a un órgano desconcentrado que administrará los recursos individuales de los trabajadores; donde habrá una pensión mensual alrededor de los 3 mil pesos actualizada cada año con el IPC; donde habrá un esquema de ahorro voluntario para el incremento de las pensiones y se respetarán los derechos de los jubilados y, en donde, la edad de retiro se irá incrementando cada dos años hasta llegar, dentro de 20, a los 60 para los hombres y 58 para las mujeres y, por último, en caso de muerte, los beneficiarios recibirán la pensión y podrán retirar el monto de la cuenta individual de un sólo trancazo.

En la segunda mitad del siglo XIX el rechazo a las reformas generó una guerra civil entre los liberales y los conservadores, acompañada de una invasión por parte de los franceses con todo y la instalación del emperador Maximiliano. Menos mal que ahora sólo sufrimos la maldición gitana de las absurdas e irracionales manifestaciones, donde la razón se ha convertido en una falsa consigna y la verdad, en una vil mentira. (El Informador, martes 3 de abril, 2007)