martes, 31 de julio de 2007

Corregir es de humanos

En lo que va del primer acto, todo parece que Felipe Calderón actúa con una congruencia que nos ha sorprendido, enfocado a un sólo objetivo: el de lograr que las cosas se lleven a cabo y, si es necesario, rectificar para alcanzarlo. Esta disposición no es fácil encontrarla entre los políticos en el poder.

Ahora, ha aceptado corregir la reforma tributaria y esto ha sido bien recibido. Las reacciones de apoyo por los partidos en la oposición no se han hecho esperar. Habla bien de un hombre en el poder que, como los hemos visto, se encaprichan en sus propuestas y acusan al mundo de ser sus enemigos. Ahora, escuchó buenas razones, que no consignas, y esas se las ofrecieron líderes de la IP que le mostraron cómo esta primera propuesta afectaría la creación de empleo y, por lo tanto a la inversión. Sin más, Calderón acepta que la gente de Carstens no hizo bien la tarea, rectifica y vuelve con los cambios al Legislativo.

La historia nos enseña que, cuando los actores están encumbrados en el poder, no escuchan a nadie, se amachan en sus reales y no les importa las consecuencias, ni lo que piensen los demás. Dos de los peores ejemplos son, por un lado, López Portillo que creía que el precio del petróleo iba a quedarse en las alturas para siempre y no escuchó a nadie, menos a sus asesores hasta que los llevó el tren. Otro, aparte de Vicente Fox, es el viejo rey Lear, que no escuchó a nadie ni a Kent, su fiel colaborador y, terco como pueden ser los viejos poderosos, reaccionó de tal manera que logró destruir todo lo que lo rodeaba, incluso a sí mismo.

Felipe Calderón está hecho de otra manera y lo que le interesa son los resultados: sin protagonismos, ni escándalos, sin echarle la culpa a quien no la tiene, él desea tener una mayor recaudación, para mejorar la distribución del gasto y hacer nuevas inversiones. Punto.

Por eso resulta sorprendente que tenga esta capacidad de rectificar y de aprender de los errores y así, sin más, hace mejor la tarea y vuelve, sin complejos, al estrado para informar los ajustes y los cambios que hay que hacer para lograr el propósito inicial. De pasada, nos enseña la zanahoria que habría si aprueban las reformas y Luis Téllez nos muestra la lista de las inversiones puntuales en la infraestructura que seguramente mejorará la calidad de vida.

Las reacciones han sido positivas y muestran a un político que no se le ha subido a la cabeza el humo de la vanidad del poder y que todavía sabe escuchar, cosa que extrañábamos tanto en los últimos años.

La capacidad de rectificar de los líderes es alentadora, pues significa que podemos volver a creer que con una persona así, podrá haber avances si es que mantiene su actuación como la que hemos visto en este primer acto de los seis que forman esta obra. (El Informador, martes 31 de julio, 2007).

jueves, 26 de julio de 2007

Water, las atávicas costumbres y las trampas de la fe

34 millones de viudas en la India

Nos dicen que hay más de treinta y cuatro millones de viudas en la India que, por razones religiosas o por tradición, se comportan como hace siglos: se rapan la cabeza, se refugian en unos asilos y se visten con un vestido sencillo de algodón blanco para pasarse el resto de su vida sin poder tener una nueva relación, sobreviviendo no se sabe ni cómo y esto resulta absurdo para aquellas niñas que se quedan viudas desde su infancia pues millones de matrimonios en la India se arreglan a esa edad. Todo lo contrario a las viudas de México que abiertamente declaran que «¡toda mujer que se respete, debe tener, por lo menos, tres años de viudez!»

Deepa Mehta (1950-) dirigió la película Water y logra, en verdad, llevarnos a vivir cerca de ellas —física y emocionalmente—, en la ciudad sagrada de Varanasi o Benarés, a orillas del Ganges, una ciudad que desde hace tres mil años es un centro religioso. Según el hinduismo, el que muera en Varanasi o cerca de ahí, queda liberado del ciclo de las reencarnaciones y entra directamente al Nirvana. Con esta película nos quedamos boquiabiertos al poder experimentar la cercanía con un mundo tan distante y que pensamos no existía más. Es una obra conmovedora y aterradora, donde disfrutamos, por un lado, a dos bellezas de actores que reasaltan del resto y por eso brillan de manera excepcional: ella es Kalyani (Lisa Ray, la mujer más bella de Bollywood) y Narayan (John Abraham, un joven actor de Mombai, la capital de Bollywood).

Varanasi tiene dos millones de habitantes y está al noreste de la India, en el estado de Uttar Pradesh, a orillas del Ganges. Es una de las ocho ciudades sagradas del hinduismo y se llama así porque geográficamente está situada entre el río Varana y el Asi.

«Todos caminan por las aceras o por la calle, altos, flacos, sin caderas, sin hombros, sin ademanes, sin risas, eclesiásticos, peripatéticos, algunos casi desnudos», escribió Henri Michaux en su bitácora de viaje a la India Un bárbaro en Asia y Mehta, con su película, nos los muestra afuera del asilo de viudas en donde sufrimos con la pequeña Chuyia (Sarala, nacida en Sri Lanka en 1996), viuda de nueve años, que se resiste a esa vida lo mejor que puede. La película se sitúa una década antes de la independencia (1947) y unos años después de que Gandhi había iniciado su campaña de desobediencia pacífica. Al final aparece dando un discurso conmovedor en la estación del ferrocarril de Varanasi, tratando de sacar a los ingleses de su país y, al mismo tiempo, transformar a su pueblo supersticioso y analfabeta entrampado en la fe.

«La India canta. Canta desde Ceilán hasta el Himalaya. Algo intenso y constante los acompaña, un canto que no los despega. ¿Puede alguien ser del todo infeliz cuando está cantando? No, hay una desesperación fría que no existe aquí. Una desesperación sin recursos y sin más allá que sólo existe entre nosotros», escribió Michaux y así es la vida de esas viudas en el asilo: una desesperación sin recursos, pero, con lo poco que hay, se dan instantes de amor.

Kalyani nos deslumbra con su vestido blanco y con su belleza donde se combina la piel morena con los ojos claros y un cuerpo perfecto. Por estar rodeada de la fealdad y la vejez, relumbra y nos deslumbra, nos quita la respiración y, al mismo tiempo, nos duele verla tan frágil, explotada por la dueña de asilo y de alguna manera ignorante.

Pero por ahí aparece su Romeo-Narayan con una kurta blanca y sus lentes redondos. Es la nueva esperanza en la India: un abogado que se niega ser parte de las viejas tradiciones.
— Todas las viejas tradiciones se están muriendo, —le dice a Kalyani a la orilla del sagrado Ganges.
— Lo que es bueno no debería morir —le contesta ella.
— Y, ¿quién decide qué es bueno? —dice el abogado.
— Tú —dice ella, y los dos sonríen.
Él es Romeo, sí, pero ahora ella es una Ofelia que junto con Chuyia y Didí, el ángel de la guardia quien adoptó a esta viuda-niña en el asilo, nos dan un poco de luz en medio de la miseria y la ignorancia.

«Es un abismo el que hay entre la religión occidental y la hindú. En el Ramayana, tres cuartas partes son infamias de los poderes (divinos) que más bien, son unos canallas, unos demonios, ermitaños, unos dioses inferiores ocupados del mal, siempre en guerra y siempre sujetos a los grandes dioses, improvisados y desenfrenados», dice Michaux.

En Varanasi llueve y ellos se mojan, se bañan y bajan por los «ghats», las escaleras al Ganges para sus baños purificadores. También bajan otros «ghats» para cremar a sus difuntos. Vida y muerte en un solo lugar y, cuando una de ellas por fin ha descansado le desean que, «si Dios quiere, reencarnará como hombre».

Cuando llega Gandhi, hay esperanza. Pero mientras, los brahamanes han envilecido a 250 millones de hombres que son como nosotros, pero diferentes. (El Financiero, lunes 30 de julio, 2007).

Mucho ruido y pocas nueces

La otra realidad

El comportamiento de Andrés Manuel López Obrador, desde julio del año pasado, está basado en la creación de otra realidad y en su actuación política correspondiente, negando la realidad real e inventando la suya propia. Creemos que esta actitud pertenece al ámbito de la esquizofrenia, donde hay un trastorno de la libido (la energía que nos mantiene vivos) que se ha convertido en agresión. Desde entonces, reconocemos que hay trastornos del pensamiento, pérdida de las conexiones lógicas, una que otra idea delirante, una pedantería al hablar al estilo mesiánico y otros trastornos que tienen que ver con la paranoia y la escisión de la personalidad que termina por desconocer la realidad y crear la suya propia: la otra realidad.

Desde julio del 2006 somos testigos de un proceso parecido al esquizofrénico que ha explotado en el centro mismo del PRD con AMLO como su principal agente perturbador y su equipo de batalla formado por Manuel Camacho Solís, Leonel Cota Montaño y Marcelo Ebrard Casaubon, entre otros, que niegan aceptar la realidad y que, a partir de su frustración como resultado de las elecciones, han perdido las conexionas lógicas con el exterior como las que tenemos el resto de los habitantes.

Desde entonces, los resultados del 2006 los han negado como reales y desde entonces sólo hablan, pero no escuchan y, lo que hablan, no es más que repeticiones de la misma historia, una y otra vez, reclamando que han sido víctimas del sistema, repitiéndolo hasta el cansancio, para ver si algún día se lo creen sus oyentes, escindiendo de esta manera su personalidad, hasta que ha llegado a desconocer quién es quién, ni cuál realidad es cuál: si la inventada o la resultante de su derrota.

Lo peor de todo es que no se dan cuenta del rechazo por parte de sus afiliados y de los oyentes, cansados de escuchar sólo quejas y no encontrar algo constructivo, lógico y conectado con este mundo. Como efecto de esta paranoia, resultan ahora que son traidores los que no sigan al pie de la letra lo que ellos digan y, o están con ellos o son enemigos. A los que le hacen caso al gobierno en el poder lo declaran, como sucedió a Rodríguez Zapatero, persona no grata.

Es ridículo negar y desconocer al gobierno real que sigue adelante, entre baches, con reformas e inversiones que nos llevarán a tener una mejor infraestructura para el crecimiento. El resto es mucho ruido y pocas nueces. (El Informador, jueves 26 de julio, 2007).

lunes, 23 de julio de 2007

El Chinogate sigue en el aire

Este caso por todos conocido, sigue siendo desconcertante, pues pasamos de un primer acto, donde descubren algunos extraños cargamentos de seudoefedrina, a oler a podrido en las Lomas de Chapultepec para descubrir que, lo que estaba podrido eran $205 millones de dólares contantes y sonantes guardados en un clóset; la PGR se hace de ellos y acusa al dueño, el señor Zhenli Ye Gon, o el Chino Gon, quien estaba huido para luego calumniar al señor Lozano Alarcón, Secretario de Trabajo, a través de su vocero y abogado defensor (sacado de la serie de Los Sopranos, pero de a de veras), acusándolo de lo que ya sabemos de memoria: que lo había extorsionado y por eso tuvo que traer todo ese dinero (¿sin que nadie se diera cuenta?) para tenerlo al alcance de la mano (del PAN o de quién lo necesitara), para cubrirse en los difíciles días de campaña política. Karen Tandy, directora de la DEA, aplaude y dice que «se ha hecho el decomiso más grande de dinero que se ha visto en el mundo», (NYT).

Después de la conferencia de prensa-tomada-de-pelo sigue todo en el aire, y se convierte, por lo pronto, en una comedia de errores hecha con un guión improvisado, lleno de mentiras, de frases confusas como si estuviesen jugando al teléfono descompuesto pues, por un lado el Chino Gon hace públicos sus confusos argumentos, sólo para intentar llamar la atención (¿a quién?, ¿a las autoridades?), parece que chantajeando quiere defenderse, no sin antes dejar un tapete con lleno de preguntas:

Uno, ¿cómo puede uno guardar en una casa $205 millones de dólares al contado, sin que autoridad alguna se las huela o se entere? Si para cambiar $500 dólares para un fin de semana en San Diego es todo un lío.

Dos, ¿de dónde puede salir ese dinero (en billetes y en dólares al contado) si no viene de un banco o de una casa de cambio?, ¿de dónde pues?, qué ¿la droga la pagan en dólares?

Tres, ¿a qué organización pertenece este chino que actúa más bien como agente de la CIA (de los 60’s), alborotando al gallinero o como miembro de la mafia provocando el caos que necesita, sin importar el costo?

Cuatro, ¿cree el Chino Gon que sus calumnias que ha lanzado al aire lo librarán de sus pecados y lavado de dinero?
Prefirió la calumnia, «ese suave vientecillo, esa aura gentil que insensible, sutil y ligera empieza con un murmullo, a ras del suelo, en voz baja y luego, silbando, va recorriendo y va zumbando en los oídos de la gente para introducirse hábilmente y aturdir a las cabezas… y el infeliz calumniado, envilecido, aplastado bajo el látigo público, tendrá suerte si mejor se muere».

Cinco, ¿a cuántos tuvo que corromper en México y en Estados Unidos para situar esa cantidad de dinero sin que se dieran cuenta?, por fin, ¿se lavarán los trapitos sucios? No cabe duda que el poder corrompe. (El Informador, martes 24 de julio, 2007).

jueves, 19 de julio de 2007

El fenómeno de las nuevas siete maravillas

Más de 100 millones de votos

Ben Kingsley y Hillary Swank fueron los anfitriones en el Estadio de Luz de Lisboa que dieron a conocer el resultado de las nuevas siete maravillas del mundo. Tenían una audiencia estimada en 1, 700 millones de espectadores alrededor del mundo. El espectáculo se llevó a cabo, cabalísticamente hablando, el día siete, del mes siete, del año cristiano del dos mil siete y sí, anunciaron las siete nuevas maravillas del mundo que resultaron ser: (1) El Templo de Kukulkán (dentro del sitio maya de Chichén Itzá en México); (2) La Gran muralla china, el cordón de piedras de más de 6,350 kilómetros de largo que resulta ser la única construcción que se puede ver desde el espacio, como lo comprobó Gagarín hace medio siglo, cuando realizó el primer viaje espacial; (3) La ciudad de Petra (Jordania), la antigua capital nabatea en la provincia romana de Arabia Pétrea que, en la antigüedad, era una parada forzosa de las caravanas; (4) El Cristo (Río de Janeiro , Brasil), la escultura de 38 metros de altura hecha en 1932, que es el icono de esa ciudad y que se puede ver de donde sea, pues está en la cima del Corcovado; (5) Machu Picchu (Perú) una ciudad Inca en la cima de la montaña del mismo nombre; (6) El Coliseo (Roma, Italia), célebre escenario de espectáculos populares y la famosa arena de luchas entre los gladiadores a principios de nuestra era; por último, (7) El Taj Mahal (Agra, India), un mausoleo encargado por el emperador Shah Jehan (1632-1645) a Mumtaz Mahal (la «elegida del palacio»), que murió en el parto de su decimocuarto hijo. Es un edificio que está a orillas del río Yamuna y está adornado con esculturas delicadas con versículos del Corán y con motivos florales y geométricos; la ha conservado a las mil maravillas (valga la expresión) y pertenece al catálogo del Patrimonio Universal de la UNESCO desde 1983.

Fueron 100 millones de personas las que votaron, por teléfono o Internet, por su maravilla preferidas entre las candidatas, es decir, que fuese una estructura creada por el hombre hasta antes del año 2000 y que todavía estuviera en pie, eso era todo, el resto, la razón que usted quisiera, incluyendo el orgullo nacionalista usted podía votar por alguna de estas maravillas hecha por el hombre.

Toda la campaña y la clasificación final se concentraba en lograr que sólo fueran siete de ellas —por ser número cabalístico, más que otra cosa— y no, como se nos podría ocurrir, catorce o diecisiete o dos mil siete, que las debe haber en el mundo, según los gustos y la capacidad de asombro que tengamos, como la Acrópolis de Atenas, el centro neurálgico de la cultura de occidente y, para mi gusto, una más de estas maravillas y no, por ejemplo, el Cristo del río Carioca.

La iniciativa fue del cineasta suizo Bernard Weber quien decidió tomar el pulso de la opinión pública mundial, después de ver cómo había sido destruida la estatua gigante del Buda de Bamyan, por parte de los talibanes en el 2001. Weber se propuso esta locura y logró de mover la opinión de medio mundo (100 millones se dice fácil) para que votaran libremente sobre la herencia cultural que compartimos los habitantes del planeta y clasificarla como su maravilla.

«¡Qué obra de arte es el hombre, cuán noble su sensatez y sus facultades; en forma y en movimiento qué expresivo y admirable; cuando actúa, parece un ángel y un dios cuando razona: es la belleza del mundo y un ejemplo del reino animal!», como se atreve a decir Hamlet, a pesar de estar con un estado de ánimo por los suelos.

Ahora hay dos clasificaciones, las nuevas maravillas y aquellas obras más notables de la antigüedad como eran: (1) Las pirámides de Egipto; (2) Los jardines colgantes de Semíramis, «La hija del aire», en Babilonia; (3) La estatua de Zeus en Olimpia; (4) El Coloso de Rodas; (5) El templo de Artemisa en Éfeso; (6) El mausoleo de Halicarnaso y (7) El Faro de Alejandría, y cada vez que imaginábamos las siete maravillas, nos venía aquello que decía Hamlet: qué pieza de arte es el hombre, capaz de hacer estas obras y muchas más. Cada vez que pensamos en una de estas siete o diecisiete o mil siete cosas que ha hecho el hombre, incluyendo las naves espaciales, el clip, el cine o la penicilina, me viene a la cabeza la clase de obra de arte que es el hombre, creador de todas estas pequeñas y grandes maravillas.

La UNESCO no avaló la campaña, pues no estaba de acuerdo en el criterio de selección, ni que hayan dejado de impulsar la conservación, sino que sólo eran unas decisiones «sentimentales». Sí, tienen razón, pero, fueron 100 millones de personas las que voluntariamente participaron. ¿No es notable?

Bien por México, que logró incorporar, dentro de este catálogo, a una de sus maravillas: el monumento de la antigüedad que integra el arte arquitectónico, con los solsticios y la astronomía de los mayas. (El Financiero, lunes 23 de julio, 2007).

Aprender de España

La visita a México de José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno español, trae a colación la envidia que nos da cuando vemos cómo lograron salir del subdesarrollo en relativamente poco tiempo. A mediados del siglo XX tenían un nivel de vida que ahora es imposible imaginar.

En aquel entonces era un país aislado del resto de Europa, sin comercio exterior, con un abasto elemental y con serias diferencias en los niveles económicos de su población. Gobernado por una dictadura, vivían reprimidos en muchos sentidos, sin libertad de expresión, limitadas las ideas liberales. De pronto, a principios del XXI, se convierte en una nación integrada a la Unión Europea, pujante, democrática y que forma parte del primer mundo.

¿En que consistió esa magia?, nos preguntamos una y otra vez para ver si podemos aplicar algo de esa experiencia en México. Sin entrar al detalle, sabemos que tienen ciertas cualidades innatas con las que pudieron dar ese paso para delante. Además, la experiencia de haber pasado por el trauma de una guerra civil, los hizo más cautos.

Pero hay otra característica que tiene que ver con la manera de asumir la nueva forma de gobierno y que está relacionada con la fidelidad y la escala de valores. La gente, sin importar rango social, ideología o partido político, lograron acordar unos principios básicos que beneficiaban a la población y lo cumplieron. Eso fue el famoso tratado que se convierte en la varita mágica del ejercicio político hacia el desarrollo. Los acuerdos entre los diferentes partidos, en beneficios de la población, sin demagogias fueron los factores principales con los que pudieron entrar de lleno al cambio estructural a la apertura y a la Unión Europea.

Los lazos con México, además del idioma, son fuertes. Desde hace una década han invertido más de 17 mil millones de dólares para convertirse en socios privilegiados y un aliado de primera magnitud.

Lo que han hecho en España en turismo es otro ejemplo a seguir: se han posicionado en la UE y mantienen estos empleos confiables, además de impulsar el turismo cultural con el Guggenheim de Bilbao; el Contemporáneo de Castilla y León o el de Calatrava en Valencia, ubicándose en la flecha de la vanguardia.

A veces soñamos tener el apoyo de América del Norte como el que recibió España de la UE y que les permitió crecer en una década hasta un 64% en su economía. Pero aquí, todo parece al revés. Bueno, soñar no cuesta nada. (El Informador, 19 de julio del 2007).

martes, 17 de julio de 2007

El pago de los impuestos

No conozco a persona física o moral a la que le guste pagar impuestos. Por eso hacen lo imposible para darle la vuelta: dan dinero a las organizaciones filantrópicas que mejor les parezca, incluyen sus respectivos recibos deducibles y todo con tal de no pagar lo que corresponda de impuestos.

Son capaces de gastar en esos expertos llamados ingenieros fiscales, para que vean cómo le hacen, lo más legalito que puedan, para evadir lo más que se pueda y, de ser posible, llegar con el Impuesto sobre la Renta tablas o lo más cercano al cero.

No creo que sea un problema nacional, así sucede en el resto del mundo donde siempre encuentran un pretexto para no pagar lo que se debe: en Estados Unidos, los que están en contra de la guerra y se imaginan que parte de sus impuestos se van para cumplirle el capricho al señor Bush; en México, el mal uso histórico junto con la corrupción, que ahora aflora a nivel municipal: el permiso, ¿me entiende usted?, la densidad de la zona que requiere de una mordida para que el municipio se haga de la vista gorda en las obras o en la compra de terrenos aledaños, como dicen que ha sucedido con el nuevo aeropuerto en Jalisco para atender a la Costa compradas por nada a su alrededor, ¿verdad?, y así, por una u otra razón le sacamos la vuelta a este asunto.

Por lo pronto estamos viendo la incomodidad de los que se han dedicado profesionalmente a la filantropía y que hacen las cosas bien, que valen la pena, pero, efectivamente, parece que tiene razón Calderón cuando les dice que con filantropía no se resuelve la pobreza extrema, aunque ayuda un poquito. Habría que preguntarnos si con los impuestos se ha podido lograr ganar esa batalla y así, entre uno y otro frentes, la actual Contribución Empresarial a Tasa Única (CETU), viene a resolver varios problemas: el de la evasión, en principio y el de las diferencias preferenciales de las que se agarran los ingenieros fiscales para no pagar. Con las reformas que se pretenden aprobar, hay incomodidad por los que apoyan la aplicación filantrópica con recibos deducibles de impuestos sobre las mismas asociaciones civiles que Hacienda ha aprobado.

Estire y afloje de la política que, sin ser monedita de oro, cada vez que toca el tema de los impuestos alguien brinca y que ahora, sin ser dramática ayudará a lograr una mayor recaudación y mejorar un poco la geometría de la pirámide.

La razón la tienen todos, pero ahora que el gobierno intenta caminar por las brechas y mejorar la recaudación, son estas asociaciones las que salen espinadas. Pero como sabemos: sin impuestos, sólo queda el financiamiento exterior, la deuda y la sombra mortal de la inflación con lo que todo se reduce a nada y si no, recordemos los 70’s con Echeverría al mando repartiendo a diestra y, sobre todo, a la siniestra. (El Informador, martes 17 de julio, 2007).

domingo, 15 de julio de 2007

Vacaciones: en la agenda del espectador de este verano

Sin llegar a ser todavía una costumbre tan clara como lo es en Europa, cada año que pasa, nos las vamos arreglando de tal manera que durante el verano, los padres apartan un par de semanas, por lo menos, para irse de vacaciones con sus hijos. Por eso los planes para viajar se convierten en una realidad y por eso vemos cómo empiezan a pulular, de un lado para el otro del país, el turismo nacional.

Alain de Botton es uno de mis autores favoritos y ha escrito varios libros divertidos, sobre todo éste que viene a cuento por aquello de las vacaciones y que se llama El arte de viajar (Taurus, 2002) que trata, entre otras cosas, del viaje que planeó hacer el duque de Esseintes, un excéntrico francés que vivía sólo y su alma en su quinta de París (¡Ah!, Paris, Je t’aime), de donde nunca había salido antes pero que, desde hacía tiempo, quería ir de vacaciones a Londres para contrastar lo que se imaginaba, con lo que realmente vería, una vez que estuviera en esa ciudad fuera lejos del continente.

Decidió hacerlo en el verano, como ahora nosotros planeamos ir primero a San Miguel Allende y luego a Puerto Vallarta. Por fin llegó el día, dobló los mapas de la ciudad (como nosotros doblamos los del bajío y los de la Costa del Pacífico), y revisó su porta libros donde llevaba bien encuadernado su cuaderno (y no sólo una modesta libreta Moleskine del tamaño media carta), para escribir su diario, además de un diccionario francés-inglés y, por si las de hule, el Robinson Crusoe de Defoe.

Llegó, con todo su equipaje frente a la estación de trenes París, donde estaba abierta una cantina al estilo de los «Pubs» ingleses y ahí mismo se detuvo para tomar un trago. Mientras lo hacía se sintió tan incómodo por el ir y venir de los pasajeros que pululaban alrededor de la estación que decidió, después de haber bebido su «pinta» oscura, que su viaje llegaría hasta allí y «con sus baúles, maletas, cobijas para el viaje, paraguas y bastones, jamás volvería a abandonar su hogar… pues en ese momento llegó a preguntarse: ¿para qué moverse cuando uno puede viajar tan bien sin tener que levantarse de su silla?»

El excéntrico duque de Esseintes regresó a su quinta, y se dedicó a empapelar los muros de su casa con los mapas a escala de la ciudad de Londres, incluyendo el puente y la torre donde sabía que guardaban las joyas de la corona y que era donde habían cortado muchas cabezas, incluyendo la de la bella Ana Bolena, madre de Isabel I.

Igual planeamos salir de viaje: primero, dijimos, iremos a San Miguel de Allende ―adelantándonos al verano― para ver a Rodrigo Johnson en acción como director artístico en el segundo Festival Internacional de Teatro (Escena 2), conocer a la directora, esa joven encantadora de serpientes como resultó ser Lucila Saravia y, tener la oportunidad de volver a ver Peer Gynt de Ibsen con Rodrigo Vázquez en el papel principal y las recientes pinturas de Claudia Casillas que están en la Galería de La Pérgola del Instituto Allende. Con todo esto, olfatear el fin de la primavera y el principio del verano por esos rumbos.

Sin temor alguno de quedarnos en alguna cantina por la salida a Querétaro, como el duque en París, tomamos la carretera hacia el norte, larga e infernal, llena de camiones, al tiempo que pasábamos de lado a la industria que está al lado de la carretera. Mientras, el campo esperaba con ansias ―y con la boca abierta seca-ceniza― a que llegaran las primeras lluvias que no tardaron en llegar abundantes.

Luego, anotamos, en la agenda de este espectador, la vacación veraniega en Puerto Vallarta, pues sólo de pensar en el mar, nos sabe a sal el pensamiento, como decía Gorostiza. Desde el aeropuerto de Toluca, volamos sobre unas nubes grises cargadas de agua y, tambaleándonos, aterrizamos en la pista donde pudimos ver al mar plateado (anochece a las 21:00), a las gaviotas regresando al manglar que está a la orilla del río Ameca, sin importarles los rayos y las centellas que luego iluminan el horizonte por la noche.

«Bien merecidas vacaciones», pensamos, cuando bajamos del avión y sentimos el cambio de clima y ese calor que abruma al principio hasta que nos acostumbramos para disfrutarlo. Sin tristeza alguna, mucho menos angustia, de haber dejado detrás la ciudad, como no se atrevió a hacerlo el duque en París, la casa, los planes y el trabajo, llegamos al mar para aflojar el cuerpo y dejarse llevar por esa nada que está formada de colores al atardecer, para intuir la interacción del color, tal como lo definió Josef Albers, y luego, dejarse estar, divagando por la playa, sin angustia alguna de haber dejado lejos nuestro espacio. Ahora se trata del disfrutar del aire libre, de las camisas sueltas, del viento que producen esas olas que revientan en la playa a nuestros pies, y así, apartar en la agenda del espectador toma forma sin necesidad de empapelar los muros de nuestro estudio, con los mapas de la ciudad que más nos gustaría visitar y listo. ¡Feliz verano! (El Financiero, lunes 16 de julio, 2007).

La corrupción y la justicia

«Todos somos la corrupción», dicen por ahí y efectivamente todos practicamos la corrupción hormiga, a pequeña escala, en donde nos vemos obligados a hacerlo por las circunstancias que dificultan, por ejemplo, el pago de las multas dejando así abierta la puerta para la mordida de todos los días e iniciar el trazo de ese círculo vicioso que ponemos en la mano del agente, pasando por el moche del sargento, hasta que va dando de vueltas para treparse a las alturas de los jefes para acumular en esa cueva, los billetes constantes y sonantes. Nadie cambia las reglas, como una vez lo hicieron hace años, cuando se podían pagar las multas en los bancos. Tal vez por eso seguimos practicando la corrupción de todos los días.

Aprovechando un seminario sobre la ética en la administración pública, durante la semana pasada en la ciudad de México, el presidente Calderón tuvo la oportunidad de retomar este asunto y reflexionar con tres expertos sobre este tema para ver qué clase de Hércules podría acabar con esa hidra de las mil cabezas.

El Presidente se reunió con el magistrado español Baltasar Garzón, con el chileno Juan Guzmán y con el francés Armand Riberolles, tres expertos en estos asuntos, para qué estrategia se les ocurría que nos pudiera servir para mejorar el sistema judicial en México en contra de la corrupción y tomar nota e incluirlas, en todo caso, en las futuras reformas judiciales.
«Las obras públicas son el gran filón de la corrupción a nivel global», comentó Garzón y anotó cómo la corrupción se puede convertir en tragedia, como fuimos testigos en 1985, cuando murió tanta gente bajo los edificios destruidos por el sismo en la ciudad de México. La mayoría eran edificios públicos construidos de manera deficiente, por haber sido zanahoria de la corrupción: «la corrupción mata ―dijo Garzón― y con ella se rompe el principio de igualdad de oportunidades entre los que sí cumplen con la ley y los que se aprovechan de su incumplimiento».

La corrupción hormiga pulula en México como marabunta y va de la mano con la impunidad y con el sistema de protección construido para poder abusar del poder. Sabemos de varios casos donde el empresario se corrompe y engaña a sus consejeros y luego se hace de los cómplices necesarios para lograr su objetivo. Para eso riega en su milpita con parte del agua que le llueve o les da migajas para sostener la red de protección dentro de su propia organización. Son tantos los casos que nos faltan dedos de la mano y de los pies para contarlos.

«El departamento de compras es el centro neurálgico de la gran corrupción», dijo Garzón. Efectivamente, hemos visto cómo salen millonarios después de un tiempo en esos departamentos en la IP o en una agencia gubernamental o paraestatal. «Tanto mata la vaca el que le agarra la pata, como el que la mata» y, sin una justicia eficiente, no cambiará la práctica de la corrupción. (El Informador, martes 10 de julio, 2007).

jueves, 5 de julio de 2007

New Values o el registro de su explosión

El coche bomba

Todos los días nos enteramos —hasta el cansancio— de los coches bombas y ahora, de los autobuses-bomba, de la cantidad de muertos y heridos producto de las explosiones irracionales hechas por un terrorismo que nos cuesta trabajo comprender y aceptar que sí, que en efecto, el hombre ha sido, es y será capaz de esto y mucho más —pienso en la bomba atómica— y todo, por no tolerar al vecino o por haber nacido con el estigma del odio hacia el otro, menos o más distante o cercano, odio al que es diferente o piensa diferente o cree en algo distinto.

Por todo esto, Saúl Villa ha tratado de representar, desde hace cuatro años, algunos de los aspectos de la destrucción y de la guerra que se vive actualmente- En estos días expone en la Galería de Arte Mexicano (GAM), la última de las series titulada New Values —como la canción que desconozco— donde podemos ver trece óleos resultado de una experiencia destructiva como fue la que programó en San Andrés Chiautla, Edo. de México, donde explotó a un Renault R5, grabar el fenómeno con varias cámaras y luego trabajarlas para producir estos óleos, donde pasamos de la paz —antes de la explosión— del campo mexicano, con sus pirules al fondo del arroyo y un R5 bien pintado en espera del verdugo, del mejor cohetero de la región, para explotarlo en pedazos y dejar plasmada esa destrucción, parecida a la de los terroristas del Medio Oriente, registrando cuando el fuego lo consume todo para ver ese fenómeno a escala.

Son tres los productos que muestra Saúl en la galería: primero, los trece óleos con el antes, en y después de la explosión; luego, una pieza mural donde ha «pixeleado» el primer instante de la explosión y luego amplificado en miles de pixeles —de cinco por cinco centímetros cada uno—, para montarlo en el espacio que le ofrece la galería y, por último, los restos del motor del R5, destruido y colocado en el patio como si fuese una deconstrucción escultórica. Como detalle, podemos ver a un cochecito a escala, que tuvo también su final explosivo, como si fuese el juguete de los niños terroristas en Irak.

«El fanatismo es más viejo que el Islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier Estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente que siempre está presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera: la gente que ha volado clínicas donde se practicaba el aborto en Estado Unidos, los que queman sinagogas y mezquitas en Alemania, éstos sólo se diferencian de Bin Laden en la magnitud pero no en la naturaleza de sus crímenes», escribió Amos Oz en Contra el fanatismo. Ahora se ha vuelto un especie de motor enloquecido que destruyen con premeditación, alevosía y ventaja a los inocentes que creen y viven pensando algo diferente a lo que piensa y cree el terrorista: «¿quién podría imaginarse —dice Amos Oz— que al siglo XX le seguiría de inmediato el XI?»

El juego que hace Saúl Villa se alimenta con los instrumentos y la energía de esta guerra y la explosión destructora del auto-bomba en Bagdad o en la franja de Gaza o en Jerusalén o recientemente en Yemen, como una máquina mortífera que explota a cualquier hora del día, en cualquier lugar del planeta que uno no se pueda imaginar —como la mezquita en Bagdad, una bella obra de arte, allá donde ha desaparecido Alí Babá y sus cuarenta ladrones de nuestra infancia y el genio Aladino, obligado a servirle hasta que se casara con la princesa Badrulbudur.

Saúl Villa logra, con esta serie de óleos, aislar los cuentos de las mil y una noches para dejarnos la explosión convertida en un mapa al óleo, con curvas de nivel, donde aparece el fuego, el desprendimiento del calor, la luz y las llamas de una combustión justo después de la explosión hecha a mano por el cohetero del Edo. de México, con sus cartuchos de nitroglicerina o con los cohetotes de pólvora de ese experto, para luego congelar la imagen y mostrarnos el suceso que nos recuerda, a su vez, a la realidad en tres tiempos: antes de la explosión, con un paisaje encantador, seco en ese tiempo pero arbolado al fondo con pirules que se mueven con la brisa, donde sólo faltaba, al atardecer, las parvadas de tordos capitanes enloquecidos al haber escuchado la explosión seca que destruyó al R5 y que nos recuerda, con pesadumbre, la muerte en el Oriente Medio.

Nada que ver con el Big Bang, ni la creación del Universo. Lo de Saúl Villa es una explosión artística, como puede uno imaginarse es este fenómeno y que registró lo mejor que puedo, mapeando, como es su técnica al óleo, para mostrarnos cómo es el color de las llamas cuando se expande el aire, iluminando la atmósfera para destruir lo que esté a su alrededor. Obras arte donde saca de su alma el peso que gravita dentro y que tiene que ver con la muerte accidental, con la destrucción terrorista hecha por los fanáticos intolerantes. (El Financiero, lunes 9 de julio, 2007.)

Entre mitos nos encontremos

El peor enemigo de Andrés Manuel es López Obrador pero, como lo carga en la misma mochila, no se da cuenta del daño que le hace: y cuando se despierta, sabe que todavía está ahí, como el viejo dinosaurio en el cuento más corto de Augusto Monterroso.

Incapaz de aceptar haber perdido hace un año y de interpretar la realidad como es, con sus límites y sus frustraciones en el espacio y en el tiempo, inventa un nuevo mito y, en lugar de reconocer dónde estuvieron sus fallas y cómo hacerle ahora para poder competir con mejores opciones para ganar en el 2012, llama a sus seguidores al Zócalo, niega lo que tenga algo que ver con lo institucional o constitucional y se va con ellos de la mano, primero, para auto declararse presidente y preguntarles en coro, muy democráticamente, si están de acuerdo y, ahora, para echarle la culpa de todo a la mafia.
No escribe junto con dos de sus operadores estratégicos sobre la racionalización en sus fallas, tanto en el tiempo como en el espacio, porque él —su peor enemigo— no cree que hicieron nada mal, sino todo lo contrario. Para él —su propio enemigo— sólo queda la construcción elíptica de otras mentiras basado en el plano de unas verdades a medias que tuerce a su favor para creer, a través de su propio cristal, qué todo lo que brilla es oro.

Luego, al que le llama «su pueblo», necesita de nuevos mitos: los antimilagros provocados por una mafia —según él— fueron los que le arrebataron el poder en julio del 2006 (tan cerca y tan lejos) evitando que asumiera el papel que le correspondía.
Entre mitos te veas, fue la maldición del fin de semana pasado cuando Andrés Manuel se dirigió, una vez más, a «su» Zócalo que parece es de su propiedad y lo usa, gracias a la factura que le sigue cobrando a Marcelo Ebrard, como plataforma desde la cual lanza y despotrica durante su hora en el escenario, antes de que desaparezca y que nadie sepa de él, hasta que se convierta en un cuento, contado por un idiota, lleno de sonido y de furia, que nada significan.

El domingo pasado llegó de la mano de Socorro Díaz, Julio Scherer y Jenaro Villamil, autores que junto con López Obrador corean que, el fracaso (inaceptable), se debe a la mafia, sin aceptar lo que Fernando Pliego Carrasco escribió como investigador de Ciencias Sociales de la UNAM para demostrar, contundentemente El mito del fraude electoral (Editorial Pax), compitiendo con los argumentos de Andrés Manuel & Co., y con un análisis hecho con el rigor académico y una información de primera, donde demuestra todo lo contrario a lo que cree que sucedió López Obrador, pero como eso no le cae bien a Andrés Manuel, ni a sus operadores, entonces, mejor siguen inventando nuevas versiones para negar aquello que está demostrado con hechos e inventa ahora que fue la mafia y tiene un pretexto para hacer otra marcha y alborotar el ambiente. (El Informador, martes 3 de julio del 2007).

lunes, 2 de julio de 2007

El amor en tiempos de guerra

¿Es este el rostro que impulsó a los mil navíos
y puso fuego a las altas torres de Troya?
¡Dulce Helena, dame en un beso la inmortalidad!
Christopher Marlowe, Fausto, (5.1. 93-95)

En la Ilíada, Homero describe la invasión de Troya por los griegos. Empieza con Aquiles cantando su cólera y concluye con el entierro de Patroclo. Mucho siglos después, Shakespeare escribió Troilo y Crésida, una obra de teatro donde nos cuenta una historia de amor en medio de esa guerra, así como, la sorpresa que el destino les tenía guardada a esos amantes.

La invasión duró diez años desde que los griegos abandonaron sus casas para salir navegando en sus navíos rumbo a Troya (ahora en Turquía, cerca de los Dardanelos), para destruirla con el pretexto de recuperar a Helena, la diosa de la belleza, la Venus de Esparta que, según una de las tantas versiones, se había ido con Paris, el príncipe troyano, pues Afrodita le había ofrecido como premio poseer a esa mujer y, con eso, lograr la inmortalidad. Zeus había lanzado la dorada manzana de la discordia divina a Hera, Atenea y Afrodita, tres vanidosas diosas y malabaristas que necesitaban saber quién era la más hermosa y, por eso, fueron con Paris para que fallase el pleito cuando éste era un pastor troyano. Las tres defendieron su causa: Hera le ofreció el imperio total de Asia; Atenea la prudencia y la victoria en todos los combates y, Afrodita, el amor de Helena de Esparta, quien era una princesa que la habían casado sus padres con Menelao y, como después confesó, había sido engañada por Afrodita durante esos días que Paris fue su huésped en el Peloponeso. Por eso no pudo resistir irse con él a Troya —o Egipto, como dicen otras fuentes—, aprovechando que su esposo había salido de viaje a Creta, para asistir a los funerales de Catreo, su suegro.

Así empezó esta historia que Homero canta con toda clase de detalles relacionados con la guerra y sus guerreros, con el campo de batalla y, nos cuenta todo esto, por supuesto, desde la óptica de los griegos. Mientras, las diosas Atenea y el dios Apolo, entran y salen a escena, ella vestida con su blanco peplo o con su armadura brillante y Apolo listo para ayudar a Héctor o Paris cuando estaban complicados en algún combate. Los dos dioses dando consejos y apareciendo en sueños para que la acción tomara el rumbo que mejor les convenía.

Desde el balcón de una de las torres de Troya, la bella Helena acompañó al rey Príamo, para que le dijera quién era aquel del argento arco o el guerrero del escudo terrible o el de la lanza que brilla, en fin, quién era quién allá abajo, en el campo de batalla, donde sucedían, serios enfrentamientos, y batallas donde había muertos y heridos.

Otro día Paris salió al campo de batalla, quien era el arquero troyano por excelencia, para batirse con Menelao; después, fue Héctor, el príncipe a cargo de la defensa de las murallas de Troya, quien se defendió de Aquiles o de quien se le parecía, como fue aquel día funesto en que el joven Patroclo salió al campo con la armadura de Aquiles.

Todo en la Ilíada es majestuoso y está descrito con tanto detalle que a veces nos perdemos y no sabemos cómo era la vida cotidiana de los sitiados, los pobres troyanos que vivieron así durante una década —que se dice fácil—, pero son muchos años durante los cuales vivieron angustiados por la amenaza constante de los griegos que estaban allá, en sus campamentos, a veces, peleándose por saber quién se quedaba con Criseida, una princesa secuestrada en una de las incursiones que hicieron en los alrededores; acá, detrás de las murallas, los troyanos trataban de mantener su vida sitiados entre los muros, sin poder contener la miseria que los abrumaba, ni las historias de amor, deseo o celos como las que pueden suceder en una ciudad durante los tiempos de guerra. La vida continuaba y ahí andaba el príncipe Troilo, tal como lo cuenta Shakespeare, obsesionado por conocer las delicias de una bella troyana llamada Crésida.

Troilo, hijo menor del rey Príamo, había dejado la pubertad para entrar por la puerta de la adolescencia y de la guerra, sin darse cuenta que siempre había vivido entre la vida y la muerte pendiente de un hilo.

Deseaba con toda su alma —y con todo su cuerpo— a la mujer de sus sueños, la bella Crésida, hija de Calcas, un sacerdote y adivino troyano que había predicho la derrota de su ciudad y por eso, había huido al campamento enemigo. Su hija Crésida la había dejado en manos del tío Pándaro, hermano de Calcas, el alcahuete de la corte y único responsable de que se le cumplieran sus deseos al príncipe y conociera el amor con su sobrina Crésida.

Shakespeare reescribe lo que había contado un poema de Chaucer, Troilus and Criseyde, donde describía esta historia de los amantes troyanos. Muy al principio del siglo XVII, Shakespeare nos vuelve a poner en charola de plata esta otra visión del amor en los tiempos de guerra como el que hubo dentro de las torres altivas de Troya y dentro de sus muros, narrándonos sin mayores exaltaciones épicas, esta historia y todo lo que sucedía en el palacio de Príamo, para verla a través del cristal con el que la veía la familia real troyana.

Un día, al atardecer, Pándaro había citado a Troilo y Crésida para que disfrutaran de sus cuerpos:
—Vamos, vamos, ¿a qué viene ese rubor? —le dice a Troilo— la vergüenza es una niñada… Aquí la tienes; júrale lo mismo que me has jurado.
—¡Cómo! ¿Pretendes huir? —le dice a Crésida—, si retrocedes será preciso hacerte velar antes de que te domen. ¿No? Anda, deja esas cosas, deja esas cosas porque si te haces para atrás, te pondré entres las varas. ¿Por qué no se hablan? Vamos… alcen la cortina, levántate ese velo y veamos el cuadro tal cual es. ¡Vaya con el día!, y con lo que le repugna ofender con la luz; pero, si fuera de noche, se acercarían más fácilmente, estoy seguro. Así, así; hagan a un lado los estorbos. Vamos; un beso largo como si estuvieses pagando una renta perpetua, para que luego construyas ahí, carpintero, que el aire es saludable. No… seguro que han de franquear sus corazones antes de que yo me vaya. ¡Vamos, el halcón contra el milano… apuesto a que este tórtolo se entenderá bien con esa tórtola! ¡Vamos, adelante!

Y los jóvenes se juran amor y se van a la cama. Pero el destino les tenía preparado una sorpresa. Por la mañana, Troilo se enteró que Crésida sería entregada al jefe Diomedes del campamento griego, a cambio del viejo consejero troyano Antenor. Eran órdenes del mando superior de guerra.

Oliendo el aroma del cuerpo fresco recién descubierto, le habían arrebatado esa fruta tan de mañana, sin que importar que se habían jurado amor eterno. Era como si los amantes trabajaran mucho para la conquista y luego, cuando se ha doblegado la amante, todo pasa, pero éste no era el caso. Troilo desesperado decide esa misma noche bajar al campamento griego a ver qué pasaba y que tan fiel era su amada Crésida. Inocente, creía que se mantendría fiel a su juramento. Todo lo que pudo ver —al lado de Ulises—, fue que Diomedes la había conquistado y Crésida le había dado un beso aceptándolo.

—¿Es esta Crésida? —se pregunta Troilo, que no podía olvidar el olor de su cuerpo ni la suavidad de su piel como el que tenía la troyana.
—¿Fue Crésida la que estuvo ahí? —se volvía a preguntar—, digamos que no es ella, ¿era ella?, no. Era otra Crésida, era la Crésida de Diomedes, pues si hay un alma en la hermosura, ésta no es ella; si es alma, entonces es una guía de promesas y éstas siempre son piadosas; si la piedad es la delicia de los dioses; si en la misma unidad hay regla, y la sostiene… no…, ésta no es ella.

Escombros y ruinas entre la fresca memoria de la noche anterior cuando se habían acercado para besarse y les había mostrado su cuarto y la cama donde estarían juntos:
—En cuanto a la cama, si no quieren que cuente sus alegres combates, mejor oprímanla con sus cuerpos con fuerza. ¡Adelante, jóvenes! —había dicho se espaldas mientras salía para dejarlos solos.

(¡Ah!, el amor en los tiempos de guerra y la vida en el centro del campo de batalla y no puedo dejar de pensar en una bella iraquí, con su burka, asomando sus ojos abiertos entre las ruinas de Bagdad, esperando que llegue la noche o la penumbra, sabiendo que su vida pende de un hilo; sí, por ahí debe andar de la mano de su tío esperando que llegue el amante, antes de ser entregada a Johnny, el marino invasor.)
(Día Siete, domingo 1 de julio, 2007).