miércoles, 30 de diciembre de 2009

Nominada al Grammy: Quint y la Sinfónica de Minería

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 1 de enero del 2010.


Qué gusto saber que empezamos el año con la grabación del Concierto para Violín y Orquesta en re menor Op. 35 y otras obras de Erich Wolfgang Korngold (1897-1957) nominada para el Grammy en la categoría de la mejor interpretación solista con el violinista Philippe Quint y la Orquesta Sinfónica de Minería, bajo la batuta de Carlos Miguel Prieto y esta obra grabada en la Sala Nezahualcóyotl en la temporada del 2007 con el sello discográfico de Naxos, nominada dentro del capítulo de música clásica para convertirse en el primer disco mexicano incluido en las listas de obras internacionales.

Desde hace años que la Orquesta Sinfónica de Minería ha confirmado su prestigio, sobre todo, desde el año 2003 cuando el ingeniero Carlos F. de la Mora Navarrete asume la presidencia de la Academia de Música del Palacio de Minería quien, desde entonces, ha logrado consolidar el prestigio de la Orquesta, mejorar la promoción y difusión y, entre otras cosas, lograr que Naxos grabe algunos conciertos con tal calidad que, este año, ha sido nominado al premio Grammy.

El resultado lo sabremos el 31 de enero pero nos late que esta noticia es la torta que trajo el pequeño “Carlos V”, el hijo recién nacido y primer varón de Carlos Miguel Prieto y su esposa, la bailarina Isabel Mariscal.

Esta es la primera vez que la grabación de una orquesta mexicana ha sido nominada a un Grammy con carácter internacional, en la categoría de música clásica y por eso hay que celebrarlo, pues es un orgullo saber que la calidad interpretativa de esta orquesta que, cada año, su director artístico reúne para el verano, integrándola con los mejores interpretes y ensamblar así, una orquesta de calidad que le pueda ofrecer a su público interpretaciones de nivel internacional.

Philippe Quint, como otros músicos, sabía lo que era y lo que sería desde los nueve años de edad cuando tocó su primer concierto en público. Nacido en Rusia vive en los Estados Unidos donde debutó en 1995 en el Avery Fisher Hall y, al año siguiente, en el Carnegie Hall.

Desde hace años Quint viene a México como invitado de honor de la Orquesta de Minería y siempre nos ha sorprendido por su juventud, calidad, habilidad y su manera de interpretar las obras para violín. Este año lo volvimos a confirmar cuando interpretó el Concierto para violín en mi menor de Félix Mendelssohn, donde logró reflejar la pureza, la perfección, la elegancia y el equilibrio de la música de ese compositor.

Korngold fue un músico y compositor para el cine de Hollywood y, entre otras obras, lo llamaron para ilustrar musicalmente El sueño de una noche de verano (1935) en una adaptación que hizo de la obra de Mendelssohn. Debido a la calidad que logró en esa adaptación, hizo un contrato tan bueno para su época que, con eso logró tener toda la libertad del mundo para elegir sólo unas veinte películas que ahora se consideran como joyas musicales.

El disco nominado al Premio Grammy ya está a la venta e incluye tres obras de Korngold: el Concierto para violín en re menor Op. 35, seguido de la Obertura a un drama, Opus 4 y, finalmente, inspirado en la comedia de Shakespeare Mucho ruido y pocas nueces, compuso su Suite para concierto Op. 11, en donde el compositor nos ofrece primero una Obertura, seguida de La mañana de la boda (entre Hero y Claudio), para luego musicalizar las escenas cómicas entre el alguacil Dogberry y su asistente Verges antes de componer un Intermezzo con la Escena en el jardín y, terminar, con el Baile o Hornpipe o Mummenschanz de este obra donde, finalmente, sabemos que es el amor el que siempre triunfa, como triunfa el amor por la buena música de esta grabación hecha con Philippe Quint, la Orquesta de Minería y la batuta de Carlos Miguel Prieto.

Rescatar joyas de la arquitectura

El Informador, jueves 31 de diciembre, 2009.

(Mi Pullman, casi terminada la obra en 1906 con mi agbuela Maclovia y una amiga a la entrada). Rescatar las obras de arte arquitectónicas debería ser parte de nuestra educación y de ese respeto que deberíamos tener por todo aquello que forma parte de nuestra acervo resultado de la creación de hombres y mujeres que, en su momento, aportaron sus joyas a la sociedad. Nada más deprimente que ver la manera en que se destruye el acervo artístico por falta de iniciativa, de cultura o, en el fondo, de educación. Sin duda, Jalisco es un Estado que tiene verdaderas joyas de arquitectura y la lista de los hombres que participaron tanto en el siglo XIX como en el XX va creciendo, en algo que le llaman la escuela de arquitectura tapatía, con grandes estrellas, como es el arquitecto Luis Barragán (1902-1988) entre otros no tan grandes, como Guillermo de Alba (1875-1935) quien aportó, con cierta modestia, dos que tres obras que forman parte de ese acervo y que, sin duda, fue uno de los promotores para que Chapala dejara de ser un pueblo de pescadores y se convirtiera en toda una villa.

Hace una década, gracias al empuje de las que forman parte de la organización civil llamada Adopte una obra de arte, lucharon a capa y espada —soy testigo— hasta que lograron financiar la restauración de la Estación de Ferrocarril de Chapala diseñada por el arquitecto de Alba en 1920, hasta dejarla en el 2005 mejor que cuando la inauguraron.

Pero, una obra menor, como es la casa del arquitecto en Chapala, bautizada como Mi Pullman, había quedado abandonada sin que nadie —entre ellos un servidor— que tuviera recursos, como los hay en Jalisco, pudiera interesarse en rescatarla y volviera a darle su valor arquitectónico que es parte de nuestro tesoro. Por fortuna, hace un año fue una inglesa llamada Rosalinda, un especie de ángel de la guardia del arquitecto de Alba, la que bajó del cielo de Inglaterra y se dedicó —con tesón y constancia— hacer todo lo necesario para comprarla y luego restaurarla. Entre otras cosas, me explicaba, en Inglaterra estamos acostumbrados a respetar las obras de arte que valen la pena mantener en buen estado.

La semana pasada estuve por esos rumbos y tuve la oportunidad de conocer la casa donde Maclovia, mi abuela, organizaba sus cenas de Navidad o donde los dos —antes de separarse—, celebraban la inauguración de la Villa Niza (1905) —bien conservada por Patricia Urzúa— o la Estación de Ferrocarriles en 1920 o el Club de Yates de madera sobre el muelle (1910) o, simplemente, la vida misma.

Qué gusto me dio saber que este ángel se haya hecho cargo de Mi Pullman, alguien que, con cariño y respeto, hiciera lo que otras gentes no pudieron hacer con esta modesta joya de Chapala, como deberían hacerlo con la casa de Luis Barragán —Premio Pritzker 1980—, ahora en manos de un salvaje que la ha convertido en un bar-restaurante decadente descuidándola tanto que duele ver esta joya de la arquitectura de Jalisco de esa manera. ¡No se vale!

martes, 29 de diciembre de 2009

Teoría de la clase ociosa

El Informador, martes 29 de diciembre, 2009.


Hace años, cuando diseñaba El Economista, leí un libro devastador: se trataba de la Teoría de la clase ociosa de Thorstein Veblen (Breviarios del FCE) de este noruego cuyos padres migraron a los EUA, compraron un rancho con un buen suelo, negro y profundo donde se instalaron en el sur de Minneapolis para vivir ahí su infancia en una casa blanca, amplia y agradable que no sólo delataba un cierto desahogo de la familia, sino algo de riqueza.

Pienso en La Plaza, como se llamaba el suplemento cultural —que tuvo un modesto éxito—, como también pienso en varios de mis amigos —tapatíos o chilangos— que, parecían habían sido objeto de estudio por el genio de Veblen, pues por la lectura de esta teoría me refería una y otra vez a ellos —como si los conociera a fondo aunque lo publicó en 1899—, como también pienso que lo leyeron los editores de ¡Hola! que es la bandera que ondea por el mundo hispanohablante, con los ejemplares más prestigiados de esta clase llamada ociosa.

Se trata, dice Veblen, de simular que se trabaja y si uno tiene que hacerlo, hay que pasar la estafeta lo más pronto posible a un segundo de abordo, fiel y confiable, para que puedan aparentar vivir en el ocio y, entre otras cosas, se puedan dedicar a consumir toda clase de productos superfluos que contribuyan, de una manera efectiva, a mantener esa buena fama antes de echarse a dormir.

Por ahí anda la teoría de Veblen que es tan original que un siglo después sigue siendo válida y los estudiantes la siguen analizando. Entre otras cosas explica que las esposas de esos hombres que pertenecen a la clase ociosa deben evitar todo empleo útil porque la abstención del trabajo no es sólo un acto honorífico o meritorio, sino un requisito impuesto por el decoro.

Nos quedamos con la boca abierta cuando analiza la ostentación y el lujo que, or encima de un cierto nivel de riqueza, se puede considerar como algo intrínseco del éxito, y no tanto como lo consideran los economistas, sino para ser utilizada como un estandarte que anuncia el triunfo que proclama, según las normas aceptadas por la comunidad y que demuestren que su poseedor, efectivamente, es un hombre de éxito.

Un subproducto es el mimetismo que se adquiere, en donde la opinión de los demás es la que nos permite confirmar nuestro propio bienestar, por eso, el keep up with the Jones mantiene el consumo al día, así como las deudas, pues, ¿cómo es posible que nuestros vecinos los Jones se hayan comprado una TV-HD de plasma o el coche último modelo y nosotros sigamos con el anterior?

Veblen observó con cuidado a la gente de su siglo y estudió las sociedades primitivas donde, tal parece, se originó la clase ociosa, antes de sacar el bisturí para narrarnos cómo están construidos estos órganos con los que se mueve la clase social y el poder y, de esta manera, saber con quién estamos hablando.

martes, 22 de diciembre de 2009

Los cuentos y fábulas de Navidad en cartelera

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 25 de diciembre, 2009.

Ayer fue la nochebuena y hoy es Navidad y por eso la temporada de vacaciones de invierno han empezado y la cartelera está pletórica de películas para los jóvenes y niños con toda razón. Por eso, ahora podrán disfrutar La princesa y el sapo, que se antoja por su buen humor y la parodia a las fábulas de La Fontaine o las de Augusto Monterroso como ahora recuerdo la de la Rana que quería ser una Rana auténtica y que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos le aplaudían. Y así, haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran como una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena Rana que parecía Pollo.

El fantástico Sr. Fox —nada que ver con el señor de Guanajuato—, nos narra el mundo de estas hábiles víctimas de la cacería inglesa, siempre perseguidos por los perros de caza, ahora parece que ha iniciado una guerra con los granjeros.

También está Planeta 51 con el Capitán Check Baker, ahora un alienígeno en un extraño planeta que tanto le temen a ese tipo de invasiones extraplanetarias, como era la paranoia de los años cincuentas en los Estados Unidos de Norteamérica y la fiebre en la ciencia ficción sobre este tema.

También debe estar en cartelera El secreto de la Sirenita, del japonés Hayao Miyazado con Sosuke un niño de cinco años que rescata a un extraño pez rojo a quien llama Ponyo, pero lo que no sabe es que Ponyo es un pez mágico que quiere quedarse a vivir con los seres humanos en donde la decisión de renunciar a su vida marina contradice un antiguo hechizo mágico que pone en peligro el equilibrio del mundo entero. Con su amistad y valentía, Sosuke y Ponyo deberán impedir que sucedan cosas terribles.

No podía faltar A Christmas Carol o el Cuento de Navidad de Dickens titulada ahora como Los fantasmas de Scrooge, dirigida por Robert Zemeckis con Jim Carrey como el viejo avaro Ebenezer Scrooge que, entre otras cosas, no celebra la Navidad porque prefiere seguir con su vida solitaria, dedicado a trabajar, sin importarle nadie más, ni siquiera su empleado, Bob Cratchit.

Un día llega a su casa el fantasma de Jacob Marley, su mejor amigo y socio, quien había muerto hacía poco y que venía para anunciarle la visita de tres espíritus de la Navidad: el Pasado, que le hace recordar su infancia y juventud, llena de melancolía y añoranza, pues era antes de haberse convertido en workholic y de tener un desmedido afán para enriquecerse.

Luego, aparece el Presente quien le hace ver la situación por la que está pasando la familia de su empleado que, a pesar de su pobreza y de la enfermedad del pequeño Tim, van a celebrar la Navidad. También puede ver cómo los demás celebran la Navidad, incluso su sobrino Fred, a pesar que sus invitados evitan estar con el viejo avaro.

Cuando aparece el espíritu del Futuro, mudo y sombrío, le muestra el destino de los avaros: su casa sería saqueada por los pobres; conoce lo que opinan de él ya muerto y observa la muerte del pequeño Tim pero, lo más espantoso de todo, es cuando ve su tumba con lo cual Scrooge se horroriza e intenta convencer al espíritu de que estaría dispuesto a cambiar si logra mejorar su destino.

El viejo avaro despierta de su pesadilla transformado y decide celebrar la Navidad, manda comprar un pavo para los Cratchit y ayuda a Tim para que se cure. Por eso, el pequeño Tim, sorprendido del cambio, les dice en voz alta: «Y que Dios nos bendiga a todos», tal como les deseo a todos ustedes en esta Navidad.

Un cuento de Navidad

El Informador, jueves 24 de diciembre, 2009.

Esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad y por eso es imposible evitar contarles un cuento y qué mejor uno de los clásico de Dickens que, además, está en la pantalla grande en una nueva versión titulada Los fantasmas de Scrooge, dirigida por Robert Zemeckis con Jim Carrey como el viejo avaro necesario en estas épocas de la vida para contrastar con el resto y celebrar que hemos librado la batalla y eso ya es ganancia:

Había una vez un viejo avaro que se llamaba Ebenezer Scrooge que, entre otras cosas, no celebraba la Navidad porque prefería seguir su vida solitaria dedicado sólo a trabajar sin importarle nadie más, ni Bob Cratchit, su empleado.

Un día, recibe en su casa al fantasma de Jacob Marley, su mejor amigo y socio quien había muerto hacía poco y que ahora se aparecía para anunciarle la visita de los tres espíritus de Navidad. El viejo Scrooge no se inmuta de sus amenazas y, por eso, no tardan en aparecer los tres espíritus: el Pasado, que le hace recordar a Scrooge su infancia y juventud, lo que le da una cierta melancolía, pues pertenecía a esa vida antes de haberse convertido en workholic y su desmedido afán de enriquecerse.

Luego, aparece el fantasma del Presente que le hace ver la situación de la familia de Cratchit quien, a pesar de su pobreza y la enfermedad de su hijo Tim, van a celebrar la Navidad. De pasada se da cuenta que todo mundo festeja la Navidad, incluso su sobrino Fred, a pesar que sus invitados se niegan estar con el viejo avaro.

Pero cuando se aparece el fantasma del Futuro, mudo y sombrío, le muestra a Scrooge su destino por ser tan avaro: su casa sería saqueada por los pobres; observa la muerte del pequeño Tim Cratchit y, lo que le resulta más espantoso de todo, ve su propia muerte y la tumba donde sería enterrado, con lo cual se horroriza y trata de convencer al espíritu que está dispuesto a cambiar, si logra mejorar su destino.

Scrooge despierta de su pesadilla transformado: decide celebrar la Navidad y, como nunca, saca dinero de la caja chica para mandarle comprar un pavo a Cratchit y que tengan algo qué cenar esa noche, sin que sepa quién se lo ha mandado.

Luego, sale a la calle y saluda a la gente deseándoles una Feliz Navidad y decide irse a la casa de su sobrino Fred para pasar con él y sus amigos la Navidad, asombrando y divirtiendo de pasada a los invitados.

Al día siguiente, cuando Cratchit llega, Scrooge finge regañarlo antes de darle —¡por fin!—, un aumento de sueldo y ayudar a su hijo Tim para que se cure. Sorprendido, al ver este cambio les desea en voz alta: ¡Y que Dios nos bendiga a todos!

Tal como lo hizo el buen Tim, así les deseo que Dios los bendiga a todos ustedes para esta Navidad y que logren lo mejor para el próximo año.

La sensación de fracaso

El Informador, martes 22 de diciembre, 2009.

De pronto, todo mundo salió por donde pudo para irse a su casa con la cola entre las patas una vez que dieron por terminada la Reunión Cumbre en Copenhagen, tan esperada desde hace dos años, en donde no llegó a nada concreto como se esperaba para resolver el problema del calentamiento global y por eso, no sabemos si reír o llorar.

Más que comprometerse a reducir —como lo hizo la Unión Europea— un 30% las emisiones de bióxido de carbono para el 2020, Obama llegó convencido de que no se firmara ningún acuerdo internacional, porque entonces, sabía que no lograría su aprobación sobre todo si se fijaban en ese acuerdo metas específicas para resolver el grave problema del cambio climático que tanto nos angustia.

Quedaron en que las cifras en la reducción de las emisiones se presentarán el 1 de febrero del 2010, sin que se incluya la aprobación para que un organismo internacional pueda verificar y consultar justo esos niveles de emisión de acuerdo a lo comprometido.

Obama se reunió dos veces con el líder de los chinos, Wen Jiabao, para presionarlo y que aceptara una cierta transparencia y algún tipo de acuerdo y aunque el compromiso no fuese legalmente vinculante, que cada país mostrará al mundo lo que está haciendo, como se comunicó la ambigua conclusión de estas reuniones.

La sensación general es de fracaso, aunque algunos de los participantes creen que se ha dado un paso significante y nosotros —bueno, nosotros es mucha gente, más bien yo—, sigo sin entender cuál fue ese paso significante, fuera de los compromisos claros, específicos y sustantivos de la Unión Europea.

El resto, el resto fueron unas declaraciones vagas hechas con ese lenguaje de los diplomáticos, donde no dicen ni aportan nada en específico a pesar que el problema está a la vista. Parece que se taparon los ojos, las orejas y la boca, como los changuitos de la caricatura, mientras que los científicos gritan a los cuatro vientos que ésta es la última generación que pueda hacer algo por salvar al planeta.

Ni hablar de las estupideces de Evo Morales y su compadre Chávez que su declaración —aparte de expresar su complejo de inferioridad— fue la de consultar al pueblo, para que sea vinculante en la aplicación de lo que se quiere en el mundo.

Habíamos entendido que las probabilidades para que Obama lograra la aprobación de un acuerdo internacional eran menores que si lograba un acuerdo nacional, como el que parece está en progreso. Por eso, evitó que avanzar por ese lado y se dedicó a exigirle a China que aceptara su transparencia, porque si no, serían palabras vacías.

La foto de grupo se evitó, los glaciares se siguen fundiendo y las empresas que reducen la emisión del bióxido cierran contratos millonarios con la industria emisora que busca los créditos verdes para avanzar por ese lado, tratando de reducir el bióxido que emiten por sus chimeneas.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Delimitar la realidad de la ficción

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 18 de diciembre y
El Informador, jueves 17 de diciembre, 2009.

(Ilustración: Ana Nebtrenko en el papel de Antonia) ¿Cuántas veces sucede que en la vida pública no sabemos delimitar la realidad de la ficción? El arte nos ayuda a veces a lograrlo, por lo menos si vemos la ópera que Offenbach no pudo terminar y que su familia se encargó de concluir como Los cuentos de Hoffman que este sábado a las 12:00 horas podrán ver en vivo y en directo desde el MET de Nueva York en el Auditorio Nacional y en el Teatro Diana de Guadalajara. La obra está basada en la vida de Hoffmann (1776-1822), un prusiano quien fuera escritor, jurista, pintor, cantante (tenor) y compositor y, sin duda, uno de los representantes del movimiento romántico alemán quien, al final de su vida, alucinaba sus historias, incapaz de delimitar la ficción de la realidad, ni el horror de lo sobrenatural, embarrando sus narraciones de ese realismo psicológico efectivo, como lo usaron después Poe y Gautier.

Como muestra, este fragmento del libreto cuando Hoffman les cuenta y canta a sus cuates de la cantina, la vida del enano Kleinzach (Klein, pequeño; Zach, su nombre), en donde narra que...

—Había una vez en la corte de Eisenbach un pequeño engendro llamado Kleinzach que llevaba su gorro en la cabeza y sus piernas hacían ¡clic, clac!, ¡clic, clac! ¡Ahí está, ahí está Kleinzach! ... son una joroba en lugar de estómago...

—¿En lugar de estómago? —le preguntaron.

—¡En lugar de estómago! Sus pies parecían ramas que salían de un saco y su nariz estaba negra por el tabaco y su cabeza hacía ¡cric, crac!, ¡cric, crac! Los rasgos de su cara... ¡Ah!, su cara encantadora... La veo, bella como aquel día que corrí tras ella y abandoné como loco mi casa fugándome a través de los pequeños valles y bosques... Sus cabellos trenzados y oscuros lanzaban sombras sobre su cuello elegante. Sus ojos azulados, vagaban alrededor de ella una mirada fresca y pura y, así, como nuestro cuerpo lleva sin mayores sacudidas a nuestro corazón y carga con nuestros amores, su voz, vibrante y dulce, lanzaba a los cielos su canto vencedor, cuyo eterno eco resuena todavía en mi corazón.

—¿De quién estás hablando? ¿De Kleinzach? —le preguntaron.

—¿Kleinzach?... No... hablo de ella.

—¿De quién?

—(Y como si estuviera despertando de un sueño)
¡No, no, de nadie, de nadie! ¡Mi espíritu se turba... nada!

Y de pronto, sale corriendo tras “ella”...

En la obra hay tres cuentos que nos narra Hoffman en esta ópera donde el protagonista es él mismo en la voz de Joseph Calleja: tres cuentos que tratan sobre sus tres últimos amores y que pueden ser la misma, pero en tres cuerpos diferentes: la muñeca Olimpia (Kathleen Kim), que canta y baila como si tuviera cuerda —vamos a ver la versión de Bartlett Sher, pues la escena puede ser divertida o aterradora, porque Hoffman la observa bailar con unos lentes mágicos y cree que una de sus mujeres.

Luego, se trata de Antonia (Anna Nebtrenko) que llega recordando cómo fue que su madre había muerto del corazón y que a ella también le puede pasar igual. Por eso, llega la musa de Hoffman, en este caso disfrazada del amigo Nicklausse, para tratar de salvarla y alejarla del canto.

En el tercer acto, nos canta la cortesana Giullietta (Ekaterina Gubaniova), la famosa Barcarola, la canción que va al ritmo de la góndola veneciana y, mientras la escuchamos, suceden varios asuntos imprevistos como un duelo a muerte y un juego —aterrador— con el Dopplegänger, el otro yo, el hombre lobo, el lado oscuro del hombre o, en este caso, de la mujer.

Una obra al estilo de Offebach con claroscuros que camina al filo de la realidad y la ficción, sin saber, en un momento dado, de que lado vamos, como nos pasa cuando andamos pensando en otras cosas.

Fondo verde o como se llame

El Informador, martes 15 de diciembre, 2009.


Mientras que la temperatura en Copenhagen es de -4ºC, los participantes a la cumbre de la ONU siguen trabajando para llegar el próximo viernes 18 con la redacción del tratado que sustituirá al de Kioto para comprometer a los países a contrarrestar y evitar una tragedia Natural con el cambio climático.

La Unión Europea siempre ha estado consciente de este problema y por eso, ya ha dado un paso importante: anunció el viernes la creación de un fondo de 2,400 millones de euros anuales durante el trienio 2010-2012, con el que podrán ayudar a llevar a cabo la transición en el consumo de energía de los países menos desarrollados. Este es un paso concreto para disminuir la emisión de bióxido de carbono para el 2020 que se han fijado sea de un 30% en relación a las que había en 1990.

Mientras Barack Obama recibía en Oslo el Premio Nobel de la Paz, los líderes de la UE anunciaban sus aportaciones: los suecos, 255 millones de euros; 533 los ingleses; 433 de los franceses y otro tanto los alemanes y, 125 de los españoles y, los italianos con 200 millones de euros para hacer un total de 1,979 millones que, con la suma del resto de las aportaciones menores, como Lituania con sus 0 mil euros al año, sumen los 2,400 que anunciaron con bombo y platillo un poco “para que me escuches Federico” y los norteamericanos, los chinos e indios tomen nota y saquen de la buchaca sus aportaciones para no quedar tan mal parados en el esfuerzo de reducir el efecto invernadero.

También los líderes de la UE se comprometieron a disminuir en lugar de un 20%, un 30% las emisiones del bióxido y por eso, Nicolás Sarkozy, irónico, declaró que nuestros amigos norteamericanos ofrecen una disminución de un 4% con respecto a 1990, lo que sin duda es un avance, pero parece que hay una diferencia entre ese 4% y el 30% que ahora nos estamos comprometiendo a disminuir.

La flecha salió del arco para dar en el blanco —¿así se podrá decir?— y que el Presidente Obama lo tome en cuenta si es que seguimos pensando como parece estar a favor de esta idea, aunque enfrente a un mar de calamidades con los 25 Estados de ese país que comercia, explota y usa el carbón como fuente de energía, además de la gasolina que se consume y que es otra de las principales fuentes de emisión del bióxido.

Uno de los objetivos para este viernes será la de establecer de un sistema internacional de control tanto para la disminución de las emisiones, como para la aplicación de las ayudas en la reconversión de los países en desarrollo, anuncios que, por fortuna, coinciden con los hechos por Felipe Calderón para la formación de un Fondo Verde, como le llama, junto con el compromiso de reducir en México al 30% (50 toneladas) el bióxido, tal como proponen en la UE. ¡Felicidades!

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Viaje a Pompeya y una villa romana

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 11 de diciembre, 2009.


(Una villa de la antigua Pompeya) Adelantando las vacaciones, me da la impresión de haber estado en Pompeya para conocer cómo era su vida gracias a la National Gallery of Art de Washington y a Los Angeles County Museum of Art que seleccionaron varias piezas rescatadas de esa trágica ciudad, para bien mostrarlas ahora en el Museo Nacional de Antropología: esculturas, copias fieles de las griegas; pinturas, frescos y objetos de arte para disfrutar y darnos cuenta del estilo de vida y tal parece de los beneficios de su clima que se antoja compararlo —toda proporción guardada— con Cuernavaca o con la ribera de Chapala.

Vivían rodeados de objetos de arte, un gusto exquisito y una vista a la bahía de Nápoles que hay que imaginar. Seguro era una belleza pues varios de los emperadores romanos y políticos de la antigua Roma, entre ellos Cicerón, se mandaron hacer sus casas sobre la ribera, con sus jardines exteriores o, si no, dentro de sus casas pintaban unos frescos con jardines bellísimos y pavos reales, como también decoraban sus cuartos de estar con varias pinturas eróticas —llenas de vida—, y unas esculturas que recordaban la mitología griega: ellos le llamaban Venus en lugar de Afrodita o Narciso en lugar de Dionisio.

Carpe diem quam minimum credula postero, es decir, aprovecha el día y no confíes en el mañana, como lo proponía Horacio en uno de sus poemas y que, tal vez, tiene que ver con la historia de esa región sacudida por un temblor en el año 72 de nuestra era y luego, siete años después, el 24 de agosto del 79, los habitante de Pompeya y sus alrededores ojala hubiesen disfrutado el día bañándose o haciendo el amor, pues ese día les amaneció temblando y con una lluvia tremenda de cenizas y piedra pómez que sepultó a la ciudad bajo un espeso manto. En unas horas murieron todos sin que nadie pudiera hacer nada por detener las espantosas sacudidas telúricas y un mar enfurecido. Los que no se habían asfixiado en el interior de su casa, encontraron la muerte en el mar, como Plinio el Viejo.

Pero el viaje que hice es luminoso y estas escenas las dejamos a un lado porque, en verdad, hay que imaginar cómo vivían en Pompeya antes de ese día y confirmar que sí lo aprovechaban como proponía el poeta: los jardines tenían unos pavos reales traídos de Egipto y mandaban hacer unas pequeñas esculturas que recordaban que todos somos una sombra que camina, actores que nos subimos al escenario una hora... También los decoraban con sus musas o las máscaras de la tragedia, de la comedia y de la sátira.

Casas con patios y jardines bien diseñados con vista al mar y una vegetación que cuidaban, unas fuentes de agua que goteaban y permitían a las alondras bañarse en el mediodía caluroso y al ruiseñor que cantara al atardecer como lo hacen ahora los napolitanos.

Por ahí, bajo la sombra de sus árboles frondosos caminaban antes de cenar, como en la Casa del brazalete de oro, con un comedor decorado con un fresco realista de un jardín y unos mascarones flotantes en el terso azul del fondo o con la imagen del salto feroz del león para que estuviéramos siempre alertas.

La casa del Cicerón estaba decorada con todo lo que ustedes se puedan imaginar: centauros cargando a sus ninfas o murales hechos de cerámica del samnita Dioscórides con los músicos y siempre con sus máscaras, como las que había en la casa de los Querubines dorados o con un pequeño Narciso en bronce al centro de la terraza y por ahí una portentosa y bella Venus, la Afrodita griega, una diosa que está a la entrada de Museo o la del Cónsul, después de haber usado las túnica blanca o cándida, mientras recorría la ciudad mostrando sus heridas para conseguir algunos votos. Sin duda, un viaje fascinante a Pompeya desde las orillas del Paseo de la Reforma.

Adoptar una banqueta

El Informador, jueves 10 de diciembre, 2009.


(Puente del Milenio en Londres, diseñado por Calatrava. Puede ser una exageración, pero como soñar no cuesta nada, algo a escala, tal vez para el paso peatonal en Mariano Escobedo en Guadalajara)

Desde el domingo pasado que regresé a la ciudad de México, estoy impresionado de haber visto el caos vial y la suciedad en la cuidad de Guadalajara, como el que hemos vivido en la capital y que no es otra cosa que el origen de una decadencia urbana.

Aquella ciudad limpia por excelencia, donde los barrenderos salían al amanecer y empezaban a barrer desde la Calzada Independencia con sus escobas de popotillo hasta pasar por el frente a mi casa en López Cotilla 993, a media cuadra de Tolsá, eran como unos despertadores. Me asomaba a verlos como si estuvieran bailando antes que salieran las muchachas con sus baldes de agua a regar la acera y pulir las banquetas.

Una semana estuve hospedado en el Hotel Fiesta Inn de Mariano Otero, a una cuadra larga de la FIL. Desde ahí nos íbamos caminando una y otra vez en medio de un tráfico endemoniado —como si fuera la primera llamada, primera—, y la impaciencia de los conductores que pitaban todo el tiempo, como lo hacíamos en el D.F. hace años, hasta que aprendimos a guardar silencio mientras, impotentes, sufrimos la hora o la hora y media para trasladarnos.

Ese recorrido lo hacíamos por una banqueta desastrosa: primero, por un lote baldío, donde tal vez había sido un taller mecánico y que ahora está abandonado con dos perros —los ví y me gruñeron— tipo Doberman, amarrados con unas largas sogas mostrando sus dientes a los que pasábamos quitados de la pena.

Por completo descuidada, la vimos toda la semana con mucha basura en su orilla, con hojas, bolsas de plástico, periódicos, entre otras inmundicias, sin que nadie hiciera nada, sin inmutarse los del lote baldío y los de un estacionamiento habilitado —gratis— que era un terreno enorme de tierra, cuya polvadera pululaba por el día otoñal.

Ni el Hotel Fiesta Inn —a los que tratamos de llamar la atención—, ni los del hotel Ibys o algo parecido, ni la fábrica de Chocolate Ibarra de esa cuadra —¡ah!, qué delicia el olor que se respira cuando pasamos por ahí—, nadie, mucho menos el Alcalde o el de la basura de la ciudad hizo algo mientras pasábamos por ahí cientos todos los días.

Y yo, soñando que fuera un buen paseo, como el de las ramblas en Barcelona y que la esquina de Mariano Otero y la FIL, donde los coches y los peatones se mientan todo, construyeran un paso peatonal que debió de existir hace años —diseñado por Calatrava, ancho y bello, que nos llevara felices y sin amenazas a la fiesta de la cultura.

¿Cultura? —me dije—, cultura es esa que hace que una ciudad cuide sus calles, corten y rieguen el pasto crecido a lo salvaje o mejor, que entre las tres o cuatro empresas de esa cuadra adopten la banqueta y le paguen a un jardinero-barrendero y que, la larga banqueta le pongan su alumbrado porque de noche parece una boca de lobo.

Tercera llamada, tercera

El Informador, martes 8 de diciembre, 2009.

A partir de ayer, el mundo gira alrededor de lo que digan, hagan y se comprometan a hacer en la Cumbre de Copenhagen tan esperada, en donde deben firmar un nuevo tratado que sustituya al de Kyoto. Los testimoniales que han publicado en la revista semanal de El País no se andan con rodeos: Cuando era pequeño —dice Chai Erquan, chino agricultor de 65 años que vive en Ganzu—, llovía mucho. Ahora apenas hay agua o el de Dogna Fofaza de Mali: Si esto empeora, el ganado desaparecerá, y nosotros también y así continúan más de una docena de comentarios que le dan la vuelta al mundo como el de Karotru Tekita, de un pueblo que se ha ahogado entre las aguas de Kiribati: Bien se puede ver cómo el agua se ha comido parte de la tierra. Margaret Aliurtuq de Alaska reta a los políticos que dicen que no pasa nada, que vengan para que vean la realidad.

Lo que pasa es que en ese país poderoso, el negocio del carbono es grande en 25 de sus Estados y por eso se ha negado a firmar, desde hace doce años, el Protocolo de Kyoto de 1997. Es increíble que las razones que explican la inacción de Estados Unidos —incluidas la ideología y la ignorancia científica (¡aunque Ud. no lo crea!) se reduce a una sola palabra: carbón y que es el mismo que explotan y comercializan esos Estados de Norteamérica y que generan ingresos, empleos y una buena recaudación fiscal, contribuyendo, por esa voracidad, de manera desproporcionada a la generación de energía y, por lo tanto, a las emisiones de bióxido de carbono, que son justamente las que se quiere evitar por estar afectado a los climas del mundo.

Por eso también, Obama no estuvo en la inauguración, sino que llegará al cierre, para ver si en estos días puede hacer algo que su sistema político no se lo permite: para ratificar un tratado internacional se requieren 67 votos de los 100 miembros del senado. Imposible lograrlo, pues igual o peor que en México, muchos de los Republicanos están votando en contra de cualquier propuesta que haga Obama, sin embargo, de hacer una legislación interna, esa sólo requiere de una mayoría simple tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. Eso sí lo puede firmar el Presidente y es casi seguro que pueda conseguir los 50 votos que hacen falta, más el voto del Vicepresidente, con lo que obtendría la mayoría simple que necesita para llegar a “Hopengahen” con una propuesta y varios compromisos factibles.

Los otros dos gigantes de la contaminación, India y China han anunciado varias iniciativas importantes: creación de energía a través de tecnología solar, eólica, nuclear y de captura de carbono —como explica Jeffrey Sachs, profesor de Economía de la Universidad de Columbia—, con lo que lograrán reducir los gases parte del efecto invernadero.

Hay grandes expectativas y ojala haya esperanzas de mejorar y hacer sustentable la gran casa, esta bella perla azul.

domingo, 6 de diciembre de 2009

The Malthouse o la casa de la fantasía

Día Siete, No. 485, domingo 6 de diciembre, 2009.


Cuando cruzamos el Atlántico gastamos la pólvora en infiernitos como si ese fuera el precio que se paga para poder llegar, en este caso a Inglaterra, sin saber, bien a bien, si es una realidad o es un sueño como otros que hemos tenido. Al amanecer nos despabilamos poco antes que el avión aterrice en el aeropuerto de Gatwick, al sur de Londres, más cerca de mi destino: The Malt House en West Sussex, la casa de campo de la familia Olivier donde participaríamos en un curso sobre el cambio y las transformación basado en La tempestad de William Shakespeare.

El curso lo dirige Richard Olivier (1962-), el hijo mayor de Sir Laurence (1907-1989) y Joan Plowright (1929-), su segunda esposa, y se lleva a cabo en esa casa de campo donde Sir Laurence se retiró para vivir durante últimos diez años de su vida, hasta el 11 de julio de 1989 cuando falleció.

El cambio de horario se resiente la noche del primer día, pero desde la llegada es la emoción la que produce un exceso de adrenalina que contrarresta los efectos del jetlag, alterando el ritmo del corazón para que esté lo mejor que se pueda en medio de ese sueño convertido en realidad.

En marzo del 2006 había leído en el Time Magazine el artículo de J. Farouky sobre «Shakespeare», donde explicaba que Richard Olivier estaba «ayudando a los ejecutivos para que pudieran hacer mejor su trabajo, aplicando las lecciones que hay en algunas obras de Shakespeare».

Desde entonces tomé nota y he estado trabajando alrededor de estas ideas tratando de hacer algo parecido en México. Desde entonces quise tomar uno de estos cursos, sin saber quue eran en la casa de campo de los Olivier.

Cuando la gente oye hablar de Enrique V —explica Richard Olivier—, lo asocian con ese rey medieval que a principios del siglo XV conquistó Francia, sí, está bien, pero yo lo asocio más bien con las decisiones que tienen que tomar los ejecutivos para transformarse o fusionarse o cuando salen a conquistar los mercados del extranjero.

Después de quince años como director de teatro, Richard Olivier se dio cuenta que había una temática paralela entre esas obras de teatro y la vida diaria de los ejecutivos en sus empresas. Ahora es director de Olivier Mythodrama y, en esa empresa ha logrado integrar la temática de Shakespeare a la vida de los ejecutivos, para entender, desde esta novedosa óptica lo que puede estar tras-bambalinas mientras logran sus objetivos: una de las ideas es que todos los buenos ejecutivos tienen que ser también buenos actores —dice Olivier— y, resulta que en algunas de las obras de Shakespeare encontramos varios personajes que son como ellos, líderes que han enfrentado situaciones difíciles y por eso, podemos usarlos como ejemplos que nos permiten reflexionar sobre la problemática del liderazgo y ojala, poder enfrentar los problemas de una mejor manera.

Llegamos en la madrugada al Hotel Nash, en medio del campo de West Sussex, para desempacar y poder darme un regaderazo y antes de iniciar el curso en The Malt House, tomar un buen café en el desayuno.

Todo esto —el hotel y The Malt House— está más o menos a una milla de Ashurst por la carretera A24 hasta pasar Horsham para luego cruzar y tomar la A272 y a la izquierda, irse rumbo a West Ginstead y pasar Ashurst en el letrero que dice «New Wharf» —donde venden maquinaria agrícola—, ahí, me habían dicho, había que dar vuelta a la izquierda y, en la siguiente encrucijada. —pensé en Edipo—, había que dar otra la vuelta y seguir una milla de más. Por fin llegamos al Hotel Nash que es como sacado de un cuento: la fachada es blanca, blanca, con su jardín al frente con un leve recuerdo a las piedras de Stonehenge del neolítico y una huerta donde cultivan sus hierbas de olores, cerca de la granja donde están gallinas que ponen sus huevos para el desayuno, en medio del campo verde por la lluvia y, de vez en cuando, unos árboles pelones o uno que otro sauce llorón —el famoso Willow al que se refiere Desdémona cuando canta antes de dormir y morir.

El Hotel tiene seis cuartos, es decir, doce personas máximo: aquí me quedaría el resto de mi vida —pensé mientras me asomaba por la ventana a ver el jardín. La lluvia había pasado y en el comedor me esperaba un jugo de naranja recién hecho, café de primera recién molido y un par de huevos puestos esa misma mañana y ahora fritos con un pedazo de tocino albeando. ¡Qué más podía uno pedir! ¡God save the Queen!, le dije a mi anfitriona antes de respirar hondo con una buena bocanada de aire puro.

Me sentía como nuevo. A las 8:45 pasaron nos llevaron a The Malt House, a menos de cinco minutos del hotel, por un camino angosto, cruzando el valle —verde por donde lo viéramos—, moteado por las blancas ovejas lanudas que andaban por ahí pastando, quitadas de la pena.

Llegamos y vimos el letrero de «The Malt House». Desde ahí no se veía la casa que estaba tapada por los árboles. Entramos caminando por la brecha que nos lleva directo al «cottage», a la vieja casa de campo, a la que le han añadido otros cuerpos. La vieja casa es una cabaña con un techo de vigas bajo, en donde se encuentra la sala, el comedor y la cocina y, en un segundo piso, el cuarto principal y la biblioteca, que no es más que un enorme salón con su piano de cola, una vista al campo y unos cuantos libros, todo decorado al estilo shabby-chic, como le dicen a lo que es viejo, elegante y cómodo.

Sobre el muro de la escalera que sube a esa biblioteca, hay algunos recuerdos de Sir Laurence: el diploma de uno de los oscares que ganó como el mejor actor —como en Hamlet en 1948—, y el de la Society of Film & Television Arts o la portada del Metro Monday o cuando hizo Otelo, el moro de Venencia y que, en otra ocasión, fueron a verlo sus hijos Richard y Juliet Kate, allá en los años setenta y —como nos contaba Richard— después de la obra fuimos a su vestidor y vimos cuando se despintaba y se quitaba el tizne. Cuando salimos y mi hermana vio a un niño de color que iba en su carriola, se le acercó y con su dedo trataba de despintarlo como había visto que lo hacía mi padre —contaba Richard sin dejar de sonreír.

Hay una sección de la casa más moderna en donde está lo que podría ser el desayunador con vista a las Tres Gracias, una escultura que puso el viejo Laurence en la terraza donde salimos a comer en el verano, en el jardín que está sembrado de Narcisos (Daffodils) que en el invierno pinta ese espacio con su fuerte color amarillo.

Era la casa de campo donde pasaban el verano los hijos de sir Laurence y luego, sus nietos. Para que se divirtieran les mandó hacer una alberca tapada para que nadaran por la mañana, salieran a correr por el campo en la tarde y por la noche, antes de dormir, se reunieran en la biblioteca o en su cuarto de dormir para que sus padres les contaran esas viejas historias o que les leyera un capítulo más de La Isla del Tesoro, del escocés Robert Louis Stevenson, tal como lo sabía hacer el viejo Olivier.

Joan Plowright (1929-) es la madre de Richard y de Juliet Kate y es una gran actriz que sigue recibiendo premios y reconocimientos como en 1958 cuando fue nominada en los «Premios Tony» por su actuación en El animador, misma que luego protagonizó para el cine con Laurence Olivier, tal vez cuando lo conoció por primera vez en 1960. Un año después actuaría junto con Vivian Leigh —entonces esposa de Laurence—, para hacer Rhinocero de Orson Wells. Al año siguiente los dos se divorciaron por su cuenta y riesgo para irse a vivir juntos por el resto de su vida.

En 1962 nació Richard y respuesta del parto, Joan volvió al escenario para actuar en Saint Joan como Juana de Arco; luego, como Sonya en el Tío Vanya de Chéjov, en el papel de una mujer enamorada, con un marido anciano que le dificultaba realizar sus sueños alimentados, paradójicamente hablando, por esa misma restricción. En 1966 nace Juliet Kate y, después del parto, volver a actuar en Mucho ruido y pocas nueces de Shakespeare, en el mismo papel que hacía Maggie Smith y que era el de Beatriz, una de las grandes mujeres shakespearianas con mucho ingenio y un carácter fuerte, pero que, al final, acepta casarse con Benedick, que había sido su amante.

La casa está rodeada por el campo de West Sussex, plano, verde y plácido como los jardines en Inglaterra. Todos los árboles que hay en The Malt House los plantó mi padre —nos dijo Richard— y lo hizo desde que decidió venirse a vivir aquí. Sí, entonces tenía 72 años de edad y tal vez se había dado cuenta cómo poco a poco había ido perdiendo alguna de sus facultades y por eso ahora aceptaba actuar en el cine o en TV donde la actuación estuviese fragmentada, tal como lo siguió haciendo hasta un año antes de morir, actuando como un viejo soldado en Réquiem de guerra (1988) o en las mini series de Lost Empires (como Harry Burrard) o Pedro el Grande (como Guillermo III de Orange) o Los últimos día de Pompeya (como Cayo Lucio) o La torre de ébano en 1984, como Henry Breasley y, para la TV, no podía faltar, como Rey Lear en 1983 en una puesta y actuaci{on de maravilla que está disponible en DVD.

Durante dos días estuve en esa casa de campo disfrutando sólo de saber que ahí había vivido Sir Laurence y cuando salíamos a descansar o a contarnos, como proponía Richard, «una historia contundente» —a compelling story—, lo hacíamos mientras caminábamos por esa vereda que está resguardada por un león de cantera o si nos íbamos detrás del jardín, viendo las espaldas desnudas de las Tres Gracias, me imaginaba a Sir Laurence tomando su té de las cinco de la tarde repitiendo alguno de los parlamentos, como el que había declamado su hijo en el papel de Próspero:

Si tú —como le decía a Ariel, el espíritu del cambio— que no eres sino aire, tienes emociones y sensaciones de dolor, ¿cómo crees que no voy a conmoverme yo que soy humano y siento con fuerza las pasiones?… Yo, aquí, ahora, abjuro de mi magia negra. Y cuando haya requerido la música del cielo —como lo hago ahora— para que obren sobre mis sentidos sólo el benéfico hechizo, romperé mi vara para sepultarla en la tierra, bien profunda; y a mucha más profundidad de la que pueda alcanzar alguna sonda, sumergiré mi libro.

Aprovechaba durante la comida que se hablaba de otras cosas para preguntarle a Richard cómo era su vida en The Malt House: era la casa de campo donde pasaban los veranos en su infancia y luego, también la de sus hijos, los nietos del viejo Olivier —hasta que decidieron quedarse en Londres al reventón. Era la casa de verano, su padre cuidaba del jardín y de los árboles y de repente se iba a caminar por la orilla del canal hasta Steyning, si es que le daban las piernas y luego se regresaba en taxi para tomarse su té caliente, antes de irse a la biblioteca a leer o a dormir una siesta.

Por ahí estaba la misma cocinera de Sir Laurence apurada, preparando lo que nos daría de cenar esa noche, cena que ella había preparado en la casa y aunque no era algo fuera de este mundo, estuvo deliciosa en compañía de Richard y sus asistentes, la actriz Phyllida Hancock y Tim Cox, con los que platicábamos del Próspero-Richard que nos contaba una que otra de las anécdotas de su vida en The Malt House con sus padres.

No era un templo, sino una casa de campo —que cada quien vivió a su manera— donde estuvimos aprendiendo la vida de Próspero después de la tempestad que organizó con tal que se llevara a cabo el cambio y la transformación necesaria para una mejor vida.

La casa de campo entra en el mundo de la fantasía mientras uno está inmerso en medio de La tempestad para llegar a pensar, al final de la estancia, lo mismo que Próspero: y de aquí regreso a Nápoles, donde espero ver la boda de nuestros enamorados con toda solemnidad. Después, me retiraré a Milán y allí consagraré, uno de cada tres pensamientos a mi tumba.

Algo había cambiado desde que salí de México hacia Inglaterra, escala en Londres, en busca de Shakespeare y muchas cosas cambiaron después de haber vivido una muy privada transformación y de estar dispuesto a hacerlo para el bien de los que me rodean.

Antes de despedirnos, me venía a la cabeza lo que había dicho Próspero cuando se despedía de su público: el poder de mi magia llega a su fin y sólo me quedan mis fuerzas un poco cansadas. Es cierto, podrían confinarme aquí o enviarme a Nápoles. Pero si ya recuperé mi ducado y he perdonado a los traidores, no me dejen aquí; no me vayan a abandonar en esta isla desolada, cautivo de su hechizo. Líbrenme de mis ataduras con sus manos, y cuando dijo esto, le aplaudimos con ganas, para librarlo de su cautiverio, antes de tomar el tren en Steyning, salir de The Malthouse y llegar a Londres a recorrelo por el rumbo de Southwark donde está El Globo.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Redescubrir el valor de la mujer

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 4 de diciembre, 2009.

Con razón El silencio de Lorna ganó en Cannes el mejor guión escrito en el cine extranjero en 2008: sus autores, y luego directores de la película, los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, nacidos a principio de los 50’s, son dos belgas que trabajaron con maestría a esta mujer llamada Lorna, su personaje principal, interpretada por la albana Arta Dobroshi (1980-¿), una joven actriz de primera magnitud que, entre otras cosas, habla bosnio, serbio, inglés, albano, croata y francés y que, en este papel, nos deja pensando en esas virtudes de la mujer en medio de una mafia albana instalada en Bruselas —como existen en otras partes del mundo—, dedicada a explotar a los inmigrantes a la Unión Europea, además de el tráfico de drogas y armas.

Un guión, digo, excepcional, que ha sido truncado a propósito en algunas de sus partes, recortes de los sucesos, para que seamos nosotros los que los complementemos y, de esta manera, podamos interpretar mejor ese silencio de Lorna, ahorrándonos detalles inútiles, hasta que logramos descubrir cómo y de qué está hecha esta mujer que acepta ser utilizada, hasta el límite de su feminidad, para verla como una gran triunfadora.

Lorna es una mujer que se mueve por sus instintos que siempre trabajan en silencio, sobre todo si nos amenaza un constante naufragio, como el que tienen que ver con la fidelidad —entendida a su manera— con un tal Sokol (Alban Ukaj) del que está enamorada, aunque siempre está lejos, pero que ella lo escogió para ser su pareja y también socio para un restaurante-bar en Bruselas, para lo cual ahorran hasta que su instinto le dicta cambiar de estrategia aunque le duela.

Pero también está a flor de piel su instinto protector y por eso, cuando es necesario se desnuda y se entrega para proteger a quien necesita ser protegido, además de que era una promesa. Pero, lo que no puede fallar, es el más fuerte de los instintos de la mujer: el maternal, ese que empieza a funcionar desde que se ha gestado una criatura en el vientre y funciona toda la vida como una gran protectora.

Esta es la columna vertebral de esta obra parte de la 51 Muestra de Cine y que ojala, regrese a cartelera, pues lo escrito por los hermanos Dardenne no tiene desperdicio: saben tensar el arco antes de soltar la flecha para que seamos nosotros los que nos imaginemos el silencio de esta mujer y lo que estuvo maquilando, pues pasea, si no incólume, con una gran seguridad por Bruselas, como si nada pasara —como esas aves que cruzan el pantano y no se manchan—, caminando entre la mierda que la invade por haber sido objeto de explotación de esos albanos que vienen de esa tierra de las águilas, de donde Lorna huyó para siempre jamás, como podemos huir del segundo país más pobre del continente europeo, más conocido por el crimen organizado y por el tráfico de drogas y de armas que controlan tanto en Europa como en los Estados Unidos y que sigue siendo un factor negativo para su posible integración a la UE.

Tirana se llama la capital de ese país bañado en la costa occidental por el mar Adriático y, al suroeste, por el Jónico que hace frontera con Grecia al este y, al norte, con Serbia y Montenegro; un país con una vegetación mediterránea de maquías —vegetaciones exuberantes de arbustos como el laurel, el endrino, la retama, el boj y algunas plantas de olor, como el romero y el tomillo- como son las que destacan en la franja litoral pero que, en su interior montañoso, predominan los bosques de coníferas y caducifolias, como vemos cuando Lorna corre para sobrevivir, como nos puede suceder en los sueños, cuando nos perdemos y nos quedamos solos, aterrados, en medio del bosque.

Sembrar en un campo fértil

El Informador, jueves 3 de diciembre, 2009.

No cabe duda que también nos alimentamos de ilusiones, de sueños y de esperanzas y esto lo logramos cuando satisfacemos nuestra curiosidad a través de la letra escrita en sus diferentes versiones. Cuando nos ponemos a leer, en primer lugar nos aislamos del mundanal ruido y, ya sólo con eso, ganamos algo de paz para luego poder inspirarnos y empezar a ver las cosas desde una nueva perspectiva, ojala logrando elevarnos para ver las cosas a vuelo de pájaro o desde el balcón, donde nos asomamos para ver a cierta distancia el bosque y poder otear el horizonte.

Uno de los termómetros que nos sirven para ver cómo ha logrado penetrar la lectura en la sociedad y medirle así el agua a esos camotes es la FIL, pues aquí están convocados miles de editores, escritores, impresores y libreros, integrantes de este sector y miembros de esa fuerza económica que gira alrededor del libro y del lector que es el objetivo final.

Él es el elemento clave y ahí es en donde todavía hay mucho que hacer para avanzar —como lo ha hecho España o Argentina—, para que ojala le demos un día la vuelta a esta tuerca y sepamos de que manera la buena literatura puede trascender.

Una experiencia vigorosa durante estos días ha sido la de hablar con los jóvenes de las diferentes preparatorias como parte del programa Ecos de la FIL en donde hemos visitado dos prepas al día, unas públicas como la Preparatoria No. 3 donde tuve una experiencia de primera y salí tan motivado que creo sí hay esperanzas para tener buenos lectores.

En otro sentido, fue la experiencia con los dos cientos y pico jóvenes preparatorianos de la Villa de los Niños, A.C., por el rumbo de Villa Corona, unos jóvenes a los que les dije que eran privilegiados por poder estar ahí estudiando, haciendo deporte, comiendo y durmiendo y a los que, tal vez, fue la primera vez que tuvieron noticia de Shakespeare y les encantó esta noticia, ávidos de conocerse mejor y conociéndose mejor, tener más posibilidades de mejorar su calidad de vida y, teniendo una mejor calidad de vida, poder ser más felices, como si con esto, pudiéramos cerrar un círculo virtuoso. Fue emocionante compartir con ellos Las Historias de Shakespeare que, como esponjas absorbieron todo lo que puede decirles en un hora más o menos.

Los jóvenes de las prepas privadas parace que navegan un poco más por la superficie pero, sin duda, se emocionaban si cuando uno lograba toca esas fibras que son las que les interesan, como es el amor y sus juegos, como lo hace Rosalinda en Cómo les guste o el Romeo con su Julieta.

Esto es lo que estoy haciendo durante toda esta semana: sembrar y sembrar en ese campo fértil como son los más de mil estudiantes con los que he platicado en los cuatro puntos cardinales de la ciudad de Guadalajara, compartiendo el amor por la letra escrita y pensando en que un día haya más y mejores lectores.

Descubrir el “efecto Obama”

El Informador, martes 1 de diciembre, 2009.


¿Cómo convencer a las nuevas generaciones que eso de leer libros no está del todo mal? ¿Cómo convencerlos de que todo lo que necesitan es saber cuáles son sus intereses y cuál su curiosidad para decidir hacerlo, aislarse por un rato del mundanal ruido, usar la imaginación y encontrar cuáles son los libros que lo pueden sacar de deudas, satisfacer sus intereses y deleitarlo con las imágenes creadas en su cabeza y, aunque es peligroso decirlo, que pueda aprender algo nuevo, observando la conducta de los personajes y la trama de las obras leídas, para poder compartir, por ejemplo, la soledad que sienten, como la que viven los adolescentes o la soledad de los amantes, pues, no cabe duda, que al enamoramos, abandonamos el club de Toby y dejamos de ver a los amigos o en su caso a las amigas, pues como decía el poeta Sabines: yo no lo sé de cierto, pero supongo que una mujer y un hombre, algún día se quieren y se van quedando solos poco a poco, algo en su corazón les dice que están solos y solos sobre la tierra se penetran, se van matando el uno al otro.

¿Cómo hacerles entender a las nuevas generaciones que si leen Romeo y Julieta, o Como les guste. Manual práctico para los enamorados, como la subtitulé, que son una tragedia y una comedia feliz, podrán entender mejor lo que les pasa cuando se van quedando solos y por eso se podrán identificar y entender mejor eso que está detrás o dentro de ellos mismos?

Una manera de hacerlo es si participamos de uno de los tantos programas que hay en la FIL, llamado Ecos de la FIL en donde los autores tenemos la oportunidad de estar un rato con los estudiantes en su propio ámbito para ver si logramos avanzar en esa dirección, platicando de lo que hemos escrito y cómo les podrá servir de algo.

Esta semana estaremos platicando con ellos lo que podría significar la lectura de Las Historias de Shakespeare, publicadas por Santillana, escritas en una nueva versión novelada y en ese español que usamos en México, para que ojala les permita entender mejor los conflictos humanos que nos acosan y ese mundo de las contradicciones como son el amor y el odio, la fidelidad y la traición, la ambición desmedida o el llamado efecto Obama, producto de la lectura de Julio César, esa historia que la mayoría de la gente conoce, pero que son pocos los que saben de la sabiduría política que está detrás de esta obra, donde conocemos los cuatro dones de un político como es (1) la presencia o carisma; (2) la capacidad emocional para estar a tono con los ciudadanos, como la expresó Marco Antonio en el entierro de Julio César; (3) la inteligencia política de Casio para que se lleve a cabo la conspiración y, a un Bruto, que comunica correctamente que lo que ha hecho lo hizo porque tiene un sentido del honor y por su deseo de (4)hacer las cosas en beneficio de los demás y no de algo personal de una manera correcta. Ojala lo logremos.