miércoles, 27 de enero de 2010

Otro Sherlock Holmes y otro Watson

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 29 de enero, 2010.

(Robert Downey Jr. como Holmes). Así como Sir Arthur Conan Doyle (1859–1930) revivió a Sherlock Holmes después de haberlo desbarrancado por un precipicio sin testigos oculares y sin que hubiese manera de rescatar su cadáver, tuvo que resucitarlo porque se quejaron los millones de lectores que no aceptaron su muerte —así era la popularidad del detective—, para que lo volviéramos a ver en acción a este hombre elegante, enjuto y seco, de rostro aguileño con una tonalidad mortecina, con lo que uno se daba cuenta que su vida era poco propicia para mantener una buena salud, pero que seguía dominando el razonamiento deductivo y la observación detallada, como era Joseph Bell, el profesor de la Universidad que le sirvió de modelo original.

Por eso, no entiendo varias cosas: uno, por qué los productores del nuevo film de Holmes lo presentan como una persona tan diferente al original y, dos, por qué ese Londres donde ahora se mueven es tan gótico como ciudad azolada por la maldad en el ámbito de Batman o, en su caso, en el segundo piso del periférico en la ciudad de México—, y tres, por qué nos muestran a dos hombres de acción (Robert Downey Jr., como Holmes con un Globo de Oro y Jude Law, como Watson, con este actor que, hace poco, hacía Hamlet en Broadway) que, efectivamente, dominan el baritsu —como lo confesó el resucitado Holmes—, pero que ahora pelea full-contact por placer o por dinero y aplica toda clase de artes marciales, en una película de pura acción y docenas de efectos especiales de sonido.

Doyle lo resucita en La reaparición de Sherlock Holmes y, tal parece que los actuales productores lo hicieron a su manera, sin respetar la personalidad elemental del original, tal vez pensando en las nuevas generaciones que desean la acción en la pantalla y no el pausado caminar de las tramas y alternativas de este excéntrico y reflexivo detective.

Es posible que siga una segunda y tercera parte de este nuevo Holmes, pues quedó pendiente la posibilidad de apresar al malvado Moriarty que, como vimos al final, se escapó con uno de los secretos de la máquina destructora, gracias a la asistente Irene Adler, la doble agente, que anda entre el bien de Holmes y el mal de Moriarty.

En cualquier momento, el extraño y misógino Holmes seguirá la pista de Moriarty y su amigo, el querido doctor Watson, que pronto se aburre de ejercer la medicina familiar, regresará de su luna de miel para seguir compartiendo las aventuras con su amigo, aunque el precio sea el de abandonar la cama calientota, donde duerme una bella inglesa.

En la reaparición de Holmes, Doyle nos narra la caída de Moriarty por el precipicio y como los nuevos productores conocen este final, tal vez sólo esperan recuperar su inversión para continuar con estas aventuras:

—No Watson, no caí al precipicio —le cuenta Holmes a su amigo Watson cuando reaparece—, la carta que dejé era auténtica... Cuanto descubrí la figura siniestra del difunto profesor Moriarty, estando de pie en el estrecho sendero que me condujo a mi salvación, leí en sus ojos su determinación inexorable conseguí su permiso para escribir la breve carta que más tarde recibió usted antes de avanzar por el sendero. Moriarty me siguió y no sacó arma alguna, sino que se abalanzó contra mí, intentando agarrarme. Él sabía que su carrera había terminado y sólo quería vengarse de mí. Nos tambaleamos agarrados el uno al otro, al borde de la catarata, el conocimiento del baritsu me fue de mucha utilidad y el profesor sólo dejó escapar un horrible alarido, pataleó durante unos segundos locamente, y se aferró con ambas manos en el aire, sin poder equilibrarse para caer por el precipicio.

Pero esto queda pendiente y los productores tendrán la retroalimentación de los lectores de Doyle hasta llegar a este punto.

Las artes y el liderazgo en Davos

El Informador, jueves 28 de enero, 2010.

(Encuentro en Davos: Zedillo, Calderón y Álvaro Uribe de Colombia). Estar en la oposición es como estar en el cielo y estar en el gobierno, es el infierno, algo así contestó Felipe Calderón a Ernesto Zedillo ahora que se encontraron en Davos, Suiza, durante la reunión anual del Foro Económico Mundial. Cuando se vieron, Zedillo le recordó que cuando él era Presidente, Calderón era el líder de la oposición y, ahora que él estaba al frente del gobierno, quería saber qué opinaba.

Dos generaciones de políticos, dos tipos de preparación diferentes: Zedillo, doctor en Economía de Yale y años en el Banco de México —el doctor Ficorca, como le decían, por el salvamento que hizo de la economía en base a esos fideicomisos— y, el licenciado Calderón, egresado de la Libre de Derecho —¡nadie es perfecto!—, con dos maestrías, una en economía en el ITAM y otra de administración pública en Harvard.

Ahora estos dos hombres ahora coinciden en Davos, en donde se lleva a cabo la reunión anual de este Foro Mundial que pretende esbozar un nuevo modelo, considerando la crisis que hemos pasado. Son cuarenta jefes de Estado con deseos de promover la estabilidad del sistema financiero, impulsar el crecimiento económico mundial y empezar a vislumbrar de qué manera se podría asegurar una efectiva gobernabilidad en el largo plazo, sin olvidarse de los problemas que implica vivir en un entorno sustentable, sin dejar de propiciar el desarrollo.

Vaya tarea que tienen estos hombres con sus propuestas para un nuevo modelo: Obama, por lo pronto, ya metió en cintura al sistema financiero y ya pagó el precio político en Massachussets donde acaban de votar en contra del candidato demócrata. Obama decidió que será mejor tener una mayor supervisión que seguir viviendo en ese mundo del dejar pasar y dejar hacer, que fue justo lo que llevó a la quiebra a varias instituciones y permitió que algunos villanos como Madoff, les partiera la maceta a miles de inversionistas voraces que se engancharon con las promesas de buenos y mejores intereses, sólo para dejarlos colgados de la brocha, sin que nadie supiera dónde quedó la bolita.

Ahora van a estar más atentos a este tipo de desmanes, tratando de evitar esos colapsos cuyo efecto, ya lo vimos, es una reducción inmediata del consumo, la producción y el empleo.

Mañana es cuando Calderón preside el Foro en donde tratarán se saber que es lo que sigue después de Copenhagen, en vista de que esa conferencia de la ONU sobre el cambio climático fue un fracaso y nadie se puedo de acuerdo en las acciones específicas para una solución global y la disminución del bióxido de carbono en la atmósfera.

Encontré una nota especial: dentro del Foro Económico Mundial ofrecieron un taller como los que ofrezco en México desde el 2008: Liderazgo que inspira y motiva — basado en Enrique V de Shakespeare, al que le llamaron: Lead on the Business Stage: Lessons from Shakespeare’s Henry V y de inmediato pensé: ojala lo haya tomado Felipe Calderón que tan bien le vendría. La fertilización de las artes y el liderazgo parece que son un hecho.

martes, 26 de enero de 2010

Un visionario del Internet-2

El Informador, martes 26 de enero, 2010.

( Carlos Casasús y Luis Gil Borja, rector de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, firman convenio en mayo del 2009) La semana pasada, Teléfonos de México (Telmex) anunció que iniciaría el desarrollo y comercialización de Internet de banda ancha, lo cual nos da mucho gusto, aunque sea una década después que Carlos Casasús y un equipo de gente con talento y experiencia tuvo la visión clara de la importancia que significaba contar —desde entonces— con una red de alta velocidad y por eso inició en abril de 1999 conectando a siete universidades en una primera red, para intercambiar aplicaciones que manejan una gran cantidad de datos por segundo, entre sus colegas nacionales y extranjeros.

Para entonces, Casasús había dejado la presidencia de la COFETEL y estaba listo para impulsar esta idea. Para eso, formó la Corporación Universitaria para el Desarrollo de Internet, A.C., (CUDI) o Internet-2 México, para empatarnos con el desarrollo y la investigación de las universidades en los Estados Unidos y luego en la Unión Europea, con esas tareas que requieren de velocidades de hasta 155 Megabits por segundo, como lograron tenerlo en el territorio nacional y que, de no haberlo hecho, nos hubiéramos quedado rezagados sin participar de las investigaciones de este siglo.

Hace once años que este hombre logró que Telmex fuese el asociado institucional y, tiempo después, que también Axtel (antes Avantel) lo fuese y con ellos, crecer de manera extraordinaria y pasar de tener siete universidades a las doscientas treinta y nueve como las que están conectadas a través de una red troncal con más de 8 mil kilómetros, en donde logran tener enlaces de esa capacidad y velocidad.

No cabe duda que la visión que tuvo Carlos Casasús es lo que ahora le permite a Telmex imaginar los beneficios y el potencial de aplicaciones que se pueden tener con un acceso de banda ancha como puede ser la transmisión en tiempo real y de alta definición de videos, como podría ser en medicina el poder ver esas operaciones complicadas que sirvan como ejemplo o que se puedan dirigir desde el consultorio o la sala de cirugía de los hospitales o el manejo los infinitos datos que masajean los astrónomos desde sus observatorios o la transmisión, con alta calidad, de conciertos de música en vivo.

CUDI implementó la Red Nacional de Impulso a la Banda Ancha (Red NIBA) y, desde diciembre del año pasado se han unido cuatro ciudades (México, Guadalajara, Monterrey y Juárez) y para este año podrán ser treinta y nueve las ciudades enlazadas a la red de CUDI para aumentar el tráfico e interactuar más eficientemente.

Integraron varias redes a nivel internacional con conectividad de Gigabits, por un lado entre la red de Internet-2 de los EUA y algunas universidades fronterizas. Con apoyo de la UE han conectado la red GEANT con las redes nacionales de catorce países de América Latina, con enlaces de 45 Megabits por segundo, impulsando así varios proyectos Latinoamericanos con Europa.

Una visión que desde hace una década era una realidad en las universidades y que ahora se puede convertir en realidad para los ciudadanos comunes y corrientes.

lunes, 25 de enero de 2010

El piano es mi universo: Chopin

Día Siete, Cuarto de Estudio, No. 491 del domingo 24 de enero, 2010.

El invierno de 1810 fue tremendo, como el que ahora se sufre en Europa y, en especial en Varsovia, Polonia, pero en ese entonces Nicolás Chopin consideró la situación y sabiendo que su esposa era una mujer muy saludable —tenía razón, viviría hasta pasados los ochenta años—, decidió que no habría ningún problema si daba a luz en el campo, en Mazovia, que estaba a unos 60 km. de Varsovia, en una pequeña finca propiedad del conde Skarbek, parte del Gran Ducado de Varsovia.

Para el viernes 1º de marzo de 1810, salía del vientre un niño que tomó la partera de las patas, lo colocó bocabajo y así dio su primer berrido, vaya usted a saber en qué tono, sobretodo después de recibir una nalgada bien dada como le hacen las parteras para que expulsara lo que le estorbaba en las vías respiratorias y empezara a funcionar en la vida.

Para el 23 de abril, el abate Duchnowski de la iglesia de Brochow, lo bautizaría como Federico Chopin, mientras la condesa Skarbek, su madrina, le sostenía la cabecita para que corriera un poco del agua fría bautismal sobre su frente, mientras que pronunciaba sus abluciones.

Polonia estaba en peligro. Dos años después, en 1812, Napoleón le había declarado la guerra al zar Alejandro I de Rusia y los polacos, entre otras cosas, creyeron que esa sería una gran oportunidad para volver a ser libres e independientes. Nada. Gracias al carisma que tenía el emperador francés, logró embaucar a más de cien mil polacos para que formaran una brigada bajo las órdenes del capitán José Poniatowski, antes de lanzarlos al combate en las heladas regiones de Smolensk, Borodino y Berzina. Los polacos vieran caer a sus batallones, uno tras otro, junto con la brutal derrota de Napoleón y los rusos volvieron a ocupar Varsovia. Les había salido el tiro por la culta y el 26 de septiembre de 1812, Polonia sufrió, por cuarta ocasión, una nueva división: el antiguo ducado de Varsovia lo habían recortado y quedaba en manos de los rusos; Cracovia era una ciudad libre y, por otra parte, se constituiría una Polonia austriaca y otra prusiana.

Alrededor de la cuna de Federico sus padres tarareaban la polonesa, esa danza como si fuera el himno nacional y, por eso, años después, no nos asombraríamos al ver cómo el músico convertiría esta melodía en una de sus obras inolvidables, como si volviera a escuchar las canciones de cuna a los que le agregaba los deseos de poder desquitarse un día de esos.

Siempre me he preguntado ¿cómo es posible descubrir y respetar a un niño que tenga talento para la música? He conocido algunos que muestran un talento especial y en cada ocasión me brinca el corazón de gusto, como me brincaba cuando era editor de libros de literatura mexicana y cada vez que recibía un manuscrito, me pasaba los mismo pues me imaginaba que a lo mejor tenía entre mis manos a un futuro Premio Nobel.

Los padres de Chopin supieron qué hacer con ese niño dotado y desde que tenía siete años le pusieron al maestro Adalberto Ziwini para que estudiara piano por lo menos tres horas diarias. Ahí se la pasaba feliz, sentadito en el banco tocando —como podía— las Sonatinas de Mozart o los Preludios y fugas de Bach. Fricek, como le decían sus hermanas, se encontraba a sus anchas y nunca olvidaría —bendita memoria—, a ese maestro que fue quien cimentó la columna vertebral de su genialidad.

Ningún músico ha recibido una educación tan refinada como Federico Chopin y por eso, la imagen de este joven como un príncipe se justifica, aunque no dejó de ser un niño de naturaleza impulsiva, amante de las farsas que se reía sin motivos y hacía bromas con sus hermanas Luisa, Isabel y Emilia que lo trataban con cierta consideración, pues sabían de sus dotes que, en cualquier momento, sin mayores trámites, les demostraba encantado de la vida.

Pianista nato, superó con facilidad las dificultades del teclado y su memoria musical no lo traicionaría jamás, como tampoco lo haría su obsesión inventiva que le permitió ofrecer piezas de su propia creación como la Polonesa que le dedicó a la joven condesa Victoria Skarbek, la hija de su madrina de bautizo.

El maestro Ziwni dejó de darle clases cuando su alumno tenía doce años de edad: ¡ya no tengo nada que enseñarle! —decía su maestro mientras suspiraba y reía. Chopin no volvió a tener otro maestro, pues, como recordaba con cariño a su maestro, decía que él le había enseñado todo.

La primera de las piezas que ha llegado hasta nosotros es la Polonesa en la bemol mayor escrita en 1821. ¿Cómo podemos juzgar esta pieza? Bueno, pues como podemos imaginarnos que es la obra de un niño de 11 años pero, en donde encontramos una redacción con un sentido natural en sus proporciones, como las que tendrá su obra después, durante toda su vida, escrita con un instinto que demuestra la seguridad que tenía frente a la armonía. Desde esa primera pieza, parece que las bases estaban puestas en su lugar y los cimientos listos para resistir la construcción de una obra genial, gracias a la obsesión que le tuvo al piano.

El piano es mi universo —decía—, pero ese universo estaba en expansión y lo estaba de tal manera que, poco a poco, se salió de sus límites y su horizonte se fue ampliando a la medida de sus sueños. Bien podemos pensar que es el primero de los compositores del piano moderno y el parteaguas —entre el antes y el después— de ese instrumento, pues trabajó todos los días de su vida hasta el de su muerte sobre el teclado tratando de descubrir los misterios y queriendo que sonara como él quería para que, de alguna manera, pudiera expresar sus emociones, deseos, angustias, placeres y amores.

La música de Chopin tienen un trazo personal que le da vida propia, además de tener destino. Es original y, lo más importante es que inventa un lenguaje que fluye desde su interior, como si cantara y, cantando, nos describiera las emociones —como los gestos que expresan sus sentimientos.

Su música tiene esencia y flota entre sus ritmos y entre el color de sus armonías: es posible que no exista en el mundo una música tan nueva y satisfactoria como ésta —decía Bernard Gavoty—, no hay música más audaz que propague un universo tan sensible y punzante. No hay música que haya sido traducida por medios tan puros y, por eso, se le considera un representante del romanticismo con el rigor de los clásicos.

Sin duda, la mejor manera de celebrar el bicentenario de su nacimiento es escuchando su música y experimentando, en primera persona, esa flotación de los sentimientos si nos dejamos llevar por un momento por el universo de su invención.

jueves, 21 de enero de 2010

Don Pantaleón, un retrato antes de la masacre

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 22 de enero, 2010.

(Don Pantaleón Pérez de Nenin, 1808). Confluencias: dos siglos de modernidad en la Colección BBVA es el título de la exposición que viene como anillo al dedo para iniciar las celebraciones del Bicentenario ahora que la podemos disfrutar en el Museo Nacional de San Carlos. Son sesenta obras que representan una modesta muestra de la historia de la pintura en donde hemos encontrado varias joyas en la primera sección de retratos, entre ellas, el de don Pantaleón Pérez de Nenin hecho por Francisco de Goya en febrero de 1808, tres meses antes de la masacre en Madrid y un poco antes que el pintor se convirtiera en reportero gráfico —asegurado en algunas de sus obras con un Yo estuve aquí—, cuando, en el mes de mayo de ese mismo año, inició el conflicto armado contra el emperador Napoleón I, que deseaba instaurar en el trono español a su hermano José Bonaparte a costa del rey Fernando VII, al tiempo que en México aprovechábamos esas circunstancias para animarnos y dos años después, dar el grito de Independencia en Dolores, Hidalgo.

Me impresionó este retrato de don Pantaleón vestido con su uniforme de los Húsares, el más elegante del ejército que, inicialmente, fuera la escolta de honor de Maria Luisa, pero que, con el estallido de la guerra, pasaron a ser parte de la caballería donde lograron cierto prestigio por su comportamiento heroico, aunque fuera treinta años después que don Pantaleón se había retirado.

Sí, la historia de este personaje nos dice algo: segundo de una familia hidalga dedicada al comercio de géneros del Norte y de las Américas españolas, había ayudado económicamente a levantar el regimiento de los Húsares de la reina María Luisa, por lo que, el segundón ingresó a ese cuerpo en 1796 cuando tenía apenas dieciséis años de edad y logró el rango de primer teniente, sin haber pasado por la academia militar. Su mirada, como la capta Goya, es la de un hombre que sufre depresiones, es un melancólico, como le decían a ese siglo a los que padecían esta enfermedad. Por todo esto, este Húsar que tenía más que ver con lo comercial que con lo militar, es una obra de arte pero, detrás de su elegante fachada hay una historia que nos dice más del contexto de esa época.

El retrato es genial: la elegancia y el lujo con el que se vestían los Húsares con unos trajes diseñados, más para el desfile y la corte, que para la guerra y las batallas. Nada que ver como los trajes que usan ahora los soldados del ejército Norteamericano en el desierto de Irak y Afganistán.

El retrato es de un Húsar elegante y la riqueza cromática de su uniforme lo hace más atractivo: posa con un pie izquierdo flexionado y adelantado, apoyándose con la mano derecha en el bastón de Ayudante y, con la izquierda, en el sable que portaba en los desfiles o en la Guerra de las Naranjas en Portugal. Las pinceladas libres de Goya nos ofrecen más detalles: los ribetes de las chaquetillas y el pantalón, así como, el brillo del cinto de las espuelas o el fantasma de su caballo al fondo.

Pero la carrera de don Pantaleón termina cuando le pagó a Goya por hacerle su retrato antes de retirarse a Bilbao, una vez que habían aceptado su retiro, para retomar sus deberes comerciales con esos géneros del Norte y el comercio con la América española, tres meses antes que se llevara a cabo la masacre en Madrid, cuando la debilidad militar, la complacencia de los soberanos españoles, la presión de los industriales franceses y los imperativos de una estrategia política, lograron ocultar los sucios cálculos, los designios de Dios o las exigencias de una filosofía más ad hoc, como escribió Jean R. de Aymes refiriéndose a estos hechos que, ese mismo año, mancharon de negro los dibujos y las telas del Goya, quien terminó huyendo a Burdeos en Francia para morir a los ochenta y dos años de edad completamente sordo.

En busca de un buen candidato

El Informador, jueves 21 de enero, 2010.

Diógenes, el Cínico, como le decían, buscaba con su lámpara por todo Atenas a un hombre honesto. Ahora propongo que vayamos encendiendo las nuestras para salir a encontrar a un buen candidato que para estas alturas debería estar preparándose para la siguiente ronda sexenal, un par de años antes de entrar en la lucha electoral.

Preparando el taller sobre Liderazgo político basado en Julio César de Shakespeare, me ha resultado tan útil como la lámpara de Diógenes, para descubrir, por lo menos, las cuatro cualidades que deben tener los líderes políticos para atraer a su audiencia y, luego, para ejercer el poder de manera efectiva y poder influir a la gente para lograr lo que se proponen.

La mayoría de la gente conoce el hecho histórico de esta obra: Julio César, nombrado dictador de la Roma antigua, va a ser asesinado por una facción política a la que pertenece Bruto, el distinguido senador romano y viejo amigo de su víctima; una vez asesinado, Marco Antonio después de un gran discurso que ofrece en la ceremonia de entierro y que es un ejemplo de su inteligencia emocional que está a tono con la audiencia, años después logra perseguir y derrotar a Casio y Bruto sin importarle un demonio, el hecho de haber desatado una sangrienta guerra civil.

Pocos son los que conocen la sabiduría política que está detrás de esta obra donde podemos conocer, entre otras cosas, esos cuatro elementos que deben tener los políticos para calificar como líderes y que los encontramos en Julio César en cuatro hombres diferentes.

Esa es la tragedia pues resulta que están repartidos en cada uno de los protagonistas y nadie las comparte, sino que las usan en su propio beneficio, como observamos en algunos de nuestros líderes: tener carisma es el primero de ellos; la inteligencia emocional que nos permite estar a tono con la audiencia, es la segunda; la inteligencia política para que las cosas se lleven a cabo es la tercera y, la cuarta, tiene que ver con el prestigio que debe tener el líder de ser hombre honorable y lo que hace que sepa la gente es para el beneficio de la sociedad.

Obama y Lula da Silva parece que tienen estas cuatro cualidades y por eso se han convertidos en los líderes políticos de estos tiempos.

Con la lámpara encendida intentaremos calificar a los candidatos que ahora deben estar en el pandero de la política si hacemos una matriz en donde cada renglón es una de estas cuatro características y las columnas su calificación del 0 al 5.

Al final de cuentas, Obama y Lula logra tener un 18 o 20 de calificación, mientras que los posibles candidatos son más bajas: difícilmente dominan dos de estas características —haga la prueba—, reprobando el examen. Haga su matriz y ponga en consideración a los que conoce : verá cómo vamos desesperados como Diógenes, sin encontrar al líder político, ahora que estamos al cuarto para las doce.

La Utopía frente al desastre

El Informador, martes 19 de enero, 2010.


(Venencia, óleo de Turner No cabe la menor duda que el hombre echa a andar ciertos mecanismo de defensa frente al desastre para librar, con la imaginación, la brutalidad del terrible azar del que podemos ser víctimas, pues ¿quién resiste los embates del destino, quién los ultrajes y los desdenes del mundo, o la injuria del opresor, la afrenta del soberbio, las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del poder y las vejaciones del paciente meritorio por un hombre indigno?, como se preguntaba el príncipe de Dinamarca.

Mejor crear un mundo hipotético, como lo hizo Tomás Moro en el XVI, cuando estuvo en Amberes y pudo platicar largo y tendido con el Cardenal Morton sobre las causas de la miseria y el crimen, la administración de la justicia y las ventajas de los diferentes sistemas de gobierno para, con esas ideas, empezar a escribir su Utopía.

Frente a la tragedia de Haití, impotentes, vemos los efectos en una sociedad primitiva y poco civilizada, la más pobre de toda la región que ha estado en manos de unos gorilas, más que gobernadores, en donde más que cooperar —como en México en el 85—, la gente se queda impávida, papando moscas, atacando con violencia aquello que haya a los alrededores.

Mejor imaginar la ciudad de esa Utopía —es decir, donde no hay tal lugar—, en donde nos dice Moro que se parecen unas a otras, si es que la naturaleza lo permite, como esa de Amauroto, la más digna de todas las ciudades que conoce, porque ahí se reúne la Asamblea y ahí vivió cuando el jefe de Gobierno era Ademo —es decir, el sin pueblo.

Vamos reconociendo los parecidos entre una y otra ciudad, como esta que se extiende hasta el río Anhidro —es decir, el sin agua—, como sucede en estos rumbos.

La Utopía parece una broma pero es, al mismo tiempo, una obra genial y disparatada, como pensaba John Ruskin de esas ideas cuerdas y sensatas, donde la sabiduría de Moro parece que se transforma en locura y desatino.

El cielo fue la primera de las utopías que concibió el hombre —dice Felipe Fernández-Armesto en el TLS sobre La Utopía de Tomás Moro, al inicio de la Europa modernay, como todas las utopías, es lúgubre hasta para el más tímido de los pecadores.

Qué aburrido será no tener nada que hacer, excepto contemplar y adorar por tiempo indefinido y, para los recién llegados, la música de la arpas los van a hartar, pues desearían escuchar a las bandas de «rap».

Es más fácil creer en el purgatorio —dice—, pues nadie estará a tono el día de su muerte como para pasar directo y sin escalas al cielo. Tal vez por eso Satanás se escapó, pues, como las utopías de Moro, la del cielo es, en el mejor de los casos, aburrida y empalagosa sin dejar de ser una tiranía donde sólo escucharemos la monótona armonía de las cadenas de la conformidad.

miércoles, 13 de enero de 2010

Carmen: todo con tal de sentirse libre

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 15 de enero, 2010.


(Elina Garanca como Carmen). La mala suerte, como la que nos leen los gitanos en la palma de la mano, fue el destino de George Bizet quien murió a principios de 1875, semanas después de su malogrado estreno de Carmen en el teatro de la Ópera Cómica de París. Hoy en día, es una de las óperas más populares y nos da la impresión que todo mundo conoce la historia apasionada de esa mujer y, a la menor provocación, tarareamos la marcha del Toreador o cantamos la Habanera, esbozando una sonrisa cuando Carmen (Elina Garanca, soprano) nos dice que el amor es como un pájaro rebelde o L’amour est un oiseau rebelle o un gitano que nunca ha conocido la ley: si tú me no me amas, yo te amo, pero si yo te amo, ¡cuídate!, como podremos oír cantar a esta guapa Elina en la nueva producción del Metropolitan Opera House, de Richard Eyre, el director de cine (Stage Beauty).

Carmen no puede dejar de insistir que lo más embriagador que hay en esta vida es la libertad y que sin ella no se puede vivir, ni hacer el amor, ni nada. Por eso, ella nunca podrá pertenecer a nadie mucho menos a don José (Roberto Alagna, tenor) que no puede entender que una mujer no sea de su propiedad, sobre todo, si era en pago de haberla dejado libre, aunque le costara la chamba.

Nos encanta ver cómo baila y canta cuando se siente libre y por eso, aflojamos el cuerpo y la acompañamos cerca de las murallas de Sevilla a la taberna de Lillas Pastia para bailar una seguidilla y beber manzanilla.

Desde la primera escena vamos a poder disfrutar de Elina Garanca, una Carmen muy atractiva, llena de vida que se defiende con sus atractivos femeninos y su sexualidad, como armas y una fuerza vital que hace que todos los demás giren a su alrededor: las compañeras en la fábrica, los soldados, los gitanos, los toreros y los contrabandistas.

Carmen provoca pleitos desde la fábrica hasta que termina a la entrada de la plaza de toros donde ha llegado don José enloquecido por los celos, sin entender ni poder respetar la libertad que ella deseaba tener, para clavarle una daga, mientras se escuchan los gritos de los aficionados de la plaza por la corrida que ofrece Escamillo (Mariusz Kwiecien, tenor). Carmen cae por el suelo sin dar un paso atrás, ni conceder nada que fuese en contra de su libertad.

Carmen provoca y confronta: primero, por los celos de sus compañeras de la fábrica y luego, con este don José que no entiende que esta mujer necesitan vivir con un hombre que esté dispuesto a morir por ella, como el torero Escamillo que se juega la vida en el ruedo un domingo por la tarde, cuando le dedica uno de los toros y don José pierde la razón, atraído por su belleza, hasta matarla si era necesario.

Le habían advertido y le dijeron que temiera por su vida, pero ella que era muy valiente no se deja atrapar por nadie, menos por un soldado que cree tener el derecho de poseerla como objeto, sin haber escuchado nunca que ella era un pájaro rebelde que necesita vivir en libertad y para eso su arma es su sexualidad.

El escenario es la España del XIX, pues fue en un viaje que hizo Prospero Mérimée (1803-1870) por Andalucía cuando se inspiró para escribir su novela que luego utilizaron Henri Meilhac y Ludovic Halévy para redactar el libreto para que Georges Bizet luego compusiera esta ópera deliciosa.

Cuando invita a don José para vivir con los gitanos le mueve el tapete a este pueblerino que todo lo que desea es vivir con una fiel mujercita como Micaela, la joven enamorada que viene a verlo de parte de su madre, insípida, si la compara con la apasionada Carmen.

Sentirse libres, aunque cueste la vida

El Informador, jueves 14 de enero, 2010.


(Elina Garanca como Carmen en la ópera de Georges Bizet). Sentirse libres, lograr la independencia y vivir con la sensación de que no estamos con las manos atadas, ni mucho menos que permitimos nos usen como objetos, es más que suficiente para organizar una revuelta o una guerra civil.

Carmen es una trabajadora de la fábrica de tabaco que hace lo imposible para sentirse que es libre, Por eso es capaz de seducir a quien se le ponga por enfrente para creer que vuela como pájaro, aunque le cueste la vida.

La intolerancia, los celos y el deseo de controlarla le hicieron perder el juicio a don José, el soldado que acepta dejarla libre —aunque le cueste la chamba— para luego tratar de cobrarse con su entrega, pero ella busca la libertad y él termina de rodillas, a la entrada de la plaza de toros, doblegado, después de haberla herido de muerte quejándose: ¡Ah! ¡Carmen! ¡Mi adorada Carmen!

La sexualidad es el arma que utiliza Carmen para mover el mundo y sentir que vive en libertad. Por eso, cuando canta que el amor es como un pájaro rebelde, que nadie puede capturar y que lo llaman en vano, si le conviene negarse... o cuando se trata del amor y nos dice que es como los gitanos que no conocen las leyes y si tú no me amas, yo te amo, pero si yo te amo... ¡ten cuidado!, defendiéndose para no pertenecer a nadie hasta el fin de sus días, mientras disfrutamos ver cómo una mujer busca y se defiende con todo lo que puede.

La mala suerte fue el destino de George Bizet que murió a principios de 1875, semanas después de su malogrado estreno de Carmen en París. Hoy, es una de las óperas más populares del repertorio y parece que todo mundo ya conoce la apasionada historia de esta mujer y los celos de don José de tal manera que tarareamos la marcha del Toreador o cantamos la Habanera, esbozando una sonrisa cuando Carmen insiste que el amor —y su vida— es como un pájaro rebelde, L’amour est un oiseau rebelle.

Este sábado podremos escuchar a Elina Garanca, la bella soprano, en el papel principal de la nueva versión del MET de Nueva York, producida por Richard Eyre a las 12:00 del día cuando se transmite en vivo y en directo en el Teatro Diana en Guadalajara y el Auditorio Nacional en la ciudad de México.

La idea de ser libres mueve las montañas y tienen la fuerza de los sueños, como le sucede a esta mujer desde que no se deja atrapar por don José ni por los guardias y que decide vivir mejor como un pájaro que nadie puede capturar, yendo por todos lados con los gitanos y los contrabandistas.

La libertad le cuesta la vida mientras su amante, el torero Escamillo, triunfa en la plaza y Carmen es herida de muerte por parte de un enloquecido don José que trató de poseerla como objeto, cuando nadie tiene derecho de hacerlo, menos con la pareja.

martes, 12 de enero de 2010

El arte de la mentira política

El Informador, martes 12 de enero, 2010.

¿Quién decidió que la mentira podía ser un arte y quién lo aplicó a la política? Esto se preguntaba Jonathan Swift en el siglo XVIII, para luego responder con un pequeño ensayo en donde revisa este tema pues, a pesar de que no está claro quién fue el culpable, él investigó la vida política de sus últimos veinte años para, finalmente, explicarnos que todo empezó como lo que cuentan los poetas, cuando fueron expulsados los Gigantes y en venganza, la Tierra dio a luz a la Fama.

Más o menos así es como interpreta la fábula: cuando los tumultos y las sediciones se quedaron inmóviles, los rumores y las falsedades fueron las que levantaron el vuelo y cubrieron a toda la tierra. Por eso dicen que mentir es el último eslabón en la cadena de las rebeliones de los recién nacidos.

Los historiadores modernos han hecho varias adaptaciones y dicen que este arte se aplica puntualmente para lograr el triunfo, para preservar el poder o para vengarse después de haber perdido la chamba con los mismos trucos que hacen los animales cuando quieren comer mordiendo, si es necesario, a esos que lo amenazan.

Esta genealogía no se aplica siempre a la mentira política y, por eso, aclara y le agrega esas circunstancias que tuvieron que ver con el nacimiento de la mentira política como arte y quiénes son sus parientes cercanos: esta nace de un alto funcionario que se ha quedado sin chamba y que soltó una por primera vez creyendo que, con eso, volvería a comer y a ser el consentido de las multitudes.

Otras veces lo que nace es un monstruo que hay que golpear para que tome forma y, si viene al mundo bien formado, bueno, es posible que se eche a perder por los golpes que recibe.

Otras mentiras nacen como si fueran niños de incubadora que necesitan tiempo para madurar, pero cuando ven la luz, se desvanecen y desaparecen. En otras ocasiones, creen que han nacido de la nobleza o de la hueva de un corredores-de-bolsa de esos que viven con el agua al cuello: allá, grita cuando se abre el útero; aquí, nace como un suspiro, pero, de todas formas, si viene al mundo sin aguijón, no se le considera bien nacido y si lo pierde, como las avispas al picar, muere.

Como pueden ver la mentira es un niño destinado a tener grandes aventuras: es el ángel de la guarda del partido en el poder para conquistar así, sin pelear y, aunque pierda, cree que gana, como esos que dan y quitan empleos o hunden montañas o convierten a los cerritos en gigantes.

Es una diosa que vuela por los aires con un enorme espejo en la mano con el que deslumbra a las multitudes para que vean la ruina de sus intereses o sus intereses en ruina y a sus mejores amigos, ahora espolvoreados con el polvo blaquiazul o el tricolor, portando las insignias de libertad, prosperidad, indulgencia y moderación.

miércoles, 6 de enero de 2010

El caballero de la Rosa: la mascarada vienesa

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 8 de enero, 2010.


(Escena de El caballero de la Rosa). Mi querido Hipólito, ¡mira cómo me has dejado, ahora me veo más vieja! —le dice la Mariscala a su peinador, antes de quedarse sola y ver cómo sale caminando el Barón Ochs, un macho chauvinista por excelencia, vanidoso y presumido que de tanto abarcar poco aprieta, quien cree tener el derecho de poseer a todo lo que se mueva y use falda. Nostálgica Maria Teresa, nos canta cuando ella también era jovencita, cuando recién salió del convento sólo para marchar rumbo al matrimonio... ¿Dónde está? ¡Hay que buscarla entre las penas del año pasado! ... Ha pasado tanto tiempo que me he convertido en una vieja: ‘Miren —dice ahora la gente— ¡ahí va Resi, la vieja princesa!’ ¿Cómo es que pasó esto? No lo sé, pero yo me siento la misma, pero y si así fuese, ¿qué estoy haciendo aquí, ahora, recordando y viendo todo esto tan claro? Es un misterio, sí, es un misterio por el que vivimos para descubrirlo... sí, pero, ¿”cómo” descubrirlo? —esa es la diferencia.

Y con estas reflexiones de María Teresa, la Mariscala (Renée Fleming, soprano) esboza los dos temas de El caballero de la Rosa (1910) de Richard Strauss (1864-1949) que este sábado a las 12:00 horas pasarán en vivo y en directo desde el Metropolitan Opera House en la pantalla del Auditorio Nacional de la ciudad de México y en la del Teatro Diana de Guadalajara, entre otras ciudades del mundo.

La Mariscala amanece con su amante, el joven Octavian (Susan Graham, soprano), conde de Rofrano, Quinquin como él le dice de cariño y a ella le dice Bichette en la intimidad. Cuando entra en la recámara el Barón Ochs (Kristinn Sigmundsson, bajo), el joven Octavian mejor se disfraza como Mariandel, la recamarera, para que siga la comedia o mascarada vienesa, ambientada en el XVIII, pero que la vemos desde la perspectiva del XX, pues no hay censura con la infidelidad de la Mariscala ni porque tenga a un amante, ni la hay con el sarcasmo y la brutalidad del Barón Ochs que viene para casarse con Sofía Faninal (Christine Schäfer, soprano), la hija de un nuevo rico, sin que por eso deje de tirarle a todo lo que se mueva con falda.

El día que Octavio le lleva a Sofía la Rosa de plata, como símbolo, rito y ceremonia que sellaría el compromiso, los jóvenes se enamoran, pues ¿quién que haya amado, no lo ha hecho a primera vista? —como decía Rosalinda en otra comedia.

Der Rosenkavalier combina varios temas, opuestos y complementarios: la farsa y los enredos del Barón, con la nostalgia y el paso del tiempo de María Teresa; la pasión de los amantes y los deberes y obligaciones de la Princesa, o el vulgar humor del lujurioso y primario Barón de Ochs, con el elegante pensamiento de la Mariscala, su feminidad, refinamiento, inteligencia y madurez.

Todo esto, sucede sin que desaparezca la sensación de soledad que puede haber entre los amantes, como lo escribió Sabines a pesar de que él no lo sabía de cierto, pero suponía que una mujer y un hombre se van quedando solos, poco a poco, cuando un día se quieren.

El libreto es de Hugo von Hofmannsthal y del mismo Strauss que evocan la obra plástica de Marriage à-la-mode de William Hogart. Cuando se estrenó en 1910 el público estaba escandalizado, no tanto por el inicio de la obra con los dos amantes en la alcoba de la Mariscala después de hacer el amor toda la noche, sino por el papel del amante Octavio que lo hace una mujer y, por eso, la escena nos confunde un poco por ser entre dos mujeres en la cama un poco más ambigua, pues, en realidad, sabemos, que se trata de una mujer que se disfraza de conde, para volver a disfrazarse de recamarera muy al estilo de las comedias isabelinas.

La mascarada vienesa

El Informador, jueves 7 de enero, 2010.


(Los amantes amanecen después de estar una noche juntos: La Mariscala, Renée Fleming y Octavian, Susan Graham) Tal como propone Nancy J. Adler de la Universidad de McGill en Canadá en su ensayo sobre Arte y Liderazgo que ya es tiempo para que haya una doble fertilización entre el liderazgo y las artes, les propongo que este próximo sábado disfruten de la producción del Metropolitan Opera House cuando van a transmitir El caballero de las Rosa (1910) de Richard Strauss (1854-1949) en vivo y en directo desde el MET de Nueva York en la pantalla HD del Teatro Diana en Guadalajara y del Auditorio Nacional en la ciudad de México, entre otras ciudades del mundo.

Tal vez en esta obra podamos observar los contrastes que existen en esta vida, evaluar los temas opuestos y complementarios como se presentan en esta mascarada vienesa, entre la farsa y los enredos del Barón Ochs (Kristinn Sigmundsson, bajo) y la nostalgia por el silencioso paso del tiempo que experimenta Maria Teresa, la Mariscala (Renée Fleming, soprano) entre la pasión con su joven amante y el ejercicio de sus deberes y obligaciones.

El Barón es un macho chauvinista de los que todavía abundan en este mundo que visita a su pariente la Mariscala para seleccionar al caballero que lleve la Rosa de plata para cumplir con ese ritual y ceremonia equivalente a la pedida de mano de su reciente prometida Sofía Faninal (Cristine Schäfer, soprano), hija de un nuevo rico vienés.

Cuando llega a la recámara de la Mariscala donde los amantes han pasado la noche juntos, Octavian (Susan Graham, soprano), el joven amante de la Mariscala, decide disfrazarse como Mariandel, la recamarera. El Barón intenta seducirla, como buen chauvinista o como esos políticos encumbrados en el poder que cantan cuando encuentran una piedra en el camino, pero que, de todas maneras “siguen siendo el rey.” En contraste con este macho, vemos la elegancia de pensamiento y la soledad de la Mariscala, prácticamente abandonada por un marido, ausente en escena, pero presente como fantasma.

Para complicarnos un poco más con los símbolos, Strauss decidió que el amante de la Mariscala fuese una soprano que, por supuesto, sale disfrazado de joven que, a su vez, se disfraza de sirvienta —como en las comedias isabelinas— y, para colmo, la obra empieza con los dos amantes —ellos o ellas, según se vea— en la cama, después de haber pasado la noche juntos.

Entre el que se siente que es el rey y el silencioso paso del tiempo, hay momentos de melancolía —como en el final, casi eterno, de dúos y tríos—, que nos hace reflexionar sobre el trote del tiempo y el vacío que queda cuando los amantes dejan de serlo ya sea porque no se soportan la culpa o porque naturalmente el joven se empata con una jovencita para procrear, tal como lo descubre Darwin.

La producción de cuatro horas nos permite revivir el paso del tiempo y cómo tratamos de aferrarnos a la nada, viendo cómo se escapa y se desvanece la vida como las sombras o los sueños y, aunque nos duela, transferir el amor a quien corresponde.

Qué hubiera pasado si...

El Informador, martes 5 de enero, 2010.

Me encanta ese juego donde podemos considerar las condiciones iniciales y ver qué podría haber sucedido si sobre la marcha cambiáramos los procesos —como en el clima— y así, con estas elucubraciones poder aprender virtualmente de los posibles resultados de estas jugadas, sobre todo, si son jugadas políticas que tienen que ver con los dilemas que tienen que resolver los líderes, sobre todo cuando se les presentan situaciones externas impredecibles, como la crisis que oscureció brutalmente la tela donde estábamos pintando los sucesos del 2009, pues seguimos “lejos de Dios y cerca de los Estados Unidos.”

Qué hubiera sucedido si en lugar de dar mensajes esperanzadores, hubieran tomado al toro por los cuernos y hubieran alertado a la población económicamente activa sobre los posibles efectos del huracán en el Norte, que les derrumbó sus edificios financieros e hipotecarios, llevándose de por medio al consumidor en general y, en particular, al inmobiliario y automotriz, para que, con ese panorama dramático, crearan sus alternativas, a corto plazo y luego, uno a uno los miembros de gabinete y sus contrapartes en la industria, banca y comercio crearan soluciones prácticas a tiempo que hubieran amainado el desempleo y ahora la inflación, el enemigo silencioso.

Qué hubiera pasado si los discursos hubiesen cambiado de tono y hubiesen decidido sacrificar, aparentemente, el corto, por el largo plazo político: ¿no hubiera disminuido el efecto y aumentado la confiabilidad de los líderes?

Pero no, no se fueron por ahí con lo que pudieron haber tenido una experiencia ganadora si hubieran aplicado el “qué hubiera pasado si...”, en lugar que el caso se convirtiera en tragedia —política y real—, pues ahora la gente asocia sus dificultades económicas con la incapacidad del gobierno para llevar a cabo lo que prometen, sin poder adelantarse a las predicciones de los expertos y actuar en consecuencia, dejando que las cosas cayeran por su peso.

Qué hubiera pasado si cambian el plan de trabajo y este cambio lo asocian con el discurso que, una y otra vez, quedó sólo en buenas intenciones, mostrando con ello, la cerrazón con la que ven las cosas esos que ahora son los responsables de mejorar la calidad de vida de sus gobernados.

¿Qué hubiera pasado si en lugar de imaginar un país fantástico como “mexicolandia” —prima hermana de la “foxilandia” del sexenio pasado—, se hubieran anticipado a los problemas y actuado en consecuencia?

Se dice fácil, lo sé, pero para eso están en el poder donde deben tener la capacidad de anticiparse a los sucesos —consultando a los oráculos— y jugar a imaginarse lo que hubiera pasado si en lugar de negar la crisis, hubiesen creado fuentes de empleos a tiempo, dándole seguimiento y marcando los actos como las defensas del fútbol.

Tal vez si hubieran jugado al “qué hubiera pasado si...”, otro gallo nos cantara, como esos que afinan la garganta, recién entrados al palenque, con ganas de prometer acciones que contrarresten un fracaso nunca antes visto.