jueves, 25 de marzo de 2010

Fin de temporada

El Informador, Tertulia, sábado 27 de marzo, 2010.


(Todos los pacientes de Weston). Cada quien encuentra su manera para armarse y poder realizar los cambios que se necesitan hacer en esta vida, entre los éxitos y los fracasos que, muchas veces, se deben a causas fuerza mayor o porque están enraizados y no podemos o no nos atrevemos a sacarlos a la superficie.

Una manera de conocer nuestras limitaciones, sin que por eso dejemos de vivir en plenitud, es el psicoanálisis (freudiano) en donde hay que trabajar hasta el final, sin importar cuándo sea o si resulta ser diez años después de haber empezado, justo cuando uno está listo para seguir caminando por la cuerda floja, con eso que uno tiene y, al hacerlo, caminar con la cabeza en las nubes y los pies en la tierra, aceptando, entre otras cosas, la muerte como algo natural.

Por eso resulta interesante —para esta tertulia sabatina— la serie de TV que terminó ayer —hoy a las 22:00 pasan el maratón de la semana— En Terapia u On Treatment, una serie propuesta por Rodrigo García, hijo de Gabriel García Márquez y escrita por varios autores que la estuvieron pasando por el Canal 22 en una perfecta secuencia como pocos canales lo hacen.

En Terapia tuvo 78 capítulos, uno cada día de la semana, en donde resultamos ser los voayeurs de las sesiones con el doctor Paul Weston (Gabriel Byrne) y sus pacientes, uno diferente el mismo día de la semana.

Todos aquellos que están interesados en saber —más o menos— lo que puede estar detrás de nuestros actos, de las pequeñas o grandes tragedias de nuestras vidas o que tengan deseos de encontrar los orígenes de nuestras fallas, separaciones, infidelidades, amores eternos, complejos, salidas o entradas al clóset que sin saber a qué se debe, han destrozado a la pareja o a la familia o lo que más quieren, lo podemos ver en estas sesiones a las que le agregaron un poco de pimienta, para que el terapeuta fuese una de sus víctimas y tuviera una situación amorosa que tal vez lo llevaría —no lo sabemos—, a dudar de la eficacia de su terapia o de la psicología en general.

La cámara toma al que tiene la palabra y, por eso, tienen que ser buenos actores que muestran su cinismo, enojo, locura o tristeza cuando tocan fondo, como lo hizo Sophie (Mia Wasikowska, la misma actriz de Alicia en el país de las maravillas), una adolescente que intenta quitarse la vida y que libra la batalla gracias a la terapia.

Pero tal parace que en casa del herrero azadón de palo y, a estas alturas, no sabemos si Paul fue o no capaz de transferir el amor de Laura —su paciente—, y seguir la terapia o renunciar a todo e irse al demonio.

sábado, 20 de marzo de 2010

Hamlet somos nosotros

El Informador, Tertulia, sábado 20 de marzo, 2010.


(Simon Keenlyside como Hamlet, en la ópera de Ambroise Thomas del MET). Se trata de Hamlet el danés, el mismo que leímos hace poco para coordinar un taller; ese que hizo el famoso soliloquio sobre lo que sería mejor para el alma y que tiene que ver con la posibilidad de enfrentar el mar de calamidades para que, enfrentándolo, lo resolvamos; el mismo que era tan buen actor que aconsejó a los que llegaron a Elsinore para representar La muerte de Gonzaga o La ratonera; el mismo que pensaba que la tierra era un promontorio estéril y la bóveda celeste, un hermoso techo engastado con oro en llamas pero que, en esos días, más bien le parecían un amasijo de vapores pestilentes.

Es el mismo príncipe que estaba tan decepcionado que no le interesaba el hombre ni la mujer, el que platicó con el sepulturero, moralizando cuando tenía entre sus manos la calavera de Yorick, el bufón; al que visitaron Rosencrantz y Guildenstern, sus compañeros de la universidad; el mismo que compartió con Horacio, su más fiel amigo, dudas, éxitos y fracasos, para luego pedirle que contara su verdadera historia; ese que fue amante de Ofelia; el que enloqueció y por eso lo mandaron a Inglaterra; el lento vengador de la muerte de su padre —hace aproximadamente setecientos años—; ese al que tan bien le conocemos sus pensamientos que a veces creemos que son propios, pero, en realidad, los escribió Shakespeare.

Hamlet es un nombre y sus discursos y frases han sido acuñadas por el ocioso cerebro de ese poeta, pero no por eso dejan de ser tan reales como los nuestros, aunque su realidad está en la mente de los lectores. Tal vez por eso, podemos decir que Hamlet somos nosotros.

Si alguna vez ha estado pensativo o un poco melancólico por los fracasos propios o ajenos; si un día se dejó envolver por una nube de reflexiones y ha visto que la lámpara dorada del día se apaga por la envidiosa bruma que se eleva sobre su pecho, cuando sólo podemos reconocer que el mundo está vacío y no hay nada de notable; si hemos conocido el ultraje y los desdenes del mundo o las congojas del amor desairado y las insolencias del poder; si un día nos hemos hundido en nuestros pensamientos y traemos la tristeza colgada del corazón como si fuera una medalla, sin mayores esperanzas; si alguna vez hemos sentido que no tenemos capacidad de acción porque ha sido anulada por las dudas y los pensamientos, entonces tendría que ver la ópera de Ambroise Thomas que se transmite de hoy en ocho en la pantalla HD del Teatro Diana en vivo y en directo del Metropolitan Opera House con la versión de Hamlet, con Simon Keenlyside como tal, Marlis Peteresen como Ofelia, Jennifer Larmore como Gertrudis.

jueves, 18 de marzo de 2010

Mujeres que pasan por la Quinta Avenida

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 19 de marzo, 2010.


(La Quinta Avenida en Nueva York). Vicente Quirarte es un poeta, escritor y editor prolífico que presentará el próximo domingo 21 a las 12 horas —iniciando la primavera—, una antología de cartas, relatos, crónicas, fragmentos de novelas, poemas y artículos periodísticos de algunos de los mexicanos que se refugiaron en la ciudad de Nueva York entre 1850 y 1895. La presentación será en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

Desde que recibí la invitación no he podido de dejar de pensar en las razones para refugiarse en Nueva York: ¿lo harían para tener una nueva visión de la vida o para recuperarse de los fracasos y huir de las persecuciones o simplemente para negociar con los poderosos o para huir de las mujeres y volver caer en lo mismo por lo que huimos?

Tal vez estas fueron algunas de las razones por las que José Juan Tablada se exiló en Nueva York en 1914 —fecha que está fuera del rango de la antología de Quirarte—, donde escribió un poema que viene a la mente:

¡Mujeres que pasáis por la Quinta Avenida
tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida!
¿Soñáis desnudas que en el baño os cae
áureo Jove(1) pluvial, como a Danae (2),
o por ser impregnadas de un tesoro,
al asalto de un toro de oro
tendéis las ancas como Pasifae? (3)

¿Soñáis con perversiones de cornac
de broncíneo elefante la trompa metálica
o transmutáis, urentes, de Karnak (4)
la sala hipóstila (5), en fálica?
¡Mujeres fire-proof a la pasión inertes,
hijas de la mecánica Venus made in América (6);
de vuestra fortaleza, la de las cajas fuertes,
es el secreto... idéntica combinación numérica! (7)


Estas mujeres de la Quinta Avenida le sirvieron de modelo al poeta para escribir su poema, mismo que ahora trato de entender explicándolo de alguna manera:

(1) Jove o Zeus —el mejor, mayor y más sabio—, ilumina a (2) Danae, la hija de Acrisio, rey de Argos, encerrada por su padre para evitar se embarace; el oráculo había señalado que sería asesinado por el hijo de su hija.

Zeus —el mejor, el mayor y el más sabio—, la alcanzó transformándose en lluvia de oro y tomó posesión de ella. En realidad no fue como lluvia de oro, sino que entró disfrazado de general después de haber sobornando al guardia.

Cuando nació Perseo, Acrisio los arrojó al mar en un cofre de madera y Zeus los ayudó para que llegaron a la costa donde creció Perseo hasta que tuvo edad para matar a la Medusa, rescatar a Andrómeda e irse a Larisa para competir en los juegos deportivos donde se encontraba de pura casualidad su abuelo, donde fue herido de muerte por la jabalina que lanzó Perseo. Se cumplió la profecía del oráculo.

(3) Pasifae —la que brilla para todas— es la Luna, la hija de Helios y la ninfa Creta, que, educada como princesa, ahora debía casarse con el rey Minos. Embrujada por Poseidón, esta mujer se enamora de un toro blanco —que había librado el sacrificio— que luego, llegó a poseerla para que pariera a Minotauro, el monstruo con cabeza de toro y cuerpo humano.

Pero ellas, las de la Quinta Avenida —dice el poeta—, sueñan con sus perversiones y prefieren ir a (4) Karnak —el lugar más venerado—, a la orilla del Nilo, para que, en una sala hipóstila (5) —la que está debajo de las columnas— conviertan sus sueños fálicos en realidad, como los que tenían esas gringas hechas a prueba de fuego, que no eran más que unas profesionales, inertes a la pasión —no como supone eran en México—, hijas de una Venus-made- in-USA, (6) que no habían pelado al poeta que ahora se vengaba acusándolas de que sólo abrían sus puertas —como las cajas fuertes— con la misma (7) combinación numérica que se tiene en otras latitudes.

¡Ay!, esas mujeres de la Quinta Avenida, tan cerca de nuesyros ojos y tan lejos de nuestra vida.

viernes, 12 de marzo de 2010

El poder de la escritura

El Informador, Tertulia. El Sonido y la Furia, sábado 13 de marzo, 2010.


(Goethe en la campiña romana (1786), de Johann Heinrich Wilhelm Tischbein). Wilhem Meister es el personaje de la novela que escribió Goethe en 1786. Se trata de un joven que enloqueció después de leer las obras de Shakespeare pues estaban tan bien escritas —como él decía—, que aseguraba eran las creaciones de un genio divino que humildemente se acerca con nosotros los mortales para que las conozcan... y, al leerlas, parece que tenemos abierto el libro del Destino, donde sopla el torbellino de la vida y le da vuelta a las hojas con violencia... Me asombra la fuerza, el vigor, la ternura, la impetuosidad y el sosiego y me enajenan hasta tal punto, que espero con ansias encontrar un momento para seguirlas leyendo... Shakespeare nos descubre los enigmas de la vida sin que sepamos en dónde se encuentran y sus personajes parecen seres vivos de la naturaleza, aunque no lo son.

El poder de la escritura, la posibilidad de expresarse correctamente —Goethe y Shakespeare—, no cabe duda que requiere de práctica para además de acomodar el sujeto, el verbo y el predicado, podamos usar nuestro léxico para que, finalmente, nos expresemos mejor, sobre todo aquello que tiene que ver con los sentimientos, las emociones y los sueños.

Las nuevas generaciones no saben escribir bien y por eso me dio gusto volver a ver lo que ha logrado Martín Fontecilla en el ITESM, Campus Estado de México con el diseño e instalación de un sistema en línea que le ha llamado SARAH (http://www.sonus-mx.com) que, de manera automática, desarrolla, le da seguimiento y evalúa las habilidades escritas de los estudiantes en tres áreas donde los ellos o la gente en general, podría practicar en la redacción de sus textos.

La semana pasada me mostró mi tocayo Fontecilla sus logros con este sistema después de haber revisado de manera automática 17 mil 375 textos escritos, por más de 800 estudiantes, felices al ver cómo disminuían sus errores que empezaron en veinte por cuartilla y terminaron en sólo cuatro al final de esos ejercicios.

La tecnología al servicio para que los jóvenes puedan escribir, es algo que se agradece, pues escribir bien, suponemos que es algo que debe ser elemental, resulta que es difícil encontrarlo.

Por eso digo que escribir como lo hizo Goethe o como lo hizo Will, por ejemplo, cuando describe a Titania y Oberon, representantes de las fuerzas naturales cuando pelean y pueden producir el caos, pues los aires los llaman en vano con sus flautas, pues han absorbido del mar las contagiosas nieblas de la venganza que se precipitan sobre la tierra y convierten a los humildes ríos en cauces orgullosos que se desbordan en sus riberas, tal vez por eso hemos visto tantaa inundaciones por su culpa.

El regreso de Alicia a un país surrealista

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 12 de marzo, 2010.


Tal vez se deba a la incapacidad que tengo para seguir con interés todas y cada una de las aventuras de Alicia en el país de las maravillas como no hace falta con otros cuentos, populares o de hadas, como los de Perrault o los hermanos Grimm que conocemos desde la infancia donde mantenemos el interés hasta el final, sin importar la versión que estemos viendo, pues todas nos conmueve: Pretty Woman (1990), la Cenicienta en la versión Julia Roberts, con un guión de J.F. Lawton, cuando, sin hermanastra alguna, pasa de ser una prostituta muerta de hambre, a la compañera de un ejecutivo (Richard Gere) que, como el príncipe del cuento, la rescata y se la lleva a su palacio o Disney o la versión en la ópera de Rossini (1817), como la que disfrutamos el año pasado con Elina Garanca como Cenicienta, en la versión del MET.

Cada tanto, alguien acepta el reto de hacer una nueva versión de Alicia en el país de las maravillas como ahora fue Tim Burton, que dirige su versión con un reparto de primera: Mía Wasikowska, como Alicia; Johnny Depp, como el Sombrerero loco; Helena Bonham Carter, la excéntrica esposa del director, como la Reina de corazones y Anne Hathaway como la Reina blanca. Tal parece que esta producción enloquecedora ha tenido mucho éxito, acompañada de una buena campaña publicitaria.

La versión la pusieron en manos de Tim Burton que es un director considerado como genio, que ha trabajado en Disney en proyectos tan exitosos como El zorro y el sabueso. ¿Cómo no la voy a recordar si cuando llevé a mis hijas lloré, como ellas no lo hicieron, cuando el sabueso tiene que ir tras el zorro, su amigo de la infancia, porque sus instintos borran la memoria?

La trama de Alicia es complicada y, en esta versión regresa a los 19 años al mundo mágico que conoció cuando era niña, para volver a reunirse con sus amigos: el Conejo Blanco, Tweedledee y Tweedledum, el Lirón, la Oruga y, por supuesto, el Sombrerero loco y la Reina de corazones. Envuelta en la nostalgia infantil como la que tuvimos aquellos que nos alejaron de nuestro paraíso.

La gente se sorprende al ver estas historias inmersas en el surrealismo, como esos sueños extraordinarios donde las cosas se aparecen al azar y se trata que captemos el meollo de los asuntos tal como los diseñó su autor.

Entender esta historia con tantas sorpresas, nos puede llegar a cansar: se hace chiquita y se hace grandota —como el chorrito de Cri-Crí—, hay un maldito conejo que pasa corriendo con prisa sin qué sepamos por qué; a pesar de que vamos aceptando algunas convenciones, de pronto, parece que éstas pierden el hilo conductor y la historia se difunde como la bruma en los sueños.

Escrita por un matemático, sacerdote anglicano, el fotógrafo y escritor británico Charles Lutwidge Dodgson, o Lewis Carroll como firmaba sus obras, éste tenía una cierta obsesión por las púberes —tal vez, en los límites de la pedofilia. Alicia era un cuento que les contaba a estas chiquillas mientras las paseaba en lancha de remos, antes de invitarlas para que aceptaran posar frente a su cámara.

Satiriza a sus amigos, alude a la educación que, seguro, se les hacía gracioso a las chiquillas; caricaturizaba al gobierno y al sistema político con aquello de la Reina de corazones.

Sí, en general se trata del país de las maravillas de Carroll, complicado y parece que popular entre los autistas, los nerds y los matemáticos, pero el hecho es que es difícil terminar de leerla y entender los juegos de lógica. A fin de cuentas, prefiero ver esas otras historias lineales que, sin tanto rollo, nos mantienen en vilo como la Blanca de las nieves y sus siete enanos o la adorable Cenicienta.

viernes, 5 de marzo de 2010

A partir de la tempestad, el cambio

El Informador, Tertulia, sábado 6 de marzo, 2010.


(Helen Mirren como Próspera en La tempestad , una película que dirigió Julie Taymor y que estará en cartelera este año). Frente a los sucesos que modifican la vida de un día para el otro, frente al exilio y los cambios forzosos o frente a los planeados, no se me ocurre nada mejor que resumir, en esta tertulia, algunos descubrimientos que he tenido de una obra que inicia con la sensación de naufragio, de quedarnos sin nada para empezar desde cero a aceptar los cambios que se necesitan.

La tempestad es la última obra escrita en su totalidad por Shakespeare (1611) donde podemos conocer los factores que intervienen en el cambio y el papel que juega su arquitecto, así como, la transformación que es necesaria cada vez que entramos a una nueva etapa de nuestra vida.

Todo empieza con el caos de la tempestad y la angustia que expresan sus víctima peleándose y culpando a quien pueden. Se tiene la sensación de haber perdido todo y sólo se escucha —como lo escuchamos en tiempos de crisis—, el grito de ¡ya nos llevó...!1

Los pasajeros hacen un balance y están listos para aceptar el cambio que los salve de esa situación. Al mismo tiempo, Próspero hace otro tipo de balance y le cuenta a su hija lo que pasó hace años cuando los metieron a un barco, los adentraron en el mar para pasarlos a un bote medio roto y en tan mal estado que hasta las ratas lo habían abandonado... ¿me estás escuchando Miranda?

Pero en esas circunstancias Miranda fue como un querubín que le sonreía inspirada por una especie de fuerza celeste mientras su padre bañaba el mar con su llanto y gemía por su angustia, pero la sonrisa de su hija le daba el coraje necesario para soportar el incierto porvenir.

Ahora era é el que provocaba la tempestad y el cambio para recuperar su ducado y que las nuevas generaciones mejoraran su calidad de vida. Sabía de la angustia que se vive en el cambio, la separación, el derrumbe, pero también sabía su meta: provocar un mágico accidente y que la Fortuna le traiga a sus enemigos a la isla para arreglar cuentas, ahora que podía leer el futuro y que sabía que con el cambio, sobreviviría la nueva generación.

Miranda y el joven Fernando tendrían, sin duda, un mejor futuro aunque el viejo rey renegara de lo perdido y Gonzalo, su asesor, disminuía la angustia contando sus sueños alrededor de una utopía.

Una vez más, puede ponerse en el lugar de los que sufren del cambio y puede uno entender la resistencia que se ofrece, así como, poder reconocer que los viejos sólo sueñan que todo pasado fue mejor y los jóvenes enamorados, en que todo futuro será mejor.

Nine, Fellini al estilo del Folis Bergère

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 5 de marzo, 2010.


Nine es el título de esta versión cinematográfica del musical de Broadway con el mismo título: ¿será nueve por las marcas de cigarros que fuma Guido Contini (Daniel Day-Lewis) coleando sin parar? ¿O será por el medio punto que le faltaba al 8 1/2 de Fellini para redondearlo? ¿O por las nueve musas que lo rodean, como las nueve que engendró Zeus en nueve noches de amor con Mnemósine, personificadas por Penélope Cruz, la amante; Sofía Loren, “la mamma”; Marion Cotillard, la fiel esposa; Kate Hudson, la reportera del Vogue; Stacy Ferguson, Fergie o Saraghina, la prostituta de la infancia de Fellini; Nicole Kidman, la actriz preferida o Judi Dench, la vieja amiga confidente, encargada del vestuario o la bella Martina Stella?

En realidad no lo sabemos, pero lo que sí sabemos es que es un musical circular que recuerda al número redondo en la parte superior que de pronto baja como el rayo de alguna de las nueve esferas celestes o de los nueve los círculos infernales.

No tiene relación alguna con la simbología azteca y con las nueve etapas del alma antes de alcanzar su eterno reposo, pero, ¿habrán conocido los dos guionistas, Michael Tolkin y Anthony Minghella del festivo símbolo maya donde nueve era la cifra sagrada de diosa luna, Bolon Tiku, la diosa de la luna llena, como el rostro de Luisa (Marion Cotillard) Contini cuando aparece al final del film que, en realidad, es el principio del mismo?

Nos envolvemos entre la melancolía de Guido Contini que rebota entre los muros de la famosa crisis de los cincuenta años y de una aparente falta de creatividad o de sexualidad, deseando devorar a todas y cada una de las musas más o menos al mismo tiempo, como uno de los viejos sueños de Fellini, esos que dibujaba todos los días y que luego los convertía en escenas de sus películas como es el encuentro con Saraghina —para ser castigado como Joyce en el Retrato del artista adolescente (1916)—, donde va Guido-Fellini corriendo de niño por la playa con sus amigos para ver a la prostituta que, por unas cuantas liras, les muestre a los chiquillos boquiabiertos sus abundantes pechos o cuando están en la sala de proyección como era en Cinema Paradiso.

Las nueve secuencias musicales, unas mejores que otras, todas en el espíritu del Folies Bergère, el famoso cabaret de París que estaba en su esplendor hasta antes la segunda Guerra Mundial, en donde las musas de Guido pasan a un primer plano a bailar: Penélope, abriendo las piernas; Judi Dench, como conductora del show cabaretero, con muy buen humor, rodeada de las piernas largas y desnudas, como el coro de bailarinas que giran a su alrededor, mientras ella canta lo que podría hacer su amigo Contini, para salir de la depresión y volver a dirigir su película.

Así nos la pasamos entre la depresión y sus evasiones, entre la realidad y la fantasía escenificada con los musicales envueltos en la magia de un mundo que tiene como medida los nueve días y las nueve noches, como las que dicen que separan al cielo de la tierra y a ésta, del infierno o, a lo mejor, como eran los años de castigo como el que recibían los dioses perjuros del Olimpo o aquí Cine Cittá de Roma.

Las pasiones de la vida de Guido-Fellini, los momentos de lucidez mientras vemos cómo pasa el tiempo donde parece que el pasado había sido mejor, sobre todo ahora que vive esa falta de creatividad y del fuego divino de la inspiración o de la musa de fuego que siempre aparece entre los musicales, rodeado de mujeres impresionantes, como esas que sólo existen en los sueños o las películas de Fellini de los años sesentas o en el Folies Bergère de Paris.

lunes, 1 de marzo de 2010

La línea de sombra

El Informador, Tertulia, sábado 27 de febrero, 2010.


No puedo olvidar la sonrisa de Jenny, no puedo evitar asociar su historia —en realidad la de Lynn Barber—, con la vida de algunas de esas jóvenes que íbamos a ver a la salida del Sagrado Corazón, montados en nuestras bicicletas mostrando lo mejor de nuestras habilidades sólo para verlas y que nos vieran: ellas en sus uniformes con las medias caídas, los cuellos no tan blancos de sus blusas desabrochadas y las faldas, no tan cortas, pero lo suficiente como para disfrutar imaginarlas, mientras que, inocentes, buscábamos encontrar la mirada de quien más nos gustaba, aunque nos temblaran las rodillas.

Jenny (Carey Mulligan (Londres, 1985-) tiene 17 años y va en la prepa. Vive con la sonrisa de su inteligencia que le sale por todos lados y, por supuesto, va acompañada del buen humor, la gracia, la mentirilla piadosa y una realidad que hace a un lado por esas ganas de descubrir el mundo, la música de Ravel en un concierto, los pubs y el jazz y qué mejor descubrir Oxford o París y, de una vez por todas, saber qué es eso de hacer el amor a los diecisiete años recién cumplidos.

Traducida como Enseñanza de vida cuando en el original es An education —sí, la educación, La línea de sombra de Conrad, el paso del adolescente y su inocencia, a la madurez y las huellas en el rostro.

Está basada en las memorias de Lynn Barber —como pudo ser la de alguna ex alumna del Sagrado o de las Mercenarias— que interrumpieron el flujo de la vida, dejando caer por los suelos sus deseos de hacer una carrera para entregarse a la deliciosa frivolidad y a la farándula, en manos de un seductor sin dejar que se convirtiera en tragedia, sino en un melodrama, en donde confiamos que la sonrisa y su inteligencia la saquen de la barranca, aunque con todo y sus raspones que luego se curan, aunque queda huella.

Jenny cumple 17 años cuando vivía tranquila, oyendo y cantando las canciones de Juliette Greco, en uno de los suburbios londinenses, hasta que de pronto su mundo se tambalea cuando conoce a David (Peter Sarsgaard, 1971) un extraño comerciante mafioso de 35 años, que la corteja como todo un profesional con cenas elegantes, clubes y viajes, cigarros rusos, poniendo en peligro no tanto su honor —como le decían antes—, sino su futuro en la Universidad de Oxford y ahí estamos tensos, con ganas de advertirle. Por la sonrisa vale la pena ver esta historia tan cercana, ahora que Carey se está preparando para hacer My Fair Lady en el papel de Eliza Doolittle.

Pongo mi mano a fuego por esa joven actriz que viene sobre la ola de las actrices brit