miércoles, 26 de mayo de 2010

Autoconstrucción: improvisación a tres manos

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 28 de mayo, 2010.


(Escena de Autoconstrucción, fotografía de Andrea López). Abraham Cruzvillegas puso sobre la mesa a los personajes que recordaba en la autoconstrucción de esas casas levantadas quién sabe cómo en terrenos baldíos de la periferia del DF. Con esto, proponía reconstruir ese fenómeno en una versión fractal hasta convertirlo en una obra improvisada con tres de las bellas artes: las visuales de Cruzvillegas, la música de Antonio Fernández Ros y las escénicas de Antonio Castro.

Entre los tres crearon la obra Autoconstrucción en un solo acto que inicia, se desarrolla y termina de manera improvisada a tres voces, con objetos, música y textos que desde hace tres meses fueron surgiendo bajo la sombra de una música que crea el ambiente, mientras los objetos se transforman en mesa, cama o en nada como escanas de un drama que nos recuerda la angustia de sobrevivir, el mito de Sísifo y la corrupción de las autoridades y lo absurdo de todo ese inframundo.

El espacio o escenario está hecho al garete, de manera irracional en donde una especie de chamán, bruja o espíritu pintarrajeado (Katia Tirado) se despierta de su modorra para efectuar sus ritos de iniciación encuerada, mientras los saxofones bajos dan sus tonos como suspiros para que ella se monte sobre su escoba y, de pasada, nos enseñe, sin remilgos, las nalgas que las pasas, como las frutas que más se le parecen.

Merodean los albañiles (Alfonso Cárcamo y Mario Eduardo d’León) chiflando en ese lenguaje primario con respuestas precisas y alegres de una mujer que ha pisado tierra antes de empezar su labor de Sísifo: toma una piedra, la coloca sobre su cabeza, toma otra y la pone sobre el zapato y la tercera en la mano extendida para caminar por la cuerda floja del escenario como una Sísifo de ese terreno baldío.

No podían faltar los piropos y el machismo que la líder (Pilar Padilla) confronta directo y a la cabeza, diciéndole: ¡qué traes pendejo!... ¡sí, órale, bájate y llévame a un hotel... pendejo!... ¡cómo no!... si en tu vida has estado en uno...!

De pronto ha cambiado el tono y vemos a otra o la misma mujer recitando los principios básicos de la revolución proletaria y los diez mandamientos del Capital de Marx, mientras se revuelca y practica varias de las mil y una posiciones del Kamasutra mexicano al grito de guerra.

Autoconstrucción (la obra) estará en escena hoy, mañana y el domingo 30 de mayo (boletos en el 5256-2408) en la Galería Kurimanzutto (Gob. Rafael Rebollar 94) donde podrán disfrutar de esta experiencia y flotar con tres burbujas; una, del arte conceptual, dos y tres, la música y el drama.

El humor va parejo a la tragedia y el albur al lado del drama de una actuación esforzada como es el streep-tease del administrador de la justicia como en Medida por medida de Shakespeare, donde primero el funcionario insiste en que hay que aplicar la ley para que no siga siendo como un espantapájaros al que ya no asusta ni a las aves de rapiña, que se han acostumbraron a verla y se posan en su cabeza, para pasar a la corrupción y exigir el pago con el cuerpo de la mujer inocente.

De modo que es usted el primero en aplicar la ley y el primero que la hiere —le dice la mujer—, ¡qué bien se debe sentir tener la fuerza de un gigante y usarla como tirano!.

Autoconstrucción implica a la base de la pirámide y está hecha con materiales a la mano, plena de erotismo y de vida —como un baño a jicarazos de ella desnuda a pleno sol—, y con esos individuos que sobreviven, no sabemos cómo, entre la basura, la corrupción, el albur y el caos de ese inframundo, a la vez cercano y tan lejano.

jueves, 20 de mayo de 2010

La Eurídice de nuestro tiempo

El Informador, Tertulia. El Sonido y la Furia, sábado 22 de mayo, 2010


Otto Minera adaptó y dirigió la versión de Sarah Ruhl sobre el mito de Orfeo y Eurídice para hacer una versión moderna, elegante, divertida y brillante, con una asombrosa escenografía de Philippe Amand y un reparto de primera con Ana Serradilla como la bella e inocente Eurídice, Luis Gerardo Méndez como Orfeo y Arturo Barba como el Señor del Inframundo, además de «Las Tres piedras» que le dan su toque de humor negro, además del vestuario diseñado por María Y Tolita Figueroa.

Eurídice está en la cartelera del Teatro Helénico en la ciudad de México y es una obra en donde Sarah Ruhl le quitó el peso de encima del mito original para hacer una obra ligera como una paloma, como es la joven Eurídice que, en esta versión, es la protagonista principal que muere el día que se casa con Orfeo, un músico obsesivo que, atormentado por el suceso, convence a los dioses para que pueda entrar por ella al inframundo, siempre y cuando no volteé a verla antes de salir a la luz del día.

Ruhl le da la vuelta al mito y ahora es Eurídice la que tiene el micrófono: adorable, frívola, sin habilidades musicales por lo que Orfeo se queja y le agregó al mito, al padre de la joven que la extraña como al demonio allá en el inframundo. Por eso, cuando ella llega y se reencuentran, están felices: vuelven a jugar, a gozar con buen humor de sus recuerdos y de su amor —como buena Electra—, contándose cuentos y recordando cuando eran felices sin dejar de reír.

Cuando Eurídice decide salir con su marido del inframundo, su padre se hunde en el Aqueronte para convertirse en piedra —como si fuera una segunda muerte—, pues no puede soportar su ausencia después de haber cantado como pájaros enjaulados y de haber vuelto a reír de las mariposas de colores.

Las buenas obras de teatro son espejos y nos podemos poner en el lugar de los demás. Tal vez por eso no pude dormir pensando en el reencuentro entre Eurídice y su padre y sin querer me puse en el lugar de uno de mi amigos que, estoy seguro, extraña a su hija como loco —la Eurídice de nuestros tiempos.

Toda la noche recordé la felicidad con la que nos contaba las mil y una peripecia desde que era una niña e iban los dos por el mundo riendo, jugando y contándose cuentos para sobreponerse al miedo de los demonios con las que competía.

Toda la noche ví reflejado en el espejo de Eurídice a la hija de mi amigo y a su padre en el inframundo, mientras sucedía la trama, sólo para comprobar que una obra como esta, nos permite ponernos en el lugar de los demás.

Xavier Pizarro y la energía del jardín

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 21 de mayo, 2010.


Sin duda, Oaxaca es un buen lugar para que trabajen los pintores. Es posible que se deba a la luz que es diferente en esa región y les permite ver las cosas de otra manera, como si de pronto, todo se aclarara para que descubran, por primera vez, el color de las cosas y de la naturaleza: Tamayo enloqueció con ella y se puso a pintar unas sandías tan rojas como nunca las hemos visto; Toledo, imagina a unos bichos y crea toda una fauna uno tras el otros, en fila india, haciendo el amor sin pena alguna, resguardados por la sombra de la paleta del artista, como si eso fuese suficiente para ocultar lo que hacen.

Hace un par de años Xavier Pizarro decidió irse a trabajar a Oaxaca y, entre otras cosas, ahora, las pinceladas que ha dado las expone en la ciudad de México para que las podamos ver —y comprar—, pues sólo estarán un día, el martes 25 de mayo de las 19:30 a las 22:00 horas en los Talleres Barragán de la calle del Gral. Francisco Ramírez número 17 en Tacubaya.

Esta exposición ha generado sus expectativas, pues queremos ver cómo es esta obra, queremos celebrar con el artista la vigencia de su oficio y ser testigos de los efectos primarios en su obra de esa nueva vida, después de irse a vivir a esa ciudad envuelta por una luz como nunca he vuelto a ver, una luz como la que hablábamos al principio y que tan bien les viene a los que ejercen ese oficio, sobre todo si se mezcla con un poco de soledad y el deseo de mostrar una nueva faceta de las cosas reales o imaginarias dentro de una nueva perspectiva.

Volcán, flor, galaxia, la misma materia y energía, es una obra prima del otro volcán con blanco en la cumbre poniente que nos permite asomarnos, como seguramente lo hizo cuando sobrevolaba rumbo a Oaxaca, hacia el oriente y ver el valle hasta el horizonte.

Desde Oaxaca Xavier ve las cosas de otra manera: el paisaje es nítido, como lo podemos constatar cuando viajemos —la vida como viaje—, pues bien sabemos que la única manera de poseer a la belleza es dibujándola —como sugiere John Ruskin—, y por eso, debemos detenernos en el camino, sacar la libreta y observar con cuidado los detalles. Pero si uno es artista, como lo es Pizarro, entonces, puede interpretar ese ámbito de la belleza, trazando con puntos suspensivos todo lo que se imagina está detrás o alrededor de lo que está viendo, como lo hizo con la belleza y el contraste del volcán y el valle, desde la altura rumbo al Sureste mismos que, en otros tiempos, eran paisajes que pertenecía a la región más transparente del aire o al territorio de la águilas.

Depurada su técnica, ha recortado a su modelo como si fuera una escultura, haciendo pequeñas rebanadas, una tras otra, mismas que se van trepando hasta las nubes, hasta donde se frunce la boca del volcán, sin humaredas, como vemos desde nuestra ventana en Tlalpan al amanecer, cuando nos asomamos, antes de que otra cosa suceda para disfrutar de su majestuosidad.

Ahora Xavier también enfrenta otro tipo de ruptura. Es culpa de la claridad con la que se ven las cosas cuando se asoma al valle de Oaxaca para incluir en la oscuridad a Monte Albán y asegurar que no existe pruebas de la existencia de un ser superior... y menos, que sea absolutamente poderoso, como no sea el universo en sí mismo... y, sin mayores especulaciones, se concentra a pintar La energía del jardín, en donde reverbera el color y la luz que lo ilumina en esta etapa de su vida que ha pasado del blanco y negro a la paleta completa de colores.

jueves, 13 de mayo de 2010

Música radiante como el mes de mayo

El Informador, Tertulia, sábado 15 de mayo, 2010.


(Como si estuviéramos en Parín escuchando a Chopin en la casa de George Sand, la baronesa Dudevant) Ayer, viernes 14 de mayo, inició la Fiesta Cultural de Mayo que este año cumple los trece de vida. La fiesta dura toda la segunda quincena del mes y con tanta cosa que ver y oír servirá para distraerse del calor hasta el 31 de mayo, unos días antes de que llueva o no llueva, empiece el tiempo de aguas.

La cultura —según la UNESCO—, nos da la capacidad de reflexionar sobre uno mismo, hace de nosotros seres humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos y, a través de ella, el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo. Por eso dido que la fiesta cultural debería llevarse a cabo durante todo el año, pero así son las cosas y nada qué hacer más que tratar de sacarle el jugo a lo que traen ahora y que cumple tantos años como el de la buena suerte.

El pianista húngaro Gergely Bogani empezó a tocar en el Degollado y podrán escuchar su interpretación de algunas obras de Chopin el 25, 29, 30 de mayo y el 3 de junio. Es un artista que se ha mimetizado con el compositor a tal grado que, por momentos, pensamos que estábamos en una de esas veladas en París como las que le organizaba su mujer, George Sand o baronesa Dudevant.

Cuando lo escuchamos en la ciudad de México, disfrutamos de la música íntima interpretada por este hombre como si estuviera espulgando los nocturnos, las mazurcas y los preludios hasta encontrar la mejor manera de expresarlo.

La música de Chopin tiene ciertos trazos que le dan vida a la historia hasta su desenlace. Es como si hubiera inventado un lenguaje especial para expresar lo que traía dentro en plena ebullición, es como si nos cantara y cantando nos describiera cada una de sus emociones —a veces encontradas—, y que podemos entender mejor si hacemos los gestos equivalentes a los sentimientos que creemos está interpretando.

Su música es audaz y se propaga entre el mundo de lo sensible y lo punzante, entre el placer y el dolor y Chopin tuvo la energía para componer sus piezas forradas con tanta elegancia, como la que existe en el ámbito ideal de la Belleza.

El Festival en el Degollado tiene otras opciones musicales: Néstor Marconi, interpretará tangos y música de Piazzolla con la OFJ el 28 mayo; Roberto Díaz y su viola interpretará una selección de tangos el 21 mayo y luego, el 23, junto con Andrew Tyson al piano, interpretarán una sonata de Brahms y otra de Shostakovich. También estará el Octeto Ibérico de Violonchelos el 26 de mayo, con obras más bien extrañas: Tres canciones de Beiramar y las Siete de Revueltas.

Ojala lo disfruten.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Volver al canto y a contemplar las flores

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 14 de mayo, 2010.

El 30 de diciembre de 1976 inauguraron la Sala Nezahuacóyotl en el Centro Cultural Universitario de la UNAM. Desde entonces, hemos asistido —casi religiosamente— a la temporada de la Orquesta Filarmónica de esa Universidad y, durante el verano, a la de la Orquesta Sinfónica de Minería. Hoy podemos regresar una vez que han terminado de darle una muy buena “mano de gato.” Cada vez que asistimos, nos trasladamos a otro mundo por estar en esa sala que acústicamente es perfecta como si fuera "otro instrumento musical”, tal como decía Christopher Jaffe, el experto en acústica que fue invitado por Eduardo Mata para que diseñara las tripas corazón.

Pablo Espinosa escribió sobre la Sala Nezahuacóyotl y cuenta cómo esa noche, ”después de dos años de hormigueo... apareció entre la lava volcánica y el fondo de los volcanes, una nave polígona de concreto con su alma acústica que hoy, por vez primera, laten sus afanes filarmónicos... Es la Luna anterior al año viejo y la nave tiene grabada una estela de piedra al pie de su entrada con cuatro líneas del poeta Nezahuacóyotl, mismas que fueron traducidas por Miguel León Portilla y que dicen:

Por fin lo comprende mi corazón:
escucho un canto, contemplo una flor:
¡Ojalá no se marchiten!


Y así nos ilustra este poeta que nuestro corazón —por fin— ha comprendido cuál ha de ser su camino y, por eso, desea que los cantos y las flores no mueran.

El poeta no tiene dudas y estamos seguros que en su corazón encontró las flores y los cantos tanto con vida como con sus raíces —sí, las alas y raíces, como dicen por ahí que hay que promover. Tal vez por eso escribió un día esta reflexión:

No acabarán mis flores,
no cesarán mis cantos.
Yo cantor los elevo,
se reparten, se esparcen.
Aun cuando las flores
se marchitan y amarillecen,
serán llevados allá,
al interior de la gran casa
del ave de plumas de oro.


Espinosa nos cuenta cómo, durante la noche de diciembre del 76, la flor y el canto cobraron sentido, pues “la poesía de Nezahualcóyotl reverberaba en el eco que se anida entre los pliegues de la lava volcánica, asomándose al Iztaccíhuatl y al Popocatépetl —pálidos y blancos en esas fechas—, que supieron de los afanes del poeta, arquitecto y sabio en las cosas divinas, como fue el señor Nezahuacóyotl (1402-1472) que, además de dejarnos su poesía era un tlamatini o el que sabe algo, el que medita y discurre sobre los antiguos enigmas del hombre en la tierra, en el más allá y en la divinidad, el que nos legó varias maneras de imaginar la flor y el canto, ese hombre que durante su largo reinado de más de cuarenta años, fue protagonista de una de las épocas de mayor esplendor, como resulta cuando florecen las artes y la cultura.”

Esa noche de diciembre, la Orquesta Filarmónica de la UNAM colocó en sus atriles las partituras del concierto que habían programado para que Eduardo Mata dirigiera unas fanfarrias, breves poemas de Silvestre Revueltas, antes de los tres movimientos de la Sinfonía india (1936) de Carlos Chávez, una obra que marca, con su clima arcaico y austero, más que la reconstrucción arqueológica —como decía Yolanda Moreno Rivas—, un eco del nuevo esplendor cinco siglos después y que han sido, sin duda, los cimientos y la raigambre de esa nave poderosa que emprendió su vuelo.

Ahora, con la comodidad de sus butacas, la acústica perfecta y las diferentes ópticas para disfrutar los conciertos, son un nuevo homenaje al tlamatini, y podremos regresar después de esa “mano de gato” que le dieron, para que volvamos aquellos que nos quedamos huérfanos del canto y de las flores, para volver a escuchar la música que retumba en centro de esta sala recién maquillada.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Hace mucho que te quiero Kristin

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 7 de mayo, 2010.


(Kristin Scott Thomas como Masha en la obra de Chéjov). Casi todos los papeles que ha hecho Kristin Scott Thomas —a excepción de la amante del paciente inglés, cuando éste estaba en plenitud de sus funciones—, es el de una mujer introvertida que contiene sus emociones, que es incapaz de desahogar su carga emocional y que se comporta de una manera extraña: metida en sí misma, solitaria, egoísta o frígida, puede ser una amante apasionada si logramos ponerle el dedo en la llaga.

Esta contención es notable en la película de Philippe Claudel (1962-), Il y a longtemps que je t’aime — Hace mucho que te quiero —todavía en cartelera— y la contención de Juiliette Fontaine es tal, que marca el ritmo de la película, para hacerla un poco lenta, como si de esa manera pudiéramos soportar la soledad.

Esta es una de esas películas que entre menos sepamos de qué se trata, más la disfrutamos. Por eso, como ustedes se podrán imaginar, me contengo —como ella— de contar lo que sucede y, por eso, no escribo sobre su trama, negándome a hacer algún comentario por respeto a mis lectores. Mejor, el recuerdo del amor que les he tenido, desde hace mucho tiempo, a las mujeres que son como Kristin.

Cuando la vimos en Cuatro bodas y un funeral (1994), era Fiona una soltera enamorada sin ser correspondida por Charles (Hugo Grant), que no se enteró de esa pasión hasta poco antes del funeral de su amigo, cuando ya era demasiado tarde, pues en una boda se le había atravesado Andie MacDowell en el papel de Carrie, una gringuita de no malos bigotes.

En Londres la vimos como Masha, una de Las Tres hermanas de Chéjov en el 2003, una mujer que se evadía su realidad leyendo un libro y chiflando una melodía mientras sus hermanas recordaban con nostalgia sus años en Moscú. Casada a los 18 años de edad con el profesor de la prepa que le pareció un hombre talentoso, ahora, lee y chifla hasta el día que llegó Vasili Vasilévich de Moscú, el sargento enamorado, un romántico, melancólico e infeliz capitán, casado con una mujer suicida. Masha se deja seducir y al final la vemos cómo se desvanece después de besarlo en la boca, sin importarle que su marido estuviera al lado, sólo para quedar abandonada y sin esperanza alguna. Por cosas como esas, hace mucho que la quiero.

La vimos como Lady Anne en Ricardo III (1995) con Ian MacKellen quien, a pesar de haber matado a su esposo y a su suegro, la seduce para poseerla por poco tiempo, como dice en un aparte con el cinismo que lo caracteriza.

Kristin Scott Thomas nació en Redruth, Cornwall (Cornualles) en 1960, al suroeste de Inglaterra, una de las regiones más visitada de la Isla y escenario de las leyendas del rey Arturo y de Tristán e Isolda. A los cuatro años, huérfana de padre, se mudó a Dorset y a los 19 se fue a estudiar a París a la École des Arts et Techniques du Théâtre con su maestro, Marcel Bozonnet. Desde entonces vive en Francia. Se casó con el doctor Francois Oliviennes con quien vivió hasta el 2005 y con quien tuvo tres hijos.

Kristin se considera más francesa que inglesa: habla y actúa en francés como si fuese una nativa y ahora, que cumple 50 años, no le importa confesar su edad —aunque a veces dice una que otra mentirita. Disfruta ser actriz de cine en donde dice que vive ocho vidas diferentes, pero le gusta más el teatro, donde la experiencia es poderosa y perdura más tiempo.

Me he contenido y no he hablado de la trama de la película. Seguro me he mimetizado pues desde hace mucho, no sé por qué, me han gustado mucho ese tipo de mujeres.