miércoles, 30 de junio de 2010

Vicente Rojo: el circo luminoso de su vida

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 2 de junio, 2010.


(Sombrero 3) Dicen que cada quien habla del circo según le fue y por eso creo que a Vicente Rojo le fue de maravilla porque nos ofrece una de sus caras más luminosa como es la de los payasos del circo que apenas salen a escena y nos estamos carcajeando porque exageran y hacen travesuras —que se nos antoja imitar— sorprendiéndonos cuando lanzan un balde que, en lugar de agua helada, tiene confetis de todos colores, antes de perseguirse con sus zapatones, intentando darle en las nalgas con un palo al otro hasta que uno de los enanos le mete zancadilla pues son más audaces que los gigantones y así, sucesivamente, los vemos hasta destornillamos de risa.

Por los Payasos habla la verdad
como escribió Freud, la broma no existe:
todo se dice en serio.

Sólo hay una manera de reír:
la humillación del otro. La bofetada,
el pastelazo o el golpe
nos dejan observar muertos de la risa
la verdad más profunda de nuestro vínculo.


Como escribió a propósito José Emilio Pacheco en su Circo de noche.

Todo el mundo es un circo y todos los hombres y las mujeres simples cirqueros que tiene sus entradas y salidas; un hombre en su tiempo, hace mucho circos y dependiendo de sus habilidades anda todo el tiempo por la cuerda floja o sale disparado como bala o es malabarista y los más audaces, hacen acrobacia por el aire y confiados dan un salto mortal antes que lo rescaten y lo pongan a salvo.

Ahora Vicente Rojo es el que ha dado un salto desde las alturas de su arte, tal como lo podemos ver en la Galería de López Quiroga —Aristóteles 169 en Polanco—, donde nos sorprende, como los payasos, porque desconocíamos esta faceta como artista y nos recuerda a aquel incansable e introvertido artista que, de pronto, decide vestirse de payaso, recorrer la pista de la galería con su nariz y uno de los sombreros que usan, calzarse sus zapatones y preparar cincuenta gouaches sobre papel y varias maquetas de su Circo dormido como si hubiese estado en las tres pistas, mientras escucha satisfecho a su público que levanta las cejas asombrado de ver cómo ha podido este artista destilar la esencia y el colorido de la vida con tan buen sentido del humor.

El recuerdo de la infancia —tal vez del Circo Atayde Hermanos— o de haberlo imaginado o estado algún día en la vida en medio de ese sufrir tan disparejo como es la adrenalina al ver los que arriesgan la vida y el desahogo cuando salen los payasos y entre ese vaivén, pasamos del susto a la carcajada, desahogándonos de las fatigas o que nos libera de la carga de ser, la imposible costumbre de estar vivos, como escribió el poeta.

Rojo se ha puesto a jugar con la misma seriedad con la que lo hacen los payasos cuando ensayan sus rutinas hasta que nos sorprenden, como logra hacerlo en casi todos sus gouaches alrededor del Circo dormido y que al verlas, se nos antoja ponernos el sombrero, la nariz y hacer reír a los nietos que nunca se imaginaron a su abuelo de esa manera.

Disfrutamos del factor sorpresa, del colorido y del buen humor de un Vicente Rojo que dejó de ser aquel introvertido, aunque sigue trabajando como lo hacía en la otra vida cuando diseñaba en la Imprenta Madero hasta las tres de la tarde para irse a su estudio y seguir ensayando con sus geometrías, lluvias secas o volcanes amenazantes y ahora, mejor se planta en la pista, se pone su nariz roja, se calza sus zapatones y nos regala la luz como la que nos puede regalar un artista en plenitud de sus funciones.

jueves, 24 de junio de 2010

El mundial en 3D, una realidad virtual

El Informador, Tertulia, sábado 26 de junio, 2010.

(Soccer City en Johannes- burgo). Todo parece indicar que la 3D llegó para quedarse y ser parte de nuestra realidad aunque esta sea virtual como la que ahora disfrutamos con singular alegría. Por virtual me refiero a la tecnología que nos permite reproducir los sucesos de tal manera que uno tiene la sensación de estar en el centro de la acción como parte de un espacio tridimensional —como si estuviera uno ahí mismo— y, sin embargo, saber que son varios efectos ópticos que nos permiten observar a un conjunto de imágenes en movimiento como si fuesen reales.

Hace cinco años trabajé con Felipe Bracho en el proyecto de Enciclomedia primaria donde, entre otras cosas, construimos varios viajes virtuales —bidimensionales, pero con 360º de visibilidad— de los sitios arqueológicos para que los estudiantes pudieran llegar, recorrer los edificios y ver sus detalles. Lástima que la estupidez en los cambios sexenales de la SEP los hayan guardado en su escritorio.

Pero la 3D llegó para quedarse y no sólo en producciones cinematográficas como Avatar o Alicia en el país de las maravillas con esas mariposas que volaban a nuestro lado, sino en la TV y con las transmisiones en vivo y en directo, contundentes, cercanas a la realidad virtual y lejanas de donde estamos, como algunos de los partidos del mundial que transmiten en vivo y directo en 3D ahora en algunas salas de Cinépolis, como fue el partido en el Soccer City de Johannesburgo —donde sí tienen esa tecnología— cuando vimos a Brasil vs. Costa de Marfil y, mañana —¡Dios mío!—, a México vs. Argentina.

Tuvimos la sensación de estar a nivel de cancha tal como nos ofrecen esas cámaras que nos acercan la jugada y a los jugadores como si estuviésemos en la banca con las reservas. Cuando celebraban los brasileños su gol, estaban muy cerca de nosotros.

Dos sugerencias con el sonido: una, que le bajen el volumen de los cronistas que atarantan tanto, pues, si estuviéramos, como creemos haberlo estado en el mismo Estadio, no habría narración altisonante. Dos, que escuchemos más el ambiente del Estadio, pues eso nos acercaría más a tener la sensación de estar ahí mismo.

Los teóricos califican los niveles de la virtualidad y su semejanza con la realidad uno, si son compartidas y percibidas como un acto colectivo y, dos, si están relacionados con el mundo físico y una producción artística: les prometo que lo que vimos durante 90 minutos lo compartimos colectivamente —con todo y sus emociones— y estrictamente hablando fue una coreografía improvisada en el espacio por once jugadores de cada lado, moviéndose de tal manera que pretendían ganarle al otro. Por eso digo que estas transmisiones han logrado una virtualidad casi perfecta.

miércoles, 23 de junio de 2010

Mahler: su vida contenida en sus obras

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 25 de junio, 2010.


(Alma y su hija Anna). Si Alma Schindler hubiese escuchado a fondo las composiciones que Mahler tenía listas en 1901 cuando la empezó a cortejar, tal vez hubiese sabido a qué atenerse y le hubiera costado menos adaptarse a su vida matrimonial, pues sabemos que esas obras están entretejidas tanto con algunos elementos de su vida interior como otros externos pero que, en su conjunto, son la clave para conocer su verdadera naturaleza: toda mi vida está contenida en mi obra —escribió Mahler— y he puesto en ellas mi experiencia, mis sentimientos y mis sufrimientos... cualquiera que sepa escucharlas, podrá ver con claridad cómo soy y cuál ha sido mi vida...

Alma Schindler, diecinueve años más joven que Gustav Mahler, decidió atrapar a la joya de la corona musical de Viena para dejarse exprimir hasta que enviudó, nueve años después en 1911, con suficiente jugo como para que Gropius y Werfel la disfrutaran como se disfruta de una fruta madura.

Gustav era el hermano mayor de catorce y trató de evadir la realidad y se escondió detrás de su piano, pues tenía un padre que acosaba a las sirvientas, dominaba a su esposa, la frágil Marie y era brutal con sus hijos, pues, a la menor provocación, los azotaba furibundo. Todo esto sucedía en medio de un paisaje idílico como es Bohemia, donde creció hasta que se fue a estudiar a Viena.

El jueves 1º de julio inicia la temporada 2010 de la Orquesta Sinfónica de Minería bajo la batuta de Carlos Miguel Prieto en la Sala Nezahuacóyotl donde podremos escuchar, entre otras obras, las primeras cinco sinfonías de Mahler que revisaré cada otra semana, para ver si descubro nuevos elementos que nos permita disfrutarlas más.

Sabemos que Justine, una de sus hermanas más queridas de Gustav, jugó de niña a la muertita encendiendo veladoras a su alrededor y acostándose en el centro como si fuera la difunta. Esta escena que la que vimos después en los Juegos prohibidos (1952) de René Climent, le vuelve a suceder a Mahler cuando era director de orquesta y un día, al entrar a su camerino, se ve rodeado de flores y se siente, aterrado, como el difunto al que están velando. Todo esto, lo escucharemos en la Segunda Sinfonía cuando trata de esos ritos funerarios con conocimiento de causa.

En su obra va incorporando la angustia que puede uno sentir al tratar de disfrutar la belleza efímera, así como, la fragilidad de las emociones, al mismo tiempo que trata de responder varias preguntas como, ¿qué tan oscuros son los cimientos sobre los que levantamos nuestra vida? ¿Por qué tenemos que trabajar tan duro y sufrir tantas penas? ¿Cómo poder entender que haya tanta crueldad y malicia en una creación que se supone realizó un Dios todo bondadoso?

Mahler sabía que sus obras deberían sostenerse musicalmente sin mayores explicaciones, pero también sabemos que, en cada una de ellas había puesto elementos subjetivos y cosas del mundo exterior, como eran el canto de los pájaros, las marchas militares, las fanfarrias y el sonido de las campanas y algunos fragmentos de música popular y que todo esto, lo entretejía con su mundo interior para dejarnos a nosotros que confrontáramos esos dos mundos y pudiéramos vernos reflejados en ese espejo, en donde podemos reconocer algunas de nuestras emociones y sentimientos alrededor de la vida, el amor y la muerte.

En general, la obra de Mahler tiene una espiritualidad sin límites —lo sabía Alma Mahler, pues decía que se había inspirado en Bruckner— y, con esa mezcla que hizo de los sentimientos interiores y los efectos externos, encontramos expresiones que van desde su delirio de grandeza (maestoso), como el silencio y los movimientos fluidos (in ruhig fliessender Bewegung) y nostálgicos, como también otros momentos de alegría e inocencia, entre la vida y la muerte y lo que encontramos de por medio.

jueves, 17 de junio de 2010

Probabilidades del Melate o del Me-urge

El Informador, Tertulia, sábado 19 de junio, 2010.


(Linus Larrabee y Sabrina en Nueva York). La fantasía de sacarse la lotería es algo superior a cualquier argumento racional. Más todavía, si se trata del Melate –que para algunos se ha convertido en Me-urge. Yo, como miles de personas, compro de vez en cuando un número al azar y así me hago ilusiones por un rato y aguanto la frustración de no atinarle a un solo número o, en mejor de los casos a tres y con eso, ganar $40 pesos, como si fuera un reintegro. Pero casi siempre sueña uno entre el día de la compra y el día del resultado.

Las magnitudes que ofrecen como premio son fuera de serie: $564 millones el miércoles pasado, por ejemplo y eso lo empiezo a repartir tomando varias decisiones inversamente proporcionales a la realidad: hago y deshago cantidades nunca antes vistas, primero entre la familia y luego, mejor compro un departamento en Nueva York con una vista parecida la que tenía Linus Larrabee desde su oficina, viendo el muelle donde atracaba el trasatlántico de la French Line y desde ahí, escuchar las sirenas cuando van o vienen rumbo a Paris, como las escuchó con Sabrina cuando estuvo a su lado; luego, un piso en Southwark, Londres, con vista al Támesis, cerca del Modern Tate y El Globo y así sigo gastando o invirtiendo hasta el agotamiento.

Mejor enfrentar la realidad —me dije— y saber cuáles son las probabilidades matemáticas de ganarlo. Le pedí a María Trigueros, amiga y maestra de matemática de primera magnitud, que me ayudara a calcular las probabilidades de sacarse el premio del Melate atinándole a los 6 números del 1 al 56. Se llama análisis combinatorio y la ecuación es la siguiente: 56! / 6!*(56-6)! es decir, factorial de 56 (56*55*54*53 ... *3*2*1), entre factorial de 6 (6*5*4*3*2*1) por el factorial de (56-6), es decir factorial de 50.

Calculo todo esto en Excel y me da 32,468,436, una cantidad millonaria. Para saber las probabilidades matemáticas de sacarme el premio mayor con un boleto, divido 1 entre los 32,468,436 y me da 0.000000030799143 un número de la familia fraccionaria primo hermano del cero.

Cuando le explico esto a mi mujer, me escucha y me contesta sin dudarlo un momento: Está bien, Martín, entiendo que es casi imposible... pero, ¡alguien se lo ha sacado!, ¿o no? —y, con esto, recibo un knock out técnico, le doy delete a los cálculos que hice y salgo a comprar otro Melate con mis $20 pesos.

De regreso a mi casa, caminando por la calle empedrada de Tlalpan donde vivo, pienso en la próxima temporada del Metropolitan Opera House en Nueva York y en las funciones de El Globo en Londres y, sin más me digo: total... soñar, casi no cuesta nada.

miércoles, 16 de junio de 2010

Se trata del amor, la separación y la muerte

El Universal, La Guía dl Ocio, viernes 18 de junio, 2010.


(Christopher Plummer como el conde León Tolstoi). Y todo esto sucede en el último año de la vida de Tolstoi (1828-1910), según la versión de Michael Hoffman y su más reciente película, La última estación, con Christopher Plummer como el conde ruso y autor de La guerra y la paz, Ana Karenina, Los cosacos y La Sonata de Kreutzer entre otras, quien a los 82 años de edad andaba por la vida con sus largas barbas encanecidas e hirsutas, convertido en un especie de santón ruso, con todo y feligreses como los que habitaron una comuna cerca de Yasnaya Polina donde buscaban la paz y el amor —disociado al sexo—, eran vegetarianos, evitaban matar a los animales de la naturaleza, cuidando el ambiente y estaban en contra de la militarización.

La comuna la dirigía Vladimir Chertkov (Paul Giamatti), el Vicario sobre la Tierra quien fue la cuña que abrió hasta los cimientos la grieta que se había formado en los muros de la vida amorosa del conde con su esposa Sofía Andreyevna Bres (Helen Mirren), quien desde jovencita se había entregado en cuerpo y alma a su marido que, a su vez, le exigió desde siempre cumplir sus obligaciones: concebir y dar a luz a sus hijos (13); trabajar como secretaria y pasar en limpio los extensos manuscritos —copió hasta seis veces La guerra y la paz, una obra que es tan grande que, si bien nos va en esta vida, la leemos una sola vez—; ser su agente y negociar con el Zar el permiso para que se publicara en Rusia La Sonata de Kreutzer, la obra reciente en donde Tolstoi abandona la escritura panfletaria y desea demostrar —como parte de su locura senil— que todas las mujeres casadas son putas. La condesa también era responsable de la casa —la ambientación no puede ser mejor— y, en su tiempo, darles de mamar a los trece hijos según iban naciendo y conforme crecían, vestirlos, educarlos y darles de comer y de beber tanto a ellos, como los seguidores de su marido que pululaban como moscas en el verano.

Valentín Bulgakov (James McAvoy) fue su secretario —y es el autor de El último año de Tolstoi—, un joven parroquiano emocionado de estar cerca del maestro —hasta el estornudo—, que actúa como triple agente dividido entre la fidelidad con el conde, la condesa y el Vicario, quien lo había recomendado. Masha (Ferry Condon) lo inicia en los ritos de amor sexual y esa relación ilumina la trama, que, por el otro lado se oscurece desde antes que el viejo conde decida irse de su casa y separarse hasta el día de su muerte.

En su senectud renunció a los derechos de autor —más de un millón de rupias—, para donarlos a los pobres a través del Vicario. La condesa trató de impedirlo hasta el último momento, pero el viejo paranoico abandona su casa —como el rey Lear, abandonó la suya— para irse a viajar en tren hasta que llegan a Astapovo —la última estación—, para morir ahí, reconciliándose con la condesa mientras boqueaba.

Esa muerte pudo haber sido parte de una novela de Dostoyevski. Agotado de escribir esas obras de arte como La guerra y la paz, se dedicó a escribir panfletos y tratados para sus seguidores hasta que volvió a La Sonata en donde defiende a un enloquecido misógino —espejito, espejito— que ha matado a su mujer —o sus deseos inconscientes— por celos infundados —un Otelo de la estepa rusa—, culpando a Sofía de ser la causa de todos sus males. Finalmente —no lo vimos—, fue enterrado en Yasnaya Polina en medio de un bosque de abedules, cerca de la tumba de su hermano en donde León creía que estaba enterrado el secreto para que los hombres dejaran de pelear y pudieran vivir en una hermandad per secula seculorum, amén.

jueves, 10 de junio de 2010

Llueva o no llueva es tiempo de aguas

El Informador, Tertulia sábado 12 de junio, 2010.


Desde siempre la gente asocia a los fenómenos de la Naturaleza con los santos y los dioses, tal vez por eso el 15 de mayo —en plena época de secas— resulta que es el día de San Isidro Labrador y la letanía de quita el agua y pon el sol, es como los deseos de los agricultores que siembran de temporal y se sorprenden con los aguaceros de mayo que este año fueron muy esporádicos.

Ellos saben que el 10 de junio, llueva o no llueva, es tiempo de aguas, aunque otros aseguran que es el 24 en pleno verano el día que señalan en el Más Antiguo Galván como el día de San Juan Bautista, cuando sus aguas bautismales en Jordania se convierten en baldes con los que la gente se empapa en la calle.

En la antigüedad creían que el clima dependía del estado de ánimo de esos dioses representantes de las fuerzas elementales de la Naturaleza, como son Titania y Oberon, fuerzas que la gente de campo conoce como la palma de su mano y que saben bien que, cuando discuten y pelean, se desata el caos y empiezan a caer unos chubascos como esos que recordamos caen en Guadalajara o en Chapala —hace años que los disfruté—, sin aceptar que se originan gracias a las tormentas tropicales, huracanes o ciclones gestados en el Caribe, Pacífico o Atlántico y contabilizadas alfabéticamente que, cuando son tantas que no les alcanza, le dan otra vuelta a la tuerca: Ágata fue la primera tormenta que se originó en el Caribe este año y que barrió en el Sureste, empapando desde Guatemala hasta “Guatepeor”, incluyendo las blancas playas de Cancún en Quintana Roo. Son ellas las que arrastran las negras nubes cargadas de agua que tanto deseamos caigan para que se apacigüe el calor que este año pegó de frente.

Titania sabía lo que pasaba cuando se enojaba con Oberon: los aires, llamándonos en vano con sus flautas del mar, en venganza, absorben contagiosas nieblas, las cuales, se precipitan sobre la tierra, para volver a los humildes ríos en orgullosas corrientes que luego se desbordan de sus riberas.

En medio de nuestro sueño de una noche en el verano, nos levantamos para cerrar la ventana y escuchar sonámbulos el trueno profundo, ronco y largo que se extiende zigzagueando por el horizonte hasta sentir las primeras gotas que caen y que van formando una corriente que cae del Poniente al Oriente, rumbo a la Calzada Independencia —bicentenaria— con la que jugábamos, en los años cincuenta, nadando en la empedrada López Cotilla casi con Tolsa, felices de que se hubiese terminado el insoportable calor de mayo.

miércoles, 9 de junio de 2010

El arco y la flecha a propósito de Robin Hood

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 11 de junio, 2010.


(Russell Crow como Robin Hood en la película que dirige Ridley Scott). La venganza se ejecuta mientras Godfrey, el poderoso consejero del rey, huye a caballo por la playa y Robin, el vengador y hasta ese momento uno de los mejores arqueros de Inglaterra, coloca la flecha, curva la madera, tensa la cuerda y la suelta la saeta para que recorra el espacio en una curva calculada con precisión para que pegue en el blanco para nuestra satisfacción y le atraviese el cuello como por el arte de la magia como esa que se estila en los cuentos y en las leyendas como la que Ridley Scott nos cuenta ahora desde una perspectiva histórica, en una película que ya tiene rato en cartelera y, por eso, supongo que la han visto, en donde volvemos a saber de este personaje legendario.

Me gustaría compartir algunas citas asociadas con el arco y la flecha de Robin Longstride (Russell Crow) —el Robin Hood de los bosques de Nottingham—, que toda su vida intenta vengarse de los que abusan del poder, amparados por la corona de Inglaterra a finales del XII o principios del XIII de nuestra era.

Me viene a la cabeza esto que tiene que ver con la flecha —independiente del recuerdo de un accidente que produje cuando era niño y me sentía el Robin Hood del Paseo de la Reforma, cuando, sin querer, tensé el arco, libré la flecha y le di cerca del ojo a uno de mis primos —Adrián Cañedo—un fin de semana que la pasaba en mi casa: terminamos en el hospital y no paso a mayores.

El viejo Rey Lear, herido en su vanidad cuando Cordelia, la hija menor y la más consentida, no cree necesario declarar públicamente que su padre es lo que más quería en su vida, Lear en plena senectud enloquece, la ofende, la desconoce, la deshereda y Kent, su fiel amigo, repara a favor de la pequeña Cordelia diciéndole a al rey que estaba cometiendo un error:

— ¡Cuidado Kent! —le advierte Lear—, el arco está curvado y tenso; evita la flecha.
Sin inmutarse, Kent le responde:
— Deja que se dispare. No importa que la punta se clave del lado del corazón.

El arco y la flecha —y no la lira, tal como lo usó Octavio Paz—, me hicieron recordar las disculpas que el príncipe Hamlet le hace a su amigo Laertes, hermano de Ofelia e hijos de Polonio, a quien mató por equivocación en el cuarto de la reina mientras le discutía su amor al tío Claudio, provocado por los celos en un momento en que estaba medio enloquecido el buen Hamlet quien después de haber librado la vida cuando fue enviado a Inglaterra con Guildenstern y Rosencrantz y ya de vuelta en Elsinore, antes de empezar un duelo a doce asaltos con florete y daga, planeado para acabar con el príncipe, Hamlet le pide disculpas a su amigo diciéndole:

— Ante todos declaro que mi intención no fue la de ofenderte y espero que me absuelva tu generoso ánimo y considere que disparé una flecha que, al cruzar encima de la casa, vino a herir a mi hermano.

Habla de la flecha lanzada por el arco largo —longbow— diseñado por los ingleses desde la temprana Edad Media, con el que lograron varias victorias. Los arcos estaban hechos de madera de tejo y de sus arqueros que practicaban su alcance con unas flechas bien equilibradas con plumas de ganso y que podían lanzar hasta diez por minuto, muchas más que las ballestas, tal como lo vemos en esta versión de Robin Hood que empieza con la muerte de Ricardo Corazón de León (1199), y sigue con Juan Sin Tierra hasta que se niega a firmar la Carta Magna, aunque la firma en 1215, un año antes de morir y que resultó ser el antecedente de los regímenes políticos modernos, en donde el poder se ve limitado por un congreso o parlamento.

jueves, 3 de junio de 2010

El pequeño Pavarotti

El Informador, Tertulia, sábado 5 de junio, 2010.


(Un Jilguero como el pequeño Pavarotti). Hace más de un mes que llega un amigo a visitarme al amanecer y a la puesta del sol. Cuando llega, se posa en una de las ramas más altas de la Jacaranda que cubre la terraza de mi casa en Tlalpan y desde ahí empieza a cantar sus melodías, una y otra vez. Es el pequeño Pavarotti y suponemos que se trata de un jilguero.

Por las tardes, cuando lo oigo, salgo a platicar con él —me cuesta trabajo encontrarlo— con mis chiflidos más simples y menos adornados que su melodía, antes de que responda intercalando algunas notas.

Como buenos jazzistas improvisamos e inventamos nuevas melodías y así nos quedamos un buen rato los dos felices y entretenidos con nuestro modesto concierto. El sábado pasado tuvimos invitados que se quedaron hasta tarde. Cuando me di cuenta, el pequeño Pavarotti había llegado a su cita puntual pero a mí me dio pena salir a chiflar como lo hago todos los días. Podrían pensar que estoy medio loco. Esa tarde cantó solo y su alma.

La inglesa Len Howard escribió Los pájaros y su individualidad (FCE, Breviario 102, México. 1953), un delicioso tratado donde podemos entender todo sobre los pájaros. Dice que lo más prodigioso de ellos es su canto. Cuanto más se escucha su música, mayor es la belleza que se encuentra en ella. La canción es un desahogo emocional y su corazón se vierte en esa música, así que, apreciando con plenitud e intimidad su canto, podremos llegar a comprender mejor su naturaleza.

Por eso mantengo mi amistad —aunque efímera— con el pequeño Pavarotti durante esta primavera: ya tarde, espero su llegada y escucho con atención su canto imaginándome lo que quiere expresar ese día. Luego, le contesto con mis chiflidos para que sepa que lo he escuchado y que conozca también mi estado de ánimo y el gusto que me da que haya llegado, pues sé que son impresionables y fácilmente excitables y por eso comparto mis emociones.

Son sensibles al ambiente —dice Len Howard—, en especial cuando la luz que marca el tránsito entre el día y la noche induce al pájaro a expresarse plenamente por medio del canto. Cuando empiezan las estrellas a desvanecerse, se inicia el coro al amanecer y, cuando el sol trata de ocultarse, vuelven de nuevo con su canto.

El pequeño Pavarotti se posa en lo más alto de la Jacaranda para observar mejor la puesta del Sol mientras canta en un tono más sereno, acorde con la belleza y la paz que impregna a la naturaleza a esa hora y, de esta manera, revelamos nuestros sentimientos en esto que ha resultado ser una amistad única, entrañable y efímera.

miércoles, 2 de junio de 2010

Eurídice: una obra con humor y calidad escénica

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 4 de junio, 2010.


(Las tres piedras o los demonios del Averno). Sara Ruhl (1974-) escribió la nueva versión del mito de Orfeo y Eurídice (2003) y Otto Minera la tomó en sus manos para traducirla, adaptarla, dirigirla y ponerla en escena en el Teatro Helénico. Se llama Eurídice y ese papel lo hace la deliciosa e inocente Ana Serradilla quien, recién casada con su Orfeo —(Luis Gerardo Méndez), el rockero obsesivo donde todo en su vida tiene que ver con la música—, pierde la vida en Nueva York cuando estaba recién casada, seducida nada menos que por el Señor del Inframundo (Arturo Barba) a quien lo sigue hasta el penthouse de uno de los rascacielos, antes de caer hasta el fondo del Averno.

Ahora Eurídice es la que tiene el micrófono y no aquella campesina que no hablaba ni decía nada y a las dos las intenta rescatar su marido, pero ahora es ella la que reconsidera su destino y aprovecha la ocasión infernal para reencontrarse con su padre (Luis Calva), con quien vuelve a sentirse en casa, feliz de ser como ella es y de poder quejarse de su marido que tal parece, todo lo que le interesa es que ella lleve bien el ritmo.

En la sección del Averno, padre e hija vuelven a estar juntos como lo estuvo el rey Lear con Cordelia su hija cuando los hicieron prisioneros: solos los dos cantaremos como pájaros en su jaula... y así viviremos, rezando, cantando y riéndonos al ver las áureas mariposas... platicaremos con quien nos visite para saber quién gana y quién pierde, quien entra y quién sale, penetrando en el misterio de las cosas como si fuésemos los espías de los dioses...

Padre e hija arman su espacio-hogar a pesar de que Las tres piedras (Luis Villanueva, Ramón Barragán e Isabel Aerenlund) o los demonios, se opongan a que lo hagan: ahí, aprovechan para recordar y jugar todo el tiempo mientras el músico convence a los dioses que le permitan sacarla a la luz para volver con ella a la orilla del mar, cosa que le autorizan, siempre y cuando no volteé a verla. Eurídice provoca con premeditación, alevosía y ventaja que Orfeo volteé a verla y ella —feliz—, regresa al Averno con su padre.

La escenografía refinada es de Philippe Amand con unas cortinas que caen a diferente profundidad reflejando imágenes que sugieren dónde se encuentran los actores: Nueva York o el Averno o la playa,en donde los dos tórtolos se había revoloteado. El vestuario es de María y Tolita Figueroa y en la boda, le dan su toque de los roaring twenties.

La obra está hecha con humor como el que pulula a todas horas en esta versión más ligera que el mito. Como paloma, vuela entre los infiernos y resulta entretenida, como las buenas obras de teatro, esas que están bien dirigidas, actuadas para que podamos interiorizarlas y bebamos de esa fuente para refrescarnos.

Vemos en el espejo reflejado el amor del padre con su hija, una Electra de nuestro tiempo, hasta que los dos se hunden en las aguas del Aqueronte. Por eso, sufrimos de los trámites infernales y vemos cómo logran sacudirse a las tres piedras que hablan y que disfrutan ser los guardianes del infierno, tal como lo que son, pero que nada tienen que ver con los que Dante conoció cuando se perdió a la mitad del camino de su vida en una selva oscura, salvaje, áspera que, sólo pensar en ella, temía hasta sus propios pensamientos.

Estoy seguro que Otto Minera disfrutó de esta aventura tan exitosa, pues la obra está hecha de tal manera que permite que brote el agua del buen gusto, en medio de la tragedia de ese mito, para que trascienda las fronteras y nos llegue a fondo con muy buen humor y una gran calidad escénica.