jueves, 26 de agosto de 2010

De este lado del río

El Informador, Tertulia, sábado 28 de agosto, 2010.


Son dos características que deben de manejar los líderes de todos los tiempos. Se dice fácil, pero la verdad de las cosas, la realidad casi siempre se esconde detrás de los arbustos y de tantas otras cosas que uno debe aprender hacer a un lado si se quiere ver con claridad.

Por otro lado, leer el futuro, es un don que sólo los soñadores, por extraño que parezca, lo pueden hacer. Cada vez que se imaginan una cosa la pueden proyectar al futuro, sin importarles, a veces, que lo que piensen tiene que ver con el pasado, pues lo que hacen es imaginarlo e incorporarle esas variables que tienen que ver con el ¿qué hubiera pasado si tal otra cosa hubiese sucedido?... Y así pasan de una situación a la otra, proyectada de esta manera, como si fuesen los recuerdos del provenir, como la novela de Elena Garro.

En la antigüedad eran los oráculos los que cumplían esa función. Hacían cola para verlos en Delfos y había que pasar ciertos trámites y abluciones antes de escuchar a la Sibila que convertía las preguntas en respuestas ambiguas que aplicábamos cada quien a su manera.

A Edipo le dijeron claramente que iba a matar a su padre y que se acostaría con su madre y por eso, creyendo que sus padres vivían en Corinto, decidió irse a Tebas. No conocía la realidad real: quienes lo habían educado y mantenido en Corinto eran sus padres adoptivos, no los biológicos —Layo y Yocasta— a quien se encontró en una maldita bifurcación y, por quítame estas pulgas, lo mató; su madre se le entregó de pechito después que Edipo contestó los enigmas de la Esfinge que asolaba al pueblo. La primera, era: ¿cuál es ese ser que anda ora con dos, ora con tres, ora con cuatro patas y que es más débil cuantas más patas tiene? y, la otra saber qué era si son dos hermanas, una de las cuales engendra a la otra y, a su vez, es engendrada por la primera.

Por eso nos da envidia Próspero en La tempestad cuando le dice a su hija Miranda Yo, que puedo leer el futuro y por eso planea todo y sueña cómo sería la vida para la siguiente generación.

Sabemos lo difícil que es irse a trabajar al otro lado de ilegal y ahora que están deportando a tanta gente, estos tendrán que encontrar empleo de este lado del río Bravo. Es una realidad y por eso, hay que tener la capacidad de promover el empleo correspondiente a la suma del crecimiento natural más el de los recién frustrados —carne del cañón para el crimen organizado— y para el no tan organizado. ¿Qué diría el oráculo?

Estremecerse con el adagietto de Mahler

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 27de agosto, 2010.

Nada como el cuarto movimiento, el adagietto de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler, un movimiento que Luchino Visconti utilizó en Muerte en Venecia (1971) y que, desde entonces, no podamos escucharla sin recordar la escena cuando llega Gustav von Aschenbach a esa ciudad y piensa... ¿quién no experimenta cierto estremecimiento, quién no tiene que luchar contra una secreta opresión al entrar por primera vez, o tras larga ausencia, en una góndola veneciana?, tal como lo escribió Thomas Mann en su novela que sirvió para esa película. El adagietto lo he escuchado solo, una y otra vez, sin el contexto de los tres movimientos anteriores, ni entre la secuencia de su desarrollo, insertado en una de las más grandes sinfonías de este compositor en donde, una vez más, expresa sus dualidades como esas que tenía dentro de su alma y que tan bien conocieron sus amantes como Natalie Bauer-Lechner, Anna von Mildenburg o Alma Mahler quien después escribió en su diario que la felicidad de Gustav, que debería de ser alegre y relajada, siempre está llena de ansiedad y de tormentos, como lo había notado durante su noviazgo.

Cuando ya lo conoció mejor, Alma pensó que esa actitud reservada era por falta de experiencia sexual; luego, imaginó que tenía miedo de involucrarse con una mujer tan joven y amorosa como era ella, aunque ella sabía que jugaba con él, mostrándole sólo una de sus caras: la que él soportaba.

El 5 de enero de 1903 esta Alma impulsiva, cachonda y coqueta registró y dejó rastro de esa obra en su diario: ayer me trajo su Quinta Sinfonía y hoy la tocamos completa; la encontré emocionante y me gustó mucho. Ahora, habla todo el tiempo de preservar su arte... Pero yo no puedo hacerlo —y nosotros pensamos, ¡pues no!, ¿cómo se atrevía a compararse con Mahler? ¿Quién se creía que era?—, en cambio —escribió— sí lo puedo hacer con (Alexander von) Zemlinsky, con él era posible, pues comparto los mismos sentimientos con su arte... es un genio. Pero Gustav es pobre, es tan miserablemente pobre... que estoy segura que si supiera lo pobre que es, escondería su rostro de vergüenza... Siempre tengo que mentirle... le miento constantemente y tendré que mentirle toda mi vida; con él lo puedo hacer, pero con su hermana Justi... ¡con esa vieja!... tengo la impresión de que siempre me está espiando... pero yo tengo que ser libre, ¡absolutamente libre!

Mahler aguantó todo eso y más o, más bien, aguantó hasta que el cáncer se lo permitió, para morir en 1911 a los 51 años de edad, después de haber compuesto todo un acervo musical, como pocos los han hecho en este mundo: enamorado de su Alma, al mismo tiempo era tan exigente de sí mismo y de los demás, que rayaba en ese perfeccionismo de los neuróticos. Era prisionero de sí mismo y de sus ideales —Visconti adaptó al personaje de Mann y de ser escritor lo convierte en un compositor que se estremecía cuando llegaba a Venecia en góndola para morir después de haber encontrado “La Belleza” en el joven Tadzio.

Este artista era incapaz de tolerar la debilidad de los demás y mucho menos de Alma, esa mujer tan ligera e impetuosa; tan caprichosa, frívola y, al mismo tiempo, tan calientita, ingeniosa, divertida y generosa cuando se le antojaba serlo.

Mahler compuso en la Quinta Sinfonía y ese movimiento admirable como es el adagietto que algunos dicen pudo ser un retrato de Alma y yo pienso que sí es posible que lo fuera, seguramente mientras la veía dormidita al amanecer. No lo sé, pero lo que sí estoy seguro es que este fin de semana la Orquesta Sinfónica de Minería cierra esta temporada inolvidable en un Concierto de Gala y esta Sinfonía como obra principal.

jueves, 19 de agosto de 2010

Niños y perros al jardín

El Informador, Tertulia, sábado 21 de agosto, 2010.


Hay una relación entre los grados de libertad de una sociedad —por pequeña que sea— y su capacidad de diálogo, de disentimiento y de tolerancia en las diferencias, es decir, entre saber escuchar y que las relaciones sean a través de un diálogo, o el monólogo unidireccional.

Digo históricamente, porque en tiempos de don Porfirio no había posibilidad de disentir, menos, interrumpirlo en sus discursos. Los viejos decían que los niños y los perros debían estar en el jardín y ese era el protocolo que aplicaban en sus casas. La siguiente generación, los jóvenes pedían permiso para hablar y, en todo caso, el que tenía valor, podía contradecir al padre de familia.

El sistema dictatorial, monolítico y unidireccional —muy aburridos, por cierto— producían tal clase de tensión que sólo se podía desahogar con una revolución.

El origen del conocimiento en Occidente es a través del diálogo. Tal vez porque así entendemos mejor las cosas. Sócrates les decía a quien estuviera a su lado, como le dijo a Eutifrón, que él creía que se valía discutir ya fuesen hombres o dioses —si es que los dioses discuten— y se valía discrepar sobre los hechos y hay que esperar que unos afirmaran si algo ha sido hecho con justicia y, otros, injustamente. Entonces, Eutifrón le contestaba si estaba o no de acuerdo y así Platón fue armando sus Diálogos, recopilando de esta manera el pensamiento y la enseñanza de filosófica del Occidente.

Ahora medimos el grado de salud de una familia o de una sociedad, por su tolerancia a las diferencias como la que puede haber entre un partido de la oposición y el gobierno en el poder. Cuando se da este diálogo, la conversación es más divertida y adquiere vida, como deberían ser las clases en la escuela, pues resulta más enriquecedor cuando uno trata de aclarar las diferencias que pueden haber de tal manera que unos escuchen lo que otros dudan y que, con el tiempo, se asiente un especie de consenso de mayor utilidad para la misma sociedad.

Ahora en las familias se opina y, si alguien no está de acuerdo lo dicen abiertamente sin que el padre se enfurezca ni lo mande al jardín con los perros. Desde el núcleo social familiar crece el deseo del diálogo hasta llegar a las Naciones Unidas donde así es como se ventilan las diferencias.

Somos testigos de la tensión que se crea en aquellos países donde no hay diálogo y sólo se escuchan largos monólogos —y los que opinen diferente, se quedan con la boca cerrada—, como sucede en Cuba, Nicaragua, Ecuador y Venezuela, donde sólo escuchamos monólogos floridos en un tono de verdad absoluta, tan, pero tan aburridos, que desesperan.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Sublimar la ausencia de María Serrano

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 20 de agosto, 2010.


Hace años que conozco a Hugo X. Velásquez, un ceramista por excelencia que se ha dedicado toda su vida a explorar ese universo. En marzo de 1983 publiqué el libro escrito por María Luisa Puga como La cerámica de Hugo X. Velásquez. Cuando rinde el horno. En esa época, Hugo nos platicaba sus experiencias en Shigaraki, Japón en 1978, donde quedó deslumbrado con ese pueblo de ceramistas. Desde entonces, entendí el halo alrededor de los maestros de cerámica y el respeto por su oficio.

Estas historias convergen con una que me ha conmovido y que, por eso, deseo contarles: Alfredo Márquez ha sublimado la ausencia de María Serrano (-2010), ceramista y compañera y lo ha hecho de tal manera que, sin dejar de mirarla, pudo acompañarla lo más posible en su regreso.

Alfredo y María vivieron en Japón donde ella trabajó con su maestro y Hiro Ajiki, artista-ceramista de objetos y tazas (chawanes) para la ceremonia del té. María se convirtió en una maestra del té, parte integral de su vida —como escribió Alfredo.

En ese tiempo, el maestro les pidió que, cuando muriera, esparcieran sus cenizas por San Cristóbal o las integraran a unos chawanes —las vasijas de cerámica que se usan en la ceremonia del té y que se integran con la armonía, la pureza, su integración con la naturaleza, el respeto y la paz, como elementos explícitos de esa ceremonia.

Cuando María estaba en México le avisaron que había fallecido su maestro. A esas fechas, le habían declarado a María un cáncer terminal que no le permitió ir a Japón para cumplir los deseos de su maestro: El lunes 25 de enero de 2010 comienza la sexta y última semana de radioterapia —cuenta Alfredo—. Están Hiro (Ajiki) y Tatsue en casa, Aurora (Suárez) se rompió el brazo y, en dos semanas estarán listos los chawanes para ser vidriados y horneados.

Como buenos Samurais, se reunieron en la noche para tomar té, cenar y beber sake, como lo hacían esos guerreros antes de la batalla porque sabían que alguno de ellos podía morir al día siguiente, como le sucedió a María durante la sesión de radioterapia, cuando le sobrevino un paro cardiaco con el que, afortunadamente, se acabó pronto, sin prolongarle el dolor o sufrimiento... ‘ya no puedo más’ —dijo— y me estrechó la mano —como lo escribió Alfredo.

Después de leer esto en el catálogo, cuando vemos las dieciséis piezas torneadas por Hiro en el taller de Hugo y Aurora, vidriadas por ellos dos y por Alfredo —con el permiso de los ceramistas, se nos atasca la garganta: las piezas están a la vista en la Casa Luis Barragán.

Los Chawanes de María Serrano está formada por esas dieciséis piezas de cerámica donde sirven el té, además de las fotografías de Patricio Márquez Domenge quien documentó el proceso en el taller de Hugo; el catálogo lo diseñó su hermano Rodrigo y con esto, los dos han acompañado a su padre en su duelo por María Serrano.

Es una historia de amor y de dolor por la ausencia de María que, a su vez, honraba la ausencia de su maestro, pero, más que otra cosa, creo que Alfredo ha sublimado su duelo con los cuatro elementos con los que estamos hechos —además de los sueños—, los mismos con los que se trabaja la cerámica cuando rinde el horno: tierra, agua, aire y fuego.

En esta exposición se respira el mismo espíritu que se da en la ceremonia del té y parece que Alfredo hizo lo mismo que dijo María esa noche en su casa cuando salieron a despedir a los invitados, sin dejar de mirarlos para acompañarlos lo más posible en su salvo regreso.

Ahora Alfredo lo hace con esta exposición: despide a María así, para verla lo más posible en su salvo regreso.

jueves, 12 de agosto de 2010

Los héroes de la isla

El Informador, Tertulia, sábado 14 de agosto, 2010.


Una manera de entender mejor la historia es asociarla con lo que en verdad nos interesa, como en mi caso fue la curiosidad por conocer de aquellos hombres y mujeres que transformaron lo que era pueblo de pescadores en la Villa de Chapala que, desde hace un siglo es un lugar perfecto para descansar, para enamorarse y para bailar a la luz de la Luna.

Tenía curiosidad de saber en detalle lo que había pasado en la Isla de Mezcala y las batallas navales como las que hubo durante la guerra de Independencia hace dos siglos alrededor de esa isla, cuyo único tesoro estaba constituido por la defensa a muerte de sus ideas, relacionadas con el movimiento independiente, porque todo lo demás era lo de menos.

Nuestros héroes se defendieron durante cinco años seguidos de 1812 a 1816, en contra de los ejércitos realistas. José Encarnación Rosas fue uno de ellos —en su honor le pusieron su nombre al mercado en Chapala—, quien se refugió en la isla para defenderse con varios hombres que apoyaron su liderazgo. Todo lo que tenían era su valor y trece cañones de no muy largo alcance.

La laguna rebosando como ahora lo está, la imaginamos como escenario de batallas navales, aunque desde la isla tenían el problema era del abasto de comida, municiones y pólvora y poder mantenerse porque dependían de que los temporales no les tiraran sus jacales y de que sus viejas se las ingeniaran para ver cómo le hacían para atenderlos.

Poco a poco perfeccionaron la defensa y construyeron una contramuralla al ras del agua para que encallaran, como le pasó al buque español San Fernando que se quedó varado Encarnación aprovechó para desfogarse, acabando primero con Felipe García y los doscientos hombres que lo acompañaban. También se pudieron hacer de un cañón, dos canoas y una caja de parque.

Eran guerrilleros lacustres que habitaban la isla de Mezcala, asediada y sitiada por los realistas. No podían bajar la guardia nunca como sucedió en noviembre del 16 cuando, agotados, los realistas tomaron la isla y si se rendían, les darían indulto.

Para esas fechas murió José Encarnación Rosas y no se volvió a saber de él, ni de su esposa, ni de sus hijos. Para el 25 de noviembre tomó posesión el general Cruz y cuando les preguntó por los prisioneros, le contestaron: ¡Pus quien sabe siñor, a lo mejor se juyeron! Nadie tenía idea de lo que les había pasado a esos prisioneros al final de estos tiempos.

Para 1821, consumada la Independencia, la Isla de Mezcala quedaba en manos del ejército trigarante y sólo faltaba decidir qué clase de gobierno a tener, pero esa, es otra historia.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Mahler y su propuesta de viaje

El Universal, La Guía del Ocio, sábado 13 de agosto, 2010.

(Alma Schindler en 1899. Tres años después se casaría con Mahler). La Cuarta Sinfonía de Mahler empieza con unos cascabeles y unas flautas que los acompañan. Por eso, imaginamos que nos está proponiéndonos un viaje como el que vamos a hacer con esta obra diseñada con un primer movimiento en el que sugiere sea contemplativo, sin apurar, seguido de otro más cómodo y sin prisa, y de un tercero tranquilo, hasta llegar al cuarto y último para que éste sea muy cómodo. Con estas características imaginamos el edificio que escucharemos y el material con el que está hecho esta obra —que tanto se parece a los sueños de una juventud pasada—, como la podremos escuchar en la Sala Nezahuacóyotl de la UNAM, bajo la batuta de José Areán, director asociado de la Orquesta Sinfónica de Minería.

Mahler la terminó de componer en agosto de 1900 cuando tenía 40 años de edad y estaba enamorado de la jovencita Alma Schindler. Esta primera versión sufrió cambios durante una década, hasta que terminó como la interpretó en 1911 en Nueva York, unos meses antes de morir.

Las flautas y los cascabeles del inicio nos cautivan de tal manera que no podemos dejar de pensar en ellos por el resto de la obra —y, a cada rato, esperamos volver a escucharlos— como si quisiéramos seguir el viaje o ver pasar a uno de esos caballos que jalan una Berlina, acicateados por el látigo del conductor y que traen ese trote como si regresaran al establo después de haber recorrido extraños territorios.

Lo que se escucha es más bien contemplativo y al ritmo que indica el compositor en donde nos va mostrando el paisaje para que lo acompañemos sin apurarnos demasiado.

El paraíso de la Cuarta Sinfonía es un cielo ilusorio —como escribió Quirino Príncipe—, sólo soñado. La ilusión nos hace pensar que el sol está destinado a no volver a salir o está inmóvil sobre la línea del horizonte. Es un sol de medianoche, es un glacial clima sonoro que permea a la Cuarta en donde hay una larga persistencia o una terca obstinación como el de la vida cuando creemos tiene una finalidad y de pronto, es agredida por la muerte; todo el tiempo tenemos la certeza de que el sol del ártico se hundirá y no volverá a salir al día siguiente o la vida como la última gran ocasión que sólo algunos conocen.

El amor por Alma, una mujer veinte años más joven que el maestro tal vez lo inspiró para volver a vivir una juventud que se ha ido y no amar a tiempo y destarase a tiempo, como aconsejaba el poeta Leduc, sino que, para esas alturas de su vida lo ponían al desnudo enfrentando ese envejecimiento más bien interior.

El primer movimiento parece que está compuesto con música frívola del carnaval o de los cabarets de Viena y por eso los expertos dudan que se trate de música seria. Pero cuando llega el segundo movimiento, sin poder olvidar el buen humor del primero, percibimos una mezcla de sentimientos que van de la alegría, a la tristeza y que termina en un rondó cómodo, con los cantos del cuerno mágico del doncel.

Nadie pudo aceptar que el maestro Mahler estuviese de buen humor y por eso criticaron esta sinfonía calificándola como una pieza más bien escandalosa.

Los cascabeles anuncian el viaje y despiertan el deseo de la aventura que nos excita —como buenos quijotes—, a tensar al arco y soltar la flecha cuando escuchamos que todo está por terminar tal como lo compuso Mahler: sin prisa, como eran, tal vez, sus sentimientos.

Ha pasado un siglo y, como las grandes obras, ha acumulado varios símbolos plenos de significado alrededor del tiempo para que cada quien lo interprete según le ha ido en el viaje de su vida.

jueves, 5 de agosto de 2010

Los enredos de Calderón (de la Barca)

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 7 de agosto, 2010.

(Sonia Franco y Marian Gajá en Casa con dos puertas, mala es de guardar). La seducción y el amor a primera vista hacen que Lisardo (Antonio Rojas) regrese a Ocaña con todo y Calabazas, su criado (Martín Becerra) y así, con ese punto de derecha, empiece Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) a tejer una de las comedias más graciosas que he visto últimamente. Para el punto de revés utiliza a Laura (Sonia Franco), que sufre de celos con don Félix (Ortos Soyuz), tantos que le hacen ver las cosas de una manera diferente.

El tejido con agujas del “dos y medio” empieza con el pie derecho para asegurar que la Casa con dos puertas, mala es de guardar que dirige Gilberto Guerrero que, cuando deja de importarnos el “vos sois” y el “habéis sido” anacrónicos, empezamos a gozar del buen humor que se despliega por todo el entramado de esta comedia de equívocos.

— ¿Qué es esto, cielos? —dice Laura— que más que cielos son celos, porque una ardiente rabia el sentimiento agravia, una rabiosa ira que la razón admira, un compuesto veneno de que el pecho está lleno y una templada furia que el corazón injuria son para quien los mira: furia, rabia, veneno, injuria e ira.

Estas son —más o menos— las puntadas del tejido y la manera que inician los enredos: don Félix está enamorado de Laura pero tiene que aclararle por qué visitaba a Nise, de la que estaba celosa, diciéndole más que amor, era un ensayo, para luego amarla más a ella:

— Déjame explicarte con este ejemplo —le dice don Félix—, si nace ciego un hombre y se le ocurre saber cómo será el resplandor del sol, pero cuando lo hace resulta que cobra la vista de noche, resulta que la primera cosa que mira es una estrella y admirando el brillo de esa estrella se dice: este es el sol, que yo así imaginado lo tengo; y esta es la admiración que me ofrece mientras sale el verdadero sol y le escurece. Por eso, yo me pregunto: ¿ofenderá una estrella que se va, a todo un sol que amanece? Así yo, que ciego vivía de amor cuando no te amaba —cierra su argumento don Félix—, ciego imaginaba cómo aquel amor sería.

Con esto nos va encantando y enredando ese fluir de la poesía de Calderón (de la Barca) donde nos vuelve a quedar clara su capacidad para complicar las cosas como en este caso con la entrada o salida que hay en la casa de Laura con dos puertas, porque, efectivamente, es mala de guardar si lo que hay que guardar es la virginidad de las doncellas, como procuraban hacerlo en esos tiempos.

Don Félix es el hermano de Marcela (Marian Gajá) y es amigo de Lisandro que, a su vez, está enamorado de Marcela —sin saber qué relación guarda con su amigo. Desde que la conoce ella va con la cabeza cubierta con un velo y así se va tejiendo el toma y daca entre las damas y sus criadas y también entre los amigos hasta que llega un momento en que se confunden y creen que “ella” —la que cada quien desea y ama—, no es “ella”, sino la “otra” y como a Calabazas le prohíben abrir la boca, mejor se dedica a holgarse y ojala que un día le liquiden los servicios enlistados con el debe, sin nada de haber.

¡Viva Calderón de la Barca! —gritó uno de los asistentes en una porra nunca antes escuchada—, mientras aplaudía como lo hacíamos los demás agradecidos de una función deliciosa. Como este será el último fin de semana que la ponen en escena en el Teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque (sábado y domingo a las13:00 horas), les sugiero que, si pueden, no dejen de verla, porque es magnífica esta comedia que fluye entre risa y risa.

Bajo el volcán

El Informador, Tertulia, sábado 8 de agosto, 2010.


(Varios volcanes del eje neovolcánico). Cuando un empresario decide reinvertir su utilidades en la misma ciudad que lo vio crecer y que le permitió llegar hasta donde ha llegado, le está regresando de esta manera todos los favores recibidos y si a estas utilidades le agrega los créditos multimillonarios que se necesitaron sin saber bien a bien cuando lo va a recuperar, creemos que tiene un valor extraordinario desde este punto de vista.

El problema de los juicios de parte de la gente ante una decisión de esta naturaleza, en donde el inversionista se está jugando el todo por el todo y deja de considerar la tasa de retorno, produce una buena cantidad de reacciones y de comentarios que, muchas veces, nada tiene que ver con el valor que tienen en sí mismo y que se requiere para hacerlo, sino que se reduce a un chismorreo provinciano lleno de envidia y de celos, como sucede en los lavaderos del quinto patio.

Si estas inversiones millonarias se realizan en el ámbito deportivo en donde las pasiones pesan más que la razón misma, con una cierta perversidad, esto que es una acción privada en agradecimiento a su ciudad, se convierte más bien en la novela Bajo el volcán de Malcolm Lowry, en donde son los humos del alcohol los que despiertan las pasiones y el fanatismo correspondiente como el que sabemos existe en el fútbol. Por eso, que no es de extrañar que esta inversión provoque más de un comentario desatinado.

Pero, la verdad de las cosas, es que el viernes pasado, como otros millones de curiosos, fuimos testigos a través de la TV del resultado de esta inversión llamado Estadio Omnilife que será, entre otras cosas, la casa de las Chivas del Guadalajara y que, en el sentido estricto de lo que vimos, es un verdadero palacio de los deportes, hecho con toda la mano y con lo mejor de lo mejor que puede haber en Guadalajara o en cualquier otra parte del mundo civilizado y que seguramente ha implicado —supongo—, una buena cantidad de sacrificios y fatigas para lograrlo, además de haber sobrepasado las crisis de la primera década del siglo.

El diseño es de Studio Massaud Pouzet de Francia y HOK y está hecho inspirados en los volcanes del “eje neovolcánico” en el paralelo 19° N que va de las islas Revillagigedo en el Pacifico hasta el Golfo de México, pasando por Jalisco llamado así como resultado de un abrupto surgimiento de varios de ellos, como el Paricutín en 1943.
Los tapatíos y los mexicanos —independientemente del equipo al que le vayan—, estamos orgullosos y agradecidos al ver el nacimiento de este nuevo volcán deportivo hecho con una inversión privada y con toda la mano. ¡Felicidades!