jueves, 30 de septiembre de 2010

La insolencia contra los inmigrantes

El Informador, Tertulia, sábado 2 de octubre 2010.


(Cola de inmigrantes a punto de ser expulsados en Barcelona). El rechazo a los inmigrantes es algo que encontramos en todos lados y en todas las épocas. Ahora lo podemos constatar cómo tratan en EEUU a los mexicanos que son objeto de burla y escarnio, a los gitanos en Francia o a los paquistaní y africanos en Barcelona y toda la Unión Europea en donde son objeto de tensión y conflictos.

En Las Guerras de Shakespeare, Ron Rosenbaum trata este asunto relacionándolo con la obra Tomas Moro que se supone —y se sigue discutiendo—, si es o no una colaboración en la que Shakespeare metió la mano y escribió con su puño y letra 147 líneas que, de ser así, podemos imaginarlo currente calamo (en el acto mismo de la creación) en ese manuscrito encontrado por ahí y en donde no sólo están buscando las semejanzas con el tipo de letra y las tres firmas que existen y textual el By me (como si hiciera falta) escrito antes de la última firma de su testamento en 1616.

La otra manera de saber si son de él o no estas líneas es analizando el discurso, la estructura y su contenido y compararlo con el resto de su obra y aquí es donde viene a colación la situación con los inmigrantes, pues se refiere a la manifestación que hicieron los nativos ingleses de Londres en contra de los inmigrantes italianos y franceses, deseando que las autoridades, en este caso, Tomás Moro (1478-1535) como Sheriff de la ciudad, los expulsaran por indeseables y porque ofrecían servicios y artesanías a bajo precio. Tal cual.

Cuando por fin le dan la palabra porque él si los entendía, Tomás Moro les dice: vamos a suponer que aceptemos y que ya han sido expulsados gracias al ruido que han logrado hacer reprendiendo a la Majestad de Inglaterra. Imagínense ahora que ven a estos pobres extranjeros cargando a sus hijos en las espaldas y con unos bultos como equipaje, arrastrando los pies rumbo a los puertos para exilarse; imagínense que ustedes se quedan sentados como reyes de sus deseos y que han silenciado a las autoridades con sus amenazas y mientras que ustedes abrigan su opinión con sus gorgueras plegadas, ¿qué es lo que han logrado? Yo se los voy a decir: han mostrado de esta manera cómo la insolencia y una mano fuerte se puede imponer y cómo es que el desorden se puede sofocar, pero al mismo tiempo, sepan que por eso, ninguno de ustedes llegará a viejo porque otros rufianes, iguales o peores que los que ahora temen, les aplicaran la misma mano dura, las mismas razones y derechos y esos hombres, como unos hambrientos peces, se comerán los unos a los otros.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Dime qué hago Juan, que estoy confusa

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 1 de octubre, 2010


(La señorita Julia (Maricela Peñalosa), fotografía de Roberto Paredes). August Strindberg (1849–1912) fue un especie de paranoico que pensaba era acosado por las mujeres y que fue un sentimiento que luego se transformó en misoginia y plasmó en sus obras, dándoles una fuerza y un dramatismo especial. Era el hijo de Carl Strindberg, comerciante sueco y de su madre, Ulrika Norling que había sido la criada y luego la amante de su padre. A esa realidad familiar en un siglo tan quisquilloso como el siglo XIX, se sumó el autoritarismo de su padre y la religiosidad de su madre que lo marcarían en su formación y le harían pasar una infancia infeliz.

La Señorita Julia (1888) es una de sus obras más famosas que, por fortuna, podemos ver ahora en el teatro de La Gruta del Centro Cultural Helénico los martes a las 20:30 horas, gracias a la energía y la pasión por el teatro de Ximena Sánchez de la Cruz, su productora y del director Sergio López Vigueras, quienes la han vuelto a poner en escena después de haber ganado premios en la UNAM.

Antes de que empiece la obra, vemos cómo las tres cuerda de un triángulo amoroso se van tensando y luego pasamos cincuenta minutos sufriendo de tal manera que, cuando termina la obra —y se ha soltado la flecha—, nos damos cuenta cómo Strindberg construyó esta situación agresiva, plena de soberbia y de amargura que se sobrepone al amor sin poder volver a pisar tierra.

De alguna manera ha expresado —invirtiendo los papeles—, sus fantasías relacionadas con la vida amorosa de sus padres, renovando la crueldad y el absurdo en el teatro, tal como lo hizo en el resto de su obra literaria.

En esta versión, la señorita Julia (Maricela Peñalosa), una joven sádica y al mismo tiempo débil, es la hija de un narco —no de un conde—, que la noche de San Juan decide divertirse con Juan (Rodolfo Blanco) su guarura —actor experimentado, entre otras en Eduardo II de Marlowe—, a ver si encuentra un sentido a su vida después de un noviazgo fallido.

El sadismo se hace presente y la tensión aumenta y en este caso, la señorita Julia se enreda con un don Juan de los guaruras, que siempre la había deseado, como deseaba las manzanas de la huerta donde se escondía para verla y, de alguna manera, es el espejo de Julia y receptor de varias bofetadas secas y sin trucos como las que recibe de las dos mujeres en ciernes: por un lado la señorita Julia y, por el otro, de Cristina (María del Carmen Félix), la cocinera en un papel contenido de primera a quien Juan le ha prometido que pronto se casarían. Los tres lados del triángulo bien afilados.

Strindberg nos quiere mostrar cómo los sueños y las ilusiones se mezclan con la humillación y la violencia en el mundo real pero, en esta versión, los sueños son más bien soluciones para librar el castigo. Por eso, San Francisco es el destino a donde deciden huir con una carga para traficar y, si la libran, poder dedicarse a los bienes raíces y desaparecer de la faz de la finca y del narco-padre.

Agotada, después de una noche muy sacudida, Julia le pide a Juan que dirija el operativo. Los hechos se desatan: Juan le ordena que prepare su maleta y consiga dinero para iniciar la nueva vida; Cristina se hace a un lado; cuando baja Julia con un ratoncito, Juan lo hace pinole y ella, desconcertada frente a la violencia, cambia de actitud y le pide le diga qué hacer, porque ella está confusa. El final no se los cuento para que sean ustedes los que se sorprendan en esta obra de Strindberg bien adaptada, bien actuada y que bien vale la pena ir a ver.

jueves, 23 de septiembre de 2010

La marquesa salió a las cinco

El Informador, Tertulia, sábado 25 de septiembre, 2010.


(La obra de Jorge Méndez Blake en el Tamayo). El Museo Tamayo de la ciudad de México inaugura hoy una exposición que abre fuego en tres frentes: uno, con una curaduría de Magali Arriola convertida en thriller, donde nos enteramos de las vidas de varios artistas, falsificadores o agentes especiales en Un lugar fuera de la historia, con héroes o villanos como Tina Modoti, Domingo Magalón, Haan van Meegeren, entre otros; el segundo frente está a cargo del tapatío Jorge Méndez Blake, con su biblioteca imposible o La marquesa salió a las cinco, frase que Paul Valéry afirmaba que nunca utilizaría pues se proponía caricaturizar los excesos de la novela realista, pero que André Breton la usó en su Manifiesto del surrealismo (1924) y para Mauriac fue el título de una de sus novelas (1961); el tercer frente es Este tú, una obra de arte situacional de Tino Sehgal y una verdadera sorpresa para los transeúntes.

Jorge Méndez Blake es uno de los capetillos, como les dicen a este grupo de artistas tapatíos, guapos, de buena familia y muy exitosos, que circulan por las galerías de Londres, París o Berlín, que incluye al que expone en el Tamayo, junto con Gonzalo Lebrija, Francisco Ugarte y Fernando Palomar, entre otros.

Sofía Hernández Chong Cuy, la directora del Tamayo quiere que el público conozca y se acerque al acervo del Museo y, para eso, ha preferido darles alas a los artistas para que vuelen y plumas para que adornen sus ideas. Por eso, Méndez Blake, interesado desde hace tiempo en los libros y las bibliotecas, construye una que es prácticamente imposible y para eso construye algo que aparenta ser una de ellas y, al mismo tiempo, por sus características irregulares —estantes vacíos, libros colocados a una altura que los hace inalcanzables, sugiere la imposibilidad de brindar estos servicios y de pasada nos habla de quién era Tamayo —más artista que lector— construyendo en escena esos estantes de madera y localizando sobre, debajo o detrás y alrededor de ellos, las obras de arte de la colección Tamayo como la Yerba (1972) de Hiroshi Okada y el espectador, no sabe si reír o llorar. pues el acervo bibliográfico es transparente y lo que realmente existe, como era la idea principal de Sofía, son las obras de arte que forman una colección tan valiosa que ahora volvemos a ver con deleite, fuera de contexto pero dentro de su propio ámbito.

Mientras, Tino Sehgal (Londres, 1976) nos muestra su obra efímera o situaciones construidas, interactuando entre los espectadores y los intérpretes: una mujer le canta y le regala su canto según lo que le inspire quien se le acerque y punto, tres frentes tres y el arte en plenitud como divertimento y generador de ideas imposibles o efímeras.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Espías, héroes o falsificadores en el Tamayo

El Universal, La Guía del Ocio,viernes 24 de septiemre, 2010.

(Tina Modotti en la azotea, fotografía de Edward Weston, 1923). La investigación hecha por Magali Arriola, curadora del Museo Tamayo, se presenta este sábado como Un lugar fuera de la historia, una exposición con varios atractivos y no sólo el material que presenta ni los artistas que la componen, sino la perspectiva que nos ofrece y que tiene que ver con el mundo del servicio secreto o de la resistencia, en donde el oficio exquisito de los artistas se ha convertido en un arma para luchar en medio de las situaciones históricas que los rodeaban.

Por eso, podremos conocer tanto sus infortunios y reveses de algunos de estos personajes de leyenda que ahora nos enteramos actuaron como agentes secretos detrás de la máscara de las artes de las que se sentían ufanos. Ese es el caso de Tina Modotti, Domingo Malagón, Anthony Blunt o Han Van Meegeren —un gran falsificador de Johannes Vermeer van Delft—, donde llevaban a cabo sus operaciones encubiertas en esas agencias veladas poniendo en juego su verdadera identidad y autoría, la autenticidad de su obras o la gloria y la infamia, evidenciando las convergencias o desfases entre la práctica artística y la actividad política, utilizando sus habilidades como herramienta para el activismo o la resistencia o para el armado de una historia que a veces parece estaba escrita de antemano.

Para muestra, dos botones: de Tina Modotti se dijeron muchas cosas que conocemos a través de la biografía que escribió Elena Poniatowska, Tinísima, (ERA, 1992), donde rescata varios artículos publicados a la muerte de la fotógrafa, comentando el recalentamiento del “caso Mella” o de la extraña muerte del líder comunista asesinado en 1929 cuando iba del brazo con su amante. Más adelante, en otra nota, decían que (Tina) fue expulsada en 1930, acusada de conspiración e intento de asesinar a Pascual Ortiz Rubio... pero la expulsión de la italiana perniciosa se debió tanto a su actividad política como a su conducta personal licenciosa —tal vez se referían a lo que hacía con Edward Weston, el artista que la fotografió desnuda en 1923 y que se sabía que cuando llovía, se subían a la azotea desnudos, como si fuera un acto de purificación.

También se decía que su primer esposo falleció porque sabía demasiado. En otro artículo —dice Elena—, se presenta la imagen de una mujer depravada y peligrosa mezclada en varios asesinatos al servicio de los fascistas italianos y en La Prensa aseguraban que Tina tenía un pasaporte gracias a los favores de Mussolini. En fin, con Tina hay tela de donde cortar.

Este tipo de relatos podrían ser parte de la exposición, un especie de thriller, donde descubrimos que Domingo Malagón, miembro del Partido Comunista Español (PCE), falsificador y héroe silencioso que, con su capacidad artística, desafió toda clase de peligros desde que se quedó huérfano de padre para tener una adolescencia republicana y una juventud miliciana en la guerra civil y de ahí, al exilio en Francia en medio de los peligros de la ocupación alemana.

Desde su puesto como un oscuro militante, vivía de casa en casa, de habitación en habitación, sin tiempo para dedicarse a una familia más que de una manera clandestina, pero desde que estudió Bellas Artes demostró ser capaz de organizar y dirigir el equipo de falsa documentación del PCE —en lugar de pintar y exponer sus cuadros en muesos o galerías— y añorando eso, hace a mano, con lujo de detalles, técnicas y cuidados, cada uno de los miles de pasaportes, carnés de identidad, cedulas, salvoconductos con la tinta china y pincel, llegando a desarrollar técnicas inauditas para conseguir que los camaradas que tuvieran que cruzar la frontera lo hiciesen bien documentados.

Estos son de los espías, héroes o falsificadores que también forman parte de las Microhistorias y macromundos publicadas por el Museo Tamayo donde se tratan algunos aspectos representativos del arte contemporáneo internacional.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

La otra cara del cura Hidalgo

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 10 de septiembre, 2010.

(Demián Bichir como el cura Hidalgo). Hidalgo: la historia jamás contada es una película afortunada que nos muestra a un cura Hidalgo lúdico, irreverente, lleno de vida, un hombre que tenía la capacidad de ponerse en el lugar de los demás y que amaba el teatro. El subtítulo habla del contenido de este trabajo realizado que hemos tenido la oportunidad de verlo. Es una obra que dirige Antonio Serrano, la ambientación, que no podía ser mejor, es de Brigitte Broch (la que ambientó Mouline Rouge hace unos años); apreciamos las locaciones en Morelia, Querétaro y San Luis Potosí, la calidad fotográfica de Eduardo Villanueva es, en verdad, como pocas veces se ve en la producción nacional y el reparto con Demián Bichir y el bombón de Ana de la Reguera es de primera. ¿Qué más podemos pedir?

Se estrena el próximo 16 de septiembre esta historia desconocida excepto por una vaga reacción que pude tener hace años cuando vi de cerca un extraño y pequeño retrato en su juventud que estaba en la sala de la Independencia del Castillo de Chapultepec, el único en el que realmente había posado —según el experto—, alegre, juguetón, vestido con chaparreras y un sombrero de alas anchas, sonriente y animado como queriendo pelear, tal como ahora lo interpreta Bichir en esta película.

No tenía la menor idea de su amor al teatro y, en particular, de las obra de Moliere y fuera de los estereotipos que nos han refregado desde el kinder, supe de su estancia en Guadalajara en 1811 porque un pariente lejano —José Ignacio Cañedo (1777-1815)—, lo apoyó días antes de la batalla en el puente de Calderón y días después de la matanza de los españoles por el torero Marroquín en la barranca de Oblatos. Por ese apoyo y por los servicios ofrecidos a la insurgencia, le confiscaron la Hacienda del Cabezón en Ameca.

El esfuerzo para financiar la producción y realizar esta obra fue tremendo, aunque tuvieron varios apoyos, entre ellos el de BBVA-Bancomer Fundación Cultural y el de Conaculta, entre otros, aunque contaron con el trabajo profesional de Ina Payán y, en un momento dado, de su padre Carlos Payán, un viejo y querido amigo que se ha convertido en el rey Midas de la producción cinematográfica y televisiva quien, con su presencia y apoyo, convirtió el guión de Leo Eduardo Mendoza y la dirección de Serrano en un buen ejemplar del séptimo arte, donde nos muestran esa cara lúdica del cura, en contraste con la represión de la Iglesia y de los realistas hasta el final de su vida —que, en realidad, es el principio de la película— de ese hombre envejecido y derrotado que espera su turno para ser fusilado en su celda del Hospital Militar de Chihuahua (1811) y mientras, recuerda su vida jamás contada de su juventud, cuando estaba en pleno ejercicio de su vida, como el sol que sale a relucir después de haber estado oculto por las negras nubes del poder eclesiástico, para relucir mientras dura la película, sobre todo, cuando estuvo de cura de la parroquia de San Felipe Torres Mochas.

Hidalgo, irreverente y lleno de vida —de otra manera no podría haber dado el grito—, sensible, cachondo, conoció la explotación y la discriminación en esa parroquia y, por eso, fue elaborando sus ideas para dar el grito y emanciparnos. En su parroquia decidió montar el Tartufo de Moliere —otro espejo de su realidad— y, por eso lo vemos traducir, montar, ensayar y actuar, al tiempo que conoce a Josefa Quintana (Ana de la Reguera), para ofrecernos un buen taco de ojo.

Sin duda, Hidalgo: la historia jamás contada es una película de primera con una tan buena producción que la historia que nos cuenta de ese ser humano logra mostrarnos con precisión, la otra cara de la medalla de este personaje.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Pos, ¿dónde andas Hércules?

El Informador, Tertulia, sábado 4 de septiembre, 2010


Esta semana Barack Obama dio por terminada la guerra con Irak, guerra que se inició después del 11 de septiembre del 2001 cuando catorce miembros del Al-Queda llevaron a cabo sus atentados suicidas, secuestrando cuatro aviones de pasajeros hasta que destruyeron las Torres Gemelas en Nueva York matando a tres mil personas y desatando a los perros de una guerra que parecía no tenía fin, como si el enemigo fuese la Hidra de Lerna de las mil cabezas.

La guerra se inició con el deseo de vengarse y, al mismo tiempo, acabar con las cabezas de ese movimiento que cambió los hábitos y costumbres en Occidente y que ha dejado a los estadounidenses heridos en lo más íntimo de su ser con esto que la ONU ha definido como el más horrendo ataque terrorista.

Pensábamos que en México estábamos fuera de ese ámbito delimitado por las guerras sórdidas en donde el enemigo no está a la vista, ni hay campo de batalla, como sucedía una y mil veces en la historia universal y como ahora me viene a la cabeza esa que enfrentaron los griegos en el 480 a.C. contra Jerjes, el rey persa que pretendía conquistar a Grecia con un ejército enorme, pero que nunca se imaginó que se iba a ser derrotado por unos trescientos campesinos griegos que llegaron de setenta polis dispuestos a derrotar a ese monstruo.

Esquilo escribió Las Persas, una tragedia en donde hablan los vencidos para que el público se pusiera en su lugar y así, pudieran escuchar los lamentos de las viudas cuyos maridos habían muerto en Salamina: Atossa, la madre de Jerjes, era una de ellas. Una mujer atormentada por la ausencia desde que su hijo partió con su ejército con el deseo de asolar la tierra de Jonia y, desde entonces, son mil los sueños que me asaltan de continuo. Luego escuchamos el reporte de Jerjes —que escapó de milagro de la mandarina—, para decirnos que todos cayeron de golpe y, palpitantes aún, yacen en la costa mirando a la antigua y odiosa Atenas.

La guerra sin fin contra del terrorismo se parece a la que enfrentamos desde el 2006 a un enemigo que ataca sin dar la cara, en donde los cabecillas que mueren se reproducen como otra hidra de muchas cabezas. Es una guerra sin fin como la que enfrentó Hércules contra la Hidra de Lerna cuando la venció ayudado por su sobrino Yolao, con unas flechas encendidas y quemando con tizones cada una de las heridas para imposibilitar que pudiese reproducirse. Por eso nos preguntamos ¿pos dónde andará ese Hércules para que de una vez por todas acabe con esta hidra con todo y sus mil cabezas?

miércoles, 1 de septiembre de 2010

La vida, mientras los filósofos declaran

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 3 de septiembre, 2010.


(Puesta en escena de El filósofo declara, foto de Andrea López). El filósofo declara es una obra de Juan Villoro, una parodia de la vida de los intelectuales de otra generación, cuando se daba un especie de toma y daca entre ellos y los funcionarios de gobierno y estos los premiaban siempre y cuando aquellos les embarraran un poco de su prestigio para que el público los asociaran como buenos “amigos del hombre” o en todo caso, se supiera que el Presidente era un hegeliano no ortodoxo, como le convenía a su imagen política.

Es una obra en dos actos puesta en escena en el Teatro Santa Catarina en Coyoacán dirigida por Antonio Castro, con escenografía y vestuario de Mónica Raya y un reparto de primera: Arturo Ríos es El Profesor —a quien le decían "el Pulpo”— un filósofo cuya inteligencia es directamente proporcional a la neurosis todo un Homo ludens, un buen fajador que, por cierto, como se han dado otros casos, se casó con una de sus mejores discípulas, con Clara (Pilar Ixquic Mata), una joven brillante que conocía mejor que él mismo aquello de El ser en sí, obra que recientemente habían publicado con un tiraje de 80 mil ejemplares y un sólo lector: Jacinto (Edgar Parra), estudiante de filosofía en la universidad abierta, chofer, mensajero y mozo por las noches. Un verdadero presocrático, un hombre anterior a la razón —como le decía el Profesor—, que cuando hablaba, desesperado el maestro lo corregía, como lo hizo cuando regresó sin resolver el pago de su derechos de autor, porque decía que "la tinta tenía que haber sido negra, no azul, por eso ocupan otra firma... pero eso está complicado porque... la editorial está hasta lo que viene siendo Circunvalación... y con la calor que hace...”

Pero, el verdadero duelo es el que hay entre Profesor y su colega, el “Pato” Bermúdez (Emilio Echeverría), un maestro bueno para el salto de rana y para saltar de una cama a la otra. Como en Los duelistas de Joseph Conrad, son amigos y enemigos de siempre, el segundo era bueno para la grilla y por lo pronto, es el Presidente de la Academia que, según Clara, más bien pertenece a esa clase de atracciones que da vergüenza tener... es un especie de filósofo de hotel de paso, un hombre que aseguraba que las universidades no son lugares de encuentro sino de representación, escenarios para el ejercicio de la vanidad.

La cuarta en escena es Pilar (Fabiana Perzabal), la sobrina del Profesor recién llegada de la India. Hija de la hermana del profesor, la recuerda en su infancia, cuando se dio una relación con rasgos incestuosos: le había salvado la vida en el desierto... y esa noche —recuerda— durmió como nunca. No soñé. Estaba vacío. Fue mi contacto con lo indecible... Había olvidado esa epifanía... Al día siguiente me despertó una manita. Mi hermana me rozó la cara. Volví al mundo. Esa manita me trajo de vuelta. ¿Por qué lo hizo?

El primer acto es una comedia al ritmo del estado de ánimo del profesor y Clara su esposa que pasa de la exaltación del amor y de la cachondería a la disertación de las telarañas, al regaño y la broma y siempre retando a la inteligencia, como si jugaran ping-pong con la pelota de las ideas —con muchas palabras y poca acción—, pero que nos reímos un buen rato.

El segundo acto es un drama y el cambio de tono les cuesta trabajo a los actores, pues el Profesor pasa a la exaltación del amor y la amistad con su Némesis que, como buena rana de los deportes extremos, vuelve a ejercitar el salto mortal ahora con la sobrina hasta que la pareja de anfitriones declararan que, en realidad, ha sufrido una muerte congruente, una muerte moral o el crimen perfecto, el asesinato filosófico, sin culpables: una muerte por argumentación.