miércoles, 27 de octubre de 2010

Lleno de vida como el Réquiem de Mozart

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 29 de octubre, 2010.


A la memoria de Alí Chumacero (1918-2010)
(Flores de muertos o Cempasúchil, Tagetes erecta). Este fin de semana la Orquesta Filarmónica de la UNAM va a interpretar en la Sala Nezahuacóyotl el Réquiem de Mozart, una de las grandes obras de este compositor, donde se expresa el deseo del hombre de ser aceptado y por eso pide que le den el reposo eterno: Réquiem aeternam dona eis, Domine — Señor, danos el descanso eterno y que tu eterna luz lo ilumine para ver si logramos ver aquello que nunca los ojos han visto, ni los oídos escuchado, en un concierto que viene a cuento por las costumbres del 1º de noviembre cuando recordamos a los que se han adelantado en el viaje y cuya ausencia nos provoca cierta angustia, tal vez porque nos recuerda nuestro fin propio. Con este concierto podremos digerir eso de pasar nuestra hora por el escenario y llegar hasta el fin de la obra.

No podemos dejar de disfrutar la vida por ser efímera, como no podemos dejar de disfrutar los que nos rodean, aunque nos entristezca que se hayan ido, aunque algo de ellos se queda dentro de nosotros: la sonrisa, una actitud frente a la vida, su inteligencia, su gesto adusto o su nostalgia, como esa que entendí a través de Chéjov, y así, con el Réquiem podremos consolarnos y aprovechar esta interpretación de la muerte para entender o, por lo menos, de aceptar la realidad y caminar —aunque sea dando tumbos— hasta aceptar lo efímero, como lo explica Matthew von Unwerth en Freud’s Réquiem, cuando cuenta aquel día imaginario que Freud, Lou-Andreas Salomé y Rainer María Rilke salen a caminar un día cualquiera en el verano, cuando estaban los tres en Suiza, para que todos pudiesen disfrutar de la belleza de la naturaleza menos el poeta Rilke, que se negaba a hacerlo porque sabía que esa belleza era efímera.

Señor, ten piedad de nosotros —cantan en la obra de Mozart el Kirye eleison— y nosotros recordamos cuando salieron a caminar en el verano y el poeta admiraba la belleza del paisaje sin poder sentir alegría alguna. Estaba preocupado porque la belleza que los rodeaba se acaba y desaparece cuando llega el invierno, como sucede con la belleza humana y con el esplendor de todo lo que el hombre ha creado —como el Réquiem de Mozart—, incapaz de disfrutar algo que hubiese amado pues todo lo que tenía valor, sabía que se quedaría trasquilado por el destino fatal de lo efímero.

Cuando el Réquiem llega a la Ira divina —Dies irae— antes del perdón, nos da pavor escucharlo tal como lo imaginó Mozart, tal como le sucedió a él al final de su vida alucinando al fantasma que le exigía la terminación de esa obra porque el tiempo se acababa. Pero después de la ira, la entrada triunfal.

Saber que todo lo que es hermoso decae —como se define en la entropía—, provoca diferentes impulsos: uno, nos lleva a un especie de abatimiento doloroso y melancolía como la que sentía Rilke; otro, nos impulsa a rebelarnos en contra de la realidad y nos dan ganas de creer que sea posible que todas las maravillas de la Naturaleza, del arte y del amor se desvanezcan un día en la nada, aunque sabemos que es absurdo y presuntuoso creer y, a pesar que lo deseamos con toda el alma, que todas las maravillas deben persistir y escaparse de los poderes de la destrucción.

Paradójicamente resulta que lo efímero hace que aumente más su valor y por eso debemos de disfrutarlo cada vez más. Pronto llega la Lux aeterna con la que termina el Réquiem de Mozart y nosotros salimos rumbo a la casa con todo esto que imaginamos a propósito de nuestro breve viaje por este mundo.

jueves, 21 de octubre de 2010

Grigori como zar y Juanito como delegado

El Informador, Tertulia, sábado 23 de octubre, 2010.

(Boris Godunov en la puesta en escena del MET de Nueva York). Por alguna razón, tratando de digerir la ópera Boris Godunov de Modesto Mussorgski que es un poco densa pero la más famosa de este compositor que se transmite este sábado en vivo y en directo desde el MET de Nueva York a las pantallas del Teatro Diana de Guadalajara y del Auditorio Nacional en la ciudad de México, asocié parte de la trama en las brumas de una fantasía en donde imaginé que Gregori, quien resultó ser un falso zarevich, logra el poder apoyado por Marina Mnishek quien, a su vez, deseaba recibir los beneficios como zarina, usurpando el poder desde su palacio en Sandomir. Rafael Acosta el famoso Juanito de la banda sobre la frente, lo hizo en Iztapalapa (delegación de la ciudad de México) asumiendo el poder sólo para pasarle la estafeta a Clara Brugada Molina desde su palacio en Santa Martha Acatitla.

Los dos se aprovecharon la anarquía que había en su momento y cada uno en los territorios: Juanito, en la brava delegación Iztapalapa —sede de los comercios de las partes robadas de los coches— y Grigori, en la Rusia zarista de finales del XVI, cuando padecían del dominio del Boris Godunov como zar, acusado de darle muerte a su hijo Dimitri y de perseguir a los boyardos (terratenientes) y a los jesuitas.

Grigori se hace pasar por el zarevich Dimitri y organizan una falsa y milagrosa resurrección. Juanito acepta el trato con AMLO para ganar las elecciones y, de esta manera, tanto Juanito, como Grigori, que eran dos perfectos desconocidos, se convierten, uno en candidato sustituible y, el otro, en un falso zarevich.

Rodeado de un coro como en la ópera, cuando Juanito recibió el poder cantó el Himno Nacional a capella acompañado del coro de vecinos de la Santa Martha Acatitla Sur. Grigori, una vez en el poder, fue recibido por un coro de vagabundos que le cantaban a la esperanza, coros rusos que emocionan mientras él caminaba con la corona sobre su cabeza dándoles nuevas esperanzas y liberando a los jesuitas y al boyardo antes de regresar a Moscú seguido por una multitud.

Juanito es delgado por unos cuantos días antes de pasarle la estafeta a Clara Brugada, gracias a AMLO; Grigori simula ser Dimitri, apoyado por el monje Pimen —el LO de la Rusia zarista—, quien jura que ese joven revivió de milagro con tal de que siga la función.

Juanito dio el grito de Independencia —en la esquina de Luis García y Carlos Canales—, gritando: ¡Viva México, viva Iztapalapa!, seguido de un niño que gritó ¡Viva mi abuelita! Al final de Boris Godunov se queda el idiota del pueblo lamentándose del amargo destino.

Lascuráin o el poder que corrompe en 45 minutos

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 24 de octubre, 2010.

( Erando González como Lascuráin en la puesta en escena del Teatro de la Paz). Tal parece que en cuarenta y cinco minutos o menos florecen los vicios que se apoderan del hombre cuando asume el poder: la prepotencia, el abuso, la corrupción y, no podía faltar, el acoso sexual. Todos y cada uno de ellos los imaginó Flavio González Mello y los escribió en una tragicomedia del poder —donde nos duele ver ese paulatino cinismo que se va apoderando del político—, como fue el caso —bien documentado— del licenciado Pedro Lascuráin Paredes, que ocupó la presidencia de la República 45 minutos después de la decena trágica en el año de 1913 y que ahora lo recuerda Flavio en esa obra de teatro que ha vuelto al escenario en donde lo efímero del poder —o en todo caso de la vida—, resulta ser tal como lo habíamos escuchado en la voz del Macbeth medieval de la obra de Shakespeare, cuando dice que la vida no es más que una sombra que pasa, un pobre actor que se pavonea y gesticula una hora en el escenario y después, no se le oye más; es un cuento contado por un idiota, pleno de sonido y furia que nada significa.

Basado en un caso de la vida real, esta historia pertenece al ámbito de la Revolución que tanto hemos cacareado durante este año. El licenciando Lascuráin se puso la banda tricolor unos cuantos minutos, tan pocos que nadie más lo ha hecho en la historia de México.

La obra la pueden ver en el Teatro Casa de la Paz (Cozumel 33 de la colonia Roma) y está en escena de jueves a domingo, ahora que el papel de Lascuráin está a cargo de un gran actor como es Erando González (quien adaptó un Ricardo III de Shakespeare, en un monólogo espléndido, como si fuera un sueño) manteniendo así la altura que necesita esta comedia política, con la jiribilla de González Mello, como la tuvo 1821, el año que fuimos imperio.

Lascuráin —apellido del que abundan miles de seres colgados de las ramas de ese árbol genealógico—, nació en la ciudad de México en 1856, estudió leyes y fue director de la Libre durante dieciséis años hasta que la Revolución le hizo justicia: al triunfo del movimiento fue nombrado por Madero como Secretario de Relaciones Exteriores, puesto que ocupó en dos ocasiones: primero en 1912 y después de la decena trágica del mes de febrero de 1913.

Cuando Lascuráin supo que Madero y Pino Suárez corrían peligro, trató de convencerlos para que renunciaran pero no pudo lograrlo: ya que estaban presos en el Palacio Nacional el Congreso decidió aplicar la Constitución de 1857 en donde se establecía que, en ausencia del Presidente, el Gobierno debía de recaer en manos del Secretario de Relaciones Exteriores y, tal como fue planeado por Victoriano Huerta, Lascuráin fue nombrado Presidente interino pero no tuvo tiempo de montar mucho a su caballo, sólo el tiempo suficiente para rendir protesta, nombrar a Huerta como nuevo Secretario de Relaciones quien sustituyó a la brevedad a su compadre Lascuráin, arrebatándole la banda tricolor para que él asumiera legalmente la Presidencia de la República.

Pero Lascuráin gobernó 45 minutos y ese fue el tiempo suficiente para que se demostrara paulatinamente lo podrido que está por dentro un hombre cuando asume el poder. Murió en la ciudad de México en 1952 y lo podemos imaginar a esas alturas, al final de su vida que todavía saboreaba la suave textura de la banda tricolor que por unos instantes la portó para subirse a la escena y gobernar desde sus oficinas del Palacio Nacional, recordando cómo por un momento pretendió apoderarse unos instantes más de la silla presidencial, por aquello del pequeño dictador que tenemos todos adentro y que, en cualquier oportunidad, el poder se encarga de darle vida.

sábado, 16 de octubre de 2010

Jordi Savall y sus locuras criollas

Día Siete, domingo 10 de octubre, 2010, (No. 528).

Son pocos los que pueden olvidar la música de Monsieur Saint-Colombe en Tous le matins du monde (1991), la película de Alian Corneau (1943-) en donde nos cuenta la vida de dos músicos que vivieron a finales del siglo XVII, un de ellos era un virtuoso de la viola da gamba —instrumento que es y suena como el cello pero que no descansa en el piso, sino que se sostiene entre las piernas—, quien, a la muerte de su esposa, desconsolado, se aisló del mundo para interpretar su música a ver si lograba, como Orfeo, volver a ver a su mujer fallecida un día cualquiera. Ausencia de la que no se pudo recuperar excepto a través de su viola.

En esa misma película escuchamos la música de Marin Marais (1656-1728) —con Gerard Depardieu en ese papel—, discípulo de Saint-Colombe y de Jean-Baptiste Lully quien lo contrató para tocar con la orquesta de la corte de Luis XIV de Francia para ser nombrado en 1679 como Ordinaire de la chambre du roi pour la viole hasta el final de su vida.

Marin Marais se escapaba para escuchar a su maestro Saint-Colombe y, agazapado, envidiaba la música que improvisaba su maestro tan cerca de la perfección porque trataba con los dioses. Los dos músicos contrastaban en la forma y en el fondo y, por eso, cuando escuchamos a Saint-Colombe, nos transporta a un mundo espiritual, en cambio, la música de Marais, era para entretener a la corte, cuya orquesta dirigía Lully con un bastón golpeando el suelo, hasta que un día se dio en un trancazo en uno de los pies y meses después murió por la infección producto de ese golpe.

Saint-Colombe cortejaba a los dioses para que le permitieran volver a ver a su mujer y por eso, interpretaba una música extraña que nos envuelve entre sus olas, como las que iba produciendo en diferentes tonos.

El músico que estaba detrás de la pantalla tocando la viola da gamba era nada menos que Jordi Savall i Bernadet, músico nacido en Barcelona en 1941 que, para estas fechas, se le considera como uno de los grandes de ese instrumento, gran director de orquestas y musicólogo especializado en la música de la Edad Media.

Savall es Saint–Colombe con un mimetismo perfecto y nos imaginamos que, desde el momento que descubrió esa música conservada en un cuaderno de notas con forros de cuero en donde el maestro apuntaba sus ideas para interpretar con su viola da gamba y que jamás publicó porque decía que eran simples improvisaciones de cosas que se le ocurrían en un momento dado y por eso, no las consideraba obras terminadas.

Jordi Savall tuvo la habilidad de ver el mundo a través de ese violagambista del XVII y descubrir lo que sentía, pues la versión que nos ofrece, a propósito de ese personaje, perdura hasta nuestros días. Logró trasmitirnos, en toda su extensión, la pureza de un arte antiguo compuesto por un virtuoso como es esa obra ahora conocida como Tombeau des Regrets o La tumba de los pesares.

Recientemente Jordi Savall ha grabado El nuevo mundo, Folías Criollas en donde ha incluido algunos temas mexicanos como El Fandanguito que, si mal no recuerdan, empieza diciendo así:

Como arroyo cristalino
brota de mi pecho el verso
cuál momento es más divino
cuando estoy contigo, pienso,
cuando yo tus ojos miro
o cuando tus labios beso.


Celebramos el hecho de que haya incluido esta música con todo y su virtuosismo, pues, con esta nueva versión ha llegado hasta las mismas costas de Veracruz, que fue la puerta de entrada para ese encuentro que se dio entre los dos mundos y las dos culturas.

Savall se ha dedicado a recuperar la música medieval como las famosas Cantigas del Alfonso X que, para su fortuna las encontró con todo y la notación musical espléndidamente caligrafiada tal como lo había ordenado ese rey en el siglo XIII en plena Edad Media Baja.

Con Alfonso X —nos dice Antonio Alatorre en Los 1001 años del Español— se inició lo que ahora conocemos como español y que es el idioma que hablamos. Alfonso X, el Sabio reinó de 1252 a 1284 y fue el parteaguas de nuestro idioma. Dejó a un lado las guerras y conquistas para crear un gran centro de estudios con suficientes copistas que empezaron a publicar todo lo que se pudo en esto que ahora conocemos como el español.

Las Cantigas de Alfonso X, tal como las que Jordi Savall ha recuperado e interpretado, las escuchamos en julio de 1991 cuando estuvimos en Morelia con Eduardo Mata dirigiendo a Lourdes Ambríz y al Cuarteto Latinoamericano que interpretaban una versión del cubano Julián Orbón (1925-1991) como las Tres Cantigas del rey en donde, claramente, nos imaginarnos a un Jordi Savall con su viola de gamba, acompañando la delicada voz de la soprano mientras cantaba en español antiguo aquello que dice:

A creer devemos que todo pecado
Deus pol a sa madre vera perdoado
Por end’ un migrare vos direi mui grande
Que Santa María fez e ela mande
Que mostrat-o possa per mi é non amde
Demandan’a outre que de de recado.


La viola da gamba es un instrumento de finales del siglo XV, hasta las últimas décadas del XVIII. Tiene seis cuerdas, afinadas por cuartas (con una tercera mayor entre las centrales), Es un instrumento que se sostiene entre las piernas —no como el chelo que se apoya en el suelo clavando el puntale—, y es tañido con el arco palma arriba. Está muy cerca de la voz humana, por eso gusta tanto cuando tocan sus graves que nos dan la sensación de sosiego o cuando tocan los agudos que nos provocan una cierta excitación, pero, lo más interesante —dice Jordi Savall—, es poder viajar con Bach, Monteverdi o Marais para que nos lleven a esos lugares en donde no hace falta ninguna otra explicación.

Savall empezó a estudiar música a los seis años de edad en Igualada, cerca de Barcelona. En 1965 acabó sus estudios superiores de música y cello en el Conservatorio de Barcelona para irse a estudiar a Suiza en 1968 donde siguió su formación en la Schola Cantorum Basiliensis donde decidió dedicarse a reivindicar ese instrumento, casi olvidado, como era la viola de gamba.

A partir de entonces, se dedicó obsesivamente a investigar, rescatar y darle su lugar a la música antigua que había sido compuesta en la península Ibérica o en el resto de Europa. De ahí las Cantigas del rey y la música del señor Saint-Colombe.

En 1970, un par de años después, empezó su carrera como intérprete de la viola de gamba y, a esas alturas de su vida, es uno de sus más grandes con ese instrumento. Ha fundado tres grupos musicales: Hespèrion XXI, La Capella Reial de Catalunya (1987) y Le Concert des Nations (1989) y en estos tres conjuntos ha incluido repertorios musicales de la Edad Media y algunas composiciones del siglo XIX, obras que siempre interpreta con el máximo rigor histórico.

Ha tenido mucho éxito como interprete y, por supuesto, le han pedido que participe en otras películas dentro de ese lapso histórico además de Todas las mañanas de mundo del siglo XVII, tal como sucedió en las dos versiones de Juana de Arco dirigida por Jacques Rivette: Jeanne la Pucelle I y II, Las batallas y Las prisiones que se remontan al siglo XV.

Aunque se sabe poco de la música profana de la península ibérica antes del siglo XIII, hay algunos lamentos visigóticos y canciones de la sibila pero el legado más importante, sin duda, es la antología recopilada por el rey de Castilla y León, el rey Alfonso X más conocida como las Cantigas de Santa María con más de 400 canciones, uno de los mayores monumentos de la música medieval.

A Alfonso X le gustaba mucho la música y, por eso, fue mecenas de los trovadores, entre ellos, Guiraut Riquier, que pasó una temporada en la corte de ese rey. Al analizar estas obras, Jordi Savall se pregunta si en las miniaturas que adornan las Cantigas aparecen músicos e instrumentos árabes, ¿no será que esas melodías tienen que ver con los moros? Tal parece que los ritmos y la tendencia —como sucede en las monodias profanas europeas— se derivaron de los moros, como aseguran los expertos en esa materia.

En toda su carrera Savall ha dirigido orquestas de prestigio y, como ya lo hemos dicho, ha reivindicado la música antigua. Por eso, andando el tiempo, lo han nombrado Officier de l'Ordre des Artes et des Lettres por el Ministerio de Cultura de Francia (1988); en 1990 recibió la Creu de Sant Jordi de la Generalidad de Cataluña; ocho años después, le dieron la Medalla de Oro de las Bellas Artes (1998) del Ministerio de Cultura de España y desde 1999 es Miembro de Honor de la Konzerthaus de Viena. También ha recibido el Premio de Honor de la Fundación Jaume I y Doctor Honoris Causa por la Université Catholique de Louvain (Bélgica). Su discografía llega a más de 120 grabaciones con 50 premios internacionales. Desde 1998 publica sus obras en su propia firma, Alia Vox, una empresa que ha creado para poder satisfacer su visión y grabar las obras que tanto le agradecemos haya recuperado.

En julio de este año, durante la edición de este año del Monaco Dance Forum, en un escenario al aire libre, a espaldas de la ópera de esa ciudad y frente al mar, Alonzo King estrenó Writing ground, un programa en colaboración con músicos, escritores y coreógrafos en donde la divergencia de lo que se escuchaba y se veía se terminó en el momento que se pudo escuchar la enjundiosa y compleja suite musical basada en algunos fragmentos de música antigua —con todo y fanfarrias—, donde volvió a brillar el trabajo de Jordi Savall, que contrastó brutalmente con el resto de la música. De pronto se escuchó algo ligero, con acentos elevados y en ascensión —como se expresa la esperanza, ese deseo que el hombre guarda en el fondo de su alma—, y con esas emociones, pudo trazar lo referentes iconográficos del barroco.

Una vez más el virtuosismo de Savall logra expresar los deseos del hombre y que nos permite imaginarnos se puede evitar el dolor y así, poder enfilarnos, viento en popa, hacia una felicidad que desconocemos.

Con el corazón horadado
y en el vacío de mi mente
mi horizonte se ha nublado
como presagiando la muerte
pues cómo aceptar resignado
el vivir pero no verte.


Como canta El Fandanguito que viene a colación por la versión que prepara Savall con sus locuras criollas de este tan conocido Nuevo Mundo. Arcadi Espada lo entrevistó y por eso nos enteramos que Savall vive por y para la música, al igual que su mujer, la soprano Montserrat Figueras.

—Yo diría que la música —dijo Savall— pone al hombre en contacto con unos fenómenos que no se logra con otras experiencias convencionales.

Jordi Savall tiene dos hijos: Ariana, canta-autora y arpista, y Ferrán, también cantautor e intérprete de la guitarra y de la tiorba barroca (parecido al laúd barroco) y todos viven a las afueras de Barcelona en una especie de taller o templo.

—¿Me preguntas que me da la música en la vida? —le preguntó Espada— Me da esa armonía que contrasta con el caos en el que vivimos; me da paz, emoción y felicidad... y luego nos explica cómo la música y su interpretación lo acerca a la idea de lo divino —como a Saint-Colombe— y cree que es un milagro cuando escuchamos la música en el interior —esa recóndita armonía—, pues el ritmo, el fraseo y su improvisación, toman vida de manera fugaz.

—La música —dice Savall— está antes que las palabras y por eso un niño percibe, por la forma en que se las cantamos, el amor de sus padres aunque no entienda lo que dicen: si le decimos ¡qué feo eres! pero lo hacemos con una voz melodiosa y con cierta ternura, no le importa al niño; en cambio, si le decimos ¡qué bonito eres!, y lo hacemos gritando se espanta y seguramente llora.

La cuestión es saber por qué la música es capaz de producir emociones sin otra explicación. Para disfrutar la música de Bach —dice—, no hacen falta que alguien nos explique nada. Nuestra vivencia musical depende de nuestra sensibilidad, espiritualidad y capacidad para emocionarnos y, no tanto, de los conocimientos abstractos.

Jordi Savall es un virtuoso de la viola da gamba que a sus 70 años ha logrado sublimar la música antigua para darle la dimensión que se merece y, por todo eso, se lo agradecemos.

jueves, 14 de octubre de 2010

Renacer como el ave Fénix

El Informador, Tertulia, sábado 16 de octubre, 2010.

(Omar Reygadas, uno de los mineros chilenos). Como todo mundo, nos pasamos esta semana siguiendo la noticia del rescate de los 33 mineros chilenos que vivieron en las tinieblas durante 70 días y sus noches —quién sabe cómo las distinguían— para volver a la superficie de la tierra que era más de lo que podían soñar.

Vemos el operativo, la estrategia de sobrevivencia, el apoyo mundial con tecnologías de todas partes y un plan que consideró lo que fuese necesario para que estos hombres volvieran a la vida y eso es lo más deseable. Una vez más el renacimiento, la resurrección o la segunda oportunidad como la que desarrolló Mahler en su Segunda Sinfonía que nos llegó a fondo.

Volver a ver a su familia, a la mujer —o a las dos mujeres como parece ser que es el caso de uno de los mineros que imagino, no le importa enfrentarlas con tal de salir del hoyo; volver a ver la luz, recibir el golpe del calor que viene del desierto durante el día, saber que hay día y noche y no sólo la obscuridad total, recibir con la camisa al aire el viento que corre por la superficie arenosa y prepararse al frío de la noche, arroparse con la mujer y seguir soñando.

Eso que el resto de la humanidad vivimos todos los días, es para ellos —y para nosotros—, un buen ejemplo, es el paraíso y lo más deseable con todo lo demás que hacemos todos los días: comer y beber un buen vino como el que producen en ese país y celebrar con esos mariscos extraños que saben a yodo puro y que tanto disfrutan los chilenos.

Ese es el paraíso al que van a entrar y es el mismo que nosotros vivimos todos los días, ¿por qué no somos capaces de percibirlos así? Tal vez hemos perdido la capacidad de asombro, esa elemental habilidad para ver las cosas desde otra perspectiva, hoy es hoy y la luz del sol de este otoño está clara y nítida como pocas veces, por eso el Popocatéptl se muestra en todo su esplendor como pocos días al año.

Hoy quiero celebrar con los mineros chilenos disfrutando lo que ellos creían que nunca más lo iban a hacer, quiero sentirme como uno de ellos, como si yo también hubiese salido del hoyo sobre las alas del ave Fénix.

Hoy quiero celebrar con ellos como si yo me hubiese quedado encerrado y de pronto salgo a la superficie, poco a poco, hasta escuchar la gritería y el llanto, recibir el abrazo y el gusto, tener culpa y miedo y todo lo demás que siempre nos rodea en la vida real para gritar con ellos: ¡Viva Chile, mierda!

Apuntes para Posidón, el dios del mar

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 15 de octubre, 2010.


(Uno de los Apuntes para Posidón para la creación de los mares). Posidón es un dios del Olimpo, hijo de Crono y Rea. Es el hermano menor de Zeus criado por los Telquines, genios de Rodas e hijos del Mar y de la Tierra y por Céfiro, la hija del Océano. En edad viril se enamoró de Halia, hermana de los Telquinos con quien tuvo seis hijos varones y una mujer llamada Rodo, como esa isla. Posidón es el dios creador del mar.

Marina Láscaris es una artista que vive en México desde hace tiempo que nació en la isla de Creta, al occidente del mar Egeo. Su nombre —Marina— viene a cuento ahora que se le ocurrió presentar sus recientes obras de arte Palabras e imágenes, en el Taller de la Casa Luis Barragán que estará a la vista hasta finales de octubre.

Lo que más me llamó la atención fue una obra expresada en un cuaderno donde ha trazado los Apuntes de Posidón para la Creación de los Mares, esbozos que Marina le sugiere al dios del Olimpo, al hijo del Tiempo para su creación antes que los antiguos griegos navegaran por esa creación tan robusta.

Marina no sólo recuerda los apuntes que hizo Posidón, sino parece que le sugiere algunas formas para que las creara, antes de reinar sobre su propia creación y por eso, nos muestra diferentes facetas del mar que han cruzado griegos de la talla de Ulises que lo hace intentando regresar a Ítaca. O el viejo Eneas, el troyano que libra la muerte tantas veces hasta fundar Roma, sin importarle que las reina Dido de Cartago se haya suicidado después de ser abandonada.

Las olas que van una detrás de la otra en la historia de la cultura occidental como ahora los minutos se sobreponen uno tras el siguiente, Marina nos presenta lo que pudo haber imaginado Posidón ese mar que fuimos una vez afortunados de navegarlo desde Atenas hasta la isla de Miconos, a principios de otro mes de octubre y al final de la temporada de navegación antes de que Posidón soltara su fuerzas invernales envuelto en su furibunda soledad.

Rumbo al archipiélago de las Cícladas, cruzando las aguas del mar Egeo llegamos a nuestro destino: la isla de Miconos, una isla cerca de Delos, donde Leto parió con apuros a Apolo, el delfín, nacido en el centro mismo de la isla, mientras su madre se sostenía de unas palmeras vigiladas por leones de mirada feroz.

Marina Láscaris ha sacado del fondo de lo más recóndito de su infancia algunas de sus imágenes que recuerda del mar antes de ponerse a rayar con las puntas de un clavo, agresiva y dulcemente, las hojas azuladas de plástico con los apuntes para la obra de Posidón, trazando diferentes tipos de olas —y sentimientos— que, como el tiempo, van una detrás de la otra en un continuo sinfín, recordando lo que vio de pequeña en la isla de Creta, una cultura que había desaparecido siglos antes por el tsunami producto del hundimiento de los tres volcanes que había en Santorini que acabó con la cultura Minoica para darle paso a la Micénica del Peloponeso.

Láscaris saca del fondo de su alma estos apuntes y nos presenta al mar en movimiento, un mar profundo con sus apacibles tumbos que van a oscilar con suavidad en ese esbozo de Posidón, antes de pasar a la furia desencadenada como de pesadilla para sugerir una ola que gira y se enrosca en sí misma —como una serpiente— antes de azotar la superficie, como sucede con la pasión, cuando nos toma desprevenidos. No pudo faltar en estos apuntes divinos la perfecta y geométrica ola con forma de caracol que se enreda en sí misma para darle paso a la siguiente que, sin detenerse, nos cubre para que no se nos olvide el poder de Posidón.

miércoles, 6 de octubre de 2010

La luz dorada en lo profundo del Rin

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 8 de octubre, 2010.


(La puesta en escena del MET). El sábado 9 de octubre inicia la temporada del Metropolitan Opera House con sus transmisiones en vivo y en directo del escenario de Nueva York a las pantallas de alta definición del Auditorio Nacional de la ciudad de México y en las del Teatro Diana en la ciudad de Guadalajara, iniciando con El oro del Rin, un Prólogo de 163 minutos y primera parte de la tetralogía del Anillo de los Nibelungos, la obra monumental de Richard Wagner (1813-1883) que ahora se ponen en escena en el MET con una producción impresionante.

Todo lo que forma parte del ser humano está en las fuentes que utilizó Wagner para componer su obra como fue la Canción de los Nibelungos, un poema épico en donde conocemos varios asuntos que tienen que ver con el poder, la ambición, la venganza y la política de una simple pero trágica historia donde Siegfried —el héroe— llega al poder por su propio esfuerzo hasta que es aplastado por la elite política.

Tal vez está basada en un hombre que se equivocó atacando al reino de Borgoña, que estaba en la parte alta del Rin y cerca del poblado de Worms, una antigua ciudad celta que era la sede del esplendor del reino borgoñés donde gobernaba Günther como rey.
En este prólogo se roban el oro del Rin para fundir una parte y hacerse un anillo con poderes extraordinarios. Wagner nos lleva al amanecer de ese mundo prístino —después del caos y la oscuridad—, donde hay unas nereidas juguetonas que cuidan del tesoro en la alta Germania, que no era otro que la luz del Sol que se llega hasta la profundidad de sus aguas y que habían confundido con el oro del Rin.

La misma profundidad como a la que llegan los símbolos que tienen que ver con nuestro origen: el agua del vientre antes de nacer a la luz de la historia y ponernos a nadar rumbo a la madurez para ser coronados.

De pronto aparece el adefesio libidinoso de Albreich para violar y robar el tes-oro-del-Rin y que de una vez por todas nos enteramos que, en este mundo, cohabitamos con el lado oscuro de la vida. El anillo fundido con el oro del Rin y sus poderes sobrenaturales son los que dan el paso a las acciones que la ambición busca y, por eso, se inician las batallas por el deseo de poseerlo.

Wotan es un dios a imagen y semejanza de los hombres que ha perdido un ojo para conquistar a Fricka su mujer que sueña con una mansión para los dioses, el Wallhala: una mansión encumbrada en las alturas para, desde allí, provocar tormentas. El sueño se convierte en realidad y hay que pagar a los Gigantes por su construcción que le exigen lo haga con el oro del Rin, con todo y el anillo o, si no, se llevan a la diosa Freia, la fuente de la eterna juventud.

La verdadera emoción de la épica no es saber lo que pasa al final sino cómo y por qué sucede todo lo que sucede hasta que el héroe y toda una dinastía son brutalmente asesinados.

Este poema narra cómo es que estuvieron a punto de extinguirse las tribus germánicas —después conocidos como los nibelungos— de la Borgoña cuando se enfrentaron a las tropas romanas en el 430 y empezaron sus leyendas orales que luego alguien transcribió en el 1200.

El anillo le otorga al hombre que lo porte superpoderes, como la corona de los reyes medievales o como el anillo donde se genera la vida o como la sabiduría del rey Salomón o como el anillo que Porcia que le da a Bassanio en El mercader de Venecia como símbolo de fidelidad, tal como lo hacen ahora los recién casados y que Wagner lo inmortalizó con ese otro anillo del Rin que, cuando es robado, los superpoderes se convierten en maldiciones, el amor en odio y la vida en muerte.