jueves, 30 de diciembre de 2010

¿Qué tan rápido pasa el tiempo?

El Informador, Tertulia, sábado 1 de enero, 2011.


Esta es una buena pregunta que nos podemos hacer justo cuando éste sábado de tertulia inicia la segunda década del XXI, cuando nos podemos detener por un momento para voltear por el espejo retrovisor para darnos cuenta que algunos medimos la vida en décadas pues parece que todo ha pasado hace una o más de ellas, en cambio, para los jóvenes, todo va a paso lento, por eso, habría qué tan rápido pasa el tiempo.

En algunas obras de teatro o de cine podemos ver, como en un espejo que mientras dura la función puede pasar el tiempo y así podemos viendo a varias generaciones en la pantalla o en la escena o la explicación justa e ingeniosa como la que hace Rosalinda —disfrazada de hombre— a Orlando, su galán, en Como les guste de Shakespeare, ese día que han quedado de verse en un par de horas y para ella, sin decirlo, se le hace una eternidad, por eso le explica cómo es que pasa el tiempo según sus circunstancias:

«Te voy a contar, si quieres saberlo —le dijo Rosalinda—, con quien trota el tiempo y con quien va a trote duro; así como, con quien va a galope y con quien parece que se queda parado. El tiempo va a trote duro entre el día que la novia se compromete y el día de su boda. Sí, señor, en ese ínterin las novias piensan que puede durar una semana, cuando el paso del tiempo, es decir el trote, es duro, porque parece que en lugar de los siete días, faltan siete largos años.

»Luego, el tiempo sabemos que va a paso normal con el cura que no sabe latín o con el rico que no sufre de gota: con el primero, porque duerme como lirón y no tiene que estudiar y, con el segundo, porque vive feliz sin sufrir esos terribles dolores: uno está exento de la carga mezquina de la pesada ciencia y el otro, porque no conoce el pesar que produce ese dolor.

»¡Ah!, pero el tiempo galopa con el ladrón que ha sido condenado a la ahorca, pues no le importa si camina despacio cuando va rumbo al cadalso y sólo va pensando que, de todas maneras, cuando llegue, será demasiado pronto. ¿Con quién se queda parado el tiempo? Tal parece que se detiene con los abogados cuando se supone que están de vacaciones, porque, como bien sabemos, se duermen entre juicio y juicio y así no se dan cuenta de cómo pasa el tiempo.»

A estas alturas de la vida creemos que va a galope tendido y no hay ni de donde agarrarse. Pero así es esto del Tiempo, ¿no creen?

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El teatro, el mejor simulacro que existe

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 31 de diciembre, 2010.


A lo mejor son mis nervios o el gusto que le he tomado al teatro que me hace verlo, a estas alturas de la vida, de una manera diferente, sobre todo, desde que empecé a girar a su alrededor hace una década; hace poco, por estar cerca del discurso del maestro José Luis Ibáñez y poco después de haber leído lo que escribió Vargas Llosa a propósito de El año del pensamiento mágico obra que vio en Londres con Vanessa Redgrave y que resumió diciendo que ninguna otra experiencia artística tiene un efecto tan poderoso sobre el ánimo y la conciencia del ser humano como una buena obra de teatro. Porque éste es el mejor simulacro que existe de la vida, el que se le parece más a nosotros... pues viven de verdad aquello que hacen y dicen, y lo viven si tienen el talento y la destreza debidas, de una manera tal que nos fuerza a vivirlo con ellos, saliendo de nosotros mismos, para ser otros, también mágicamente.

Tengo la impresión de que el buen teatro en México es escaso pero está presente en la ciudad de México como fue la reposición de Mambo de Oz, con Rodrigo Johnson como su director, un artista que tiene la capacidad de siempre enfrentarnos a lo inesperado, como podrá ser la versión de Hamlet que prepara con actores improvisados que habitan los barrios perdidos de León y que, seguramente será algo sorpresivo.

Eurídice que fue una de las joyas de este año, una obra con una gran calidad escénica dirigida por Otto Minera, en la nueva versión del mito de Orfeo y Eurídice, donde pudimos ver en ese papel a Ana Serradilla, recién casada con su Orfeo (ver fotografía), para perder la vida el mismo día de su boda en Nueva York y ser seducida por el Señor del Inframundo a quien siguió por las alturas de los rascacielos hasta caer a la entrada del Averno donde, felizmente, se encuentra con su padre, para recordar mejores tiempos. En medio de la tragedia, hubo muy buen sentido del humor que mucho agradecimos.

Los enredos de Calderón (de la Barca) alrededor de la seducción y el amor a primera vista entre un tal Lisardo, con quien empieza tejiendo con un punto de derecha Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) en una de las comedias más divertidas del año. El punto de revés lo hace Laura que sufre de los celos con don Félix y le hacen ver las cosas de otra manera. El tejido se fue armando en esa Casa con dos puertas, mala es de guardar, dirigida por Gilberto Guerrero en donde gozamos del entramado de equívocos tan del Siglo de Oro español.

El filósofo declara fue escrita por Juan Villoro y tuvo éxito en el Teatro de Santa Catarina de Coyoacán, entre otras cosas, por ser una parodia de los intelectuales de la generación anterior, cuando tenían que ver con el señor Presidente que deseaban ser conformados como hegelianos no ortodoxos, tal como les convenía a su imagen. La obra estuvo cuidada y dirigida por Antonio Castro, con escenografía y vestuario de Mónica Raya y un reparto de primera con Arturo Ríos, el filósofo que declara toda clase de cosas y cuya inteligencia es directamente proporcional a su neurosis; la esposa (Pilar Ixquic Mata), su exalumna es quien sabe todo lo que el otro presume y que junto con el chofer y mil usos de Jacinto (Edgar Parra) y la visita mortal del Pato Bermudez, experto en la polaca y acusado de ser un especie de filósofo de hotel de paso que aseguraba que las universidades son escenarios para el ejercicio de la vanidad, terminamos el año con esas agujas en el pajar.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Buen año de cartelera en la ciudad de México

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 24 de diciembre, 2010.


(Los amantes de Magritte). Cada vez que se acerca el fin de un ciclo y está por comenzar el siguiente nos dan ganas de hacer un especie de balance para saber cómo estuvo, en este caso, la cartelera y las actividades culturales durante el año que agoniza, para ver si en el 2011 que está por llegar galopando, hay posibilidades de mejorar el anterior.

Una muestra de entre los cientos de eventos hubo este año y que empezó por el descubrimiento de la transmisión en vivo y en directo de la ópera del MET para la pantalla HD del Auditorio Nacional con El Caballero de la Rosa de Strauss, con Reneé Fleming como Maria Teresa, la bella Mariscala que de pronto siente que ha envejecido y suelta las riendas de su amante, preguntándose, al mismo tiempo, qué fue lo que pasó pues tiene la sensación de que todo ha pasado y que al mismo tiempo ahí está, pues lo recuerda con tanta claridad que le resulta un misterio, sí, ese misterio que vivimos para descubrirlo. El chiste está en saber cómo hacerle y ahí está el detalle tal como lo canta melancólica.

Holmes llego al cine en una nueva versión y ese hombre elegante, enjuto y seco, de rostro aguileño con una cierta tonalidad mortecina con lo que nos dábamos cuenta que su salud era precaria, pero que, al mismo tiempo, seguía dominando el razonamiento deductivo y la observación detallada, ahora con Robert Downey Jr., como el detective, quien ganó un Globo de Oro y Jude Law como el asistente Watson.

Nada mal este año en lo que se refiere a las artes plásticas contemporáneas. Por ejemplo, la intervención que hizo el tapatío Francisco Ugarte (1973-) en la Casa Luis Barragán y que Viviana Kuri, su curadora, nos explica cómo este joven había desvanecido de un tajo la carga emocional de los contenidos de esa casa y lo convierte en otro lugar, ese otro más profundo como es el que que subyace detrás de las apariencias inmediatas.

NI hablar de la exposición de René Magritte y sus rostros cubiertos, como la vimos en el Palacio de Bellas Artes y esa historia que descubrí donde asocio con una parte de su obra. Cuando Magritte tenía catorce años y supo que su madre se había suicidado ahogándose en el río Sambre y un día después vio cuando sacaban su cuerpo río abajo, vio cómo salía con el rostro tapado por su falda. Esta escena, años después, eran el leit motiv de unos rostros que pintó tapados con trapos y que ahora son famosos. Había interpretado su dolor de eso que vio a la orilla del Sambre y después cubría el rostro de sus modelos como lo hizo por primera vez con Los amantes en 1927.

También disfrutamos de la improvisación a tres manos de Abraham Cruzvillegas con música de Antonio Fernández y con la intervención escénica que dirigió Antonio Castro en la galería kurimanzutto, en donde el humor iba parejo a la tragedia y el albur se instalaba al lado del drama, como en el streep-tease frente a un funcionario público que insiste hay que aplicar la ley para que ésta no siga siendo un espantapájaros que ya no asusta a las aves de rapiña, que ya se acostumbraron a verlo y ahora se posan en su cabeza. No tarda en aceptar el soborno y a exigirle a esta mujer que se desnude y le pague con cuerpomático.

Un buen año en la ciudad de México con tanta música como esa que escuchamos felices en la Sala Nezahualcóyotl como fue el Réquiem de Mozart -que nos hizo llorar, nada difícil, digamos—, y las Sinfonías de Mahler en la temporada del verano con la Orquesta Sinfónica de Minería y la batuta de Carlos Miguel Prieto en su apogeo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

De la cuna a la tumba entre las Navidades

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 17 de diciembre, 2010.

(El árbol genealógico de los Valderrama). La larga cena de Navidad es una obra de Thornton Wilder (1897-1975) que tradujo, adaptó y ahora dirige Otto Minera (1948-) en el Teatro de la Comedia Wilberto Cantón (José María Velasco 59 en San José Insurgentes) y que estará en escena hasta mediados de enero.

El texto es superficial y repetitivo, pero la obra es entretenida y nos hace recordar las propias experiencias en ese ámbito. Por eso vemos en escena, entre broma y vera, los sucesos en tumbos entre una y otra cena de Navidad entre esas familias que intentan repetir una vieja tradición y que resultan fracasos completos porque están llenas de fantasmas como los que cuelgan del árbol genealógico y que van, desde los abuelos que iniciaron esa costumbre y que seguramente disfrutamos en un momento dado de nuestra vida, hasta nuestros días.

Son los Valderrama que un año deciden cenar en Navidad y está Lucía (Lumi Cavazos) y Rodrigo su esposo, celebrando en su casa nueva de un pueblo en donde cae la nieve y todo el paisaje es blanco, un poco antes de que muera Lola (Marissa Savedra), la madre de Rodrigo.

En realidad lo que han hecho es girar la rueda de la fortuna para empezar a ver nacer y morir a los propios y a los ajenos y recordar su ausencia en cada una de las cenas de Navidad a la que han invitado a otros parientes: al primo Bracamontes (Emilio Guerrero) y luego, a la prima Ercilla (Margarita González), una mujer que despliega su talento como actriz y que llega para quedarse en la casa abandonada de provincia donde los ausentes son cada vez más numerosos, así como para enfrentar a las nuevas generaciones, los celos, las envidias, las herencias y las profesiones tan diferentes a las que quisieran los padres.

Humberto Spíndola, el gran artista de lo efímero, diseñó tanto el vestido del ángel (Aketzali Reséndiz), que aparece en un cuadro plástico espléndido enmarcada entre nubes de un cielo azul en papel de china a la izquierda —según se ve— donde sale de vez en cuando cargando a los recién nacidos. A la siniestra, está la salida, con sus cortinas negras, también de papel de china, como alma en luto para que seamos testigos de los ciclos que se van repitiendo entre cada una de las cenas, ahora con las nuevas generaciones, impotentes de hacer cambio alguno como las olas del mar, que llegan una detrás de la otra desde su nacimiento hasta la muerte en cada una de las cenas de Navidad, hechas primero con regios guajolotes de doble moquillo que crecían por esos rumbos y, al final, con pavos de doble pechuga traídos de Wisconsin.

Recordamos las cenas de Navidad y esa tradición que una vez fue espontánea pero que, después, se convirtió en una velada nostálgica con algunos llantos contenidos por la ausencia de los seres queridos que una vez colgaban de las ramas del árbol genealógico, incapaces de cambiar o improvisar algo nuevo para esa ocasión.

Ahí está el recuerdo del pasado, ese que siempre fue mejor, y el despliegue de las pasiones, las reclamaciones, las conciliaciones y los perdones que benefician tanto al que lo da como al que lo recibe y mientras pasa todo eso, nos entretenemos porque el tiempo viene de atrás y llega al borde, para reencender la esperanza y reafirmar la continuidad de la vida, como dice Otto Minera.

Rosa (Victoria Santaella) es la muchacha y la nana que, sin hablar palabra alguna nos da la medida del tiempo y resulta ser el reloj que marca las horas desde que es una jovencita y la alegría de la casa, hasta terminar arrastrando las babuchas y desaparecer de la escena dejando a su hija, idéntica, en el reciente ciclo de la vida.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Los Nobel también lloran

El Informador, Tertulia, sábado 11 de diciembre, 2010.


(La entrega de los Premios Nobel en el Palacio de Conciertos de Estocolmo). El martes 7 de diciembre, en una cena previa a la entrega de Nobel y al final de un discurso largo y sabroso, nadie esperaba que Mario Vargas Llosa fuese a llorar, pero ya sabemos qué puede suceder cuando las emociones agazapadas nos asaltan cuando menos lo esperamos, sobre todo, cuando tenemos algo de culpa o mezclamos lo íntimo con lo profesional, como le sucedió a este hombre con el que comparto tantas cosas.

Comparto sus ideas y le agradezco de su oficio el haber podido galopar desde hace tiempo, montado sobre la literatura, primero con La orgía perpetua y, hace poco, con sus comentarios sobre El año del pensamiento mágico, una obra con Vanesa Redgrave y la importancia del buen teatro.

Casi al final fue vencido por la emoción, cuando se refirió al amor que le tiene a Patricia, su prima y mujer desde hace tiempo y cómo es que ha convertido sus regaños en elogios: cuando ella le dice que es un inútil y que, para lo único que sirve es para escribir, él se lo agradece.

De pronto se le hace un nudo en la garganta y llora interrumpiéndose a sí mismo con la voz quebrada por la emoción y por el amor —o la culpa de ese amor, podríamos pensar—, con su prima Patricia que, gracias a ella, ha mantenido su oficio y ha logrado tener éxito, disfrutando de su libertad, caminando por el mundo y dándole de vueltas hasta llegar este viernes a Estocolmo para recibir el Nobel de Literatura.

Perú es Patricia, una prima de naricita respingada y de carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años —dijo—, en el discurso que tituló Elogio de la lectura y la ficción, en donde recuerda cuando la lectura convertía en sueño la vida y la vida en sueño y por eso se arrastraba por París hecho un Jean Valjean, así como sus ideas sobre la política, sobre los nacionalismos y los fanatismos, su decepción frente a la Revolución Cubana y otros sucesos del siglo XX y que son esas otras ideas que comparto desde hace tiempo.

Se vale —digo—, aunque no es deseable mezclar lo íntimo —y más si está lleno de culpa— con lo profesional, lleno de éxito, excepto, que haya querido mostrarnos otra cara, esa que algunos tenemos y que la gente cree que es una debilidad, cuando más bien se trata de la fortaleza misma para poder expresar y compartir las emociones en público.

Recompuesto, terminó su discurso tratando de convencer que la ficción nos aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico y es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo o la manera de cultivar el jardín interior más bello del mundo.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

El tesoro de los sellos, la intimidad y su ocaso

El Univesral, La Guía del Ocio, viernes 10 de diciembre, 2010.


(Penny Black, el primer timbre postal). Nos asomamos por la ventana asombrados de la infinitud de pequeñas imágenes que puede uno conectar con otros universos, con otros tiempos y con otros espacios, antes de disfrutar del continente y del contenido: del continente y los muros blancos y lisos restaurados con delicadeza en tres patios techados por un azul profundo —como el que nunca vemos en estas latitudes— y, de pronto, un muro de adobe, como si alguien se desnudara —sin pena alguna— para contrastar el blanco del blanco.

El contenido son las miles de pequeñas imágenes, como en los fuegos artificiales, pequeñas estrellas que se alumbran antes de caer en la oscuridad, puntos brillantes que parecen que huyen y abandonan su trayectoria sólo para escuchar el canto de una sirena sobre el lomo de un delfín en los sueños de una noche en el verano.

Caminando por la ciudad de Oaxaca nos asomamos al Museo de Filatelia (MUFI, Reforma 504), a espaldas del convento de Santo Domingo para descubrir una las grandes colecciones de timbres postales que va desde la primigenia, la que todo mundo quiere conocer, la Eva de los timbres postales impresa por los ingleses en 1840 conocida como la Penny Black de William Mulready con el perfil de la reina Victoria de Inglaterra para pagar el servicio de mensajería. Después, le siguieron los demás países que decidieron diseñar e imprimir sus propias imágenes y, al mismo tiempo, los coleccionistas que las empezaron a guardar y clasificar con todo y los sobres, que ocultaban el secreto de la carta o el mensaje furtivo, amparada por el sello que garantizaba ese servicio.

Los timbres vistos en conjunto son la historia misma de las naciones y que mandaron hacer retratos de sus personajes ilustres, de sus mujeres, de sus monumentos o reprodujeron obras de arte o ilustraron parte de su flora y de su fauna —como los que luego le sirvieron a Toledo para inspirarse y hacer una colección de insectos—, y construir de esa manera lo que sería la historia postal con esa constelación que, en un momento dado, la conectamos con lo que nos interesa.

Eduardo Barajas Mendoza es el director de este Mueso sorprendente bajo el sol y luz de Oaxaca quien, desde hace más de una década, ha logrado crecer y mantener esas delicadas piezas de museo protegidas y al alcance de la mano para disfrutar de sus historias.

Georges Herpin le llamó filatelia en Le collectionneur de Timbres Poste en París en 1864, que viene de philos, amante y atelia, pagado de antemano y uno piensa que son personajes como los describe Heriberto Yépez en su novela El matasellos, donde mueren algunos de ellos, como van a morir los timbres postales y el servicio que los acompaña, desplazados violentamente por el correo electrónico, las redes sociales y los móviles.

Tal vez lo único que quede un rato más, serán las falsas cartas a Santa en Navidad, porque el resto, boqueando y moribundo está en el ocaso y por eso aumenta su valor y la ambición de tener las más raras de esas especies.

Cuando nos asomamos a esa ventana en Oaxaca, nos quedamos deslumbrados de ver y disfrutar tantas imágenes y retratos de mujeres, héroes de la historia, monumentos y recuerdos como la Olimpíada del 68 o el Mundial del 86 y el deseo de vernos modernos en el México de los cincuentas.

Desde esa ventana también escudriñamos la intimidad del remitente desde varios puntos de vista y diferentes perspectivas y por eso leímos en voz baja algunas de las cartas que escribió Frida Kahlo a su doctorcito, escritas con clara letra Palmer y redonda, sin que le temblara la mano a pesar de imaginarnos el dolor que seguramente estaba sufriendo.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Amor eterno que duró sólo un día

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 3 de diciembre, 2010.


(Roberto Alegna y Marina Poploskaya, como Don Carlo e Isabel de Valois, en la ópera don Carlo de Verdi ahora en el MET). Después de haber leído Dom Karlos, Infant von Spanien, el drama escrito por Schiller, Giuseppe Verdi le pidió a François Joseph Méry y Camille du Locle que le escribieran un libreto para componer la ópera Don Carlo para que se estrenara en París durante la Exposición Universal de 1867. Esta misma ópera, en la versión italiana de 1886, la podremos ver el próximo sábado 11 de diciembre transmitida en vivo y en directo desde el MET de Nueva York a las pantallas HD del Auditorio Nacional en la ciudad de México, del Teatro Diana en Guadalajara o del auditorio Elizondo en Monterrey.

Se abre el telón en el bosque de Fontainebleau: es el invierno de 1558, justo después de haber firmado el tratado de paz entre Francia y España. La princesa Isabel de Valois está perdida en el bosque pero ahí encuentra al joven Carlos, su prometido, para jurarle amor eterno, aunque sólo les duró un día, antes de enterarse que se casaría con Felipe II, rey de España y padre de Carlos, en lugar de hacerlo con quien había soñado.

—¡No! —reclamó—, yo estoy comprometida con su hijo —dijo sin que nadie pudiera hacer algo. Era la fuerza del destino.

Isabel sabía que cuando Carlos había nacido en 1545, su madre, María de Portugal, había muerto en el parto; lo que no sabía es que ese niño había nacido con un desequilibrio mental y una complexión enfermiza. Tampoco sabía que en cuanto pudo conspiró contra su padre y que trataría de acuchillar al Duque de Alba sólo para ser detenido, procesado y encerrado en el Castillo de Arévalo hasta que murió —diez años después que se habían encontrado en el bosque—, de inanición y delirio, el mismo año en que ella también moriría, en el parto de su tercer hijo:

—Y allá arriba, nos veremos en un mundo mejor —cantaban los dos amantes antes de que bajara el telón—, en el porvenir eterno que, para nosotros, ya suena la hora.

La ópera de Verdi considera el contexto histórico del viudo negro que era Felipe II, un fanático que no entiende de la libertad del credo, un poderoso hombre con una soberbia descomunal que reprime sus sentimientos por razones de Estado, un hombre intolerante que se encierra entre los muros de los ritos y los mandamientos producto de ese fanatismo y que termina viejo, podrido, en un charco de pus en su cama de El Escorial, con vista al altar principal para llegar al más allá en línea recta.

Verdi trató de expresar la lucha de la libertad contra la opresión política y religiosa y para eso, incluye a dos poderosos personajes: el rey Felipe II y el Gran Inquisidor, un político y eclesiástico muy influyente en ese siglo.

Durante el XVI España recibía tanto oro y plata del Nuevo Mundo que pudo consolidar su Imperio, convertirse en defensor del cristianismo y construir la Armada Invencible que fue totalmente destruida frente a las costas de Inglaterra y en el Mar del Norte. Un rey que había conseguido la autorización del Papa para ser el monopolio del comercio entre el Viejo y el Nuevo Mundo, con lo que nació la piratería con Sir Francis Drake a la cabeza.

Antes que termine la ópera, Isabel de Valois recuerda el bosque de Fontainbleau y el día que conoció a don Carlo. Por eso, canta frente a la tumba de su suegro Carlos V, enterrado en el monasterio de El Escorial:

—Tú que conociste la vanidad del mundo y que gozas en tu sepulcro del reposo profundo, si aún se llora en el cielo, llora por mi dolor y lleva este llanto al trono del Señor... Ahora, mis pensamientos vuelan a Fontainebleau, donde un día juré amor eterno que sólo duró un día.