jueves, 27 de enero de 2011

Bajo la influencia de una estrella rival

INFOSEL Financiero, Crónica Cultural, jueves 27 de enero, 2011.


Todo mundo conoce la historia de Romeo y Julieta. Todo mundo sabe que se trata de dos jóvenes nacidos en Verona, bajo la influencia de una estrella rival, que se atrevieron a vivir su amor a pesar del odio entre sus familias como eran los Capuleto y los Montesco —como lo hay, sin ir tan lejos, en los Altos de Jalisco, entre los Barba y los Navarro—. Todo mundo sabe que tiene un final que deseamos fuese diferente pero que es tal como es y que se nos frunce el estómago cada vez que la volvemos a ver —o leer—, pues se mueren los dos amantes por errores, equivocaciones y una mala interpretación de los hechos, como puede suceder cuando se es muy joven.

La tragedia, escrita por William Shakespeare en 1595 ha servido a otros artistas para inspirarse, entre ellos está Sergei Prokofiev que compuso en 1935 la música para un ballet que se inauguró en San Petersburgo en 1940. Este mismo ballet de Romeo & Julieta lo podremos ver en el Teatro Metropolitan de la ciudad de México el próximo 4 de febrero a las 20:30 horas, en una versión con el Ballet Clásico Ruso de Moiseyev y la coreografía de Eugeny Amosov.

La historia nos lleva hasta las alturas del himeneo cuando Julieta lo espera para pasar juntos su noche de bodas. Cuando se despiertan y ella no sabe si es el ruiseñor o la alondra el que canta a esas horas de la madrugada, caemos por el vacío entre las premoniciones y un la muerte temprana de estos dos amantes que vivieron su amor con tal intensidad donde todo pasa como un relámpago del que no alcanzamos a decir ¡mira!, cuando ya se acabó.

Sin duda, una de las escenas más conmovedoras es cuando Romeo entra a la tumba donde reposa Julieta, pensando que ha muerto y sin poder hacerse al ánimo de haberla perdido —tal como nos puede pasar.

¡Cuántas veces, cuando el hombre está moribundo entra en un especie de euforia! Dicen los que velan que antes de morir todo es como un relámpago. ¿Cómo puedo llamarle a esto un relámpago? —dice Romeo, mientras vaga alrededor de Julieta— ¡Mi amor! La muerte te ha chupado la miel de tu aliento, pero no ha tenido la fuerza para destruir tu belleza. No te ha podido conquistar y el símbolo de tu belleza, como es el rojo carmesí de tus labios y de tus mejillas, no han alcanzado la pálida bandera de la muerte.

En el ballet, Romeo toma a Julieta entre sus brazos y la carga tratando de revivirla para que baile con él como lo habían hecho antes. Pero ella no le responde, aunque Romeo insiste y la vuelve a tomar para levantarla por los aires, como si fuese un espíritu, pero ella se desdobla y cae por la fuerza de gravedad. Entonces, decide tomar el veneno mortal que le compró al boticario: ¡Ah!, fiel boticario! ¡Qué rápido ha sido tu droga! Y yo, con este beso... muer —tal como lo dice en la obra de teatro y que en el ballet lo actúa, cayendo al suelo, al tiempo que Julieta se despierta sin saber dónde está.

Nos llega hasta el fondo del alma ese deseo de vida frente a la muerte que, muchas veces, nos hace negar lo que estamos viendo. Ahora es Julieta la que toma en sus brazos a Romeo y trata de bailar con él, aunque no puede levantar el peso muerto y se le desliza entre sus brazos para volver a caer, irremediablemente, antes de que ella decida morir: ¡Dulce puñal!, ésta es tu funda... oxídate aquí donde está tu morada... y dame la muerte. Así nos quedarnos helados, impávidos y dolidos al ver el final que ya conocíamos, pero que, sublimada por el ballet ruso, nos puede volver a conmover.

De la cultura a la frivolidad

El Informador, Tertulia, sábado 29 de enero, 2011.


(Escena de Las tres hermanas de Chéjov) Babelia, el suplemento cultural de El País celebró veinte años de vida y, entre otras cosas, publicó un avance de La civilización del espectáculo, el próximo libro de ensayos de Mario Vargas Llosa en donde, el ahora Nobel, desenfunda su pluma para defender quijotescamente los viejos parámetros de la cultura contra la ofensiva frivolidad que se ha filtrado hasta los huesos, analizando cómo es que la cultura se ha ido banalizando para convertirse, en algunos casos en un pálido remedo de lo que nuestros padres y abuelos entendían por esa palabra formada por todo aquello que nos permite reflexionar sobre uno mismo y que ahora se disfraza con una máscara para que crean que es mozuela y se la quieran llevar al río, sin saber que nos quedamos con las manos vacías, engañados y sin poder darle la vuelta al por qué, ni al para qué de esta vida.

Me parece —dice Vargas Llosa— que tal transformación significa un deterioro que nos sume en una creciente confusión de la que podía resultar, a la corta o a la larga, un mundo de valores estéticos, en el que las artes y las letras habrían pasado a ser poco más que formas secundarias de entretenimiento.

Parece que a las nuevas generaciones les da flojera conectar una cosa con otra y sorprenderse al descubrir de qué manera se arman las pequeñas redes del conocimiento que, atándolas en el tiempo, nos permiten ser más racionales y críticos y nos ayudan para que podamos expresarnos mejor.

El arte de la conversación se ha perdido y con eso, la capacidad de tolerar a los demás, de aprender que puede haber opiniones diferentes y que hay que convivir en un mundo donde la variedad es el gusto y la diferencia una realidad. La UNESCO opina que es a través de la cultura que podemos discernir los valores y tomar en cuenta diferentes opciones, además de expresar mejor.

La idea del progreso es engañosa —dice Vargas Llosa—, y tiene razón cuando describe cómo es que nunca ha estado menos segura la supervivencia del planeta a pesar de los movimientos sustentables que buscan detener su deterioro y volvamos a ser racionales en el uso de las energía; nunca ha habido tantos riesgos de una confrontación atómica, ni de la locura sanguinaria producto del fanatismo religioso; nunca antes tal erosión del medio ambiente.

Ojala poco a poco lo volvamos a entender para reconocer que en el mundo hay diferentes opiniones y no sólo una, como en esos países gobernados por una dictadura o que tienen gobiernos en donde la palabra divina es la única verdad absoluta.

Hace un siglo, la gente culta se negaba a darle la espalda a la realidad, como dice Vargas Llosa en este ensayo que promete.

miércoles, 19 de enero de 2011

Saltar los charcos de lluvia

El Informador, Tertulia, sábado 22 de enero, 2011.


Hay que hablar más con los demás, pero hablar de tal manera que la conversación nos alivie, en lugar de que nos lastime —fue una de las tantas cosas que propuso Barack Obama el pasado 11 de enero en la Universidad de Tucson, Arizona, cuando dio uno de los mejores discursos que he escuchado en mucho tiempo y tal vez, un parteaguas en su carrera como líder.

Insistió en la falta de humildad y les propuso aprender a usar la imaginación para ver cómo se tejen nuestras relaciones y cómo podemos construir una mejor Unión; habría que ver hacia dentro —decía—, ser un poco más compasivo —¿o habrá querido decir tolerantes?— con los otros; reconocer nuestra mortalidad y nuestras limitaciones para que nos importe menos el poder y la posición que ocupamos y podamos amar más a nuestros vecinos, compañeros, a la pareja y a los hijos.

Cuando iba a la mitad del discurso, los asistentes —incluido este virtual a través de YouTube—, estábamos emocionados y con los ojos llorosos. El discurso de Obama unió más que otra cosa y, para eso, tocó unas fibras que debería de haber conmovido al más pintado de los Republicanos.

Mencionó a los seis que fallecieron y contó lo que habían hecho en su vida y por qué estaban ahí ese sábado funesto, como si fuera su destino: su repentina muerte nos parte el corazón y lo tenemos hecho pedazos; sin embargo, hay un motivo para sentir consuelo y, con esa idea, le dio la vuelta a la tuerca y habló del heroísmo y la esperanza: los que murieron aquí y los que salvaron sus vidas, me han ayudado a convencerme de que, a pesar de que no es posible detener la maldad del mundo, la manera de tratarnos unos a otros depende de nosotros mismos y, a pesar de todas nuestras imperfecciones, tenemos cierta bondad y decencia; las fuerzas que nos dividen no serán tan poderosas como las que nos unen... Cristina Taylor Green era una niña de nueve años que falleció ese día. Estaba convencida de la democracia y por eso me gustaría que fuese como la imaginó... y que hagamos lo imposible para asegurar que este país esté a la altura de las expectativas de nuestros hijos.

Cuando Cristina nació en el 2001 apareció en el libro Los rostros de la esperanza. A un lado, su padres habían escrito unos buenos deseos para sus vidas: espero que ayudes a los necesitados —decía uno—; espero que saltes los charcos de lluvia —decía otro—, bueno —dijo Obama—, si hay charcos de lluvia en el cielo, espero que Cristina los esté saltando.

Feliz de haber sido testigo y de compartir este discurso.

jueves, 13 de enero de 2011

Frágiles suspiros

El Informador, Tertulia, sábado 15 de enero, 2011.


(Fotografía de Patricio Márquez Domenge) Hugo X. Velásquez (1929-2010) trabajó toda su vida con los cuatro elementos con los que se pensaba en el Renacimiento que estaba hecho el hombre: tierra, agua, aire y fuego. Una combinación de estos formaban lo que se llama el temperamento clasificado como sanguíneo, es decir, de humor variable o melancólico, triste y soñador; colérico o de voluntad fuerte y sentimientos impulsivos y, finalmente, flemático o apático.

Los cuatro elementos eran los mismos que usaba Hugo para hacer sus piezas de cerámica que tendrían seguramente su propio temperamento resultado de ese oficio que Hugo aprendió desde joven, con unas piezas expuestas a la alta temperatura que eran el resultado azaroso de la horneada, pues el vidriado nunca se sabe cómo quedaría y si resultaba tal como se lo había imaginado el ceramista que tenía que esperar hasta que saliera del horno. Por eso decía Hugo que el día que no le temblaran las piernas al final de la horneada, dejaría de ser ceramista.

En 1982 edité y publiqué un libro sobre su vida y obra, escrito por Ma. Luisa Puga quien tomó nota de sus años en Nueva York, hasta ese mismo momento. Luego, se fue a su taller en Cuernavaca para que nos pudiera explicar el proceso y lo que implica hacer una pieza de cerámica, tal como las hacía Hugo o como las sigue haciendo Aurora Suárez su esposa, también ceramista pero con un sello inconfundible relacionado a su feminidad, tanto en la forma, como en el fondo de sus piezas magníficas, presentadas siempre con cierta modestia frente a las del maestro y que fueron parte de su vida como pareja.

A Hugo lo despedimos este fin de año: falleció el pasado 31 de diciembre en su taller de Cuernavaca. Fue un gran amigo y artista indiscutible, tal como lo descubrió Germaine Gómez Haro cuando curó su exposición hace un par de años en la Casa Lamm donde encontró que el vacío y la paradoja eran las dos constantes en la obra de Hugo: bruscos y sutiles contrastes de lleno y vacío, presencias y ausencias, reposo y movimiento, control y libertad, azar y precisión, se alternan como notas improvisadas en la poética del jazz... Hugo contempla el mundo con una mirada azul y transparente, para aprehender el vacío y plasmarlo en un equilibrio perfecto... Es la presencia del azar la que guía el futuro de sus piezas en las manos delicadas de su creador hasta el gesto primordial y el fuego que fija y suspende el movimiento del cuerpo cerámico para siempre. La obra de Hugo X. Velásquez son frágiles suspiros detenidos en un instante fugaz.

Sí, las obras de Hugo, como su vida misma, fue un frágil suspiro entre sueños e ilusiones.

jueves, 6 de enero de 2011

La perla de Occidente de Puccini

El Informador, Tertulia, sábado 8 de enero, 2011.


(Emmy Destinn como Minnie y Pascuale Amato como el Bandido en la inauguración de la ópera en el MET de Nueva York en 1910). Si lo que más le gusta de las óperas es que sean ligeras, entretenidas, con una trama sencilla y un final feliz, donde además salga a relucir una de esas mujer como hay pocas, esas que son unas heroínas capaces de enfrentar sin problemas a más de una docena de hombres bragados como los buscadores de oro de California en la segunda mitad del siglo XIX, entonces, no lo piense más y salga corriendo para disfrutar de la transmisión en directo del MET de Nueva York al Teatro Diana (o en su caso en el Auditorio Nacional si está en la ciudad de México) con La fanciulla del West de Puccini título que podría traducirse a propósito de esas heroínas tapatías como La perla de Occidente.

Minnie es esa perla, es una tabernera que tiene una especie de magia erótica, como las legendarias amazonas, que pueden mantener a raya a una docena de gañanes que, en este caso, eran los buscadores durante la fiebre de oro en California.

A ese pueblo llega Dick Johnson, alias Ramírez, el bandido y los dos se enamoran como locos. Luego es Minnie quien lo protege del Sheriff y la justicia para jugársela con él aunque le cueste la vida pero que, en este caso, no le costó porque si no, no tendríamos el final feliz que nos permite disfrutar de esta ópera ligera.

Al bandolero le tiemblan las piernas cuando la ve por primera vez en Polka, la taberna donde trabaja y donde van los buscadores al atardecer, después de haber tamizado el agua de los arroyos y de haber buscado algunas vetas entre las montañas doradas, donde creían encontrar sus pepitas de oro que tantas veces recogían a flor de tierra.

Minnie no piensa en otra cosa más que en darle su “primer beso” y por en esas estaba cuando es necesario que ponga en acción su valor, combinado con su candidez, para salvar a su amante, tal como lo hacen las perlas enamoradas, sin medir las consecuencias.

Es una mujer diferente a otras del repertorio de Puccini, gracias al drama escrito por David Belasco (con B de burro, como decíamos) en The Girl of the Golden West. Es un modelo diferente que contrasta con las acongojadas, enfermizas y dependientes que habíamos visto en otras obras como Manon de Manon Lescaut que muere en los brazos de su amante o Mimí en La Bohemia o Cio-Cio-San, la Madama Butterfly que decide quitarse la vida.

En cambio, Minnie es una mujer bragada pero delicada y bondadosa, es una amante apasionada, como las que hemos conocido en el Occidente que defienden su felicidad y se convierten en grandes mujeres a la altura de Tosca. La perla de Occidente es una ópera para pasarla más que bien.

miércoles, 5 de enero de 2011

Hamlet o el cuento de nunca acabar

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 7 de enero, 2011.


¿Qué podemos esperar de la puesta en escena de Hamlet por el National Theatre de Londres, transmitida a las pantallas del Lunario —al costado del Auditorio Nacional—, el próximo miércoles 12 y jueves 13 de enero a las 20:00 horas, dirigida por Nicholas Haytner con Rory Kinnear en el papel principal? (Ver fotografía).

Hemos tratado —dijo Haytner—, de hacer una puesta en escena honesta, como era una de las tantas obsesiones de Hamlet. Por su cuenta y riesgo, Rory Kinnear nos dice que durante los ensayos pudo acercarse a Shakespeare en detalle, verso por verso, durante toda la obra y hacerlo de una manera pausada, tomándose en serio lo que decía y que por todo esto esperaba que el resultado fuese la suma de estos pequeños detalles.

La emoción de volver a ver esta obra es enorme, como son las expectativas, sobre todo después de volver leer la versión de Tomas Segovia publicada por la UAM en Ediciones sin nombre en el 2009 y de haber visto un avance con Kinnear en el primero de sus soliloquios: Ah, que esta carne demasiado, / demasiado compacta se fundiese..., dicho pausadamente, como lo diríamos si estuviéramos acongojados por la muerte de nuestro padre o por sentirnos atrapados entre el amor y el odio; entre el ser y no ser; entre el deseo y la obligación de vengarse; entre la acción y el pensamiento; entre la libertad y la esclavitud o entre la honradez y la mentira, entre la realidad y la fantasía o el sueño o entre el amor y la lujuria y todo esto en medio de un ambiente francamente decadente.

Nos da mala espina el vestuario y la escenografía que hemos visto en unas fotografías: parece un Hamlet adolescente, con mochila cuando regresa del barco pirata. En realidad es un joven pero de 30 años. Algo podrido hay en el reino de Dinamarca y no sabemos si el reino era el trono apestoso o el país o si hablaba de Troya cuando escuchamos a Hécuba enfrentar la muerte de Príamo, su rey o si se trata de las tiranías o los panistas paranoicos como la Inglaterra Isabelina, con informantes por todos lados, como los hacía Polonio con sus hijos y el reino.

¿Podremos ver una versión más intima que nos permita compartir los sentimientos de Hamlet que cuando lo escuchemos decir ahora estoy solo lo entendemos?

¿Podremos saber un poco más de lo que está pasando, como lo deseamos en la vida real? Imaginarnos la relación de Gertrudis y Claudio su cuñado y saber por qué en menos de dos meses de la muerte de Hamlet papá se encaramaron y él logró con trampas, como lo cree Hamlet, coronarse en lugar del príncipe. Por cierto, John Updike escribió al respecto su novela Claudio y Gertrudis.

¿Qué le quiso decir Hamlet a Ofelia cuando llegó descamisado a su recámara y la tomó por la fuerza y, sin decir palabra, movía la cabeza, justo después de haber hablado con el espectro de su padre?

¿Le podremos creer cuando dice que el tiempo está fuera de quicio y que todo es una porquería y que, por desgracia, ha nacido para poner en orden los estropicios, sabiendo el trabajo que le cuesta entrar en acción?

¿Veremos cómo enloquece Ofelia y podremos imaginarla caminando al borde del arroyo, como si fuera un callejón sin salida?

¿Nos quedaremos helados cuando veamos a Hamlet treparse en la cama con su madre para reclamarle justo lo que más desea?

En fin, ahí estaremos desde que Bernardo, el guardia pregunta ¿Quién va?, hasta que Hamlet, antes de morir, dice que el resto es silencio y Fortinbrás, finalmente, ordena la salva en su honor.

Ojalá salgamos desvelados pero contentos después de haber visto una vez más esta orgía perpetua, este cuento de nunca acabar.