jueves, 24 de febrero de 2011

Un pobre viejo, siempre es un rey Lear

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 24 de febrero, 2011.


El joven Edgar dice al final de Rey Lear: ahora nos toca llevar todo el peso de estos tiempos tristes en donde debemos decir lo que sentimos y no lo que se supone debemos decir y nos preguntamos si esto que dice Edgar no es vigente cuando las nuevas generaciones enfrentan días tristes y saben que les toca decir lo que sienten, como lo están haciendo en Túnez, Egipto y Libia.

Es un lujo volver a ver esta obra maestra como lo podremos hacer la semana que entra con el London National Theater, transmitida en vivo y en directo a las pantallas del Lunario de la ciudad de México el 1º y el 2 de marzo a las 20:00 horas con Dereck Jacobi como Rey Lear, un actor shakespeariano que esperamos vaya hasta el fondo de su alma y arrastre a la nuestra.

El Lear original es un mito Celta: Lir para los irlandeses o Llyr para los galeses era una leyenda muy conocida relacionada con cuatro hijos transformados en cisnes por una maldita madrastra. Estas historias nada tienen nada que ver con la versión de Shakespeare que sólo tomó prestado el nombre, porque sabía que todo el mundo lo conocía.

En esta obra, se trata de un viejo rey vanidoso, tirano y encaprichado que, al final de su vida, ya no considera los consejos de sus amigos y se adelanta a los hechos, sin saber que todo lo que va a lograr es destruirse a sí mismo y a todo lo que más quería.

Cuando desconoce a su hija Cordelia la menor, la más querida, la consentida, pone en marcha el descenso de la Fortuna hasta caer al fondo y todo para volver a ser lo que debió de haber sido siempre.
Un hombre viejo, siempre es un rey Lear, dicen por ahí cuando se refieren a esos tiranos en la senectud que deciden repartir su reino y heredar en vida a sus tres hijas —o las acciones y el control de las empresas—, y, dominado por la vanidad, hacerlo de tal manera que el reparto sea de esta manera:

—Hijas mías díganme —ya que hemos resuelto dejar el gobierno, territorios y preocupaciones de estado—, ¿cuál de ustedes tres nos quiere más?

Y después de haber escuchado a Goneril, la mayor y Regan, la segunda —cortesanas, falsas y mentirosas—, espera con ansias escuchar lo que va a decir Cordelia, para presumir frente a los demás y de esa manera adjudicarle un tercio superior al de sus hermanas. Pero Cordelia, después de escuchar lo que habían dicho sus hermanas, sólo contesta a la pregunta de ¿cuánto me quieres?:

—Nada mi Lord —el rey frunce el ceño y le vuelve a preguntar:
—¿Nada?
—Nada —dice Cordelia después de una pausa eterna.
—De la nada, nada sale —dice el rey furioso y ofendido en su orgullo y en su vanidad.

El caos se hace presente. El rey ha caído al abismo de la negra nada que tanto nos aterra porque parece que no tiene fondo.
Cordelia lo quería muchísimo, como se lo había demostrado con su vida y no pudo decirle lo que debería decirle y no tanto lo que sentía:

—Desdichada de mí, incapaz de mostrar el corazón por la boca.

El rey Lear la deshereda y la exila para quedarse sólo y su alma, sin nadie que lo respalde, acompañado un rato por su bufón, vagando y recorriendo lo que era su reino, rechazado por las dos hijas mayores dueñas de sus propiedades.

Por eso le dice a su bufón, antes que caiga la tormenta y pues ya se avecinaba la tempestad:

—Tengo razones para llorar, pero este corazón, estallará en cien mil pedazos antes que derrame una lágrima. ¡Ay, Bufón, creo que me vuelvo loco!

jueves, 17 de febrero de 2011

La Furias, vengadoras de los asesinos

El Informador, Tertulia, sábado 19 de febrero, 2011.


Orestes había vengado la muerte de su padre asesinando a Clitemnestra, su madre y a Egisto su amante. Por eso fue perseguido por las Erinias, Furias o Euménides nacidas de las gotas de sangre con las que se impregnó la Tierra cuando mutilaron a Urano y que no eran otra cosa que esas imaginaciones, como una realidad horrenda, como perras furiosas que persiguen al asesino hasta que lo enloquecen en vida.

Su misión en este mundo es la de vengarse de los criminales, como ahora deseamos que lo hagan si es que renacen de la antigüedad y salen de su oscura mansión, como lo deseaban los griegos y ahora nosotros en nuestra modernidad.

Sí, deseamos que salgan de la sombra en la que se han refugiado y hagan su tarea persiguiendo a los sicarios y los asesinos mercenarios que matan, secuestran, cortan cabezas, ahorcan y torturan a seres inocentes, tal como nos enteramos todos los días, sin que haya manera que la justicia oficial se haga cargo y cobre las cuentas pendientes.

Por eso, Orestes fue perseguido por esas fuerzas primitivas que no reconocen autoridad en ninguno de los dioses y que, cuando se apoderan de sus víctimas, las enloquecen a los asesinos y son torturados, como si tomaran agua de su propio chocolate, de la mano de las perras rabiosas que los persiguen hasta que lo logran, antes de refugiarse en el Éreto.

¿Podremos conectar este deseo de venganza con la ópera de Ifigenia en Táuride una de las tragedias de Eurípides escrita en el 414 a.C., y que nuestros deseos se vean satisfechos, por lo menos, en el mundo virtual de esta obra musical?

Si logramos escuchar a las Furias mientras Orestes va rumbo a Crimea, aunque sea por un momento, como es la música que compuesto Gluck en 1779, basada en la leyenda de Ifigenia, la hermana mayor de Orestes, tal como la veremos transmitida en vivo y en directo desde el MET de Nueva York a las pantallas del Teatro Diana el próximo sábado 26 de febrero con Susan Graham como Ifigenia y Plácido Domingo como Orestes, tal vez quedemos satisfechos de saber que las Erinias siguen activas.

El viaje de Orestes fue a Crimea, ese lugar que los griegos llamaban Keronesos Taurikos, donde se supone que Artemisa escondió a Ifigenia para evitar que fuera víctima de su padre Agamenón, evitando así su sacrificio en las playas de Áulide para que el dios de los vientos les permitiera navegar rumbo a Troya, sitiarla, vengarse de Paris, saquear sus tesoros y llevarse a sus mujeres como esclavas, como el general Agamenón se trajo a Casandra, sólo para ser asesinados por Clitemnestra y Egisto el mismo día que llegó a su palacio triunfante.

NOTA: Orestes perseguido por las Furias, William Adolphe Bouguereau (1825-1905): La culpa de Orestes, (1862).

Dos óperas: China y las Furias que nos perseguían

Infosel Financiero, jueves 17 de febrero, 2011.

¿Podremos conectar a Nixon en China de Adams y la Ifigenia en Táuride de Gluck con nuestra realidad? Sería bueno intentarlo ahora que transmitirán las dos óperas en vivo y en directo desde el Metropolitan Opera House de Nueva York a las pantallas del Auditorio Nacional en la ciudad de México, del Teatro Diana en Guadalajara y del Auditorio Luis Elizondo de Monterrey. La primera el sábado 19, con la ópera del californiano John Adams (1947-) que ocupa un lugar especial en la historia de la música contemporánea y, la segunda, el sábado 26, con Plácido Domingo en acción a sus setenta años recién cumplidos (Ver imagen).

El famoso encuentro de dos culturas
Nixon en China la compuso Adams para celebrar el encuentro en 1972 entre Nixon, Pat su esposa y Henry Kissinger cuando viajaron a Pekín para encontrarse con Mao Tse-Tung y Chou en Lai.

Uno empieza a comprender que interesarse por China equivale a interesarse por uno mismo. Por razones muy extrañas que, sin duda, tiene que ver con su inmensidad, su antigüedad, y su grado de desigualdad de civilización, su orgullo, su monstruoso refinamiento, su legendaria crueldad, su roña y sus paradojas más insondables que en cualquier otra parte del mundo... —escribió a Amélie Nothomb en El sabotaje amoroso, sus memorias cuando de niña vivió en un gueto en China. Esto que dice lo asegura porque, entre otras cosas, estaba imposibilitada para moverse libremente.

Pero en 1972 fue la primera vez que un presidente estadounidense visitaba un país comunista asiático en medio de la Guerra Fría y aunque la anécdota es importante, nos resulta extraño imaginarla como una ópera, a pesar de estar catalogada como una de las más importantes de los últimos treinta años.

El sacrificio de Ifigenia
En cambio, Ifigenia en Táuride de Gluck, que está basada en la tragedia de Eurípides, puede ser más acorde para escucharla en una ópera, cuando Agamenón, quien debió haber sacrificado a su hija Ifigenia para que las naves en Áulide pudieran navegar rumbo a Troya, donde el mar riza su agua azul con unas espesas brisas y tal parece que es engañado por la diosa Artemisa, quien la libró del sacrificio para llevarla viva y coleando allá, entre los Tauros, como su sacerdotisa en las orillas del mar Negro, en la península de Crimea.

Orestes, el hermano menor, había vengado la muerte de su padre —como se lo dictaban los dioses—, y por eso había matado a su madre Clitemnestra para luego huir de las Furias, como perras rabiosas, encargadas de aplicar la justicia cuando ésta no se lleva a cabo oficialmente.

Apolo le ordenó que viajara entre los Tauros para tomar la estatua de Artemisa caída del cielo y la trajera a Atenas. Por eso llegó a la Táurica, acompañado de Pílades, su amigo íntimo sin saber que era costumbre en esa región sacrificar a todos los extranjeros que atraparan en manos de Ifigenia.

Pero ella le ofreció liberarlo —sin saber que era su hermano—, si se llevaba una carta a Grecia, cosa que se negó hacer y, a cambio, le ofreció que Pílades llevaría la carta y él fuese sacrificado. Cuando ven de qué se trata la carta, los dos hermanos se reconocen y los tres deciden escapar a Atenas, llevándose la imagen de Artemisa.

Cuando Orestes llega al Peloponeso toma posesión del reino de Micenas —herencia de su padre—, se deshace de Aletes, el hijo de Egisto, hijo del amante de su madre, y logra integrar Argos y Laconia a su territorio. Ifigenia, por su parte, depositó la imagen en el templo de Artemisa y fue adorada como una diosa. Ella salvó a su hermano de las Furias que desde entonces dejaron de perseguirlo y, el presidente Nixon estableció mejores relaciones con la China de Mao Tse-Tung.

Tal parece que se trata de dos casos de la vida real, ¿no creen?

jueves, 10 de febrero de 2011

El efecto dominó en el Oriente Medio

El Informador, Tertulia, sábado 12 de febrero, 2011.

En Las mil y una noches nos contaba Schahrasad antes de que la sorprendiera la aurora, en una de las últimas mil y una de sus historias, la de Alí Babá cuando encuentra la cueva de los cuarenta ladrones y escucha la clave para entrar a ella al decirla en voz alta: Sésamo ábrete —el sésamo, el ajonjolí de todos los moles que también previene la impotencia masculina o también el inconsciente—, ese lugar donde se guardan los tesoros o secretos hasta que un día al punto la puerta se zafó de su alamud y se abrió de par en par.

Con esta historia en la cabeza, podremos viajar por los países que se encuentran en la costa norte de África, dando al Mediterráneo, para alertarlos del efecto dominó que se puede dar una vez que se ha iniciado en Túnez y Egipto, para seguir tocando a otros más.

De aquella ciudad, entre las de Al-Fars, como cuenta la muchacha, podremos ver ese efecto que no habíamos visto nunca antes en el Oriente Medio en donde nos dicen que casi el setenta por ciento de sus habitantes son menores de treinta y cinco años de edad, jóvenes que desean mejorar su calidad de vida y ampliar los márgenes de libertad.

La primera ficha fue Túnez, después Egipto y ahora toca a Libia en donde está Muamar el Gadafi, el mejor vestido de la región, en el poder desde 1969 después de un golpe de estado; Argel —donde nació Alberto Camus (1913) y es el escenario de La Peste—, en donde ya han muerto docenas de manifestantes contra Abdelaziz Butefika a la cabeza; luego sigue Rabat, la capital de Marruecos que alberga a Casablanca, la de Richard Blaine (Humphrey Bogart) y su famoso Café Rick en la Segunda Guerra Mundial, donde llega Víctor Laszlo y su esposa Ilsa (Ingrid Bergman) para pedirle a Sam que toque, una vez más, As Time Goes By, para recordar que un beso es sólo un beso... you must remember this, a kiss is just a kiss— y, así, volvemos al XXI, para seguir viendo esa ficha donde gobierna Mohamed VI, antes de pasar a la República Islámica de Mauritania que da al Atlántico, gobernado, después de otro golpe de estado en el 2008, por el general Aziz.

Entre Alí Babá, Camus y el Café de Rick, podremos ver si van cayendo las fichas de este dominó en el Oriente Medio, temerosos de que la ganancia sea de los fundamentalistas islamitas, en este río revuelto y que no sea la imperfecta, pero a fin de cuentas democracia y que resulte el fanatismo el que gobierne en esa región y que todo esto no haya servido de algo.

NOTA: la fotografía es Askelon de David Roberts (1841) de la Galería Brunei. Portada de las Ideas del Islam, publicada en el TLS del 21 de enero, 2011.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Perder el jardín de los cerezos en flor

Infosel Financiero, Crónica cultural del jueves 10 de febrero, 2011.


(El reparto de El jardín de los cerezos, con los actores de la Compañía Nacional de Teatro). Ninguna otra experiencia artística tiene un efecto tan poderoso sobre el ánimo y la conciencia del ser humano como una buena obra de teatro. Es el mejor simulacro que existe de la vida, el que se le parece más a nosotros, pues está hecho con seres de carne y hueso que, por el tiempo que dura su vida en el escenario, viven de verdad todo aquello que hacen y dicen, y lo viven, si tienen el talento y la destreza debidas, de tal manera, que nos fuerza a los espectadores a vivirlo con ellos, saliendo de nosotros mismos, para ser otros, mágicamente. Es la mejor manera que hemos inventado para saber cómo somos —fue lo que escribió Vargas Llosa después de ver una obra con Vanesa Redgrave en escena.

El jardín de los cerezos es una joya escrita por Antón Chéjov (1860-1905) que ahora podremos ver en escena en el Teatro de las Artes del Centro Nacional de las Artes en Churubusco, una obra dirigida por Luis de Tavira de la Compañía Nacional de Teatro y por eso estamos temerosos de que intente de nuevo convertir su delirio de grandeza en esta obra que es más bien intimista.

Espero podamos vernos reflejados en la viuda Lubova o Gaiev, el parlanchín de su hermano que termina como empleado de banco —o financier, como lo dice en francés—, los dos incapaces de ver la realidad tal como es y sin poder hacer nada frente a la pérdida de la finca con ese jardín —o huerta— de los cerezos de sus abuelos, donde ellos habían pasado su vida desde niños hasta hacía seis años, cuando murió el esposo de Luvoba y, un mes después, se ahogaba en el río su pequeño hijo Grisha de siete años de edad, cuando Lubova decidió irse al extranjero sólo para caer en manos de un cazador de fortunas que la robó, antes de abandonarla. Tal vez, por eso exclama desesperada: ¡Dios mío, no me castigues más!

Veremos los contrastes entre la fidelidad del viejo sirviente y los abusos de los nuevos empleados; dudaremos del comerciante Lopajin, el nuevo rico que trabaja de sol a sol y que termina ganando la finca en la subasta pública sólo para talar los cerezos en flor, el tesoro de la región, para construir unas daschas para el turismo.

Podremos compartir la soledad de Varia, hija adoptiva de Lubova y su ama de llaves: una joven exigente, sin sentido del humor y que se queda soltera. O las ilusiones de los jóvenes Ania, hija de Luvoba y Trofimov, el eterno estudiante y romántico perdido que sueña en un futuro diferente. La obra fue escrita en la Rusia de 1905.

Despunta el alba de un día de mayo. La luz matinal es tenue y por la ventana de la sala se puede ver el jardín de los cerezos en flor. La blancura de sus flores armoniza con la claridad del horizonte que se Ilumina poco a poco. El jardín de los cerezos es una belleza, es el tesoro de la finca y vemos cómo lo pierden todo, como hemos perdido el paraíso de la inocencia.

Chéjov escribió El jardín de los cerezos al final de su vida. Tal vez recordaba la finca en Melijovo —cerca de Moscú—, donde vivió, escribió y atendió a sus pacientes por casi una década, antes de instalarse en Yalta para morir de tuberculosis a los 45 años de edad.

Sin poder evitarlo, escuchamos a Lupajin cuando presume que ahora el jardín de los cerezos es mío... y mañana se oirá otra música: el hacha de Yermolai Lopajin cortando los cerezos, donde pronto se levantarán las dashas. Al mismo tiempo, Luvoba lloraba y Ania la consolaba diciéndole que un día cultivarán un nuevo jardín que será más bonito que el otro y al público nos duele un poco el alma.

jueves, 3 de febrero de 2011

El hechizo del Sueño

El Informador, Tertulia, sábado 5 de febrero, 2011.


(Titania es hechizada por Oberon el rey de las Hadas; a un lado está Puck, su asistente. En el verano de 1970 Ron Rosenbaum, maestro de la Universidad de Yale, decidió ir a ver Sueño de una noche de verano dirigido por Peter Brook en un teatro de Stratford-upon-Avon. Después de verla le cambió la vida como si le hubiera caído un rayo y se sintiera transportado tanto en el sentido físico como metafísico, levantándose del lodo terrestre para alcanzar un especie de reino, en las alturas.

Fue como si el mismo filtro de amor que utilizó Oberon con Titania se lo hubieran puesto a él y como el hechizo consistía en enamorarse perdidamente de lo primero que viera, como lo primero que había visto era esa obra de teatro, por fin entendió de qué demonios se trataba todo eso que tiene que ver con Shakespeare.

Nunca ha vuelto a tener una experiencia como esta, sin que haya visto otras con grandes actores, ni aunque haya leído, una y otra vez, todas las obras del Bardo. Nunca más volvió a entender a un Shakespeare igual ni ha habido algo parecido a esa experiencia con el Sueño.

Todo el tiempo he buscado algo —dice Rosenbaum— y rara vez la he encontrado en el arte o en la vida y, aunque sé que el amor a primera vista no dura mucho, con el Sueño ha durado hasta ahora.

Muchos creen que el Sueño es un epitalamio —un tributo poético en la noche de bodas—, o un interludio para posponer las delicias del amor, como intenta hacerlo Teseo —temeroso de su fuerza—, tal como lo vemos cuando Filóstrato contrata a un grupo de artesanos, con Bottom a la cabeza, aunque haya sido de burro.

Es una obra en donde se mantiene la tensión sexual y después de los fuegos artificiales que van de un lado para el otro entre los amantes —entre Oberon y Titania; entre Teseo e Hipólita; Lisandro y Hermia; Demetrio y Helena o entre Bottom, el tejedor y Titania, la reina de las Hadas— las parejas práctica y virtualmente se acoplan en el escenario y sus discursos burbujeaban, revientan y se esparcen como cuando destapamos una botella de Champaña.

Esa noche en Stratford-upon-Avon, cuando Ron Rosenbaum despertó y lo que había visto era el Sueño de una noche de verano dirigida por Peter Brook, supo que una obra que es como su nombre lo indica, un sueño, uno puede estar y no estar al mismo tiempo, como lo experimentamos cuando soñamos y nos transportamos a otra realidad y de ahí a la fantasía.

Cada línea en las obras de Shakespeare es un átomo que puede liberar una energía infinita si es que encontramos la manera de destaparlo —como decía Peter Brook— y tal como lo logró hacerlo Rosenbaum con el Sueño.

Un cuento lleno de sonido y furia que nada significa

Infosel Financiero, jueves 3 de febrero, 2011.

(Freida Pinto (1984-) el rostro sopresa). Seguro que ya vio la más reciente película de Woody Allen, pues está a punto de salir de cartelera y si es así, podremos compartir algunas ideas, si es que usted también se preguntó, ¿quién no ha padecido una de esas crisis que aparecen en diferentes épocas de nuestra vida? ¿Quién no la vivió a los treinta o a los sesenta? ¿Quién no ha conocido de una de esas parejas que se quiebran y, luego, el marido aparece con una amante fresca como la rosa, sin importarle perder hasta lo que no tiene?

Woody Allen, a sus 76 años de edad, nos cuenta una de estas historias donde una familia truena y produce efectos primarios y secundarios, como en casi todas sus películas, Allen utiliza la voz en off para explicarnos el hilo de la historia como lo hace en Conocerás al hombre de tus sueños o You Will Meet a Tall Dark Stranger con una cita de Macbeth en donde dice que somos una sombra que camina, un pobre actor que gesticula y se pavonea una hora en el escenario y luego, nadie sabe más de él; es un cuento, contado por un idiota, lleno de sonido y furia, que nada significan.

Así empieza a contarnos un cuento llena de sonido y furia que nada significa, como lo advierte la voz en off antes que aparezca Anthony Hopkins, el viejo Shebritch y su esposa quien una vez que queda herida por la separación, se convierte en espiritista; Naomi Watts, la hija casada con un perdedor; la exuberante Lucy Punch, como la despampanante Charmaine, una call girl que termina siendo la flamante esposa del viejo Shebritch y, no podía faltar, la sorpresa de Woody Allen el voyeur, cuando nos muestra a Freida Pinto (1984-), una india nacida en Mumbay, modelo antes que actriz, y uno de los rostros más bellos que hemos visto en la pantalla grande.

Todo gira alrededor de esa familia londinense y un buen espejo de las dificultades que puede haber entre las parejas antes, en y después de su matrimonio, hasta que, al final nos preguntamos por qué hicieron todo lo que hicieron y por qué nos resulta tan conocido.

Woody Allen cuenta una historia intimista —sin tanto rollo— y sigue la reacción en cadena, complicada y a veces absurda, que llega a un final inconcluso y abierto para que seamos nosotros los que imaginemos el resto de sus vidas.

Desde hace años Woody Allen dejó de filmar en Nueva York y se fue a Londres en el 2005 con Match Point; luego, a Barcelona (2008), para regresar a Londres en donde sus personajes se pavonean y gesticulan su hora en ese escenario, equivocándose, como nos puede pasar a cualquiera de nosotros, cuando se trata de escoger o de seguir con la pareja, de tal manera que nos hace reflexionar sobre la fidelidad en medio de esas crisis como las que nos puede dar en nuestra vida. La historia la asocié con el soneto de Renato Leduc que habla de hacer las cosas a tiempo:

Sabia virtud de conocer el tiempo;
a tiempo amar y desatarse a tiempo;
como dice el refrán: dar tiempo al tiempo...
que de amor y dolor alivia el tiempo.

Aquel amor a quien amé a destiempo
martirizóme tanto y tanto tiempo
que no sentí jamás correr el tiempo
tan acremente como en ese tiempo.

Amar queriendo como en otro tiempo
—ignoraba yo aún que le tiempo es oro—
cuánto tiempo perdí ¡ay! cuánto tiempo.

Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,
amor de aquellos tiempos, cómo añoro
la dicha inicua de perder el tiempo.

La ironía de la vida, tal como la cuenta Allen, es que, justo cuando añoramos la dicha inicua de perder el tiempo, somos incapaces de medir las consecuencias y el impacto de no haber amado a tiempo y de hacer lo que se nos antoja, cueste lo que nos cueste, como en esta historia más que entretenida.