jueves, 31 de marzo de 2011

El tsunami y el fin de las culturas

El Informador, Tertulia, sábado 2 de abril, 2011.


Hasta hace poco no entendía bien a bien por qué desapareció la cultura minoica (entre el 3000 y el 1400 a.C. ) y fue sustituida por la micénica. De pronto, un investigador sugirió que pudo haber sido por un tsunami que asoló a la isla de Creta alrededor del 1400 a.C., como el que ahora ha destruido parte de la isla de Japón. En su apogeo, el rey Minos construyó un palacio en Cnosos y nacía la leyenda del Minotauro.

Como ahora somos testigos del temblor y del tsunami en Japón producto del reacomodo de las placas tectónicas, así pudo haber sucedido en Creta, cuando los tres volcanes de las islas circulares de Santorini (Santa Irene, patrona de Tesalónica), explotaron y dos de ellos se hundieron en las profundidades del mar para producir un tsunami prehistórico de tal magnitud —no puedo dejar de pensar en el horror que han de haber vivido los cretenses como ahora hemos visto a los japoneses—, que barrió con todo lo que había en la isla de Creta localizada a 110 kilómetros al sur de las islas volcánicas.

De la noche a la mañana desapareció todo lo que estaba en la isla, tanto su cultura, como el dominio en la región que se borraron del mapa. El dominio sería de los griegos y en especial de los habitantes de Micenas en el Peloponeso que se aprovecharon del momento, invadieron Creta y, tres generaciones después, a la ciudad amurallada de Troya. Heinrich Schliemann excavó en 1874 esa ciudad y encontró, entre otras cosas, la máscara de oro de Agamenón.

La cronología de la civilización micénica coincide con el hundimiento de los volcanes de Santorini y el tsunami que se produjo. Sólo quedaron algunos de sus mitos que, como sabemos, duran más que los palacios, sus reyes, hombres y mujeres.

Minos era el rey de Creta un siglo antes de la invasión de Troya y cuando se declara todopoderoso —como ahora Muamar el Gadafi en Libia—, quiere demostrarlo con hechos. Por eso le pide a Posidón que saque un toro del mar y que luego, él lo sacrificaría. Pero la bestia era tan bella que no lo pudo hacer y, por eso, en castigo, Pasifae, la hija del Sol y la esposa del rey Minos concibió un hijo con el toro y dio a luz al pequeño Minotauro para ser guardado en el clóset de un laberinto —diseñado por Dédalo—, hasta que Teseo, el aventurero llegó del Peloponeso para matarlo, librándola gracias al hilo de Ariadna, a la que le tenía ganas pero que la dejó plantada para mejor huir con Fedra y llevársela a su tierra para dar origen a otra más de las tragedias griegas.


NOTA: la ilustración es un fresco de mujeres encontrado en el palacio de Cnosos.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Nunca me abandones, ni me dejes ir

INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 31 de marzo, 2011.

La letra de la canción es de Daryl Hall, quien primero le pide a su pareja que le diga dónde está eso que se llama amor, luego, que trate estar más cerca de él y, finalmente, que nunca lo deje ir o que nunca lo abandone: never let me go. Y con este tema en la cabeza Kazuo Ishiguro nacido en 1954 en Japón, a los seis años se mudó para vivir el resto de su vida en Inglaterra dedicado a escribir y ganar, hace unos años, el Booker Prize (1989) por The Remains of the Day o Los restos del día, novela que luego hicieron película con Anthony Hopkins como uno de esos butler de estirpe que, al final, viaja por la provincia inglesa en busca, no sólo de un sentido para su malograda existencia, sino de esa mujer (Emma Thompson) con la que no pudo, ni quiso retener —como escribió Mauricio Montiel Figueiras en Letras Libres en febrero del 2006.

Ishiguro se distingue como uno de los más elocuentes poetas de la pérdida, como señalaba el poeta Joyce Carol Oates. Las evidencias son irrefutables y ahora, lo volvemos a confirmar, con su reciente obra dirigida por Mark Romanek y un guión de Alex Garland, basada en la novela Never Let Me Go o Nunca me abandones de Ishiguro.

Cuando terminó la película pensé que, para ser un novelista como este hombre, se necesita tener un corazón de piedra y resistir las tentaciones que podrían hacernos variar su trama, como en este caso, cambiar esa vida de los huérfanos —¿clonados?— a los que Ishiguro ha dejado sin libre albedrío para convertirlos en un especie de robots, incapaces cambiar su destino, como sucedía en las tragedias griegas, tal como le pasó a Edipo, que no pudo evitar matar a su padre y acostarse con Yocasta, su madre antes de quitarse los ojos con el broche con el que se detenía su cabellera.

Fiel a las tácticas de Henry James la incertidumbre termina por exponer su reverso en forma de un hallazgo insólito: los alumnos del (internado) Hailsham —como escribió Montiel Figueiras—, son protegidos con celo porque su misión no es otra que ser cuidadores (como Kathy) o donantes de órganos (como Tommy y Ruth, sus amigos entrañables). Y aún más: el colegio es la punta de lanza de un movimiento que propone un sistema de clonación basado paradójicamente por un fulgor humanista. El estímulo de las aptitudes artísticas en los clones, se vincula a un interés espiritual: «pensábamos que los trabajos de arte nos permitirían ver su alma. O, para decirlo de un modo más sutil, demostrar que tenían alma [...] Demostramos así al mundo que, si los alumnos crecían en un medio humano y cultivado, podían llegar a ser tan sensibles e inteligentes como los seres normales. Pero los clones [...] no tenían otra fin que la de abastecer a la ciencia médica.

Ese fue su destino y el novelista, como dios griego, no tuvo corazón para modificarlo. El papel de Kathy lo hace la joven Carey Mulligan, una inglecita nacida en 1985 que ya la habíamos visto como esa adolescente que se deja seducir por un tal don Juan en An Education (2009), en la película dirigida por la danesa Lone Scherfig. Ahora, es ella quien nos narra esta historia de lo irremediable, del destino que no podemos cambiar por carecer de esa vela mayor fija a la botavara con la que cambiamos el curso para llegar a donde queramos, librándonos de todo el mal, amén.

Kathy nos explica por qué no pueden ver hacia delante, hacia el futuro, como lo hacemos los que tenemos la libertad de hacerlo. Ellos voltean hacia el pasado, que es lo único que les queda como si fuera el paraíso perdido —la infancia y la inocencia—, a pesar de que alguien les había hecho saber que estaban destinados a morir irremediablemente antes de tiempo. Esa es la diferencia con nosotros: que ellos sabían que iban a morir antes de tiempo. Por lo demás, nos parecemos tanto que nos da escalofrío.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Cuando las ideas pesan más que las plumas

El Informador, Tertulia, sábado 24 de marzo, 2011.
El fanatismo de todos los tiempos parece que lleva a un callejón sin salida en donde se reprime a como de lugar, como somos testigos aún en nuestros días. Por eso me puse a jugar con un rompecabezas —lleno de serpientes y escaleras—, en donde trato de colocar esas piezas que pertenecen a otros tiempos, como eso que sucedió el 17 de febrero de 1600, cuando arrastraron a Giordano Bruno desnudo y con un palo en la boca para que no hablara, antes de ser quemado en una hoguera en el Campo dei Fiori de Roma, condenado por el tribunal de la Inquisición.

Siete años antes, en 1583 Bruno se había refugiado en Inglaterra para discutir sus ideas primero en Oxford y luego con sus amigos Philip Sidney (poeta), John Florio (traductor) y Fulke Graville (biógrafo de Sidney) quien le ofreció una cena el 14 de febrero de 1584, un miércoles de ceniza donde pudo ventilar las ideas de Copérnico. Luego publicó esos diálogos como La cena de las cenizas, como lo menciona George Steiner en su ensayo Dos cenas (Vuelta, diciembre, 1996), dos cenas cuyos protagonistas fueron condenados a muerte por haber difundido sus ideas con sus discípulos: Sócrates, tal como lo refiere Platón en esa cena Banquete o Simposio antes de ser condenado con cicuta. La otra cena que asocia Steiner con la anterior, fue la última de Jesús con sus discípulos en el huerto de los Olivos, antes de ser crucificado, tal como lo cuenta Juan, uno de sus apóstoles y tal vez, el discípulo predilecto.

Tanto Sócrates como Jesús y Giordano Bruno fueron condenados a muerte por haber expresado sus ideas. Otro caso fue Galileo Galilei que se llevó el susto de su vida cuando fue juzgado por la Inquisición en 1615 y todo por demostrar que la tierra giraba y se movía —eppur si muove—, basado en la teoría de Copérnico y la revolución de las estrellas celestes.

Tres cientos setenta y seis años después, en 1992, el papa Juan Pablo II reconoció el error que la iglesia había cometido y pidió perdón por haberlo acusado en 1615, argumentando que la doctrina de que la Tierra no es el centro del universo, ni es inamovible, sino que se mueve con una rotación diaria, es absurda, tanto filosófica como teológicamente falsa y, como mínimo, es un error de fe... y eso de afirmar que la Tierra gira alrededor del Sol es tan erróneo, como proclamar que Jesús no nació de una virgen.

Acomodando estas piezas, las tres cenas donde difundieron sus ideas y el juicio de Galileo donde las defendió, nos damos cuenta que éstas pesan más que las plumas de un cisne.

NOTA: pintura que representa el juicio de Galileo Galilei en 1615.

La primavera y el rapto de Proserpina

En la antigüedad, la entrada de la primavera la explicaban de diferentes maneras. Cuando salían las flores del campo, sin importar la nieve que podía haber todavía y cuando se daban cuenta de que empezaba a atardecer cada día un poco más tarde, sabían que era Ceres, la diosa de la agricultura, quien le daba la bienvenida a su hija Proserpina raptada por Plutón, el dios del inframundo quien vino desde el Hades para llevársela. Bernini captó ese momento y lo esculpió en un mármol de tal manera que sentimos la fuerza y la brutalidad con la que lo hizo (como lo podemos ver en este detalle), en donde parece que le aprieta el muslo y se resiste con desesperación.

Cuando Ceres se enteró del rapto, pidió una cita con Júpiter (Zeus) para suplicarle que le permitiera regresar a su hija a la tierra por lo menos seis meses al año, durante la primavera y el verano, sin importarle que el resto lo pasara allá, en el inframundo y sin mostrar su rostro. Júpiter aceptó la propuesta y Ceres, feliz de la vida, por estas fechas, le prepara su bienvenida, como lo haría una madre que extraña y sabe que va a volver a ver a su hija, poniéndole una alfombra de flores sobre la Tierra para que pueda recorrerla caminando con sus delicados y desnudos pies.

De esa manera da inicio el rito de la primavera pero, en México, más cercano al Ecuador, se expresa de otra manera, por ejemplo, con las Jacarandas en flor, como las que abundan en la ciudad de México —o en Guadalajara—, y que uno puede verlas desde el segundo piso del periférico como si fueran unas motitas azules plumbago entre los techos de las casas o cuando están en fila india por el camellón del Paseo de la Reforma —a la altura de las Lomas de Chapultepec— y muestran, gloriosas, unos airados copetes con los que adornan el paseo como si fuera la obra de Ceres, dándole la bienvenida a su hija que regresa del Hades, pálida y demacrada, para tomar un poco de sol en esta parte de la Tierra.

Decían también que en la primavera la celebraban los griegos porque era señal de que la belleza de Helena había regresado, esta mujer que dicen era hija de Zeus y de Némesis quien, a pesar de huir por el mundo entero, fue perseguida hasta que el dios de dioses se metamorfoseó en cisne para poder unirse con ella en Ramunte, África. Némesis puso un huevo y un pastor se lo llevó a Leda quien la cuidó como si fuese su hija.

Pero en la boda de Tetis y Peleo, se le ocurrió a Éride —la Discordia, esa que nunca falta en estas fiestas—, echar en medio de las diosas una manzana de oro —la manzana de la discordia—, para que fuera de la «más hermosa». Se trataba de un concurso entre Atenea, Hera y Afrodita en donde el joven Paris fue asignado como el juez de la contienda. Por supuesto, cada una de ellas intentó a su manera sobornar a Paris ofreciéndole, además de su protección, algo más, por ejemplo, Afrodita, le entregaría a la mujer más bella del mundo y por eso tiempo sin importar estar casada con Menelao, Paris se la llevó a Troya, donde pasó diez años en medio del sitio. Sí, ese era el rostro que lanzó a las mil naves griegas para destruir las torres de Ilión y los griegos celebraban su regreso con esa alegría que se tiene en esta época, cuando las flores de las jacarandas muestran sus frondas voluptuosas y sabemos que inicia un ciclo lleno de toda clase de buenos deseos.

De una manera o de otra, celebramos la entrada de la primavera con la Luna más grande del año ya sea que la nieve se haya derretido y que salgan, con una fuerza brutal, las mil y una flores que adornan al rostro de la naturaleza.

jueves, 17 de marzo de 2011

Un año después, la querida Pavarotti

El Informador, Tertulia, sábado 19 de marzo, 2011.


Ha vuelto la primavera que, en la ciudad de México y en Guadalajara, se expresa de una manera diferente comparada con otros países en donde la explicaban la alfombra de flores que aparecía cuando daban por llegada la primavera después del rapto de Plutón a Proserpina.

Bernini captó el instante mismo cuando Plutón, el dios del Inframundo, se lleva a Proserpina, la hija de Ceres, diosa de la agricultura, de las cosechas y de la fecundidad quien, al enterarse de lo sucedido le suplicó a Júpiter que le permitiera hija regresar a la tierra, aunque fuese sólo por seis meses y el resto lo pasara en las profundidades del Hades. Júpiter lo aceptó y Ceres, encantada de la vida, cada año, le da su bienvenida, colocando una alfombra de flores sobre la tierra para que Proserpina la recorra con sus delicados y desnudos pies.

Con un rito diferente, celebro la llegada de la primavera días antes del oficial 21 de marzo, ahora que he vuelto a escuchar “el canto de Proserpina”, la pajarita que conocí el año pasado y que le llamé mi pequeña Pavarotti, y que ahora ha vuelto para cantar la misma melodía que hace un año, una y otra vez, cuidando de sus nuevas crías.

Como Ceres —digo—, dejé a un lado el libro y salí a la terraza sin hacer mucho escándalo para no asustarla para contestarle y que supiera que ahí la estaba esperando: al principio no me salía el chiflido y tuve que mojarme los labios varias veces para imitar su melodía, una y otra vez, hasta que me pareció que nos habíamos reconocido. Esta es la alfombra de flores musicales que había colocado para que pudiera volar con sus alas delicadas y lo hiciera con toda confianza alrededor de la Jacaranda que cubre la terraza.

De una vez por todas —pensé—, estos mis buenos deseos para con su nueva camada: que sobreviva sin tantos sobresaltos y que venga a refrescarse a la fuente que he adaptado para que ella y su familia tomen agua o se bañen, ahora que empieza a hacer un poco de calor, aunque ya sabemos que en México, febrero loco y marzo otro poco.

Se pueden imaginar que sonreí de puro gusto, aunque no chiflara cuando la oí y la ví volar entre las ramas desnudas de la vieja Jacaranda que, este año, por egoísta o por vieja, no muestra todavía sus flores.

Luego, entré a la sala y se me ocurrió si ¿no serían mis ansias de querer ver a la querida Pavarotti un año después, las que me hicieron ver y oír a la que no era? No importa, pues ya ha empezado la primavera y eso es todo.

NOTA: así de bella es la Jacaranda que cubre la terracita de mi casa en Tlalpan.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Cuando el destino separa a los amantes

INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 17 de marzo, 2011 (12:00 horas)


Aunque se nos frunza el estómago podremos volver a ver una historia parecida a aquella que dicen que sucedió en Verona, pero que ahora tiene como escenario las tierras bajas de Escocia, en donde dos hijos nacidos de familias de igual linaje bajo una estrella rival, se enamoran y mientras ellos hablan de su amor, los padres expresan su odio en el castillo de Ravenswood, por cosas que ya nadie recuerda, pero que siguen embarrando de sangre inocente todas las piedras de ese castillo.

Edgardo de Ravenswood y Lucia de Lammermoor son los dos amantes de la ópera de Gaetano Donizetti que estrenó en Nápoles en 1835 —amante del Bel canto y la floritura—, compuesta a partir del libreto de Salvatore Cammarano y la novela La novia de Lammermoor de Sir Walter Scott, un escocés inspirado en un caso de la vida real de la Escocia del 1669, tan parecido al caso de Romeo y Julieta de Shakespeare allá en la bella Verona. En ambos casos se oculta, tras la trama amorosa, las sinrazones de la guerra civil —entre dos familias de un mismo linaje—, como las que hubo en la parte meridional de Escocia entre los Ravenswood y los Ashton para que terminaran muertos y todo, por el honor como pretexto para declararse la guerra:

—¿Y si el honor me conduce a la muerte mientras avanzo? —se preguntaba Sir John Falstaff en el campo de batalla—, entonces, ¿será el honor el que me devuelva una pierna rota o un brazo, o me quita el dolor de una herida? No. Así, pues, ¿el honor carece de conocimientos quirúrgicos? Totalmente. Entonces, ¿qué es el honor? Una palabra. Y, ¿qué hay en la palabra honor? Viento, aire. Y quién posee este honor, ¿el que murió el miércoles? ¿Lo siente? No. ¿Lo oye? No. ¿Luego el honor es insensible? Sí, lo es para los muertos. ¿No puede vivir con los vivos? No. ¿Por qué? Porque la calumnia se opone a ello. Así pues, nada quiero de él. El honor no es más que un fúnebre escudo.

El próximo sábado 19 a las 11:00 horas, podremos ver Lucia de Lammermoor con la soprano Natalie Dessay en vivo y en directo desde el Metropolitan Opera House, en las pantallas de Auditorio Nacional de la ciudad de México, las del Teatro Diana en Guadalajara y las del Auditorio Luis Elizondo en Monterrey.

Natalie Dessay es la soprano que hace el papel de Lucia y que por eso nos canta sus arias como la que reinaba el silencio con todo y sus florituras que, a pesar de ser una mujer pequeña, resuelve bien y con toda la coloratura necesaria, como la vimos en un avance donde nos demostraba su dominio del Bel canto.

El señor Capuleto deseaba casar a Julieta con un buen partido —el joven Paris—, pero nunca supo, hasta que su hija había muerto, que su verdadero amor era Romeo, el hijo de sus enemigos. En esta obra, tratan de casar a Lucia con Lord Bucklaw, un noble de no malos bigotes, pero ella prefería ese amor prohibido, como si fuera esa curva que es inversamente proporcional a los deseos de los padres, cuando el amor es producto de la pasión.

Acorralada en un callejón sin salida, canta imaginando que se va a casar con su amante con eso que empieza diciendo era un dulce sueño antes que enloqueciera y nos duela, como nos duele cuando intervienen esas fuerzas del destino que separan a los amantes.

NOTA: en la fotografía está la soprano Natalie Dessay (como Lucia) y Ludvic Tézier (como Enrico) en Lucia de Lammermoor.

jueves, 10 de marzo de 2011

Ver con los oídos y oír con los ojos

El Informador, Tertulia, sábado 12 de marzo, 2011


Invitado por Loreto García Muriel y Elvira Garciadiego, la semana pasada tuve la oportunidad de participar en el 4º Encuentro de Educación Financiera Banamex en donde escuchamos —con los ojos— la conferencia magistral de Amartya Sen (1933-), premio Nobel de Economía 1998, autor de Pobreza y hambruna: un ensayo sobre el derecho y la privación, quien viajó desde Londres para estar con los dos mil quinientos asistentes al Encuentro, proponiendo un cómo y un por qué debemos de escuchar a los pobres.

No me sorprendió que empezara citando a Octavio Paz —por aquello del encuentro de las dos culturas como son la poesía y la economía—, y citó esto que decía a propósito de leer un poema es oírlo con los ojos; oírlo, es verlo con los oídos.

Al final cerró con una cita del Rey Lear de Shakespeare, cuando éste reconoce a su amigo Gloucester a quien le han sacado los ojos y le dice:

—¿Ahora andamos sin ojos en la cara y sin dinero en la bolsa?... un hombre ve sin ojos cómo va el mundo, y lo que ve lo hace con los oídos; observa al juez cómo insulta al humilde ladrón. Aviva tu oído y cámbialos de sitio... ¡listo! ¿Quién es ahora el juez y quién el ladrón? ¿Has visto al perro de un campesino que le ladre a un mendigo?

Y con este abrir y cerrar de su conferencia asegura que todo el mundo es un teatro y todos los hombres y todas las mujeres simples actores y con este poema dramático entendemos mejor eso de la libertad positiva y de la relación que existe entre ella y el desarrollo.

Hay que reconocer la capacidad que tiene una persona para hacer algo, es decir, que tiene libertad y diferenciarla de la negativa que es más común en la economía: aunque tengamos libertad, muchas veces no podemos evitar el destino fatal, como sucedió con la hambruna en Bengala y los campesinos no podían cosechar nada, ni comprar alimento y por eso se murieron de hambre.

Amartya Sen es reconocido por sus trabajos sobre las hambrunas, por su teoría del desarrollo y por la economía del bienestar —o de la felicidad—, que debería ser el pilar de las políticas en nuestros gobiernos. También ha estudiado los mecanismos detrás de la pobreza y por eso nos propone la escuchemos con los ojos y la veamos con los oídos.

Por todos estos trabajos recibió el Nobel en 1998 y el Bharat Ratna, condecoración y honor supremo en la India en 1999 y ojala después de haberlo escuchado podamos ver de esa manera de reconocer el mundo a nuestro alrededor y hacer algo a propósito para mejorarlo.

Considerar las penas secretas y los sueños

INFOSEL, jueves 10 de marzo, 2011.


Ha pasado mas de un año y medio desde que el régimen talibán —calificado por la ONU como el más misógino del planeta— fue derrocado por la fuerzas de coalisión después de seis años de dominio. El régimen negaba a las mujeres y a las niñas los derechos civiles básicos: educación, salud, asistencia médica y trabajo. Tenían prohibido consultar a un médico varón y las doctoras no podían trabajar. Tampoco podían salir de sus casas si no estaban acompañadas por un pariente varón. Los talibanes habían prometido paz y seguridad después de dos décadas de guerra y de violencia, pero lo que les dieron es una especie de prisión. El actual gobierno de Hamid Karzai había prometido garantizar sus derechos, pero han descubierto que su esperanza está lejos y que deben de luchar contra un patriarcado de siglos que la guerra sólo ha arraigado. Las pocas mujeres que han logrado empezar o retomar su carrera profesional aunque son voces aisladas en un mundo de hombres, no se rinden.

Por eso viene a cuento la obra de teatro de Daniel Jiménez Cacho incluida en el Festival México después de haber adaptado la novela La piedra de la paciencia del afgano Atiq Rahimi, para convertirle en un monólogo que nos mantendrá a la orilla de la butaca mientras vamos conociendo, azorados, el trasfondo de estas mujeres del Oriente Próximo para entrar a su alma, tal vez, llena de limitaciones —como la nuestra, pero en otro sentido—, pues las consideran propiedad de sus padres, no se pueden ser educadas como los hombres, ni pueden trabajar como en Occidente y son tratadas como si no tuviesen un libre albedrío —como sucede en los Altos de Jalisco o en la sierra Mixteca.

Lo que escuchemos en esta obra, está relacionado con lo que proponía Amos Oz, un periodista y novelista israelí cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias en el 2007 e hizo su discurso La mujer en la ventana, donde nos sugere lo siguiente:

—Si van a viajar a otro país, es posible que vean las montañas, los palacios y las plazas, los museos, los paisajes y enclaves históricos. Si la fortuna es favorable, a lo mejor tienen la oportunidad de conversar con algunos habitantes de ese lugar. Luego volverán a su casa con un montón de fotografías y postales. Pero si leen una novela (o ves una obra de teatro, digo), adquieren la entrada a los pasadizos más secretos de ese otro país y de ese otro pueblo: es una invitación a visitar las casas de otras personas para conocer sus estancias más íntimas. Así, cuando veas a una mujer asomada a la ventana, en lugar de darte la vuelta y seguir tu camino, si has leído alguna novela, no sólo la observarás a esa mujer que mira por la ventana, sino que estarás con ella, dentro de su habitación, incluso, dentro de su cabeza. Si has leído una novela (o has visto una obra de teatro), te invitan a entrar y a considerar sus penas secretas, sus alegrías familiares y sus sueños.

Y esto es lo que nos puede pasar después de ver a esta mujer afgana con sus dos hijas y un marido en coma que, finalmente, logra expresar, frente al cuerpo de su marido y con ella misma, todo lo que la fatiga en esta vida, para que podemos comprender el fondo de su alma. Nada mejor que tener una experiencia como la que podemos tener en esta obra para aprender a considerar al otro y, de esa manera, ponernos en su lugar y compartir sus penas, alegrías o sueños y tal vez, descubrir que son parecidos a los nuestros.

domingo, 6 de marzo de 2011

Creer sospechas y negar verdades

Día Siete, Cuarto de Estudio, domingo 6 de marzo, 2011.


En la primavera de 1509 Erasmo de Rótterdam salía de Italia para visitar por tercera ocasión a sus amigos en Inglaterra. William Blount, Barón de Montjoy le dijo que no podía ser más oportuna su visita, pues todo iba bien, ahora que se había coronado el rey Enrique VIII. Seguro que Erasmo esbozó una sonrisa, pues tal vez intuía lo que tiempo después iba a proponer Lope de Vega cuando dijo que mejor había que creer sospechas y negar verdades.

Erasmo compartía muchas cosas con Tomás Moro quien sería su anfitrión en Londres y, para no ir cabalgando por los caminos papando moscas, imaginó un texto en donde jugaba con el apellido de su amigo y a partir de ese momento imaginaba una sátira que luego escribiría en la casa de su amigo Moro y que sería el Elogio de la Locura en donde el apellido de Moro, venía del griego moría que quería decir locura, estulticia o necedad, juego de palabras con las que partiría esta obra que ha dejado huellas: la Locura sería el personaje central, pues nada más trivial que tratar las cosas serias en broma, así como nada más divertido que tratar los asuntos banales como si no lo fueran y, por eso, el elogio de la Locura lo puso en blanco y negro imaginada como una diosa concebida por la ebriedad y la ignorancia que vagaba por el mundo acompañada del Narcisismo que sabe no hay nada mejor que uno mismo; la Adulación, necesaria para mantener la chamba; el Olvido como el de cada sexenio; la Pereza, ahora conocida como Puta-qué-hueva, cuando tienen que hacer algo que no les interesa; el Placer y la Locura; la Irreflexión de aquellos que tienen la mente estrecha; la Insolencia de los prepotentes y el Sueño profundo, cercano a la muerte con tal de evadir la realidad.

La más firme de las huellas la deja Miguel de Cervantes y Saavedra en Don Quijote de la Mancha, la más grande de las influencia de Erasmo en las obras literarias del siglo XVII y que habría que tratar en otra ocasión.

Entre otras cosas, Erasmo critica las supersticiones y la corrupción de ese siglo y promueve el humanismo que implicaba la tolerancia como práctica fundamental en contra del fanatismo, evitando persecuciones absurdas, represiones y guerras cosas que otros escritores lo tomaron por su cuenta y riesgo.

Siete años después, Tomás Moro escribiría El estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía, un libro inspirado en las ideas de su amigo Erasmo que dejó huellas profundas en el México Colonial pues Tata Vasco se había inspirado en esa Utopía que trató de aplicar en la vida de los tarascos que vivían alrededor del lago de Pátzcuaro en Michoacán, para crear un mundo mejor a imagen y semejanza de las propuestas de Moro.

Más cercano fue William Shakespeare, nacido en 1564 quien se enteró cómo fue que Tomás Moro había sido condenado a muerte en 1535 por Enrique VIII, un hecho que afligió mucho a Erasmo, pues había sido su mejor amigo como el que nunca jamás había tenido y después de esta muerte —escribió Erasmo—, parece que yo mismo estaré muerto. Pocos meses después, murió de muerte natural en su cuartito en Basilea.

Pero dejó huellas en varias obras de Shakespeare: las dieciséis líneas manuscritas en defensa de los extranjeros en Londres en Sir Thomas More una escrita por su colega John Fletcher y la parodia de la utopía incluida en La tempestad (1611) en boca nada menos que de Calibán, el salvaje de la Isla cuando trata de calmar a Trínculo y Stefano:

—No tengan miedo; la isla está llena de ruidos, de sonidos y de dulces cánticos que dan placer y no hieren. A veces, el tañido de mil instrumentos acaricia mis oídos y otras veces, son esas voces las que me despiertan de un largo sueño sólo para volver a dormir y soñar cómo las nubes se entreabren y me muestran esas riquezas que están por caer sobre mí; entonces, cuando me despierto lloro por no poder seguir soñando.

Otras huellas en donde Shakespeare defiende la paz, están en voz de Sir John Falstaff, un caballero venido a menos, cínico, corrupto y buen actor, ingenioso y encantador que decía ser el padre putativo del príncipe Hal —después, Enrique V—, pero que decía lo que pensaba y no lo que tenía que decir y por eso escuchamos cómo se burla del Honor, el gran pretexto para ir a la guerra:

—El honor... ¿nos devuelve una pierna rota o un brazo? ¿Nos quita el dolor de las heridas? ¡No!, entonces, el honor carece de conocimientos quirúrgicos... Entonces, ¿qué es el honor?: una palabra... ¿Entonces el honor es sólo para los que están muertos? ¿No puede vivir entre los vivos? No. ¿Por qué? Porque la calumnia se opone a ello. Así pues, nada quiero de él: el honor no es más que un fúnebre escudo.

En la Nueva España encontramos huellas en la Real y Pontificia Universidad de México fundada en 1554 autorizada por Carlos V, amigo y protector de Erasmo, donde estudió Juan Ruiz de Alarcón antes de viajar a España para convertirse en un dramaturgo excelso y terminar como relator del Consejo de las Indias. Erasmo dice en su Locura que los arremolinados en un especie de laberinto... predicen el futuro consultando las estrellas, prometiendo milagros maravillosos... y Ruiz de Alarcón juega con estas ideas en La verdad sospechosa con unos textos que con razón le llaman la época de oro.

Tristán, el ayudante de Don García, parodia a las mujeres con los signos zodiacales:

—No ignores, pues yo no ignoro,
que un signo el de Virgo es,
y los de cuernos son tres,
Aries, Capricornio y Toro;
y así, sin fiar en ellas,
lleva un presupuesto solo,
y es que el dinero es el polo
de todas estas estrellas.

Hay que creer en lo sospechoso y negar lo verdadero, como Erasmo se dio cuenta cuando se enteró que le habían cortado la cabeza a su amigo Moro, años después de haberlo visto en Londres y el Barón Mountjoy le había asegurado que todo estaba bien. Unos meses después de haberse enterado de la muerte de su amigo, Erasmo de Rótterdam moría en su cuartito en Basilea.

En nuestro tiempo hemos vuelto a disfrutar de La verdad sospechosa, boquiabiertos por esos textos que están llenos de vida, de colores y de olores y que nos permiten buscar más huellas del holandés de Rótterdam en donde las encontremos.

NOTAS VARIAS: este texto es la versión corregida después de haberlo leído en la Cátedra Extraordinaria que dirige José Luis Ibáñez en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, que gira alrededor de la vida y obras de Juan Ruiz de Alarcón y Sor Juana Inés de la Cruz.

Por lo pronto le agrego dos lecturas que aparecieron el domingo pasado 6 de marzo, con dos citas que vienen a cuento con esto de creer sospechas y negar verdades, como las encontré en dos artículos en El País:

La primera: "Hugo (Chávez) y Dani (Ortega) no abandonan a su amigos. No voy a condenar a Gadafi... a mí no me consta que sea un asesino, dijo el presidente de Venezuela. Y, al oír esto me vino a la mente la vieja frase de Georges Orwell: El lenguaje político... está diseñado para que las mentiras suenen a verdades y que el asesinato sea respetable. No; los despistados no son ellos, sino quienes les creen."

Y esta es la segunda: "El escritor, a fuerza de hacer conjeturas, a veces acierta. Ya lo dijo Antonio Machado:
Se miente más de la cuenta
por falta de fantasía:
también la verdad se inventa
.

Y aclarado todo esto, espero que lo hayan disfrutado.
¡Ah, sí!, se me olvidaba que la ilustración en este blog es el Londres de 1630, poco más de un siglo después de que Erasmo visitó a su amigo Tomás Moro en 1509 y escribió el Elogio de la Locura.

jueves, 3 de marzo de 2011

Los contrastes en el Viaje a Tulum

El Informador, Tertulia, sábado 5 de marzo, 2011.


(Escena de Viaje a Tulum). Eduardo Villanueva es un joven tapatío de la nueva generación de cineastas y artistas que la semana pasada estrenó su ópera prima en el Festival Internacional de Cine de la UNAM (FICUNAM) en la sección Ahora México, con el titulo de Reise nach Tulum o Viaje a Tulum, concebida hace ocho años, filmada en Berlín y en México en donde terminó su producción —que casi le costó la vida.

Esta misma semana fuimos uno de los tantos afortunados que pudimos verla y aplaudirla justo cuando está entrando por la puerta principal al catálogo de obras del séptimo arte, y que, como decía Eduardo, hecha con el mismo material con el que están hechos los sueños y que empieza en una toma aérea, como dios que todo lo ve y juzga, antes de bajar a la tierra en Berlín para que Adán nos muestre eso que lo rodea, lleno de contrastes, como los que va poniendo en charola, situaciones que van de lo amable a lo siniestro, entre lo heimlich, lo secreto, lo oculto, lo clandestino o lo disimulado y lo unheimlich, lo inquietante, lo fatídico, lo siniestro, que por coincidencia, esa misma semana lo trató Jesús Perulles en la Cátedra Extraordinaria del maestro José Luis Ibáñez en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde explicaba esos términos de aquello que está oculto y que nos parece amable, antes de que se pongan los trapos sucios a secar y todo se convierta en siniestro, tal como lo estudió Perulles en la obra de Ruiz de Alarcón.

Eduardo Villanueva nos muestra con una calidad fotográfica de primera, los contrastes entre el blanco y el negro y el color deslumbrante; entre la basura y el bosque o la belleza de las plantas en el invernadero; entre Berlín sin sol —¿desolado?—, y el mar Caribe; entre su novia y la oscuridad de una familia judía en Berlín, cuyo padre austero y malhumorado trata que Adán su hijo atienda un negocio que nada tiene que ver con sus deseos y sensibilidad.

(El abuelo Abraham es un viejo actor que se llama Hannes Stelzer). Adán es la voz que nos narra y actúa sin aparecer para mostrarnos todo en esta obra, incluyendo a un abuelo genial con alzheimer, a la madre, bella y judía con un hermano menor con retraso mental y así, seguimos contrastando lo amable puro y limpio con lo sucio y siniestro: un Berlín frío y oscuro (en blanco y negro) con el cálido mar Caribe (a color); los tiraderos de basura y los cenotes sagrados en donde Adán decide clavarse hasta el fondo.

Todo parece como si fuera un sueño y tenemos la misma sensación de aquel Calibán de La Tempestad de Shakespeare cuando se despierta y que se pone a llorar por no poder seguir soñando, tal como le sucedió a Adán en esta obra de arte de Eduardo Villanueva.

El rey que bailó con la fea

INFOSEL, jueves 3 de marzo, 2011.


(Colin Firth y Helena Bonham-Carter en El discurso del rey). Es de admirar a los hombres y a las mujeres que han superado sus defectos y, por eso, disfrutamos y nos emocionamos ahora que conocimos a uno de estos casos, pues renueva la esperanza de corregir los propios, por aquello de que nadie es perfecto.

Gracias a la intimidad que nos permitió David Seidler, el guionista que ganó un Oscar el domingo pasado, nos cuenta la vida de Jorge VI, rey de Inglaterra, Australia, Nueva Zelanda y último emperador de la India, segundo de los varones de la familia real y personaje principal de El discurso del rey dirigida por Tom Hooper (con otro Oscar), en una historia que nos conmovió.

La ambientación no podía ser mejor, tal como los ingleses lo saben hacer en las obras históricas, y el reparto tiene tres buenos actores: el primero es Colin Firth, Bertie, es decir, el Jorge VI de esta obra (y otro Oscar por mejor actor), quien era tartamudo desde niño, pero, logra superarse gracias a Isabel, su mujer, Helena Bonham-Carter, otra de las buenas actrices del reparto, más conocida en la vida real como la reina Madre, por ser la ídem de la reina Isabel II, coronada en 1952 cuando murió su padre Jorge VI de cáncer en los pulmones.

El tercero en acción es Geoffrey Rush en el papel de Lionel Logue, un australiano que inventa una terapia del lenguaje sui generis —media freudiana— y por eso resulta ser el Demóstenes del siglo XX que finalmente logra resolver la tartamudez del rey y los complejos asociados para que asumiera el poder y pudiera dar los discursos que motivarían a sus súbditos y a las tropas inglesas para que se enfrentaran a Hitler. Nos encanta este personaje: un modesto actor que juega con sus hijos a que adivinen el personaje que interpreta y, así, lo vemos cuando declama:

Ahora, ha terminado el invierno de nuestras diferencias y el glorioso sol (sun) de York nos ilumina —y antes que terminara de decir todo este parlamento, los hijos tenían la respuesta:

Ricardo III, papá, ¡qué chiste!

Conocemos al rey en lo íntimo, así como la terapia de Lionel y las exaltaciones bipolares del primero. Por alguna razón me acordé de ese otro emperador (Yo) Claudio (como es el título que le dio a su novela de Robert Graves), el tartamudo que cojeaba y estaba lleno de tics que nunca intentó corregir y por eso, en contraste con nuestro Jorge VI, libró de ser asesinado: nadie pensaba que podía llegar a ser emperador y a la muerte de Calígula, la guardia pretoriana lo proclama pensando que sería un títere fácil de manejar.

Bertie no pensaba que sería rey de Inglaterra, pero sí intentó corregir sus defectos. Eduardo, el primogénito y consentido de la nana, fue coronado como Eduardo VIII pero sólo matuvo la corona un año (1936) antes de abdicar por Wallis Simpson, una gringa del jet set, quien fue el motivo de armar una crisis constitucional.

La mosca en la sopa fue Churchill (Timothy Spall) mal representado pero, en cambio, tuvimos a este Jorge VI que, aunque le tocó bailar con la fea, desde que asumió el poder como era la Segunda Guerra Mundial, no nos muestran el baile en sí mismo, sino al hombre que fue rey y pudo superar sus defectos para competir con un demonio llamado Hitler, el loco y gran orador del XX que se dirigía sobre un mar de soldados y los convencía para salir a dominar al mundo, con esos discursos que estaban por encima del ruido de las olas, mientras que, en la Gran Bretaña, Jorge VI no podía ni con su alma pero, al final, salimos satisfechos y emocionados viendo cómo pudo superar sus defectos gracias a Lionel.