miércoles, 27 de abril de 2011

La venganza total y definitiva

El Informador, Tertulia, sábado 30 de abril, 2011.

Cuando mi madre iba a tejer unos zapatitos para regalárselos a la hija de la amiga que pronto iba a tener un bebé, me pedía le sostuviera la madeja entre las manos para que ella fuese haciendo su bola de estambre. Si se enredaba, le soplaba al nudo y lo deshacía, como ahora intento hacerlo con los nudos de El trovador, la segunda de la trilogía de Verdi, entre Rigoletto y La Traviata, que hoy trasmiten en vivo desde el MET de NY al Auditorio Nacional de la ciudad de México, al Teatro Diana de Guadalajara y al Auditorio Elizondo de Monterrey. Los trovadores eran los cantautores del medioevo que recorrían los feudos, vihuela en mano, como lo hizo, Guillermo de Poitiers (1071-1127), cantando los romances imposibles, las tragedias o los héroes en las Cruzadas, como la primera que empezó en la época de Poitiers en el 1095 o como lo hace ahora en el 2011, Owain Phyfe, un moderno trovador (ver fotografía.)

El trovador también es la ópera que compuso Verdi después de su viaje a España, en donde pudo ver esa obra escrita por Antonio García Gutiérrez (1813-1884).

Se me hizo un poco el nudo y por eso le estoy soplando para deshacerlo. Primero, conociendo quiénes son los personajes principales como el trovador del título llamado Manrique; o el Conde de Luna y la cortejada condesa Leonor de Castilla e Inés, su confidente; Fernando, el narrador de la historia y Azucena, la hija de la... gitana y roba-chicos.
La historia la empieza Fernando —como las que nos contaba don Ventura en Santa Bárbara, allá en Tepa—, y nos cuenta cómo fue que se robaron de su cuna al hermano del Conde, hasta ahora perdido.

—Fue una gitana... —y así empiezo a desenredar la madeja—, una abbietta zingara, la fattucchiera perseguiata... una abyecta gitana, la hechicera fue perseguida, la roba-chicos que fue condenada a la hoguera mientras su hija Azucena huía y juraba vengarse.

Un día apareció el trovador cantando y enamorando a Leonor de Castilla a la que también deseaba el Conde de Luna y ahí es en donde se vuelve a enredar la madeja, pues los dos desean a la misma mujer y hay un duelo en donde el conde hiere al trovador y Leonor, enamorada de él, cree que ha muerto, pero resultó que Azucena a escondidas lo cura y al hacerlo sospecha que se trata del hermano perdido.

El Conde los hace prisioneros a los dos y Leonor, forzada por la situación, acepta casarse con el Conde si le permite entrar a la celda de su trovador. Nadie sabía que se había envenenado para morir en los brazos de este que será decapitado por órdenes del Conde, antes que Azucena le confiese que era su hermano.

La venganza fue total y definitiva y la bola de estambre quedó lista para hacer más zapatitos para otros recién nacidos.

La elegancia del erizo

INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 28 de abril, 2011.

(FOTO: el abrazo de Paloma y Renée en medio de su soledad). Con una edición de más de seiscientos mil ejemplares, Le hérison, traducida al español como La elegancia del erizo (Seix Barral, 2006) fue escrita por Muriel Barbery (1969-) quien logró interesar a Mona Achache (1981-), una joven directora de cine, para que entre las dos, escribieran el guión y se lanzaran a la pantalla grande con una de esas películas (a ahora también en DVD) en las que sale uno con el alma llena, llena de esperanza, llena de cariño por la vida, llena y apacible por haber podido confirmar que la soledad se puede tolerar entre libros y se puede enfrentar mejor si se acerca al otro para darle un abrazo cuando lo necesite.

El personaje principal es Paloma Josse, una niña genio de once años entrados a doce, encarnada por Garance Le Guillermic, una encantadora e inteligente niña que habla japonés, juega ajedrez chino y está más enterada que los adultos sobre muchos temas, incluyendo el psicoanálisis. Es una verdadera artista pero que, por su misma extravagancia, decide, al principio de esta historia, que no quiere quedar atrapada en la pecera de la vida y, por lo tanto, va a registrar filmando todo lo que está a su alrededor durante los siguientes 165 días que restan antes de cumplir los doce años, fecha en la que ha decidido morirse.

El universo es un edificio en un quartier résidentiel de París, en donde trabaja una conserje desde hace veintisiete años llamada Renée Michel (Josiane Balaskovic, 1950-), que parece erizo: amenazadora por fuera, cariñosa por dentro, tal como descubre Paloma a esta misteriosa mujer que hace la limpieza y conserva el orden del edificio pero que, de acuerdo a otra de las pesquisas en realidad ha encontrado el mejor de los escondites para ocultar sus secretos; Renée resulta ser el segundo pilar de esta obra que se sostiene cuando aparece un nuevo inquilino, Kakuro Ozu (Togo Igawa, 1946-), un elegante, distinguido y extravagante japonés que llega a vivir a ese edificio para instalarse como si viviera en Japón. Kakuro resulta ser el catalizador de la soledad de la niña y de la vieja conserje y, por su influencia, cambian y logran calentarse las manos frías.

Paloma nos asegura desde esa perspectiva que tiene, madura y complicada que, en esta vida, de lo que se trata es de vivir el momento: resultó ser toda una existencialista. Hay gatos y peces en las peceras; el padre de Paloma es político; su esposa llora y celebra con Champaña diez años de terapia antes de su antidepresivo y que Paloma ha ido guardando para su cumpleaños.

Todas las familias felices se parecen. Las infelices son únicas, como escribió León (como el gato de Renée) Tolstoi, el epígrafe de Ana Karenina con el que se tensa la obra mientras Paloma dibuja su diario con unos ideogramas en una cuadrícula de 165 cuadros pequeños donde traza los sucesos con tinta china y esos pinceles suaves como los que usan los japoneses cuando escriben con sus ideogramas en papel de arroz, grueso y arrugado.

La muerte del pescadito que se tragó una pastilla antidepresiva; el gato de Paloma que no lo dejan salir; el llanto cuando hay que llorar, porque así es la vida o porque sufrimos con la muerte de los seres a los que nos hemos acercado y les hemos dado un abrazo cuando más lo necesitaban: la vida es mucha desesperación, con algunos momentos de belleza, cuando el tiempo no es igual —escribió Paloma al final de la novela con toda razón.

miércoles, 20 de abril de 2011

¿Qué es más importante: la palabra o la música?

El Informador, Tertulia, sábado 22 de abril, 2011.

Esta fue la pregunta que se hizo Richard Strauss en 1942 cuando dramatizó su Capriccio, una de sus óperas menos conocidas de su repertorio y que hoy mismo a las 12:00 horas podremos disfrutar la transmisión desde el MET de Nueva York a las pantallas del Auditorio Nacional o del Teatro Diana en Guadalajara o del Auditorio Elizondo en Monterrey, para enterarnos qué fue lo que decidió la condesa Madeleine (Renée Fleming, ver foto), la musa que estaba entre la espada de Olivier, el poeta, y la pared de Flamand, el músico. En su Capriccio, Strauss explora la esencia de la ópera por sí misma mientras celebra el cumpleaños de la Condesa con música y poesía, en un duelo entre los representantes de esas dos bellas artes, para que podamos intervenir en aquello que ya había tratado Antonio Salieri (el mismo que envidió tanto a Mozart), desde que compuso su divertimento teatrale como Prima la musica e poi la parole (1786), con un libreto de Giovanni Battista Casti.

Todo sucede durante los preparativos del cumpleaños de la condesa Madeleine, cuando Flamand ensaya su sexteto recién compuesto y, Olivier, termina uno de sus sonetos y los dos discuten sobre los méritos de sus oficios, ventilando de esa manera los celos que les invaden y que no se atreven a explayar abiertamente.

Por su parte, el conde y hermano de Madeleine, está enamorado de Clairon una actriz y por eso, es imparcial en esta discusión y defiende la palabra, tal como lo hacía Goethe, sobre todo, si ella recitaba sus poemas en el escenario.

Olivier termina su soneto y defiende, como nosotros lo hacemos, porque era “la más hermosa composición de cuantas tiene la poesía italiana y española”, como lo recuerda Antonio Alatorre en Fiori di Sonetti (Aldus, 2001) y que, gracias a los traductores de Petrarca, luego florecieron en el Siglo de Oro español como podemos ver, entre cientos, este de Lope de Vega que dice:

Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, e ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;


Como en otras ocasiones, trepado por las ramas de un árbol tan bueno como su sombra que me cobija, tengo que bajar y concluir el texto sobre Capriccio, la ópera que deberíamos ver para dilucidar, finalmente, qué es más importante si la poesía o la música o si todo esto no era sino un capricho.

Strauss termina con una incógnita y nosotros pensamos que, si pudiéramos haber aconsejado a la Condesa, le hubiéramos dicho que mejor no las compare, que se decida por el galán con el que le tiemblen las piernas y que lea toda la poesía que pueda, y escuche toda la música que quiera por el resto de su vida.

El danzón también es cultura

Infosel, Crónica Cultural, jueves 21 de abril, 2011.


(Cadencia del danzón, fotografía de Cristina Kahlo, 2010). Si ha entrado o salido o si va a entrar o a salir de la Terminal 1 del aeropuerto de la ciudad de México, podrá ver la exposición del INBA con las fotografías que Cristina Kahlo tomó durante cuatro años a las parejas que bailan danzón ya sea en La Ciudadela o en el Salón Los Ángeles y al verlas, se podrán dar cuenta que el danzón es todo un rito que se baila al ritmo de los deseos, como si las parejas flotaran por el aire, como si no se tocaran, como si no quisieran verse a los ojos porque, cuando lo hacen, se iluminan sus vidas por un instante.

Invitado por Cristina, escribí este texto en el catálogo de esa exposición titulada Tiempo de danzón:

«Cristina Kahlo se propuso convertir a las parejas en movimiento en imágenes fijas y lo hizo desde hace cuatro años para que ahora podamos disfrutar su versión de este rito con las parejas que bailan a ese ritmo para que tengamos diferentes puntos de vista, planos y perspectivas y así, podamos compartir con ellos su baile, su rito.

»Los retruécanos del vestuario, las flores entreveradas o puestas en la solapa del pachuco; el ojo que lo ve todo y registra los detalles: unos zapatos y el primer acorde o el bicolor limpio y albeante y la cadena dorada; el panamá bien colocado del viejo bailarín y así, en cada una de ellas, podremos disfrutar de estas imágenes que Cristina nos ofrece, de golpe y porrazo, la intimidad de los bailarines que celebran la vida al ritmo del danzón.

»Un día a la semana La Ciudadela se convierte en uno de los escenarios en donde se va para bailar el danzón que inicia cuando la pareja se imagina el vestuario para que combine con el de su pareja o cuando ella toma en cuenta el color de la pluma del sombrero de su compañero para que su vestido combine o sea del mismo color o cuando el otro sabe si ella traerá la flor blanca entreverada para que contraste con sus zapatos blanco y negro de charol.

»Pero empieza con los primeros acordes antes de entrar a la pista. Todo empieza cuando se mueven geométricamente sobre los lados de un cuadrado con esa cadencia que les permite imaginar muchas cosas. Extrañamente, tiene pausas para que tomen conciencia del espacio y del tiempo o para que cuajen sus pensamientos mientras ellas abanican sus emociones y ellos resisten verlas a los ojos —la gran tentación—, hasta que en un momento, decidan hacerlo para que su mirada atraviese, como una daga invisible, hasta el centro de su alma y se clave, sin duda, en el corazón que palpita al ritmo de ese ritmo inventado en la isla de Cuba, que llegó por las arenas del Golfo para quedarse en México hasta nuestros días.

»Hay algo que flota en medio de la pista que se parece a esa poesía que rima con las ilusiones que ahí se construyen, paso tras paso: ella con su falda vaporosa y él con los zapatos recién boleados y los dos, flotando con sus ilusiones por el aire, mientras él le sugiere con delicadeza la dirección del siguiente movimiento poniendo la mano sutilmente en el lugar preciso, antes que suceda la siguiente pausa que aprovechan para que todo se acomode en el cajón en donde se esconde, a veces, el alma.

»Todo esto lo vivió Cristina y ahora nos lo entrega con estas imágenes de algunas parejas que celebran este dedicado baile con todo y sus códigos que tan bien conocen cuando ellos se mueven con la pluma en el sombrero y ellas, con el abanico en la mano.»

miércoles, 13 de abril de 2011

Guadalajara, cuna de artistas

El Informador, Tertulia, sábado 16 de abril, 2011.

La semana pasada hubo una especie de explosión en el sector del arte contemporáneo en la ciudad de México y con asombro puede ver la obra de varios artistas contemporáneos de Guadalajara quienes, dentro de esa batahola, resaltan con obras de primera magnitud, paridas con mucha creatividad y buen gusto.

Gonzalo Lebrija tuvo tres exposiciones: una retrospectiva en el Museo de Arte Moderno (MAM); una pieza única en ZONA MACO, la feria del arte contemporáneo por excelencia y un verdadera joya de video en la Casa Luis Barragán que, a su vez, fue visitada por artistas y art dealers de todo el mundo en donde Gonzalo montó un modesto, pero pertinente video, después de haber filmado en Tapalpa el trote de un caballo blanco —precioso— que da de vueltas, como la imagen misma de alguna leyenda épica de algún caballo árabe, como esos que parecen que vuelan pues la crin va flotando por los aires. El video, colocado sin querer llamar mucho la atención, lo instaló en el cuarto donde acostumbraba el arquitecto Barragán cambiarse antes y después de montar sus caballos, tal como le gustaba hacerlo casa semana. Si estuviera vivo, seguro que lo vería como una buena inspiración mientras se ponía las botas federicas.

El sábado pasado, el Museo Soumaya trajo de Suiza a David Dimitri (1963-), un artista, acróbata y equilibrista para que cruzara en la cuerda floja por los aires de la calle General Francisco Ramírez (donde está la Casa Barragán), para que, a las doce de la noche saliera caminando despacio, vestido de blanco bajo la luz de la luna, como un espíritu puro en su propia y modesta coreografía sostenido (¿se podrá decir así?) de la vara de equilibrio, sobrevolando la casa catalogada en la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad, en un acto que fue simplemente inolvidable.

Francisco Ugarte exponía en la galería talCual de la colonia Roma, sus proyecciones de luz y sus geometrías con las que logró cambiar por completo la percepción del espacio como si fuera una idea que completara la cascada de luz que había creado en el MAZ donde, como buen arquitecto, juega con el espacio y la luz.

Asombrados de José Dávila quien colocó en la ZONA MACO su homenaje a Josef Albers y al cuadrado, colocando tres vidrios con las mismas proporciones del original Homenaje (de colores y proporciones), para que ahora nos imagináramos los colores en plena transparencia.

Y sin querer acabar, digo, pude disfrutar la obra de Jorge Méndez Blake y sus minuciosos paisajes tropicales hechos a lápiz o Nania, una de las obras consentidas de su galería.

Guadalajara, sin duda, es cuna de artistas y, ¿por qué no?, también de buenos deportistas.

La explosión del arte contemporáneo

INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 14 de abril, 2011.

(David Dimitri en la cuerda floja, durante la exposición de Calder-Miró en 2004.) La semana pasada, el mercado del arte contemporáneo tuvo una explosión, en el buen sentido de la palabra, mostrando una de sus mejores caras en la feria de arte ZONA MACO. Al mismo tiempo de ese reventón que se llevó a cabo en el espacio de Banamex —frente al Hipódromo de las Américas—, se sacudieron otras galerías de arte contemporáneo y en algunos espacios culturales como el Museo Soumaya —diseñado por el arquitecto Fernando Romero y que pronto será un símbolo del arte en la ciudad de México como el Guggenheim en Bilbao—, o en el Museo de Arte Moderno (MAM), en donde se presentó una retrospectiva de Gonzalo Lebrija, artista tapatío que se encuentra en la cima de su carrera; o en la galería de arte contemporáneo talCual que inauguró la más reciente obra visual de Francisco Ugarte; o la Caja Blanca, con obra de José Dávila, otro tapatío de esa generación que expuso en la feria un homenaje al cuadrado en vidrio transparente, como homenaje a Josef Albers y sus originales Homenaje al cuadrado (en ese caso para demostrar la relatividad de los colores) y en este, para que nos imagináramos la relatividad de la transparencia pura; o la galería kurimanzzutto, que no se quedó atrás, y puso en escena la reciente obra de Damián Ortega. La energía llegó hasta la Casa Luis Barragán que se sumó a este festival del arte, apoyando el espectáculo producido por el Museo Soumaya para mostrarnos unos cuantos minutos, cerca de la medianoche del sábado 9 de abril, un performance con el acróbata y equilibrista de la cuerda floja David Dimitri (1963-), un suizo —tan elegante como Marcel Marceau—, que caminó sobre la cuerda colocada a una buena altura, sobre una parte de la calle General Francisco Ramírez para que flotara, vestido de blanco, como espíritu puro y caminara sobre la cuerda floja a la media noche, despacio, sostenido —si se puede decir así— con su barra de equilibrio para pasar sobre la terraza de esa casa catalogada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, pues el antecedente fue en el 2004, en una exposición de Calder-Miró en Basel, cuando Dimitri fue invitado para realizar una coreografía en la cuerda y el jardín del museo.

Gonzalo Lebrija que se sumó a este espectáculo visual y los doscientos artistas y art dealers que asistieron a ver ese happening, también pudieran ver el video en la Casa Luis Barragán de ese artista, bello y pertinente, en donde filmó el trote de un caballo blanco que da de vueltas sin parar, como si fuese un animal de leyenda o uno de esos caballos árabes que, cuando trotan, parecen que vuelan con la crin flotando por los aires. El video fue colocado sin querer llamar la atención en el cuarto en donde justo el arquitecto Barragán se cambiaba de ropa, antes o después de haber montado sus caballos en el Hípico Francés que tanto le gustaba.

Francisco Ugarte, por su cuenta, nos mostró lo que hizo en el Museo de Arte de Zapopan (MAZ) aprovechando un tragaluz del museo, irrumpiendo con un par de muros, para crear en esa esquina una cascada de luz que, en el curso del día, se metamorfosea.

Una explosión de creatividad que puso en movimiento a todo el sector de las artes contemporáneas caminando, como Dimitri, por la cuerda floja.

sábado, 9 de abril de 2011

Leer entre líneas en la casa del poeta

El Informador, Tertulia,del sábado 9 de abril, 2011.


(Patio de la casa de Tlalpan) Tuve suerte de estar el fin de semana en la casa y en el jardín del poeta Juan Palomar y de Viviana su musa, feliz de leer entre líneas lo que ha escrito desde hace años en el Diario de un espectador aquí mismo en El Informador, y siempre con una entrada en donde nos informa lo más reciente del jardín. Juan es poeta y es arquitecto y por eso lo que escribe tiene que ver la casa habitada por las letras, por el amor y por la música en donde observa todo ese universo para contarlo, por ejemplo, de esta manera: el aire se despliega sobre el cielo anchuroso en una sola nube inmensa, blanquísima, puntuada por innumerables ventanas por las que asoma una pura transparencia insondable.

Pura poesía en prosa de este patio y jardín en donde volteamos a ver la luna para ver si repartía sus luces como la silueta de un pájaro inmóvil y cambiante cuya figura guarda a toda la ciudad bajo su vuelo. Poco tarda el ave en desaparecer, sin nadie que lo note. Queda apenas la constancia de su presencia increíble en estas líneas.

Ahora esto lo puede leer entre líneas y en primera persona desde este jardín, volteando a ver el cielo para ver si había o no nubes —como las busco en mi casa de Tlalpan de la ciudad de México—, para compartir ese momento o cualquier otro de esta primavera, sobre todo cuando llegan y se quedan inmóviles los pájaros antes de que desaparezcan... Pájaro de colores... De dónde habrá venido, el nunca visto. Algún manual habrá en que sea precisada su especie, sus tonos insólitos, sus costumbres que ahora no revela. Dura segundos; dura ahora, lo que estas líneas duren y hasta cuándo quién sabe. Solo agregar que es un resplandor de gozo, una pura presencia que ella sola hace valer el día.

Leer entre líneas observando ese mismo jardín y aprendiendo a ver eso que Palomar lo convierte en poesía, como cuando nos describe esas dos sillas de palo y una Ceiba. Dos, a la entrada, bajo el zaguán en calma... Ahí están, livianas y serviciales, esperando la conversación que vendrá, la pausa y la divagación, el rato de descanso. A una cuadra, la Ceiba explotó en una floración gozosa.

Así leí entre líneas, bajo el Jazmín en su lucha casi centenaria con sus gruesas y retorcidas raíces junto al Plúmbago de varas largas, para imaginarme el verano próximo, cómo es que uno mostrará su blancura y soltará su lascivo perfume y, el otro, cómo relucirá sus flores compitiendo con azul del cielo.

En fin, tratar de leer entre líneas y entender lo que está detrás de la poesía.

miércoles, 6 de abril de 2011

Entre líneas en la casa del poeta

INFOSEL, Crónica cultural, del jueves 7 de abril, 2011.

He logrado leer entre líneas en la casa de un poeta que escribe, entre otras cosas, sobre su jardín como si fuera un universo, relatando todo lo que ahí sucede. Fue un ejercicio parecido a la lectura entre líneas de hace una semana con uno de los versos de Primero Sueño de Sor Juana Inés de la Cruz, gracias a la explicación que tuve de los que sí saben de esto y que me permitió imaginar lo que estaba detrás de lo que leía: mientras ella rezaba y cantaban las monjas en la capilla, ella se estaba quedando dormida, soñando que podía salir de ahí y por eso dice:

Con tardo vuelo y canto, del oído
mal, y aun peor del ánimo admitido,
la avergonzada Nictimene acecha
de las sagradas puertas los resquicios,
o de las claraboyas eminentes
los huecos más propicios...


Medio dormida, entre el rezo y el canto, la avergonzada monja, nocturna como el búho, sueña salir por el resquicio de la puerta o por las claraboyas eminentes, tal como escribió Sor Juana en este verso genial.

Así pude leer ahora, pero de otra forma, las entre líneas del jardín del poeta y su musa, pues estuvimos como huéspedes en su casa en Guadalajara. El poeta es Juan Palomar -y su musa es Viviana Kuri-, quien escribe todos los sábados su Diario de un espectador en El Informador de Guadalajara, que leo cada semana encantado de la vida, como esto que rescato ahora y que dice así: la altura de la estación entrega una de sus instantáneas: dos trazos de la luz sobre el muro rojo, habitante casi todo el año de las sombras. Los rayos hacen fulgurar su piel y revelan una textura desconocida.

Juan es poeta y también es arquitecto y por eso escribe estas líneas, porque bien sabe lo que es vivir en una casa habitada por las letras, el amor y la música. Él observa todo —como el jardín que lo rodea— hasta cuando el aire se despliega sobre el cielo anchuroso en una sola nube inmensa, blanquísima, puntuada por innumerables ventanas por las que asoma una pura transparencia insondable.

Al atardecer nos quedamos platicando en medio del jardín y recordaba lo que había escrito un día: la luna en creciente reparte sus luces y organiza así la silueta de un pájaro inmóvil y cambiante cuya figura guarda a toda la ciudad bajo su vuelo. Poco tarda el ave en desaparecer, sin que nadie lo note. Queda apenas la constancia de su presencia increíble en estas líneas.

Pude leer entre líneas todo el fin de semana para entender así la lucha casi centenaria del Jazmín de gruesas y retorcidas raíces y el Plúmbago de varas largas y tensas que en el verano próximo uno mostrará su blancura y soltará su lascivo perfume y, el otro, relucirá sus flores compitiendo con el azul del cielo.

Traté de escuchar las voces y los cantos: la chicharra en medio de sus pasiones; la paloma tartamuda con el buche hinchado y otros pájaros que dejan sus melodías a vistas pues, llegan y se quedan inmóviles antes de que desaparezcan... Pájaro de colores... De dónde habrá venido el nunca visto... Dura segundos; dura ahora, lo que estas líneas duren y hasta cuándo... quién sabe. Solo agregar que es un resplandor de gozo, una pura presencia que ella sola hace valer el día. Pura poesía en prosa.

Así, pues sucedió que había dos sillas de palo y una Ceiba. Dos, a la entrada, bajo el zaguán en calma... Ahí están, livianas y serviciales, esperando la conversación que vendrá, la pausa y la divagación, el rato de descanso. A una cuadra, la Ceiba explotó en una floración gozosa.

Al atardecer dejamos que la penumbra nos envolviera mientras volvíamos a contar alguna historia nunca antes contadas, como si fueran parte de ese resplandor del día que nos deja en qué pensar.