jueves, 30 de junio de 2011

La arquitectura popular: bella e inocente

El Informador, Tertulia, sábado 2 de julio, 2011.

Hace poco tiempo, la Universidad Internacional en Cuernavaca, Morelos, le otorgó al arquitecto Andrés Casillas de Alba (1934-) un reconocimiento Honoris Causa «por los altos, insignes, claros y muy singulares merecimientos en el ejercicio de la arquitectura» y, por eso, con la misma elegancia como lo hizo en 1994 cuando recibió el Premio Jalisco de Arquitectura, ofreció un discurso donde vuelve a retomar algunos de los argumentos que giran alrededor de la belleza y la honestidad de las obras arquitectónicas, así como, hacer una reflexión sobre la «fealdad» de algunas obras del siglo pasado.

Empezó recordando la belleza que había en «Cuernavaca, nuestra Ciudad», preguntándose dónde quedaron «los
 tejabanes de gran ala; dónde el amplio patio con su fuente, punto de
 reunión de todos; los profundos portales embaldosados que los 
protegían del sol, independientemente de la magia que se puede adivinar bajo 
su penumbra; dónde las calles que serpenteaban sobre la difícil
 topografía, bordeadas de muros honestos con sus aleros protectores que, curiosa y desgraciadamente, no tenían ningún árbol, cosa tan deseada en un clima como el nuestro.»

Habló de la arquitectura culta y la popular: la primera, tiene que ver con las obras diseñadas por arquitectos de profesión para terceros; la segunda, la que hacen sus propios moradores, anotando que el problema de la arquitectura culta incide en la escala de valores de sus creadores y en el tiempo que requieren los procesos de transformación. «Antes, tomaba siglos, en cambio ahora, unos cuantos meses. Antes, las formas evolucionaban en lo esencial; ahora, sólo en lo superficial, como podemos observar en las obras contemporáneas en donde la escala de valores ha cambiado de manera radical.»

»La arquitectura popular va en paralelo con la culta, como la hermana pobre que no ha tenido menor difusión de la que se merece —como señaló el arquitecto—, como son las casas e iglesias de los pescadores griegos; los pueblos Dogon en África Ecuatorial; los pueblos blancos de Andalucía o las casas de palma y caña de nuestras costas que participan de un doble común denominador: la belleza indiscutible y el hecho de haber sido construidas por sus propios moradores con la misma inocencia con la que un pájaro hace su nido.

»Ésa inocencia en su actitud creativa, ese no estar consciente de que se está haciendo una ‘obra de arte’, sino una casa para cobijar a la familia; esa ausencia de pretensiones artísticas o sociales, sumada a la propiedad con la que usan los materiales a la mano, es su origen y la frescura de esta arquitectura… todo lo que quieren hacer es construir una buena casa, tal y como la han hecho sus padres y sus abuelos.»

La importancia de ser Honesto

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 30 de junio, 2011.

(Brian Bedford director y actor como Lady Bracknell). Todo es un juego, un juego de palabras con doble sentido, como las que imaginó para esta obra de teatro Oscar Wilde (1854-1900) cuando la escribió, exilado en Worthing. Resulta ser todo un tratado de la misoginia, en donde aquellos que defienden a capa y espada su soltería, son los primeros en desear casarse, mientras que la obra transcurre plena de ingenio y mucho sentido del humor inglés, que la hace divertida y encantadora, sobre todo, con todos esos juegos de palabras que se ocultaban en la sociedad victoriana. La obra fue inspirada en Engaged (Comprometido) de William Schwenck Gilbert (1836-1911) y se basa en que todo aparentemente es un engaño, lejos de ser Honesto o Earnest (que suena igual que Ernesto) y aquí empieza todo lo que esta doble versión del nombre implica. Pero, como buena comedia, todo se va complicando con esos castillos que arman los mitómanos y que un día revientan, como una burbujas de jabón —o como una burbuja financieras, más conocida por algunos de ustedes—, y que deja a medio mundo encuerado, como esos bragados inversionistas que se montaron sobre los fondos de Madoff, hasta que se quedaron sin nada.

La semana pasada disfrutamos la transmisión desde Broadway en las pantallas del Lunario de esa obra clásica del XIX: The Importance of being Earnest o Ernesto, como muchos la traducen, pero que, sabemos implica ser un hombre serio, concienzudo y tal vez honesto, tal como no lo son Algernon Moncrieff o John Worthing (Jack) o Mis Prism, la institutriz y el reverendo Canon Chasuble (Casulla) —todos los nombres que inventó Wilde tienen su propia jiribilla, sin importar si su origen es anglo o francés. Se antoja traducirla como La importancia de ser Honesto, como fue el santo nacido en la ciudad de Nimes, Honesto de nombre, que vivió en el siglo III. Alfonso Reyes prefirió llamarla La importancia de ser Severo, tratando de conservar otro doble sentido.

Earnest lleva consigo su jiribilla y esa es la esencia de toda la obra, así como de la acción que se despliega en el escenario: todos aparentan ser lo que no son —¿nos suena conocido?— pero todas sus conversaciones siguen siendo vigentes, como esa que tiene Miss Prism con el Reverendo Casulla a quien le trae ganas desde hace rato y, antes que nada, le sugiere al reverendo que ya era hora de que debería casarse advirtiéndole que «los hombres deberían ser más prudentes; pues el celibato es lo que pierde a las naturalezas frágiles». Pero el Reverendo, por su parte, le pregunta porqué será «que los hombres que están casados, ya no tienen el mismo atractivo» y ella, ataca de nuevo diciéndole que «un hombre casado no tiene ningún atractivo… excepto para su esposa», y el Reverendo, medio inocentón, remata diciendo que «según le han dicho, muchas veces, ya ni siquiera para ellas son atractivos.»

Es la época victoriana llena de sus propios protocolos y la dote y otros asuntos relacionados con el futuro de las hijas o de las sobrinas, tiene que ver con lo que aparentamos y con lo que somos. Entre las dos verdades, Lady Bracknell se entera que Cecilia Cardew, una jovencita provinciana que pretendía a su sobrino, tiene una renta anual de treinta mil libras esterlinas, entonces, se sienta de nuevo y le dice a su tutor, míster Worthing, que sin duda «Cecilia me parece una muchacha muy seductora, ahora que la veo bien…»

El ritmo de la obra es constante y no baja de tono ni de ingenio en ningún momento: todos tienen sus secretos y todos los tratan con buen sentido del humor que se despliega hasta el final de la obra en medio de los enredos entre los jóvenes victorianos que pretenden guardar sus apariencias, entre la pasión que los envuelve.

Aquellos suertudos que viajen a Nueva York, la pueden ver en el American Airlines Theater en Broadway y ahí podrán escuchar a Lady Bracknell decir: «una mujer no debe decir nunca exactamente su edad… la sociedad londinense está llena de damas de elevadísimo alcurnia que, por su propia elección, se han quedado en los treinta y cinco.»

miércoles, 22 de junio de 2011

Me siento allegro ma non tropo

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 23 de junio, 2011.


(Alma y Gustav Mahler, recién casados). Los músicos son los únicos que han podido definir con precisión el estado de ánimo con el que desean se interpreten sus obras para que éste se trasmita, tal cual, a la hora que las escuchemos. Al final de su estancia en la casa de campo que tenía en el lago Wörther en el verano de 1904, Gustav Mahler (1860-1911) dejó claro que su Sexta Sinfonía en la menor o Trágica debía de terminar con un Allegro moderato y Allegro enérgico.

Pero el estado de ánimo con el que la había empezado era muy diferente: estaba recién casado con Alma Schindler (1879-1964), una joven veinte años menor que él; a esa altura de su matrimonio ya tenía dos hijas: María (1902-1907) y Anna (1904-1988) una niña recién nacida. Por eso, esta obra no podía empezar más que con un Allegro enérgico, ma non tropo y, por si no le habían entendido bien los músicos insiste que sea Heftig, aber markig, vehemente pero conciso. En un momento dado, amorosamente trató de describir a su mujer musicalmente hablando en uno de sus temas que describían a Alma, mismo que escuchamos después del golpe de los timbales que anuncia la entrada del «tema de Alma».

Cuando empezamos a escuchar la historia que nos cuenta Mahler en esta abrumadora y festiva obra, no podemos menos que imaginarla circunscrita al ámbito de la alegría moderada y contenida. Por eso, si tomamos nota de las indicaciones de los músicos podríamos crear un catálogo que más tarde nos sirva para contestar, con la misma precisión que los músicos, nuestro estado de ánimo —como lo conoce mi amigo, el Notario, uno de los más prestigiados del país—, así podríamos contestar que hoy nos sentimos andante moderato o andante con moto aunque, esta respuesta no se las recomiendo, por aquellos de los malos entendidos, sobre todo, con los que no saben nada de música.

Pero, si tenemos duda de cómo es eso de sentirse andante moderato lo podemos lograr si escuchamos el segundo movimiento, para ver lo apacible y soñador que resulta, así como, contenido, como si no quisiera que se sepa lo feliz que estaba, no vaya a ser que los dioses se pongan celosos y tomen venganza.

Peros si nos sentimos Wuchtig, como lo propone Mahler en el tercer movimiento y entonces nos sentimos impetuosos, es porque sabemos que la semana que entra empieza la temporada con la Orquesta Sinfónica de Minería en la Sala Nezahuacóyotl del Centro Cultural de la UNAM, bajo la batuta de Carlos Miguel Prieto, una temporada tan esperada que se ha convertido en un rito que se inicia con el tiempo de aguas —más deseado que nunca—, cuando huele a tierra mojada y el cielo está encapotado.

Esta Sinfonía la terminó de componer en 1904 cuando el alma de Gustav estaba más bien impetuosa mientras construía esta obra sin que Alma, ni nosotros, entendiéramos por qué, en el último movimiento nos ofrece un trágico final, como si fuera una premonición de las dificultades que enfrentaría primero con la muerte de su hija María de cuatro años de edad; la dimisión forzada de la Ópera de Viena y el diagnóstico de una enfermedad cardíaca incurable y, sin embargo, sabemos que es la Sinfonía «más personal de todas las que brotaron de su corazón», como lo describe Alma.

En esta temporada podremos apuntar varios estados de ánimo para agregar al catálogo de nuestra lista de sentimientos el allegro o enérgico antes de salir de los conciertos con el alma, no de Mahler, sino zufriden, satisfecha, por haber compartido eso que nos quiso decir Mahler en su Sexta Sinfonía y primera de la temporada.

jueves, 16 de junio de 2011

Los tuiteros ganan la batalla

El Informador, Tertulia, sábado 18 de junio, 2011.


El lenguaje escrito en esta la era de la tecnología móvil se ha reducido al mínimo, asía como han aumentado los signos y unas contracciones nunca antes vistas, tal como lo usan con los populares, efectivos y económicos mensajes en Short Messaging Service o SMS por sus siglas en inglés, mandados desde los “móviles” —mejor por su propiedad que por su instalación—, tal como vemos que lo usan compulsivamente los jóvenes que los mandan ya sin tener que ver el teclado, en cambio, los “baby boomers” nos tardamos, los mandamos antes de terminar la frase y siempre se van llenos de erratas y sin acentos.

Por su parte Twitter estableció los límites del tamaño de los mensajes y los tuiteros mandan sus tuits plenos de contracciones tal como se les antoja. Pero hay que reconocer uno, que el lenguaje está vivo y dos, que se comunican sin problemas y saben el tono de lo que dicen, o de lo que quieren decir, ¿o no K?

Tanto el lenguaje oral como el escrito ha cambiado con cada generación. Ahora, es más perezoso y limitado su léxico pues usan el mínimo de palabras pero, hay que reconocer, que aún así logran entenderse sin problemas, cumpliendo con el objetivo del lenguaje oral aunque nos suene paradójico.

—No K… —es lo que dicen y, según lo pronuncie ya sea el tono o la modulación, saben a qué se refieren logrando reducir el mensaje al mínimo. Cuando hablan con sus cuates, ¿debería decir “¿y con sus cuatas?” para ser políticamente correcto?, aunque sabemos que “cuates”, en este caso no implica al otro sexo, bueno si se dicen “no K”, significa, uno, que se están negando; dos, que es un especie de reproche y, tres, que puede ser una solicitud, sobre todo si lo dicen como una pregunta.

—No güey o sí güey —es otra manera de expresar su consentimiento o negación a ciertas cosas, sin importar el nombre del amigo que, en este caso, que me perdonen esos que son políticamente correctos, pues es imposible que se refieran a una amiga, porque “güey”, viene de ese “toro” que sufrió una operación testicular para llegar a convertirse en tal como les decimos.

Otra cosa de esta época es que los jóvenes cada vez son más autistas: los vemos como van con los audífonos escuchando en el centro mismo de su cabeza, la música punchis-punchis que los aísla de la realidad y cuando van a los antros la música hace imposible cualquier conversación congruente y si gritan, ¡Güey!, es que quieren decir, ¡qué buena está la rola, ¿o no K?

miércoles, 15 de junio de 2011

Caer al fondo y salir a flote

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 16 de junio, 2011.

(Emoé de la Parra en la Primavera salvaje). Sí…, las estrellas se caen tarde o temprano —dice Gertru (Emoé de la Parra) refiriéndose a las estrellas fugaces que son como ella misma, una estrella de la Primavera salvaje de Arnold Wesker, obra de teatro que tradujo, adaptó y ahora dirige Otto Minera, inaugurada en el Teatro de las Artes del CNA en Río Churubusco y Viaducto Tlalpan.

—Algunas no —le responde Sam (Gutemberg Brito), un negro y joven lavacoches amigo de la actriz—, pues como le decía, algunas gentes tienen el don y otras no —y cuando Sam dice esto, parece que lo dice como el oráculo de Delfos, como una premonición, como si sintiera la posible caída que iba a sufrir su amiga que en ese momento se encontraba en la cima del éxito y todavía escuchaba los aplausos de la función en la que había actuado como Lady Macbeth —apenas escuchamos el monólogo aterrador después del asesinato del rey Duncan—, antes de que le informaran que su querido hijo adoptivo —que no sabía cuando se lo entregaron que tenía el síndrome de Down —, ahora con once años de vida, tiene leucemia. Con esa noticia, empieza la caída libre hasta el fondo y nosotros, esperamos ver si Gertrudis sale a flote en el espejito de esta obra de teatro.

Esta es la historia que nos cuenta en dos tiempos diferentes: 1976, en el primer acto y 1996 para el segundo, durante dos horas y cacho, con Emoé de la Parra en un papel tan exigente que tiene que entregarse por completo para lograr unos momentos asombrosos y conmovedores como la actriz Gertrudis, una mujer que se ha pasado la vida tratando de ser la mejor actriz, a pesar de los pronósticos de su madre que se encargó de llenarle el buche de piedritas.

—Pura actuación —dice Gertru veinte años después—, ¿se da cuenta, señor Phillips, que nuestra profesión la usan de una manera despectiva? ‘¡Ah! —dicen—, no le haga caso, está actuando.’ ¿Se da cuenta, señor Phillips que todas las noches frente al público pretendo ser alguien que no soy? ¿Se da cuenta que, si lo hiciera afuera del teatro, sería rechazada, vilipendiada, calificada de impostora, fraudulenta, falsa, mentirosa… pero aquí, maquillada y bajo las luces, diciendo las palabras de otra, ingeniosas y atinadas, puedo simular con placer y a nadie le importa un demonio. Lo que es despreciable en una persona, si lo hago bien como actriz, logro seducir al público, me gano sus aplausos... y hasta me pagan.

Y uno piensa en esos que actúan en este mundo para engañarnos, para engatusarnos, con sus ideas, productos o esos fondos que ‘ofrecen un mayor rendimiento’, sabiendo que son parte de una burbuja que no tarda en reventar. ¡Ah!, pero eso sí, en el escenario, bajo el paraguas de las obras de teatro, la actriz convence al público, como en este caso Getru con sus avatares y esa carga sobre su espalda gracias a su madre que nunca favoreció su autoestima.

Una vez que pisa fondo y se empuja con sus piecitos para salir a flote como puede, lo primero que hace es tirar la carga que traía aunque andó un rato media atarantada, antes de ponerse a bailar.

—¡Dirige tu mirada hacia mí, mamá! Soy mejor que la niña Chincheta. Siempre lo fui y siempre lo seré... ahora, bailo y bailo con un negro que tiene la mitad de mis años. El amor, la lujuria, todo sin culpa alguna, ¿me entiendes?... ¡Ah!, espero que te revuelques en tu tumba. (Escucha.) ¿Qué? ¿Qué fue eso que dijiste? (Escucha.) No me importa si él no me ama, no me importa si es el hombre correcto en el momento equivocado, porque ¿sabes mamá?, es primavera, sí, es la primavera salvaje. Así que, ¡revuélcate!, revuélcate, revuélcate…

jueves, 9 de junio de 2011

¿Qué es eso de chiquillos y chiquillas?

El Informador, Tertulia, sábado 11 de junio, 2011.

Desde hace tiempo que el tema molesta, aunque nunca tuve el tiempo o la capacidad para explicar en qué consistía el malentendido como ahora lo ha hecho una doctora de El Colegio de México que mandó por correo las imprescindibles reglas ortográfica sus colegas de la Facultad de Filosofía y Letras y, a la vez, una de ellas me las hizo llegar. Son tan cristalinas que no deseo otra cosa que transmitirlas, tal cual, para que ustedes las conozcan:

En español, el plural en masculino implica ambos géneros. Así que, al dirigirse al público NO es necesario ni correcto decir "mexicanos y mexicanas", "chiquillos y chiquillas", "niños y niñas", etc., como empezó a hacerlo el ignorante del expresidente Fox y que hoy en día otros ignorantes (políticos y comunicadores) continúan con el mismo error, inclusive el presidente Calderón.

Decir ambos géneros es correcto pero SÓLO cuando el masculino y el femenino son palabras diferentes, por ejemplo: "mujeres y hombres", "toros y vacas", "damas y caballeros", etc.

Se dice ¿presidente o presidenta? En español existen los participios activos como derivados verbales: por ejemplo, el participio activo del verbo atacar, es “atacante”; el de sufrir, “sufriente”; el de cantar, “cantante”; el de existir, “existente”, etc.

¿Cuál es el participio activo del verbo ser? Es "ente", es decir, el que es, es el “ente”. Tiene entidad. Por esta razón, cuando queremos nombrar a la persona que denota una cierta capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le agrega la terminación “ente.”

Por lo tanto, a la persona que preside, se le dice "presidente", no presidenta, independientemente de su género. Se dice capilla ardiente, no "ardienta." Se dice estudiante, no "estudianta." Se dice adolescente, no "adolescenta." Se dice paciente, no "pacienta." Se dice comerciante, no "comercianta."

Cristina Fernández de Kirchner, la actual presidente de Argentina y su esposo —que en paz descanse—, no sólo hacían mal uso del lenguaje por motivos ideológicos, sino por su ignorancia de la gramática de la lengua española. Y ahora en Venezuela, también se hace uso de esta misma barbaridad.

Un MAL ejemplo sería: “la pacienta era una estudianta adolescenta sufrienta, representanta e integranta independienta de las cantantas y también atacanta, y la velaron en la capilla ardienta ahí existente.”

¿Verdad que nos suena mal eso de Presidenta, no? Bueno, siempre es bueno aprender de qué y cómo estamos hablando. La excepción a esta barbaridad son los chilenos que bien dicen bien cuando dicen que la “Sra. Bachelet es Presidente.”

¿No está claro como el agua, el buen uso del español? Entonces, ¿por qué lo siguen mal usando? Seguro que es por ignorancia de esos que desconocen las reglas de esta tan rica y exuberante lengua Española.

miércoles, 8 de junio de 2011

La música de los pájaros

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 9 de junio, 2011.

(Verdín de mono, Vermivora ruficapilla o Nashville Warbler). A punto de que sea el día más largo del año y que empiece el verano con su temporada de ciclones en el Atlántico y los humildes ríos, ahora orgullosos, se desborden de su riberas y aneguen los campos mientras los pájaros cantan o gimen, después de haber tenido sus crías y ahora, libres, vuelen con ellos, canten y se refresquen en el agua disfrutando de la vida.

Reconozco algunas clases de pájaros que vuelan por nuestra casa en Tlalpan: la Tortolita común, vanidosas que se la pasa siempre sobre las ramas buscando el rayo del sol para esponjar su plumaje; el Verdín de mono pecho amarillo, como los canarios de la canción; los Chouís de los bosques templados; la Calandria solitaria y el Gorrión mexicano, según los puede comprar con el catálogo de Aves comunes de la ciudad de México ilustrado y escrito por Gerardo del Olmo L., con la colaboración de Emilio Roldán, publicado por Bruja de monte (2007).

El canto del Verdín cae desde la Jacaranda que nos cubre y su canto es rico porque incluye frases tomadas de su última canción. Pero, si alguien supo de esto fue la inglesa Len Howard (1888-1973), quien se retiró a su casa de campo en Sussex para observar, convivir y escribir todo esto que observaba en un libro que recomiendo tanto: Los pájaros y su individualidad, publicado por el Fondo de Cultura Económica (FCE, Breviario No. 102, 1955).

Gracias a ella nos enteramos del talento de algunos de ellos, pues se dedicó a observar a los pájaros que llegaban como a su casa, tanto que llegó a identificarlos y a llamarlos por su nombre. Ella supo que el herrerillo (Parus cyanistes) tiene tres canciones y una de ellas es cantada cuando vuela, como si estuviera patinado por el aire. Supo que los pinzones le dan pena porque son perezosos para cantar una canción completa, a pesar de ser magníficos compositores y, también nos enteramos, entre todo lo que observó, que su estado de ánimo es distinto cuando vuelan.

En los carboneros mayores (Parus major) había reconocido la infinita variedad de canciones y que las notas que utilizan en sus charlas eran comunes a su especie pero, otras, en verdad eran verdaderas inspiraciones individuales, pues este pájaro tiene una gran personalidad en todas sus cosas y están llenos de inventivas.

Este año en la casa mejoramos la pequeña fuente de agua que está en la terraza agregándole un pequeño plato para que el agua suba y gotee en la pila para que allí puedan los pájaros refrescarse si llegan a la orilla pudibundos y se toman su tiempo antes de entrar al agua fresca con las patas adentro, antes meterse por completo, empezando por la cabeza sin dejar de voltear a uno y otro lado, nerviosos, hasta que se abandonan y baten sus alas como niños salpicando a sus compañeros, gozando de la vida. Es el verano y ya han cumplido con sus crías que ahora vuelan con ellos y parece que ahora tienen tiempo para recorrer otros territorios y buscar una mejor calidad de vida en la ciudad de México.

En general —dice Len Howard— se supone que un pájaro, por la fuerza de inspiración que emana de su canto, carece del alma inmortal de los hombres. Pero, para aquellos que sienten la fuerza de la atracción espiritual con la música de los pájaros, deben de plantearse esta duda: ¿cómo puede la música de los pájaros conmover al alma humana, si el espíritu del pájaro, vertido en su canción, no es un componente de lo Divino?

Sin respuesta, estoy atento para escuchar sus cantos al amanecer y al atardecer cuando nos parece están más inspirados que cualquier otra hora del día.

miércoles, 1 de junio de 2011

Leonora creía que era un caballo

El Informador, Tertulia, sábado 4 de junio, 2011.


Desde niña, Leonora Carrington (1917-2011) sabía que cualquier leve ruido le recuerda el galope de un caballo, descubre la huella de cascos sobre la nieve, el blanco cegador de los copos conforma el lomo de una yegua inmensa que cubre la tierra, tal como lo cuenta Elena Poniatowska en su novela Leonora, (Seix Barral, 2011) construida con las entrevistas que le hizo desde 1952 y que vienen a cuento ahora que ha fallecido esta mujer, libre sobre todas las cosas y parte del movimiento creado después de la Primera Guerra Mundial cuando los surrealistas, antes dadaístas, adquirieron la capacidad de poner el arte al servicio de su imaginación... los seguidores de Breton y Freud eliminaron la razón y se abrieron al alto mundo del inconsciente.

Me quedé con la boca abierta al conocer la vida de Leonora a través de Elena asombrado de compartir con ella por varias cosas: la fuerza de su imaginación desde niña; su libertad sobre todas las cosas; su deseo de pintar todo eso que ella imaginaba; su decisión de abandonar la comodidad y la riqueza de su familia para irse a París en contra de los deseos de su padre —Harold Wilde Carrington, socio principal de Imperial Chemicals Industries (ICI)—, donde aprende a pintar y donde se enamora perdida de Max Ernst, su media naranja, su amante y su principal tutor del surrealismo, un artista con el que a pesar del miedo, Leonora se entusiasma; algo en los collages de Max la saca de sí misma, su crueldad la aterra... Todo es suyo para hacerlo como quiere.

Max estaba casado y su mujer no los dejaba en paz. Por eso tuvieron que huir a St. Martin d’Ardeche (en la región del Ródano-Alpes), donde los dos trabajaban y se iban a la orillita del río (a la sombra de un pirú) para bañarse desnudos.

Ella había encontrado que su mundo y sus sueños los podía representar si seguía los consejos de su amiga Eileen Agar: embarro la tela, le doy forma a mi inconsciente y si me atoro, me tomo una siesta. Cuando regreso al caballete la idea fluye. Procura no estar demasiado alerta, la conciencia inhibe, tal como lo descubrí que lo hacía Mary Stuart en México.

Cuando Leonora salió de su casa fue para no volver jamás. En 1940, destrozada y enloquecida por la pérdida de Max y los horrores de la Segunda Guerra Mundial huye con Renato Leduc, quien decía que hay que amar a tiempo y desatarse a tiempo para llegar a México, casarse con el fotógrafo húngaro, Chiki Weisz y pintar hasta la semana pasada, cuando se volvió a ir para siempre a los 94 años de edad, sola, como decía que siempre se había ido desde que salió de su casa cuando tenía veinte años para nunca jamás regresar.

Leonora se fue sola, como siempre

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 2 de junio, 2011.

(Los delirios de Leonora Carrington). Un día Leonora Carrington (1917-2011) le confesó a Elena Poniatowska que la verdad es que jamás me había atrevido a buscar en mi inconsciente lo que él (Max Ernst) encontró en el suyo. Tengo adentro muchas imágenes que escondo para que no me descubran. A lo que más he llegado es a ponerle a Ozenfant (su maestro de pintura en París) una cabeza de urraca, pero lo que hace Max me aterra. Junto a él, la bestia de siete cabezas del Apocalipsis es una paloma —esto lo cuenta Elena en Leonora (Seix Barral, 2011), la novela que fue documentando desde 1952 para, finalmente, poder contarnos la vida de esta mujer extraordinaria, construida con esa serie de entrevistas que le hizo hasta hace poco. Después de leer esta novela se queda uno con la boca abierta al descubrir a la mujer detrás de la artista, así como, los orígenes y el ámbito del surrealismo o la fuerza de su imaginación, el ejercicio de su libertad sobre todas las cosas, su deseo de pintar desde que era niña para poder plasmar todo lo que se imaginaba y veía, así como, su valor para abandonar la comodidad y la riqueza de su familia para dedicarse a pintar, que era lo que ella quería.

En 1937, a los veinte años, Leonora sale de su casa para no volver: no me fui con Max. Me fui sola, siempre que me he ido, ha sido sola y así, se fue a París en contra de los deseos de su padre —Harold Wilde Carrington, socio principal de Imperial Chemicals Industries (ICI)—, donde aprendió a pintar y donde conoció y se enamoró de Max Ernst, poco antes de huir de Europa y de la Segunda Guerra Mundial con Renato Leduc, con quien llegó a México para vivir y a pintar toda su vida desde 1942, donde se casó con el fotógrafo húngaro Chiki Weisz con quien tuvo dos hijos.

En su juventud fue Max Ernst su media naranja, su amante y tutor del surrealismo con el que a pesar del miedo, Leonora se entusiasmó. Algo de los collages de Max la saca de sí misma, su crueldad la aterra. No pide prestado, se apropia, corta, mutila, disloca, embarra. Todo es suyo para hacerlo como quiere —tal como lo cuenta Elena.

Acosado por la esposa de Max tuvieron que huir a St. Martin d’Ardeche (Sureste de Francia), donde los dos vivieron un tiempo: se iban a la orillita del río (a la sombra de un pirú) y se bañaban desnudos. Leonora había encontrado cómo representar su sueños, siguiendo los consejos de Eileen Agar, pues ella embarraba la tela y le daba forma a su inconsciente y si me atoro, me tomo una siesta. Cuando regreso al caballete la idea fluye. Procura no estar demasiado alerta, pues la conciencia inhibe, este sistema creativo es como el que descubrí en Mary Stuart para sus obras de arte.

Leonora cree en las apariciones, no en las de la Virgen de Lourdes, sino en las de seres que surgen de pronto en la primera esquina y te dan la mano o te asaltan. Desde los dos años, al despertar, hablaba de sus visiones durante el sueño cuando Leonora ve caballos de hielo entre los árboles y cualquier leve ruido le recuerda el galope de un caballo, descubre la huella de cascos sobre la nieve y el blanco cegador de los copos conforma el lomo de una yegua inmensa que cubre la tierra.

Por eso, cuando descubre que lo que a ella le atrae les importa a los otros, entonces, se dedicó a expresar esas imágenes del inconsciente. Destrozada por la pérdida de Max, enloquecida, huye a México con Renato Leduc, un poeta que propone hay que amar a tiempo y desatarse a tiempo y desde 1942 que llegó se quedó en México hasta la semana pasada que se fue sola, a los 94 años de edad, como siempre se había ido sola, como decía.