jueves, 28 de julio de 2011

El huerto de los cerezos, como espejo

El Informador, Tertulia, sábado 30 de julio, 2011.

Despunta el alba de un día de mayo. La luz matinal es tenue y por la ventana de la sala se puede ver el jardín de los cerezos en flor. La blancura de sus flores armoniza con la claridad del horizonte que se Ilumina poco a poco y cuando escuchamos esto, nos preguntamos: ¿cómo podemos darnos cuenta de nuestras torpezas y no perder lo que más queremos? ¿Cómo evitar la catástrofe? ¿Cómo tener un buen espejo, como aquel amigo en quien podíamos ver nuestros defectos o en una buena obra de teatro como El huerto de los cerezos de Chejov (1860-1905), escrita un año antes que falleciera tal vez pensando que su «vida ha pasado como si nunca hubiera vivido», como escuchamos que dice el viejo Firs, al final de la obra y que nos permita ver lo que no vemos en nosotros?

Lyubóv Andréyevna (Zöe Wanamaker) es la dueña de la finca familiar que abandonó el mismo año que enviudó y que Grisha, su hijo de siete años, se ahogó en el río. Eso fue suficiente para huir al extranjero, casarse con un caza fortunas, perder su dinero y ser engañada para regresar al vientre materno, acompañada por el parlanchín de su hermano Leonid, de Anya, su hija menor y Charlotte, su institutriz.

Todo sucede en tinieblas o con la leve luz matinal, la tónica que quiso darle Howard Davies, el director de esta obra en el London National Theater, como si así no podamos ver la realidad tal como es, ni podemos distinguir entre la verdad y la mentira.

Tienen que pagar su deudas para no perder la finca con todo y el huerto de los cerezos, considerado el más bello de la región. Lyúba hace un balance entre sus culpas y sus pecados hasta que la oímos gritar: «¡Dios mío, no me castigues más!»

Ese fue el espejo en donde pudimos ver el contraste entre la fidelidad de Firs, el viejo sirviente y los abusos de Yasha, el nuevo empleado o Dunyásha que se creía una doncella. Y de Lopáhin, el hijo de un campesino, borracho y golpeador, que se ha convertido en un hombre de negocios exitoso, un depredador, como lo acusa el Trofómov, el no tan joven y eterno estudiante lleno de ilusiones por el cambio que predice el futuro de esa nación.

Cuando Lopáhin gana en la subasta pública la finca, empieza a talar los cerezos para construir daschas con las que hará un gran negocio, al mismo tiempo que compartimos la soledad de Várya, la hija adoptiva de Lyúba y ama de llaves de la finca que se queda soltera aunque no quiera.

Ese es el huerto de los cerezos en donde vemos, impávidos, cómo pierden todo para volver a empezar.

miércoles, 27 de julio de 2011

DKS, el seductor compulsivo

INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 28 de julio, 2011.

(La guineana Nafissatou Diallo con Robin Roberts, periodista de la ABC). Si el poder corrompe, la lujuria es el motor que mueve y lleva al hombre al borde del precipicio poniendo en peligro todo lo que haya logrado hasta ese mismo momento. Este es el caso de Dominique Strauss-Kahn (DKS), acusado de violar o forzar a Nafissatou Diallo, recamarera guineana que trabajaba en un hotel de lujo en Nueva York, como le pasó a Bill Clinton en 1998 cuando, siendo presidente de los EEUU y estando en el apogeo de su carrera, fue acusado de haber seducido a Mónica Lewinsky, la becaria de 22 años que trabajaba en la Casa Blanca para satisfacer su lujuria o para destensarse, poniendo en riesgo su matrimonio y su prestigio como el hombre más poderoso del planeta. Ese caso se conoció como el Zippergate, con lo que lo asociamos con los viejos vaqueros del Oeste que no podían vivir sin desenfundar la pistola.

La perversión sexual o la seducción compulsiva, como señalan a DKS, se repite en la historia y es un especie de demonio encarnado en una yegua desbocada que nadie puede contener hasta que caemos por el precipicio. Son muchos los casos que conocemos ya sea tomados de la vida real o de la ficción, que ilustran esa capacidad del hombre para desajustar sus valores y ponerse a jugar a la ruleta rusa con la misma pistola que andan cargando. Uno de ellos es el General romano que perdió todo, incapaz de resistir la voluptuosidad de la reina de Egipto quien había encontrado la forma de mantener a su lado a los poderosos romanos —por decirlo de alguna manera—, para que la dejaran reinar en sus territorios del Asia Menor. Filón fue ese soldado que acusó con amargura la lujuria de su jefe: mi General ya se pasó de la raya. Sus ojos, tan sensibles cuando desfilaba su tropa y que brillaban como Marte dorado, ahora, sólo se inclinan y concentran su fuerza en esa morena. Su corazón de capitán, que hacía estallar las hebillas de su peto en medio del fragor de las batallas, ha perdido su temple y, ahora, sólo sirve de fuelle y abanico para enfriar la lujuria de esa gitana, tal como empieza Antonio y Cleopatra de Shakespeare.

Otro seductor compulsivo fue el conde de Almaviva quien, en Las bodas de Fígaro de Mozart, deseaba vehementemente ejercer su derecho de pernada como era costumbre entre los nobles hasta que la Revolución Francesa acabó con ese derecho. Ahora, aunque ya es anacrónico y los nobles prácticamente han desaparecido, lo siguen ejerciendo los hombres poderosos y que, por eso, creen tener el derecho de desvirgar a quien se les antoje, como el conde Almaviva pretendía hacerlo con Susana, la doncella de la Condesa y la prometida de Fígaro y, ahora, el poderoso francés, con la inmigrante de Guinea.

La lujuria deslumbra y no permite al hombre ver los riesgos implícitos. La descarga eléctrica, esa que recorre la columna vertebral o la adrenalina que se genera nos hace caminar por la cuerda floja en busca del orgasmo sin ver el vacío, inconscientes del peligro que implica perder el gobierno o a la condesa, o el prestigio.

Pero tal parece que la seducción compulsiva es superior a las fuerzas de estos hombres, como fue para Antonio desde que conoció a la reina, tal como lo describe Enobarbo: de la barcaza salía un perfume que golpeaba los sentidos en el malecón cercano. La ciudad se lanzaba sobre ella para admirarla y Antonio, sentado a solas en su trono, en medio del mercado, silbando por el aire, salió volando para contemplar de cerca a Cleopatra.

Cleopatra fue amante de Julio César y por eso pudo implicar para Antonio la realización edípica de sus deseos que motivó al seductor compulsivo a perder el poder y la vida, con tal de montar a esa yegua desbocada, como era la cautivadora reina de Egipcio.

jueves, 21 de julio de 2011

La intimidad del Music Room

El Informador, Tertulia, sábado 23 de julio, 2011.
No tengo la menor idea si es por la edad o por las dificultades para trasladarse en la noche, ya sea por la ciudad de México o por Guadalajara, o si es por la lluvia o porque nos vemos forzados a tener una vida intramuros, pero el hecho es que por alguna o varias de estas razones o pretextos, hemos descubierto nuevos programas en TV que satisfacen la vida intramuros y hacen más placentera la vida en casa.

Este es el caso de la serie en Film & Arts que se llama Music Room (canal 430 Cablevisión de la ciudad de México), que pasa los jueves y domingos a las 19:00 horas en un estudio de música con unos programas filmados en ese espacio vacío con magnífica acústica, de tal manera que nos podemos concentrarnos en los artistas y en la música que interpretan.

Howard Goodall (ver fotografía) ha ganado premios EMMY, BRIT y BAFTA; es compositor de música coral y de musicales para teatro; es guionista y buen embajador que este año le valió la condecoración de Comandante de la Orden del Imperio Británico (CBE), por sus servicios en la educación musical. ¿Qué podemos esperar de un hombre con esta experiencia y con un tal carisma que cuando se reúne con los intérpretes, se acerca a ellos como nadie lo había logrado antes, para que nos cuenten sus intimidades, como las que puede haber —y que desconocemos—, detrás de la interpretación de algunas piezas del repertorio, como las que han estudiado esos virtuosos con sus instrumentos?

El jueves pasado fue Lang Lang, el joven pianista chino, nacido en Shenyang en 1982 que, ahora, a los 29 años está en los circuitos internacionales de primera división dando conciertos por todos lados, hecho un virtuoso que nos confesó que ha estado trabajando desde que tenía 11 años con la Sonata No. 23 de Beethoven, la Apassionata y que apenas el año pasado —después de 18 años de estudiarla—, se sintió cómodo para interpretarla y poder hacerlo como dios manda mientras nosotros nos quedamos boquiabiertos escuchando la perfección y delicadeza con la que la interpreta en uno de sus movimientos, cuando creemos escuchar algo que está cerca de la perfección y de la emoción del romántico alemán.

Las interpretaciones son de lujo, después que Howard Goodall logra que nos cuenten sus secretos detrás de las obras o sus descubrimientos, como el amor a la música española, como la de Albéniz, un impresionista que como Debussy logró pintar en sus Evocaciones marcada con cinco «pianos», es decir, despacio, despacio, despacio… para que nos llegue hasta el fondo del alma.

miércoles, 20 de julio de 2011

El tiempo se acaba: Barack Obama

INFOSEL; Crónica cultural, jueves 21 de julio, 2011.

El tiempo se acaba, dijo angustiado Barack Obama, porque el 2 de agosto es la fecha límite para tener un plan para enfrentar los pagos de la deuda externa, evitando la quiebra y que, paradójicamente, por ejemplo, sean rescatados por los chinos. Pero también está por iniciar su campaña para buscar la reelección y, hasta ahora, este líder tan completo, ha mostrado una cierta incapacidad para negociar con los ultra conservadores. Por eso nos preguntamos ¿cómo es posible que un líder como Obama, no haya podido seducir ni convencer a los miembros del Tea Party dispuestos a «llevar al país al abismo, antes que seguir endeudándose», proponiendo, en su lugar, recortes al gasto de los programas sociales antes que aumentar el techo de la deuda, negando el incremento en los impuestos de los más ricos?

Obama está angustiado y vemos cómo ha encanecido desde enero del 2009 cuando asumió el poder. Ahora insiste en que «el tiempo de acaba», pues sabe que si no se resuelve esto y logra que «se haga algo grande para estabilizar las finanzas para la próxima década», la quiebra es inminente y el prestigio de su país caerá hasta lo más profundo del Averno, para acompañar a esos «otros» países que están en la lista negra: Grecia Italia, España o Portugal, probables causantes del efecto dominó que podría impactar al resto del mundo globalizado.

Creemos que el «efecto Obama» ha estado limitado por las circunstancias y por la obsesión, al estilo del «one track, no mind» de la oposición —como los del PRI, rechazando cuanto proyecto es propuesto por el PAN—, para terminar acosados y exclamar como el ahorcado: «¡me mataron, pero les saqué la lengua!»

Cuando hablaba de un líder completo, me refería a Obama, sobre todo si calificamos las cuatro características de los líderes que, sumadas, califican su calidad de liderazgo. Estas cuatro características están definidas en Julio César de Shakespeare escrita en 1599 para estrenar El Globo en Londres, un teatro que tenía un aforo de tres mil personas, de las cuales, ochocientos la veían parados, como eran los artesanos, las prostitutas, los soldados en espera, vagos, inmigrantes y demás habitantes de Londres que, en aquel tiempo, usaban la imaginación y una Musa de fuego para ascender al universo de la invención y ver cómo se enfrentaban dos monarquías en esa «O» por lo redondo, como ahora lo hace Obama cuando enfrenta a los ultras del Partido Republicano.

El carisma lo tenía Julio César; la inteligencia política, Casio que prácticamente fue quien armó la conspiración; la inteligencia emocional estaba representada por Marco Antonio quien, en su discurso: Friends, Romans, countrymen, lend me your ears, fue capaz de provocar un motín y luego, una guerra civil; y, el prestigio, lo tenía Bruto, quien aceptó conspirar a pesar de que Julio César le había perdonado la vida y se decía que podía ser su hijo. Por eso nos duele cuando, moribundo, le reclama: Et tu, Brute?

Las cuatro características las tiene Obama en alto grado empezando por el carisma, ese con el que es admirado cada vez aparece en escena. Las otras tres, las descubrimos desde que le ganó a Hillary, cuando la visión era más importante que la experiencia y cuando lo hemos visto cómo se comunica con su pueblo, destrozado por una de las más severas crisis, así como y de qué manera, ha mantenido su prestigio, pues sabemos que todo lo que hace es por el bien de los demás y no por el propio. Por eso no entendemos por qué ha fallado este líder, tal vez, sea una de las paradojas y contradicciones del liderazgo completo.

miércoles, 13 de julio de 2011

Las falsas expectativas con el Sub-17

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 14 de julio, 2011.

(Corredores griegos en la Olimpia, como los romanos en Las Lupercalias). Tanto los cronistas del Mundial Sub-17, como el presidente Felipe Calderón Hinojosa, parece que han tratado de darnos gato por liebre, equiparando los goles fortuitos e improvisados de unos jóvenes futbolistas talentosos con otras ideas en donde aseguran que “después de este triunfo, México no será el mismo”, tratando de confundir de esta manera la magnesia con la gimnasia e intentando sustituir la ineficiencia, la incultura y el caos, es decir, las peras con las manzanas de la discordia, para convertir el triunfo de un equipo de futbol juvenil —bien merecido—, en algo que va más allá de las fronteras del deporte, como si una cosa tuviese que ver con la otra, como si un triunfo estrictamente en la cancha viniese a sustituir los fracasos de un país que, en realidad, nunca más volverá a ser lo que era, copados como estamos ahora por la violencia, en medio de una guerra sin fin, en donde el crimen organizado, el narco y sus bloqueos —como el que acabo de ver en Morelia—, se han desbordado y los asesinatos indiscriminados en Monterrey o en Ixtapa se convierten en la noticia de todos los días.

Por desgracia, en este ámbito no se tienen los noventa minutos como los que tienen los jugadores en la cancha, sino que parece que es una pesadilla que no se acaba nunca como si fuese un juego sin límite de tiempo. Así que, no nos quieran dorar la píldora con la idea de que, por haber ganado un copa mundial, todo va a cambiar.

Mejor poner las cosas en su lugar y aceptar el fracaso y la impotencia de un gobierno y una sociedad que no ha sido capaz de negociar los cambios estructurales en lo económico, laboral, social y político y que sólo ha logrado ofrecernos un futuro incierto lleno de esas sensaciones en donde parece que todo es cuestión de tiempo para que se desmorone la sociedad que familiarmente ha destruido su escala de valores y no ha sabido contener a sus hijos que prefieren abandonar todo, para ser llevados por la aventura, aunque ésta implique la muerte temprana y como conejos lampareados por el deseo de ganar dinero fácil y pronto, y de tener cierto poder como ese que les da las armas o las drogas, no les importa vivir en el Averno y tener una vida breve como la luz de bengala que después de estallar se apaga.

Lo asocio con la fascinación que había entre los romanos por los jóvenes adolescentes que competían en Las Lupercalias en unas carreras celebraban con la misma algarabía como la del domingo pasado, mientras corrían desnudos por las calles de Roma.

Los jóvenes corrían en pelotas y golpeaban suavemente las palmas de las manos de las matronas que se encontraban en el camino para que pudiesen ser fértiles. Ellas los observaban para saber qué tan bien equipados estaban y poder ofrecerles a sus hijas, ávidas de desahogar ese alboroto que pululaba en el ambiente.

Todos nos divertimos viendo a los jóvenes correr por la cancha en medio del griterío y la excitación como si fuera unos «mercurios», mientras la raza vitoreaba «¡México, México, México!» durante noventa minutos: unas disfrazadas de vaina de chicharito, en una versión escultórica más bien fálica y, otros, con máscaras de luchadores y todos gritando «¡Puto!», cuando el portero uruguayo despejaba la pelota, como las matronas gritaban cuando los jóvenes pasaban cerca o eran tocadas en el vientre.

«¡Por los dioses! —gritó un soldado en la Olimpíada—, ¿qué clase de hombres son esos griegos que, en vez de estar defendiendo a su país (de los persas) están en Olimpia defendiendo su honor?»

Por todo esto, el «sí se puede» del fútbol no deja de ser una falsa expectativa en un país ensombrecido por la violencia, cuando hasta hace poco se vivía a pleno sol.

miércoles, 6 de julio de 2011

Con la camisa al aire

INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 7 de julio, 2011.


(La Alhambra, el Patio de los Arrayanes). Empiezan las vacaciones del verano. El cielo está encapotado y el tiempo se alarga todo lo que puede mientras cambia del galope al paso después de haberse estirado lo más que puede, tal como lo hacemos nosotros todas las mañanas. No hay clases y sabemos que son días de ocio, días en los que se antoja tirarse sobre la yerba —o la arena— para sentir con todo el cuerpo la tierra que nos sostiene; luego, esperar hasta ver que salga la Luna llena, grande y roja como una pelotota antes de quedarnos a escondidas para ver cómo van apareciendo las estrellas a su cita nocturna, apuradas algunas, como si estuviesen llegando tarde para verles su estela, como si fuesen esos fuegos artificiales que revientan antes de que amanezca y los rayos del sol se desparramen sobre la redondez de la Tierra adornando con su luz los blancos copetes de la Sierra Madre Occidental.

Es tiempo de soñar. Es tiempo de imaginarse el futuro y darle tiempo para que regrese la esperanza, como nos regresa cuando respiramos hondo y profundo. Es tiempo de tomar el pincel y esbozar en el aire cómo sería la vida de aquí en adelante y, al final de la jornada, hacer de esas pinceladas unos cuadros para una exposición acompañados por la música de Musorgski.

Es tiempo, pues, de disfrutar del ocio y no el negocio. Es tiempo de poder contemplar por un momento la belleza del universo y reconocer sus ciclos y, si andamos por el campo o por la playa, es tiempo de andar con la camisa al aire. No importa a dónde vamos, ni cuanto tiempo. No importa si sólo los vemos los fines de semana y nos cuentan sus encuentros y aventuras.

Tenemos tiempo para ponernos al día con las lecturas pendientes. Las Primeras historias de Joao Guimarães Rosa (Seix Barral, Biblioteca Breve, 1969) y el cuento La tercera orilla del río en donde nos cuenta que «nuestro padre era un hombre cumplido, de orden, positivo y fue así desde jovencito y niño, por lo que testimoniaron las diversas personas sensatas, cuando indagué la información. En lo que yo mismo recuerdo, él no parecía más extravagante ni más triste que los otros, conocidos nuestros…» Y así despliega un extraño juego entre el padre que un día se va en una canoa para no regresar y su hijo que lo espera hasta que es viejo y pide al final que «me depositen también en una simple canoa, en esa agua, que no cesa, de extendidas orillas…» y nosotros mejor cerramos los ojos y le agradecemos a Juan Rulfo la recomendación que nos hizo de este autor aquel día que nos preguntó si ya habíamos leído a este escritor brasileño que toma vuelo y transforma los sueños en realidades.

En una lejana vacación recorrimos el sur de España buscando la sombra, el rincón y el agua fresca mientras respirábamos el mismo aire que respiraron los árabes durante ochocientos años mientras construían su Alhambra, ese palacios delicados y sombrío en donde se escucha correr el agua sutilmente para que nos refresque envueltos en el perfume de la flor de naranja o de los arrayanes que todo lo permean. Hubo tiempo de recorrer la Costa del Sol hasta Almuñecar donde nos habían dicho que nació de la espuma del mar una diosa que, más tarde, le dio por cantar-por-soleá toda la noche.

Es tiempo de andar con la camisa al aire entre «los tiempos que cambian con la lenta prisa del tiempo» —como dice Guimarães— para tener por un momento, la sensación de libertad y disfrutar del ocio o gozo intelectual, como los griegos, para dejar el galope tendido, para que regresemos a casa con un trote más liviano.