jueves, 29 de septiembre de 2011

¿Quién dice que los elefantes no pueden bailar?


Infosel, Crónica cultural, jueves 29 de septiembre, 2011.
John Gielgud como Próspero en la versión de Peter Greenaway (1991).
Todo ser, si cambia de algún modo provechoso entre las complejas y variables condiciones de vida, tendrá mayor probabilidad de sobrevivir y, de ser así, poder ser naturalmente seleccionado, esta una de tantas conclusiones a las que llegó Charles Darwin después de dedicar su vida a la investigación de todo aquello que tenía que ver con la evolución de las especies. Un buen ejemplo de esto, lo tenemos en el siglo XX con el cambio dramático que pudo hacer Louis V. Gerstner Jr., CEO de la corporación IBM, de tal manera que pudieran sobrevivir, tal como lo relata en Who Says Elephants Can’t Dance? Leading a great enterprise through dramatic change, (Harper Business, Nueva York, 2002).

Otro más, en donde podemos ver cómo realizar un cambio no sólo para sobrevivir sino para que las nuevas generaciones puedan tener mejores expectativas de vida, es la historia de La tempestad que Shakespeare escribió en 1611 y que fue la última obra escrita por él de manera completa en donde Próspero el mago dirige los cambios necesarios para recuperar su ducado y casar a su hija Miranda con Ferdinando, el príncipe de Nápoles, para que los dos de esa generación pudieran enfrentar mejor el futuro.

Hacía doce años que Próspero había sido traicionado por su hermano Antonio quien lo exilió con todo y su pequeña hija Miranda en un barco destartalado —con ganas de que se hundieran—, pero que, por fortuna, llegaron con vida a una isla, tal vez cerca de las Bermudas. Doce años después, convertido en un mago poderoso, provoca la tempestad en donde su enemigos serían ahora náufragos en su isla.

Aterrada Miranda de ver lo que es capaz de hacer su padre le suplica le explique lo que ha hecho y él le contesta: «yo, que sé leer el futuro, sabía que en este momento pendía sobre nosotros un astro propicio y utilicé su influencia para que no nos hundiéramos para siempre». Y nosotros nos quedamos boquiabiertos.


Qué envidia poder leer el futuro como lo hace Próspero o como lo hizo Gestner Jr., pues aquel que pueda hacerlo es un ganador, pues conociendo el futuro podremos hacer los cambios que se necesitan y tener una mayor «probabilidad de sobrevivir». Seguro que se requieren ciertas habilidades para poder hacerlo, por ejemplo, jugar con los riesgos implícitos en los cambios y conocer el momento en el que hay que hacerlo o, como decía el poeta Leduc, «amar a tiempo y desatarse a tiempo».

Gestner Jr., sabía que estaban por naufragar y que por momentos, el gran trasatlántico de IBM se iba a pique en medio de la tormenta o como el RMS Titantic, después de haber chocado con un iceberg. Louis como Gonzalo, el consejero del rey de Nápoles, estaban desesperados y dispuestos a dar «mil hectáreas de mar por unos metros de tierra firme, aunque estuvieran llenos de matorrales».

Las buenas obras de teatro tienen varias lecturas depende del cristal con el que se miren o de la perspectiva con la que se vea. Richard Olivier tomó esta obra y con ella revisa varios aspectos y actitudes frente al cambio (como arquitecto o como víctima) para poder sobrevivir. Peter Greenaway la interpreta como un sueño erótico (Prospero’s Books) y ahora, la versión puesta en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón (UNAM) con la traducción de Alfredo Michel e Ignacio López Tarso como Próspero, se le agradece que declame bien sus parlamentos aunque lo hace sin magia alguna pero, por lo menos, se le entiende en esta puesta en escena que es una versión desguanzada al estilo Televisa en donde «tratan de encontrar la verdad y por eso se desatan las tempestades internas del odio, el miedo, le envidia, el rencor y la venganza y, al final el perdón

jueves, 22 de septiembre de 2011

¡Mi reino por un caballo!


El Informador, Tertulia del sábado 24 de septiembre del 2011. «La maldad también seduce», comentó José Barba-Martín al término de la puesta en escena de Ricardo III (Un sueño) con Erando González como autor y actor de esa obra. ¿De qué manera nos tenemos que sentir para ofrecer a cambio todo lo tenemos —o más bien, lo que teníamos—, por un caballo o por algo que nos permita salir del callejón en el que nos hemos metido? ¿No será Muamar Gadafi quien esté pidiendo a gritos su caballo por todos sus tesoros? Este fue el grito que dio Ricardo III al término de la batalla de Bosworth al final del siglo XV cuando sabía que estaba perdido este reconocido villano, ese «fascinante asesino y monstruo seductor», como lo tacha Erando en la adaptación de la obra original y que esta semana se pudo en escena en el ITAM de la ciudad de México, ese hombre que  nos convence de su villanía, pero nos encanta su maldito sentido del humor negro como la tinta china, sobre todo cuando escuchamos dos breves soliloquios: uno, antes de la batalla y otro, al final de su encuentro con Lady Ana.

Ricardo III es el lado oscuro del liderazgo como el que practican los monarcas —esos pocos que quedan en el Oriente Próximo—, los tiranos «banderas» o los dictadores —como todavía tenemos algunos ejemplares en Latinoamérica—, que usan el poder como arma mortal en contra de los que se oponen a sus caprichos.

Primero manda matar a su hermano Clarence y la culpa de ese suceso le rebota a su hermano mayor, el frágil y enfermizo rey Eduardo IV, quien muere al recibir la noticia como los toros de lidia con la puntilla. Luego, acaba con sus sobrinos: el mayor, aunque menor de edad, heredero del trono.

Pero su cinismo llega al máximo cuando seduce a Lady Ana mientras entierra a su suegro (Enrique VI) y a su esposo (el príncipe), víctimas de Ricardo al final de la Guerra de las dos Rosas: «Ha terminado el invierno de la destemplanza y ahora es el sol (sun-hijo-son) de York» el que calentará el reino de Inglaterra.

Lady Ana lo acepta y después de besarla triunfante, Ricardo III se voltea con nosotros y nos dice: ¿Cuándo una mujer cedió a tal cortejo? ¿Conocen a alguien que haya sido conquistada de esta manera? Maté al esposo y al padre y ahora se ha rendido a este odio extremo… sí, la tengo… sí, pero será por poco tiempo.

Desesperado pide: ¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo! Y el espectro de su hermano que le pesaba sobre su alma sale a combatir como otro más: ¡Mi reino por un caballo!


miércoles, 21 de septiembre de 2011

El movimiento pendular y la caballada



INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 22 de septiembre, 2011.

En el siglo XX la política sexenal obedecía a un cierto movimiento pendular, es decir, una vez que había gobernado alguien considerado como político de izquierda, como se consideró que era Lázaro Cárdenas (1934-1940) con eso de la nacionalización del petróleo, el péndulo se movió hasta otro extremo ahora con Miguel Alemán (1946-1952) y el desarrollo que hizo tanto en la industria como en el turismo de México basado en el puerto de Acapulco. 

En otras ocasiones, un poco más lento el movimiento pendular, se detuvo en el centro para que ahora actuara un administrador que, además, se entretuviera jugando al dominó, como fue don Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958) y así sucesivamente, cada seis años apuntaba el movimiento pendular a uno de los políticos entre este un ir y venir por el espacio y el tiempo delimitado por los sexenios.

Entre ellos hubo uno que no tenía buen humor, se llamó Gustavo Díaz Ordáz (1964-1970), quien fue intolerante de la oposición antes, en y después de las Olimpíadas del 68 y, por eso, reprimió a los estudiantes en la trágica noche de Tlatelolco. 

El péndulo seguía su marcha para que señalara al licenciado Luis Echeverría (1970-1976) quien aplicó su nacionalismo exacerbado, se rodeó de una izquierda bien vestida «que nunca sería vencida», y la primera dama proponía a las señoras del gabinete que se vistieran de chinas poblanas y bebieran agua fresca de tamarindo, mientras la culpa que cargaba su marido —por aquello del 68 y del 70— no lograba quitársela ni mandando a los intelectuales a recorrer Latinoamérica en aviones de redilas mientras engordaba el Estado gracias a los préstamos del exterior, sin que se pudiera hacer algo para detener el endeudamiento, ni la obsesión de reivindicar al Tercer Mundo.

Pero el péndulo no detiene su movimiento y luego apuntó a su amigo José López Portillo (1976-1982), un encantador de serpientes que desplegó su buen sentido del humor mientras el precio del petróleo andaba por las nubes hasta que bajó y le agarró la resaca en Los Pinos, orillándolo en la orilla sin que encontrara otra salida que la de nacionalizar la banca, defender el peso como un perro y permitir que aterrizaran los aviones presidenciales cargados con el shopping de su mujer. Mientras, las pequeñas empresas, como algunas editoriales, se declaraban en quiebra por la inflación galopante, el precio del dólar por los cielos y los sueldos que eran millonarios, pero que no servían ni para unos tacos sudados.

El péndulo apuntó al centro de esa geografía política con Miguel de la Madrid (1982-1988), un contador que tomó las cosas con calma, se apretó el cinturón y logró que México entrara al GATT para dejar de ser un feudo amurallado y empezáramos a exportar. Se quedó mudo en el 85 con una segunda caída del Ángel y las ruinas de una ciudad de México —castigo divino—, devastada por un temblor nunca antes visto. Mientras recortaba a la burocracia.

El péndulo siguió su movimiento para apuntar al liberalismo de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), dispuesto a sacar al buey de la barranca, con un equipo de jóvenes talentosos que «¡a la una, a las dos y a las tres!» detuvieron la inflación con un pacto en donde congelaron los precios y salarios parte de una estrategia complicada, delicada y frágil, pero que lograron bajar la inflación a un dígito, firmaron «el» tratado de libre comercio que ha sido un parteaguas y privatizaron la banca, los teléfonos y otras empresas del Estado que estaban en sus manos, como hoteles y líneas de aviación.

Ahora sigue el movimiento pendular en el 2012 con una caballada flaca —caballada que, por primera vez, incluye a una yegua—, que vemos desde la barrera bajos en su liderazgo (que tal vez no necesitemos), esperanzados de que ahora señale a quien pueda más en contra del patético enemigo que intenta desestabilizar al país, distraer a las fuerzas que se le oponen para seguir aumentando sus redes y utilidades millonarias con las que autoalimentan a ese monstruo insaciable.

Guerra desigual, corrupción sin límites y huecos por donde se van chorros de dinero, mientras se callan los improperios que se hacen, como secretos de Estado, mientras ordeñan a las vacas lecheras, como la Mexicana o la Luz del hogar. El péndulo podrá irse a la izquierda o al centro con quien ojala cumpla lo que promete e implemente nuevas estrategias en contra del crimen organizado que pueda acortar la pesadilla en la que vivimos. Usted dirá.

jueves, 15 de septiembre de 2011

El Tea Party y la decadencia del Imperio

El Informador, Tertulia, sábado 17 de septiembre, 2011.

Nueva York y el homenaje a las ausentes Torres Gemelas

A sus ochenta años, el maestro Harold Bloom se puede dar el lujo de decir lo que quiera, como todo esto que le dijo a Eduardo Lago hace un par de semanas, para ser publicadas en Babelia, en donde Bloom conectaba a los EU con dos temas de la historia universal.

Primero asocia la obra de Edward Gibbon (1737-1794), Decadencia y caída del Imperio Romano (en español, Ediciones Turner, Madrid, España. Versión facsimilar de 1842, traducida por José Mor Fuentes y publicada en ocho volúmenes), con la situación de los EEUU y dice que es la misma que la de su país: la obra de Gibbon es profética y encierra un diagnóstico tan claro que resulta ser aplicable a lo que está ocurriendo en los Estados Unidos. En aquel tiempo había muerto el paganismo (entre el 412 y el 1055 de nuestra Era) y «los cristianos pacíficos y devotos, disfrutaban de su triunfo solitario, pero vivía en su regazo el principio de la discordia y ansiaban desentrañar la naturaleza, más que practicar las leyes de su fundador.»

Si a partir del sexto volumen de esa obra —dice Bloom—, le cambiamos algunos nombres por los de nuestros emperadores recientes, excepto Obama, que es una víctima impotente de las circunstancias, como el resto de los ciudadanos, nos damos cuenta que están cometiendo los mismos errores que esos últimos emperadores romanos: Bush, padre e hijo, como los romanos, emprendieron guerras irresponsables, abocadas a la derrota y a la catástrofe y para colmo han sido en la misma zona geográfica del Próximo Oriente.

La segunda conexión que hace Bloom tiene que ver con los miembros del Tea Party que los acusa de ser unos fascistas que no aceptan la negritud de Obama en la Casa Blanca por más que Martin Luther King había soñado que «un día se reunieran en las colinas de Georgia los hijos de los esclavos y los hijos de los dueños de los esclavos para que planearan el futuro sin que tuviera que ver el color de su piel.»

Es inconcebible —dice Bloom—, que un hombre como Rick Perry, que niega la evolución y el cambio climático, sea nominado candidato presidencial, con posibilidades de que lo sea y por todo esto «hay un perecido alarmante con el que vivió Alemania cuando los nazis accedieron al poder en los años treinta.»

Las precampañas están en puerta —aquí y acullá— y el Tea Party se sigue resistiendo a las intervenciones del gobierno y al pago de impuestos para programas sociales por eso —dice Bloom—, la decadencia del imperio allende el río Bravo es inminente.


miércoles, 14 de septiembre de 2011

La Decadencia y caída del Imperio Americano

INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 15 de septiembre, 2011.

Los miembros del Tea Party son racistas, se resisten a que el gobierno intervenga con los ciudadanos, odian pagar impuestos dedicados a financiar programas sociales como el seguro médico universal —que en México ha sido aceptado— y critican a los políticos electos que han destruido el muro constitucional entre la Iglesia y el Estado, es lo dice Jill Lepore en The Whites of Their Eyes. The Tea Party’s revolution and the battle over America’s history (Princeton University Press, 2011). Lepore critica a estos fundamentalistas y los acusa de haber confundido la historia llamándose de esa manera, confundiéndose con esos héroes que, en 1770, tiraron al mar un cargamento de té como acto de rebeldía, anticipándose a la guerra de la Independencia, confundiendo así la magnesia con la gimnasia.

Por su parte, el profesor Harold Bloom a sus ochenta años puede decir lo que quiera, como se publicó en Babelia, entre otras cosas, que esos miembros del llamado Tea Party sean fascistas que, además, rechazan la negritud de quien habita en la Casa Blanca, actúan en contra de los derechos humanos y, por todo esto, compara la situación por la que atraviesa su país con la que vivieron en Alemania en los años treinta, cuando los nazis tomaron el poder. Por último, hace un paralelismo entre la Decadencia y caída del Imperio Romano de Gibbon y la decadencia del Imperio Americano. Los miembros de Tea Party se identifican equivocadamente con esos rebeldes insurgentes que el 16 de diciembre de 1770 estaban hasta el gorro de los abusos del Imperio Británico y decidieron atacar, disfrazados de indios mohawks, el barco de la Compañía del Este de India atracado en Boston con varias toneladas de té. Lo hicieron para reclamar el pago que exigían de un impuesto especial y la represión brutal de los ingleses, por eso, tiraron la carga al mar y desde entonces se les conoce como el Tea Party y son héroes de la Independencia en 1776.

 Acabamos de escuchar el discurso de Obama en donde les pidió a los Republicanos, considerando que está a la vista una crisis nacional, que acaben de una vez por todas con el circo político y se pongan, en verdad, a hacer algo concreto que pueda ayudar a la economía, pues de lo contrario, pronostica que podrían entrar a una recesión el año que entra.

 Los miembros del Tea Party aborrecen la oratoria de Obama y se oponen a cualquier propuesta que haga este demócrata liberal o este hombre de color (negro), que intenta resolver algunos de esos problemas que los tienen con el agua al cuello —y nosotros, a prepararnos si vemos al vecino las barbas remojar.

 Propuso la American Jobs Act donde pretende conseguir $447 mmd para la creación de nuevos y renovados impuestos que sirvan para estimular el empleo. Tal parece que la grieta de hace tres años, hecha con el marro de la codicia y la complicidad de los sectores financieros, reventó el muro de contención.

 Gibbon —dice Bloom—, atribuye la decadencia y caída de la Roma imperial al crecimiento de la fe cristiana y la adopción del cristianismo por parte del Imperio. Hoy en día, Europa es una sociedad secular y la única nación del hemisferio occidental que no se ha emancipado de la fe cristiana son los Estados Unidos. Por eso, cierra el círculo dice que la decadencia de Gibbon, bien podría llamarse la Decadencia y caída del Imperio Americano, pues si cambiamos unos cuantos nombres, nuestros emperadores están cometiendo los mismos errores que los últimos romanos: Bush padre e hijo, emprendieron guerras irresponsables, abocadas a la derrota y a la catástrofe que, para colmo de simetrías, se realizan en la misma zona geográfica como es Irak, Afganistán y Somalia.

 Este paralelismo nos pone a pensar sobre el destino de esa nación, sobretodo, cuando vemos que, a la fecha, no han querido cambiarlo.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La soledad: un dardo que tanto duele

El Informador, Tertulia, sábado 10 de septiembre, 2011.

Como muchas cosas en esta vida, la soledad puede ser algo deseado o algo que produce un vacío y una sensación que nos resulta insoportable, como si de pronto, la libido no tuviese en quien recargarse y se queda sin recibir respuesta alguna. No cabe duda que una de las experiencias que más trabajo nos cuesta aceptar, además de la muerte, es la soledad en la que vivimos, aunque esto suceda en una época en donde virtualmente estamos más comunicados que nunca. Uno es uno (y su circunstancia, como decía el filósofo) y resulta que somos únicos, diferentes al resto del mundo y tal vez por eso nos cuesta trabajo ser o no ser, como se preguntaba Hamlet uno de esos días que andaba medio pensativo y dudaba qué era mejor: si enfrentar el mar de calamidades y enfrentándolo resolverlo o mejor dormir o morir y con eso, pensaba el príncipe, dejar de sufrir los dardos y flechas que nos lanza el destino, como pueden ser los dardos de la soledad que se clavan en el centro del corazón y nos puede paralizar, como si tuviéramos miedo.

Un amigo psicoanalista nos explicaba lo que significa escoger entre los tres cofres de Porcia (uno de oro, otro de plata y el último de plomo), como los que tenía la rica heredera de Belmont en El Mercader de Venecia, en donde ocultaba su retrato, como aceptación, en uno de los tres cofres para que los caza fortunas que se jugaran la suya, escogiera uno de los tres para ver si se la llevaban al río, creyendo que era mozuela y de pasada se hacían de su fortuna de la heredera. Bassanio, el veneciano se la llevó después de escoger el cofre de plomo. Freud lo interpretó como si el veneciano hubiese aceptado la soledad y la muerte relacionada con el plomo de los ataúdes y cuando aceptamos eso, nos dan de alta del psicoanálisis.
Los amantes aceptan su soledad y pueden hacer el amor, tal como escribió el poeta Sabines:

Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
y se van matando el uno al otro.


Solitude, es la ópera de cámara del belga Wouter van Looy que está en escena en el Teatro Jiménez Rueda de la ciudad de México. Es una ópera con música de Purcell y una escenografía que refleja el mundo virtual que nos rodea. Ojalá vengan a verla (hasta el 18 de septiembre) porque habrán visto una de las obras más bellas en lo que va del año.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La soledad en el mundo virtual

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 8 de septiembre, 2011.
Alrededor de la música de Henry Purcell (1659-1695) han tejido una obra que usa como hilo la soledad, esa que provoca se asome una lágrima apenas empieza y se mantenga al borde desde el mismo momento que Rubén Barroeta, un joven contratenor, empieza a cantar Solitude y el dolor se hace presente al imaginar la crisis en la que podemos caer cuando no podemos relacionarnos por más comunicados que estemos con el chating, enmascarados por nuestro avatar en donde aparentando ser lo que queramos ser. La voz se queja y nos duele como nos duele la soledad en la que podemos vivir y que nos hace sufrir mientras vemos cómo va apareciendo el coro en escena, sin contacto alguno, aunque saben que están por allí. Se trata de un mundo virtual.

Dulce amor —dice el soneto cantado—, renueva tu fuerza —y mientras cantan nos ponemos a rezar pensando en los que quisiéramos que renovaran su amor antes que se colapsen y vivan esa soledad brutal por ausencia. La lágrima se mantiene al borde y seguimos a la expectativa—, que no se diga que tu filo se mella fácilmente como el apetito que, apenas hoy, apaciguado por el alimento, se despierte mañana afilado con su típico vigor.

No exagero si digo que es la obra más bella que he visto en lo que va del año y no exagero tampoco si digo que es un experimento gozoso, una obra de arte donde escuchamos la música del compositor inglés del XVII y vemos cómo, mientras cantan, se construye una fina tela de araña que brilla contrastando la música de esa época con una escenografía del mundo virtual o de los video juegos que abundan y agravan más que resuelven la soledad en la que vivimos y nosotros, desesperados, no podemos desatar esos nudos gordiandos, aunque deseamos se resuelva la soledad en la que vivimos. Impávidos como buenos espectadores disfrutamos de las voces y del laúd, una y la siguiente de las canciones con esas voces frescas y jóvenes, suaves y desesperadas hasta que, de repente, vemos como en un sueño unas blancas sombras de ciervos en un bosque imaginario o a los alpinistas en la cima nevada de los Alpes o a los chateadores nocturnos en busca de compañía: así, amor, sé tú; si bien hoy has satisfecho tus hambrientos ojos hasta que se cierran saciados, mira nuevamente mañana, sin que mates al espíritu del amor con tu perpetuo embotamiento.

Solitude es el resultado de una residencia artística de la coreógrafa y video-artista Vivian Cruz y la Muziktheater Transparant del belga Wouter van Looy y su puesta en escena la podrán ver en el Teatro Jiménez Rueda de la ciudad de México (hasta el 18 de septiembre), cerca del renovado monumento a la Revolución y sus lúdicas fuentes brotantes.

Pierre Louis Rétat es el director de la orquesta de cámara que dirige las flautas de madera, el laúd, la viola da gamba y las cuerdas que apoyan lo que cantan en el espacio virtual diseñado por Tenzig Ortega y Héctor Cruz al ritmo de la música de Purcell: deja que este triste intervalo sea como el océano que surge de la playa, en donde los prometidos llegan diario a su orilla para que, cuando el amor haya regresado, sea más venturoso el paisaje.

Entran y salen, leemos lo que chatean y vemos los ojos de ella que se ponen como los nuestros, nublados por la desesperación de vivir su soledad, impotentes, sin poder hacer algo por resolverla. Una obra de arte de Van Looy, con treinta y cinco actores, cantantes y bailarines jovencitos que nos dejaron con la lágrima al borde felices de haber tenido el privilegio de disfrutarla: o llámalo invierno que, lleno de rigores, hace que la bienvenida al verano sea tres veces más deseada y más extraña.

jueves, 1 de septiembre de 2011

La belleza que nos rodea sin poder apreciarla

El Informador, sábado 3 de septiembre, 2011.

La belleza de los árboles de la Primavera (Tabebuia donnel-smithii) con sus abundantes flores amarillas, es algo que llama la atención sin importarnos que su belleza sea efímera y sirve para adornar algunas calles de Guadalajara, como esta semana lo pude ver en un foto-reportaje (no sé si fueron tomadas en abril o mayo o en estas fechas), avisando que los pares viales de Niños Héroes y La Paz se harían después de los Panamericanos. Con la boca abierta veía los copetes amarillos cubriendo las banquetas de alguna de las dos avenidas.
Me acordé de Las tres hermanas de Chejov, las que salieron de Moscú para irse a vivir a provincia para nunca poder disfrutar de la belleza que las rodeaba, pues no dejaban de pensar en la capital y su deseo de regresar algún día, incapaces, a la vez, de ver y disfrutar la belleza que las rodeaba.

Cada vez que llegaban a Guadalajara las visitas de México, mi madre quería saber todo de la Capital: el clima, el Paseo de la Reforma con su árboles pelones y entrelazados en el invierno y ellos se referían, asombrados, a la belleza de los árboles de la Primavera o de las Jacarandas en Guadalajara. Sucede que podemos estar rodeados de la belleza y no tengamos capacidad de apreciarla, porque es algo común o hemos perdido la capacidad de asombro.

Era el mediodía y el sol brillaba alegremente. Olga, la hermana mayor, recodaba cómo era que hacía un año que había muerto su papá, el mismo día que cumples años Irína. Hacía frío y estaba nevando y yo creí que no sobreviviría el trance: tú te habías desmayado y parecías muerta. Pero, ahora ha pasado un año y, por eso, podemos recordarlo, y no importa que te vistas de blanco y tengas el rostro radiante, pues cumples tus dieciocho años de edad.

Un viejo conocido (Vershínin) había llegado de Moscú y estaba feliz de estar con las tres hermanas en esa casa que la encontraba maravillosa: «miren qué árboles tan frondosos están al lado del río» y Olga no tardaba en repelar, —murmuraba—, pero hace calor y hay muchos mosquitos, y él, insistía para que se dieran cuenta que estaban rodeadas de una belleza, como son los árboles de la Primavera o de las Jacarandas en flor, azules que dejan tapizado el suelo como si lo pintaran de ese color o las benditas lluvias que acaban con el calor de la primavera. Vivir es saber elegir —decía Baltazar Gracián en el siglo XVII—, y para eso se necesita el buen gusto y un juicio rectísimo, pues no son suficientes el estudio y la inteligencia.

La política como deporte extremo

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 1 de septiembre, 2011.

A los 49 años de edad Felipe Calderón Hinojosa (FCH) filmó varias escenas para promover el deporte extremo en México. A finales de septiembre lo podremos ver buceando, cruzando un precipicio colgado de la tirolesa, navegando sobre un río caudaloso o rapeleando en la vertical para mostrar, por un momento, sus dotes como deportista aventurero —aunque parece que no tiene nada que ver con la política—, actuando en algo que parece no tener importancia pero que, de todas maneras le consumió tiempo y energía en algo que no forma parte del paquete por el cual fue elegido pero que refleja, como lo vemos en otras circunstancias, su capacidad para actuar y demostrar, dientes para fuera, lo que debería hacer dientes para dentro. El documental se estrena el 23 de septiembre en VMe, México Royal Tour de Discovery Channel, Travel Channel y Seck Six Productions con el patrocinio de Tequila Cuervo.

Según los médicos y sicólogos de los deportes, no es accidental que las personas que practican los deportes extremos o, en todo caso, los que lo promueven, sea gente que disfruta de las emociones fuertes y del peligro, pues buscan la satisfacción o el shot de adrenalina, como si fueran adictos a esa predisposición natural de la segregación de esa sustancia para que las glándulas la procesen a través de los neurotransmisores, satisfaciendo así su deseo.

Por eso se cree que estos deportistas, como los políticos, deben ser audaces y temerarios, aunque uno se pregunta si la política y el poder pertenecen a eso que se llama deporte extremo, pues tal parece que necesitan de la adrenalina como la que se produce cuando con una emoción intensa, como podría ser el día del informe que ahora tienen que dra o parodiando la victoria en El Álamo, ¿remember San Lázaro?, ese día que FCH enfrentó uno de los más grandes desafíos en su vida política, antes de colocarse la banda tricolor.

¿Cómo conciliar esas dos imágenes en una misma persona que creemos es tan diferente? Por un lado, el líder solitario que carga con la responsabilidad de gobernar a más de cien millones de habitantes y cuya carga incluye «vidas, almas, deudas, esposas, hijos y pecados» sabiendo que tiene que soportar todo, pues «la responsabilidad es la hermana gemela de la grandeza».

En cambio los que no cargamos nada parecido sobre las espaldas, ni nos hace falta el shot de adrenalina, somos incapaces de sentir algo por los demás, fuera de nuestro propio sufrimiento, como lo expresó Enrique V durante «la negra noche del alma». Pero los deportistas extremos disfrutan de la emoción implícita en el riesgo y la aventura y lo hacen para liberarse del estrés familiar o laboral o para superar los retos con los que, dicen, podrían ampliar sus horizontes y reafirmar su personalidad. ¿Podemos asociar esos riesgos con la vida de los políticos que se ven amenazados por la oposición o por el juicio final de su trabajo?

Sabemos de otros presidentes que han practicado deportes normales para distraerse y dejar de pensar, por un rato, en eso que cargan sobre sus espaldas: López Portillo jugaba tenis en Los Pinos y le gustaba montar a caballo brindando: à nos femmes, à nos chevaux et ceux qui les montent! y así trotaba feliz por los caminos reales con su paliacate en la frente; Zedillo prefería la bicicleta en Ixtapa o el buceo en el Caribe, para no escuchar nada del exterior excepto el palpitar de su corazón herido a ver si así podía olvidar la crisis del 94 cuando apenas se había trepado a la silla del poder; Echeverría nadaba todos los días para poder estar en forma y seguir resistiendo esas reuniones que convocaba hasta las altas horas de la noche.

Dicen que los deportes extremos lo hacen los que aman esa actividad poco convencional y que buscan la satisfacción y placer personal en los desafíos para realizarse y sentir la libertad física, mental y emocional. ¿Será ése el perfil de nuestro FCH?