jueves, 26 de enero de 2012

El fenómeno Obama en acción

El Informador, Tertulia del sábado 28 de enero, 2012.

Barack Obama dando su informe a la Nación
No cabe la menor duda de que Barack Obama es un líder completo y un gran orador que sabe exponer sus ideas a quien se le ponga por enfrente, tal como lo hizo el martes pasado durante su Informe en donde, los miembros de la famosa “Fiesta-del-Té” estaban con los pelos de punta. Para nosotros no es extraño escuchar un informe en donde se proponen mecanismos que tienen que ver con el bien social y los aparentes mínimos para pasarla más o menos bien, como los tres factores que están conectados con la “economía y la felicidad” como son: la educación básica, los servicios de salud y una habitación mínima, aunque en México ésta ha resultado mala, sofocante y en muchos casos contraproducente. A nadie le gusta que hablen de impuestos, menos a los millonarios que prefieren hacer lo que sea para pagar menos o no pagar y que son capaces de invertir millones en la “ingeniería fiscal”, para darle la vuelta a sus impuestos. Por eso, cuando Warren Buffett declaró el año pasado que Obama tenía razón y que deberían de pagar más impuestos los millonarios, le escupieron el té que estaban tomando en su cara.

El martes Obama no dejó títere con cabeza: los que mandan producir sus productos a China deberán de pagar un impuesto y los que produzcan en casa, deben tener beneficios, pues están creando empleos y el bienestar Nacional. Forzar esto no les gusta a los empresarios tengan o no razón.

Propone pensar en las nuevas tecnologías para generar energía y así crear nuevos empleos y nuevas investigaciones para tener un ambiente más limpio, asegurando a las nuevas generaciones una mejor calidad de vida. Los amos del petróleo palidecieron y se quedaron mudos. El resto de los invitados aplaudían como en los buenos tiempos del PRI y sus años de “dictadura perfecta”, cuando se levantaban a aplaudirle cada rato, dijeran lo que dijeran.

No se trata —dijo Obama—, de “valores democráticos o republicanos, se trata de los valores estadounidenses”, tal como lo han dicho en México los panistas cuando veían cómo los priistas rechazaban en la Cámara todo proyecto que viniera de los panistas.

Con el carisma que lo caracteriza y el aplomo que tiene, Obama daba cifras comparativas y relacionaba una cosa con la otra. Por eso, aseguró que “colaborará con cualquiera del Congreso para darle impulso a estas ideas… y combatiré la obstrucción con acciones… oponiéndome a cualquier intento de volver a las mismas políticas que nos llevaron a esta crisis económica”.

Por ahí se refirió a Steve Jobs, concebido por un padre originario de Siria y otro adoptivo quien le dio la oportunidad para empezar en su garaje y llegar a ser ocho veces millonario creando una de las tecnología de información que han trascendido fronteras, para ser un ejemplo de lo que se puede hacer en ese país.


miércoles, 25 de enero de 2012

La conquista de la felicidad

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 26 de enero, 2012.

Carita sonriente de Veracruz

Entre otras, hay tres maneras de conquistar la felicidad: una, con la instalación de Joanne Gatefield en Lisboa que nos disparó el deseo de buscarla con una serie de pensamientos positivos. Dos, esa instalación fotográfica la asocio con la lectura de La conquista de la felicidad y los Siete libros sobre el arte de vivir, seleccionados y presentados por Carlos García Gual (Debate Editorial, Barcelona, 2001) y tres, con la experiencia de Peter Brook cuando vino a México en los años sesentas antes de poner en escena El sueño de una noche de verano en Stratford-upon-Avon en 1970. En aquella ocasión vio de cerca las “caritas sonrientes de Veracruz” en el Museo de Antropología y en ese mismo instante supo que eso era precisamente el efecto que debía lograr con esa obra. Años antes, Chesterton había escrito que ¡claro!, “con esa obra uno puede llegar a experimentar el misticismo de la felicidad.”

No conozco otro final más feliz como el que escribió Shakespeare en El sueño de una noche de verano donde nos propone que nos asomemos a eso que no tiene fondo y que sintamos el vértigo como el que se siente cuando hemos alcanzado por un momento la felicidad. Al final del Sueño Oberon, el dios de la Naturaleza, visita a las parejas de recién casadas que estaban invitadas al palacio de Teseo, incluyendo la recámara nupcial del dueño y su Hipólita, la reina de las amazonas, que habían celebrado sus bodas. El dios instruye a las hadas del bosque para que con el rocío-del-campo consagren lo que vean a su paso y “bendigan cada uno de los cuartos de este palacio que por fin está en dulce paz.” Por su parte, Robin Goodfellow, lugarteniente del dios de la hadas, nos desea las buenas noches y nos dice que si de casualidad “nos quedamos dormidos mientras aparecían las visiones de esta débil y ociosa trama, piensen que no ha sido más que un sueño” antes de pedirnos que le demos las manos —es decir, el aplauso—, pues si somos sus amigos, Robin se encargará de compensarnos.

Entonces, Joanne Gatefild por su lado instala en Lisboa una exposición con fotografías de gran formato con “rostros que sonríen” como parte de un programa que se llama “de adentro hacia fuera”, con el que pretende producir un sentimiento parecido al de la felicidad para los que las vean y, si traían el ceño fruncido, que respiren hondo y sigan por la vida con una sonrisa.

Peter Brook presentó en México una versión de La flauta mágica, una obra divina como esas que pertenecen al universo de la exquisita fragilidad. Bueno, pues este mismo Brook vio, en otro viaje, las “caritas sonrientes” y contagiado, como ahora estamos nosotros al verla todo el tiempo, se fue a poner en escena la misma obra que vio Ron Rosenbaum con la que le cambió la vida.

Hace dos meses estuve en Oaxaca y ahí pude ver (creo que en el  el Museo Tamayo) las caritas sonrientes. Desde entonces quise tener una de ellas cerca, para poder verla todos los días. Ese deseo se convirtió en una obsesión. Por fin, la semana pasada la compré en el Museo de Antropología. Cada vez que la veo, me contagia su alegría y una cierta alegría de vivir.  No hay nada más expresivo que ese rostro prehispánico (único entre las civilizaciones), que contagia su bienestar, como si de pronto la vida fuese algo para sonreír. Hay que imaginar eso que está sintiendo y dejar que nos trasmita lo que imaginamos ha sido la causa.

Bertrand Russell nos dice en el séptimo de los siete libros de La conquista de la felicidad que cree haberla conquistado de la siguiente manera: cada vez se preocupa menos de sí mismo; ha centrado su atención en otros objetos, como en el estado del mundo y en otras ramas del conocimiento, así como, en la gente por la que siente afecto y, de esa manera, parece que la ha conquistado. Nosotros cerramos este círculo virtuoso con estos sucesos para, por lo menos, poderle sonreír a la vida, ¿no creen?

jueves, 19 de enero de 2012

De los cinco que teníamos, ¿no queda ni uno?

EL INFORMADOR, Tertulia, sábado 21 de enero, 2012


Pantaleone. Comedia del Arte
El “actor en campaña” se rodea de los reporteros de la fuente para sonreírles lo mejor que puede. Sabe, como cualquier villano que se respete, que bien puede estar clavándole una daga a su enemigo y, al mismo tiempo sonreírle. Pero él les confiesa abiertamente que “no es actor” y lo dice después de haber ensayado para que la queja salga lo más naturalito que pueda.

Un buen actor se transforma en escena y deja de ser aquel que era, para ser otro: ese que espera la gente represente y sea creíble que es el verdadero, el único capaz de hacer que sus vidas cambien… siempre y cuando, voten por él en julio 2012.

“Probablemente ninguna otra experiencia artística tenga un efecto tan poderoso sobre el ánimo y la conciencia del ser humano como una buena obra de teatro —escribió Vargas Llosa después de haber visto a Vanessa Redgrave en El año del pensamiento mágico—, porque ése es el mejor simulacro que existe de la vida” y con este argumento y lo que aseguraba el nostálgico Jacques de que “todo el mundo era un teatro y todos los hombres y las mujeres simples actores que tienen su entradas y salidas”, no podemos aceptar que un político en campaña no esté actuando, como todo mundo lo hacemos.

Los reporteros conocen de su capacidad actoral desde hace más que una década y conocen sus intentos a principios de año para desearle a la gente “paz y amor”, tratando ahora de transformarse en el escenario y dejar de ser quien era, anunciando que sólo él puede hablar del futuro promisorio.

Cuando se sube al escenario disfruta mucho de su público que sabe está “ávido” de mejorar su vida mágicamente, sin esfuerzo. Y ya estando en el escenario señala los errores de los otros, nunca los propios, y les dice que ya deben estar cansados de esa mafia en el poder, pues él es el único que puede corregir eso y acabar con ellos. Al mismo tiempo, dice haberlos perdonado ofreciendo el “nuevo cambio”, como el que desean si es que llega a Los Pinos.

Se queja de las fotos que le publica la prensa y les dice que siempre lo sacan serio o enojado, con el ceño fruncido, cuando, en realidad, él casi siempre sonríe. Pero justo en ese momento frunce el ceño y siente los flashes de las cámaras que le apuntan y como buen actor les dice que cómo puede sonreír si está viendo “la miseria de esos pueblos por los que anda en campaña.”

En fin, uno de los cinco que teníamos que se han subido al escenario en este año bisiesto y tal parece que ya no nos queda ni uno.

miércoles, 18 de enero de 2012

Pastiche barroco con dos momentos geniales

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 19 de enero, 2012.

Oberon hechizando a Titania, la reina de la Naturaleza en el Sueño

El MET de Nueva York le propuso a Jeremy Sams que hiciera una nueva ópera barroca para estrenarla la noche vieja del 2011. Lo que hace Sams es revisar algunas obras puestas en la Restauración (1660-68), después de haber sido derrotados los puritanos para que volviera del exilio el rey Carlos II de Inglaterra y volvieran a construir los teatros para que, entre otras, se pusieran en escena nuevas versiones, como las que hizo William Davenant (1606-1668), dramaturgo, poeta y, casualmente ahijado de Shakespeare quien rehízo La tempestad a la que le llamó La isla encantada y otras dos que tres barbaridades como la que hizo con el Sueño de una noche de verano que resultó un fracaso, según la crónica de Samuel Pepys de 1662.

A Sams se le ocurre hacer su pastiche justo con esas dos obras producto de un cóctel con algunos de sus elementos para combinarlos y agregarle algo de su cosecha para que aparentara ser una “nueva” obra. Como se trataba de una ópera, escogió de los barrocos con la música de Partenope de Händel (1685-1759) y de Griselda de Vivaldi (1678-1741), y otras partes de la música de Jean-Philippe Rameau (1683-1764) y otros dos compositores más.

El revoltijo tiene sus momentos geniales y chisporroteantes, así como otros francamente aburridos en donde domina lo superficial, según los comentarios de algunos que la vieron el 31 de diciembre en el MET de NY. Dicen que si no fuera por el reparto, La isla encantada podía haber sido un desastre.

La teoría detrás de este estreno del MET (que ahora podremos ver en las pantallas del Auditorio el sábado 21 de enero), está sustentada en que la audiencia de nuestros días no tienen tanta paciencia para aguantar la estructura rígida de las óperas barrocas que musicalmente pueden ser una joya, pero que son pasivas y repetitivas: una misma frase se repite tantas veces en una misma escena que a veces resulta cansado, tal como lo pudimos experimentar el año pasado con Rodelinda de Händel que, a pesar de tener dos o tres momentos estelares, pesó una tonelada.

Jeremy Sams logra buenos momentos, sobre todo, con los cantantes especializados en música barroca como es el contratenor David Daniels, nacido en 1966 y que, en esta obra, hace el papel de Próspero el mago de La tempestad a la que Sams le agregó otros náufragos, además del rey de Nápoles y su comitiva, incorporando a los cuatro amantes del Sueño que iban en otro barco en su viaje de luna de miel. Ellos son las dos parejas de amantes que aparecen en el Sueño de una noche de verano y así se da este collage en donde es posible que se nos haga un poco de bolas ese engrudo entre los habitantes de la isla que dicen está encantada, en donde Próspero vivía con su hija Miranda exilados desde hacía doce años, pero como es un hombre que puede leer el futuro, hace los cambios que necesita hacer para que Miranda y Ferdinando, el príncipe de Nápoles se enamoren a primera vista y se comprometan para que pudieran enfrentar mejor su futuro. Por otra parte, Próspero recupera su ducado, resuelve los problemas que había con la bruja Sycorax (otro agregado de Sams) quienes acuden a Neptuno (Plácido Domingo) antes de tener un final feliz.

El revoltijo tiene pizcas de esto y de lo otro hasta que dicen que el caldo se desparrama resultando una obra sin el ingenio, ni la profundidad ni la estructura dramática de dos obras geniales.

Hay un despliegue de recursos que, a veces, son contraproducentes como es el vestuario del pobre de Plácido Domingo o los excesos de la bruja. ¡Ah!, pero las máscaras del ballet dicen que son de primera, así como la voz del contratenor que es una belleza barroca a la que le sumamos otros dos que tres momentos estelares y con eso lograremos ver este cóctel al estilo del MET que, por momentos parece exuberante.

jueves, 12 de enero de 2012

Siete vidas y un triángulo amoroso

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 14 de enero, 2012.

Por primera vez he disfrutado ver con los oídos, como decían en esa época cuando leer y escuchar era lo mismo, tal como sucedió en La Venta cuando el Cura les iba a leer en voz alta a Cardenio, Dorotea, al maese Nicolás y a Sancho Panza la Novela del curioso impertinente y, sabiendo el gusto que les daría, les dijo: Pues si es así, estenme todos atentos, que la novela comienza de esta manera…


Fue casi lo mismo que pensé cuando me puse a escuchar La Gatomaquia, el poema épico y burlesco de Lope de Vega en la voz de José Luis Ibáñez (Entre voces. FCE) y sabiendo el gusto que me daría escuché aquello que dice el narrador: Yo, aquel que en los pasados tiempos / canté las selvas de los prados, / éstos vestidos de árboles mayores / y aquéllas de ganados y de flores…, como es la primera de las siete silvas —o vidas—, esos poemas con versos de siete o de doce sílabas, además de tener dos sonetos: uno, de doña Teresa Veracundia al licenciado Tomé de Burguillos (seudónimo de Lope) y, al final, el segundo dedicado A la sepultura de Marramaquiz, Gato famoso, en lengua culta, que es en la que ellos se entienden.

Y así, entre el primero y el último estuve poco menos de tres horas —ahora que hay tiempo de sobra—, enfrascado en esta lectura asombrosa para ver los tejados cuando apenas asomaba la primavera por un balcón de rosas y alhelíes, / y Flora, con dorados borceguíes, / alegraba risueña la ribera, a orillas del Manzanares, como cantan por ahí entre cada una de las silvas o aventuras del famoso gato Marramaquiz y Zapaquilda la bella, incluyendo cuando la raptó por celos el mismo día de su boda con el galán Micifuz, un gato valiente / de hocico agudo y narices romo, / a pesar del amor que le tenía Micilda, sin importarle a aquel sentirse como Paris de Troya, llevándose a su Elena, aquel por los terribles celos y éste por los hechizos de Afrodita.


Los gatos van alterados por los corredores, puertas y terrados, / con sus mágicos maúllos, / no dando, como tórtolas, arrullos, tal como Lope imaginó y José Luis Ibáñez lo ha leído con calma, enfatizando lo que debe y dándoles el tono y ritmo que requiere cada verso para dejarnos boquiabiertos, esperando el siguiente suceso de amor o de celos, de conquista o de venganza entre estos gatos de siete vidas como las tuvo Marramaquiz, hasta que le dieron un arcabuzazo de lejos por un príncipe que andaba tirando a los vencejos (golondrinas), poco después que Micifuz atacara armado de un arnés cóncavo y duro de un galápago fuerte, para terminar todos llorando la muerte del insolente Marramaquiz, como sucedió en España y por acá, en esta tercera orilla del río.


miércoles, 11 de enero de 2012

Morir en Venecia tras el ideal de la Belleza

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 12 de enero, 2012.

Vista de Venecia, óleo de Turner (1775-1851)
¿Quién no experimenta un cierto estremecimiento, quién no tiene que luchar contra una secreta opresión al entrar por primera vez o tras larga ausencia, en una góndola veneciana?, se pregunta Thomas Mann en Muerte en Venecia a través del profesor Gustav von Aschebach cuando va en góndola rumbo al Hotel Lido, estremeciéndose de haber llegado a esa ciudad que, como bien decía Lope de Vega: que solo aquellas cosas superiores, dignas por fama de admirable espanto es bien que cuesten tanto, como ver Venecia, perche qui non la vede non la precia, que al cielo desde el agua se avecina, y en góndolas por coches se camina.

Aschenbach desconocía su destino: morir ahí mismo después de haber visto, aunque no poseído, la Belleza o al ideal de la Belleza, a través del joven Tadzio, la personificación afeminada del dios Apolo. Esta novela ha sido un paradigma para otras artes como la ópera de Benjamín Britten (1913-1976) o la película de Visconti, que supera a la novela o las pinturas de Turner con los que cerramos este gran círculo virtuoso.

La ópera Muerte en Venecia la compuso Britten en dos actos con un libreto de Myfawny Piper para estrenarla en junio de 1973. Ahora, durante la primera semana de febrero, se presenta en el Palacio de Bellas Artes con la Compañía Nacional de Ópera.

Luchino Visconti terminó su versión cinematográfica en 1971 y, desde entonces, es culpable de haber convertido esa novela en otra obra de arte, considerada como una de las mejores películas que hemos visto y vuelto a ver, una y otra vez, dudando, cada vez que lo hacemos, qué es mejor, si la novela o la película, hasta que, de plano, votamos por la versión de Visconti que pone el dedo en la llaga con unas imágenes que, al mismo tiempo, nos muestran tanto la belleza como la decadencia. Después de ver esta película no podemos volver a escuchar el Adagietto de la 5ª Sinfonía de Mahler sin pensar en la Muerte en Venecia pues, Visconti logró integrarla a su obra de tal manera que la hace inseparable a la trama de esa ciudad, durante los minutos que dure y que parecen eternos mientras descubrimos nuestra Venecia que, sólo de pensar en ella, se nos llenan de agua los ojos.

La homosexualidad de Britten lo impulsaba durante toda su vida a estar enredado con esos ‘Tadzios’ componiendo, con ese pretexto, varias obras corales. En esta ópera lo convierte en un bailarín mudo que baila acompañado por unos ritmos extravagantes como los que tocan en las islas de Bali, llamados «Gamelan». El resto es una música precisa, directa y sobria.

Cuando Turner (1775-1851) viajó a Venecia quedó hipnotizado y la pintó como si quisiera decirnos: “aquí estuve yo”, como lo hizo Goya en algunos de sus grabados—, sí, ahí estuvo Turner y “vio” las mismas escenas que vio Mann o Visconti o el mismo Britten: un mundo en descomposición. Por eso la disolución en las obras de Turner son equivalentes al estado de putrefacción de esa ciudad cuya arquitectura inverosímil flota todavía sobre unas aguas enfermas. Lo que tratan estos artistas, cada uno en su oficio, es la resaca de la utopía y la imposibilidad de alcanzar la Belleza. Por eso, aparecen fantasmas que recorren la ciudad en busca de un ideal inalcanzable y, al mismo tiempo, nos muestran el efecto corrosivo de esa agua putrefacta que parece que disuelve los cimientos de la ciudad para transformarla en una masa informe, tal como lo hacen los cuatro artistas: Mann, Visconti, Britten y Turner.

Muerte en Venecia es la historia de un artista tras el ideal de la Belleza, tras la huella del dios Apolo, ahora en una Venecia azotada por la peste y en condiciones patéticas. Morir en Venecia y por eso, no nos sorprende al final ver a Aschebach hacerlo con un gesto ridículo y unas gotas de sudor que corren sobre su rostro como las que escurren en los óleos de Turner y en la música de Britten. 

jueves, 5 de enero de 2012

Luis Barragán, poeta del espacio

El Informador, Tertulia, sábado 7 de enero, 2012.

En julio de 1980, Jay A. Pritzker comentó a la prensa por qué le habían concedido el premio a Luis Barragán (1902-1988): este hombre se había dedicado a la arquitectura como un acto sublime de la imaginación poética y, entre otras cosas, esta también fue la razón por la cual BBVA-Bancomer patrocinó la publicación de un nuevo libro sobre la casa que diseñó, construyó y habitó en la ciudad de México en 1947 y que, en julio del 2004, quedó inscrita en el catálogo de la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad.

El arquitecto Armando Chávez Cervantes, actual Presidente de la Fundación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán (FATLB), convenció a Ignacio Deschamp, Director General del Grupo BBVA-Bancomer para que publicaran este libro para que los lectores pudieran conocer y disfrutar de esa obra que, en verdad, representa un valor universal de la cultura de México y del mundo.

Con una edición de 14 mil ejemplares La casa de Luis Barragán. Un valor Universal nos permite volver a visitarla desde una nueva óptica, como la que nos ofrece el trabajo fotográfico que confirma la belleza de esos espacios, así como, su trascendencia a estas alturas del siglo XXI tal como las que tomaron Klint & Photo, Pablo López Luz y Alberto Moreno Guzmán, acompañadas de textos inspirados y con muy buen sabor de boca, como los de Daniel Garza Usabiaga, Juan Palomar y Alfonso Alfaro.

En una proporción alarmante han desaparecido en las publicaciones dedicadas a la arquitectura las palabras belleza, inspiración, embrujo, magia, sortilegio, encantamiento y también las de serenidad, silencio, intimidad y asombro —dijo Barragán cuando agradecía haber recibido el Pritzker.

Este libro se hizo para desmentir lo que opinaba el arquitecto y que hubiese una publicación en donde uno pueda ver todo eso, incluyendo el encanto que nos puede hechizar para imaginar la serenidad que puede uno alcanzar, sin importar que estamos en el corazón de la ciudad de México. Tenía razón Pritzker cuando se dio cuenta que este artista jalisciense había sublimado la poesía para convertirla en espacio, silencio y asombro.

Cuando se suma la música a la poesía y al espacio nos puede llegar hasta el fondo del alma para emocionarnos, no me pregunté usted por qué, hasta las lágrimas, como si con esa combinación pudieran aflorar esos sentimientos que no sabe uno dónde estaban para que salgan a la superficie, como cuando estamos en esa casa. La serenidad es el gran y verdadero antídoto de la angustia y del temor, decía Barragán y ésta se puede lograr estando en un espacio como el que habitó desde 1947.

Todo esto vuelve a considerar con este libro con el que la FATLB cumple con sus razón de ser, promoviendo la obra de Luis Barragán, como poeta del espacio.

miércoles, 4 de enero de 2012

Ebrard y la ilusión de la izquierda mexicana


Marcelo Ebrard y la hondureña Rosalinda Bueso, su tercera esposa
Los editores de El País Semanal escogieron para su última publicación del 2011 a cien personas, «mujeres y hombres iberoamericanos que han marcado (el) 2011». Entre estos cien hombres y mujeres, escogieron a Marcelo Ebrard Casaubón que salió en la foto sonriente y abrazado de su esposa Rosalinda Bueso, con el título «La ilusión de la izquierda en México» y con un balazo —así se dice en el periodismo, no se asuste—, en donde opinan que es el jefe de Gobierno el político con mayor proyección del país y que ha dado buena batalla para recuperar la calle como lugar de encuentro.

De esta manera, Marcelo Ebrard resulta ser uno de los happy few de esta publicación y, sin duda, un actor que lo hemos visto en el escenario de la Capital durante cinco actos, en el papel de ejecutivo. Como todo el mundo es un teatro, viendo esta obra hemos observado el cambio y transformación de Ebrard a favor de su carrera política y su prestigio, demostrando que tiene capacidad para corregir errores —como el de haberse casado en el primer acto, con Mariagna Pratts, ‘la pareja incómoda’, con un marcada tendencia a la uva—, y reconocer defectos para concentrarse en gobernar a este monstruo de ciudad, que se cubre por las noches con un manto iluminado por millones de veladoras que parpadean, como lo vemos cuando aterrizamos sin poder cubrir con la mirada la extensión que ocupa, preguntándonos, cada vez que vemos ese espectáculo, cómo es que funciona esta ciudad —más que menos— y podamos vivir, trabajar y transportarnos, no sin cierta dificultad, pero podemos hacerlo por toda la ciudad que, como ninguna otra en México, nos ofrece constantemente nuevos retos y oportunidades. Si alguien se preocupó durante los últimos cinco años fue este hombre que, sin ser perfecto, demostró ser responsable.

 Empezó mimetizado con su mentor quien le dio su bendición y apoyo para que ganara las elecciones en el 2000. Cinco años o actos después, se ha transformado —sutil y políticamente correcto—, para alcanzar a ser él mismo, sin tantas mañas, ni berrinches, ni mucho menos, esa demagogia abrumadora que mostraba su antecesor, un político intolerante, mitómano, obsesionado por la banda presidencial.

Tenemos la impresión de que el PRD y la izquierda mexicana ha perdido la oportunidad de tener mayores probabilidades para ganar la Presidencia con Marcelo Ebrard, pues este político ha demostrado una buena capacidad ejecutiva y su compromiso para lograr ciertos objetivos que han logrado convencer a muchos de los habitantes de este monstruo iluminado, no con teorías, sino con obras, como los programas de transporte público y las nuevas líneas del Metrobús y del Metro —abandonado por su mentor—, así como, echar a andar nuevas alternativas sustentables de ese transporte alrededor de los lugares de trabajo con unas bicicletas reciclables, calles peatonales reduciendo el tráfico y la contaminación, y un despliegue cultural y de entretenimiento que ha llevado al Centro Histórico a tener más visitantes los fines de semana que nunca en su vida.

«Ebrard representa una izquierda sin descafeinar que, no obstante, mantiene excelentes relaciones con el poder económico y empresarial», escribió Pablo Ordaz y, esto, lo asociamos con el análisis que hace Vargas Llosa de la nueva izquierda esa que ya entendió que «el verdadero progreso social no pasa por el estatismo ni el colectivismo —inseparables a la corta o a la larga de la dictadura—, sino por la democracia política, la propiedad privada, la iniciativa individual, el comercio libre y los mercados abiertos», como ha sido más o menos visible en el gobierno de Marcelo Ebrard que ahora le ofrecen sacarse la «rifa del tigre» en el 2012.