jueves, 23 de febrero de 2012

El contrabajo en la orquesta o en la empresa

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 25 de febrero, 2012.

Cuatro contrabajos y sus contrabajistas
Es muy probable que en la empresa donde usted trabaje exista una sección equivalente a la de los contrabajos en una orquesta: imperceptibles, pero cumplen su parte y, en cierto momento, no podría uno imaginarse cómo sería la vida sin su presencia.

El resto de la orquesta —o de la empresa, en todo caso— los menosprecia. Los violines, por ejemplo, creen que son los vendedores estrellas porque siempre están en primera fila, dando pie a la melodía que luego escuchamos como si fuera un eco con el resto de los instrumentos: con los clarinetes, flautas, fagots, trompetas o trombones acompañados de los timbales y percusiones, pero nada que ver con la oscuridad en la que trabajan esos enormes contrabajos que dan el ritmo y, a veces, el claroscuro como el que hay en esas telas para que podamos disfrutar de la luz y el color que hay en el cuadro y que, de otra manera, no podrían haber resaltado.

Patrick Süskind, quien es el mismo autor del asesino en serie en El perfume, escribió una pequeña obra que se llama El contrabajo (Seix Barral, 1986) en donde un músico que lo toca es la voz cantante que, como nos podemos imaginar, habla de su instrumento como si fuera el alma del universo.

“Es imposible concebir una orquesta sin contrabajo —dice—, tal como lo podrían decir aquellos a los que nos referimos en su empresa que están detrás de la gran pantalla.

Se merecen el mismo respeto que los violines de la primera fila, esos a los que el público aplaude desde que sale el “primer violín” y que obliga se afinen el resto de los instrumento, dándoles el tono y la orden a cada una de las secciones.

“El contrabajo es, por mucho, el instrumento más importante de la orquesta” —dice por ahí al principio de su tratado apologético sobre este instrumento el maestro Süskind y es como si oyéramos al encargado de ese departamento que nadie toma en cuenta, diciendo que él es también parte de la orquesta.

En las crisis, los líderes son como los directores de orquesta y cuando se da la grilla o el miedo al desempleo, hacen ruido y no dejan que se escuche la melodía. Hay que hacer lo hacía Herbert von Karajan y su Orquesta de Berlín: poner el grito en el cielo y seguir la partitura al pie de la letra.

Tal vez, habría que rescatar a los contrabajistas y apoyar su autoestima, como en esta historia cuando dice su autor que “sólo quería dejar bien sentado que el contrabajo es el instrumento central de la orquesta. En el fondo lo sabe todo el mundo, sólo que nadie lo confiesa abiertamente porque el músico de orquesta es por naturaleza un poco celos.”

No cabe la menor duda que el arte y el liderazgo comparten problemas y soluciones que muy bien podrían fertilizarse.

miércoles, 22 de febrero de 2012

El artista del cine mudo y sus vaivenes

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 23 de febrero, 2012.

Jean Dujardin y Bérénice Bejo en El artista
Inicia como la gran estrella del cine mudo y aparece con una sonrisa tan amplia que sus dientes blancos y albeados cubren toda la pantalla mostrando, sin tapujos, qué grande es su autoestima y su carisma, acompañado siempre de su perro faldero que lo sigue por donde vaya hasta que, por azares del destino, como muchas veces sucede en esta vida, se encuentra con ella, una joven bella de grandes ojos, unos bien montados pechos y una sonrisa que complementa a la del galán que, a finales de los veintes está en la cumbre del estrellato, un poco antes que dé la vuelta la rueda de la fortuna y lo veamos caer al vacío con esa angustia que sentimos a la hora de caer, después de haber gesticulado y pavoneado una hora en el escenario, antes de que nadie hable de nosotros, sobre todo si no podemos aceptar, por orgullo, que ahora le toca a los jóvenes de la nueva generación entrar al escenario mientras el público busca nuevos ídolos a quien adorar.

El artista es una película francesa y belga que  ha merecido varios premios, tantos, que ha sorprendido a la industria cinematográfica que recuerda en esta obra su fuente de inspiración como es Cantando bajo la lluvia (1952) que tarareamos de memoria y la anécdota tiene que ver con la transición del cine mudo al sonoro que tantos problemas causó a esa actriz que tenía voz aguda de tiple, imposible de reproducirla en la pantalla grande sin que causara risa, así como, las soluciones que encuentran en medio de un amor que se va tejiendo como lo saben hacer las hadas madrinas.

El artista está dirigida y escrita por el parisino Michel Hazanavicius (1967-) y actúa Jean Dujardin (como George Valentin), que recuerda a ese otro galán del cine mudo, el Rodolfo Valentino de su época y que ahora porta una sonrisa inolvidable, junto con Bérénice Bejo (Peppy Miller de la obra), nacida en 1976 en Buenos Aires, hija del cineasta argentino Miguel Bejo, que abandonó el Mar de Plata irse a París desde que ella tenía tres años de edad. Suponemos que, con esta obra, Bérénice será catapultada al cielo estrellado, aunque sea por una hora, como otras actrices de feliz memoria.

La historia es sencilla y se trata del cine mudo además de estar hecha en blanco y negro, como pocas que se ven a estas alturas del siglo XXI. Es una historia de amor, sí, de ese amor que todo lo salva y que nace, como debe ser, a primera vista. Es una obra dentro de varias obras, es una película en donde suceden cosas espontáneas —como debe ser—, para luego repetirla y volverla a contar, sorprendidos del papel que desempeña en nuestra vida el azar y la casualidad.

Vemos todo lo que queremos ver en una comedia: empezamos por lo espontáneo, el buen humor, el amor que nace de golpe y porrazo y los bailes y celebraciones, así como, la fidelidad —de Peppy Miller o del perrito o de Clifton, el chofer (James Cromwell)—, y al mal que siempre anda merodeando nuestra vida y que no podía faltar para que se tensara el arco con el que se lanza la flecha a ver a quién le toca.

La música es de Ludovic Bource que sobresale en esto que debe ser una película muda, pero que tiene su lenguaje musical que el director utiliza para hablarnos del estado de ánimo del momento.

Las sonrisas de los dos y su cercanía cuando bailan en la película dentro de la película —como en el encuentro de Romeo con su Julieta en casa de los Capuleto—, en un encuentro que dura per secula seculorum y, cuando estamos a punto del drama, todo lo que vemos es a ese galán que abraza su recuerdo filmado, ese, cuando pudo ser tan espontáneo que se atrevió a besar a la rana verde para que se convierta en la bella princesa y para el buen de Valentín fue la única escena que valió la pena su vida. Como Gene Kelly y Debbie Reynolds en Cantando bajo la lluvia (1952), todo se resuelve con un buen tap juntos y sonreír frente a las inclemencias de la vida. Bien merecidos los premios que han recibido. A ver si los “Oscares” le ponen la cereza a este pastel.

jueves, 16 de febrero de 2012

Las otras banderas de provincias

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 18 de febrero, 2012.
La Catedral del alarife Martín Casillas en Guadalajara

Una manera de celebrar los 470 años de la fundación de Guadalajara es mostrando nuestro agradecimiento por lo que recibimos durante los años que vivimos tan felices en esa ciudad tal como los puedo recordar.

Patricia Urzúa, directora del Mueso de la Ciudad ha organizado varios eventos, entre ellos, la obra de teatro basada en Flor de juegos antiguos de Agustín Yáñez, en donde recordaba los juegos infantiles en uno de los barrios más populares de Guadalajara en esa ciudad donde pasé los mejores años de mi juventud.

Nacido en la ciudad de México —nadie es perfecto— de madre tapatía y padre de Tepatitlán nos fuimos a vivir a Guadalajara en 1951 para instalarnos en el gueto de Tepa (la manzana de López Cotilla con Tolsa). Desde entonces no puedo imaginarme una juventud más feliz como esa que pasé en la Perla Tapatía y, a estas alturas de la vida, me doy cuenta que mantengo con orgullo esas raíces como si fuera otra Bandera de provincias (1929-1930), como la que ondeó Agustín Yáñez en su juventud con Alfonso Gutiérrez Hermosillo, Efraín González Luna, María Luisa Rolón, Lolita Vidrio, Luis Barragán e Ixca Farías, entre otros.

En mi caso, las banderas han sido dos novelas en donde traté de rescatar la vida en Guadalajara. Primero, con las Confesiones de Maclovia (El Equilibrista, 1995), donde recorrí la segunda parte del siglo XIX y principios del XX, imaginando la ciudad en aquellos tiempos y tratando de volver a contar los orígenes de la Villa de Chapala desde la perspectiva de la abuela Cova, “la divina Cova”, como le llamó Ixca Farías, desde que nació en Tapalpa en 1859 hasta que murió en 1933 en lo que era el Hotel Nido en Chapala y, por ahí, la del abuelo Guillermo de Alba construyendo en 1920 la Estación de Ferrocarril de esa Villa.

Luego le seguí la pista al General Ramón Corona (1837-1889) en Las batallas del General (Grandes Novelas de la Historia Mexicana Planeta-Conaculta, 2002) acompañándolo en la Guerra de los Tres Años, persiguiendo al “Tigre de Álica” para luego acompañarlo a Madrid como Embajador y, finalmente, como Gobernador hasta el trágico domingo del 89 cuando lo asesinó Primitivo Ron por la espalda, tal como lo había leído mi abuela con sus cartas españolas meses antes que sucediera.

Con estas banderas he recorrido sus calles, la Catedral diseñada por el alarife Martín Casillas, sus calles y plazas con José María Reyes ese interlocutor que balbuceaba las historias de mi General mientras desde el día que se había enamorado de una diosa o ninfa mientras que, acostado, veía al Hombre en llamas en el Hospicio Cabañas, para empezar una historia de amor que, por momentos, resultó más interesante que la vida del General.

Recordar estas banderas es otra manera de celebrar la fundación de Guadalajara, como si de esta manera pudiera agradecerle todo lo que me ha dado.


miércoles, 15 de febrero de 2012

¡Qué maravilloso es el mundo!: Satchmo

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 16 de febrero, 2012.
Hay gente que se la pasa quejándose todo el día y aunque hay momentos que nos quedamos impávidos, otros por quítame estas pajas se quejan si llueve o si no llueve, si hace frío o sin hace calor, total, que no son capaces de disfrutar la vida a pesar de que ésta, por momentos, se puede complicar un poco o un mucho y en un momento podamos perder su sentido. Al escuchar al viejo Satchmo, a ese viejo encantador de serpientes como era Louis Armstrong (1901-1971), nos ilumina con sus canciones y, por un momento, podemos ver la vida de otra manera a pesar que él vivió de niño en  la pobreza, sufrió de dos guerras mundiales, además de la gran depresión del 29 y una discriminación brutal en contra de su negritud. A pesar de todo eso, pudo cantar, inocentemente, su alegría de vivir escogiendo una lírica llena de ánimo, optimismo, humor, varios sueños y buenos deseos, para proponernos simplemente que hay que saber disfrutar de lo que nos ofrece la vida.

Satchmo nos canta sobre eso que es básico en la vida y nos propone a partir de ahí varias las posibilidades de disfrutarla, como por ejemplo, simplemente cuando ve el cielo azul o el verde de los arboles y, por lo que dura su ronca voz cantando, nos llama la atención de aquello que es una especie de alegría contenida, como cuando canta The Sunshine of Love donde nos convence que allí, donde brilla el Sol está ella y como somos unos románticos empedernidos, cuando nos habla del amor con ese ritmo claro y pausado y nos repite que “donde quiera que brille el Sol ahí estás tú; y si oigo algunas risas… es porque andas tú por ahí; sí, tú, con quien sueño por las noches que estamos bien apretaditos, ¡ah! —canta Armstrong—, cómo te necesito!” Y todo esto que va cantando se lo creemos al pie de la letra y nos cambia la manera de ver las cosas.

Sin detenerse a pensar, tal como sucede cuando uno está inspirado, nos asegura que es capaz de seguirla “de aquí hasta las estrellas y si tus labios son de miel, mucho más dulce es mi amor” y, si hiciera falta algo más, nos dice que todo lo que desea es que, “de ahora en adelante, seguiré soñando contigo y con ese amor que brilla como el Sol”, imaginándonos que ella está aquí, cerca y bien apretadita.

Pero qué mejor cuando lo escuchamos hablar de las maravillas del mundo al ver el verde de los árboles o el cielo azul o cuando ve cómo florecen las rosas rojas (para ti y para mí) y, entonces, exclama: What a wonderful  world! Sí, ¡qué maravilloso es el mundo! Y nos dice que disfruta de la vida porque el cielo está azul, las nubes blancas, el bendito brillo del día y la sagrada oscuridad de la noche y por todo esto, nos vuelve a preguntar “¿no es maravillosa la vida?”

Louis Armstrong nos lleva a ese mundo que existe cuando hacemos un esfuerzo y tratamos de ver las cosas de otra manera, en lugar de ver sólo la parte negra de la Luna. Hace una lista de cosas simples y cotidianas y las declama para que nos vuelva la sangre al cuerpo, porque sabe que hay cosas —dice—, como el llanto de los niños, de los que después vamos a ver crecer sabiendo que van a aprender mucho más de lo que nosotros sabemos y, por eso… —después de una pequeña pausa—, sabe que el mundo es maravilloso y nosotros pensamos que tiene razón siempre y cuando podemos ver las cosas de esa manera.

 Todo lo que canta Satchmo son puros buenos deseos y si en una de sus canciones aparece la noche nos dice que es para que suspiremos por ella o, todavía mejor, para que nos permita soñar con ella y si de casualidad nos despertamos, sólo queremos volver a dormir para seguir soñando ese sueño o, mejor todavía, por qué no son los dos los que sueñen lo mismo para que puedan suspirar tratando de hacer realidad sus deseos.

¡Ah, qué maravilloso es el mundo!

jueves, 9 de febrero de 2012

Un buen simulacro del apocalípsis


El anillo de los Nibelungos, MET de Nueva York

Es el final del Anillo de los Nibelungos cuando Wagner interpreta lo que le llamó El ocaso de los dioses o Götterdämmerung, una larga puesta en escena de seis horas que hoy se trasmitirá desde el MET de Nueva York a partir de las 11:00 de la mañana en el Auditorio Nacional, en el Teatro Diana de Guadalajara y en otras pantallas en México y en el mundo. Cuando termine, seguramente nos habemos clavado en las profundidades de esos mitos, leyendas y fantasías nórdicas, donde los dioses estaban hechos a imagen y semejanza de los hombres —o de Federico I, más conocido como Barbarroja, con todo y su corte—, y que Wagner lo transforma y nos lleva hasta el mismo Valhalla, donde habitan los dioses, sobre todo, si nos dejamos llevar por su música como nos dejamos llevar por el ritmo del mar y las olas que disfrutamos desde que se van formando hasta que llegan rendidas a la playa y nosotros, hipnotizados con el leitmotiv de Wotan, de su lanza y del poder de los dioses, salimos a flote impregnados de esa música cercana a una experiencia mística.

Todo termina quemándose en un especie de apocalipsis a partir de la muerte de Sigfrido como sucede en esta tercera parte del maldito anillo de oro desde que fue robado en el Rin por el enano Alberich, sabiendo que pertenecía a los Nibelingos, un anillo como la manzana de Eva por la que somos expulsados del paraíso y que ahora es la causa (It is the cause, it is the cause, my soul!, como balbuceaba Otelo antes de acabar con la bella Desdémona), de la muerte de Sigfrido y la destrucción del Valhalla, la morada de los dioses.

El ocaso de los dioses —tal como descubrimos en Wikipedia—, viene de Ragnarök, que suena como si algo se rompiera en pedazos y que, en el nórdico antiguo, se refería a una guerra profetizada entre los dioses y que sería el fin del mundo.

Trata del tiempo y de las mujeres en diferentes momentos de sus vidas. Trata de la tres Nornas y de los Oráculos profundos de la noche con esas tres mujeres que ejemplifican el tiempo envueltas en sus túnicas oscuras. La más vieja, al pie de un enorme pino y, en el horizonte, el leitmotiv del poder de los dioses.
Amenazados por un incendio colosal que va a consumir el reino, escuchamos otro leitmotiv, el de la maldición que pesa sobre las espaldas del mundo como un anatema implacable que anuncia la destrucción del universo.

¿Cómo expresar todo esto con unas sencillas escalas musicales? No lo sé de cierto, pero Wagner lo logra en medio de la llamas y la fatalidad, lamentándonos de la pérdida de lo que sería la sabiduría divina, mientras vemos con los oídos cómo se desploma el palacio de los dioses que van desapareciendo de la vista, mientras escuchamos el último leitmotiv que tiene que ver con la destrucción.

Acompañar las palabras con los hechos

EL INFORMADOR, Tertulia, sábado 11 de febrero, 2012.

Lo que escuchamos claramente hace una semana fue que “a cambio de los miles de votos que representan los afiliados del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) y de la Organización de Política de los Pueblos y Trabajadores (OPT), AMLO prometió crear una nueva empresa para recontratar a los ex trabajadores de la extinta Compañía de Luz y Fuerza del Centro (LFC) en un documento que le entregó a los líderes el sábado 4 de febrero en el estadio de Nicolás Romero del Estado de México en donde Martín Espinoza, su líder, se comprometió a apoyar a este candidato —y ya no a Peña Nieto—, acarreando a unas 10 mil personas.

La primera de las cosas que ofreció el candidato fue la de “restituir el empleo a todos los ex trabajadores de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro que fueron despedidos injustamente.” Así de fácil, nada más, ni nada menos. Tal cual. Con razón, hace quinientos años que Erasmo de Rotterdam nos viene diciendo que los que pretendan gobernar deberían leer, por lo menos, Las fábulas de Esopo y ojalá las puedan aplicarlas.

Si alguno de los que estaban en el mitin hubiera leído la fábula del Lobo y la Vieja cuando “un lobo hambriento andaba buscando comida y cuando llegó a una granja y oyó que una vieja amenazaba a un niño que estaba llorando con echarlo al lobo si no se callaba, se puso a esperar creyendo que lo decía de verdad. Al caer la tarde, como ningún hecho acompañaba a las palabras, se dijo para sí mientras se marchaba: ‘en esta granja la gente dice una cosa, pero hace otra.’ Como podemos imaginarnos, la moraleja tiene que ver con “aquellas personas que no acompañan las palabras con los hechos” y, por eso, podrían verse como el lobo, esperando a que cumpliera lo que les había dicho.

Pero como en este mundo no hay promesa sin respuesta, o como dicen tras la lomita, “no hay tal cosa como un desayuno gratis”, en este toma y daca de las campañas, el candidato aprovecha para señalar su beneplácito como buen pastor de estas ovejas agradecido de que hayan regresado a su redil, en lugar de andar brincoteando en esos otros potreros del Revolucionario Institucional que nada les ha ofrecido, mucho menos, en los del blanquiazul que habían sido sus verdugos.

¡Ah!, pero eso sí!, les pidió a cambio que de cada uno de los asistentes, convenzan a otras cinco para que voten por él para quedar a mano. Se trata de la vieja fórmula y el efecto paraguas y con todo esto, se fueron a sus casas felices y contentos: unos con la promesa y el otro, sumando votos imaginarios. Total que ofrecer no envilece, como tampoco aquello de decir una cosa para conseguir otra.


La traición, engendro de la melancolía

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 9 de febrero, 2012.

Juan Manuel Bernal, Mariana de Tavira y Bruno Bichir en Traición de Pinter
“Sabemos que los estados de mal extremo y de amor supremo tienen una definida similitud imaginativa”, como sugiere G. Wilson Knight y que viene al caso cuando se trata de reconstruir, haciéndolo de adelante para atrás como seguramente nos tocaría hacerlo a la hora del juicio final, pálidos y macilentos, tratando de entender cómo fue posible que aquello que una vez fue una pasión vigorosa, nos haya dejado secos, sin habla y sin saber que fue lo que pasó: “¡Funesto error, engendro de la melancolía! ¿Por qué haces ver a los hombres cosas que no son?” —como se quejaba Mesala frente al cadáver de su amigo Casio en Julio César de Shakespeare. Tal parece que más que el amor, la pasión, nos hace ver cosas que no son. Por eso, cuando escuchamos a estos dos amantes tratando de explicarse las causas y de entender si esa atracción se debió a la insoportable soledad o al deseo de la mujer del prójimo o al tabú de la madre, entonces podremos ir reconociendo el fracaso de lo que consideraron en un momento era una locura o funesto error, ahora que se han quedado abandonados en el meollo de la melancolía.

Los dos amantes recorren el campo de batalla reconociendo a los muertos y heridos que se quedaron tirados por el suelo sin darse cuenta. Parecen dos fantasmas que han traicionado, uno, al que era su amigo y, la otra, a su esposo. Esta es la historia que nos cuenta Harold Pinter (1930-2008), Premio Nobel de Literatura en el 2005, en Betrayal o Traición que estrenan esta semana en el Teatro Helénico con Juan Manuel Bernal como Jerry, el amante; Marina de Tavira como Emma, la amante de Jerry y la esposa de un Robert encarnado por Bruno Bichir, amigo y socio de Jerry con el que se cierra el triángulo amoroso y da inicio ese relato que empieza recordando la deliciosa batalla campal, cuando una vez empezaron a verse a escondidas con todo y el temblor de piernas que les provocaba, como le temblaron seguramente al legendario Adán cuando estaba por morder —a escondidas—, la manzana que le ofrecía Eva, hasta convertir ese mordisco, una vez expulsados de paraíso, en lujuria que, al mismo tiempo es invadida por el cáncer de la culpa. Mientras reconstruyen su paraíso (perdido), ese que un día creyeron habitar cuando eran amantes, se dan cuenta que ahora es la frialdad la que se instaló entre los tres en una especie de ruina emocional, invadidos por ese moho como puede ser la culpa que se mete dentro de la piel de las emociones hasta que se asfixian.

La traición quebranta la fidelidad y la confianza que se debe tenerle al otro impelidos por el éxtasis de la pasión. Pinter decidió narrarla del día de hoy hacia atrás y por eso vemos en el primer acto a los amantes, tiempo después de haberse lanzado al vacío, tratando de armar un rompecabezas entre la bruma del amor y del tiempo hasta llegar al principio, cuando arriesgaron todo, a pesar de que ya no saben si tuvo o no sentido. Reconstruyen el miedo y la excitación de los lejanos días cuando hacían el amor y se tropezaban por el deseo, abrazándose enloquecidos, ausente la fuerza de voluntad y a flor de piel, las ganas de tocarse desnudos —como niños jugando—, para acariciarse antes de caer al vacío.

El teatro es simulacro de la vida y vemos reflejados en ese espejo su angustia y la tristeza de que haya pasado todo desde que los dos —valientes— se jugaron la vida, sin saber que ahora nada de eso tiene importancia, excepto, el vago recuerdo de aquellos instantes que tratan de reconstruir, para comprobar lo absurdo y delicioso que es la pasión, aunque se transforme en melancolía.

Ya no se ven a los ojos —se han traicionado— y la amistad ha desaparecido. Sólo queda el vago recuerdo de cuando eran amigos. Los amantes no se tocan más. No queda nada. Humo, casas y edificios destruidos, cadáveres por los suelos, sueños que se han desvanecido por el aire como fantasmas. La traición y sus consecuencias, los sentimientos encontrados que los persiguen hasta que el tiempo lo borra todo menos esa deliciosa sensación de peligro cuando los dos, desnudos, arriesgaron la vida.

jueves, 2 de febrero de 2012

Huir de la esterilidad y habitar en lo fértil

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 4 de febrero, 2012.
Raramuris de la sierra Tarahumara.

Saben que esa región es estéril y por eso ahuyenta a sus hombres y a las nuevas generaciones cuando tienen edad: los primeros abandonan a mujeres e hijos y, los segundos, desempleados, son fáciles de incorporarse al narco o al crimen organizado, en lugar de poder vivir en lugar fértil donde tengan posibilidades de mejora su nivel de vida.

Hace años, Héctor Aguilar Camín apuntaba que era imposible atender a esas personas que viven dispersos para poder ofrecerles los servicios básicos de educación y salud, pues la dispersión hace imposible, para cualquier gobierno, satisfacer esas necesidades: en México dicen que todavía hay más de 800 municipios dispersos, según la Sedesol.

Desde hace 400 años que Maquiavelo (1469-1527) habla de esto en sus Discursos de la primera década de Tito Livio (Alianza Editorial, Madrid, 2009) recordando cómo vivían los habitantes de Lacio: “dispersos en muchos sitios pequeños, (donde) no se sentían seguros y (por eso) no podían, por su situación y tamaño, resistir por sí mismos el ímpetu de los asaltantes.”

Este es el caso millones de los campesinos y los indios Raramuris habitan en unas tierras estériles y hacen (casi) imposible que el gobierno pueda ofrecerles ese mínimo de seguridad. Por eso deberían hacerle como los Latinos e irse a “habitar juntos en un lugar elegido por ellos, en donde la vida sea más cómoda y la defensa más fácil.” Para el año 700 a.C., Rómulo y Remo habían fundado en el monte Palatino lo que sería la ciudad de Roma que, siglos después, fue la capital de todo un Imperio.

Maquiavelo trata sobre esa experiencia y señala que “es necesario huir de la esterilidad de la tierra y asentarse en lugares más fértiles.” Esta antigua propuesta resolvería la situación de los Raramuris que han experimentado en carne propia la esterilidad y la sequía, viven aislados y no han decidido salirse de allí para buscar una región más fértil en donde pudieran contar con los servicios básicos y con empleo en el campo en lugar fértil en lugar de vivir en la zozobra.

Dinócartes le mostró a Alejandro el Grande cómo podría construir una ciudad en el monte Athos y el General le preguntó: ¿de qué vivirían sus habitantes?, sin que el arquitecto tuviera respuesta. Por eso, mejor mandó edificar esa ciudad que ahora conocemos como Alejandría, para que la gente “se quedara a vivir de buen grado en una tierra que era rica, cerca el mar y del río Nilo.


miércoles, 1 de febrero de 2012

Billy Wilder y tres de sus estrellas

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 2 de febrero, 2012.

Cuando Marilyn Monroe decidió refrescarse en el verano
Billy Wilder nació en Polonia en 1906 como Samuel Wilder pero, después del viaje que hizo su madre a los Estados Unidos donde quedó impresionada de la cultura de ese país y, en particular, del espectáculo de Buffalo Bill, decidió que su hijo mejor se llamara Billy, tal como lo conocimos desde entonces, hasta el final de su vida en Beverly Hills el 27 de marzo del 2002. El prestigio de este guionista y director de cine del siglo XX crece con el tiempo para convertirse en uno de esos gigantes que nadie lo ha rebasado en la construcción de obras en donde dejó claro que, en esta vida, se puede criticar a la sociedad y, al mismo tiempo, ganar Oscares, siempre y cuando lo haga uno satisfaciendo los deseos (disfrazados), tal como lo hizo Wilder incluyendo en sus obras su sentido del humor, aunque fuese negro.

Entre otras actrices, fueron tres las que lanzó al estrellato después de haberlas tomado entre sus manos para convertirlas en diosas: Marilyn Monroe, Audrey Hepburn y Shirley MacLaine. La primera aparece en The Seven Year Itch o La comezón del séptimo año (1955) o La tentación vive arriba con esa famosa escena de Marilyn cuando va por la banqueta caminando sobre las rejas del Metro sabiendo que cuando pasara ese demonio del Averno como alma que lleva el diablo, la turbulencia haría que se refrescara con la corriente de aire y como travesura, permitía que se le levantara el vestido hasta la cintura sonriendo a la cámara para dejarnos boquiabiertos.

La segunda es Audrey Hepburn en Sabrina (1954) la hija de Fairchild, el chofer inglés que llego desde Londres junto con el Rolls Royce de la casa de los Larrabee con Linus, el hermano mayor y hombre de negocios (Humphrey Bogart), así como David, el galán de la familia (William Holden) de quien la jovencita estaba perdida y obsesivamente enamorada, como una Cenicienta de Connecticut. Por eso su padre la manda a París a estudiar cocina a ver si así se olvida de su obsesión. Cuando regresa llega transformada, bella y elegante para caer, como efecto secundario, en los brazos Linus y nosotros, pensando que haya un final feliz, como el que debe haber en las comedias, los vemos besándose en un trasatlántico rumbo a Paris. Un año antes, Wilder había visto a Hepburn en La princesa que quería vivir o Roman Holiday, dirigida por William Wyler, en una Cenicienta al revés, en una película que disfrutamos viéndola recorrer Roma en una Vespa visitando la Boca de la verità, el Coliseo y la Fontana di Trevi. De inmediato la hace parte del reparto como Sabrina y nosotros queríamos que alguien nos la volviera a contar.

La tercera es Shirley MacLaine cuando hace de Irma, la dulce (1963) basada en una comedia musical a la que le quitó la música y le agregó esos gags que necesitaba, más algunas situaciones medio escabrosas, en las que el mal gusto se mezcla, paradójicamente, con la elegancia magnificada por la ambientación y todo esto, sobre un fondo de realismo poético años antes de la segunda Guerra Mundial. Los tópicos de lo burlesco y de lo pintoresco del París canalla no hacen que la película se convierta en una farsa grotesca y logra que Irma aparezca en pantalla como prostituta, librando la censura norteamericana y ganando lo suficiente en la taquilla.

Pero no todo lo que hizo Wilder fue comedia, tal como lo cuenta Noël Simsolo en Billy Wilder, Maestros del Cine de Cahiers du Cinema, pues él sabía que “cada cineasta tiene su paleta de colores, y así como algunos pintan como Dufy, otros en tonos más sombríos, pero a mí —decía Wilder— nunca se me ha ocurrido pensar si soy amargo, cruel, pesimista o lo que sea: si una historia me gusta, ya está: cuento lo que me gusta.”

Billy Wilder fue un genio que pudo contar lo que quería satisfaciendo sus deseos disfrazados de humor, aunque era negro.