miércoles, 28 de marzo de 2012

La comedia de las equivocaciones

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 29 de marzo, 2012.

¿Cuántas veces se desata el rumor o el chisme cuando alguien interpreta mal las cosas? ¿Cuántas veces nos acusan de algo porque nos han confundido o porque creen haber visto a ese que no era o de haber escuchado al otro, algo que creyeron oír? Cuando sucede algo así, pensamos que ojalá se trate de una comedia de equivocaciones y no en una tragedia de errores, pues, como bien sabemos, en el primer caso el final es feliz pero, en  el segundo, como carece de sentido del humor, casi siempre termina en tragedia, en ruptura, en separación y muchas veces pude terminar en muerte.

Bien decía Mario Vargas Llosa que una buena obra de teatro es la mejor manera de vernos y de saber cómo somos y, hablando de buenas obras, nada como la que acaban de pasar en el Lunario que, entre tantas otras opciones, se nos pudo haber escapado, como fue La comedia de las equivocaciones de Shakespeare trasmitida desde el London National Theatre el martes 27 de marzo (al mismo tiempo en más de setecientas salas de cine en veintidós países) con una espléndida versión de la que fue la primera comedia escrita por el Bardo en 1594 inspirada en la farsa de Los Menecmos (Los gemelos) de Tito Marcio Plauto (254-184 a.C.), a la que le agregó dos grados más de complejidad para pasar a una escala mayor en el espacio imaginario en donde su geometría está construida por unos espejos que reflejan imágenes dobles, como si fueran iguales, pero que son diferentes personas, en donde el público es cómplice del dramaturgo porque somos los únicos que conocemos la identidad de cada uno de los personajes que se mueven en escena.

Dos parejas de gemelos se han separado después de un naufragio y, ahora, el padre de los gemelos y uno de ellos (amo y sirviente) buscan a su hermano (amo y sirviente) en Éfeso donde no son bien recibidos. La trama, se pueden imaginar, se complica conforme avanza la obra y los altercados entre los dos pares de gemelos son tantos que, cuando la obra está en su centro de gravedad, la vemos iluminada por las luces de la comedia y de la farsa que se funden para que la acción se instale en ese territorio y vaya y venga entre la farsa y la comedia mientras el publico observa y escucha lo que dicen los gemelos o la esposa de uno de ellos, a propósito del matrimonio.

La farsa es una pieza teatral en donde se desarrolla una situación absurda alrededor de la vida extramarital. De ahí viene eso de que es una farsa de alcoba. Durante La comedia se entra y se sale de la farsa, tal vez para que brille más la comedia, en donde no sabemos si reír o llorar a pesar de su final feliz en donde todo el mundo se reencuentra y vemos cómo se reconcilia el padre con la madre y los gemelos de cada pareja que habían sido separados y que, durante el curso de la comedia, fueron capaces de decir lo que opinaban de su pareja o de su relación, así como, seducir y ser explícitos en sus preferencias sexuales con las cortesanas, mientras nos ponen a trabajar en eso que tiene que ver con la moral y la escala de valores.

La esencia del matrimonio está formada por unos cuantos secretos que todo mundo conoce —como dice Freud en su ensayo sobre el chiste—, en donde «el matrimonio no es sino un arreglo para satisfacer las necesidades sexuales de una pareja», por eso, el resto del secreto mejor lo callamos o lo decimos a medias a través de esos chistes que conocemos hay alrededor del matrimonio.

En La comedia de las equivocaciones el machismo del marido relega a la mujer a la alcoba y con mucha facilidad, se sabe que el hombre prefiere a su cortesana, no sabemos si para vengarse de su mujer o simplemente para divertirse y por eso queda flotando por los aires los valores del matrimonio y los de la vida extramarital que nos invita a reflexionar y discutir sobre ese tema.

En dos horas escuchamos esos chistes que no fallan y que tienen que ver con el marido, la mujer y la amante y nos reírnos ya sea de nervios, como mecanismo de defensa frente a la posibilidad de que nos descubran o como reacción para que no sepan lo que estamos pensando, tal como sucede en la farsa, en donde el aparente esposo hace el ridículo seduciendo a la hermana de la que creía era su esposa. A pesar de su brevedad, Shakespeare la enreda a cuatro voces y dos comparsas y hace una madeja de enredos que llega un momento en que no sabemos cómo es que se va a desatar ese nudo Gordiano, sin descuidar las unidades del tiempo, lugar y la acción.

jueves, 22 de marzo de 2012

La maldita primavera

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 24 de marzo, 2012.

La flor de Azalea en la plenitud de sus funciones.
Creo que Yuri cantaba esta canción por allá en los ochenta, una canción que repetía Eduardo Matos Moctezuma a voz en cuello mientras escarbaba en el Centro Histórico de la ciudad de México sacando al aire los Caballeros Águila, al enorme Caracol y luego, nada menos que a la diosa Coyolxautli estampada en una piedra gigantesca después de su caída mortal donde quedó desparpajada la pobre, con un brazo por allá y otro por acá, en lo que es el Templo Mayor destruido por los españoles para sepultar sus ritos e imponer otros.

Mientras Matos sacaba a la vista estas piezas de arqueología recuerdo que cantaba esta canción con ese buen ánimo que siempre lo ha caracterizado: “fue más o menos así: vino blanco, noches y viejas canciones y se reía de mí la dulce embustera, la maldita primavera.”

Y con ese trabalenguas producto del amor, como el que ahora empieza a salir a flor de piel —se nota en el aire y a todas horas—, seguía cantando, “sí para enamorarme ahora, volverá a mí la maldita primavera.”

Y uno se queda perplejo de ver como la naturaleza vuelve a imponer su ritmo aunque sabemos que “pasa ligera, la maldita primavera” pero nos deja su perfume con el que nos levantamos para seguir bregando por el resto de las estaciones.

Recuerdo las jacarandas en flor en Guadalajara y los árboles de la primavera, amarillos refulgentes; recuerdo cómo olía por las noches a jazmín y huele-de-noche como un chorro que flotaba sobre la banqueta de López Cotilla mientras caminábamos por las noches hacia el poniente, para calmar el calor que hacía, a veces, insoportable.

Pero la Primavera es lo que es y tiene que ver con los ciclos positivos de la vida, tiene que ver con “eros”, es decir, con la vida misma cuando todo parece que se renueva y es entonces cuando nos dan ganas de traer la camisa al aire o salir a recorrer el bosque sin perdernos; dan ganas de respirar hondo para tener la suficiente energía o volar por los aires para ver las cosas desde otra perspectiva como la que necesitamos tener a veces del mundo que nos rodea.

Por eso, en estos días, disfrutamos de ver cómo construyen sus nidos los pájaros y como se bañan en la fuente ahora que han regresado a su ámbito, más preocupados por asentar a las nuevas crías que no tardan en salir del cascarón.

Por la tarde vuelve ese ruiseñor al que le he llamado “Pavarotti” o a lo mejor uno de sus hijos que viene a despedirse antes de dormir y yo salgo a la terraza, me mojo los labios y chiflo lo mejor que puedo en su idioma, más que un eco, lo que creo es una respuesta de alegría como recitaba Schiller su poema con el que Beethoven cerró con broche de oro su Novena, cantando a esa alegría que compuso en Weimar un día de su maldita primavera.


Shakespeare y la luna, siempre

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 22 de marzo, 2012.
Tandem, Compañía de Danza con las coreografías de Leticia Alvarado.
Los bailarines son artistas que expresan su arte de la manera más difícil que puede haber —tal como lo considera Pierre Guillet de Monthoux—, son artistas que luchan con su propio cuerpo bajo los ojos críticos del coreógrafo; son artistas que trabajan muchas horas todos los días por muchos años en la barra, tras el escenario, hasta que un día aparecen por unos cuantos minutos en escena para mostrarnos la belleza de su arte y de esta manera complacer a la audiencia. Es el lenguaje corporal y la belleza del cuerpo en movimiento lo que ahora disfrutamos con las coreografías de Leticia Alvarado y Tandem, su Compañía de Danza, en dieciocho escenas basadas en algunas obras de Shakespeare. El amor de Julieta por su Romeo y las ganas de satisfacer sus deseos sin hacer caso de lo que sucede a su alrededor, mucho menos, a la rueda de la Fortuna que sube y baja o al azar que es parte de nuestra vida pues, “cuando menos lo imaginamos, sucede”, como el fraile que no puede informarle a Romeo del plan.

Por eso, cuando vemos en escena a ese amor convertido en tragedia nos duele mucho, tanto como si nos pasara, sobre todo, si lo imaginamos a través del movimiento corporal cuando podemos ver a esa Julieta con los pies en la tierra hasta que pasa su noche de bodas y entonces es ella la que anda por las nubes —como nos sucede en la primavera o cuando estamos enamorados—, confundiendo la luz del día con el de la noche y el canto de la calandria con el ruiseñor, como sucede en estas coreografías de Leticia Alvarado a las que le ha llamado: Shakespeare y la luna, siempre en la Sala Miguel Covarrubias de la UNAM y que estarán hasta el domingo 1º de abril.

La poesía, el amor y la luna siempre van de la mano. A lo mejor se le ocurrió este título después de leer el Sueño de una noche de verano cuando Teseo, el duque de Atenas, opina que “el lunático, el amante y el poeta tienen una imaginación exuberante. Ven más demonios de los que caben en el infierno: como los locos. Los enamorados son más enardecidos y ven la belleza de Helena en la frente de una egipcia. Los ojos del poeta, girando en pleno frenesí, vagan del cielo a la tierra y de la tierra al cielo imaginando cuerpos y formas de cosas desconocidas que luego el poeta les da forma y, con una displicente nada, les da habitación y nombre.”

Se trata de un homenaje a Shakespeare en donde los bailarines expresan con su “movimiento, las sensaciones de algunas escenas y personajes representativos de la obra del autor isabelino”, tal como lo explicaba Leticia Alvarado.

De eso se trata: descifrar los enigmas y hacerlo con el cuerpo en movimiento como si fueran los personajes y sus historias más vivas que cualquier fantasma. Por ahí reconocemos a Julieta, a Ofelia y a Hamlet, el príncipe de Dinamarca dubitativo, representante del ocium o pensamiento medieval, más que su opuesto, es decir la acción o el negocium; recordamos a Macbeth que actúa su ambición en el plano de lo negativo y un día en su casa “asesinó al sueño” después de escuchar una voz que le decía: “no volverás a dormir… Macbeth ha matado al sueño!’ El inocente sueño, el sueño que teje sin cesar la maraña de preocupaciones, la muerte del ir viviendo cotidiano, el baño de la fatiga, el bálsamo de las heridas de la mente y el plato fuerte en la mesa de la Naturaleza, el principal alimento del festín de la vida.”

Leticia Alvarado consideró siempre la Luna, tal vez, porque ronda en las obras de Shakespeare como en Julieta, cuando le suplica a Romeo que no jure su amor por la Luna “pues es inconstante y cambia cada mes en su órbita redonda. No vaya a ser que tu amor sea como ella y se vuelva caprichoso.”

Siempre la Luna esa diosa que palidece al ver cómo los amantes se quedan solos —como decía Sabines—, aunque no lo sabe de cierto, pero lo intuye. Y así vemos a los bailarines contando algunas historias con sus cuerpos en movimiento y nosotros confirmando “¡que obra de arte es el hombre! En su forma y movimientos, ¡cuán expresivo y maravilloso! En sus acciones, ¡qué parecido a un ángel!”, como decía meditabundo Hamlet una tarde cualquiera.

jueves, 15 de marzo de 2012

La Cenicienta que todos llevamos dentro


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 17 de marzo, 2012.

Cuando nos explica Bruno Bettleheim que “la Cenicienta es el relato sobre las esperanzas y las angustias que se dan en la rivalidad fraterna, y del triunfo de la heroína rebajada por las dos hermanastras que abusan de ella”, me doy cuenta de que cada vez que veo, oigo o leo una historia con estos elementos me vuelve a emocionar como si fuera la primera vez. Más todavía si uno conoce algún caso de la vida real.

Seguramente, es uno de esos cuentos donde nos identificamos con la trama y con un personaje que nos conmueve al ver reprimidos sus deseos de ir al baile y ser reconocida por el príncipe después de haber fregado lo pisos y de haber soportado humillaciones y castigos, arrinconados en el fogón llenos de cenizas (de ahí su nombre), harapienta y sin posibilidad alguna de mostrar lo que ella era.

Disfrutamos de la historia porque sabemos que tiene un final feliz y que gracias al Hada madrina —la buena madre—, se viste de lujo con todo y sus zapatillas con las que después comprueba que era ella la que bailó con el príncipe hasta antes de la medianoche.

Audrey Hepburn en Sabrina (1954) o en Breakfast at Tiffany (1961) o en My Fair Lady (1964), tres historias tres, donde Sabrina, hija de Fairchild el chofer, termina casándose con Linus Larrabee, el primogénito de la familia millonaria; Tiffany escrita por Truman Capote, es una hooker que termina en los brazos de su vecino, un fiel amigo y escritor desde el primer día y, My Fair Lady es la historia de una vendedora de violetas que aguanta ser como la Cenicienta y pasa la prueba para termina como compañera del misógino y excéntrico profesor Higgings.

Todo pasa dentro de nosotros cuando niños y por eso es inolvidable pues en esa época “vemos las cosas de modo subjetivo y al compararnos en estos términos con nuestros hermanos, nos es imposible pensar que un día podríamos igualarlos” —como escribió Bettelheim.

Julia Roberts es la Cenicienta en Pretty Woman (1990), la prostituta de Los Ángeles que baila con Edward Lewis (Richard Gere), el príncipe de los negocios y una especie de Hada madrina que toma a esta mujer, bella como era, para vestirla y llevarla al baile en ese final feliz, como el que todos ansiamos tener un día de estos y que no sea en la tumba.

Ahora, Julia Roberts será la reina mala en la versión de Blancanieves o Mirror, mirror (2012), desde que le pregunta al espejito: “¿quién es la más hermosa del reino?”, y, como no hay espejo que diga mentiras, le contesta: Blancanieves. Ya sabemos que ella —como esas madres que conocen los deseos de sus hijas—, la manda matar.

Una y otra vez disfrutamos de esos cuentos porque “confiamos que la fantasía de grandeza (un día) pueda ser realidad… a pesar de los obstáculos que nos rodean que, a veces, parecen insuperables.”


miércoles, 14 de marzo de 2012

En defensa del libertino don Giovanni

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 15 de marzo, 2012.

Don Giovanni, El Comendador, doña  Elvira y doña Ana
Saramago ha escrito una comedia con la que no podemos resistir reírnos todo el tiempo mientras vemos cómo le dio la vuelta a ese dramma giocoso de Don Giovanni o el disoluto punito de Mozart (1787) en donde el libertino es castigado por andar brincando de uno a otro petate, tal como lo escribió el fraile Gabriel Téllez, más conocido como Tirso de Molina en El burlador de Sevilla (1617), basado en la vida de un noble sevillano que seducía a todas aquellas que llevaran puesta una falda y caminara contoneándose.

Don Giovanni o el disoluto absuelto de Saramago es otra versión de ese drama en verdad giocoso tal como la han puesto en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario en donde, el único prerrequisito podría ser haber conocido la trama de la ópera de Mozart para gozar la volta que le da el Premio Nobel en su versión, con tan buen humor que se disfruta cada paso o, mejor dicho, cada tropezón como los que da El Comendador (Humberto Solórzano), el invitado de piedra, el padre de doña Ana muerto por don Giovanni en un duelo, tratando de defender su honor o el de su hija sin haber visto y menos aceptado que, cuando se seduce, siempre se necesitan dos.

Dirigida por el activo Antonio Castro que este año le amaneció lleno de trabajo, con cuatro obras en cartelera, un caso pocas veces se ha visto en el mundo del teatro: por un lado, una obra en la que le pedimos a “diosito santo” que nos libre de caer en manos de una mujer como la que aparece en Misery; luego, El Cerdo, obra filosófica de Raymond Cousse (1942-1991), con la actuación vigorosa de Jesús Ochoa; una tercera con la reposición de El filósofo declara de Juan Villoro que ahora vuele a escena en el Foro Shakespeare y, en cuarto lugar, el Don Giovanni o el disoluto absuelto de Saramago. Ya sabemos que no hay quinto malo, así que está preparando la reposición y nueva versión de Las obras completas de Shakespeare (abreviadas) que podremos disfrutar a partir de julio de este año. Sin duda y, desde este punto de vista, 2012 es el año de Tony Castro.

Saramago decide darle la vuelta a la trama original de Lorenzo Da Ponte y de entrada nos presenta al bien dotado Don Giovanni (Martín Altomaro), asistido por Leporello (el genial Carlos Cobos), su sirviente, quien después de establecer un diálogo con doña Elvira (Lucero Trejo) le canta el aria del Catalogo: Señorita, el catálogo es este… de las bellas mujeres que ha tenido mi patrón … lea conmigo —le dice a una de las tantas mujeres que había probado las mieles del amor de don Giovanni— en Italia, seiscientas cuarenta; en Alemania, doscientas treinta y una… ¡Ah!, pero, en España… son ya… mil tres… Hay de todo, campesinas, camareras; hay condesas, baronesas, hay marquesas y princesas...

El Comendador es el invitado de piedra que camina sobre sus coturnos que lo magnifican, ayudado de un báculo y su bastón pues viene del otro mundo para llevarse al disoluto a los infiernos. ¡Pero, verán la sorpresa que se lleva!

Mientras, entra y sale doña Ana y Zerlina (Erika Koré), la primera con su Octavio y la segunda lejos de su Masetto, dos papeles que hace Rodolfo Blanco con un espléndido don Octavio. Pero como ya dijimos, para bailar tango se necesitan dos y por eso, Saramago defiende al vapuleado Giovanni, pues se puede jugar al amor y disfrutar al hacerlo sin necesariamente caer en las garras de esas mujeres que desean ocultar sus deseos vehementes. ¡Pero, ya verán la sorpresa que nos llevamos!

La escenografía, vestuario e iluminación es de Mónica Raya, artista que sabe darle al director lo que la obra pide y necesita: la sala de Don Giovanni con unas plataformas que nos permiten mantener la atención en la trama y en sus personajes. El vestuario de doña Ana no podía ser mejor: cuando vemos a Lucero Trejo en busca de su amante acompañada de don Octavio, no puede ocultar su cachondería ni su hipocresía culpando a los don juanes de esta vida: ¿dónde hemos visto estas escenas? ¡Ah, sí, por ahí o por allá, pero nada mejor que verlo en el escenario porque, sin duda —como decía Vargas Llosa— “este es el mejor simulacro de la vida.” 

jueves, 8 de marzo de 2012

La vida a través de los cuentos de hadas

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 10 de marzo del 2012.
Gustavo Doré. Caperucita Roja asombrada de estar junto al Lobo feroz.
El cuento de hadas transmite al niño una comprensión intuitiva e inconsciente de su naturaleza y de lo que puede ser su futuro si llega a desarrollar sus potenciales positivos, dice Bruno Bettelheim en este libro tan claridoso como es el Psicoanálisis de los cuentos de hadas (Paidós, 2010) y al leer esto me quedo perplejo y, más adelante vuelvo a considerar los beneficios que puede haber cuando les contamos a nuestros hijos o nietos los cuentos, por ejemplo, de los hermanos Grimm.

Son tantos los beneficios que reciben cuando escuchan estos cuentos, sobre todo, si se los repetimos una y otra vez para que les vaya cayendo el veinte y vayan encontrando, poco a poco, el sentido a la vida y vayan estimulando su imaginación que le va a ayudar al desarrollo de su intelecto, a clarificar su emociones, a ponerse de acuerdo con sus ansiedades y con sus aspiraciones, a reconocer sus dificultades y, al mismo tiempo, a imaginar posibles soluciones a los problemas que tanto los inquietan, pues todos los cuentos de hadas tienen un final feliz.

Como en el Sueño de una noche de verano que es un sueño y una obra de teatro que parece un cuento de hadas, sobre la que acabo de publicar una nueva versión y ofrecí un taller a un grupo de lectores fuera de serie, estuvimos de acuerdo que tiene un final tan feliz que es una alternativa para entender que en esta vida hay esperanzas y puede haber una salida y en este caso es tan, pero tan feliz, que parece campana.

Con los cuentos de hadas los niños podrán entender y aprender más sobre sus problemas internos y sus soluciones que con cualquier otra cosa. Cuando el niño lo escucha, sin que se lo interpretemos, él mismo lo va digiriendo una y otra vez, para lograr, mágicamente, comprender que es parte de un mundo complejo y que puede haber una luz al final del túnel.

Los cuentos de hadas que le contaron a Schiller le sirvieron más que lo que la realidad de la vida le enseñó, pues estas le hablaban de sus problemas y, lo que es increíble, de las soluciones sin culpa alguna: la madrastra o la bruja es la mala, no su madre; el padre es el terrible dragón y el niño es siempre el tonto, el débil de la familia pero que se atreve a ir al fondo de las cosas y aceptar los consejos del horrible sapo —nuestro inconsciente—, y con estos elementos es como va elaborando y visualizando cómo puede triunfar en la vida, derrotar al dragón y llevarse a la princesa.

Hay que contarles a los niños los cuentos de los hermanos Grimm sin interpretarlas para que ellos tengan nuevas dimensiones —como dice Bettelheim— a las que sería imposible llegar por sí solo. pues la forma y la estructura de estos cuentos sugieren al niño imágenes que le servirán para estructurar sus propios ensueños y canalizar mejor su vida.


miércoles, 7 de marzo de 2012

El rayo que penetra por todas partes

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 8 de marzo, 2012.

Un pañuelo como si tuviera alas de Hugo X. Velásquez.
¿Cómo es que una idea plasmada en un objeto de cerámica, como puede ser un pañuelo de porcelana con alas, nos provoca una serie de asociaciones que tienen que ver con el liderazgo, como si el arte pudiera inspirarnos? Esto es lo que hemos experimentado ahora con algunas piezas que hizo en vida Hugo X. Velásquez (1933-2011) expuestas en el Taller de la Casa Luis Barragán. ¿Cómo es posible que esas piezas de arte nos lleven a considerar la importancia de la belleza en nuestra vida profesional, sobre todo, si las relacionamos con ese equilibrio de las fuerzas que debe haber entre las partes, como sucede en este caso con la cerámica? Tal vez por eso debemos abrevar en esa fuente que es el arte y en este caso del arte de la cerámica de alta temperatura que es producto de la mezcla de cuatro elementos y que son los mismos de lo que estamos hechos: tierra, agua, aire y fuego, con los que podemos establecer una correspondencia directa y múltiple.

En los años sesentas nace el arte conceptual y los artistas de esa corriente deciden que la forma física no es lo esencial para la presentación de sus conceptos que, a su vez, son el punto de partida para hacer sus obras de arte: ergo, los artistas conceptuales se saltan los objetos y presentan sus ideas utilizando el lenguaje escrito como este que tenía Hugo en su taller: dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras, como lo escribió Juan Rulfo al final de Pedro Páramo y que Hugo aprovechó para hacer un montón de piedras de cerámica inspirándose en la literatura para hacer una obra de arte.

Hugo nunca abandonó la mezcla de los cuatro elementos, mucho menos su presencia en el espacio, una vez que han sido transformados —mágicamente—, en un horno de alta temperatura, para ver cómo sale cada uno con su propia transparencia, fragilidad y belleza. Y nosotros, como espectadores de este arte, nos dan ganas de interiorizar su belleza y preguntarnos si el liderazgo que ejercemos considera estos mismos parámetros, incluido su concepto porque, según el humanista y filósofo florentino Marsilio Ficino (1433-1499) la belleza es un acto, o más bien un rayo que penetra por todas partes: primero en la mente angélica; después en el alma del universo y en las otras almas; en tercer lugar, en la naturaleza y, en cuarto, en la materia de los cuerpos. Y este rayo adorna la mente con el orden de las ideas; llena el alma con el orden de las razones y fortifica la naturaleza como semillas vistiendo la materia de formas.

Y esa es la conexión que podemos hacer con las piezas de Hugo, que es la misma que puede haber entre el arte y el liderazgo que tanto me interesa ahora porque veo que las acciones de un hombre, cuando hace bien las cosas, son como un rayo que logra penetrar por todas partes y nos llena el alma.

Nos hemos acercado a ver estas pequeñas obras de cerámica de Hugo y volvemos a quedar cautivados deseando tocarlas, darles la vuelta y contemplarlas una y otra vez para recordar que la belleza no tiene que ver con la escala de las cosas, sino con la sencillez, el equilibrio y la simetría que, finalmente, produce una sensación de paz y equilibrio, como si las fuerzas de la naturaleza se hubiesen puesto de acuerdo y cada una aceptara a las otras tres.

La cerámica es, en parte, producto del azar, pues no hay manera de predecir cómo el fuego y el humo de la horneada van a actuar en cada una de las piezas como los productos que se planean hacer de acuerdo a un plan que casi siempre sufre cambios a pesar de estar armado con la mejor de las intenciones. Muchas veces, el resultado es producto de las circunstancias que están fuera de nuestro alcance.

Si aceptamos el azar como parte de la vida y consideramos la belleza en el arte también como otra parte, entonces, tal vez, produciremos ese rayo que penetra por todas partes.

jueves, 1 de marzo de 2012

Qué cosa es saber y qué ignorar


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 3 de marzo, 2012.

La torre de St. Michel
Uno de los ensayos de Michel de Montaigne (1533-1592) lo dedicó a explorar cómo es que debería ser la educación de los hijos, un ensayo con el que hemos vuelto a comprobar la sabiduría de este hombre para expresar, desde su torre en St. Michel, lo que pensaba al respecto y que viene a cuento después de haber visto el documental De panzaso de Juan Carlos Rulfo basado en un texto de Carlos Loret de Mola en donde no hay nada nuevo, excepto el hecho de volver a sacar los trapitos al sol del sistema educativo.

“La mayor dificultad está en tener una acertada dirección y educación de los niños”, decía Montaigne y con eso establece el marco de referencia, pero sin perder de vista cómo debería de ser la educación nos dice “que el maestro comience a mostrar ante sus ojos el exterior de las cosas, haciéndolas gustar, escoger y discernir por sí mismo, ya preparándole el camino, ya dejándole en libertad de buscarlo”, y uno piensa cómo ahora con el mundo virtual hay mayores posibilidades de mostrar ese exterior de las cosas para que sean ellos los que puedan curiosear y aprender, mientras recorren los caminos de la vida si es que hay alguien que se los muestre porque, tal parece el ausentismo es sustantivo.

“Conviene que lo aprendido por el niño lo explique éste de cien maneras diferentes y que lo acomode a otros tantos casos para que de este modo pueda verse si recibió bien la enseñanza y la hizo suya.”

Eso es, explicar las cosas que vamos descubriendo y tratar de conectarlas con otras de tal manera que nos permita asociar lo aprendido con la realidad y una materia con la otra, y que así, las matemáticas resulten más interesantes si las puedo conectar con la geografía. Qué más si puedo asociar la belleza de las demostraciones geométricas con la poesía y así el Teorema de Pitágoras podría ser un poema de esta manera:

En un triángulo rectángulo,
el cuadrado de la hipotenusa
es igual a la suma del cuadrado de sus catetos.

Esta es una bella manera de enunciar una verdad y cómo un poema de Lope se puede convertir en teorema, cuando dice:

Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, e ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse.

Ojalá que los niños se atrevan a tocar los extremos entre el mundo abstracto de la poesía y el de las matemáticas para que encuentren que todo forma parte de un mismo universo. Entonces, los trapitos al sol de Rulfo en ese documental pueda servir para modificar un sistema que no cumple las expectativas mínimas y que las nuevas generaciones sepan, por lo menos, “qué cosa es saber y qué cosa ignorar.”


Shakespeare tras las rejas

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 1 de marzo, 2012.

Cesare deve morire, la ganadora del Oso de Oro de Berlín, 2012.
Hace años Rodrigo Johnson, amigo, actor y director de teatro, aceptó ir a la Islas Marías para coordinar un taller de teatro con algunos prisioneros arrumbados en el Pacífico. El año pasado, unos prisioneros de Santa Martha Acatitla, considerados como peligrosos, formaron su compañía de actores El Mago y presentaron obras en el Foro Shakespeare. Ahora, uno de los Osos de Oro de Berlín 2012 fue para los hermanos Paolo y Vittorio Taviani por el documental Cesare deve morire que filmaron en una de las prisiones de Italia en donde estos criminales han puesto en escena el Julio César de Shakespeare y acabamos de ver un programa que seguramente van a repetir en el canal de Film & Arts al que le han llamado: Shakespeare tras las rejas, dirigido por Hank Rogerson. El teatro en las cárceles se ha puesto de moda.

 Hank Rogerson se ha encargado de poner en escena durante casi un año a La tempestad de Shakespeare y por eso pudimos ver a esos actores, unos delincuentes convictos, asesinos y violadores, condenados dos veces de por vida que, de pronto, se ponen a llorar cuando declaman el Epílogo de esa obra, cuando Próspero tiene que decir: “ahora, es cierto, que pueden confinarme aquí o enviarme a Nápoles. No me dejen, pues ya he recuperado mi ducado y he perdonado al traidor; no me dejen en esta isla desolada, cautivo de su hechizo, mejor líbrenme de mis ataduras y si pueden háganlo con sus propias manos” y, el actor, uno de estos asesinos, tiembla después de haberse metido en la piel del personaje diciendo eso que, en verdad, es una súplica al público para que sean ellos los que puedan librar a Próspero de su exilio en esa isla.

Los convictos pagan una larga condena en la prisión de Luckett en Kentucky y uno de ellos aceptó hacer el papel de Miranda, la hija de Próspero que debería tener unos catorce años de edad. En las primeras reuniones, en donde se trata que el actor entienda cómo es el personaje y después de resistir las burlas de sus compañeros por tener que hacer el papel de una mujercita, este hombre trata de interiorizar su papel y para eso vemos cómo es que encontró similitudes que le hicieron temblar: Miranda quería saber quién era y por qué su padre había organizado un naufragio que ella había visto aterrada lo que pasaba. Próspero había considerado que ya era “tiempo de que conozcas más cosas… siéntate que he de hacerte saber mucho más” —y así empezó a contarle la historia de su vida a su hija Miranda que estaba angustiada—, pues ya “llegó la hora, el minuto en que debes abrir tus oídos.” 

Cuando ella hace un esfuerzo por acordarse de lo que había pasado cuando era bebé, él le insiste: “dime, ¿qué otras cosas ves en el oscuro abismo del pasado?”, y nosotros vemos al prisionero cómo se ponía en ese mismo lugar que nos decía: “desde que tenía siete años le preguntaba a mi madre quién había sido mi padre y nunca me supo decir. Por eso, cuando Miranda le pregunta lo mismo, ‘Señor, ¿no es usted mi padre?’, supe que le estábamos preguntando lo mismo con la misma angustia y por eso —decía el prisionero— sé que puedo hacer ese papel”.

Vemos a estos hombres desde tres ángulos diferentes: lo que son, lo que fueron y lo que van a representar y, como tienen todo el tiempo para explorar la compleja mezcla que hay entre sus remordimientos, la cólera y el anhelo de libertad, eso es lo que aprovecha Hank Rogerson con toda paciencia durante los meses que duran los ensayos —una vez por semana—, mientras somos testigos de los castigos que reciben, de la absoluta frialdad de sus actos que, por lo pronto, en el teatro, es lo único que tienen para poder ser o pensar ser en otra persona y cuando le dan el golpe, eso que tienen que decir lo transmiten con enjundia, como si el hervidero de los sapos y culebras que guardan en su caldera encontrara una salida.

Los habitantes de la isla en La tempestad tenían doce años exilados, años en los que Próspero planeó su futuro: casar a su hija con el príncipe de Nápoles y recuperar su ducado después de haberlo descuidado por haberse dedicado a “la elevación de su espíritu.” Los prisioneros mexicanos, italianos o de Kentucky tienen el mismo deseo de ser “librados de sus ataduras” y con Shakespeare pudieron experimentar su libertad por el tiempo que estuvieron en el escenario, haciendo el papel de otro, deseando salir de su encierro.