miércoles, 29 de agosto de 2012

Encuentro de teatro en San Miguel Allende


INFOSEL, Crónica cultural para el jueves 30 de agosto, 2012.
Sueño de una noche de verano: Oberon hechizando a Titania.
México D.F. a jueves 30 de agosto, 2012.— Si este fin de semana le faltaba un pretexto para ir a San Miguel de Allende, tal vez el Primer Encuentro de Teatro como el que han organizado John H. Morrow y la comunidad de esa ciudad Colonial para disfrutar del «mejor simulacro de la vida», como dice Mario Vargas Llosa. Entre otras cosas podrá ver, el viernes por la noche, la versión del Ricardo III (Un Sueño) con Erando González donde, como bien dice el maestro José Barba-Martín: «la maldad también seduce».

¿Cómo nos tenemos que sentir para ofrecer a cambio todo lo tenemos —o lo que teníamos— como ofrecer nuestro reino por un caballo que nos saque de la barranca? Ese fue el grito que dio Ricardo III al final de la batalla de Bosworth (en el siglo XV) cuando estaba perdido este «fascinante asesino y monstruo seductor», como dice Erando en la adaptación que hace de la obra original y que sabemos es un maldito villano que nos seduce con su, también, maldito sentido del humor negro como la tinta china, sobre todo, cuando lo escuchamos en sus soliloquio antes de la batalla y el otro, cuando seduce Lady Ana.

Primero manda matar a su hermano Clarence y culpa al hermano mayor, al frágil y enfermizo rey Eduardo IV, quien muere al recibir esta noticia como los toros de lidia. Luego, acaba con sus tres sobrinos: el mayor, heredero del trono; luego seduce a Lady Ana mientras entierra a su suegro (Enrique VI) y a su esposo (el príncipe), los dos víctimas del mismo Ricardo al final de la Guerra de las Rosas: «ha terminado el invierno de la destemplanza y ahora es el sol (sun-hijo-son) de York» el que calentará este reino de Inglaterra. (¡Ja, ja!, podríamos escuchar la risa interior de ese villano cuando declara esto). Lady Ana lo acepta y después de besarla triunfante este monstruo se voltea con nosotros y nos dice en un aparte:

¿Cuándo una mujer cedió a tal cortejo? 
¿Conocen a alguien que haya sido conquistada de esta manera? 
Maté al esposo y al padre y ahora se ha rendido a este odio extremo… 
sí, la tengo… sí, pero será por poco tiempo.

Al final de su vida desesperado pide: 

¡Un caballo! 
¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo! 

Y los espectros que le pesaban sobre su alma, son los que terminan venciéndolo en la batalla final.

El sábado por la noche podrán enterarse de la nueva versión que he hecho del Sueño de una noche de verano seguido de las leyendas de Píramo y Tisbe, con una representación de varios fragmentos de esa comedia con Margarita González Ortiz, Emilio Méndez y Jorge Ávalos, maestros de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y compañeros de la Cátedra de José Luis Ibáñez y que interpretarán varios papeles durante el Primer Encuentro de Teatro.

El disparador de la nueva versión que he publicado fue Ron Rosenbaum, un maestro de Yale que escribió Shakespeare War’s en donde nos dice cómo esa obra había sido un parteaguas en su vida. Como la lectura de las obras de Shakespeare y por ese paralelismo me puse a trabajar en esta nueva versión en español que me permitió clavarme a fondo en esto de los sueños. Fueron tres años de inmersión en ese tema, estructurada como su nombre lo indica, demostrando con esto el interés que puedo tener el mundo de los sueños, pues sabemos que estamos hechos de esa misma tela.

La puesta en escena que vio Rosenbaum en Stratford-upon-Avon (1970) le cambió la vida, por eso, los invito para que ojalá la experiencia que tengan ahora en San Miguel les podría cambiar la suya propia.

A Roma con amor y la dama de rojo


INFOSEL, Crónica cultural para el jueves 30 de agosto, 2012.

La princesa que quería vivir, con Audrey Hepburn y Gregory Peck (1953).
Cuando empieza la película con los créditos, nos animamos sólo de escuchar ¡Volare, oh, oh, oh, cantare, oh, oh, oh, oh, la canción ganadora del festival de San Remo (1958) que, desde entonces, es parte de nuestro repertorio y, tal parece, se ha convertido en un himno mundial que asociamos con Roma y esas mujeres bellas y estilosas que transitan en sus Vespas con un tráfico endemoniado —parecido al de la ciudad de México—, a mil por hora y casi siempre rodeando el Coliseo, tal como recordamos lo hacían Audrey Hepburn y Gregory Peck en La Princesa que quería vivir, (Roman Holiday).

Felice di stare lassù y volando, volando felice… pero tal parece que ahí se acaba la magia de la más reciente película de Woody Allen en donde repite, con más o menos los mismos trucos, más cargada hacía el absurdo que en otras versiones: historias en paralelo que suceden en Roma —supongo que también ha pagado la producción, como Vicky Cristina Barcelona (2008) o París a la media noche (2011) con todo y la actuación de Madame Sarkosy.

A Roma con amor (2012) nos pareció una fórmula que se ha gastado y nos dio la impresión que fue hecha muy rápido —antes de que Italia se declarara en quiebra— y con tal prisa para parece que descuidó algunos aspectos que ahora resultan barrocos, confusos y fuera de lugar o, a lo mejor, para la elaboración del guión Allen utilizó a un ghost writer pues algunas bromas son francamente malas.

Penso che un sogno cosa non ritorni maiDe pronto, una buena fantasía: se abre la puerta y entra, desenfadada, ofreciéndose de cuerpo entero sin costo alguno, Anna, la bella Penélope Cruz, la dama de rojo, guapa y simpática prostituta que resalta en medio de una pareja provinciana y conservadora con una historia increíble y una actuación perfecta que tanto disfrutamos.

Nel blu, dipinto di blu, felice di stare lassù… Varias historias adicionales: un nostálgico arquitecto que regresa a Roma y se convierte en un especie de fantasma; un enterrador italiano —ahora consuegro de Woody Allen— que canta Pagliacci de Leoncavallo —esa historia de ese esposo celoso y su mujer, ambos actores de la comedia del arte—, donde el gringo resiste su forzoso retiro y logra que se presente en la Scala de Milán cantando esa ópera desde una regadera portátil. Buena anécdota para ser contada pero, llevada a la realidad, resulta chusca, absurda, larga y carente de buen humor que casi siempre es bueno por breve.

Mentre il mondo pian piano spariva lontano laggiù… Tal vez éramos nosotros los que no estábamos de tan buen humor. Es posible, pues esto del cine es un viaje de ida y vuelta pero, en caso de que no estuviéramos de “humor”, sabemos que cuando es bueno, nos contagia y se nos aplaca el ceño fruncido para salir agradecidos, como tantas veces ha sucedido con Woody Allen.

Una musica dolce suonava soltanto per meUna característica de las obras de Allen es su música: conoce a los gigantes del jazz y tiene buen gusto para integrarlo a sus películas. Ahora, fuera del inicio estelar, nos deja vacíos, con fragmentos operísticos desde la regadera olvidándose de todas esas otras canciones como Volare! que fueron premios de San Remo y que llegaban a México para integrarse a nuestro repertorio como si fuesen parientes cercanos.

El absurdo es un criterio válido en una obra de arte, pero ahora no entretiene tanto, sobre todo, si está forzada. En fin, a todos nos puede pasar que, por repetirnos, se gasta el buen humor. 

lunes, 27 de agosto de 2012

La huella inolvidable


Neil Armstrong pisando la Luna, 1969.
El 20 de julio de 1969, hace cuarenta y tres años, nos invitó el poeta y cineasta Jomí García Ascot a su casa en Polanco para ver la llegada del hombre a la Luna, la noticia más deslumbrante del año y una demostración fehaciente de aquello que decía Hamlet cuando decía (o tal vez, se burlaba en medio de la podredumbre que había en Dinamarca):

¡Qué obra de arte es el hombre! 
¡Cuán noble por su razón!
¡Cuán infinito en facultades!
En su forma y movimientos, ¡cuán expresivo y maravilloso!
En sus acciones, ¡qué parecido a un ángel!
En su inteligencia, ¡qué semejante a un dios!
Belleza del mundo, parangón del reino animal!

Las expectativas, las dudas y una de las grandes proezas del hombre pasando en vivo y en directo en la pantalla chica y a las altas horas de la noche. Los niños, como lo eran, no pudieron aguantar la desvelada y por ahí se quedaron hechos bola, con el “run, run” o más el bien el “roger” que se escuchaba desde la nave en la TV, una vez que establecieron contacto con los astronautas.

No recuerdo haber salido para ver la Luna, como tampoco me acuerdo si estaba visible, pero en nuestra imaginación veíamos a estos hombres hechos bola también, acercándose a la superficie arenosa del satélite, mientras que la araña espacial tocaba con sus patas abiertas la superficie virgen hasta ese día y al rato, ver cómo descendía el hombre en la persona de Neil Armstrong (1930-2012) —mismo que, como ya saben, falleció la semana pasada—, y todos con la boca abierta viendo cómo salía éste que era el comandante de la nave espacial del Apolo 11, que viajó acompañado de Michael Collins y Edwin E. Aldrin, uno de ellos con la cámara en la mano, para grabar cuando diera sus primero pasos, brincando como lo hacíamos en el Kinder, sabiendo que la fuerza de gravedad era menor que la que experimentamos en la madre Tierra.

Ahí está esa foto, ahí la huella que dejó este hombre en la Luna y que todavía lo recordamos, una huella que hablaba, como Cristóbal Colón lo hizo en su tiempo, de haber podido conquistar lo desconocido, de tocar territorios que nunca antes se había tocado y de llegar, por arte de la ciencia y la tecnología a este satélite que desde siempre ha sido la inspiración de tantos poetas.

Es la reina de la noche, esa por la que no debemos jurar, pues es inconstante y cambia cada mes en su órbita redonda y si lo hacemos, no vaya a ser que ese amor sea como ella y se vuelva caprichoso. La Luna de García Lorca o de Amado Nervo o de Chopin, pero la Luna siempre como nuestra compañera del insomnio, y de los amores imposibles.


jueves, 23 de agosto de 2012

Buscar la belleza con sensualidad


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 25 de agosto, 2012.

Estancia de la casa en Cuernavaca m Mor., de Andrés Casillas de Alba.
Guadalajara es una ciudad que tiene buen prestigio en diferentes áreas. Una de ellas es la arquitectura y esos arquitectos que han diseñado y hecho obras con tal significado que logran inspirarnos moral y espiritualmente como si encontráramos en ellas una conexión entre lo visual y lo local, entre el talento y el ambiente de esta plácida ciudad.

El pasado miércoles se llevó a cabo en la ciudad de México el Simposio Detrás del libro en donde vino de Guadalajara el arquitecto Juan Palomar para hablar de uno de los libros de la colección Monografías de arquitectos del siglo XX editada por Arabella González Huezo y la Secretaría de la Cultura de Jalisco en el 2006, una colección que trata sobre la vida y las obras de varios arquitectos, entre ellos, la del arquitecto Andrés Casillas de Alba, Premio Jalisco de Arquitectura 1996, un solitario que desdeña modas y convenciones —como dijo Palomar—, cuya obra implica una poética depurada y restringida, que trata de hacer del futuro usuario un cómplice de su misma estética que luego se expresa en los detalles que hacen que sus obras sean deliciosamente habitables.

Afortunado por habitar en una de ellas en Tlalpan, al sur de la ciudad de México, tengo algo que decir y que tiene que ver con eso que decía Alain de Botton, pues es una obra que da fe de una felicidad en donde la arquitectura contribuye en particular y hace visible lo que deseamos ser, así como, disfrutamos de esa belleza carente de espectacularidad, frágil pero que todos los días nos conmueven.

Andrés Casillas de Alba convierte un espacio en algo que se antoja habitar y que, por una parte, es un magnífico refugio —como sugería John Ruskin— y a la vez, nos habla de lo que consideramos importante y que en realidad es una expresión de nuestros deseos de ser y estar en este mundo.

Mi pasión por la arquitectura nació de manera espontánea. Desde siempre estaba haciendo dibujos de casas, proyectos y perspectivas… Otro antecedente de mi oficio fue la visión que tuve de la casa de Luis Barragán desde que tenía ocho años y acompañaba a mi mamá que era su amiga desde la infancia. Había una magia poderosa en esos rincones, en esos patios, en las fuentes… y todo aquello  quedó grabado, con pureza y nitidez, como en una tabla rasa… esa arquitectura era como una corriente subterránea que me atraía poderosamente… —tal como le confesó el arquitecto y quedó publicado en esa monografía.

En sus obras existe esa parte de irracionalidad que tiene que ver más con el campesino, con el pescador que hace su palapa. Algo que tiene que ver, sobre todo, con la búsqueda de la belleza, con la sensualidad y con el olfato. Tal vez por eso, los que habitamos una de sus obras, encontramos una expresión material de lo que es tener una buena vida.