viernes, 28 de septiembre de 2012

Cómo leer para uno mismo

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 29 de septiembre, 2012.


Es probable que Proust (1871-1922) haya leído el Soneto 30 de Shakespeare para tomar de ahí el título para su obra maestra: En busca del tiempo perdido. El primer cuarteto de ese Soneto en una versión libre dice:

Cuando he estado en apacible y silenciosa meditación,
se me ocurre ir en busca del tiempo perdido, 
suspiro al recordar tantas cosas anheladas y esos viejos dolores, 
así como añoro la dicha (inicua) de perder el tiempo.

Otros autores han tomado otros versos para usarlo como título de sus obras: El sonido y la furia (1929) de William Faulkner, tomado de Macbeth o Lo demás es silencio (1996) como lo reservó Augusto Monterroso tomando las últimas palabras de Hamlet antes de entregar el equipo.

Cuando empezamos a leer a Proust parece que entramos a un laberinto pero, en realidad, lo que pasa es que el narrador se toma las cosas con calma y nos explica primero lo que se imagina, luego, si puede hacerlo nos cuenta su experiencia real que, por cierto, no tiene que ver con lo imaginado y, para terminar, muchas páginas después, reflexiona sobre lo que ha visto y lo contrasta con lo imaginado y así es como salimos de ese laberinto como si fuera el hilo conductor que Ariadna le tendió a Teseo.

Tal como se lo explicó a Céleste, su muchacha, una manera de leer una obra debe ser parecida a ver los cuadros, es decir, relacionando, las figuras representadas con esas personas que conocemos (por ejemplo, ver los parecidos que encontremos en el cuadro de Vermeer). Tal vez por eso leo a Romeo y Julieta encuentro un parecido notable entre Verona de esa obra y Tepatitlán en los Altos de Jalisco —donde los Casillas teníamos casa y rancho— en ese parecido notable entre los Capuleto y los Montesco, por ejemplo, con los Navarro y los Cruz, pues los dos expresaban su odio empujados por unas razones cuyo origen nadie conocía bien a bien.

Proust —dice Alain de Botton en el segundo capítulo de Cómo cambiar tu vida con Proust—, nació en el seno de una familia que se tomaba muy en serio lo que hay que hacer para que los demás se sientan mejor, una conducta que asociamos con otros que conocemos y que son capaces de cualquier cosa para que nos sintamos mejor durante la cena a la que nos han invitado o en la que coincidimos.

Pero, al mismo tiempo que proponía esto, resulta que la señora Laura Hayman (1851-1932), amiga que coqueteaba con varios hombres en Paris y con escritores y artistas, rompió relaciones con Proust cuando leyendo Por el camino de Swann se reconoció en el papel de Odette y aunque Proust puso lo mejor su diplomacia, la ofendida Laura nunca volvió a hablar con él.

Todo lector es el lector de su propio yo —dice Proust— y sus obras son un espejo para podamos vernos y entender aquello que, sin el libro, nunca habría sido capaz de experimentar por sí mismo. ¿No cree usted?

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Zi Dan en medio de la corrupción en China

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 27 de septiembre, 2012.

El maquillaje excepcional de los cantantes de la ópera china.
Así como cada año llega el otoño para refrescar el ambiente, desde hace cuarenta años llega por estas fechas el Festival Internacional Cervantino a la ciudad de Guanajuato listo para inaugurarse el próximo miércoles 3 de octubre y clausurarlo veinte días después, el 21 de ese mes, con espectáculos de todo tipo. Poco de lo que se presenta en esa ciudad viene a la ciudad de México, pero, en esta ocasión, sabemos que vendrá el Shangai Peking Opera Troupe al Auditorio Nacional el día 11 con La venganza del príncipe Zi Dan, una ópera basada en Hamlet de Shakespeare para ver cómo es que ese príncipe se desenvuelve en medio de la corrupción en China, hasta que puede vengar la muerte de su padre.

Durante tres fines de semana Guanajuato hace su otoño con el turismo y por eso, los hoteles y las calles se llenan de gente que durante el día disfruta al aire libre viendo a los mimos ejercitan sus músculos faciales y los por la noche, después de lo que vayan a ver, los antros se abarrotan con altos decibeles del punchis-punchis sin importar lo que digan los vecinos: son días para tirar cohetes.

Los países que son los invitados de honor participan de tal manera que imagino les permite a los organizadores bajar sus costos. Este año vendrá de Austria la Camerata Salzburgo; Polonia traerá al Teatro Piens Kozla con una versión de Macbeth y Suiza participa con la Camerata de Berna, y de México, Luis Mario Moncada presenta con la Royal Shakespeare Company Un soldado en cada hijo te dio fusión que ha hecho entre el Código Tenoch y la villanía que el bardo ha expresado, entre otros, en su Ricardo III.

No hay duda que los artistas nos abren los ojos y hacen que veamos las cosas que, a lo mejor, por las prisas de todos los días, nos pasan desapercibidas. Ellos son los que provocan una especie de felicidad si nos permiten ver algo que pasó inadvertido, aunque esté en chino, como puede ser la angustia del príncipe Zi Dan cuando descubre la corrupción que existe —ahora en China— hasta que un guardia exclama asombrado que algo está podrido y, a partir de ese asombro, deja pasar el tiempo hasta que reacciona, como seguramente lo va a cantar la troupe china para que confirme si lo que le dijo el espectro de su padre era o no cierto. Para sobrevivir, se hace el loco en medio de ese mundo que apesta.

La ópera china la asocio con M. Butterfly, una otra obra de teatro que vimos hace años en Nueva York, en donde un europeo se enamora de una cantante de la ópera china que, además de ser cantante era espía y en lugar de ser mujer era hombre —asombrados, vemos cómo se transformaba en nuestras narices—, pues los cantantes eran (no sé si lo sigan siendo) de sexo masculino, como los actores de la Inglaterra isabelina. Desde niños forman parte de la compañía y aprenden a cantar, a maquillarse y a moverse con delicadeza femenina, cantando en ese idioma que nos resulta extraño, pero que no por eso menos bello —con sus ritmos y melodías— y exquisitos cuando expresan con claridad los sentimientos desde que alguien se pregunta ¿quién va? —que tratamos de responder, como si nos preguntaran a nosotros—, hasta que, antes de expirar Zi Dan sabe que lo demás es silencio.

Los polacos ponen en escena en Guanajuato la versión de Macbeth, el lado oscuro del poder de un escocés que, después de su regicidio, sabe que no volverá a dormir: ¡Macbeth ha matado al sueño! El inocente sueño, el sueño que teje sin cesar la maraña de preocupaciones, la muerte del ir viviendo cotidiano, el baño de la fatiga, el bálsamo de la heridas de la mente y el plato fuerte en la mesa de la Naturaleza, el principal alimento del festín de la vida.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Cómo amar la vida hoy mismo

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 22 de septiembre, 2012.

Marcel Proust (1871-1922).
Hace años, el suizo Alain de Botton escribió Cómo cambiar tu vida con Proust (Punto de Lectura, España, 2001) un libro que intenta ser un manual de ayuda, basado en la vida y obra de Marcel Proust (1871-1922) en donde despliega nueve posibilidades que pueden cambiar nuestra vida, empezando con aquello que debemos saber para disfrutarla hoy mismo, no mañana, ni ayer, sino hoy mismo.

Como sabemos, Proust se dedicó a buscar aquello que consideraba el tiempo perdido, como lo hizo con Sabia virtud el poeta Renato Leduc que recuerda la necesidad de “amar a tiempo y destarase a tiempo”, así como, “la dicha inicua de perder el tiempo”:

Amar queriendo como en otro tiempo
—ignoraba yo aún que el tiempo es oro—
cuánto tiempo perdí ¡ay! cuánto tiempo.
Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,
amor de aquellos tiempos, cómo añoro
la dicha inicua de perder el tiempo.

Proust parece que le hizo caso a su madre cuando ésta le preguntaba cómo le había ido en tal parte y él contestaba con pocas palabras lo que había pasado y ella lo regañaba diciéndole: No, hijo, no vayas tan de prisa (N’allez pas trop vite!) Claro, para encontrar ese tiempo perdido se tardó más de una década, ocupó siete tomos y dos millones y medio de palabras para terminar su narración.

La persona que nos cuenta toda esa vida, sufría de asma y de otras cosas y por eso desarrolló una capacidad imaginativa que, en la obra está estructurada de la siguiente manera: primero nos da su versión “antes” de conocer cualquier cosa, imaginando cómo podría ser; luego, si tiene oportunidad de conocerlo (Venecia o el teatro con Fedra de Racine), escribía sobre el hecho, es decir, “durante” y, para concluir, después de cada cosa que conocía nos daba una versión, es decir, “después” con una reflexión sobre lo sucedido y su comparación con lo imaginado: antes, en y después.

Alain de Botton se pregunta por qué nos dedicamos con tanto ahínco a la infelicidad y por qué es un tema que traemos a flor de piel en cualquier reunión: “sentimos —dice de Botton—, un gran apego a la vida en cuanto nos damos cuenta de la inminencia de la muerte” y, por eso, sugiere que no es la vida en sí lo que hemos dejado de disfrutar si el fin no está a la vista, sino que, “lo que hemos dejado de apreciar es nuestra versión cotidiana de la vida... y, por eso, nuestras insatisfacciones son consecuencia de nuestra manera de vivir”, que es precisamente lo que tenemos que cambiar.

El título En busca del tiempo perdido no siempre le gustó a Proust, aunque sí apunta al tema central: “ponerse a buscar las causas que subyacen tras la disipación y la pérdida del tiempo” y nosotros recordando esos años cuando disfrutábamos de “la dicha inicua de perder el tiempo.”

miércoles, 19 de septiembre de 2012

El curioso incidente del perro a medianoche

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 20 de septiembre, 2012.


El dramaturgo Simon Stephen y Mark Haddon, el autor.
¿Cómo creen que pueden ver el mundo y lo que les rodea aquellos que padecen el síndrome de Asperger? ¿Cómo se imaginan que pueden enfrentar la vida, con ese especie de autismo, combinado con una especial sabiduría en matemáticas y una memoria fotográfica, además de ser observadores en extremo y genéticamente incapaces de decir una mentira? ¿De qué manera podrían enfrentar el hecho de que la imagen de su padre haya caído por los suelos justo cuando descubren cosas que los dejan sin habla, como puede ser cuando su padre les ha mentido diciéndole que su madre había muerto mientras ocultaba las cartas que le mandaba a su hijo desde Londres, hasta que el susodicho las descubre arrinconadas en el closet? ¿Qué pensar de quien descubre al que había matado a Wellington, el French-poodle de su vecina, un perro insoportable, nerviosito y chiqueado, mascota de la señora Shears (una de las alegres comadres de Windsor o Copilco, para hacerlo más local)?

Este es el tema de la novela de Mark Haddon (1962-), escritor, ilustrador, pintor y profesor que trabajó algún tiempo con personas con deficiencias físicas y mentales, para luego escribir su primera novela en el 2003 como El curioso incidente del perro a media noche (tomado, según dice en el programa, de un comentario que hace el buen Sherlock Holmes en Silver Blaze de Sir Arthur Conan Doyle). En la novela, Christopher John Francis Boone sufre del síndrome de Asperger y habla en primera persona para contarnos todo lo que ha tenido que enfrentar para sobrevivir. Es la primera novela con la que su autor ganó varios premios y que ahora han hecho una obra de teatro con el mismo título, misma que van a transmitir en El Lunario (a un costado del Auditorio) el próximo martes 9 de octubre a las 20:00 horas desde el National Theater de Londres para que podamos disfrutar estas aventuras del joven Christopher, un extraño Holmes, que va descubriendo todo a pesar de todos los pesares, pues sabemos que por su enfermedad no comprende que significan las expresiones faciales y, con dificultad, entiende qué es eso de estar feliz o estar deprimido y que menos entiende de metáforas y de chistes o albures.

A Christopher sólo les gustan las cosas concretas, las cifras, es decir, el hard core de la vida. Es un joven que sueña que se mueren todos aquellos que no son como él y se despierta sin culpa alguna. Odia el amarillo y no puede soportar que, en el mismo plato donde le sirven la comida, se toquen dos diferentes alimentos: en ese instante deja de comer. El rojo es su preferido y por eso, si un día ve en la calle tres, cuatro o cinco coches seguidos con ese color, sabe que tendrá un día bueno, mejor o excelente, según el caso. Pero si son amarillos, ese día no come y deja de hablarle a la gente.

«Sé que puedo presentarme a la universidad para poder ser científico y lo sé porque fui capaz de ir a Londres yo sólo y porque resolví quién había matado a Wellington, así como, encontré a mi madre y fui valiente al escribir este libro. Por todo esto, creo que soy capaz de hacer cualquier cosa.»

Pero no vayamos tan de prisa pues cambiar de opinión para los que sufren ese síndrome toma su tiempo: ¿se pueden imaginar lo qué pensaba de su padre, después de haber descubierto que lo engeñó respecto a su madre? ¿Cómo volver a tenerle confianza?

Esto y más es lo podremos descubrir si vemos esta obra de teatro desde el mismo London Theater de Londres o si leemos la novela de Mark Haddon.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Ernesto de la Peña, ahora se asoma desde el cielo.


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 15 de septiembre, 2012.
Por ahí debe de andar asomándose...
Pocas son las personas que tienen el don la memoria, un oído especial para la música y para los idiomas, una manera de ser más cerca de la bondad y de la modestia combinada con el buen humor y la sonrisa amable que lo localizaba siempre lejos de la pedantería y de la vanidad. Este hombre era Ernesto de la Peña (1927-2012), amigo recién fallecido casi a los 85 años de edad, después de haber tenido una vida plena donde almacenó todo lo que escuchaba, leía o veía para luego conectarlo con el presente y de esa manera hacer que la leyenda y el mito tuvieran su lugar en la vida actual.

Cuando fui editor en los 80’s lo buscaba para que me aconsejara y para ver si se nos ocurría algo que pudiéramos hacer juntos. Nos citaba en su departamento en la calle de Mazatlán y no era sorpresa que, al mismo tiempo, estuviera por un lado, un grupo escuchando una ópera que poco antes les había explicado en detalle y, en otro cuarto, dos rabinos discutiendo con él, gis en mano, la versión del Sánscrito en los recién descubiertos papeles del Mar Muerto. Mientras, hacíamos antesala o ante-biblioteca más bien, curioseando y moviendo la cabeza de lado, cambiándola según si los títulos estaban en lengua extranjera para leerlos de abajo para arriba o viceversa cuando eran obras en español, tal como estaban los títulos en los lomos de sus libros que guardaba con especial cuidado.

La modestia era su sello y por eso me atreví a buscarlo varias veces para hablar con él, regalarle alguno de mis apuntes o versiones sobre las obras de Shakespeare y hablar un poco de lo que nos viniera a mente o quedar ir a comer a un buen restaurante para hablar con su mujer de vinos, pues era una experta que tenía trabajando años en ese tema.

Lo buscaba en la biblioteca de la Fundación Telmex y ahí nos tomábamos un café mientras se preparaba sus comentarios en radio para aquel programa que se llama Música para Dios en donde cada sábado nos ofrecía versiones de los grandes compositores, misas, cantatas o réquiem's en donde me decía que el Requiem de Mozart era una estrategia clara para convencer a quien corresponda, para que le permitieran su ingreso y, para eso, había utilizando toda clase de artilugios, alabanzas y disculpas, hasta que podía ver con los oídos cómo es que se abrían las puertas celestiales a quien hubiese sido víctima de la guadaña.

Era erudito e instruido en varias ciencias  y artes que guardaba en su memoria prodigiosa para luego atar y desatar cabos y nudos gordianos con tal facilidad que parecía que tenía entre sus manos una liga de hule a la que sólo había que darle de vueltas y ¡listo!

Cada vez que volteo al cielo y veo esas nubes pachonas, pienso que es él que se asoma con sus barbas blancas a ver qué barbaridades hacemos.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

De la suave a la ruda patria


INFOSEL, Crónica cultural del jueves 13 de septiembre, 2012.
El escritorio y la recámara del poeta donde soñaba con Fuensanta.    
En estos días de fiesta, visitar la casa donde vivió y murió el poeta Ramón López Velarde (Jerez, Zacatecas, 1888 - Ciudad de México, 1921), y volver a leer Suave Patria (1912) resulta ser una experiencia que la asocio con el nacimiento de México como nación independiente, tal como la estamos celebrando, pues vemos con los oídos cómo se imaginó esa patria denominada “Suave” en la imaginería del poeta que, para estos días, ha resultado ser más bien “Ruda” y que se antoja un día pueda volver a ser tal como la imaginó el poeta cuando empieza diciendo:

Yo que sólo canté de la exquisita
partitura del íntimo decoro,
alzo hoy la voz a la mitad del foro
a la manera del tenor que imita
la gutural modulación del bajo,
para cortar a la epopeya un gajo.

Así inicia esa puesta en escena donde el poeta desea subirse al escenario como tenor para imitar la voz del bajo profundo —como en la ópera—, antes de que salga de su ronco pecho algunos aspectos que nos conmueven desde hace casi un siglo, como era el paisaje de la patria que, a estas alturas de la vida, nos suenan más bien como inocentes propuestas de alguien que está lleno de nostalgia por el amor edípico hacia la “madre” Patria.

Visitar La casa del poeta como le llaman a ese hogar donde López Velarde vivió desde 1912 hasta que murió y que está en la calle de Álvaro Obregón 73, en la colonia Roma Sur en la ciudad de México, es una experiencia parecida a la de visitar un templo austero o humilde en donde vivió uno de esos creadores de imágenes y de historias hechas de palabras como versos musicales que riman y que descubren lo que está detrás, de lo secreto y de lo oculto.

Navegaré por las olas civiles
con remos que no pesan, porque van
como los brazos del correo Chuán
que remaba la Mancha con fusiles.

El correo Chuán o esos mensajeros que corrían día y noche para llevar mensajes en las antiguas civilizaciones, armados con fusiles que a veces podían usar como remos.

Cuando entramos a su recámara se impone el silencio y como una centella se nos viene encima aquello que escribió el poeta y que tan bien comprendemos en ese Lacónico grito:

Siempre que inicio un vuelo
por encima de todo,
un demonio sarcástico maúlla
y me devuelve al lodo.

Como si los dioses tuviesen envidia de aquellos que desea iniciar el vuelo y hacerlo por encima de todo y evitándolo nos regresan al mismo lodo.

Al fondo de su habitación está su cama y, al lado ese escritorio donde nos dan ganas de sentarnos y escribir nuestro agradecimiento antes de subirnos al escenario y recordar lo que vamos a decir:

Diré con una épica sordina:
la patria es impecable y diamantina.

Y volver a pensar en la madre Patria, suave como él le llama y que tantas ganas nos dan de poder cuidarla y hacer lo que sea para que los nietos escuchen esa música de selva:

Con que modelaste todo entero
al golpe cadencioso de las hachas,
entre risas y gritos de muchachas
y pájaros de oficio carpintero.

Por ahí está el espejo a través del cual veía al Jerez de la infancia donde escuchaba el canto de la alondra como el de la amante con la que había despertado esa mañana, para comulgar con el poeta y recordar aquello que le dijo a su verdadera madre:

Cuando me sobrevenga
el cansancio del fin,
me iré, como la grulla
del refrán, a mi pueblo,
a arrodillarme entre
las rosas de la Plaza,
los aros de los niños
y los flecos de seda de los tápalos.

Una experiencia que habla de su vida y una ocasión para ponernos en sus zapatos y extrañar, como él lo hacía, el olor a la naranja agria y reconocer que si un día regresamos que el húmedo corpiño de Genoveva, puesto a secar, ya no baila arriba del tejado.

Se antoja declamar Suave Patria como lo hace con su voz de tenor mi amigo Salvador Laborde para decir, sin que le tiemble la voz:

Patria: tu superficie es el maíz,
tus minas el palacio del Rey de Oros,
y tu cielo, las garzas en desliz
y el relámpago verde de los loros.

Y celebrar así este fin de semana la tan ansiada independencia.