miércoles, 28 de noviembre de 2012

La clemencia de Tito, atributo divino


INFOSEL, Crónica cultural del jueves 29 de noviembre, 2012.
Propuesta escenográfica de Giorgio Fuentes, Frankfurt, 1799.
El tema es la clemencia, es decir, la compasión o la manera de atemperar la justicia, tal como lo puede hacer un procurador de justicia, un demandante, un rey o el emperador Tito Vespasiano quien asumió el poder en el año 69 hasta el día de su muerte, en el año 79 de nuestra era. Era un hombre poderoso que perdonó a su amigo Sexto y a Vitelia amante de este hombre y futura emperatriz, a quien había chantajeado para que hiciera lo que ella quería, que, por lo pronto, era matar al emperador Tito en el Capitolio cosa que intentaron para fracasar y ser detenidos sin lograr su propósito para ser perdonados por Tito.

Atemperar la justicia cuesta, sobre todo con esos que consideramos cercanos y que hemos descubierto que nos han hecho o han intentado hacernos daño. La clemencia de Tito y su capacidad para perdonar es un atributo de Dios, como pensaba la bella Porcia después que salió de Belmont rumbo al Palacio de los Duques en Venecia disfrazada de litigante para defender a Antonio, el mercader y amigo de su esposo, que había firmado como aval por un pagaré de tres mil ducados (más o menos un millón y medio de pesos), aceptando una cláusula fuera de lo normal: si no pagaba a tiempo, se cobrarían con «una libra de su carne fresca».

«Una de las características de la clemencia —diría la litigante Porcia al demandante Shylock— es que no sea forzada. Debe caer como cae la dulce lluvia del cielo en el campo para fecundarlo, de esta manera la clemencia es dos veces bendita: bendice al que la concede y al que la recibe. Ejerce su mayor poder entre los grandes, donde el signo de su autoridad sobre la tierra es el cetro, ese rayo de los monarcas con el que bien puede mostrar su poder temporal como atributo de su majestad y de su respeto y con el que hace temblar y temer a los reyes. Pero la clemencia está por encima de la autoridad del cetro; ella tiene su trono en los corazones de los reyes y es un atributo de Dios mismo y el poder en esta tierra se aproxima tanto como es posible al poder divino, cuando la clemencia atempera la justicia.»

Este es el tema de la ópera La clemencia de Tito de Mozart que estrenó en Praga en septiembre de 1791, tres meses antes de morir, inspirada en la Vida de los Césares de Suetonio para que Pietro Metastasio hiciera una primera versión que pasó a Caterino Tomasso Mazzolá, poeta de la corte, para hacer la versión definitiva en italiano. Se compuso para celebrar la coronación de Leopoldo II de Austria (1747-1792), ahora como rey de Bohemia.

Lo enredos son a tres bandas: Tito, el emperador, propone que sea Servilia su emperatriz y le pide a su amigo Annio que se lo informe; Annio y Servilia estaban enamorados y por eso, Tito rechaza la idea de entrometerse en eso; Vitelia, es una ambiciosa desenfrenada y celosa mujer que quiere acabar con todo lo que le estorbe. Tiene bajo control a Sexto (Elina Garnaca, la bella mezzo-soprano hace este papel) amigo de Tito. Vitelia logra convencerlo para que mate al emperador: «Parto, parto, ma tu ben mio» es el aria que canta Garnaca, apoyada con el clarinete que la sigue, como podremos verlo en la versión del MET de Nueva York el sábado 1º de diciembre a las 12:00 en el Auditorio Nacional. Sexto le avisa que se va para intentar asesinar a Tito, pues ha perdido la voluntad frente a la pasión de esa mujer.

Pero cuando Tito los perdona, su grandeza pasa a la historia, como pasó en esta historia que todavía se recuerda, sobretodo, contada en esta obra de Mozart poco antes que él también partiera.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Arquitectura emocional, patrimonio artístico


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 24 de noviembre, 2012.

Torres de Satélite, Patrimonio Artístico Nacional.

Hace 24 años, el 22 de noviembre de 1988 falleció en la ciudad de México el arquitecto Luis Barragán, artista que ha sido reconocido en el mundo y que sigue siendo una marca en la historia de la arquitectura mexicana del siglo XX.

En 1957 fueron construidas «como parte de un proyecto para una Plaza Monumental que marcaría la entrada a una nueva ciudad ubicada en el norte del Distrito Federal» —como dice Daniel Garza Usabiaga en su ensayo sobre las Torres de Satélite—, una obra diseñada por el arquitecto Barragán y el artista alemán Mathias Goeritz que ha trascendido y que este pasado 22 de noviembre, el Presidente de la República, autorizó que fuese considerada Patrimonio Artístico Nacional. Desde ese día sería custodiado por el INBA para que se mantenga tal como está para el futuro, incrementando de esta manera el valor artístico de México.

Se encuentra a la entrada de la ciudad de México por la carretera a Querétaro, tal como las veíamos cuando viajábamos en coche desde Guadalajara. Nos provocaba una cierta emoción y había otras asociaciones que tenían que ver con la modernidad, tal como lo recuerdo, aunque no sabía entonces de quién era la obra, pero ya sentíamos al pasar por ahí, cómo desde esa altura dominaban la vista de la gran Tenochtitlán.

Los miembros de la Fundación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán lo celebran con mucho gusto, pues ellos son los encargados de la protección y difusión de la obra del arquitecto que han defendido, a capa y espada, esta obra monumental, por ejemplo, en contra de la construcción en las narices de las torres de un segundo piso.

Felices, se preparan para promover su inscripción en la lista de las obras Patrimonio de la Humanidad en la UNESCO, tal como lo lograron en el año 2004 para que quedara inscrita la Casa Luis Barragán en la ciudad de México construida en 1947 que sigue siendo una joya arquitectónica.

En 1957 el arquitecto Mario Pani invitó a Barragán para que construyera un monumento insignia para que esa nueva ciudad y que se distanciara, lo más posible —como dice Garza Usabiaga—, del modelo de escultura conmemorativa característica de sus proyectos. Con un diseño y una localización inigualable, se levantan las cinco torres por los cielos desde una pequeña loma y lo hacen con cierta liviandad que parece que flotan como rascacielos cuando lo vemos de frente y, de espaldas, con una geometría orgullosa cuyos vértices otear el Ajusco, intentando imaginarse el azul marino del Pacífico.

Se trata de una obra de la «arquitectura emocional» que, como su nombre lo indica, provoca emociones como las que experimentamos y que han cumplido eso que decía Pani cuando «el hombre trasciende en las grandes cosas que parecen inútiles, pero que representan la presencia del espíritu y la dignidad de las obras hechas por el hombre».


miércoles, 21 de noviembre de 2012

Los soldados también tienen su corazoncito

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 22 de noviembre, 2012.
El prestigio que tenían los militares con Napoleón: Los duelistas
En el siglo XIX pertenecer al ejército implicaba cierto prestigio: vestían con elegancia como si ese fuera uno de los atractivos para que los incautos se convirtieran en carne de cañón, como la que necesitaba Napoleón para conquistar Rusia. También era un pasaporte con el que podía acceder a la vida social pues, además de que la vestimenta era espléndida y les daba un porte sin igual, con sus heroicas aventuras podían deslumbrar a las mujeres. Los escritores de la época trataron este tema, sin importar el bando en el que luchaban: Guerra y Paz y el ejército del Zar en la obra de Tolstoi; Rojo y Negro de Stendhal, donde el nostálgico Julián Sorel admira a esos que fueron miembros del ejército napoleónico; Lampedusa con Tancredi Falconeri y el ejército de Garibaldi en El Gatopardo; Joseph Conrad y Los duelistas, que luego Gerald Vaughan-Huges lo convirtió en un guión para que el maestro Ridley Scott dirigiera esa película, una obra maestra del séptimo arte.

Anton Chéjov (1860-1904) no se quedó atrás y con esa adorable modestia con la que escribía sus historias y obras de teatro, escribió un cuento que trata sobre unos militares invitados a tomar el té por un noble ruso. Se llama El beso (Cuentos imprescindibles, DeBolsillo. Barcelona, España, 2004) y es el cuento que Alonso Ruizpalacios adaptó e hizo una versión en nuestro tiempo y latitud, para ponerla en el Teatro de Santa Catarina de Coyoacán, en donde es imposible verla: con un aforo de 25 lugares sin poder comprar los boletos por teléfono es inútil hacer ese viaje para verla que paradójicamente es imposible de ver y, por eso, esta crónica les podrá servir para tener una idea del cuento y del esfuerzo que ha de haber hecho Alonso para que considerar a los sardos y saber que algunos de ellos también tienen su corazoncito, pues con esos uniformes verde-camuflaje, metralletas a mano y cubierto el rostro con un pasamontañas, no tienen pasaporte ni de visa para ser invitados por nadie, sino todo lo contrario.

La historia de Chéjov la narra el artillero Riabóvich, un tímido militar con baja autoestima, parte del batallón del Zar. Un hombre apocado que contrasta con el resto de sus alegres compañeros que, aunque cansados, aceptan la invitación que les hace el noble von Rabbek para tomar el té en esa casa de campo con docenas de recámaras, salón de fiestas y en donde comprobamos que el instinto del teniente Lobitko funciona bien, pues desde el río olfateó que en esa casa había mujeres con sus vestidos ampulosos que se esponjaban en los giros del vals o con la divertida mazurca. Había un cuarto de juego con mesa de billar, un cuarto de baño con las nicas sembradas en el suelo y otros cuartos conectados por pasillos oscuros. En uno de ellos se perdió el artillero Riabóvich para que, sorpresivamente, una mujer le diera un beso que le cambió la vida.

«¿Quién habrá sido? —pensaba Riabóvich mirando el techo abrumado—… En su imaginación centelleaban los hombros y los brazos de la señorita que traía el vestido lila o las sienes y los ojos de una mirada sincera como la de la rubia de negro. Talles, vestidos, broches. Se esforzaba por fijar su atención en aquellas imágenes, pero le brincaban, se extendían, oscilaban. Cuando en el anchuroso fondo negro que toda persona ve al cerrar los ojos, desaparecían por completos tales imágenes, empezaba a oír esos pasos presurosos, el rumor de un vestido, el sonido de un beso, antes que una intensa e inmotivada alegría se apoderara de él…»


miércoles, 14 de noviembre de 2012

FIL o cómo encontrar un tesoro en esa isla


INFOSEL, Crónica cultural del jueves 15 de noviembre, 2012.
Mascarón de proa en la Isla Negra, la casa de Pablo Neruda
En medio de la selva, rodeado de libros y de gente, se lanza uno en busca del tesoro que hay en esa isla llamada FIL-2012, donde podremos conocer las novedades literarias y otras obras de catálogo, en el centro mismo de la acción editorial como esa que se despliega del 24 de noviembre al 2 de diciembre en el WTC de Guadalajara.

De pronto, perdidos —con más de la mitad de nuestra vida, parafraseando a Dante y su Divina comedia—, tratamos de encontrar a Virgilio para que nos lleve de la mano por los círculos infernales hasta encontrar a Beatriz y que sea ella la que nos permita ver eso que nadie ha visto y a escuchar lo que nadie ha escuchado: el autor-actor subirá al escenario para hablar 50 minutos exactos.

Compiten, como lo hacen en el mercado sobre ruedas, con los mismos productos pero diferentes contenidos, cada uno tratando de convencer al público de que están por conocer lo mejor de la cosecha sembrado hace tiempo pero que se ha cosechado este año en los verdes campos de la escritura, sin mencionar que muchos de ellos se convierten en viejos papeles amarillos como el trigo, que con el tiempo nadie se acuerda de ellos aunque, de casualidad, se puede dar el milagro de que haya una lectora por ahí, también perdida en esta selva que nos dice ha vuelto a encontrar el placer de la lectura en esa vieja obra, sorprendida por su belleza, el ingenio y el sentido del humor que destila y que tan pocos habían descubierto.

Chile es el país invitado, un país en donde han nacido poetas y escritores de primera categoría en donde no puedo dejar de pensar en la vida y obra de Pablo Neruda, ni en su casa en la Isla Negra, esa que una vez conocimos entre sus objetos de arte, las conchas y los caracoles del mar, ahora perlas de lo que eran ojos, una que otra sirena y varios mascarones de proa. Ese día decidimos ver el atardecer como lo habría visto el poeta, el capitán de barco mientras redactaba sus veinte poemas de amor o, a lo mejor, la canción desesperada: Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy. El río anuda al mar su lamento obstinado.

Y entre estos versos de amor desesperado y las novedades editoriales los autores van a subir al escenario una hora para celebrar su obra reciente, en medio de esa agitación sin fin, deseoso de dejar una huella más en la arena que rodea a toda esta isla.

Así, entre los laberintos y los pasillos de la FIL, a lo mejor encontramos ese «Gran Instructivo de la Vida» donde encontremos las respuestas a lo que no hemos entendiendo y, entre la marabunta, nos llevemos a casa lo que necesitamos saber: si la vida es corta, ¿por qué nos parece a veces que dura una eternidad? ¿Es el dolor lo que la hace interminable? ¿Es el amor la que la hace breve? ¿Dónde, dónde está la clave para entender todo esto?

Propongo que en la FIL haya un puesto con una Beatriz o un Virgilio que nos guie para encontrar eso que buscamos precisamente y nos diga dónde, entre los cuatro puntos cardinales, podremos encontrar esas respuestas de tal manera que podamos enderezar el rumbo del barco como si de esa manera hubiésemos encontrado el tesoro de la isla.

Homenaje a la vida con este acercamiento a los autores que caminan por esos laberintos hasta encontrar la salida, casi siempre acompañados por esa música que es el regocijo de los jóvenes que bien saben que los libros y la música hacen una buena pareja.

viernes, 9 de noviembre de 2012

El rayo que cayó dos veces en el mismo lugar


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 10 de noviembre, 2012.

Con el sentido del humor y el ingenio que caracterizó la vida y obra del maestro Augusto Monterroso, volvemos a leer La oveja negra y demás fábulas en ese libro que tuve la oportunidad de publicar en 1981 con ilustraciones de Felipe Ehrenberg (ver la ilustración de esta fábula) y que ahora me doy cuenta cómo con el tiempo esa fábula en particular, como el resto de las que él escribió o las de la antigüedad de Esopo o La Fontaine, se convierten en referencias obligadas cada vez que tratamos de explicar alguno de esos fenómenos que, por más que les damos de vueltas, no alcanzamos a entender lo que ha sucedido como ahora le damos vuelta a lo que les ha pasado allá por Nueva Jersey en donde, después de haber caído la tormenta tropical «Sandy» y el desastre que dejó como rastro, ha vuelto a caer una segunda tormenta invernal anónima con consecuencias que se salen de cualquier pronóstico.

«Hubo una vez un Rayo —escribió Monterroso— que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho.»

Más de setecientos mil habitantes están sin energía y por lo tanto sin calefacción y, al mismo tiempo, la temperatura ha bajado bajo cero, los vientos eran de más de 90 km/hr., como dardos lanzados con furia y, por todo esto, como en la fábula del rayo, no sólo la tormenta se deprimió sino que sus víctimas, asombrados de tener esa mala suerte, esa especie de maldición que ha caído dos veces en el mismo lugar, como les cayó una tormenta detrás de otra en el mismo lugar, tormentas que nunca habían barrido con tanta fuerza y que ahora lo han hecho como si fuese una maldición bíblica como aquella que dicen cayó en Sodoma y Gomorra al Occidente del Mar Muerto, cuando esas ciudades quedaron convertidas en cenizas.

Ahora llueve sobre mojado y el mal, que nunca viene solo, sino que parece viene en batallones, somos testigos virtuales de eso que nos hace volver a creer en el ser humano y tal como lo narran los reporteros de esas localidades surge ese sentido de solidaridad como el que se ha despertado entre sus habitantes para cumplir ese dicho popular que habla de que «no hay mal que por bien no venga» y así, escuchamos cómo unos vecinos se arriesgan y reparten cobijas y los que han podido cocinar comparten su comida con sus vecinos.

Por un momento se da esa luz que puede iluminarnos cuando el hombre deja de pensar en sí mismo para pensar en los demás y cuando sale del fondo de nuestra alma un espíritu comunitario, como lo pudimos ver en aquel temblor del 85 cuando vimos por los suelos tantos edificios aplastados en la ciudad de México como ayer los vimos en Guatemala. 

jueves, 8 de noviembre de 2012

Yo que puedo leer el futuro


INFOSEL, Crónica cultural del jueves 8 de noviembre, 2012.
Próspero en La tempestad, ópera de Thomas Adés producida por el MET.
Imagínese que un día usted le puede decir a su hija (suponiendo que se llama Miranda) mientras le explica esas cosas de la vida, que usted puede leer el futuro… De ser así, usted se parecería al duque de Milán que se había exiliado con su hija en una isla y no habría tenido la menor duda que todo lo que tuviera que hacer, después de esa especie de epifanía, cuando ese futuro —como sería en su caso en particular, conocer el comportamientos de las acciones o de los fondos de inversión— lo pudiera desenvolver como se desenvuelve un regalo para que vayan apareciendo los sucesos porvenir. Entonces, estoy seguro que los considerarían como magos que, con su varita mágica o su bastón de mando, ordenan y hacen todo lo que sea necesario para tener éxito en el futuro.

La facultad de conocer el futuro o de imaginarlo, nos permite planear las diferentes opciones, el plan A y el B, además de tener a la mano el qué pasaría si tal o cual cosa…, para estar listos en tal o cual asunto, y si las condiciones iniciales cambian podremos calcular el efecto mariposa desde ese papaloteo mayor de alguna de ellas por el Caribe, sabiendo que su efecto es un ciclón o una de esas tempestades tropicales como «Sandy». Por eso, siempre me pregunto: ¿dónde se puede aprender a leer el futuro? ¿En qué Universidad nos enseñan a interpretarlo? ¿Qué tendría que aprender para planear los cambios y estar bien armado frente al torbellino de situaciones y alternativas?

«La gente puede aceptar un cambio cuando tiene una necesidad, pero sólo reconoce la necesidad cuando se enfrenta a una crisis», escribió Jean Monnet (1888-1979) y no cabe duda que si libramos una crisis o un naufragio como el Titanic, seguro que hemos pisado fondo, aceptado las pérdidas —en muchos casos superfluas— y, estaremos agradecidos de haber sobrevivido para aceptar lo nuevo sobre todo, después de uno de esos eventos donde la Naturaleza demuestra su fuerza sin que podamos hacer absolutamente nada.

¡Qué gusto ir viendo de qué manera funciona lo que un día nos imaginamos! Por ejemplo, cuando Ferdinando, el príncipe de Nápoles acepta en uno de esos encuentros y amores a primera vista, a la pequeña Miranda para que los dos unidos se fortalezcan y puedan enfrentar el mundo que les espera, fusionando el ducado de Milán con el reino de Nápoles. 

Bueno, todo esto y más sucede en La tempestad escrita por Shakespeare en 1611 considerada la última de sus obras escritas en su totalidad por el dramaturgo y que ahora podremos ver en una nueva versión compuesta para una ópera por el joven inglés Thomas Adés (1971-), quien la compuso en 2004 por encargo de la London Opera House y que será transmitida este sábado 10 de noviembre a las 12:00 horas desde el MET de Nueva York en las pantallas del Auditorio de la ciudad de México y otros teatros de la República. El libreto es de Meredith Oakes (1946-) en una versión para cantarse y, aunque resulta fiel a la original, «vale por sí sola, tiene vida propia y crea su propia resonancia», como dicen sus productores.

Al envejecer nos damos cuenta —dice Próspero—, que las personas que nos rodean no son más que actores, «espíritus que de pronto se desvanecen en el aire, en la levedad del aire», y bien sabe que la vida es efímera como la visión que podemos tener de esas «torres que tocan las nubes, los palacios espléndidos, los templos solemnes, el inmenso globo y que todo lo que lo habita, se disolverá; como ocurre en esta vana ficción.»