viernes, 29 de marzo de 2013

Llegó el momento de salir


El INFORMADOR, Tertulia del sábado 30 de marzo, 2013.
Miguel Hiroshi, Álvaro Corcuera y Pablo Reyes en un concierto el en jardín.
Como la gloria misma que celebramos este sábado, así resultó el fresco canto de algunas canciones compuestas por Álvaro Corcuera Sada además de las versiones de Pablo Reyes, ambas acompañadas por la percusión de Miguel Hiroshi un hombre que deja que se ‘le venga la música y que vaya creciendo’ para acompañarla, como sucedió en la tarde primaveral en el jardín del taller de la Casa Luis Barragán en la ciudad de México, horas antes que los músicos regresaran a Europa con la música por dentro.

Álvaro Corcuera Sada nació y creció en Monterrey hasta que decidió estudiar música, primero a Madrid y luego al Conservatorio de Músicas del Mundo en Rotterdam a orillas del río Mosa, en donde estudió años concentrado en su oficio y, a veces, agobiado por ese encierro y la nostalgia que lo fue atrapando mejor compuso ‘Mi prisión’, una canción que será la bandera de Casa Mari, el primer disco que preparan para que salga este verano, donde podremos escuchar cuando dice que tiene ‘tanto tiempo dentro de un cajón, que estoy perdiendo el control’ como si viviera en una cáscara de nuez un canto que viene a cuento con eso que sentían los tres músicos en el Conservatorio.

Desde entonces trabajan juntos integrando música en diferentes ‘versiones y diversiones’, como hizo Octavio Paz con sus traducciones y que, en este caso, se refieren al mundo de los deseos, las ilusiones, la pasión y a la nostalgia como la que nos puede invadir el día menos pensado.

Álvaro tomó la guitarra y empezó a sembrar versos que hablan de las ‘ganas de calor’, como el que seguramente tenía o de aquellos vagos recuerdos de una morena, ninfa que extraña en medio de la blanca belleza de Holanda. De pronto se da cuenta que ha pasado tiempo lejos estudiando ‘tanto tiempo aquí dentro de mí, que llegó el momento de salir’, cosa que ha hecho con ganas.

Pablo Reyes termina su carrera de jazz en el Conservatorio de Ámsterdam y se especializa en su ‘guitarra milagrosa’ cuyas melodías nos recuerdan a la de los músicos de jazz ofreciéndonos otra dimensión de las composiciones. Cuando viene a cuento, enfatiza los sentimientos como si fueran el eco de unos lamentos amorosos o la alegría porque ha salido el sol.

Miguel Hiroshi es de Granada y también estudió en Rotterdam en donde hizo una maestría en percusión. Él inicia el ritmo y espera que la música tenga vida propia para improvisar el acompañamiento necesario. Se rodea de diferentes instrumentos: cencerros como los que cuelgan en el cuello las cabras allá por el monte cuidadas por ese pastor imaginario que anda por ahí narrando su vida amorosa con la que se cobija de noche y canta de día o cuando improvisa golpeando el casco de una calabaza africana para darnos un tono y un ritmo más profundo; luego, ligero como los cascabeles, se los amarra a un pie como si insistiera en la levedad del ser y toda esta alegría que nos ofrecen.

El trío busca y rebusca la manera de expresar su personalidad con nuevas expresiones, tonos y melodías que tengan que ver con esos sentimientos universales dentro del ámbito de lo ‘popular’ que nos llena de pronto para compartir sentimientos y emociones. En el verano sale su primer disco que, desde ahora, estamos seguros tendrán mucho éxito.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Sorolla y los prodigios de la luz


INFOSEL. Crónica cultural, 27 de marzo, 2013.

Pienso en la alegría de vivir cuando veo la obra de Joaquín Sorolla (1863-1923), ese valenciano que reconoció como propias las técnicas del ‘impresionismo’ cuando fue a Paris en 1894, antes de incorporarles la luz y el color como lo vio tantas veces a orillas del Mediterráneo desde que era niño hasta encontrar cómo trasladar algunas escenas o instantáneas, como esta de la Niña (1904), pidiéndole a su hija María que posara seria y abstraída por el horizonte marino con su vestidito blanco tan llena de sol a su espalda, tal como podemos ver ahora. Años después, en 1917, hecha toda una mujer, la volvería a pintar caminando por la playa junto a su madre Clotilde, las dos con sus vestidos blancos y vaporosos, sosteniéndose el sombrero de paja con la mano por la brisa que las acaricia y que viene del mar durante esas vacaciones que pasaban juntos en Valencia, mientras él pintaba esos cuadros marinos que casi siempre acompaña con un par de niños desnudos, quitados de la pena, jugando con las olas del mar. De esta manera vemos cuánta razón tenía Carlos Pellicer cuando le dice a José Gorostiza que, en esos cuadros, ‘corren las pinceladas del pintor, como el mar… y toma la luz como si el sol fuese su propia paleta.’

Los Prodigios de la luz. Sorolla y sus contemporáneos está en el Museo Nacional de San Carlos (Puente de Alvarado 50, en donde debe tomar su precauciones, pues no hay dónde estacionarse) hasta junio de este año. Es una muestra pequeña pero sustantiva, que se complementa con un video donde vemos ese amor que le tenía a su familia a la que pintó todo el tiempo.

En cada cuadro nos deslumbra la luz del sol como ese que ha plasmado en El niño de la sandía (1916), donde se cubre lo mejor que puede con su sombrero de paja y hace un gesto de cierto disgusto porque, seguramente, Sorolla no le permite morder la fresca y deliciosa sandia que tiene entre sus manos hasta que termine la sesión; luego, están los óleos en el mar, ¡ah!, siempre el mar y la brisa que lo acompaña, donde todo el mundo se cubre del sol, como el que puede haber en el verano allá en Valencia —o acá en Vallarta—, cuando deseamos caminar por la playa y bañarnos en el mar para sentir lo que decía Pellicer de la luz en Sorolla que parece ‘que canta al ser tocada’.

El vestido de la niña revolotea y habla de la vida plena como con las Pescadoras valencianas (1909) con sus canastas de peces, niños en brazos y pañoletas bien puestas, pilladas en un momento de su vida antes que pase, como pasan las olas del mar.

Asombrados de la serie de retratos como el de la Señora Urcola vistiendo mantilla negra (s.f.) o el de Manuel Ducassi (1917) con un gesto parecido al de mi amigo y actor Erando González o el de Rafael Cervera (1887), un amigo de verdad, como lo escribe en la tela. Lástima que no han puesto bancas para poder ver mejor la obra, verla y volverla a ver hasta el cansancio o hasta que nos saciemos de su luz, del mar y del viento, es decir, de la parte soleada de la vida para decir con Gorostiza: ‘¡El mar, el mar! Dentro de mi lo siento. Ya sólo de pensar en él, tan mío, tiene un sabor de sal mi pensamiento’, tal como el pintor lo dice.

La obra de Sorolla nos vuelve a la vida y le da ese sentido humano y cálido como el que asociamos con la luz, la espuma del mar y su movimiento en Haciéndose a la mar (1908) con cinco barcos de vela que libran las olas saliendo desde la playa y una manta indica la fuerza del viento que empuja a los barcos, como nos gustaría que nos empujaran para poder enfrentar la vida misma.

jueves, 21 de marzo de 2013

La maldita primavera

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 23 de marzo, 2013.
La jacaranda vestida de morado cubriendo la terraza.

A la memoria de la tía Susana (1926-2013).

Hace años que se ha puesto de moda ver la cara oscura de las cosas. Tal vez por eso, Yuri cantaba esta canción en donde se quejaba de la primavera pues entre el vino blanco, la noche y unas viejas canciones se reía de mí la dulce embustera, la maldita primavera, como nos puede pasar, sobre todo, si cuando despertarnos nos damos cuenta que se ha ido y sentimos el vacío, pues, aunque uno no quiera y, como si fuera la sombra de Tanatos, nos hace señas: ‘sí, está bien —le contestamos—, todos vamos a morir, pero no empujen’ —como decía Alex Saldivar.

En la otra cara de la misma moneda habita Eros ahora, como cada año, en esas copas de las jacarandas azul plumbago o morado clarito como las que surgen por todos lados, como la vieja jacaranda, tan querida, que cubre la terraza en Tlalpan o como las otras más jóvenes, esas que vemos cuando subimos al segundo piso a lo lejos, entre las casas, como si el pintor las hubiera puesto en su tela para contrastar con el negro pavimento.

Ellas nos anuncian —tanto en la ciudad de México, como en Guadalajara— que ha llegado la primavera aunque este año llegó en medio de un extraño frío, como si el envidioso invierno no quisiera soltarla, aunque no tiene nada que ver con ese otro frío y nieve que cae ahora mismo por el rumbo de Nueva York donde también llega y es bendita, como lo sabían los habitantes del Peloponeso, que la reconocían en sus campos floridos como si fura Helena, la misma que había sido raptado por Paris para llevarla a Troya.

Por otro lado nos cae encima eso que decía Nezahualcóyotl en uno de sus poemas que tanto nos enternece y que está grabado en una piedra a la entrada de la Sala con su nombre, donde escuchamos música y cantos:

Por fin comprende mi corazón:
escucho un canto,
contemplo una flor;
¡ojalá no se marchiten!

¡Ojalá! Pero al tiempo que agradecemos ver estas flores efímeras que adornan y tupen las copas de los árboles que estuvieron desnudas durante el invierno, para dejar pasar los rayos del sol y que calienten el espacio que cubren, ahora se han vestido de lujo renovándose para señalar con gracia cómo es que unos se van, otros llegan y otros más nos quedamos con la boca abierta disfrutando de este fenómeno, sin hacer otra cosa que aceptar que somos parte de la vida tan bien engarzada desde siempre.

Nos preguntamos si volverá la maldita primavera con todo lo que trae consigo para decirnos cuando despliega su fuerza que mantiene al agua borboteando, a los ríos revoloteando corriente abajo hasta el mar con sus altas y bajas de la marea mientras la luna, que no puede perderse por un momento los sucesos, aparece al anochecer antes de cruzar los cielos y enterarse de todo arreglando su pálido rostro donde las estrellas han dejado caer diamantes como su adorno antes que llegue el día.

Siento el vacío de ti y me desespera, canta Yuri y nos damos cuenta de esta dualidad que deseamos agarrarla por los cuernos mientras podamos hacerlo cuando llega la primavera con toda su fuerza para que todo vuelva a empezar dándole de vueltas, una vez más a la rueda de la Fortuna.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Tan corto el amor y tan largo el olvido


INFOSEL. Crónica cultural del jueves 21 de marzo, 2013.
Karina Gidi es la mujer en La voz humana de Cocteau dirigida por Antonio Castro.
Era lo que decía Neruda de esos dos tiempos: el del amor y el del olvido. Por su parte, ella dice agotada que ‘sufrir cansa mucho’ y tiene razón cuando vemos cómo fatiga en La voz humana de Cocteau escrita en 1930 que ahora Antonio Castro adaptó y dirigió a Karina Gidi como la mujer, para que despliegue sus emociones en medio de la angustia que vive, cercana a la locura, cuando sabe que le quedan unas cuantas llamadas más para escuchar la voz de su amante antes que la abandone definitivamente.

Antonio Castro tuvo la oportunidad de discutir la obra con Karina antes de montarla y supongo que de esa manera definieron el tono, la contención y, sobre todo, los peligros de esta obra que finalmente estrenaron, con éxito, el jueves pasado en el Teatro Orientación (Centro Cultural del Bosque) en donde estará hasta el 28 de abril (excepto en Semana Santa).

En esta obra Karina Gidi mereció un espontáneo y entusiasta aplauso de pie después de haber mantenido por casi una hora la  cuerda del arco tensa y de haber logrado comunicarse con el público para lograr que nos pusiéramos en su lugar y compartiéramos todo el paquete de emociones y de sentimientos encontrados —te amo y te odio—, como los que afloran cuando sabemos que una relación amorosa ha terminado pero no nos hacemos el ánimo.

Hacía tiempo que no veía en el teatro una actuación como la de Karina en donde puede comprobar que, efectivamente, cuando alguien es capaz de integrar a ‘esa otra persona’ en la escena, y se convierte en ‘ella’, entonces, hemos aterrizado en el verdadero campo del teatro para recibir de golpe esos efectos abrumadores como puede ser la catarsis que nos saca de nuestra realidad para entrar en esa otra mientras dura la obra, para dejar de ser lo que somos y convertirnos en esa otra que lucha, como nosotros, con todo lo que puede mientras enfrenta su crisis.

De pronto pensé que estaba en un circo de tres pistas viendo al mismo tiempo a la misma mujer que, por un lado se tambalea mientras camina por la cuerda floja, y luego la vemos dar el salto mortal arriba, por las alturas del trapecio, para finalmente verla entrar a la jaula, sin látigo, tratando de domar a un león que ruje desesperado. Tres situaciones tres de peligro y el estómago que se nos frunce sin remedio para que cada quien viva esa experiencia y sus fantasías.

Es un monólogo en un solo acto con chispas de humor y de ironía con la locura que se produce cuando nos abandonan y simulamos que no pasa nada, sólo para que no se note nuestra furia, nuestra desesperación y, aunque nos duela el alma, decimos una que otra mentira piadosa con tal de que no salga eso que tratamos de esconder.

Si logramos la empatía con ella sobre todo si nos dejamos llevar por esa voz tan humana de Karina que va adquiriendo vida propia hasta vernos retratados en ese simulacro de la vida como puede ser el buen teatro.

Lo demás no es lo de menos: el sonido de Miguel Hernández, la escenografía de Diego Torres y Vania Sauer; el vestuario de Israel Ayala y la producción de Claudio Sodi son excepcionales, como es el que haya sido financiada, gracias al ‘artículo 226 bis de la LISR (EFITEATRO)’, mostrando con esta obra cómo es posible hacer teatro de calidad que bien valen la pena ver.

jueves, 14 de marzo de 2013

Andar y ver para compartirlo


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 16 de marzo, 2013.
Descubrir paisajes desconocidos y esos puentes colgantes.
‘El placer de ver y comprender es uno de los regalos más maravillosos de la Naturaleza’, decía Albert Einstein esto que fue la consigna de Kurt Gödel (el matemático personaje de Gödel, Escher y Bach de Douglas Hofstader), a quien le decían en su casa Herr Warum o el ‘Señor por qué’, seguro por su insaciable curiosidad, que asocio con este otro hombre de nuestro tiempo que disfruta andar, ver y comprender eso que encuentra mientras busca, antes de convertir lo que oye, ve o lee en textos legibles y chisporroteantes: se trata de Jesús Silva-Herzog Márquez y su segundo cuaderno de Andar y ver, publicado pro El Equilibrista y que está disponible en la librería virtual del FCE y, próximamente para Kindle en amazon.com.

Desde hace tiempo que lo conozco y por eso sé cómo es que disfruta viendo y comprendiendo con ese don especial que tienen los que andan por ahí de curiosos y se tropiezan con textos, ideas o cosas para redescubrirlas y traducirlas en un paquete de sorpresas como esas que, a veces, nos da la vida.

Son sesenta y tres ensayos de dos o tres páginas, escritas sin pretensión alguna pero con cuidado, hechas a vuelo de pájaro sin importarle, por que me lo ha dicho, qué día o a qué hora las escribe entre sus clases en el ITAM, sus conferencias y pláticas o entre la columna que escribe cada semana haciendo ese análisis claro y contundente que coloca en su blog en donde tiene a la fecha más de sesenta mil seguidores con los que ha logrado conectarse.

En este segundo cuaderno comparte los comentarios y anécdotas de todos los géneros y que van desde lo musical o filosófico, pasando por lo literario, intelectual, plástico, histórico o arquitectónico, por nombrar sólo algunos de los temas que cubre, como si viviera atento a todo lo que el hombre produce y que él sabe cómo encontrar en su diario caminar y ver o oír y leer, conectando las artes con la vida.

De pronto, revisa el pasado para poder describir el presente o para poder visualizar el rumbo del futuro, reuniendo muchas veces los opuestos y eso que parece que es imposible como, por ejemplo, cuando visita La Filosofía del tedio de Lars Svendsen, primero nos advierte eso que imaginó, es decir que ‘la mera idea de un filósofo noruego disertando sobre la fenomenología de la aburrición, parece la amenaza de una tortura: una lenta muerte a parrafazos de hermética erudición…’, pero, una vez que le hinca el diente, resulta que es todo lo contrario y por eso nos aclara y nos dice que es ‘un texto con humor y densidad.’

Si la vida se midiera en porcentaje, cómo la estaría viviendo usted: ¿al 50, 80 o al 100%? Bueno, pues bien me parece que Jesús Silva-Herzog la vive al 150%, pues tiene las antenas puestas 7 x 24 para asimilar, traducir y compartir todo aquello que encuentra y que sabe vale la panea compartir, mientras anda por el mundo virtual o el real, satisfaciendo su curiosidad antes de convertirla en textos breves para que seamos ahora nosotros los que podamos a satisfacer, como los gatos, nuestra curiosidad a través de su pluma, si es que tenemos todavía la capacidad de sorprendernos.

Los textos no tienen orden y cuando los leemos, descubrimos como es que va caminando por unos paisajes desconocidos, viendo las copas de los árboles o esos puentes colgantes que todavía existen.