viernes, 31 de mayo de 2013

Los aguaceros de mayo

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 1 de junio, 2013.
Los aguaceros de mayo tuvieron la culpa que me fueras infiel, dice la canción.
Los aguaceros de mayo no fallan como el que cayó la semana pasada, anunciando cómo es que vendrán las lluvias a partir de junio, cuando ya es el tiempo de aguas para el bien todos y del Lago de Chapala. Nosotros, como seres vivos de la naturaleza esbozamos una sonrisa cuando vemos cómo reverdece el campo.

Llovía en mi infancia a cántaros y el agua rebotaba por la calle empedrada de López Cotilla casi esquina con Tolsa, en el mero ‘gueto de Tepa’. Entonces, emocionados por la frescura, salía con mis primos en calzones —los Casillas Gutiérrez—, para mojarnos y jugar con la corriente abultada y revoltosa sin importarnos nada de nada.

Otros días, mi padre volteaba a ver hacia el oriente y, si estaba nublado, decía que ‘no tardaba en llover’, seguro que sabía que los vientos en estas fechas vienen desde el Oriente hacia el Poniente y, de esa manera, los nubarrones cubrían a la ciudad con su manto antes de dejar caer, entre rayos y centellas, esos chubascos de agua que se ponen a revolotear por las calles hasta encontrar salida.
Pero también sabíamos que ‘después de la tormenta, la paz.’

En Chapala los aguaceros son parecidos pero diferentes: se anuncian con percusiones como lo hacen en los conciertos con una gran lámina que ondean para que retumbe en forma continua, para empezar a contar cada segundo diciendo ‘diezmiluno, diezmildos, etc.’ para saber a qué distancia caía el rayo desde que vimos el relámpago hasta escuchar la trepidación en varios tonos de tres o cuatro compases hasta que tocan los timbales celestes.

Imposible olvidar la escena que contaba mi madre y que luego apliqué con mis hijos: decía que cuando se despertaba llorando por los tronidos y los relámpagos en su cuartito de ‘Mi Pullman’, como se llamaba el ‘town house’ que hizo el abuelo a espaldas del Hotel Nido, entonces, su padre se levantaba y la cargaba para abrir la ventanita de su cuarto y que los dos vieran el cielo encapotado diciéndole con toda la calma del mundo: ‘no te preocupes, Minita, son cosas de la Naturaleza…, no pasa nada’. Y ese consuelo le sirvió el resto de su vida y de la nuestra.

Un verano que estuve en Chapala, se caía el cielo en una de esas tormentas y, como el abuelo, me levanté me asomé a la ventana y disfruté del espectáculo acústico y celeste, como si estuviera en un concierto al aire libre ‘para lámina y percusiones’ como el que se había organizado esa noche de verano, feliz de saber que toda esa agua caería sobre al lago.

Imposible predecir los aguaceros de mayo ese que cayó el 15 de mayo de 1888 cuando en Guadalajara se inauguró la llegada del ferrocarril desde la ciudad de México y la gente lo esperaba en estación del Parque Agua Azul, arremolinada para verlo llegar bufando, cuando, de pronto, empezó a caer uno de esos aguaceros que hicieron correr a la gente mientras pensaban ese día… ‘San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol’.

Nada más refrescante como los aguaceros de mayo en Guadalajara. Me da la impresión que son como ese llanto contenido durante los meses de secas que de pronto sale a borbotones y nosotros deseando ver llover sin mojarnos dejando a su paso un frescor muy agradable y el divino olor a tierra mojada.



miércoles, 29 de mayo de 2013

La inteligencia de las flores

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 30 de mayo, 2013.
La Bellis perennis, más conocida en México como Margarita.
Hay descubrimientos asombrosos que hay que compartirlos como éste que he hecho la semana pasada cuando me encontré por azar, como suceden los grandes hallazgos, el libro La inteligencia de las flores de Maurice Maeterlinck, —Premio Nobel de Literatura en 1911, autor de Pelleas y Melisande a la que Debussy le puso música—, en donde nos cuenta, en una buena prosa poética y con ciertos rasgos filosóficos, cómo es que las flores parece que tienen una extraña y admirable inteligencia.

Nunca me había puesto a pensar cómo es que podían sobrevivir —simplemente he gozado de su belleza, sobre todo, de las rosas blancas que parece que se pliegan como unas bailarinas—, mucho menos, las diferentes maneras que tienen para conservar a su especie y multiplicarse, modificando en forma y fondo, lo que sea necesario para cumplir mejor sus funciones a pesar de estar inmóviles, atadas al suelo por una raíz que las alimenta.

‘Los rudos vientos de mayo desgarran los tiernos capullos…’, dice Shakespeare y esa sacudida es como un sueño o una ruda caricia cuando ellas se imaginan tener la movilidad como la que tienen los pájaros, las mariposas o las abejas que a veces las visitan, y que son las portadores del polen para su procreación, cuando no es autofecundación, sino que han decidido que sea mejor cruzada:

“Trazar el cuadro de los grandes sistemas de fecundación floral sería superfluo: el juego de estambres y del pistilo, la seducción de los perfumes, la atracción de los colores armoniosos y brillantes, la elaboración del néctar —anzuelo mayor para la procreación—, totalmente inútil para la flor y que ésta lo fabrica para atraer y retener al libertador extraño, al mensajero de amor, abejorro, abeja, mosca, mariposa o falena (esos insectos lepidópteros de cuerpo delgado y alas anchas y débiles que tienen el aspecto de una ramita del árbol), que le trae el beso del amante lejano, invisible y también inmóvil”, como lo describe Maeterlinck.

En esta prosa poética —traducida al español por Diana Blumenfeld, apellido que muy bien viene al caso—, nos cuenta los trucos que han armado en el tiempo —entre milenios—, para reproducirse de una mejor manera, como los hacen las variedades de alfalfa silvestre que tienen sus semillas en forma de espiral y muy ligeras para que su caída sea lenta y que sea el viento el que las aleje lo más que pueda, para extender su viaje por los aires.

Es la fuerza de la naturaleza, como la hemos visto, la que les permite crecer en medio de las piedras volcánicas como las hay al sur de la ciudad de México, por las erupciones del volcán Xitle hace siglos, en donde encontramos unas flores pequeñas, bellas y refulgentes contra de todo lo imaginado o como dice Maeterlick, ‘son como las huellas de una inteligencia perspicaz’, como ese enorme laurel centenario que vio crecer en Provenza, después que ‘un pájaro o el viento, dueños de sus destinos, habían llevado la semilla al borde de una roca que caía perpendicularmente como una cortina de hierro; y el árbol había nacido ahí, a doscientos metros sobre el torrente, inaccesible y solitario entre las piedras ardiente y estériles.’

Por eso creo que La inteligencia de las flores nos abren un universo en donde reconocemos la habilidad que tienen las flores como si tuvieran inteligencia, a pesar de que nos creíamos los únicos del reino animal: ahora descubrimos que las flores tienen una brutal y magnífica inteligencia que las mantienen más que viva

viernes, 24 de mayo de 2013

Cuando se viaja a Guadalajara

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 24 de mayo, 2013.
Las cuatro plazas en forma de cruz en el corazón de Guadalajara.
Cuando se viaja a Guadalajara resulta emocionante y pleno de nostalgia, tal vez, por los años ahí vividos. Ahora que estuve en la Perla tapatía recorrí esos lugares que traen recuerdos como es la Biblioteca y Casa de Cultura en Agua Azul, el Museo Regional, con sus patios sombreados que cargan buena parte de la historia de Jalisco para que luego saliera a caminar, sin importar los 32ºC a la sombra, por la Plaza de las Dos Copas y escuchar el frescor del agua en sus fuentes, mientras me sentaba en la sombrita a ‘darme bola’ con esos genios como los hay en Guadalajara: ‘pros’ que hacen su rutina con cuidado, sin prisa, hasta dejar que los zapatos brillen y vuelvan a la vida.

A espaldas de la Catedral estaba la casa del Huesito que fue demolida en 1947 para darle espacio a la cruz hecha con las cuatro plazas tal como la diseñó Ignacio Díaz Morales, de tal manera que trazan la señal sobre el cuerpo de la Catedral diseñada por el alarife en 1618. Al frente, la Plaza del Ayuntamiento; dos brazos a los lados, uno, la Plaza de Armas y el otro, la de los Jaliscienses Ilustres y, para rematar lo que serían las piernas, la Plaza de las Dos Copas, con el Teatro Degollado como soporte.

Imposible no recordar a la abuela Maclovia Cañedo (1859-1933) cuando iba y venía de su casa, en la calle de los Placeres, a la de sus primos a espaldas de Catedral, como tampoco olvidar lo escrito por José Juan Tablada cuando una vez viajó a Guadalajara en 1894 para ver a sus amigos: el poeta Rafael de Alba, Luis González y Sixto Osuna y recorrer con ellos los rincones habidos y por haber de la Guadalajara de fines del XIX y, por las noches, irse de picos pardos.

Su estancia estuvo llena de incidentes, fiestas y buen humor y, en esa ocasión, conoció a Cova y escribió sobre ella. Cómo habrá sido para que la describiera en La Feria de la Vida de esta manera: “en la mansión de la familia Cañedo que le decían de los huesitos, por estar su patio empedrado con vértebras de las reses del Cabezón, conocí a lo más granado de la sociedad tapatía y luego, en una tamalada en la huerta de Aranzazú, confirmé admirado la fama de la belleza de Maclovia Cañedo… Tenía la tez morena, el cabello negrísimo y los ojos de antílope de las bellezas que en las miniaturas persas que ilustran Las mil y una noches miran sobre esas praderas minuciosamente floridas como las que hay en los huertos del sultán Sharriar. A la belleza plástica, se unía el encanto peculiar de las mujeres de esta tierra.”

En esa ocasión, Tablada llegó al hotel Francés a espaldas del palacio de Gobierno y no acababa de desempacar cuando le avisaron que tenía visitas que se fueron acomodando en los equipales que había en el patio. Un joven le pidió permiso para recitar Ónix, el poema reciente de Tabalada y, el poeta, aceptó encantado de la vida ‘enrollando las puntas de su bigote o jalándose las abundantes cejas mientras encontraba los ojos de alguna tapatía cuya honda mirada, al finalizar el poema, pudiese detenerla largamente.’ 

Sin duda, cuando se viaja a Guadalajara se vienen encima los recuerdos, las emociones y momentos de toda una vida.



miércoles, 22 de mayo de 2013

Conversaciones con tres cuartetos

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 23 de mayo, 2013.
Como en el Cuarteto de Alejandría, conversando a la orilla del mar.
Ahora he aprovechado las conversaciones que se han dado de manera simultánea: por un lado, la película Quartet, que espero siga en cartelera, producida y dirigida por Dustin Hoffman una deliciosa comedia sobre la vida en un asilo para músicos donde van a celebrar el aniversario de Giuseppe Verdi (1813-1901) con una fiesta de gala para conseguir fondos. La parte estelar de esa gala es el cuarteto de Rigoletto que deberían cantar Maggie Smith, Pauline Collins, Tom Courtenay y Bill Connolly. Sobre esto gira la comedia donde vemos algunos de los problemas de la senectud con ese humor tan inglés, en una Country House inglesa que se nos cae la baba. Casi el paraíso.

Otra conversación tiene que ver con el Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell (1912-1990): cuatro novelas publicadas entre 1957 y 1960 que hemos releído y sigue vigente. Cuatro versiones sobre una misma época y personajes, vistos desde cuatro puntos de vista diferentes como los de Justine, Balthazar, Clea y Mountolive y, por último, esa conversación íntima como en la que participamos el domingo pasado en la Sala Nezahualcóyotl con el Miami String Quartet y la interpretación del Cuarteto de cuerdas no. 6 en fa menor, Op. 80 de Félix Mendelssohn, su última obra compuesta en 1847 entre el mes de mayo, cuando se entera de la muerte de su adorada hermana Fanny y el mes de noviembre, cuando, después de dos infartos, también muere él. Imaginé que ese Cuarteto se refería a una de esas conversaciones que produce ‘los más fructuosos y naturales ejercicios de nuestro espíritu’ —como decía Michel de Montaigne en el Arte de platicar—, pues, me dio la impresión de tener una conversación con un alma fuerte que nos puede ‘emocionar a derecha e izquierda, en donde, sus ideas provocan que surjan las mías’ y de esta manera nos comunicamos con estas tres obras: una cinematográfica, otra literaria y la última musical.

El Cuarteto de Alejandría lo escribió Durrell en la isla de Corfú, en donde se había refugiado ‘con algunos libros y la niña, la hija de Melissa’, para desde ahí tratar de comprender todo lo que vivió en esa Alejandría donde se arremolina el polvo y es ‘el más grande lagar del amor’, como decía Nessim, el del labio leporino, enamorado de su cuñada, la excéntrica Justine. Así va construyendo, piedra por piedra esa ciudad ‘como una de esas provincias melancólicas que el viejo Cavafis veía llenas de ruinas sombrías’ además de aceptar eso que bien sabemos cuando se trata de los demás: lo fácil que es criticar.

En la comedia Cuarteto vemos de pasada, a otro cuarteto de cuerdas tocando en medio del bosque, como si fuera un cuento de hadas, por el placer de hacerlo mientras, otros, luchan contra su egocentrismo como esas divas venidas a menos, pero todavía divas, hasta que se dan una segunda oportunidad para vivir en paz.

De esta manera atamos cabos y unimos las tramas ‘por medio del arte, para lograr una feliz transacción con todo lo que nos hiere o vence en la vida cotidiana, no para escapar al destino, como trata de hacerlo el hombre ordinario, sino para cumplirlo en todas sus posibilidades: las imaginarias’ —como decía Durrell allá en Corfú.


En la conversación con Mendelssohn, a quien le debemos el redescubrimiento de la obra de Bach, está presente su angustia y su dolor por la muerte de su hermana Fanny, hasta que ‘vemos con los oídos’ cómo es que lo expresa en cada movimiento para pasar de un Allegro vivace assai y los recuerdos de su infancia, al Allegro assai y el Adagio, para cerrar, como un Réquiem, con un Allegro molto donde se queda con lo mejor de Fanny en el fondo de  su alma.

jueves, 16 de mayo de 2013

Francofilia tapatía


EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 18 de mayo, 2013.
La uva pinot noire de los viñedos de Borgoña en Francia.

Las Fiestas de Mayo de este año gira alrededor de la cultura francesa en el más amplio de los sentidos, confirmando de esta manera la buena relación que ha existido desde hace siglos entre los franceses y los tapatíos que hoy en día lo puedo comprobar con varios de mis mejores amigos como son: José Luis Arriola Woog y el arquitecto Juan Palomar Verea, en donde el francés es la segunda lengua y conocen, estudian y les gusta todo lo que viene de Francia.

Una excepción a esta regla a finales del siglo XIX fue el abuelo Guillermo de Alba (1864-1936) quien decidió ir a estudiar arquitectura a la ciudad de Chicago y con eso, marcó la nueva tendencia y esa opción que consideraba la modernidad con vistas al futuro, pues a nadie que yo sepa, se le había ocurrido hacer esa clase de barbaridad y decir mejor ir a estudiar a una ciudad tan ventosa como es Chicago en lugar de irse a Paris a la Ecole des Arts. Cuando regresó en 1900, no sólo se casó con Maclovia Cañedo (1859-1933), una tapatía de pura cepa, sino que construyó el Hotel Fénix original que es un buen botón de muestra de lo que había estudiado en la escuela de arquitectura de Chicago con Louis Sullivan a la cabeza.

Pero no es de extrañar la comunión entre Francia y Guadalajara, ni mucho menos eso que en las Fiestas de Mayo pueden ver y disfrutar de la Francia contemporánea, recordando a sus grandes escritores en unas mesas literarias como las que habrá en la Gandhi, la Gonvill y en la librería del FCE en donde, seguramente, tratarán a esos autores que han dejado huella universal como son Proust, Flaubert o Stendhal, entre varias docenas más de escritores, poetas, filósofos y ensayistas que forman esa constelación que destaca en el cielo de la literatura.

Por eso retomo esto que se basa En busca del tiempo perdido, para saber de lo que estamos hablando: ‘la frase de Vinetuil era como el himno nacional de sus amores…. La frase empezaba por un sostenido de trémolos en el violín, que daban unos cuantos compases y ocupaban en primer término, hasta que, de pronto, parecía que se apartaban, y como una cuadro de Peter de Hooch, donde la perspectiva se ahonda a lo lejos por el marco de la puerta abierta, allá en el fondo, con color distinto y a través de la aterciopelada suavidad de una luz intermedia, aparecía la frase, bailarina, pastoril, intercalada, episódica como cosa de un mundo distinto...’

No podía faltar la gastronomía y Pierrot, el restaurante francés por excelencia, les ofrece un menú especial: ¡ah!, cómo se antojan ya los escargots, antes de entrarle a los menús bien elaborados que son una marca definitiva de la bella Francia. Y, por qué no asistir la tarde calurosa del próximo lunes 20 de mayo para hacer una buena cata de vinos como la que habrá en la Casa Museo López Portillo que, aunque se trate de hacer un buche y escupirlo —no hagan caso—, beban de esas copas la muestra del vino de Borgoña o de Burdeos dos de los más prestigiados del mundo con todo y su apelación controlé o su denominación de grand cru a base de uvas pinot noire y gamay. ¡Salud!

¡Ah!, también habrá música antigua con Les Sacqueboutieres en el Templo de San Agustín. Música que tan bien se escucha en ese espacio.