viernes, 28 de junio de 2013

Las aventuras del pensamiento

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 29 de junio, 2013.

Bien instalado el trirreme con los remeros en sus puestos para que Carlos Arriola inicie una nueva aventura con el más reciente de sus libros en donde narra el tortuoso camino del hombre por las aguas del pensamiento riguroso, o del logos, desde sus orígenes hasta poco antes del siglo de las Luces, en ese ‘batallar’ —como dice Carlos—, en otra más de esas ‘historias sin fin.’

Estas aventuras las ha compilado en La odisea del logos bien diseñado y cuidado en su edición hasta el último detalle por Clairette Ranc en una publicación limitada y sin fines comerciales con la que felices nos ‘repantingamos en el sillón del estudio’ —como dice Gil Gamés, prendemos la lámpara mientras oímos llover sin mojarnos y empezamos desde el principio a seguirle la pista al pensamiento desde la antigüedad, cuando las ciudades estado inventaban sus mitos asociándolos con los sueños —como lo hacemos ahora durante el desayuno—, tratando de explicar todo aquello que veían y que los rodeaba.

Heredero de una cultura familiar gestada por su padre don José Arriola Adame, notario y maestro de la Universidad de Guadalajara, Carlos es el hijo mayor de la segunda familia con diez hermanos —más otros tantos medios hermanos, entre ellos Nacho, tan querido en Radio UdeG y el teatro—, creció entre libros y música en su casa de Chapalita hecha por Luis Barragán con ese espacio luminoso de la biblioteca, para salir a la ciudad de México y, como decía Lope de Vega en el Soneto 61: ‘ir y quedarse y con quedar partirse, / partir el alma, e ir con alma ajena’ y, al final, ‘creer sospechas y negar verdades, / es lo que llaman en el mundo ausencia…’, para estudiar en el Colmex y luego embarcarse a París hasta su regreso a la vida académica.

Es un libro que nos lleva por los caminos del pensamiento hasta la orilla del siglo de las Luces, ‘donde la azarosa aventura del logos había terminado y pisaba tierra firme. La odisea había concluido y comenzaba el camino hacia la sociedad moderna…’

Una historia en donde vemos cómo intentamos salir de la oscuridad, abandonar la superstición con la luz del entendimiento a través del ‘pensamiento riguroso, expresado correctamente.’ Así está escrita La odisea del logos en donde aclara que la escritura es el parteaguas y ese ‘espacio divisorio’ en donde todo lo que pasó antes de que se inventara es arqueología y desde que escribimos entendemos mejor la historia del hombre, lo que ha pensado y reflexionado.

Del mito al logos o cómo es que el hombre ha observado a él mismo y lo que lo rodea desde diferentes puntos de vista para lograr su liberación acompañado del pensamiento cuando ‘los dioses son los últimos en atraer esa mirada propia de la liberación humana: el conocimiento.’

Anotado y con referencias puntuales cada tema va tomando forma en la curva del tiempo y, por eso, volvemos a recordar aquello que dijo Hamlet en medio de la podredumbre: ‘¡qué obra de arte es el hombre!’, que viene a cuento por esta obra donde vemos que llama a las cosas por su nombre sin perder el hilo de la conversación en donde lo podemos imaginar haciendo sus fichas, anotando, leyendo, analizando, resumiendo y citando durante años mientras camina por sus pendientes hasta llegar a la cima y tener un panorama a vuelo de pájaro, de las aventuras del pensamiento antes del siglo de las Luces.



La geometría de todos los tiempos

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 27 de junio, 2013.

El cubo infernal de James Turrell (1943-) en el MUAC.
Antes que supiéramos cómo se llamaban ya existían las formas en el espacio con todas sus características originales y con los cortes que la naturaleza se encarga de ejecutar hasta que los egipcios empezaron a jugar con ellas, primero para medir las parcelas de tierra (geo) y luego, para construir en los desiertos sus pirámides elegantes que guardan en su seno el resto de sus príncipes momificados. Por las noches medían las estrellas y así encontraron relaciones que se repetían en cada figura para poder seguir midiendo (metría) lo que era necesario con esos instrumentos parecidos al compás, el teodolito, el pantógrafo como el que construyeron en 1603 para dibujar (grafos), todo (panto) y establecer esas relaciones como las que podemos ver en los papiros de Oxirrinco (ver Wikipedia) donde se publican las propuestas de Euclides (325-265 a.C.) el ‘padre de la geometría’ y tema que hoy nos incumbe por las dos exposiciones que hay en la ciudad de México con obras que juegan con la geometría donde, por fortuna, no hay ninguna obra de Sebastián, convertido en una plaga con ‘síndrome babilónico’ y esas esculturas monumentales fuera de escala: toneladas de fierro que deberían obligarlo a recoger de todos lados como el ‘Caballito’ en la Av. Juárez o la imperdonable joroba amarilla en Guadalajara y una retorcida y absurda que acaba de colocar frente a la rectoría de la UNAM, tal como Guillermo Sheridan propone en su artículo ‘Lo mega es cultura’ de Letras Libres en diciembre del 2012, asegura que ‘Sebastián es un artista que mide su modestia en toneladas’. Por eso, sería mejor que se reciclen sus obras para hacer rieles para el ferrocarril.

La persistencia de la geometría es una exposición que está en el MUAC del Centro Cultural Universitario patrocinada por La Caixa y el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona en donde disfrutamos de las obras minimalistas, sobre todo, la de James Turrell (ver foto); la otra exposición se llama Geometrismo Escultórico Mexicano y está en Arte Hoy Galería (Presidente Carranza 176, Coyoacán), con obra de Jesús Mayagoitia, un artista que admiramos desde hace tiempo por su escultura blanca y esbelta, una de las más bellas que hay en la ciudad de México, instalada en la lateral de Insurgentes, a un lado del Estadio Olímpico; hay obra de de Vicente Rojo y de Ángela Gurría, felices de que hayan relocalizado su escultura para las Olimpíadas del 68, como esa pareja que está ahora en el Periférico, a un lado de Insurgentes, donde vemos a esa pareja real que observan impávidos lo que sucede a su alrededor, ella de blanco y él de negro; hay obra de Yvonne Domenge ojalá como las esferas con las que asombró en Chicago y, entre otras, hay obra de Antonio Chemor y de María Lagunes, maestra en estas artes. En fin, la geometría en acción.

Vale la pena esas fotos en donde una mujer detiene una cuerda en el cateto del triángulo que pasa de escaleno a equilátero para volver a escaleno, donde sabemos que la hipotenusa es la raíz cuadrada de la suma de los catetos que, desdoblada, en espejo con la diagonal hacer un rectángulo perfecto.

Bien tratada la geometría aunque fría, la podemos disfrutar por la simetría o esas curvas elegantes como las del círculo (vicioso) que, girado, hace una esfera (viciosa), redonda y perfecta o como el notable cubo infernal de James Turrell (1943-), parte esencial de esta persistencia de la geometría.

jueves, 20 de junio de 2013

Vivir rodeado por las musas

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 22 de junio, 2013.
Las musas: Calíope, Clío, Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania.
Es bueno hablar de vez en cuando de la vejez, tal vez para irla integrando a nuestra vida, aceptando que es parte de un ciclo natural. La vida y la obra de Eurípides (480-406 a.C.) nos puede permite entender esto desde la perspectiva de un poeta y soldado en acción que defendió toda su vida a Atenas, primero en contra de los persas, y luego de los espartanos que rechazaban la democracia, la filosofía, las artes, la poesía y la libertad que había en esa ciudad.

Eurípides fue un hombre de acción y estuvo al pie de guerra hasta los sesenta años cuando deja de pertenecer al servicio militar y oficialmente se retira como Gerontes, el hombre viejo. Participó en muchas batallas y siempre estuvo rodeado de sus musas con las que defendía todo lo que se proponían los atenienses primero en su afán de crear una liga y defender la democracia, luego para defender los tesoros que trajeron de Delos a Atenas, aunque pronto, la invitación para pertenecer a la liga fue impuesta forzosamente con dolo y tiranía en lo que fue el inicio del final.

Cuando Anfitrión, el padre de Heracles, dice en esa obra que ‘lo más astuto en la batalla es hacer daño al enemigo y proteger el propio cuerpo sin depender del azar’, Eurípides lo había escrito con conocimiento de causa que siempre quiso ‘estar adornado por las guirlandas de sus Musas’, para escribir con claridad esas tragedias de las que sobreviven diecinueve.

Él supo de la vejez y en alguna parte habla de esto y nos dice que ‘si tuviera el vigor de un mozo y blandiera mi lanza en la batalla, me pondría delante de los niños para defenderlos. Pero ahora estoy lejos de mi feliz juventud.’

Gilbert Murray escribió en 1946 el ensayo Euripides and his Age, una joya en donde resalta lo más relevante de este hombre y algunas reflexiones que tienen que ver con la vejez. Por eso, aprovecha a un Coro de viejos sabios de Tebas para reflexionar sobre lo siguiente:

‘La juventud siempre nos ha sido grata. La vejez, en cambio, es una carga más pesada que las rocas del Etna que pende sobre nuestra cabeza y oculta nuestros párpados con un oscuro velo. ¿Qué es la juventud comparada con la tiranía asiática o con la riqueza? Ella es hermosa ya sea en la abundancia o en la miseria. Por el contrario, odio la oscura y mortal vejez. ¡Que las olas la arrastren y que jamás se acerque a las casas y ciudades de los hombres! ¡Que vuele por el éter con sus alas por toda la eternidad!’ (Heracles, 637-656)

Todos suspiramos por esa segunda oportunidad y el deseo de volver a ser jóvenes está presente. En su caso, Eurípides se había retirado a los sesenta años pero tenía ganas de seguir viviendo para escribir sus tragedias: ‘nunca dejaré de vivir entre las Gracias y las Musas —las Gracias o espíritus del deseo satisfecho y, las Musas, como esos espíritus del ‘Canto’ o la ‘Poesía’—, y por eso haré que los espíritus de las Gracias se fundan con el espíritu de la Música en un especie de matrimonio bendito. Pero si un día las Musas me abandonan, no me importaría seguir viviendo, pues siempre me han adornado con sus guirnaldas, aún cuando el (maldito) juglar, el gusano-de-la-edad, convierta la Memoria en un Canto.’

El mayor monstruo del mundo

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 20 de junio, 2013.
Octaviano, Tolomeo y soldados en el palacio de Herodes en Jerusalén.
La divina Marïene (ma-ri-i-ene) 
el Sol de Jerusalén, 
por divertir sus tristezas,
vio el campo al amanecer... 

Y con estos versos empieza la obra con la que José Caballero se voló la barda para poner en escena El mayor monstruo del mundo de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), en esta versión que podemos ver en el Teatro Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario durante todo el mes de junio.

Es una obra del siglo de Oro español convertida en un musical bien trabajado, sin parafernalia, suave y, digamos, natural, alimentado, como debe ser, con esa otra música que escuchamos con esos ricos versos de ocho sílabas que fluyen como el agua del río y que nos lleva sobre una barca que va rebotando de una orilla a la otra, cayendo de pronto por la cascada o dando de vueltas por esos remolinos que, por momentos, nos hacen perder el sentido, sólo para recuperarlo de nuevo y darnos cuenta que todo en esta obra es un pretexto para llegar al fondo de los celos que sabemos nacen al mismo tiempo que el amor y que se acompañan todo el tiempo hasta que clava su daga mortal en este caso a Marïene (Violeta Sarmiento) quien la recibe por ser la mujer más bella del mundo, la esposa de Herodes, el Tetrarca de Jerusalén (Jorge Ávalos), visitados por César Octaviano (Antonio Rojas) triunfante desde Egipto y con la espada desenvainada.

Cuando Marïene trata de explicarle a este poderoso hombre lo que pasa y se da cuenta que no lo escucha, sin ambages, le reclama:

¿Para qué tú gobiernas si no escuchas?

Una idea vigente pero que, en esta obra no la había escuchado Octaviano porque trata de apaciguar su corazón que palpita desde que la vio en un retrato que, según Tolomeo, era el retrato de una mujer fallecida.

Herodes enamorado, le había preguntado a esta mujer:

¿Qué deseas? ¿Qué quieres?
¿Qué envidias? ¿Qué te falta? ¿No eres tú,
querida esposa mía,
reina de Jerusalén? Una monarca
en cuanto ciñe el sol y el mar abarca.

Y así es como la obra empieza a fluir entre esta corriente divina, girando y dando vuelta mientras recorremos los tres mil seiscientos versos que declaman todos —sabiendo lo que dicen— y, de pronto, como en los buenos musicales, los versos se cantan al ritmo de blues acompañados por los músicos-actores como Tolomeo (Alberto Santiago) a la guitarra y Filipo (Alberto Rosas) al piano o el propio José Caballero a la guitarra que la toca además de dirigir la escena y estar pendiente que todo fluya con gracia y humor como Polidoro (Patricia Sánchez), de pronto disfrazado de Aristóbolo, el hermano de Marïene.

José Caballero logró amalgamar sus dos pasiones: el teatro clásico y el blues, para fundirlos y al hacerlo, arriesgarse y lograr el éxito, digo, con estos versos del siglo de Oro y un Soneto de Lope de Vega ‘con el sincero deseo de que los luminosos restos de ambos autores no se entremezclen ante la cercanía’ —como lo aclara el mismo José Caballero.

Marïene está preocupada por las premoniciones y le cuenta a su marido que…

Un astrologo, o mago, o nigromante…
halló, en fin, que sería
infausto triunfo yo (¡qué tiranía!)
de un monstruo el más cruel, horrible y fuerte
del mundo; y en ti hallo que daría muerte
(¿qué daño no se teme prevenido?)
ese puñal que ahora traes ceñido
a lo que más en este mundo amares.

Esta versión musical es original, entretenida y resulta deliciosa tanto por un magnífico reparto, como por los versos que tienen fondo y jiribilla —cosa rara en los musicales—, para que podamos entrar al interior de los personajes, seguir la trama y dejarnos llevar por la corriente de esas octavas que fluyen entre cantos lastimeros con una poética intención cuando son cantadas al compás —y con sus micrófonos—, unos versos amalgamados al ritmo sin que pierda, en algún momento, ese sentido que nos lleva hasta el final de la obra.

Vimos a Jorge Ávalos en el papel principal desplegando sus talentos y sus dones además de una memoria extraordinaria. Vimos también a Violeta Sarmiento, como Marïene, paseando por su palacio de Jerusalén, amenazada de muerte por el mayor monstruo del mundo y un Octaviano no podía estar mejor, carismático y conquistador decide cuál sería la inscripción en el sepulcro de su amada virtual:

«La inocente Marïene
dio fin, cumpliendo su influjo
injustos celos, que son
el mayor monstruo del mundo.»

Unos momentos antes, reconociendo el Tetrarca que el destino del nigromante se cumplía, se despide de esta manera:

El destino suyo,
ya que, muriendo a mis celos
y a mi puñal, ejecuto
que mató a lo que más quise
el mayor monstruo del mundo.
Y porque de su venganza
no logre al lauro ninguno,
yo la vengaré de mí
arrojado de este muro al mar.


Al principio, ignorantes, pensábamos que el mayor monstruo podía ser Octaviano o Herodes o la misma Marïene, pero nada, resulta que son los celos tal como lo escribió Calderón de la Barca y no como los hubo impresos que tomaban dictado de los ‘memoriones’ para imprimirla ‘y echarla a perder’, como nos explica Polidoro antes de despedirnos.