jueves, 8 de mayo de 2014

Detrás del bla, bla, los destellos de la belleza

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 10 de mayo, 2014.

La gran belleza, como esta mujer que fue el primer amor de Jep Gambardella.
«Lo que esta escondido detrás del bla, bla, bla, de la cháchara, de la vida, del silencio, de los sentimientos, de la emoción y del miedo son esos desmesurados e inconstantes destellos de belleza» —dice Jep Gambardella después de contarnos que había llegado a Roma a los 26 años «y, desde entonces, me precipité sin darme cuenta en la vorágine de la mundanidad… Yo no quería ser un mundano, quería ser ‘el rey de la mundanidad’ y no sólo quería participar en las fiestas, sino tener el poder de hacerlas fracasar»… y es en este momento que les sugiero que escuchen A far l'amore comincia tu de Raffaella Carra para tener una idea de todo lo viene por adelante.

¿De qué manera podemos entender que lo mundano y la belleza son compatibles? ¿Cómo es posible caminar por el filo entre la vida y la muerte y, al mismo tiempo, disfrutar de la belleza que nos rodea?

Esto es lo que trata de contestar Paolo Sorrentino en La grande Belleza (2013) con un Oscar como la mejor película extrajera con Toni Servillo como Jep Gambardella, el napolitano y protagonista que nos deja con la boca abierta y la cabeza dándole de vueltas a los sucesos que vive, uno tras otro, sin parar y sin dejar de disfrutar esos destellos de belleza como los que hay en Roma, donde «no nos tocó vivir», pero que hemos tenido la fortuna de admirarla unos cuantos días cuando hace años llegamos al Hotel Raphael en Largo Febo 2 a la vuelta de la Piazza Navona que justificó el viaje en donde buscaba el blasón Por el placer de Dios de la novela de Jean d’Ormesson (1925-) por la vía Appia Antica en donde, además de encontrarlo, descubrí esas bellezas de las que habla Gambardella, que ve pasar del tiempo y la vida con su sonrisa de plenitud.

A la menor provocación Jep recuerda a esa joven que su primer amor y cuando aparece en pantalla creemos que se trata de una diosa que un día, amable y amorosamente, nos enseña sus pechos a la orilla del mar y al aire libre, antes de hacer el amor.

O vemos la escultura de Júpiter enorme, bello y poderoso entre otras tantas bellezas romanas que están por ahí cuando deambula al amanecer viendo lo que lo rodea sin importarle la muerte, la prostitución o la santidad mientras disfruta del agua fresca de las fuentes o del vino en esta especie de reposición sublimada de Fellini (1963) donde volvemos a ser testigos de una cierta decadencia en medio de la belleza, como es ese mar que imagina desde su cama o del Coliseo o del paseo por el Tiber al final de la obra.

Elegante como pocos, Gambardella porta sus trajes de lino con pañuelo que hace juego desde que cumplió los 65 años y, sin venir a cuento, cae fulminado un turista japonés antes de estar en la fiesta que organiza, divertida, frívola y mundana hasta el amanecer en donde una enana, que es su jefa, camina a esa hora buscando a los bambinos antes de pedirle a Jep que le hiciera una entrevista a esa performancera desnuda con todo y su pequeño tatuaje —hoz y martillo— en donde una vez tenía su vello púbico.

—Sí —parece decir Gambardella—, todo el mundo es un teatro, y todos somos actores sobre todo si vamos a un funeral.