jueves, 15 de mayo de 2014

Para que no se quiebre el corazón

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 17 de mayo, 2014. 

Alejandro Chao (1937-2014)
Cuando me enteré hace una semana del asesinato de Alejandro Chao y Sarita su esposa en su casa de Cuernavaca, me sentí como el escocés de Macduff en el Macbeth de Shakespeare en la versión que leímos hace años y que luego preparé para Santillana (2010). Se trata de la escena cuando Ross o, en mi caso, Carmen Aristegui nos dio la noticia o Adriana Malvido me mandó su crónica que me caí en cuclillas al saber lo que les había sucedido:

— Tomaron el castillo por sorpresa y fueron asesinados brutalmente tu esposa y tus hijos –le dijo Ross a Macduff.
— ¡Cielo misericordioso! —dijo Malcolm palideciendo al oír la noticia y, sin dejar de verlo le dijo:
— ¡Cómo amigo! No hundas tu yelmo hasta las cejas pues será mejor que expreses tu pena con palabras, ya sabes que si la desgracia y el pesar no se expresan, se hunden en el fondo del corazón hasta que éste no puede más y se quiebra!
Si no fuera porque estaba protegido por su armadura, hubiéramos visto cómo le temblaban las rodillas. Macduff le volvió a preguntar a Ross lo que ya le había dicho mientras caía en cuclillas derrotado.
— ¿A mis hijos también? —preguntó una vez más, como si no creyera que hubiera alguien que hiciera eso.
— Y tu mujer y los sirvientes y todo lo que se movía y que los asesinos encontraron en su camino.
— ¡Y yo tan lejos! ¡Carajo! ¿Mi mujer también ha muerto? —le volvió a preguntar, pues tal parece que cuando el dolor es grande, no creemos lo que nos dicen y menos lo sucedido.
— Ya te lo dije —contestó Ross.
Malcolm se acercó a Macduff y lo tomó de los hombros para levantarlo y sostenerlo. Le dijo que tuviera valor. Macduff veía a la distancia como si no viera nada.”

Alejandro Chao tomó la estafeta como psicoanalista del grupo días después de la muerte de Gustavo Quevedo con quien habíamos empezado en 1966. Diez años después terminaba la terapia y Alejandro había logrado que llegáramos a ser lo que somos y que la vida tuviera sentido, como la tiene ahora cuarenta años después.

Tal parece que Macbeth (1606) sigue vigente y su lectura y la traducción que hice, me ha permitido elaborar el duelo de esta realidad desde hace tiempo, pues logramos tener esa empatía que nos permite imaginar los que sufrieron sus personajes. Por eso, con la escena de Lady Macduff, imaginé a Sarita:

— ¿A dónde huir? —pensó mientras se subía la falda que le estorbaba para caminar a buen paso—, yo no le hice daño a nadie... —dijo mientras uno de los asesinos amenazándola la agarró y le puso su daga al cuello. El otro, agarró a su hijo del cogote y lo amenazó diciéndole:
— ¡Tu padre es un traidor!
— Mientes, ¡villano de mierda! —le respondió el pequeño Macduff tratando de zafarse y darle una patada en la espinilla.
— ¿Qué dices tú cara de huevo, hijo del traidor? —le dijo el asesino mientras le clavaba la daga en el pecho para que cayera por el suelo mientras le decía a su madre:
— ¡Me han matado, madre! ¡Huye, te lo ruego! —como alcanzó a decirle antes de expirar, sangrando por la herida mortal. Lady Macduff trató de escapar y empezó a gritar como loca y desesperada como nunca había estado.
— ¡Asesinos, asesinos! —gritaba para ver si la salvaban de estos monstruos. No sabía que habían acabado con todos los habitantes del castillo antes de concluir su carnicería.”

He estado pensando en ellos pues sé que si la desgracia y el pesar no se expresan, se hunden en el fondo del corazón hasta que éste no puede más y se quiebra.