viernes, 31 de enero de 2014

La dicha inicua de perder el tiempo

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 1 de febrero, 2014.
El poeta José Emilio Pacheco, (1939-2014)
La poesía es la demostración fehaciente de la existencia del hombre», como lo aseguraba Luis Cardoza y Aragón y que viene a cuento ahora que ha fallecido José Emilio Pacheco (1939-2014) este hombre que se dedicó toda su vida a demostrar este postulado, dedicado en cuerpo y alma a expresar con palabras lo que iba descubriendo de tal manera que nos dejó un testimonio de su existencia con una buena obra publicada que, como bien aseguraba Shakespeare en el Soneto 55, brillará con mayor resplandor que las piedras polvorientas:

¡Ni el mármol, ni los dorados monumentos 
de los príncipes sobrevivirán a esta poderosa rima, 
pues brillarás con mayor resplandor en estos versos 
que en la piedra polvorienta y ennegrecida por el tiempo!

Más o menos son quince los libros más la antología Tarde o temprano. 1958-2009 (FCE, 2000) que si la leemos podremos confirmar cómo brillan con resplandor sus versos y esa vida dedicada a escribir en el silencio de su estudio.

Me voy como llegué; no perdí el tiempo, dijo el poeta y así lo publicaron en varios medios y, con eso en la cabeza, me quedé pensando si no es necesario perder el tiempo para escribir poesía y tratando de entender esto del oficio de poeta, lo conecto con otro poema que escribió Renato Leduc sobre la dicha inicua de perder el tiempo, y que es como termina el poema sobre la...

Sabia virtud de conocer el tiempo; 
a tiempo amar y desatarse a tiempo; 
como dice el refrán: dar tiempo al tiempo…  
que de amor y dolor alivia el tiempo… 
Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,  
amor de aquellos tiempos, 
cómo añoro la dicha inicua de perder el tiempo.

Añorar la dicha inicua de perder el tiempo como ese que creo le dedicó José Emilio para darle de vueltas a sus ideas y sentimientos hasta ponerlo en el papel como este que habla de El silencio y que dice:

La silenciosa noche. Aquí en el bosque
no distingo rumores, no, de ninguna especie.
Los gusanos trabajan. 
Los pájaros de presa hacen lo suyo (seguramente),
pero no escucho nada.
Sólo el silencio que da miedo. Tan raro,
tan escaso se ha vuelto en este mundo
que ya nadie se acuerda de cómo suena…

Y encontramos en «Luvina» de Rulfo esto:

   ¿Qué es? —me dijo.
   ¿Qué es qué? —le pregunté.
   Eso, el ruido ese.
   Es el silencio.

Y así, la obra de Pacheco vista a través de este cristal múltiple perdura mucho más que los monumentos de piedra o de bronce y nosotros seguimos añorando perder el tiempo para ver si así le encontramos sentido a las cosas y a los sucesos.

Lo demás es silencio —dijo Hamlet antes de fallecer y esta frase la asociamos con Pacheco, Leduc y Rulfo y nos imaginamos que, efectivamente lo demás es el silencio que a veces consideramos más aterrador que la negra negritud.

Silencio en este bosque, en esta casa a la mitad del bosque. ¿Se habrá acabado el mundo? —como termina el poema «Geometría del espacio» de José Emilio que aparece en Los trabajos del mar (ERA, 1983) y aunque lo niegue, para escribir poesía hay que saber perder el tiempo para caminar por el bosque o imaginar que lo hacemos y poder asociarlo con el fin del mundo. 

Tal vez por eso, añoramos la dicha inicua de perder el tiempo.


Arriesgarse para conocer el amor

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 30 de enero, 2014.
Rusalka de Dvorak se transmite el sábado 8 de febrero a las 12:00.
Hay un riesgo implícito cuando nos relacionamos con alguien que es tan diferente a nosotros que parece que somos de otro mundo. Nada que ver con los hábitos y menos con sus costumbres aunque todo esto queda rebasado cuando nos enamoramos y nos gusta tanto la otra persona que perdemos eso que se llama juicio por el deseo de estar con esa otra persona y por ese deseo, no nos importa si nos quedamos mudos en su presencia, sin poder comunicarnos ni conocernos. Esto es lo que le sucede a Rusalka la Ninfa, Ondina o Sirena que se enamora de un Príncipe y arriesga todo por ese amor. Por eso le pide a Jezibaba, la bruja de las rusalkas que la transforme en mujer para poder estar con ese Príncipe y por eso le prepara su pócima pero… y con el terrible “pero”… le impone una condición: Rusalka se quedará muda frente a los seres humanos.

Así imaginamos que nos puede pasar si un día nos enamoramos de una Princesa, de una mujer que pertenece a otro mundo, digamos a la «gran socialité» y es parte del «jet set»: seguro que nos quedamos mudos después de hacer el amor sin poder compartir nuestras vidas, ni platicar nuestros sueños, pues las diferencias son tales que nos encontramos frente al abismo de la incomunicación. ¿De qué podríamos hablar? ¿De la vida que llevamos o de la que ella lleva en su «jet set»? Seríamos como Rusalka después de que se enamora del Príncipe en donde realiza que tienen dos mundos aparte y que ella está muda frente a ese mundo. Después del amor, seguramente a señas, sin poder reírse ni contarse sus vidas, ni sus ilusiones. Nada. El silencio en medio de esa deliciosa desnudez.

Rusalka es la ópera de Dvorak (1841-1904) que podremos ver en vivo y en directo el próximo sábado 8 de febrero a las 12:00 horas en las pantallas de alta definición, con la producción del MET de Nueva York, como lo hacen más de 3 millones de aficionados. Por lo pronto, está disponible la conferencia sobre esta ópera con el maestro Sergio Vela dividida en tres partes, cada una de unos 15 minutos en donde se pueden enterar de los orígenes de esa obra y de las intríngulis de este cuento de hadas, así como, de los puntos más relevantes.

Las rusalkas son criaturas fantásticas que viven a la orilla de los lagos y, en el caso de la ópera de Dvorak, es el nombre común y el propio del personaje del cuento: una bella Ninfa de los lagos que se dedica a atraer a los hombres para destruirlos. Ese es su destino y Rusalka no puede escapar de él como las palomas de su nido. Una vez que se enamora del Príncipe y se transforma a pesar de las advertencias de Vodnik, su padre que es además el Espíritu del agua, acepta las limitaciones que le imponen con tal de convertirse en una mujer que desea saber qué es eso del amor.

El Príncipe, enloquecido por su belleza se la lleva a su palacio feliz de la vida aunque ella no hable y sea una Princesa extranjera la que compita por lograr, por otras razones, la atención del Príncipe. ¿Cuántos casos conocemos de esas rusalkas, bellas como ellas solas, que después de hacer el amor no tienen nada más que decir? ¿Se puede imaginar cómo termina esta historia? ¿Podremos aprender algo en esta vida?

El canto de la luna es el aria en donde Rusalka, como nosotros, expresa sus deseos y anhelos amorosos pidiéndole a la Luna que vaga por la tierra bañando con su mirada el hogar de los hombres, que se detenga y le diga dónde está su amor: dile Luna plateada, que soy yo quien lo abraza para ver si se acuerda de mí, por lo menos un instante.


Maldita Rusalka sabe que puede volver a ser quien era si mata al Príncipe con una daga. Pero ella prefiere no hacerlo y él, perdido de amor, la vuelve a encontrar para que le de un beso aunque sabe que es mortal… Luna plateada… dile que se acuerde de mi…

viernes, 24 de enero de 2014

No todo lo que brilla es oro

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 25 de enero, 2014.

Rory Kinnear en la versión de Hamlet de la National London Theater, 2014,
No todo lo que brilla es oro como esta dorada puesta en escena del National London Theatre con el Hamlet que dirige Nicholas Hytner que fue la obra que transmitieron en vivo (pero no en directo), el pasado lunes en las pantallas del Lunario de la ciudad de México.

En primer lugar los cinco actos se llevan a cabo en plena oscuridad como si fuera un pleonasmo, misma que tuvimos que resistir durante las 4 horas que dura mientras el príncipe de Dinamarca padece su bipolaridad (maniaco-depresivo) en esas escenas en medio del claroscuro, mientras recita sus 1,616 líneas (el 40% del total de la obra).

El reparto deja mucho que desear: la reina Gertrudis (Claire Higgins), es una mujer poco atractiva y descuidada a la que ya no le brillan los ojos y ha perdido su atractivo; la joven Ofelia (Ruth Negga) no tiene personalidad alguna como, por ejemplo, aquella Helena Bonham Carter en la puesta en escena de Franco Zeffirelli (1990); Rosencrantz y Guildenstern son una sombra en medio de esa oscuridad y parece que no hubieran existido como dos fantasmas más en el castillo de Elsinore; Hamlet (Rory Kinnear) golpea lo que dice y escupe al final de cada verso cuando entra con el ritmo del pentámetro yámbico; su amigo Horacio (Giles Terera) tienen un rostro poco confiable: un belfo que le cuelga para tener un aspecto que es bastante desconcertante y para acabarla de amolar, Lorena Maza quien hizo la traducción al español, la hizo con las patas (aunque esto no es culpa del NLT).

Lo mejor es Polonio, el Lord Chambelán del palacio, un hombre que habla demasiado y aconseja a su hijo Laertes (Alex Lanipekun) antes de que se vaya a estudiar a París. Le dice que no preste dinero ni pida prestado; que no sea de los que inician las peleas pero, si llega a estar en alguna de ellas, que sus contrarios se cuiden de él; que se vista de buenos trajes, pero sin ostentación en fin, le da su bendición y lo despide como buen padre, pero no tarda en mandar a uno de sus sirvientes a París para que lo espíe y si es necesario suelte por ahí falsos rumores. ¡Órale!

Por lo demás, escuchamos el monólogo de ser o no ser, de esto se trata… —como lo tradujo Tomás Segovia—, y agradecimos esas citas que tenemos clavadas en el alma como… the readiness is all…, entre otras o esa cuando el príncipe asegura que bien podría vivir en una cáscara de nuez y sentirse el rey del espacio infinito, que ha utilizado el mismo Stephen Hawking (1942-) en uno de los libros que ha publicado para explicar el origen del universo o cuando le dice a Osric que conocer bien a un hombre es conocerse a uno mismo —como lo hace antes de enfrentar a un duelo en contra de Laertes.

Pesó la versión de Hytner que además aceptó una escenografía abigarrada en donde el exterior y el interior son iguales y la tumba de Ofelia la cavan en la sala del rey donde reconoce haber sido el autor del fratricidio por ambición y lujuria.

De lo que va de esta temporada del NLT, sin duda el Macbeth con Kenneth Branagh se lleva la corona y los aplausos así como se lleva los abucheos de este Hamlet que es una obra que bien sabemos vale oro molido.


jueves, 23 de enero de 2014

Otras ciudades y otras vidas

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 23 de enero, 2014.

Todo pasó en otra ciudad y en otra vida y, cuando leemos esto en las primeras líneas de los Los ingrávidos (Editorial Sexto Piso, México, 3ª edición, 2013), la novela de Valeria Luiselli (1983-), nos detenemos para reconsiderar eso de las otras vidas y de sus ciudades como las que creemos haber tenido. Hagan cuentas y verán que son varias las que han tenido por decir algo. Cuando doy clases en los talleres de liderazgo basado en Shakespeare, me sale del alma señalar esas cosas que he hecho y que han sucedido en “otra vida” como lo propone Valeria. Por lo menos calculo haber tenido tantas vidas como las que dicen tener los tres gatos que tenía Gilberto Owen en Nueva York y que se le ocurrió llamarles: Cantos, Paterson y The, «así que a veces digo al aire ‘¡The Paterson Cantos!’» —como dice Valeria en esta novela.

Esas vidas que contabilizo van desde la infancia en el Colegio México de la calle de Mérida en la ciudad de México, antes de pasar a la juventud feliz en Guadalajara y tener una como un suspiro que duró ocho meses en Freiburg, i.Br. en Alemania, iniciando esa otra vida que es parte del primer matrimonio en donde incluyo la paternidad como la maternidad de la narradora con «un niño mediano y una bebé» entre los doce años que trabajé en IBM. Luego, contabilizo otra vida con mi segundo matrimonio que incluye el trabajo editorial y la de escritor hasta el día de hoy cuando viajo con mi musa de Fuego renovándome a cada rato. Sí, Valeria tiene razón: todo ha pasado «en otra ciudad y en otra vida.»

La narradora convierte el tiempo en el presente sin importar si habla del pasado mediato o el remoto: todo está en el presente y lo narra en primera persona del singular. Todo es transparente como el fantasma Consincara, como le decía «el niño mediano» que, en realidad es el hijo mayor mientras nos va narrando lo que le sucede a otros fantasmas como el de Gilberto Owen (1904-1952) hasta que vemos cómo los dos rostros (narradora y Owen) se sobreponen en la ventana del Subway en Nueva York. ¡Fantástico!

Nos cuenta su vida desde que era soltera y trabajaba en una editorial en Manhattan, al tiempo que Owen vivía en Nueva York (1928) como escritor de la embajada, fundiendo las dos en un sólo presente antes de enterarnos que muere en Filadelfia cuando era Cónsul y se había quedado ciego por el alcohol.

Valeria desea escribir una novela silenciosa, para no despertar a los niñosque sea compacta, porosa. Como el corazón de un bebe, y tal parece que lo logra tejiendo sus historias de tal manera que creo, es lo mejor que se ha publicado en estos años.

Valeria dice que su novela la «hubiera querido empezar como termina A Moveable Feast de Hemingway» y para los lectores curiosos, esta es la manera que le hubiera gustado empezar: París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que ahí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices. En español este relato es Paris era una fiesta.


Por algo, en menos de dos años Valeria Luiselli lleva tres ediciones: es lo mejor que he leído de esta generación.

viernes, 17 de enero de 2014

Se hace camino al andar

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 18 de enero, 2014.
Schwarzwald Strasse. Pasear al borde de la Selva Negra en Freiburg.
Sin duda, salir a caminar o a pasear por el placer de hacerlo es una actividad que tal parece en México y en otros lados está en extinción como dice Gabriel García de Oro en El País Semanal del pasado domingo. Por eso me acordé de los paseos diarios que hacía ese año que estuve en Freiburg, i.Br. en Alemania hace medio siglo, cuando estudiaba matemáticas aplicadas (¡hágame usted el favor!) Entonces vivía recién casado en un cuartito en el 29 de Schwarzwald Straße (Calle de la Selva Negra) al limite Sur de la ciudad a la entrada del bosque más bonito que he conocido en mi vida.

Todas las mañanas, sin importar el frío del invierno, salía a caminar por esa calle hasta internarme en el bosque, echando vapor por la boca y las narices, absolutamente feliz de hacerlo sin prisa, observando el follaje, los troncos de esos abetos enormes, dándole vueltas a la fantasía que siempre es parte de nuestra vida. Poco a poco se acomodaban las ideas y fue en esos paseos que tomé dos o tres decisiones muy importantes.

Algo nos dice el poema de Antonio Machado: 

Caminante, no hay camino, 
se hace el camino al andar. 
Al andar se hace el camino, 
y al volver la vista atrás se ve la senda 
que nunca se ha de volver a pisar.

Tanto en la ciudad de México como en Guadalajara son pocos los lugares donde podemos pasear: en México, los que vivimos al sur puede uno ir al bosque de Tlalpan y, los que viven por San Miguel Chapultepec, hay un bosque maravilloso pero está cerrado al público. Cuando vivía en Guadalajara en la calle de López Cotilla, casi esquina con Tolsa, salíamos a caminar por la banqueta hacia el Poniente y si era por la noche (¡qué tiempos, Señor!), nos invadía el olor a jazmín o a huele-de-noche que destilaba su perfume en abril o mayo. Me dicen que ahora habría que ir al bosque de los Colomos a pasear como una buena alternativa (otra es la Bosque de la Primavera o a la Barranca de Oblatos).

Recordar los paseos nocturnos por la ciudad de Guadalajara a lo mejor me pasa como lo que decía Hemingway en el epígrafe de París era una fiesta, si sustituimos París por Guadalajara: 

Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando eras joven, 
luego París te acompañará, vayas adonde vayas, 
el resto de tu vida, pues París es una fiesta que nos sigue.

Ahora me doy cuenta que paseando puede uno estar acompañado de esa musa de fuego como sugería el Prólogo en Enrique V de Shakespeare, “para ascender al universo de la invención”. ¡Claro!, paseando se despejan las dudas, aflojamos la tensión y dejamos que salga lo que estaba en esa olla de presión.

Novelistas como Robert Louis Stevenson (1850-1894) el de La isla del tesoro, o poetas como Antonio Machado (1875-1939) que habla de esto y se refiere 

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
algunas hojas verdes le han salido... 

O Thoreau (1817-1862) y su Walden, que han sido grandes defensores del paseo.


Pasear y dejar que las ideas o los recuerdos nos asalten, tal cual, como lo saben los que lo hacen de vez en cuando, para quedar a mano con la vida.