martes, 22 de abril de 2014

Así hacen todas

INFOSEL y El INFORMADOR de Guadalajara.
Despina (Danielle DeNiese) y Dorabella (Isabel Leonard) en Così fan tutte.
La belleza de Così fan tutte es difícilmente superada por cualquier otra de Mozart o de sus colegas. Tal vez se debe a ese equilibrio formal o a la dualidad que encontramos entre el dolor de la infidelidad, al tiempo que nos divertimos mucho.

Son tres hombres y tres mujeres que forman tres parejas y por eso disfrutamos de todo tipo de ensambles y juegos escénicos en donde pasamos de una situación aparentemente ideal, a caminar por el borde del precipicio en donde, aterrados, vemos cómo peligran las parejas. De esta manera, resulta que es al mismo tiempo una obra cruel y dolorosa, como divertida y angelical, tal como lo ha señalado Sergio Vela en la conferencia que tenemos disponible  en aulabierta.org con la que podrán disfrutar más de esta obra donde somos testigos del genio de Mozart con esta obra compuesta casi al final de su vida y plenitud de funciones para conmovernos y divertirnos.

No puedo olvidar una película —que no recuerdo su título— en donde el protagonista (¿George Cloony o Robert de Niro?) está en la cárcel y logra hacerse cargo de la biblioteca y sobre todo de la discoteca. Por eso pone discos a la hora del recreo en el patio para que sus compañeros oigan por el altavoz algunas partes de esta ópera y, en particular, los duetos que los dejan francamente asombrados cuando las dos hermanas expresan como sienten que el viento sean como sus sentimientos entre la nueva aventura y la pérdida de la inocencia como bien se puede expresar musicalmente hablando. El contraste del público en la prisión y la música angelical es inolvidable.

La trama —como en las comedias shakesperianas— nace de una apuesta que hacen los novios (Ferrando y Guglielmo) con don Alfonso por cien monedas y un brindis, para probar la fidelidad de sus novias.

—Nada —dice don Alfonso—, ya verán que todas hacen igual (Così fan tutte) —en donde el verbo hacer es la clave en la comedia pues, a final de cuentas, la moraleja, no importa si se trata de una situación en siglo XVIII o en el actual, la verdad de las cosas es que nunca hay que poner a prueba, como bien decía Cervantes en la historia del «Curioso impertinente» (Capítulo XXXIII de El Quijote), la fragilidad de la mujer pues… es de vidrio, pero no se ha de probar si se puede o no quebrar porque todo podría ser. Y es más fácil el quebrarse y no es sensato poner en peligro de romperse lo que no puede soldarse…

Las hermanas, después de haber escuchado los consejos de Despina su sirvienta, están dispuestas a dejarse querer y se preguntan ¿quién será el que las pretenda? Para colmo de la farsa, deciden intercambiar parejas y nosotros nos preguntamos si sabían que sus novios estaban disfrazados o si simplemente tenían la curiosidad de saber que pasaba si intercambian pareja. De ser así, hay una especie de hipocresía en este juego escénico y, si no es así, el riesgo es brutal porque, al final de cuentas, una vez que la verdad queda desenmascarada, habrán tenido sus escarceos amorosos con la pareja de la otra y aunque se supone que hay un final feliz (por eso es comedia), nos deja un hueco en el estómago, pues tenemos que aceptar que así hacen todas.


Ellas dicen que cayeron en la trampa por los trucos de don Alfonso y de la seductora Despina quienes aceptan haberlos engañado pero, en realidad, es un desengaño para los enamorados que ahora serán más sabios y vivirán más conscientes de la fragilidad humana, de la mudanza y de la posibilidad de ser a veces tornadizos y veleidosos tanto los hombres como las mujeres, aunque, en este caso, así hacen todas es una lección para los hombres sobre la naturaleza femenina pues, la masculina, es otra cosa que ya se ha averiguado desde la antigüedad.


martes, 15 de abril de 2014

Ave verum corpus y una experiencia mística

INFOSEL y EL INFORMADOR de Guadalajara.

Capilla del Convento de las Capuchinas Sacramentarias.
 Cuando estaba leyendo la vida y obra de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), de pronto, el autor aseguraba que la joya de la corona de este compositor es el Ave verum corpus K. 618 (Salve el cuerpo verdadero), un motete compuesto en abril de 1791 después de haberse encontrado con el maestro Anton Stoll, director del coro de la parroquia de Baden-Baden, a quien le entrega lo que había escrito ese fin de semana que había ido a visitar a Constanza su mujer, instalada en esa ciudad spa con los famosos baños de lodo como los que ahí ofrecen.

El mes de abril de ese año coincidió, como ahora, con la Semana Santa por eso, este motete trata sobre Cristo crucificado, antes de expirar. Es una obra que dura poco más de cuatro minutos y con eso tiene para mostrar su fuerza brutal envuelta en una especie de inocencia que abarca todo ese arco iris que va de la vida a la muerte, como sucede en esta pieza musical única porque tiene, además, la capacidad de expresar justo el momento cuando expira Jesucristo, tal vez un compás al final con el silencio absoluto.

Es un himno eucarístico del siglo XIV que se le atribuye al Papa Inocencio VI en donde lo que dicen, según la versión coloquial de Bernardo Ávalos es esto: Cuerpo verdaderamente dado a luz por la Virgen María, ¡buenos días! (ave: saludo matinal) Cuerpo que de hecho padeciera y fuera inmolado en la cruz por el hombre, y cuyo costado perforado —del que fluyera agua con sangre— nos es dado degustar en la prueba de la muerte. ¡Oh dulce Jesús, oh obediente al Padre (pius) Jesús, oh Jesús hijo de María!

Su fuerza la puede comprobar ese día que celebrando una misa por el aniversario del fallecimiento del arquitecto Luis Barragán (1902-1988) en la capilla del Convento de las Capuchinas Sacramentarias en Tlalpan, misa que diseñó el arquitecto en donde escuchamos al coro con este motete. Varios de los que estábamos en primera fila —pensé que era el único— sin podernos contener, empezamos a llorar sin saber cómo o por qué se había abierto esa válvula de esto que creo fue una experiencia mística.

Tiempo después le comenté esto a Mario Lavista, compositor y amigo quien me dijo que lo entendía perfecto: la combinación entre la música y el espacio puede extrapolar las emociones sobre todo, si el tema tiene que ver con el paso entre la vida y la muerte. Entonces, la combinación espacio-música provocó esta experiencia —como en la edad Media con el canto gregoriano en los oscuros monasterios— y afloran las emociones contenidas, como las que podemos experimentar en la vida tan cercanas a la espiritualidad.

Algo parecido sucede con la Misa de Réquiem, K. 626 —la última de sus composiciones y sólo ocho más después del Ave verum corpus—, una obra que produce experiencias cercana al misticismo, pues sabemos el trabajo que cuesta aceptar la soledad y la muerte sobre todo si sabemos, como Hamlet antes de expirar que lo demás es silencio.

Mozart en ese Requiem expresa su deseo para ser aceptado en el reino de Dios y pide que le den el reposo eterno… Réquiem aeternam dona eis, Domine a ver si logra ver lo que los ojos nunca han visto, ni los oídos escuchado.


Cuando el Réquiem llega a la Ira divina  Dies irae—, antes del perdón, nos da pavor escuchar la versión de Mozart que, alucinando por el fantasma que le exigía la terminación de esa obra porque "el tiempo se acababa”, decide que, después de la Ira vendría la entrada triunfal en donde, paradójicamente es la calidad de efímero lo que nos permite apreciar más las cosas y las personas en esta vida, antes de que llegue la Lux aeterna con la que termina este Réquiem y que nosotros nos vayamos a nuestra casa con todo esto que imaginamos que es parte del viaje que hacemos entre los vericuetos de este mundo.

jueves, 10 de abril de 2014

De morado o el sol de la playa

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 12 de abril, 2014.
Bahía Banderas en Nayarit.
Bar de Morado se llamaba ese que estaba o está en lo que es ahora la Terminal No. 1 del aeropuerto de la ciudad de México y es uno de esos nombres que no se olvidan, producto del ingenio creativo. Pero también es el color —y perdón por esta asociación de ideas que surgen al inicio del desarrollo de una idea que no puede dejar de escribir porque sé que el inconsciente es una poderosa herramienta que alimenta lo que tratamos de contar—, que asociamos con la Semana Santa que sabemos tiene dos caras y es la misma moneda: por un lado las vacaciones y, por supuesto, la salida del aeropuerto congestionado por el turismo cuando los vuelos se “demoran” y por eso —¡ya caigo!—, estaba la conexión que al inicio parecía absurda pero que contrasta con la otra cara de esta semana: la costumbre y los ritos religiosos cuando hay que guardar luto, rezar y hacer la visita de las siete casas o iglesias como es el vía crucis con las imágenes cubiertas de morado en señal de duelo, como ese tormento al que nos sometían mis tías cuando a mi padre se le ocurría llevarnos a su tierra en Tepatitlán en estas fechas que no nos gustaba nada pues preferíamos el mar, el sol y la playa que el luto morado, el rezo y el luto por la muerte.

Qué bueno que cada quien decide sus costumbres y ritos pues son dos caras que están al mismo tiempo en estos días cuando se antoja descansar de la rutina, tomar el avión —aunque se demore el vuelo— y hagamos escala en el bar porque a fin de cuentas ¡ya estamos de vacaciones!, o mejor la decisión de guardar luto y tratar de digerir la muerte con ‘M’ mayúscula.

Dos actitudes diferentes en donde cada quien es libre de adoptar la que quiera y que, en este país, tenemos la absoluta libertad que es todo lo que necesitamos para poder respirar profundo como lo hacían mis tías Raquel y Anita que eran —es un decir—, felices en Tepa durante la Semana Santa cuando su actividad aumentaba, los rezos se multiplicaban y el cura Reynoso iba y venía entre los rebozos, los sombreros de los rancheros y el olor a incienso que impregnaba los vestidos negros que usaron mis tías toda su vida desde que había muerto su madre, una joven alteña que casaron con mi abuelo para vivir en una casa que está a espaldas de la Parroquia que durante esta semana la cubrían toda de morado. Prohibido oír el radio (no había televisión), ni algo que se asemejara a la vida y al sol. Todo tenía que ser, como lo recuerdo en la infancia, doloso, serio, solemne, como la muerte misma hasta el vuelo de las moscas que, con el calorón, pululaban de uno al otro lado.

Decisiones que contrastan: días de morado o días que íbamos al mar y pasar dos semanas en las Olas Altas de Manzanillo capoteándolas como una reacción frente a la muerte y el luto, evadiendo ese tema con el Sol y por las noches con la Luna hasta que llegaba el Sábado de Gloria cuando pasábamos de la oscuridad a la luz, cuando ya podíamos volver a bailar y disfrutar de todo lo que nos rodeaba, incluyendo las lunadas cuando nos recostábamos en las piernas de la novia mientras la piel tostada brillaba como si hubiéramos vuelto a la vida.