jueves, 31 de julio de 2014

De la injusticia a una segunda oportunidad

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 2 de agosto, 2014.— 
Jorge Ávalos, Margarita González O., Luna Beltrán y Humberto Solórzano.
Hace exactamente una semana leímos, cuaderno en mano, «La ira de Leontes», un texto que es una parte medular del Cuento de invierno de Shakespeare (1610). Desde que lo leí por primera vez, me impresionó mucho la capacidad que tenemos para explotar de ira ya se la propia o la de esas personas que enloquecen, iracundos e irracionales producto de los celos o de cualquier otra pasión y que puede llegar a destruir lo que más queremos. ¿Alguna vez les han estado en una situación así?

Por otro lado sabía que hay un modelo a seguir para que cualquier historia tenga éxito como el que aplicó Alejandro Dumás, padre en El conde de Montecristo que inicia con una gran injusticia y, a partir de ese momento, se crea tal tensión que no nos queda otra que estar muy pendientes de lo que hace Edmundo Dantés, el mismo que estaba en plenitud de su vida antes de casarse con Mercedes para ser hecho prisionero injustamente.

Todos esperamos que Dantés pueda vengarse y aplique la verdadera justicia, la piedad y el perdón. Por eso seguimos leyendo esa historia con mucho interés mientras se lleva a cabo todo esto y que el universo que estaba de cabeza vuelva a tomar su lugar y regrese la armonía de los planetas, aunque de repente veamos la lluvias de estrellas que tanto angustiaban a Charlie Brown.

El sábado pasado actué por segunda vez…, no, no es cierto. Siempre he actuado porque estoy seguro que todo el mundo es un teatro, y todos los hombres y las mujeres, simples actores que tienen sus salidas y sus entradas. Un hombre en su tiempo, representa muchos papeles, cuyos actos son las siete edades, tal como lo conocí en una comedia de Shakespeare.

Pero en esta ocasión hice dos papeles en escena: la del Maestro de ceremonias y la de Camilo, el consejero y hombre confianza de Leontes representado por Humberto Solórzano; Hermione, la reina y esposa de Leontes embarazada, a punto de parir, lo hizo Margarita González Ortiz que recibió un aplauso especial por su actuación; Jorge Ávalos fue Políxenes, el amigo de la infancia de Leontes y rey de Bohemia que en esta ocasión estuvo en manos de una estrella del teatro; la joven actriz, Luna Beltrán actuó como Mamilio, el primogénito de los reyes de Sicilia. Y todos salimos a escena a las 18:30 en la Capilla Gótica del Centro Cultural Helénico en la ciudad de México un espacio acorde con esa historia medieval en donde Leontes, de la nada, cuando todo estaba en plenitud —como Dantés, el día de su boda—, cae la espada de la locura y Leontes, enfermo de celos, enloquece de ira en una implicatura absurda y así empieza a desvariar:

—¡Vean, vean nada más! ¡Cuánto ardor! ¡Cuánto ardor! Eso de llevar la amistad tan lejos es como unirse con la sangre. ¡Qué angustia mortal! ¡Qué palpitaciones me están dando! Mi corazón bailotea; pero no de gozo; no, de gozo no

Y así sigue sin poder controlar la ira que está sintiendo y expresando. En medio de la lectura escuchamos risas y murmullos y por eso supimos nos habíamos conectado. Así libramos la batalla lo mejor que pudimos y al terminar la lectura, hicimos un resumen de la historia que termina bien, digamos, cuando Leontes, dieciséis años después, acepta su error y aprovecha esa segunda oportunidad, como la que tanto deseamos tener, aunque, para entonces, ya estemos todos madreados.





Expectativas del poema sinfónico Macbeth

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 31 de julio, 2014.— 

Macbeth y Banquo regresan después de la batalla. El cielo está encapotado
En este juego de espejos trato de imaginar cómo es que el joven Richard Strauss (1864-1949) transforma la historia de Macbeth en su poema sinfónico Macbeth Op. 23 y cómo es que la ambición de este personaje se expresa musicalmente ahora que este fin de semana lo podremos escuchar en vivo con la Orquesta Sinfónica de Minería y la dirección de Carlos Miguel Prieto.

¿Cómo expresar musicalmente la vida de un hombre que pasa de lo bello, es decir, de la victoria y los honores recibidos por parte del Rey a lo feo, una vez que su ambición sale a flote de la cloaca del inconsciente y acepta que su mujer lo empuje para, entre los dos cometer un regicidio y, entonces, lo bello, que sería reinar Escocia, se convierta en lo feo y se transforma en un asesino serial?

¿En qué sentido Strauss interpreta musicalmente el desarrollo de esta historia? ¿Podremos escuchar cómo es que el monstruo sale fuera de sí para opacar todo lo que brillaba con sangre inocente que embarra por todos lados sólo para mantenerse en el poder?

La vida es una sombra que pasa —dice por ahí— un pobre actor que gesticula y se pavonea en el escenario una hora y luego nadie sabe de él, es un cuento contado por un idiota lleno de sonido y furia que nada significa. ¿Podremos escuchar musicalmente esta definición poética de la vida?

Parece que Strauss no logra en su poema sinfónico presentar las diferentes etapas por la que pasa este hombre hasta que termina muriendo en manos de Macduff, esto otro noble escocés que lo llama ‘perro del infierno’ antes de clavarle la espada y cortarle la cabeza para mostrarla como trofeo.

Macbeth fue un héroe, pero tenían que ser una brujitas las que destaparan su ambición por el poder externo y que también se puede interpretar por lo que sabe su mujer en cuanto a cierta decadencia de su poder sexual y, entonces, para demostrar lo contrario, asesina al rey en su propia casa, tal vez para mostrar su hombría y aparentar seguir siendo potente. Entonces, el triunfo se convierte en derrota (es decir, lo bello, en feo).

Ulises Schmill escribe en Las implicaturas del Resentimiento (Themis, 2010) lo que proponía Flaubert en relación al arte como espejo —de ahí este juego semanal—, donde declaraba que el novelista, el dramaturgo o el compositor son espejos que van al lado del camino reflejando los modelos que van construyendo y esto lo confirma Schmill citando a Hamlet cuando explica la finalidad del arte dramático y asegura (como también lo ha hecho Vargas Llosa) que el teatro tiene «la posibilidad de presentar un espejo de la Humanidad en donde podamos ver tanto la virtudes como los vicios de cada edad y cada generación, cada una con su fisonomía y su sello característico».

Tener un espejo para poder vernos reflejados en lo que hacemos y por eso tenemos algunas expectativas de conectar lo que escuchamos de Strauss con eso que comenta Macbeth al principio de la obra: «en mi vida he visto un día tan feo y tan bello al mismo tiempo» y, en ese espejo sabemos que esa sensación la podemos tener un día cualquiera mientras vamos por el Periférico, antes o después de esa batalla en las que luchamos a favor del rey y en contra del destino o de la competencia o del  rebelde Macdonwald que se atrevió a enfrentar al rey abiertamente y no como Macbeth, que desde lo oscurito lo asesina mientras dormía.

La obra fue escrita en 1606 y dos siglos después Strauss compone este poema sinfónico conociendo que este hombre después de ese hecho no volverá a dormir, pues… ha asesinado al sueño. ¡El inocente sueño, el sueño que entreteje su enmarañada madeja con tanto cuidado! El sueño que es como la muerte de cada día, el baño para la fatiga, el bálsamo para nuestra mente dolida, el segundo plato de la Naturaleza y el principal elemento del festín de la vida, como escribió Shakespeare y como espero que Strauss lo considere en su poema sinfónico.


miércoles, 23 de julio de 2014

Que toda la vida es sueño

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 24 de julio, 2014.


Para Armando Hatzacorsian.

A veces la nostalgia nos impulsa a recordar cosas del pasado tratando de reconstruirlo y contrastarlo con el presente. El martes, hace una semana, fui a darle el pésame a mi amigo y estando ahí vi por accidente, por la ventana del féretro, el perfil afilado de su padre inmóvil y ante esa inmovilidad absoluta le di la razón a Hamlet cuando dijo «lo demás es silencio» antes de expirar y se me enfrió el corazón de ver cómo pasa uno a la inmovilidad total y a la negra nada infinita, después de tantas cosas que hicimos y deshicimos.

La nostalgia y la melancolía se presenta a la hora menos esperada y supongo que hay que dejarla que vague un rato para luego expulsarla de su paraíso, no vaya a ser que nos quedemos secos como tronco de árbol partido por el rayo del pasado, para así liberarnos y que podamos enfrentar el presente para salir a tomar el aire libre y caminar por la banqueta soleada.

Bien lo supo Proust cuando se puso a buscar el tiempo perdido y escribió esa obra que le ocupó toda su vida, reconstruyendo los placeres y los sufrimientos de su infancia y juventud, en medio de una nostalgia sublimada desde que volvió a probar la magdalena («valva de concha de peregrino») sopeada en el té que le ofreció su madre un día que hacía frío y que le funcionó como si fuera un relámpago que encendió la mecha con la que empezó a reconstruir la vida a su alrededor.

Dejó a un lado la taza y se volvió hacia su alma —como él decía— para rescatar esos momentos de angustia por la ausencia de su madre o cuando no podía controlar lo exterior, mucho menos asegurar la presencia de Gilberta o para describir la pasión de Swann por Odette hasta que, al final escuchamos a este hombre derrotado que nos dice: «¡cada vez que pienso que he malgastado los mejores años de mi vida, que he deseado la muerte y he sentido el amor más grande de mi existencia, todo por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!».

Proust habla de la música y del amor a través de la frase de Vinteuil (¿tomada de la Sonata para violín y piano en La mayor de Cesar Franck?) y también nos habla del placer que le proporcionaba escucharla una y otra vez, tanto que era una verdadera necesidad «como cuando entramos en contacto con un mundo que no está hecho para nosotros, que nos parece informe porque no lo ven nuestros ojos y escapa a nuestra inteligencia para sólo percibir un sentido único: el gran descanso… aunque llevaba marcada la sequedad de su vida se sentía transformado en una criatura extraña, ciega, sin facultades lógicas, como si fuera un fantástico unicornio, un ser quimérico que sólo percibía el mundo por el oído… en una rara embriaguez para despojar al alma de todas las ayudas del razonar y hacerla pasar a ella sola por el colador, por el filtro oscuro del sonido.»

Michael Murphy habla en Proust y América: lo efímero y el paso del tiempo de la capacidad que tenemos para combinar la eterna belleza del arte con lo «efímero, lo fugitivo, lo contingente» y señala que «si el Tiempo se pudiera hacer visible, no sería a través de lo permanente… sino a través de lo efímero».

Tal vez por eso, desesperados por el paso del tiempo, no disfrutamos del presente (efímero por definición), como la música que se evanesce desde el mismo momento que empieza, tal como nos pasa cuando creemos estar en el mejor momento de nuestra vida y que, sin terminar de decirlo, sabemos que ¡ya pasó! Pues sí, tal parace que «toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son» —como dice Segismundo en esa obra de Calderón de la Barca.

miércoles, 16 de julio de 2014

Sabe a sal mi pensamiento

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 17 de julio, 2014.— 

La esposa y la hija de Joaquín Sorolla a la orilla del mar.
Desde que tenemos memoria acostumbramos salir de vacaciones en el verano, tal como lo podemos apreciar ahora que recibimos fotos de nuestros amigos de Monte Albán en Oaxaca o de la playa a la orilla del mar o desde Europa, trotando por esos espacios.

Siempre asocio el mar con las vacaciones y casi siempre considero al poeta José Gorostiza (1901-1973) cuando me pongo en su lugar tratando de imaginar qué pensaba cuando estaba en alguna de sus oficinas o embajadas cuando extrañaba tanto el mar que, como decía, ya tenía sabor a sal su pensamiento: 

¡El mar, el mar!
Dentro de mí lo siento.
Ya sólo de pensar en él, tan mío,
tiene un sabor de sal mi pensamiento.

¿Qué es lo que nos hace añorar el mar: su inmensidad, su color reflejo del cielo o será que es el origen de la vida y, por lo tanto, el gran seno materno? ¿O el oxígeno que respiramos y todo lo que nos dicen que fija el Sol con sus rayos en la piel o en los huesos? O será por todo esto junto que nos va llegando al fondo del alma como ese recuerdo de las olas del mar que, como los pensamientos, se enciman uno tras el otro y en ese eterno movimiento, arrullarnos, mecernos al escuchar sus tumbos y ese desaire que termina en susurro cuando se arrastra, como espíritu puro sobre la arena antes de regresar a su origen. ¿Qué le habrá pasado a Gorostiza mientras estaba en su oficina: cerraba los ojos y se dejaba llevar por sus pensamientos, apuntando todo lo que se le ocurría para luego darle forma para que lo siguiéramos cantando cada vez que pensamos en el mar?

Otra manera de estar allí es asomarse a los cuadros de Sorolla que nos hacen suspirar porque es así como nos gustaría pasar las vacaciones de verano con la familia: con la esposa y la hija vestidas de blanco albeando y el viento que les mueve los vestidos de felicidad mientras una sostiene el sombrero de paja para que no salga rodando por la arena y, la otra, nos voltea a ver para casi desmayarnos. O los pequeños jugando en la arena a punto de entrar a jugar con las olas y que suceda como con el poema de Gorostiza, que los cuadros nos llenen estos días mientras pensamos vagar a la orilla del mar.

También disfrutamos con El arte de viajar de Alain de Botton (1969-) que nos recuerda a los otros textos de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) plenos sentido del humor y una erudición implícita, irónicos y profundos con los juegos y los contrastes que hacía hasta que nos damos cuenta que lo más importante cuando viajamos depende de las condiciones anímicas con las que lo hagamos, más que el destino del viaje.

Salir de casa, romper la rutina, explorar otros mundos y conocer esas esquinas de nuestro planeta; descansar, encontrar y disfrutar la belleza de la Naturaleza y saber capturarla para confirmar lo exótico de este planeta como si nos subiéramos al balcón para ver el bosque —a vista de pájaro—, y que los problemas tomen su distancia.

Comparar lo real con lo imaginario como lo hacemos cuando viajamos o cuando leemos a los que viajan, por ejemplo, las historias del Conde se Esseintes, un personaje de la novela A contrapelo de J. K. Huysmans, en donde el «decadente y misantrópico héroe, concebía por anticipado su viaje a Londres» mismo que nunca pudo hacer. 

O el viaje que de Botton dice haber planeado hacer después de seis meses de lluvia y frío en Londres cuando vio un folleto en una agencia con unas palmeras borrachas de sol y un mar azul, cuyas olas se acuestan en la arena. No tarda en tomar el avión y llegar a Barbados en donde casi hecha a perder ese viaje cuando se pone a discutir con su esposa puras tonterías sin importancia.

¿Qué es lo buscamos cuando viajamos: evadir la realidad, salir del encierro, buscar la felicidad, realizar algún sueño, imaginar una aventura erótica o exótica, o simplemente caminar y ver algunos de esos lugares que pueden ser los más bellos del mundo? A lo mejor sólo queremos dormir, dormir y dormir.

También sabemos de otras alternativas como la de Xavier de Maistre en 1790 y su Viaje alrededor de mi cuarto, en donde viajamos sin tener que salir a ningún lado ni exótico, ni playero, ni cultural, como esta historia, entre otras más, que nos cuenta Alain de Botton para nuestro deleite.