sábado, 27 de septiembre de 2014

Un divertido otoño de la vida

EL INFORMADOR. Tertulia del sábado 27 de septiembre, 2014.— 
Central Park de Nueva York en otoño
«La primavera, el verano, el fecundo otoño y el furioso invierno cambian su acostumbradas vestimentas frente a un mundo aterrado por los cambios de tal manera que ya no saben cuál es cuál…», decía Titania la diosa de las Hadas en el Sueño de una noche de verano y que viene a cuento porque acaba de iniciar el otoño, la estación en la que se recoge lo que se ha cosechado, antes de que termine el año o la vida.

Es un ciclo que aprovechamos para detenernos un momento y tomar en cuenta lo que significa, sobre todo, si estamos en «el otoño de la vida» y nos estamos preparando para ese invierno como el que pronosticaba Ricardo III que podría ser «el invierno de nuestro descontento», cuando se acaben los problemas como sugería el duque de Gloucester jugando con el doble sentido con el que le permitió halagar a su hermano mayor, el recién coronado Eduardo VI para luego referirse a él como el «sun of York», «el sol de York» o «el hijo (son) de York», como les guste.

¡Ahora es el invierno de nuestro descontento! / Now is the winter of our discontent! y cuando lo escuchemos en la serie The Hollow Crown (El hueco de la corona) del canal de Film&Arts, asumimos que se trata de un «ahora», es decir, en este momento, no de aquel otro «ahora» de 1471 al final de una guerra civil.

Hoy asumo esta propuesta histórica-dramática y acepto que «ahora» es el tiempo para que ya no haya desacuerdos, sino todo lo contrario, pues el otoño ya empezó y, en otras latitudes más nórdicas, donde hay árboles de Maple o Liquidámbar, como Boston, NY o Canadá, las hojas verdes se vuelven amarillas o rojas o viceversa y caen por los suelos cubriendo y nutriendo la tierra después de hacer ese vuelo en vaivén, según la fuerza del viento que haga, como si la Naturaleza supiera que en esta época hay que soplar para ayudarlas a que se desprendan de sus ramas como sucede en el otoño bajo la dirección de esta gran directora de escena en este Teatro del Mundo.

«Contempla en mi aquellas épocas del año, cuando las amarillas hojas, pocas o ninguna, cuelgan de las ramas que tiemblan cuando hace frío, desnudos coros en ruinas, donde los dulces pájaros cantaron.» (Soneto 73. 1-4, Shakespeare) Y las ganas de que se acuerden de nosotros cuando cantábamos dulces canciones.

En Guadalajara octubre es el mes de las fiestas como estas que ha montado el gobierno para entretener a la gente y ganar protagonismo frente a las celebraciones religiosas que giran alrededor del regreso de la virgen de Zapopan a su Basílica, acompañada por millones de tapatíos desde que tengo memoria.

Este año habrá una espléndida exposición con obras de Leonardo da Vinci (1452-1519), ese gran artista del Renacimiento por excelencia con dibujos, pinturas, esculturas, maquetas de armas de la guerra y pájaros voladores, además de torneos, campeonatos y canto popular y algo de rock.

Aunque de joven nunca asocié el otoño con las dos terceras partes de la vida antes que llegue la oscuridad y el silencio, ahora estamos conscientes y, por eso, mejor nos ponemos a cantar aquello que señala a las lunas la de octubre como la más hermosa «porque en ella se refleja la quietud…», y respiramos hondo, porque sabemos que esto se acaba hasta que se acaba, como los partidos que vamos a ver en la Serie Mundial de Béisbol.


miércoles, 24 de septiembre de 2014

En esto ver aquello

INFOSEL. Crónica cultural para el jueves 25 de septiembre, 2014.— 
Edward Hopper (1882-1967), el cuadro en la Sala Boari y la soledad urbana.
¿De qué manera pudo compartir Octavio Paz sus experiencias y crear un diálogo entre sus textos, las obras de arte y el espectador? En esto ver aquello que es la exposición-homenaje a los cien años de su nacimiento (1914), volvemos a encontrar ejemplos donde se «revelan las afinidades electivas de Paz, expresadas en sus escritos sobre arte…», mismas que nos vuelven a sorprender tanto por la extensión como por la profundidad con la que logró conectarse con los artistas y sus obras hasta el mismo día que estaba viviendo para que sus lectores pudiéramos asociar y conectar cómo es que se alimentó en esta especie de flujo y reflujo como el que se da cuando somos capaces de aceptar y disfrutar diferentes maneras de interpretar la vida y lo que nos rodea.

Qué fortuna haber estado con él en marzo de 1990 cuando inauguró la exposición Los privilegios de la vista con esta misma selección de obras y de artistas sobre los que había escrito sus ensayos y poemas, jugando con lo que ellos proponían, en un ir y venir como las olas del mar y como ahora las podemos volver a disfrutar En esto ver aquello, en esta exposición que volvió a armar el CONACULTA y que el INBA ha curado en las salas del Palacio de Bellas Artes, para tener la misma sensación, veinte años después, con una mejor perspectiva, pues hemos incursionado en algunos de esos textos de Paz.

En aquel entonces fue asombroso ver cómo habían logrado reunir en el Centro Cultural Arte Contemporáneo, A.C., que estaba en Campos Elíseos y, cuando todos, es decir, el presidente Carlos Salinas de Gortari, el Tigre Azcárraga (1930-1997), las autoridades de la cultura del momento y los pocos afortunados o happy-few que estuvimos allí y esperamos un discurso frío e intelectual de Paz, resulta que el poeta decidió declarar públicamente su amor y pasión por Marijo su esposa y Musa que lo había inspirado toda su vida y con quien había experimentado lo que después describe como el amor cortés en La llama doble, declarando que en el árbol del amor la sexualidad es la raíz, el tronco es el erotismo y el amor es la flor.

Nos quedamos boquiabiertos al escuchar esto improvisado y medio desparpajado discurso amoroso que sólo un poeta como Octavio Paz pudo expresar ese día de fiesta, sobre algo que fue tan importante en su vida como fue experimentar el verdadero amor y asociarlo con las artes plásticas.

Ahora, a la entrada de la sala La sonrisa de Eros, podemos ver uno de los videos en donde Paz narra su historia de amor y nos muestra a su joven Musa, una muy atractiva mujer, en medio de la selva, como las que hay en la India en donde la conoció en los años 60’s, como una más de las esculturas de esas diosas frondosas, cachondas bailarinas, como las hay en esas latitudes —y que podemos ver en esta sala—, que ejemplifican esa sonrisa del erotismo.

En esto ver aquello es otra muestra de obras de arte puestas en once pequeñas salas en donde aquello es lo otro que tenemos recóndito y por eso, con esta visita, cerramos ese círculo virtuoso que él trazó hace veintitantos años, agradeciéndole al poeta sus explicaciones que permiten a los espectadores atar cabos.

Es admirable la manera en la que Octavio Paz jugó con el arte (el hommo ludens que juega y establece reglas de juego), mientras recorremos las piezas y las obras privilegiadas por poderlas volver a ver como él las vio en su momento y las analizó desde diferentes puntos de vista, así como, la manera en la que se alimentó para escribir inspirado por los surrealistas, un poema circular que corre como el agua de un arroyo, rebotando entre las lajas de piedras, girando y enrollándose mientras llega a su fin en esta curaduría.

Por ahí había rescatado en Las trampas de la fe lo que leía Sor Juana, como si él también se viera reflejado en ese espejo y la curiosidad como tenía esta monja sobre la obra de Kircher (Athanasii Kircheri), sobre el magnetismo y su famoso tratado Ars magna lucis et umbrae que luego asocia en el primer pasaje de su poema Primero sueño que habla de la linterna mágica diciendo:

Piramidal, funesta, de la tierra
nacida sombra, al Cielo encaminaba
de vanos obeliscos punta altiva,
escalar pretendiendo las Estrellas;

Y si recorremos la sala denominada la Apariencia desnuda con Marcel Duchamp, vemos una fotografía que nos desconcierta tal como escribió Paz de este quien ha sido causal del parteaguas en el arte contemporáneo: «su obra está sustentada en el humor, la provocación y la transgresión como formas de pensamiento…» Paz resultó ser un aventurero, un descubridor que encuentra las raíces de los artistas, como a Dechamp de quien nos dice que «es una variación —una más— de un tema tradicional del arte y el pensamiento de nuestra civilización. El tema es doble: amor y conocimiento; su objeto es uno: la naturaleza de la realidad. Variación en el modo metairónico: el amor que nos lleva al conocimiento, pero el conocimiento es un reflejo apenas, la sombra de un velo transparente sobre la transparencia de un vidrio.»

Antes de pasar a ver la sala de El cubismo y Picasso o el cuadro de Hopper que bien vale la pena sentarse… —¡por fin, en esa sala pusieron una banca para poderse sentar y disfrutar las obras con calma y ojalá, alcanzar a vernos reflejados en esa soledad tan urbana y, a un lado, las obras de Motherwell (en la Sala Adamo Boari de la planta baja del Palacio) que nos deja perplejos por la fuerza y la capacidad que tuvo Paz de integrarlo a su catálogo de artistas y de obras de arte tan a tiempo, tan en su propio siglo cuando todo parece que se llevaba a cabo aquello de amar a tiempo y desatarse a tiempo, como decía Renato Leduc.


Si puede, no se pierda poder tener el privilegio de esta vista y en esto ver aquello.

jueves, 18 de septiembre de 2014

La-banda-de-los-colados

EL INFORMADOR. Tertulia del sábado 20 de septiembre, 2014.

 Un incidente que no puedo dejar pasar por alto, pues lo considero un desacato, una falta de respeto de parte de las autoridades del Palacio de Bellas Artes que permiten que un grupo de vagos, alcohólicos y vividores se cuelen como invitados a los cócteles privados que se ofrecen después de una sesión como la de la Academia Mexicana de la Lengua saliendo de la Sala Manuel M. Ponce, en la terraza oriente del Palacio, para celebrar el ingreso a esa Academia de Jesús Silva Herzog Márquez quien fue aceptado después de haber ofrecido su discurso en donde contrastó a dos granes escritores como fueron don Alfonso Reyes (1889-1959), miembro y columna vertebral de esa Academia y al poeta Octavio Paz (1914-1998) Premio Nobel de Literatura 1990, que nunca fue invitado a formar parte de esa Academia con lo que muy a su manera puso el dedo en la llaga.

Se celebraban también los 139 años de la Academia y la coincidencia de que Jesús Silva Herzog Márquez ocupara la misma silla que su abuelo, al tiempo que el INBA celebraba los 80 años del Palacio de Bellas Artes y los cien años del nacimiento de Octavio Paz (1914) con la exposición En esto ver aquello que bien vale la pena venir a la ciudad de México para verla.

El discurso fluyó como los ríos que van a la mar, con giros inesperados para destacar las diferencias de tono y de fondo entre estos dos grandes hombres. Sabía a dónde quería llegar después de haber contrastado una actitud conciliadora y diplomática como era la de don Alfonso, con esa otra crítica y polémica de Octavio Paz (parecida a la del propio Jesús), en donde la palabra se convierte en acción.

Así, declaraba Jesús su modo de pensar y su aguerrida manera de escribir con una pluma afilada y puesta en ristre con la que se sale al campo de batalla todos los días. Para los miembros de la Academia —y para nosotros—, Jesús es «un observador lúcido de los escenarios de la política y de la cultura, un escritor, un espectador en la tradición de José Ortega y Gasset.»

Hugo Hiriart contestó el discurso con gracia y brevedad, como acostumbra hacerlo, para después salir a la terraza con vista al Palacio de Correos.

Para nuestra sorpresa, ya estaban instalados el grupo de «la-banda-de-los-colados», unos quince o más individuos que entran como a su casa cada vez que saben habrá vino y botana gratis, para llegar y comer a puños la botana y beber a grandes tragos el vino que, en esta ocasión, ofrecía la Academia a sus invitados y amigos.

De esta manera, lo que era un cóctel para celebrar el ingreso de Jesús Silva Herzog Márquez se convirtió en una batalla campal entre la-banda-de-los-colados, los invitados y los meseros que salían con su charola y de pronto no se podían ni mover, sitiados por la-banda-etc… que empujando al resto de la humanidad arrasaban con lo que había, sin ocultar su hambre ni su sed.

Al rato, uno de ellos se resbaló: iba a vomitar sostenido por sus compinches sobre una de las columnas del corredor sin que las autoridades del Palacio tomaran medida alguna para evitar la entrada de estas bandas a los cócteles privados, en una de estas absurdas permisibilidades democráticas o más bien demagógicas o descuidadas, como las que hay en otros sectores. 

Pero el buen humor nos salvó y celebramos con gusto el ingreso de Jesús a la Academia.



miércoles, 17 de septiembre de 2014

Contrastar a dos gigantes

INFOSEL. Crónica cultural para el jueves 18 de septiembre, 2014.

Jesús Silva Herzog Márquez en la ceremonia de aceptación a la Academia.
Contrastar a dos hombres de letras del siglo XX como Alfonso Reyes (1889-1959) y Octavio Paz (1914-1998) es todo un reto, y eso fue lo que hizo Jesús Silva Herzog Márquez (1965-) en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua durante la ceremonia formal a la que asistimos el pasado jueves 11 de septiembre en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Fue un día de celebraciones por todos lados, entre otras, los 139 años de la Academia y el hecho de que Jesús ocupe la silla XIX que ocupaba su abuelo, el economista e historiador don Jesús Silva Herzog (1892-1895).

Contrastar a dos figuras que vivieron en el mismo siglo, aunque de una generación diferente nos permitió conocer a dos hombres de una cultura universal con dos modos de expresarse opuestos: don Alfonso, miembro de esa Academia, conciliador y diplomático; Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura 1990 que nunca fue invitado a la Academia, fue un poeta y ensayista que convertía la palabra en acción, un hombre que gustaba de la polémica y la confrontación de ideas y principios y que no le tenía temor a nadie ni a nada. Por eso, podía señalar las tiranías y las dictaduras del proletariado como la de la Unión Soviética.

En este contraste de estilos y formas de ser, Jesús estaba, implícitamente, poniendo el dedo en la llaga de la historia de la Academia al tiempo que imaginamos que se sentía más identificado con el modo de ser de Paz tal como acostumbra hacerlo, como recientemente a propósito del bombo y platillo del nuevo aeropuerto de la ciudad de México en donde señala que «bajo el ecosistema de la corrupción, toda obra pública es, por definición, sospechosa. No es que tengamos el derecho a ser suspicaces, es que es nuestro deber. El recelo, por supuesto, no se refiere solamente al aeropuerto, sino a aquello que es consecuencia directa del fervor reformista: la avalancha de concesiones, contratos, concursos y obras que estarán por realizarse.»

En su discurso fue comedido, salpicado de humor en donde nos dejaba ver las diferentes maneras de ser y de escribir de estos dos hombres a los que les han publicado sus obras completas (FCE) en veintenas de volúmenes que cubren todo lo que uno podría imaginarse, desde la antigüedad hasta nuestros días.

Por ahí contaba una anécdota en la que Reyes critica a Ortega y Gasset porque había tratado mal a Goethe y molesto, le mandó una crítica a su amigo Eduardo Mallea suplicándole que esa carta se mantuviese en secreto. Por su parte, Octavio Paz publicaba a los cuatro vientos lo que pensaba, estableciendo discusiones como las proponía Montaigne quien decía que «hemos venido al mundo para investigar diligentemente la verdad… el mundo no es más que la escuela del inquirir.... Y está al alcance de todos el decir la verdad, pero, enunciarla ordenada, prudente y suficientemente como pocos pueden hacerlo… y cuando converso con un alma fuerte, con un probado luchador, éste me oprime las quijadas, me excita a derecha e izquierda; sus ideas hacen surgir la mías: el celo, la gloria, el calor vehemente de la disputa, me empujan y realzan por encima de mí mismo, en donde la conformidad es una cualidad completamente monótona de la conversación.»

Y por ahí veíamos a Jesús, escritor con pluma en ristre, atando y desatando nudos gordianos, conectando lo que debe de conectar para señalar sus dudas sobre lo que parece brillar —pero que no es oro—, o lo que se celebra con un dudoso triunfalismo. Tiene memoria y sabe que la historia se repite y, aunque se disfrace, él sabe cómo desenmascararla con esa honestidad intelectual como la que ha demostrado tener en el pleno ejercicio de su oficio, sabiendo que puede equivocarse, pero que, por lo pronto, eso es lo que observa detrás de los sucesos. No importa si estamos o no de acuerdo con sus planteamientos y polémicas que va armando, porque como decía Montaigne: «me incomodo con quien se mantiene intransigente, como alguno que conozco, que lamenta su advertencia cuando no es creído, y toma a injuria el no ser obedecido.. Hemos venido al mundo para investigar diligentemente la verdad… el mundo no es más que la escuela del inquirir.»

La semana pasada celebramos con Jesús Silva Herzog Márquez su ingreso a la Academia Mexicana de las Letras dejando claro qué clase de escritor es y seguirá siendo. Cuando Hugo Hiriart le contestó su discurso, le sugería, entre otras cosas, que escribiera más sobre temas culturales, aunque por eso, perdiera audiencia pues esta se reduce dramáticamente, comparada con la que tiene cuando escribe de política en donde sabemos que tiene miles de seguidores.

Cuando el río de palabras llegó a su destino, teníamos un esbozo de esos dos hombres de letras en estos bosquejos durante su discurso de ingreso a la Academia en donde, además, le propuso a Jaime Lavastida, director de la Academia, que consideraran la propuesta de don Alfonso Reyes para incorporar en el diccionario de la lengua «Los alivios», en lugar de llamarle el Water o WC o cuando decimos —mal dicho— que vamos «al Baño» cuando, en realidad, sucede eso que se refiere don Alfonso, en un acto donde logramos como su nombre ahora lo indica.



viernes, 12 de septiembre de 2014

El teatro del mundo

EL INFORMADOR. Tertulia del sábado 13 de septiembres, 2014.
Actores fuera del Hospicio Cabañas en Guadalajara a principios del siglo XX.
Como actor en este teatro del mundo tendría uno que preguntarse si el escenario en el que representamos, esto que se llama las siete edades del hombre, es el apropiado o no. Habrá lugares que nos vengan como anillo al dedo, como el Paseo de la Reforma o, en Guadalajara, el de Lafayette, donde nos sentimos cómodos en nuestro papel.

Esto viene a cuento porque la semana pasada Juan Palomar Verea conversó con Pedro Reyes y el tapatío José Dávila, dos artistas contemporáneos que destacan con sus obras y que participan con ellas en el Museo Rufino Tamayo, como parte de la exposición titulada El teatro del mundo en donde tenemos nos ofrecen diferentes visiones del arte relacionado con las ciudades como ese escenario en donde nos movemos todos los días. Juan inició su plática citando un verso de Quevedo que empieza diciendo:

No te olvides que es comedia nuestra vida
y teatro de farsa el mundo todo
que muda el aparato por instantes
y que todos en él somos farsantes

Y, por su parte, Andrea Torreblanca escribió, en la introducción al catálogo de esa exposición, cómo fue que en 1787 mientras «Grigory Potemkin y la reina Catalina II recorrían las tierras recién conquistadas de Crimea, Potemkin mandó edificar fachadas falsas que simulaban aldeas, importó ganado y designó a personas (actores) para que se hicieran pasar por habitantes de la zona…»

No pude menos que esbozar una sonrisa y recordar nuestro Calzonzin Inspector (1974), esa película basada en un guión de Héctor Ortega, dirigida y actuada por Alfonso Arau, en donde el alcalde (corrupto) de un pueblo de Michoacán (Pancho Córdova) hacía sus propios «pueblos Potemkin», con fachadas que eran parte de ese gran teatro del mundo en donde los gobernantes, no bien terminaba la visita de las autoridades, dejaban caer por los suelos las fachadas que habían simulado el «nuevo» hospital o la nueva escuela, en una práctica que, tal parece, sigue en boga.

Juan Palomar les preguntó a quema ropa: ¿qué es lo que puede hacer el artista para mejorar el escenario en el que vivimos? Y lo que primero salió al aire fue la de evitar que haya esculturas de Sebastián y hasta llegaron a proponer que se debería de desarrollar «un manual para desarmar esas adefesios fuera de proporción para que vuelvan a su origen convertidos en chatarra.»

Luego, volvió a preguntar: ¿hasta dónde llega al responsabilidad de los artistas frente a la fealdad que nos rodea? Y ellos esbozaron algunas respuestas delimitando su responsabilidad, señalando que lo que hacía falta eran curadores de arte urbano, gestores de la cultura que garanticen la realización de las obras bajo criterios estéticos —y no políticos—, mientras se daba el ir y venir por los pasillos del poder en estas escenografías ausentes de belleza.

Actores que deambulamos en un escenario en donde duele caminar mientras representamos «muchos papeles, cuyos actos son las siete edades…» Y, ¿cuál es el papel que representa el artista? Y esa pregunta fue la que se mantuvo en el aire durante la reunión, mientras que el «gran teatro del mundo» —como dice Andrea— sigue utilizado como metáfora la idea de que todos «tenemos un guión preestablecido que debemos seguir y el mundo es ese escenario en donde lo interpretamos» y, más que una respuesta, lo que pasó en esta plática entre artistas, es que se volvió a tomar conciencia de que «todos en él somos farsantes»… como decía Quevedo, que paseamos por un escenario que a veces no corresponde al papel que imaginamos nos tocaba hacer.