sábado, 28 de marzo de 2015

El lejano tiempo de las cartas

Ciudad de México, a sábado 28 de marzo del 2015.

A Jaime Muñoz de Baena (1921-2015) exilado español, querido amigo y Tutor de toda la vida. (En esta foto está con su madre alrededor de 1938.)

«Qué lejano país de las cartas», es el titulo que le dio Antonio Muñoz Molina a la introducción del libro de Ritama Muñoz-Rojas: «Poco a poco os hablaré de todo.» Cartas en donde nos enteramos de la historia del exilio en Nueva York de la familia de los Ríos, Giner, Urruti entre 1936 y 1953, un libro que mi amigo, el abogado José Manuel Cajigas, me hizo el favor de descubrir, después de haber platicado sobre uno de los temas a desarrollar en España con Aurelio Martín, director de la Cátedra del Exilio en Alcalá de Henares, con quien el FCE de España ha publicado una colección sobre el exilio. (1)

En verdad, qué lejos está todo ese tiempo cuando escribíamos cartas manuscritas cuando podíamos leer entrelíneas la firmeza de carácter, la debilidad al borde de las emociones o la soledad y el miedo, la angustia o lo que fuese, que podíamos interpretar si las veíamos en detalle.

Muñoz Molina sabe lo «lejos que está de nosotros el país que nos permite vislumbrar estas cartas: al otro lado del océano pero también al otro lado del tiempo, en una época remota en la que las personas escribían cartas y las leían y estaban pendientes de ellas, de su llegada, de su retraso, de esa mezcla tan rara de presencia y ausencia que hay, había, en una carta manuscrita.»

Cada vez que leo una obra de Muñoz Molina como sucedió con El jinete polaco y ahora Como la sombra que se va, logro conectarme con lo que narra de manera extraordinaria, como hacía tiempo que no sucedía con ningún autor, excepto con Shakespeare. Ahora, con esta breve introducción, me hace recordar aquellos años cuando me sentaba a escribir largas cartas llenas de emoción y de fantasías con el color de las ilusiones, aunque recibía de vuelta, decepcionado, una respuesta simple con relatos sin importancia de la vida diaria, sin el menor asomo del bullicio interior.

De todas maneras, en mis aventuras veraniegas como en 1960 cuando terminé en San Francisco, California, después de una escala en Hermosillo, Sonora, donde trabajé todo el mes de julio en una fábrica de detergentes para con mis $700 pesos irme de aventón hasta San Diego y de ahí, en autobús, para llegar la madrugada de un día cualquiera, asombrado de la proeza –como buen Odiseo–, para llegar a oír jazz, pasear por las calles, comer en el Fisherman’s warf y confirmar que la vida es a todo dar o en esos otros veranos cuando le caía a mi hermano Andrés en la ciudad de México, seguía esperando ese sobre azul con letra del Sagrado Corazón sin importar que fuesen unos textos planos.

Pero la espera, esa «presencia tangible en la letra única y reconocida –como dice Muñoz Molina– desde el sobre y la ausencia que la escritura nunca remedia, aunque alivie, más aun en una época en la que todas las seguridades y todas las cercanías habían sido desbaratadas por la guerra española y en la que otra guerra sucesiva volvía aún más inciertas.»

Mi generación no vivió guerra alguna, excepto la que se declara uno mismo en la adolescencia hasta encontrar la propia huella. Ahora, leyendo esa carta de Fernando de los Ríos cuando se da cuenta que el exilio será largo, le propone a su familia: «poner todo lo que somos en lo que hagamos» y, esto, que puede ser un epitafio, vale oro puro.
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(1) Biblioteca de la Cátedra del Exilio. FCE de España.
1. Aub, Max. 
    El rapto de Europa o siempre se puede hacer algo.
2. Bahamonde Magro, Ángel y Juan Carlos Sánchez Illán (eds.)
    Una república de papel: L´Espagne Républicaine (1945-1949).
3. Díaz Gómez, José Luis. 
    Siembra y memoria: Muerte y evocación de un médico republicano.
4. Largo Caballero, Francisco, Indalecio Prieto Tuero y Luis Araquistáin Quevedo. 
   ¿República o Monarquía? Libertad. Araquistáin, Prieto y Caballero.
5. Pedroso, Manuel. 
    La aventura del hombre natural y civil
6. Redondo Martín, Mariano
    En otros patios de Granada.
7. Romero Solano, Luis. 
    Vísperas de la Guerra de España.
8. Saborit, Andrés. 
    Julián Besteiro.
 9. Sánchez Illán, Juan Carlos (dir.)
     Diccionario biográfico del exilio español de 1939: los periodistas
10. Serra Puche, Ma. Carmen, José Fco. Mejía y Carlos Sola A. (Eds.)
     De la posrevolución mexicana al exilio republicano español.
11. Vázquez Ocaña, Fernando. 
     Pasión y muerte de la Segunda República española.

sábado, 21 de marzo de 2015

El orgullo de nuestros padres

Ciudad de México, a sábado 21 de marzo, 2015.

Catalina Corcuera en casa Luis Barragán. Foto Cristina Kahlo, 2013.
¡Adelante, adelante nobles ingleses, por cuyas venas corre la sangre de sus padres que, como buenos Alejandros, combatieron de sol a sol en estos mismos campos sin envainar la espada hasta conseguir la victoria! ¡Que sus padres se sientan orgullosos de ser sus dignos hijos! Eso es. Sentirnos muy bien sólo de imaginar que nuestros padres, vivos o muertos, se sientan orgullosos de lo que hacemos, como es el argumento que utiliza Enrique V cuando incita a su tropa para que entren por la peligrosa brecha y puedan, finalmente, tomar la ciudad amurallada y sitiada de Harfleur.

Es asombroso el énfasis que hace de este deseo (escrito en 1599) que casi todos tenemos en el fondo de nuestra alma: imaginar que nuestros padres estén orgullosos de lo que sus hijos hacen, es más que suficiente para sentirnos motivados y listos para enfrentar los azares de la vida.

Esto sucedió la semana pasada cuando la Academia Nacional de Arquitectura decidió, a través del arquitecto Francisco Covarrubias Gaitán, Presidente de la Academia, otorgarle a Catalina Corcuera Cabezut el título de “Académico Honorario” y, de esta manera, le confieren los derechos y obligaciones inherentes a esta nueva condición académica y profesional. Catalina ha sido la directora de la Casa Luis Barragán en la ciudad de México desde el 2000 y   desde entonces ha logrado varias cosas: uno, mantener la casa en buen estado; dos, que la UNESCO incluya esta obra arquitectónica en su catálogo de obras del siglo XX Patrimonio de la Humanidad y, tres, recibir cada año a más de 10 mil visitantes de todo el mundo sorteando toda clase de dificultades para fondear los gastos y costos de este mantenimiento y restauración y convertir esa casa en un hito del la arquitectura mundial.

Durante todos estos años aprendió como nadie del valor de la arquitectura y de los arquitectos del siglo XX. Y todo esto lo ha venido realizando con esa modestia, como lo hemos aprendido de los tapatíos hasta que se ha convertido en una manera de ser en nuestra vida profesional.

Por desgracia y por esos azares misteriosos, no pude estar en la entrega de su nombramiento pero, cuando regresó a casa sonriente, con su diploma en la mano, no pude más que pensar en lo feliz que podrían estar sus padres, Carlos Corcuera y Alicia Cabezut, al ver llegar a su hija con ese nombramiento por su trabajo. Imaginar esa posibilidad es más vigoroso que cualquier otra cosa.

Los impedimentos para estar con ella no disminuyeron para nada la luz que alumbra su camino como si, por un instante, se alinearan los planetas y públicamente le reconocieran su trabajo en la difusión de esa obra de arte de la arquitectura de un tapatío del siglo XX y hacerlo, todos los días, con esa emoción que contagia. Y así pues, las coincidencias en esta vida y el azar que se entremete, aunque no queramos, cuando estamos en el campo de batalla.

La simbiosis que se da cuando uno visita la casa de Luis Barragán es algo mágico: los espacios, la luz, la modestia y la elegancia juntas y hasta el carisma de ese arquitecto tapatío está a la vista en esa casa que construyó en 1947 y que vivió hasta que se murió en 1988. Es en esta casa que Catalina Corcuera ha podido promover la obra de un artista que ha dejado una marca en la historia de la arquitectura.

¡Felicidades!


lunes, 16 de marzo de 2015

Los fantasmas del barrio

Madrid, España, a sábado 14 de marzo, 2015.

Calle del Prado en el Barrio de las Letras
Me gusta cuando salgo temprano y camino por la Calle del Prado en el corazón del Barrio de las Letras en Madrid, en donde la fortuna me ha sonreído gracias a un ángel de la guardia que me permitió aterrizar, desde las alturas, para asumir uno de los mayores retos de mi vida.

Poco a poco lo he recorrido con calma y a diferentes horas. Por ahí deambulaban y vivían en la Edad de Oro, don Miguel de Cervantes (1547-1616), quien escribió a su mecenas «puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo…» para desear y ser enterrando en el Convento de las Trinitarias Descalzas que está también en este mismo barrio y poco después de haber terminado Los trabajos de Persiles y Segismunda, con esta especie de realismo mágico diciendo que «en esta vida los deseos son infinitos y unos se encadenan de otros y se eslabonan y van formando una cadena que tal vez llega al cielo y tal se sume en el infierno», como bien dice en esa otra novela que nunca, aunque él mismo decía que era lo mejor que había escrito, logró superar las delicias de Don Quijote. Ahora los expertos escarban en el Convento para ver si encuentran los restos de huesos de este gran novelista.

También vivía Félix Lope de Vega (1562-11635), el Monstruo de la Naturaleza, como le llamó Cervantes, un hombre que escribió tres mil sonetos, tres novelas y unas mil ochocientas obras de teatro, un hombre que participó del fracaso de Gran Armada para luego ser desterrado y vivir fuera por ocho años, un personaje que vivía siempre enamorado de tantas mujeres al mismo tiempo: «estaba casado con dos mujeres y entre las actrices, tenía un número indeterminado de amantes…»  

Al final de su vida, agobiado, se encerró en un claustro, tomó las órdenes sagradas aunque al mismo tiempo era el secretario de Luis Fernández de Córdoba donde funcionaba como secretario y alcahuete. Pero ahí está su casa en la calle de Cervantes —una especie de venganza poética de ese que fue siempre su rival—, además de tener otra callecita en este mismo barrio.

Por ahí está también el Ateneo de Madrid (Calle del Pardo número 21) proyectado en 1882, un edificio que le da una dignidad como la de sus miembros. Pero también existen otros lugares para tomar la ‘caña’ o un vino de esos que abundan en España, comer algo y salir a la calle a fumar desesperados hablando en voz alta, como si estuvieran en su casa. Otros más, después de varias cañas, cantan, como los amigos que decidieron venir de marcha en este barrio viejo de Madrid, con el edificio del Congreso en una de sus fronteras en la plaza de las Cortes y su estatua de Cervantes o nuestra Embajada que está enfrente, en la Carrera de San Jerónimo, con una Galería y el Instituto México tan activos en eso de promover las artes y las letras de México al tiempo que delimita el Barrio de las Letras.


Me gusta caminar por el barrio temprano, cuando las banquetas están mojadas, barridas de tantas colillas entre las lozas, cuando el aire fresco en este mes marzo invernal que le da la entrada a la primavera que ya vendrá a su apogeo. Entonces, salgo a comprar el periódico y de pasada, unos ‘caracoles’ recién hechos para saborearlos con un buen café.

domingo, 8 de marzo de 2015

De música y plegarias

Madrid, España, a domingo 8 de marzo, 2015.

Juan Sebastián Bach al órgano.
Cada quien tiene su manera de ponerse a mano con la vida. Unos lo podemos hacer a través de la música, como ha sucedido ahora que he descubierto al Auditorio Nacional de Música en Madrid, una sala de conciertos de primera con un órgano monumental en donde, de pura casualidad, puede escuchar al belga Bernard Foccroulle quien ofreció un concierto con música de Juan Sebastián Bach (1685-1750).

Nunca había tenido tal acercamiento (a través de una pantalla) para darme cuenta de las complicaciones que hay para tocar este instrumento, independientemente de lo que implica ya de por sí lanzarse a interpretar la Fuga a 5 pro órgano pleno en mi bemol mayor, BWV 552.2, donde, por fortuna, no enloqueció el organista integrando las melodías que se va intercalando a cinco voces con sus dos manos, dos pies y cuatro teclados: más difícil, imposible.

El resto del concierto fueron piezas breves que son plegarias musicales que compuso el viejo Bach para la iglesia de Leipzig. Por lo pronto, tratamos de entender cómo se puede convertir una plegaria como la del Padre Nuestro que estás en los cielos… o Vater unser im Himmelreich, BWV 682, en música. Bueno, pues lo hizo para que los parroquianos pensaran que, de esa manera sí los escucharían, faltaba menos, aunque las notas se atropellan en el órgano con tal de seguir con la melodía, incluyendo lo que toca con los pies como un especie de bajo continuo.

O la alegría de anunciar que alguien a quien queremos ha llegado, tal como lo percibí cuando interpretó Christ, unser Herr, zum Jordan kam, BWV 684, una obra que tiene una alegría inusitada, como si viéramos a esos niños brincando de gusto por que ha llegado su padre del trabajo para poder jugar con él y, con esa especie de ternura Juan Sebastián, padre de tantos hijos, bien sabría cómo acariciar la melodía para ponernos de tan buen humor en este caso al saber que Cristo había llegado al Jordán.

¿Cómo convertir un mensaje en música? Traté de entender lo que hizo Bach cuando ‘alaba al Señor en las alturas’, que me hizo dudar justo eso de las alturas, ¿por qué no mejor en los valles? Tal vez, porque están reservados para los que vivimos y que sabemos se trata de un ‘valle de lágrimas’: a dos manos y dos pies, Foccroulle nos comunicó esa idea que resultó, un poco más fácil de entender como esa otra que tiene que ver con los diez mandamientos tal como lo interpretó Bach quien como Moisés nos asegura que… Dies sind die heiligen zehen Gebot, BWV 678, que estos son los diez mandamientos de Dios, con un final que asume la presencia del profeta en las cumbres peladas de la montaña, con su enormes barbas que se batían contra el viento, sosteniendo la tabla donde estaban inscritos del uno al diez, sin poder descubrir las diferencias entre el primero y el séptimo, o el décimo, pero que tiene, eso sí, un cierre me nos deja helados.

Cuando cierra el concierto con esa Fuga a cinco, traté, lo mejor que pude, de llevar la cuenta con los dedos de la mano: la primera voz, clara y contundente, la segunda más o menos y creo que hasta ahí llegué porque me distraje viendo podía con la tercera o la cuarta voz de las cinco que compuso con gran delicadeza y con los dos pies en ese tono bajo como corresponde.