sábado, 25 de abril de 2015

Imposible predecir el futuro

Ciudad de México, a sábado 11 de abril, 2015.

Hace años escribí Las batallas de General (Planeta-Conaculta, México, 2002) en donde José María Reyes, además de ser el protagonista de una historia de amor, es el cronista de la vida del general Ramón Corona (1837-1889) quien, en enero de 1874, una vez fusilado Maximiliano, fue nombrado Ministro Plenipotenciario de los Estados Mexicanos cerca del Gobierno de España, ya sea para quitárselo de encima o porque en realidad era el hombre adecuado para representar a México en la Madre Patria. Seguimos la línea del tiempo y del futuro, aunque la abuela lo predijo con sus cartas españolas, poco sabemos.

Corona se embarcó en Veracruz con Mary Ann McEntee, su esposa, Juan B. Hijar y Haro, su secretario y el periodista Joaquín Gómez Vergara. De San Sebastián viajaron a Madrid para hospedarse en el Hotel París ese que está en la Plaza del Sol, en el centro geográfico de España.

Como embajador sufrió carencias pues “en estos momentos, no podamos disponer de más cantidad que la estrictamente necesaria para subvenir a los gastos más indispensables…” Poco después llegó Juan de Dios Peza (1852-1910) y España seguía en una crisis como esta a la que Corona se refería, pues “ahora que la crisis que agita a esta poderosa nación… hago votos para que la guerra civil tuviera un pronto y feliz desenlace y fuese el principio de una paz perfecta.

 La mañana del 14 de enero de 1875, con 18 años de edad, llegó a Madrid Alfonso XII montado en Arrogante, su caballo blanco y, a partir de ese momento se reinició la vida diplomática con esos principios como los que proponía Juárez relativo al ‘respeto al derecho ajeno’… por eso, abrió las puertas de su embajada a todas las corrientes como buen liberal y republicano aplicando la política de tolerancia. Tuvo mucho éxito.

Juan de Dios Peza (1852-1910) como Agregado Cultural decía que “amaba la poesía por la poesía misma” y era un soñador “que creía, amaba y deseaba lograr esas condiciones que distinguen a los poetas como son el sentir hondo, pensar alto y hablar claro.” En Madrid preparó una antología de poesía mexicana que quedó lista en 1879 con poemas de cincuenta y ocho poetas. Escribió como una introducción a los lectores que “anhelaba ir a España por una noble ambición… y este libro es una ofrenda de cariño, para bien de mi país, destinada a vivir en España… donde he coleccionado a los poetas contemporáneos, jóvenes en su mayor parte, para juzgar el porvenir literario de México… y estrechar así las relaciones literarias con España. Por eso —dijo— lo publico… con el título de La Lira Mexicana.”

Per nadie pudo predecir que Alfonso XII enviudara al año de casado con doña Mercedes cuando los gitanos le cantaban: ¿Dónde vas Alfonso XII, dónde vas triste de ti? Voy en busca de Mercedes que ayer tarde no la vi. Luego se casó con María Cristina de Habsburgo que estaba convencida de que ‘el señor Corona había fusilado a su tío’ y con eso, se complicó el protocolo al Embajador.

En abril de 1885 Corona regresó a México. A finales de ese año murió Alfonso XII. Dos años después, Corona fue un feliz Gobernador de Jalisco hasta la tarde del domingo 10 de noviembre de 1889 cuando es apuñalado por la espalda para morir desangrado.

Con razón escribió Javier García-Galeano que “el mal obra subrepticiamente en lo que se cree es la representación cotidiana del Paraíso.” Parece que es imposible predecir el futuro.
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La lira mexicana: 
colección de poesías de autores contemporáneos.

Prólogo de Antonio Balbín de Unquera.
Compilación de Juan de Dios Peza. 
Lugar de edición: Madrid
Editorial: R. Velasco Impresor (1879)
Categoría(s): Poesía - Libros individuales

La lira mexicana
Colección de poesías de autores contemporáneos formada por Juan de Dios Peza, con prólogo del Doctor D. Antonio Balbín de Unquera. Madrid. R. Velasco, 1879.

Tabla de Contenido
Altamirano (Ignacio Manuel).
Acuña (Manuel).
Alfaro (Anselmo).
Argandar (Alejandro).
Bianchi (Alberto G.).
Baz (Gustavo Adolfo).
Cuenca (Agustín F.).
Bencomo (Diego).
Cosmes (Francisco).
Carpio (Manuel).
Caballero (Manuel).
Colina (Rafael B. de la).
Córdoba (Tirso Rafael).
Cuéllar (José).
Covarrubias (Juan Díaz).
Domínguez (Ricardo).
Echaiz (Jesús).
Espino (Rosa)
Fernández (José).
Flores (Manuel M.)
Gallardo (Aurelio Luis).
Gómez Vergara (Joaquín).
Gutiérrez Nájera (Manuel).
Hijar y Haro (Juan B.).
Ituarte (Ricardo).
Lerdo (Francisco de A.).
Lizarriturri (Manuel).
Monrroy (José).
Mateos (Juan A.).
Martínez de Castro (Manuel).
Ortiz (Francisco de P.).
Ortiz (Luís G.)
Olaquibel (Manuel) 
Peza (Juan de Dios).
Prieto (Guillermo).
Peón Contreras (José).
Peredo (Manuel).
Plaza (Antonio).
Ramírez (Ignacio).
Roa Bárcena (José María).
Rodríguez y Cos (José María).
Rodríguez Rivera (Ramón).
Rosas (José).
Rincón (Manuel E.).
Riva Palacio (Vicente).
Segura (José Sebastián).
Santa María (Javier).
Sierra (Justo).
Sierra (Santiago).
Silvia (Agapito).
Sosa (Francisco).
Téllez (Joaquín).
Trejo (Joaquín).
Valle (Juan).
Vigil (José María).
Villalón (Juan).
Zarate (Eduardo E.).
Zaragoza (Antonio).
Zayas Enríquez (Rafael).
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sábado, 18 de abril de 2015

Nada es como parece

Ciudad de México, a sábado 18 de abril, 2015. 

Debs, el petirrojo consentido de la inglesa Len Howard.
Ahora que tengo tiempo, salgo a la terraza sin libros, ni revistas, ni nada, sólo para estar ahí, respirando hondo, tratando de entender lo que sucede en estos ‘tiempos del cólera’, como los del amor de García Márquez. Es un rito que hay que aprender a disfrutarlo porque eso de ‘no hacer nada’, sabemos, por tradición que está prohibido como el ocio, la madre de las artes. 

Ojalá pudiéramos observar a los pájaros como lo hizo Len Howard en su casa de campo allá en Essex y seguir su actividad, pues todo parece que no paran y van de un lado para el otro sin saber si juegan, pelean, seducen o qué. Hay quien pía y entrelaza sus trémulos en un discurso; otros, parece que cantan, como nuestro ‘Pavarotti’ que cada año nos visita al atardecer pero, los del mediodía, no parecen cantos los que escuchamos.

Entre los grajos azules, los saltones hierberos o las calandrias que nos visitan, a veces se acerca un gorrión a las ramas de la azalea —que cubre la fuente— para decidir si se toman un baño de asiento y dentro de ella sacude las alas o si sólo toma unos sorbetes antes de volar nervioso a otra de las ramas sin flores de la Jacaranda que cubre la terraza para secarse y cagar cuando se les antoje, antes de vivir ese día, como el que los observa tirado en el suelo, sin otro fin que recuperarse de los golpes de la vida.

Len Howard convivió con los pájaros y escribió un diario publicado en 1952 en un delicioso y extraño Breviario del FCE con el título de Los pájaros y su individualidad. Lo hemos hojeado y de ahí he tomado dos que tres fragmentos en donde nada es como parece, como nos daremos cuenta al leer esas observaciones de sus pájaros silvestres a los que les dedicó gran parte de su vida para tratarlos, atenderlos y observarlos después de que habían perdido el miedo para relacionarse con ella y se puedan manifestar tal como son:

27 de agosto. La compañera de Dobs pasea por el pasto con la cabeza erguida y a pasitos cortos… Cuando Dobs aparece, ella se retira despacio murmurando algo entre dientes. Dobs gorjea muy bajito para sí mismo… El ‘petirrojo del oeste’ amenaza con otro ataque; detrás del macrocarpus (un especie de ciprés) vibran notas llenas de fiereza. Dobs arregla el asunto con el lenguaje de los petirrojos.

28 de agosto. Dobs está en el comedero con su compañera. Al parecer están en plan amistoso.

30 de agosto hasta el 4 de septiembre. Dobs viene todos los días. Su compañera está invisible. La tarde del 4 la persigue a todo lo largo del seto fronterizo.

Del 4 al 8 de septiembre.  La tensión aumenta. Dobs lanza insultos al petirrojo instalado en su macrocarpus… De madrugada Dobs canta una preciosa canción, pero luego puede cantar en un tono distinto... El canto del petirrojo es más expresivo en otoño que en primavera. Tiene aspectos más variados y puede sonar feroz, amenazador, mimoso, aliviado, contento, triunfante, mórbido, presumido, lastimero, resuelto, aburrido, desesperanzado, dando la impresión de que su adversario es un necio y el mundo una mierda…


9 de septiembre. Esta tarde Dobs ha estado cantando desde la copa del ciruelo una canción fuerte y monótona… debe ser un truco para alejar a los otros pájaros… luego, canta fuerte y sin interrupciones como si sólo quisiera oír su voz... Tal parece ha resuelto sus asuntos territoriales y ha estado cantando dulcemente todo el día…

sábado, 11 de abril de 2015

La negra noche del alma

Ciudad de México, a sábado 11 de abril, 2015.

Bertrand Russell (1872-1970)

Ciudad de México, a sábado 11 de abril, 2015.— Justo antes de internarme el pasado miércoles para una cirugía de la ‘posdata’ –como dice mi amigo Max–, me sentí como los soldados ingleses antes de enfrentar a los franceses –descansados y cinco veces más numerosos que ellos– sobre la colina que veía el castillo de Agincourt. Lo que estos hombres sentían los expresa claramente el Coro del IV acto en Enrique V de Shakespeare con estas palabras que tanto me gusta recitarlas pausadamente. Se trata de ‘la negra noche del alma’, como lo recordarán los alumnos que han participado de los talleres de Liderazgo que inspira y motiva basado en ese joven rey medieval:

«Imagínense ahora ese momento en que los murmullos avanzan y las tinieblas se expanden por la gran nave del universo. De uno a otro campamento, en el seno de la noche, reverbera tan claramente el rumor de cada ejército que los centinelas en sus puestos casi oyen los secretos susurros de los otros.

»Las fogatas responden a las fogatas y, a través de sus pálidas llamas, cada ejército distingue la primera línea del contrario.

»Los caballos desafían a los caballos con sus estridentes relinchos que traspasan el sordo oído de la noche; y en las tiendas, los armeros avisan siniestramente de sus preparativos con el golpeteo de sus martillos al cerrar las bisagras de las armaduras, mientras terminan de aprestar a los caballos y a sus caballeros.

»Los gallos cantan.

»El reloj da la tercera hora de la mañana dormida. Orgullosos de sus numerosas fuerzas y con el alma segura, los franceses, confiados y jubilosos, se juegan a los dados a los ingleses, poco valorados y reprochan la lentitud de la marcha de la noche que, como una inmunda y horrenda hechicera, renquea penosamente.

»Los pobres ingleses, como víctimas condenadas al sacrificio, están sentados con resignación en torno a sus fogatas pensando en el peligro que va a depararles la mañana. Con esos tristes semblantes, en consonancia con sus demacrados rostros y sus gastados uniformes, semejan horribles espectros bajo la luz de la luna…»

Sí, así me sentía, como una ‘víctima condenada al sacrificio’. Por fortuna, todo salió bien y aquí estamos reponiéndonos después de la microcirugía que realizó el Dr. Mauricio Cantellano, con un gran anestesista como es el Dr. Odilón Vázquez Aguilera de tal manera que me ha permitido volver a la vida como uno más de los soldados de la tropa que sobrevivieron la batalla.

Sin duda esta es la ‘primera llamada, primera’ de los últimos actos de esta obra o del otoño de la vida antes de que inicie el invierno en donde, impotentes, vamos perdiendo independencia.

Por eso dan ganas de repetir eso que quería decirles Bertrand Russell a las nuevas generaciones sobre lo que realmente vale la pena considerar desde dos puntos de vista:

—Desde el punto de vista intelectual –decía– les propongo que cuando estudien algo se pregunten ‘cuáles son los hechos’ y ‘cuál la verdad que esos hechos sostienen’ y, desde el punto de vista moral, lo que tengo que decir es sencillo: ‘el amor es sabio, el odio es estúpido’… En este mundo, cada vez más interconectado, tenemos que aprender a tolerarnos unos a otros y, por eso, debemos aprender a aceptar que alguien pueda pensar o decir cosas que no nos gusten, pero sólo así podremos vivir juntos de esa manera y, si vamos a vivir juntos, y no a morir juntos, debemos aprender a tener un poco de caridad y tolerancia, dos cosas que son absolutamente vitales para la continuación de la vida humana en este planeta.


viernes, 3 de abril de 2015

Todo un Ulises

Ciudad de México, a sábado 4 de abril, 2015.
Ulises atado al mástil, escuchando 'la dulce voz de una sirena'.
Tito Monterroso escribió un día: “Me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea”. Esa especie de confesión me llevó a esta otra igual pero en sentido contrario: “Me siento mal, todo un Ulises sin poder regresar a Ítaca”, quien después de haber dado la batalla tuvo que sortear esos obstáculos que se fueron encadenado, una tras otro, puestos por las diosas del Olimpo en cumplimiento de una ley de la física que explica que a toda acción hay una reacción igual pero en sentido contrario.

Ítaca estaba relativamente cerca, como lo está Madrid –once horas de vuelo–, pero ha sido imposible saber lo que puede suceder cuando a los dioses pelean por ese Ulises vanidoso que había cantado victoria. Nunca hay que cantarla, cuantimás si las voces llegan al Olimpo y despiertan a los dioses ociosos para que entren en acción y decidan hacer la vida imposible, tal como se la hicieron a los aqueos vencedores cuando intentaron regresar. Ponen trampas como todas esas que nos narra Homero en su poema como lo hizo Alfonso Reyes en ese espléndido traslado de La Ilíada de Homero: publicado por el FCE, México, donde podemos leer esto:

Canta, diosa, la cólera de Aquiles el Pelida,
funesta a los aqueos, haz de calamidades,
que tantas fieras almas de guerreros dio al Hades,
y a los perros y aves el pasto de su vida
—en tanto que de Zeus las altas voluntades
iban adelantando por su propio camino—
desde que la disputa enemistó al Atrida.

Una tras otra se fueron encadenando las desventuras de Ulises desde que intentó regresar, ahora hecho todo un calvario, con toda clase de sufrimientos, incluyendo esa de ‘oír la dulce voz de una sirena y no poder del árbol desasirse’, como decía Lope de Vega.  

Odiseo sufrió y enfrentó a los Cíclopes y una o varias estancias forzadas por las circunstancias, luchando con toda clase de animales, reales o mitológicos, invadido por nostalgia, la tristeza y la depresión, tuvo que sobreponerse mientras en el Olimpo se vengaban de aquel presuntuoso aqueo, pues como bien lo sabía Enrique IV, ese desafortunado rey de la Inglaterra medieval cuando exclama: ‘¿por qué la Fortuna nunca llega con las manos llena y siempre nos da las buenas nuevas, escritas con tinta roja?’

Ulises naufraga en la isla de Alcínoo, el rey de los míticos feacios y padre de Nausícaa quien lo encuentra en la playa mientras ‘Palas Atenea, transfigurada en heraldo del prudente Alcínoo, recorría la ciudad y pensaba en la vuelta del magnánimo Odiseo a su patria’, como lo rescató Jorge Arturo Ojeda De Troya a Ítaca (Fontamara, 2005).

Ulises siente la misma furia que sintió el troyano Héctor, cuando ya no lo escuchaba nadie y se preparaba para el combate… ‘como un silvestre dragón que habiendo comido hierbas venenosas espera ante su guarida al hombre y con feroz cólera echa terribles miradas y se enrosca en la entrada de la cueva: así Héctor con inextinguible valor permanecía quieto, desde que arrimó el terso escudo a la torre prominente.’

Es esperanzador saber que Ulises libró los obstáculos y llegó sano y salvo a su destino. Seguro que otro día, en la vejez, al atardecer, se va a sentar más calmado en su mecedora y les va a contar éstas y otras aventuras a sus nietos durante otra primavera furibunda, viendo llover sin mojarse, viendo cómo caen las flores azul-plumbago de la Jacaranda que lo cubre.