viernes, 29 de mayo de 2015

La fiesta de los Arieles

Ciudad de México, El Informador del sábado 30 de mayo, 2015.—

Bertha Navarro, ganadora de un Ariel.
«Sentir júbilo por el éxito del otro y vivirlo como si fuese propio, pues cada buena película mexicana, cada reconocimiento, nos aporta a todos. Y no hay que olvidar que nadie puede hacer cine solo, hay que trabajar siempre con otros, el cine es producto de muchos talentos…»—dijo Bertha Navarro al recibir el Ariel por ser una productora que no ha soltado la toalla en las malas y que ha descubierto y traído a la alfombra roja a varios genios del cine, como al tapatío Guillermo del Toro, todo un fenómeno y uno de esos talentos que de niño no quería ir a la escuela y se la pasaba viendo sus cómics de terror, hasta que tiempo después, se dieron cuenta que estaba gestando El laberinto del fauno. Bertha piensa que en el cine, hay que «saber reconocer y aprender a ver al otro, así como, entender cuál es su talento, pues del Toro hubiera seguido por su propio camino… Yo, lo único que le di fue un empujón»… y esto lo sabe esta mujer que ha producido tantas películas.

En esta versión de los Arieles hubo más buenas noticias para los Navarro: la querida Valentina Leduc, hija de Bertha y del cineasta Paul Leduc, ganó otro Ariel como editora, que es lo hace desde que tenía uso de razón, trás de las bambalinas y como parte de uno de los eslabones de esa cadena, tal como dijo Bertha esa noche cuando habló de la industria cinematográfica en donde el ‘yo’ se convierte en ‘nosotros’, con esa tan atinada retórica y conocimiento de causa de esa industria donde es imposible pensar de otra manera.

Pero ahí no terminó la felicidad del pasado miércoles sino que siguió cuando vimos cómo es que arrasó Alonso Ruizpalacios con Los Güeros, como director de su ópera prima años después de haber llegado en la Royal Academy of Dramatic Arts de Londres (RADA), en esos años cuando tuvimos la suerte de conocerlo y tratarlo alrededor del 2001, que se integró al club de lectura de Shakespeare con Ilse, esa bella jovencita que se le acurrucaba agustísimo escuchando las barbaridades que decíamos los demás, mientras que él, con el colmillo que ya le había crecido en Inglaterra, nos ofrecía su perspectiva y los secretos de actuación que había aprendido, por ejemplo, cuando Ricardo II había sido derrotado por su primo Bolingbroke y le dieron ganas de «sentarse en el suelo y platicar unas tristes historias de otros reyes que han muerto», pues le había arrebatado la corona antes de darse cuenta que su reino estaba abandonado y estaba lleno de mala hierba, como lo explican metafóricamente los jardineros de la reina.

En los Arieles fue todo lo contrario: todo mundo estuvo celebrando con júbilo en el Palacio de Bellas Artes, pues bien nos había dicho Bertha que, ‘el triunfo de los demás, es el de todos’.

Esa noche vimos a la misma Ilse Salas quince años después, como a uno de los mosqueteros, hecha y derecha como actriz, guapa como ella sola, sabiendo cómo es que había empezado su carrera de la mano de su Tutor, hasta llegar a la pantalla grande con Restos y Los Güeros después de haber actuado en decenas de obras de teatro como Rey Lear o en Un alma simple de Flaubert, entre otras, para brincar a la pantalla grande y a la chica. Por todo esto y más, la noche de los Arieles fue toda una fiesta.



viernes, 22 de mayo de 2015

Música que acelera el corazón

Ciudad de México, a sábado 16 de mayo, 2015.—

William Walton (1902-1983)
El domingo 31 de mayo el Festival Cultural de Mayo en Guadalajara cierra con broche de oro con un concierto nunca antes escuchado en vivo que podremos disfrutar en el Teatro Degollado con la Orquesta Filarmónica de Jalisco, el Coro del Estado e Iván Martínez como narrador.

Se trata del Shakespeare Sinfónico, es decir, de la música que Laurence Olivier mandó componer a William Walton (1902-1983) por su ‘exuberancia de espíritu y ese sentimiento que acelera el corazón’, para que fuera la música de su película King Henry V of England que dirigió, actuó y estrenó Olivier en 1944.

Walton aprovechó esta oportunidad pues había entendido y cultivado el tono de la obra y por eso quiso rendirle un homenaje a Shakespeare, utilizando algunos de los monólogos y melodías de la época como es el Agingcourt Song una canción medieval francesa. La música fue nominada al Oscar y Sir Laurence lo ganó por su actuación y dirección.

A Winston Churchill (1874-1965) le gustaba mucho esta obra: era el paradigma del héroe inglés y sabía que, con ella, podía elevar el espíritu de los ingleses durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Por eso, de entrada, fondeó a Sir Laurence para que pusiera en escena la obra de Enrique V de Shakespeare en los campamentos ingleses que estaban regados por Europa y en 1943 le fondeó esta película.

Churchill conocía de memoria los discursos escritos por Shakespeare en Enrique V y, por eso, en 1940, inspirado en la arenga que ese Rey les ofrece a su tropa antes de la batalla de Agincourt en 1415, toma la esencia y hace su propio discurso conocido como «La batalla de Bretaña», en donde utiliza la misma retórica y el mismos argumento de que ‘menos es más’ para convertir su desventaja en victoria.

Enrique V les dijo a su tropa que ellos eran ‘los felices selectos’ o ‘los happy few’ y que ese día él los nombraría sus hermanos para formar una banda. De esta manera, ahora todos serían una familia del Rey que logró convertir esa batalla fría y abstracta en una batalla familiar: el triunfo fue contundente.

El discurso de Churchill empieza así: nunca antes en el campo de los conflictos humanos, se debe tanto a tan pocos, pues han sido los pilotos ingleses que sin desanimarse por las posibilidades, desgastados por los constantes retos y los peligros mortales, están dándole la vuelta a la marea de la guerra mundial por su destreza y devoción… 

Walton compuso esto que ahora conocemos como Shakespeare Sinfónico y, nosotros, con el deseo de agregar un grano más de arena de ese Festival, hemos decidido participar con una Charla Virtual en aulabierta.org —gracias al patrocinio de Patrimonio Cultural de Occidente—, en donde explicamos el contexto de la obra, la estructura de la música y, grabamos la traducción de algunos de los monólogos de la obra y que son la base de los talleres de Liderazgo que inspira y motiva que ofrecemos desde el 2008, después de haber estado con Richard Olivier, el hijo de ese famoso actor, en West Sussex.

En otras palabras, William Walton identificó esas características en Enrique V tal como lo hizo Shakespeare y para aquellos que han visto la película, saben que volvemos a encontrar en ella una esperanza y esa fortaleza que Shakespeare deseaba comunicar a su público cuando la estrenó en El Globo en 1599. 

De esta manera, nosotros le podemos dar la vuelta a la marea de nuestra propia guerra infernal.



sábado, 16 de mayo de 2015

Intrigas en la corte de Enrique VIII

Ciudad de México, a sábado 16 de mayo de 2015.-
Thomas Cromwell (1485-1540).
Ya está disponible en Netflix la serie Wolf Hall basada en la novela histórica de Hilary Mantel (1952-) sobre la vida de Thomas Cromwell (1485-1540) con Mark Rylance en ese papel, y Enrique VIII (con el pelirrojo Damian Lewis) de 1530 a 1536.

Cromwell era el hijo de un herrero alcohólico y sádico, de quien escapó para poder estudiar leyes y tiempo después llegar a ser el 1er Conde de Essex, consejero y operador de Enrique VIII, desde que intenta divorciarse de Catalina de Aragón (Joanne Whalley) y al no lograrlo cae en desgracia el Arzobispo Wolsey (1471-1530). Wolsey había apadrinado a Thomas Cromwell, mientras que el Rey bailaba con Ana Bolena (Claire Foy) antes de declararle la guerra al Papa y separarse de la Iglesia Católica Romana para crear y ser la cabeza de la Iglesia Anglicana para que los ingleses tuvieran un solo patrón a quien obedecer y él tuviera el poder absoluto para casarse con quien quisiera buscando al heredero varón con las siguientes cuatro mujeres en fila india.

Cromwell supo andar con el sigilo entre los lobos y supo caminar entre las patas de los nobles que lo despreciaban por ser hijo de nadie. Pero, Cromwell supo entrar a los pasillos del poder, gracias a su talento innato y las habilidades que tenía para sobrevivir, primero a su padre y luego, a la Corte hasta que un día se consolidó en el poder como secretario del arzobispo Wolsey y luego, como consejero del Rey y de la reina Ana Bolena hasta el fatídico 1536 cuando Ana perdió la cabeza textualmente.

Cromwell manejaba los hilos de las intrigas y los tenía como los pelos de la burra y tal vez por eso vemos en esta serie a un estratega que se adelantaba a los deseos de Rey y ejecutaba, sin duda, lo que se le ocurría, tal como lo hizo con los amantes de Ana Bolena, hasta que fue juzgada y condenada, al tiempo que sugería a Jean Seymor (Kate Phillips) como la sustituta en Wolf Hall, la casa del lobo, como se llamaba la propiedad de los Seymor, los nobles ambiciosos que deseaban el poder y que vivían ahí en la región de Wiltshire, al suroeste de Londres.

Nunca se imaginó que el reemplazo sería el principio de su fin en esta serie oscura tal vez porque así era el época y porque todo sucede bajo esa pálida luz de las velas en medio de la penumbra dónde se gestaban sus intrigas y estrategias que lo mantendrían vivo hasta poder vengarse de los asesinos de Wolsey.

Cromwell sabía que a la menor equivocación, rodaría su cabeza como la de Ana Bolena en esa escena del último capítulo, cuando el verdugo traído especialmente de Francia, le explicaba cómo sería antes de verlo cómo lo hace. Si ella se quedaba quieta, no alcanzaría a sentir nada ‘entre una y otra palpitación.’

Como en toda la serie, pasamos a la acción y vemos cómo le vendan los ojos, mientras el sigiloso verdugo se mueve a sus espaldas, descalzo, para sólo escuchar un leve y breve silbido mientras le cortaba de cuajo la cabeza a la reina entre suspiros. Fue  el fin de su ambición, lujuria y vida incestuosa.

 Somos testigos del caso Tomás Moro (Anton Lasser), el viejo humanista, culto e irónico (en la lista de los Santos desde 1980) que, en vida se niega a jurar obediencia a la Iglesia Anglicana y al Rey de Inglaterra, negando la autoridad del Papa, para ser condenado y que Cromwell sufriera por eso, como nunca en su vida.



sábado, 9 de mayo de 2015

Al borde de la catástrofe

EL INFORMADOR. Ciudad de México, sábado 9 de mayo, 2015.

Ha sido sorprendente y afortunado volver a leer Al filo del agua (1947), la novela de Agustín Yáñez con ese título que tiene que ver con lo que dicen en los Altos de Jalisco —que traemos en la sangre—, cuando presienten que viene una catástrofe o empiezan a caer las primeras gotas gordas de agua antes de la tormenta: ‘Estamos al filo del agua’ —dicen— y, a partir de esa expresión, Yáñez estructura esa obra donde describe el ambiente, el contexto y el alma de la gente originaria de los Altos de Jalisco como pueden ser de Tepatitlán, del Valle de Guadalupe, de San Miguel el Alto, de Yahualica, Arandas o Jalostotitlán, entre otros.

Amos Oz tenía razón cuando dice que antes de viajar a una región desconocida, mejor leamos una novela sobre esos pueblos pues, de esta manera… «adquirimos una entrada a los pasadizos más secretos... y es una invitación a visitar las casas y sus estancias más íntimas… en donde podemos entrar en sus penas secretas, en sus alegrías familiares, en sus sueños…»

Es lo mismo que propuse a los Escritores de Turismo cuando se reunieron en el Hospicio Cabañas hace un par de años cuando ‘Pancho’ Martínez y Aurelio López Chávez me invitaron a dar una conferencia. De entrada, les pregunté si antes de viajar a Guadalajara habían leído The Edge of the Storm de Agustín Yáñez, porque si lo hubieran hecho —les dije—, podrían haber descubierto el interior de esas mujeres en la ventana y de esa manera podrían haber conocido ‘sus estancias más íntimas.’

Claro que de 1947, cuando se publicó la obra de Yáñez, a nuestros días, han cambiado las cosas pero, no estoy seguro si ese cambio es sólo de la fachada y adentro todo siga igual y siga siendo un pueblo de mujeres enlutadas, de gente y calles absortas; sin fiestas, seco, sin árboles ni huertos; sin alameda; pueblos conventuales en donde el deseo, los deseos, disimulan su respiración y los matrimonios se llevan a cabo en las primeras misas a oscuras —como lo percibió Yáñez.

Y ‘cuando la vida se consume —escribió—, las campanas mudan ritmo y el miedo, los miedos asoman, agitan sus manos invisibles y los deseos, los ávidos deseos, los deseos pálidos y el miedo rechina en las cerraduras… Nadie se ha muerto de hambre en estas tierras en donde es pardo el mirar y pardos los ademanes, tardos en resolver, el andar, el negociar, el hablar.’

Un pueblo seco —dice Yáñez—, ‘seco hasta para dolerse, sin lágrimas en el llorar’ en donde ‘el pobre habla al rico lleno de un decoro, de una dignidad que poco falta para ser altanería… en donde cada quien vive a su modo, libres, sin estar sujetos a necesidades o dependencias’ en donde los hombres se sientan del lado del Evangelio y las mujeres de la Epístola. 

Un día Yáñez invitó a mi padre a Tepa para ayudarle y que les aclarara que el gobierno no era ‘el diablo’ por promover la educación laica. Mientras, en la casa de Tepa —a espaldas de la Parroquia—, a la tía Raquel, soltera, enlutada, católica ferviente y con un sentido del humor muy suyo, la visitaba el cura Reynoso para tomarse una copita de jerez, jugar a las cartas y dejar de pensar en las jóvenes que se habían confesado que ellas… ‘¡ya yo ya!’ —con ese deseo disimulado en su respiración—, impedidas por eso a cargar la imagen de la Virgen en la procesión.


sábado, 2 de mayo de 2015

Desafiar los augurios

Ciudad de México, a sábado 2 de mayo, 2015.

Claudio, el rey de Dinamarca invita al príncipe Hamlet para que participe en un torneo de florete y daga contra Laertes, el hijo de Polonio, a quien el Príncipe había matado accidentalmente. Por un instante duda si la invitación es una trampa, pero acepta, a pesar que algo le latió que algo estaba mal y por eso se lo comenta a Horacio:

—No te imaginas lo mal que está todo aquí en mi corazón; pero no importa —le dice. Él sabía por una intuición en su apogeo, por esa inteligencia emocional que nos permite descubrir lo que está detrás de las cosas y de lo que nos dicen, con tal fuerza como si pudiéramos conocer de esa manera extraña la verdad de las cosas.

—Es una premonición como esas que perturbarían a una mujer —agrega Hamlet. Él, como muchos, creen que la intuición y esa inteligencia emocional es un asunto ‘de mujeres’, tal como lo pensaba Julio César que, poco después de haber aceptado lo que Calpurnia, su esposa, había intuido, suplicándole que no fuera al Senado ese idus de marzo, como buen macho romano, negó esos presentimientos sin darse cuenta que Calpurnia era la única gente en la que podía confiar:

—¡Qué ingenuos me parecen tus temores, Calpurnia! Siento vergüenza de haber cedido. Denme mi toga que iré al Senado.

Horacio funcionaba como espejo de Hamlet y por eso, puede ver reflejado su miedo con toda claridad:
—Si le disgusta algo, hágale caso —le dijo Horacio— y no se preocupe, que yo me encargo de todo.
Después de una pausa, Hamlet le contesta:

—Nada de eso Horacio. Hay que desafiar los augurios. Pues hay una providencia especial en la caída de un gorrión y si ha de ser ahora, no será luego; si no ha de ser luego, será ahora; y si no es ahora, será el día que llegue. Estar preparados, eso es todo y en vista de que nadie tiene lo que deja, ¿qué importa si lo dejamos pronto?

El resto sabemos tal como lo escribió Shakespeare en 1601, que lo hizo como si fuera una historia real porque de otra manera, cuando nos preguntamos… ‘qué hubiera pasado si…’, sabemos que esa pregunta pertenece a la ficción cuando analizamos nuestro pasado y vamos creando posibles bifurcaciones imaginarias —como las que Borges encontró en un jardín donde se bifurcan los caminos—, describiendo lo que pudo haber pasado si tal o cual cosa, como si la vida fuese parte de una novela en donde somos actores y los escritores son los dioses que deciden el final que se les ocurra.

Pero nada podemos hacer en la vida real para saber lo que se llevará a cabo en el futuro. No sabemos pero un día brinca la liebre pues son ‘¡sorpresas las que nos da la vida!’, como dice la canción.

Lo sorpresivo es el caldo de nuestra sopa y por eso admiro a los boy scouts que dicen estar ¡siempre listos! Eso es, hay que estar listos para aceptar lo que venga sin importar que el cambio sea brusco, irremediable, inesperado, sutil o imperceptible, a traición o de frente. Estar preparados, eso es todo pues, como decía Darwin: «en las especies, el que sobrevive no es el más fuerte, ni el más inteligente, sino aquel que responde mejor al cambio» o como pensaba Jean Monnet que «la gente acepta los cambios cuando tiene la necesidad, pero sólo reconoce esa necesidad cuando se enfrenta a una crisis». ¡Siempre listos!