miércoles, 29 de julio de 2015

Música para bailar entra los mitos y las leyendas

México D.F., a jueves 30 de julio, 2015. 

Idomeneo, rey de Creta de Mozart con la OSM.
Hace una década decidimos navegar de Mikonos a Delos, la isla sagrada, a pesar de que ya era el mes de octubre y el mar estaba alborotado. Nos confirmaron la salida a las 10:15 de la mañana de ese día que había amanecido emocionado, dándole de vueltas a ese viaje y el deseo de conocer el lugar preciso en donde Leto, embarazada de Zeus, dio a luz a Apolo después de no haber podido conseguir posada en ningún otro lugar, hasta que los habitantes de Ortigia, ‘la isla de las codornices’, flotante y estéril, le dieron asilo para que pudiera parir a su hijo bajo una palmera. Agradecido, el dios fijó esa isla como el ‘centro del mundo griego’ y la nombró Delos, ‘la brillante’.

Al pie de una palmera, el único árbol de toda la isla, Leto esperó para parir nueve días y sus noches. La celosa Hera, esposa de Zeus, retenía a Ilitia, la divinidad que preside los partos. Preocupada por esto, Atenea y otras diosas, le mandaron a Iris para rogarle que le permitiera alumbrar, ofreciéndole a cambio, un collar de oro y ámbar de nueve codos de espesor.

Tomo del diario de esas vacaciones lo siguiente: ‘después de caminar por la isla a la vista de los leones guardianes, nos sentamos bajo la palmera. Arrodillado, tomé una piedrita de mármol que traje a casa como amuleto para que nunca se me olvidara la genialidad de los griegos que podían juntar la fantasía y la realidad para hacerlas una sola cosa en un universo donde habitaban los dioses tan parecidos a los seres humanos: celosos y cachondos, borrachos, vengativos y adorables que podían sufrían como nosotros a la hora del parto, como Leto hasta se arrodilló al pie de la palmera para dar a luz al dios Apolo, el Delfín.

Cuando llegamos a la isla me temblaban las piernas. Era el centro del universo donde traían regalos para ese dios de la isla: tesoros de piedras preciosas y figuras de oro macizo hasta que Pericles (360 a.C.) decidió sacarlos y llevárselos a Atenas, con lo que logró enfurecer a los dioses y convertir esa ciudad en la manzana de la discordia: ahora sí, Atenas valía la pena saquearla.

Todas estas historias y cuentos de nunca acabar, inspiraron a Antoine Danchet para que escribiera la historia de otra isla, como había sido Creta, historia que Giambattista Varesco convirtió en libreto para que Mozart compusiera la ópera, Idomeneo, rey de Creta, inaugurada en 1781 en el Teatro de la Corte de Múnich con Carlos Teodoro, el príncipe del momento.

Ésta es otra historia, pero se parece a los sueños de Delos: la otra isla era Creta donde una vez reinaba Idomeneo que estaba ausente y por eso, su hijo, el príncipe Idamante gobernaba y se había enamorado de Ilia la troyana prisionera, también enamorada; por ahí ronda la celosa Electra, la hija de Agamenón y Clitemnestra y no podía faltar el Monstruo marino enviado de Neptuno que amenaza destruir la isla si el rey no se lleva a cabo el sacrificio prometido.

Tensos, nos ofrecen un final feliz —aunque usted no lo crea— y Mozart lo celebra con un ballet para concluir la ópera como lo que vamos a escuchar al inicio del concierto de este fin de semana (1 y 2 de agosto) con la Orquesta Sinfónica de Minería para que celebremos, entre los dioses, la boda de Idamante e Ilia y la paz que reine como deseamos que reine aquí, una vez liberados los troyanos y sin importarnos que Electra haga su muina.

¿Listos? Bueno, pues ya empezará la música de ese ballet con una Chacona y un Pas seul de Mr Le Grand. ¡No se diga más!

sábado, 25 de julio de 2015

El influjo encantatorio del engaño

México D.F. a sábado 25 de julio, 2015.

Chaplin actuando como il Cavlieri Cipolla de Thomas Mann.    
Mario Vargas Llosa escribió El caballero Cipolla y el desvarío griego, en El País (12.07.15) haciendo una analogía entre el poder de ese ilusionista con esos personajes que han podido convencer a las masas una vez que han creado un ambiente de miedo para que los sigan cómo si estuvieran hipnotizados, intuyendo lo que hacía Mussolini o lo que, un poco más adelante, haría Hitler para lograr la obediencia total de millones alemanes que parece que estuvieron bajo ‘el influjo encantatorio del engaño.’

Cipolla es uno de los personajes de Mario y el mago de Thomas Mann (1875-1955), publicada en 1930, después de haber recibido el Premio Nobel. Es una historia breve en donde dice Vargas Llosa que ‘la crítica ha visto siempre la parábola sobre el efecto encantatorio de los líderes carismáticos sobre las masas que, seducidas por la palabra del jefe, abdican de su soberanía y su poder de decisión para seguirlos a ciegas y dóciles, en sus extravíos’ y son capaces de hacer locura y media, como esos genocidios en donde se cargaron a millones de seres humanos sin resistir ni frenar su locura.

La novela trata sobre una familia de alemanes que se van de vacaciones a Torre de Venere, Italia: el marido, que es el narrador, su esposa y dos hijos pequeños para contarnos los sucesos de lo que pasaron ahí, en donde, de entrada, perciben un ambiente tenso e irritable por sentirse, de alguna manera, discriminados como extranjeros ‘rodeados por la mediocridad humana y la tontería burguesa, que hay que admitirlo, no por haber nacido bajo aquel cielo resulta ser más atractivo que bajo el nuestro.’

Los tratan como ciudadanos de segunda aunque, los chiquillos, inocentes, la pasaron de maravilla y nunca supieron ‘dónde acababa el espectáculo y dónde comenzaba la catástrofe’ y, por eso, se hicieron la ilusión de que ‘todo lo que había pasado era simplemente, teatro.’

Il Cavalieri Cipolla es un ilusionista que presenta su espectáculo en ese pueblo. Es un viejo deforme con una giba que esconde bajo su capa negra y que maneja un látigo que chasqueaba para realizar sus trances hipnóticos, parte del show, mientras que los niños entusiasmados de ver todo eso, saludaban a sus amigos: Mario, el mesero y otros con los que habían conocido o jugado.

Un día, la hija pequeña se llenó de arena y corrió ‘desnuda al agua, a pocos pasos se distancia, sacudió el traje de baño y regresó. ¿Quién podría prever la ola de burlas, de censura y de discusiones que su gesto y el nuestro provocó?’

Finalmente van una noche a ver el espectáculo de Cipolla. Nos confiesa su miedo de contar esa historia en donde ‘todos habían sucumbido a la singular fascinación con aquel hombre deforme que logró imponer y privar (o más bien suspender) la voluntad del público, como la que ejercía con el silbante fuete de la tiranía bajo la cual su arrogancia sometía a todos.’

Sin duda, dice el narrador, ‘existen fuerzas más poderosas que la razón y la virtud… fuerzas que unen la burla al espanto’. Ya entrada la noche, cuando se dio ‘el exaltado derrumbe de la resistencia que hasta entonces se oponía a la influencia de aquel hombre odioso’, llegamos al gran final, antes de despertar y darse cuenta del embrujo en el que habían caído por miedo. 
   Por ejemplo:
  --Para comenzar, pues, nuestro espectáculo --dijo el caballero Cipolla-- permítanme que me ponga más cómodo.
    Y se dirigió a la percha, para colgar la capa.
  --Parla benissimo --afirmó alguien que estaba cerca de nosotros. El hombre no había hecho aún nada, pero ya sus palabras se estimaban como un mérito, solo con ellas había sabido imponerse...



miércoles, 22 de julio de 2015

Cuando los planetas se alinean

México D.F. a jueves 24 de julio, 2015.

Algunos de los que ya no son planetas
Un día afortunado, me asomé por la mirilla del gran telescopio de dos metros que acababan de instalar en el observatorio de San Pedro Mártir en Baja California. Por primera vez me acerqué a lo que era el infinito: un espacio ocupado por miles de millones de puntitos brillantes, unos más intensos que otros, cuya densidad variaba, pero que nunca acababa, ¡nunca!

Esa noche sólo escuchaba el ruido del movimiento del telescopio mientras lo posicionaba el ingeniero José de la Herrán, después de haber capturado las coordenadas del objeto que el doctor Arcadio Poveda había escogido para ver en ese momento: las galaxias espirales gemelas que estaban a dos mil millones y medio de años luz…

—¿Qué? ¿A dos mil millones de años luz, es decir, que eso que vamos a ver es una luz que recibimos después de ese casi infinito tiempo? —le preguntó azorado Matías al doctor Poveda. Nunca pudo olvidar esta experiencia, ¡nunca!

El número total de estrellas que chisporrotean en el universo es cercano al infinito y las encontramos en más de cien mil millones de galaxias, una cifra inimaginable. Las estrellas de la Vía Láctea que vemos como polvo que colea por el espacio atravesando el horizonte de alguna noche despejada, son tan antiguas y están tan alejadas que su luz ha tardado millones o miles de millones de años en llegar hasta nosotros mientras esperábamos que el telescopio llegara a su lugar preciso para que nos pudiéramos asomar.

No hay pueblo alguno en este mundo que, al ver los cielos estrellados, no haya inventado leyendas, cuentos y mitos asociándolo con lo que se imaginaban o creían ver, en unas líneas imaginarias. Desde siempre, cuando las observamos, nos dan ganas de pedir que se cumplan nuestros deseos y les rezamos porque las asociamos con esos dioses que imaginamos o con ciertos animales fantásticos. 

Durante miles de años las estrellas han orientado a los marineros y a esos peregrinos que pueden navegar en medio de la oscuridad, como si navegaran en medio de la ignorancia. Cuando estamos de duelo, levantamos la vista y encontramos su alma brillando en algún rincón del universo. Es la forma móvil de la eternidad —como decía Platón— y como nos seguía contando Poveda la historia de Nut, la diosa egipcia del cielo nocturno, que la representaban pariendo estrellas y acercándolas a su oscuro vientre como lo podemos ver en los libros de la antigüedad.

En la madrugada habíamos salido para darle la vuelta a la cúpula y ver de un lado el Mar de Cortés y por el otro, el Océano Pacífico, antes de ver al Oriente como surgían los velos de las ninfas de Apolo que empezaban a bailar con sus transparencias anaranjadas y violetas. Bajamos en silencio para tomar el jeep que nos llevaría de regreso a nuestras cabañas para descansar un rato antes de emprender el regreso a México.

En verdad, guardar silencio era lo mejor que podíamos hacer después de haber navegado toda la noche, pasando desde lo obvio, las Pléyades y el cinto de Orión, hasta las profundidades o como quieran llamarles, todo con esa sensación de no ser más que un puntito menos que una caca de mosca en el mapa del universo que se expande y gira sin fin, como lo vi esa noche por millones de años para que pudiera ver esa galaxia elíptica color amarillo.*

Este fin de semana la Orquesta Sinfónica de Minería interpreta Los planetas de Gustav Holst (50 min.) con la sección femenina del espléndido coro EnHarmonía Vocalis, que dirige Fernando Menéndez y todos bajo la batuta de José Areán, con esta obra que nos hace pensar en la música de las esferas isabelinas y el placer cuando los planetas se alinean y todo funciona con una naturalidad espeluznante.

*NOTA: tomado este texto del libro en proceso A la orillita del río, que está en corrección. MCA.

lunes, 20 de julio de 2015

Un encuentro fortuito con Omar Sharif

México D.F., a sábado 18 de julio, 2015.

Omar Sharif y Julie Christi en Doctor Zhivago (1965).    
Hay cosas que no se pueden olvidar, por ejemplo, la noche que cené con Omar Sharif en Las Mañanitas de Cuernavaca en el verano de 1980, cuando estuve viviendo en esa ciudad, después de haber trabajado como loco en la revista Ciencia y desarrollo (1976-1979) del CONACYT. Esto lo cuento, entre otras anécdotas, en el libro A la orillita del río que corrijo para poder entregarlo a los editores para que se publique el año que entra.

Se trata de narrar varios recuerdos de la década de los ochenta, una feliz década cuando fui editor de literatura y que ha resultado algo que le llaman ahora ‘auto-ficción’ que, por cierto, está de moda después que Karl Ove Knausgaard publicó con tanto éxito Mi lucha. En este otro libro se desarrollan dos historias la del editor Matías Ventura (alter ego) y sus varias caídas en la lona y la del poeta Pedro Malatesta, a quien le publiqué su único libro. Dos vidas que tienen un punto de encuentro y que terminan a su manera.

Cuando la semana pasad nos enteramos de la muerte de Omar Sharif (1932-2015), protagonista del Doctor Zhivago (1965) junto con Julie Christi se me antojó compartir con ustedes esta historia tomado del manuscrito en proceso:

«Matías aprovechó los meses que vivió en Cuernavaca, movilizándose con su motoneta entre las siete barrancas buscando esos lugares donde Firmin, el Cónsul, se había emborrachado hasta caer por los suelos para ver desde ahí las faldas del volcán y su copete de nieve. Una cultura inútil en donde tomó la fotografía de una de las cantinas que quedaban de pie antes que les dieran marro.

»Por primera vez en su vida Matías no tenía horario que cumplir y ahora tenía toda la libertad del mundo: podía leer hasta la hora que se le antojara y levantarse a la hora que podía, aunque sus amigos, Guillermo Sastré y Rubén Cerda, pasaban para ir a correr a la Buenavista o alrededor del Rancho Cortés donde estaba su casa, para sudar como el Cónsul las copas del día anterior. Disfrutó mucho de esa libertad.

»Rubén era el mero, mero de Las Mañanitas y, un día cualquiera, le habló a Matías para preguntarle si podía ir a cenar a Las Mañanitas más o menos temprano:

»—¿Qué haces, Matías?
»—Nada, Rubén, leyendo y oyendo música...
»—¡Ah, qué bueno! Porque te quería pedir un favor. Mira…, esta mañana llegó al hotel Omar Sharif. ¿Te acuerdas del Doctor Zhivago de hace unos años?… Bueno, pues como tú hablas inglés, no sabes cómo te agradecería si lo acompañas a cenar esta noche. ¿Podrás venir un poco antes de las siete?

»Matías se bañó antes de salir y llegar fresco y rozagante a Las Mañanitas para tomarse un par de Martinis en esos jardines mágicos (los pavos reales durmiendo) para platicar un rato con Sharif de sus películas o del millón de dólares que había perdido en una noche en un algún casino de Mónaco o de sus libros: El eterno masculino o Juegue Bridge con Omar Sharif. Había enviudado de su la joven Faten Hamama (1955-1974), bella egipcia con quien tuvo a su hijo Tarek. Esa tarde-noche, Matías tuvo la impresión de que la vida le sonreía.


»Resultó ser un personaje inolvidable: amable, galán y jugador que, además, esa noche aceptó con gusto compartir su Suite con dos argentinas que, por equivocación, les habían cancelado su reservación. Cosas del azar y de la vida.»