sábado, 29 de agosto de 2015

El canto de las fachadas

México D.F. a sábado 30 de agosto, 2015.— 

¿Qué nos podrá cantar esta fachada? Andrés Casillas de Alba. Tecamac, 1995.
Como sabemos, la música expresa tristeza o alegría, ferocidad o ternura, anticipación o nostalgia y si a ésta la asociamos con la arquitectura que propone sus ‘perspectivas casi musicales’, como dice Valery, entonces, los que han aprendido a escuchar, podrán oír cómo es que ‘una fachada les puede cantar’, como propone George Steiner, independientemente que, cuando tratamos de convertir la música o la arquitectura en palabras, se convierte en una tarea casi imposible o puede resultar ‘una banalidad irremediable’, a pesar de que ‘la música es la terapia del espíritu herido’ y ‘la arquitectura es la música congelada y su parentesco ha sido celebrado desde la mitología clásica y el mundo antiguo’, como asegura Valéry pues, ‘la finalidad del arquitecto es redistribuir la luz y sus formas inteligibles, así como, sus perspectivas casi musicales, en ese espacio en el que se mueven los mortales’, una definición que me gustaría comentar uno de los arquitectos que conocemos y que pueden redondear todo esto.

¡Qué maravilla imaginar —como dice Steiner—, que podemos escuchar el canto de las fachadas! ¡Inténtelo!, porque ‘tanto en la arquitectura como en la música, la armonía, las proporciones y la variación temática están relacionadas, así como, los aspectos geométricos y algebraicos de las matemáticas. Tal vez por eso, el compás y la plomada son el símbolo del modelo cósmico.’
Este es otro descubrimientos más del mismo libro de Steiner ahora en el ensayo ‘Cuestiones educativas’ de Los libros que nunca he escrito (Gandhi ediciones, 2014), que cité la semana pasada, en donde primero nos lleva a un especie de callejón sin salida después de analizar lo que ha pasado en la educación en Occidente y luego propone un programa que es más bien una Utopía —como la de Tomás Moro que llegó en el XVI hasta el corazón de Michoacán con ‘Tata’ Vasco—, donde con razón dice que, en época de crisis, ‘lo utópico es realista’.

Para lograr una verdadera educación en este siglo, Steiner propone que se estudien cuatro tópicos de manera alegre y a fondo: matemáticas, música, arquitectura y biología molecular.

‘¿Pos, qué pues con eso?’, como dicen en Guadalajara. Y qué pues con esta propuesta que primero esbozamos una sonrisa y luego, la aplaudimos con gusto.

La idea de la relación de la música y la arquitectura también tienen que ver con las matemáticas en donde es un desgracia ‘la ignorancia en materia de conceptos y procedimientos matemáticos’ así como, el recuerdo que tenemos de las clases que nos dieron ‘tan pesadas, que con gusto las hemos olvidado...’ Sabemos que las matemáticas puras son parte de los movimientos del espíritu y si hubiéramos conocido a Euclides, hubiéramos contemplado ‘la belleza desnuda’ o, como dice Leibniz: ‘cuando Dios canta para sí mismo, canta álgebra’.

La triste realidad es que, buena parte de la enseñanza de las matemáticas está en manos de ‘los derrotados’ y, para hacerlas atractivas, propone que enseñe la historia de los que han demostrado principios eternos y los que no encontraron la solución, sobretodo, conocer a estos últimos porque lo haría más fascinante e instructivo que cualquier otro método de enseñanza si tratamos de conocer esas propuestas sin solución, como los números primos, esos componentes del universo que ‘tienen música’ y, por eso, no necesitan traductores, como tampoco las matemáticas.


¿Se imaginan que a las nuevas generaciones les enseñáramos estas tres materias y una introducción a la bilogía molecular y a la genética? ¡Otro gallo cantaría!

sábado, 22 de agosto de 2015

Lo no dicho, dice más claro

México D.F. a sábado 22 de agosto, 2015. 

(George Steiner 1929-)
«Es lo no dicho lo que se dice más alto», como propone George Steiner (1929-) en Los libros que nunca he escrito (Gandhi ediciones, 2014) y que compré en el aeropuerto de Tijuana para empezar a leerlo durante el vuelo de regreso que dura unas tres horas. La cita aparece en el capítulo de ”Los idiomas de Eros” y tiene que ver con uno de los temas que desarrollo en el curso de Liderazgo basado en Enrique V de Shakespeare, en donde enfatizo la necesidad de saber escuchar lo que no decimos con palabras, es decir, de entender el lenguaje no verbal, ese que nadie nos enseña cómo escucharlo y que tantas veces, como dice Steiner, ‘habla más alto’ y es más claro que las palabras que decimos.

Para ejemplificarlo les leo la cita del Quijote, cuando éste le da instrucciones a su escudero para que observe lo que haga Dulcinea del Toboso ahora que la va a ir a ver de su parte:

“—Anda hijo, y no te turbes cuando te vieres ante la luz del sol de la hermosura que vas a buscar. ¡Dichoso tú sobre todos los escuderos del mundo!

“Ten memoria, y que no se te pase de ella cómo es que te recibe: si muda los colores el tiempo que la estuvieres dando mi embajada; si se desasosiega y turba oyendo mi nombre; si no cabe en la almohada, si es que la hallas sentada en el estrado rico de su autoridad y, si está de pie, mírala si se pone ahora sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite la respuesta que te diere dos o tres veces; si la muda de blanda en áspera, de aceda en amorosa; si levanta la mano al cabello para componerle, aunque no esté desordenado; mira todas sus acciones y movimientos, porque si tú me los relatares como ellos fueron, sacaré yo lo que ella tiene escondido en lo secreto de su corazón acerca de lo que al hecho de mis amores toca; que has de saber, Sancho, si no lo sabes, que entre los amantes, las acciones y movimientos exteriores que muestran, cuando de sus amores se trata, son certísimos correos que traen las nuevas de lo que allá en lo interior de su alma pasa.”

Eso es. Y, de esta manera, todo lo que observó Sancho Panza de su señora Dulcinea son noticias de lo que le pasa en su interior, aunque nunca lo hizo Sancho Panza, pero de eso se trataba y con esto tenemos una buena llamada de atención para conocer lo que está en el interior de esos con los que nos encontramos reunidos.

Hagamos la prueba y, en la próxima reunión de amigos o curso que demos o junta de Consejo, observe ese otro lenguaje corporal y vea si levantan la mano para rascarse la nuca o si se voltean a la puerta cuando usted los mira, o si mueven el pie impacientes o si aplauden espontáneamente a la mitad de una frase o si mueven la cabeza cuando obviamente sabemos que tienen dudas o nos rechazan.

Es tan poderoso este lenguaje como lo es la inteligencia emocional que tanto trabajo cuesta aceptarla porque no nos gusta ver la realidad tal como es, menos, si no están de acuerdo con nosotros y nos lo están diciendo con esos gestos, con ese lenguaje no verbal, para ver si descubrimos lo que hay ‘en el interior de su alma’ que, sin duda, se oye más alto.

¿No cree usted?


sábado, 15 de agosto de 2015

Algunos libros para viajar

México D.F., a sábado 15 de agosto, 2015.— 

Alain de Botton escribió El arte de viajar (Taurus, 2002), un libro que he disfrutado tanto que no puedo menos que recordarlo en esta temporada que agoniza. ¿Ustedes saben que hay 1,100 millones de personas turisteando por el mundo? El resto nos quedamos en casa y por eso se me ocurre proponerles algunos libros con los que podemos viajar con la imaginación y disfrutar ese andar de vagos sin tener que levantarnos de nuestro sillón, como el duque de Esseintes, este excéntrico francés que vivía solo en su mansión de París, de la que nunca había salido pero que, desde hacía tiempo, planeaba e imaginaba, con lujo de detalles, hacer un viaje a Londres —como lo cuenta de Botton. Por fin llegó el día en que arregló sus maletas y salió de la estación de ferrocarril, para de ahí viajar a Le Havre y tomar el ferry. En la estación había una cantina como si fuera un Pub inglés y el duque decidió detenerse y tomar una half-pint. Mientras la bebía, se sintió abrumado por tanta gente que entraba y salía que mejor decidió que su viaje llegaría hasta allí, pues «¿para qué salir, si uno puede viajar tan a gusto sin levantarse de su sillón?» Entonces, regresó a su mansión y empapeló las paredes con los mapas de la ciudad de Londres, incluyendo el puente y la Torre donde habían cortado tantas cabezas, incluyendo la de Ana Bolena.

Para los que nos quedamos como este noble francés, Botton y yo les recomendamos estas lecturas donde podrán encontrar una que otra joya que tiene que ver con el arte de viajar, por ejemplo, el anónimo de Las mil y una noches o cómo Scherezada le cuenta sus aventuras y viajes al sultán Shahriar para poder sobrevivir. O ese otro de Karl Baedeker y su Guía de Londres. O mejor todavía, el de Charles Baudelaire y su Invitación al viaje o, de plano, «El libro de Job» de la Biblia de Jerusalén o el Ensayo sobre los paisajes americanos de Thomas Cole.

Para los que leen en francés está el de Jean Siméon Chardin Voyages en Perse et autres Linux de l’Orient y en español, el de Xavier de Maistre Viaje alrededor de mi cuarto o este otro, el Ensayo sobre la naturaleza de Emerson o mejor todavía, Madame Bovary de Flaubert con el que hice, desde hace tiempo, un viaje por la provincia francesa del siglo XIX en medio de la tragedia.

No puede fallar las Guías Michelin de cualquier ciudad que vaya a visitar algún día o el Viaje a las islas occidentales de Escocia del Dr. Samuel Johnson o el Ulises de James Joyce, una guía verdaderamente genial en donde recorremos Dublín en un día, de la mano de Leopoldo Bloom. Pero si queremos viajar por la nórdica Finlandia, hay que escuchar la música de Jean Sibelius y su leyenda de Kalevala.

Pero, para conocer algunos aspectos de la India habría que leer Un bárbaro en Asia de Henri Michaux y qué mejor si se trata de viajar a la capital de Portugal que hacerlo con Lisboa la guía del famoso poeta Fernando Pessoa, que estoy por adquirir a como de lugar. Como también los de John Ruskin y sus Técnicas de dibujo y de perspectiva porque este hombre nos propone que detengamos nuestro viaje cuando algo nos guste para sentarnos un rato y dibujarlo para que podamos leer el paisaje ‘entrelíneas’ y al hacerlo se convierta en un viaje inolvidable.

Para los que les gusta Caminar, lean el ensayo de Thoreau publicado por Impronta, de Helena Aldana para disfrutar de ese hábito tal como lo hizo hace mi amigo Antonio Saldivar por las montañas de Tepoztlán o como tanta gente lo hace en la ruta de Santiago.

Con esto cerramos con un broche de quién sabe qué metal, estas sugerencias de las mil que ustedes puedan tener. ¿Verdad?



jueves, 13 de agosto de 2015

De la ausencia y la tristeza que provoca

México D.F., a jueves 13 de agosto, 2015.—

Sibelius y el canto del cisne en la leyenda de Kalevala.    
Conforme avanzó el concierto fui asociando algunas ideas y conectando con otras cosas. Por eso, cuando escuché ‘El cisne de Tuonela’ en la narrativa musical de las Leyendas de Kalevala de Jean Sibelius, pensé en el canto del ruiseñor que me visita al atardecer durante la primavera desde hace años, cuando me cantaba una melodía con todo y sus variaciones. El año pasado le hice tanto caso como si fuera una cita amorosa. En cuanto escuchaba los primeros trinos, desde lo alto de la Jacaranda que nos cobija, salía a la terraza a buscarlo para ver si lo veía —cosa que no logré— pero que, de todas maneras, le contestaba con esa misma melodía y otras variaciones. Así pasábamos un rato, como si él o ella correspondieran con su canto los placeres del agua fresca que disfrutaba con toda su familia en la pequeña fuente que tenemos en la terraza con todo y su chorrito de agua —que se hace grandote y se hace chiquito— sobre la superficie cóncava donde se meten, por tandas desde temprano en la mañana, padres e hijos de la camada, para refrescarse, papaloteando felices durante los meses de abril y mayo.

Este año, por desgracia no puede hacerle caso: estuve convaleciente, arrastrando la cobija sin poder levantarme del sillón para platicar con ‘Pavarotti’, como le he llamado desde entonces, sin investigar si era el mismo ruiseñor del año pasado o el heredero de estas costumbres y miembro honorable de su estirpe que genéticamente haya heredado de su padre o madre —porque tampoco sé si es él o ella—, la costumbre y el despliegue amoroso de su canto con el que hemos celebrado tardes enteras desde que se posó por primera vez al atardecer en una de las ramas de la desnuda Jacaranda, agotada, después de haber florecido.

De pronto, con cierta nostalgia dejé de escucharlo(a) y con cierta tristeza lo empecé a extrañar. Tal vez por eso, durante el concierto de Sibelius, me entró una nostalgia pensando que no le había dado la respuesta de otros años y que por eso se haya sentido abandonado como ahora yo me siento con esta música legendaria que acentuó este sentimiento, pues ya saben ustedes cómo es esto de la música: la más efímera de las artes que, apenas escuchamos lo que nos está contando, cuando ya pasó, dejándonos sólo una estela como si fuera uno de los velos transparentes del recuerdo: ‘sólo por ahoritita’, como podríamos decir, parafraseando la notable actitud de los AA, herederos del existencialismo francés.

Así como el piccolo y el fagot se hacen notar entre todos los instrumentos de la orquesta cuando entran en acción, así ‘Pavarotti’ lo hacía durante esas apacibles tardes de lectura, cuando no me importaba dejar a un lado el libro para salir a la terraza y contestar su llamado desde los primeros trinos, como esos enamorados que saben corresponder al chiflido de la Primavera en su diaria visita.

Ahora, fuera de temporada, salgo y chiflo varias melodías como lo hace el oboe en el canto del cisne de Sibeluis, tal como lo asocié cuando escuché su canto pero, como ‘Pavarotti’ ya se ha ido y no sé a dónde, ni por qué, sentí una vez más la nostalgia, por no haberle hecho caso y cuando ya me levanté de la lona, sabía que era tarde: había empezado el tiempo de aguas y Zeus, desde su Olimpo, los había espantado o simplemente se había cumplido un ciclo y en el verano los ruiseñores se van a otro lado. El hecho es que ya no oigo su canto y extraño las historias —repetitivas— que me contaba, como el oboe lo hace con su propia nostalgia, tanta, que me hizo recordar su ausencia.

Mientras le daba de vueltas a estas ideas y sentimientos, se había terminado la leyenda finlandesa de la Suite Lemminkäinen Opus 22, asombrado de la capacidad narrativa del finlandés que, además, provocó una serie de sentimientos que, sin saberlo a ciencia cierta, estoy seguro que en la leyenda nórdica se trata de la ausencia y la tristeza que provoca, integrada en una narración musical. 

sábado, 8 de agosto de 2015

Los privilegios de la Naturaleza

México D.F. a sábado 8 de agosto, 2015.-

Zeus jugando con su rayos y centellas desde el Olimpo.
Cuando salimos de vacaciones los ánimos se distienden como si nos quitáramos un peso de encima desde el mismo momento en que tomamos la carretera para asombrarnos de lo bien mantenidas que las tienen, por lo menos esas que van rumbo a Guadalajara en el tramo de México-Atlacomulco (donde hay que hacer la primera escala para unos taquitos de barbacoa) y hacia el noroeste, por Maravatío, hasta llegar a la orilla del Cuitzeo para bordearlo y ver a esas garzas que vuelan y papalotean encima del espejo de agua, sin manchar su plumaje y luego, descansar en las copas de los mezquites que hay por el rumbo.

Como en el primer mundo y con un liderazgo que cuida de los detalles y no sólo ordena que se hagan las obras y que está pendiente de que se limpien, tal como lo vi, las pequeñas luminarias que hay en las defensas metálicas o los drenes y las caídas de agua para cuando llueva como sucede en esta época, cuando el campo está ‘verde que te quiero verde’ y uno respira a fondo y agradece, a quien corresponda, el cuidado por las cosas y su limpieza que permite se nos acomoden hasta los malos pensamientos.

Días de vacaciones en donde, los de mi generación, viajamos con los nietos que no desatienden sus WhatsApp’s y mandan ‘ya’ las fotos de lo que están viendo con todo y sus selfies, por si se les olvida como son, mientras oyen su música con sus audífonos, aislándose del mundanal ruido, incapaces de disfrutar el silencio, el viento y los colores, así como los privilegios de la Naturaleza en su apogeo, como el verde valle entre los bosques de pinos de La Marquesa o los Sauces llorones a la orilla de los arroyos o los Mezquites en el Lago de Cuitzeo o la selva tropical que hace una especie de promenade en la carreterita de ida y vuelta antes de llegar a Vallarta.

Pero hay que aceptar que cada generación tiene su modo de ver el mundo y cómo es que ellos lo ven a través de la imagen de sí mismos, como buenos ‘Narcisos’ que sonríen a la pantalla para que no digan que la están pasando mal o cuando posan entre las olas del mar cuando, por fin, hemos llegado a la playa para disfrutar de esa temperatura del mar de estas épocas, con ese oleaje que nos hace creer que está vivo, como si el movimiento fuese la expresión de su vitalidad, mientras nos dejamos llevar por la ola y, por las noches con su vaivén que nos arrulla después de ver lo que pensábamos que era una metáfora convertida en realidad como fue la ‘luna azul’, como esa vieja canción de la ausencia que experimentamos hace tanto tiempo, tanto que ya no nos acordamos.

Y así pasan los días y las noches cuando todo cambia y se respira hondo tan cerca de la Naturaleza como esa primera noche cuando cayó, por fin, una tormenta refrescadora y vimos cómo es que Zeus jugaba con sus rayos lanzándolos a lo largo y ancho del horizonte, como si estuviera en sus juegos olímpicos, sin escuchar el retumbo por lo lejos que los lanzaba. En medio de ese silencio, vimos toda clase de relumbrones que iluminaban el horizonte y veíamos cómo las palmeras temblaban de emoción como Venus lo hizo, ‘enferma de deseo y temblorosa de pasión’ cuando Adonis la descubrió desnuda, bañándose, un día de verano que es como una hora breve.