lunes, 28 de septiembre de 2015

¡Viva la Mamma!, una obra de carcajada

La Mamma con su hija Luigia.
Estoy seguro que en 1827 Gaetano Donizetti (1797-1848), con sus treinta años, se divirtió componiendo esta ópera bufa que entonces tituló como La convenienze teatrali, una obra hilarante que todavía estará este jueves 1º y el domingo 4 de octubre en el Palacio de Bellas Artes con la compañía de Ópera, ahora titulada ¡Viva la Mamma!, justo después de que Ramón Vargas, el director artístico de la compañía, le pasó la estafeta a Antonio Castro para que dirigiera la escena, cosa que hizo a su estilo hasta tomar posesión de su oficio y aplicar todo lo que sabe para que la obra resultara una comedia en donde nos reímos a carcajadas desde el primer acto, cuando se supone que vemos un ensayo de Romeo y Erscilia y somos testigos de ‘los excesos de unos cantantes de ópera que se comportan mal’, hasta que llega Ágata (Armando Mora, de travesti), la Mamma de Luigia, la segundo soprano, para subir por las cumbres de la comedia y que todos se pongan a tono, como se lo pueden imaginar.

Antonio Castro hizo su trabajo y lo dejaron libre para que pudiera meterle la mano —simbólicamente— a cada uno de los personajes y a cada una de las escenas, adaptando el texto con algunas viñetas tomadas de la vida capitalina para que ¡Viva la Mamma! la hiciéramos más nuestra y que entendiéramos mejor el desfile de vanidades ‘ridículas’, como las que puede haber en una ‘endeble compañía de ópera’, como esas que conoció Donizetti en su tiempo, en donde todos los actores o cantantes se creen ‘divas’ —como le pasó en la vida real a Kathleen Battle (1948-), que se creyó era una diosa hasta que la sacaron de la jugada y nunca más volvió a cantar en alguna de las casas de ópera del mundo.

Romolo ed Ersila personificada por Orlando Pineda como Romolo y primo tenore alemán, trata de cantar con Adriana Valdés, la Ersila de esa otra ópera con esta soprano, pequeña pero vigorosa con una cálida voz hasta que, poco a poco, el ensayo se convierte en una lucha campal entre Lorena Flores como Daria Garbinati, la prima donna, con todo y su marido y agente, Carlos López o Procolo, que la defiende en la competencia con Rosa Muñoz, Pippetta, la otra cantante, para ver quién merecía estar en primer lugar en el cartel.

Vemos en escena al poeta y farmacéutico Cesare Salzapariglia, Alejandro López y al empresario Jorge Ruvalcaba, con el compositor Biscroma Strappaviscere en la persona de Jorge Elezar Álvarez, dando indicaciones que nadie le hace caso, porque están ocupados en darle renombre a sus personajes.

Toda una feria de vanidades, como suponemos que eran —¿o siguen siendo?— los usos y costumbres de la producción de una ópera. La llegada espectacular de Ágata, hace que todo, a partir de ese momento, gire a su alrededor con un travestismo que implica y garantiza la comicidad que nos envuelve para ver lo que es el caos, cuando la Mamma intenta defender a capa y espada a su hija y, de pasada, trata de conseguir un lugar en esa obra, hasta que lo logra, y termina por llevar a todos al caos.

¿Y la música y la letra? En la primera parte está al servicio de la comedia donde cada quien trata de justificar quién debería cantar el aria y quiénes podrían hacer un dueto, mismo que nadie quiere cantar, pues lo que cada uno quiere es hacerlo de manera individual, hasta que en la segunda parte, logran hacerlo cada una de las tres sopranos que canta cada quien su aria en donde saben que pueden lucirse —como sucedía en el XIX— y así, de la nada, Gaetano incluye en su obra tres arias de otros compositores para escuchar Casta diva de Norma de Bellini (una verdadera joya), seguida por una aria de Idomeneo de Mozart y, para terminar, escuchamos asombrados a la joven Adriana Valdés   con una aria de El viaje a Reims, de la ópera bufa de Rossini y todo bajo la batuta y actuación del joven director de la Orquesta como es Iván López Reynoso.

 Hilarante, ágil en su desarrollo, bien engranada en el tiempo y en el espacio, parece que el director de escena Antonio Castro se apuntó otro diez y logró que el público gozara a carcajadas las peripecias sencillas pero bien actuada y cantadas del reparto, como hace años lo había logrado con otra comedia, en ese caso teatral, de la Las obras completas de Shakespeare (abreviadas) que tanto tiempo estuvo en la cartelera.


viernes, 25 de septiembre de 2015

Sobre la nostalgia de lo efímero

México D.F., a sábado 3 de octubre, 2015.— 

Uno de esos paisajes bellos en Suiza.

Hace unos días Alfonso ‘Foy’ Urrea (1943-2015), mi amigo de toda la vida, se nos adelantó y, desde que lo supe, quise escribir una nota para digerir su ausencia y agradecer de esta manera su amistad de toda la vida. Para eso retomé las notas del libro de Matthew von Unwerth, Freud’s Requiem en donde el autor imagina ese día que Freud salió a caminar por uno de esos paisajes que hay en Suiza acompañado de Rainer María Rilke y Lou-Andreas Salomé. Durante la caminata, Freud se dio cuenta de que el poeta no disfrutaba lo que estaban viendo porque tal parece que lo efímero de la belleza lo abrumaba, porque sabía que ‘un día de estos se iba a acabar’, como sucede con la belleza natural o con los seres humanos o con eso que hemos creado, amado o admirado y que tanto podemos disfrutar aunque sea efímero.

Todo lo que es hermoso y perfecto decae y eso provoca una especie de abatimiento, melancolía o nostalgia, como la que sentía el poeta o la rebelión contra esa melancolía ‘cuando cuento los golpes que dan la hora y veo al pujante día desvanecerse en la odiosa noche…’, entonces, pensamos que no es posible que las maravillas de la Naturaleza, del arte o de la amistad se desvanezcan y un día se conviertan en ‘nada’.

Es absurdo creer que algo, por ser maravilloso, puede perdurar y escapar de las garras de la destrucción. El deseo de inmortalidad es producto de nuestros deseos e imaginación y, por eso, nos quejamos y nos duele cuando nos damos cuenta que ya no existe. Rilke no pudo disfrutar del paisaje, ni pudo aceptar ‘sólo por hoy’ la felicidad de la compañía ni del paisaje y, por eso, Freud habló con él de su pesimismo para tratar de hacerle entender que, ‘en la idea de que lo efímero, lo bello está implícito’ y que las cosas y las personas justo por ser efímeras, se aprecian más y tienen un mayor valor justo porque sabemos que no son eternas.

El desconsuelo y el dolor por la pérdida de alguien que hemos querido y admirado es natural y para los psicólogos, el luto es un enigma, es un fenómeno que no se puede explicar por sí mismo sin que salgan otras cosas a las que hay que seguirles la pista.

Pero resulta que tenemos una capacidad para amar, que le podemos llamar «libido», y que, en su estado primario, es el que alimenta nuestro ego. Cuando el objeto o la persona que amamos se ha ido o nos hemos separado, nuestra capacidad de amar, es decir, nuestra «libido», se queda sin ese objeto con el que nos alimentaba y, por eso, al principio se desconcierta pero, una vez que tolera esa ausencia a través de un sentido duelo, naturalmente, vuelve a dirigirse a otro objeto o persona y, en un tiempo dado, nos sigue alimentando.  

Es doloroso y es misterio, sí, pero, cuando la libido se desprende de los objetos primarios, aunque se haya agarrado de tal manera que no quiera renunciar a lo que ha perdido, finalmente, tiene la capacidad de sustituirlo. Así es la vida del ser humano —si es que estamos bien de la cabeza—, y lo que es muy cierto es que la libido encuentra el sustituto —como lo encontró ‘la viuda alegre’— y la ausencia es más bien una poda (con ‘p’), para seguir vivos, disfrutando de ese viento que acaricia las ramas de nuestro paisaje solitario.


lunes, 21 de septiembre de 2015

Don Chico que vuela

México D.F., a jueves 24 de septiembre, 2015.— 

Con Eraclio Zepeda en la presentación de su libro en 1982.

No podía faltar ‘lo imprevisto’ de todos los días: el jueves por la mañana nos dieron la noticia del fallecimiento en Tuxtla Gutiérrez del escritor y amigo Eraclio Zepeda (1937-2015) a los 78 años de edad. Todo el día estuve pensando en él, en la vida que dura lo que tardamos en decir ‘uno-Constantinopla’ y en la muerte, cuando se apaga la luz y ‘lo demás es silencio’.

Eraclio tuvo una vida intensa —de eso se trata—, una vida que la pudo revivir, como los cuentos que nos gusta mucho que nos vuelvan a contar, desde que se puso a escribir su biografía en varios tomos, una vida plena de aventuras, de viajes por tierras lejanas como las que conoció de joven acompañado de Elva Macías, su mujer de toda la vida.

Él fue un cuentero por excelencia, como lo pudimos comprobar el día que viajamos a Guadalajara para presentar su libro Andando el tiempo en el Hospicio Cabañas en 1982,  un libro que se convirtió en el más vendido de la editorial. Luego de la presentación, fuimos a la casa de Anís Díaz de Blancarte en donde estuvimos hasta el amanecer escuchando, unos tras otro, esos cuentos hilados hasta que alguien le preguntó si todo lo que había contado era cierto y, Laco, con ese buen humor que tenía, le contestó: “Señora, no soy Notario.”

Nada más adecuado que el título de su libro ahora que ando por la ciudad divagando, recordándolo con la vista perdida, y tratando de recuperar esa otra memoria que, como faro nos ilumina en medio de la tormenta y nos permite resaltar algunos de los puntos cumbres de nuestra vida durante los años que trabajé como editor (1980-1994), emocionado cuidando los detalles: la lectura de los manuscritos, las posibles correcciones, el diseño de la portada, la caja y la tipografía con esos márgenes amplios y la regla de oro de la tipografía para que el lector no sufra de la miseria de esos editores avaros del espacio.

Entonces le sugerí a Laco que fuese Antonio Martorell quien ilustrara sus cuentos y capitulares a quien luego le pedí me hiciera un retrato con Catalina, mi esposa que debía estar sentada en el suelo —bella, plácida, mujer, mujer—, escuchando lo que estaba leyendo a su lado y que era ‘Don Chico que vuela’: Te paras al borde del abismo y ves el pueblo vecino, enfrente, en el cerro que se empina ante mis ojos, subiendo entre nubes bajas y neblinas altas

Entonces, tomo de mi diario esto: «15 de mayo, 1982. Hoy cumplo 41 años. Por fin me siento atamañado —me he emparejado en el tiempo. Hoy vino Martorell y nos trajo las capitulares del libro de Laco. ¡La obra del artista, sus manos, su mirada, qué bien lo entiendo!… La vida sigue su marcha agradecido por la visita inesperada de Eraclio a la editorial de quien tan bien me había hablado Juan Rulfo diciendo que ‘era el último escritor del realismo mágico en México’. Eraclio me preguntó si podía publicarle Andando el tiempo

Memorias, recuerdos de nuestros viajes a Xalapa y a Guadalajara para presentar su libro, viajes donde habíamos platicado y soñado en donde él siempre estaba con el ánimo bien puesto, orgulloso de lo que hacía y modesto como hommo politcus y yo, su editor, el más feliz del mundo con ese libro que se vendía como pan caliente.


Sí, gracias Laco, fuimos muy felices contigo.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Cuando se acotó el poder absoluto

México D.F., a sábado 19 de septiembre, 2015.— 

La firma de la Carta Magna el 15 de junio de 1215.
Cómo entender mejor esos sucesos que cambian las relaciones de poder como sucedió en 1215 cuando el rey Juan I firmó la Carta Magna que cambió para el resto de nuestra historia esa relación y logró, no tanto por su contenido, sino por el hecho, que los nobles hayan acotado el poder absoluto, forzando al Rey a aceptar los términos que establecían. La Carta empieza así: Dado de nuestro puño y letra en el prado que se llama Runnymede, entre Windsor y Staines, el día decimoquinto del mes de junio del decimoséptimo año de nuestro reino…, y a continuación se listan los sesenta y tres puntos con los que los aristócratas aseguraban sus derechos feudales frente al poder del Rey en esta Carta Magnarum Libertatum que ha sido el origen de lo que años después sería el Parlamento, ese que los reyes tienen que consultar para la toma de decisiones. Bueno, pues este año se celebran ochocientos de su firma.

Una manera de conocer esto sería a través de la historia, con las Crónicas de Inglaterra, Escocia e Irlanda de Holinshed (1587) o con el Book of Martyrs de John Foxe (1563), pero también hay otras maneras de hacerlo como he preferido hacerlo con la lectura de La vida y muerte del rey Juan, una obra histórica de Shakespeare (1596) que resulta es más divertida con la que podemos reconocer la temperatura de los sucesos y los personajes en los tiempos del rey Juan I (1199-1216) o Juan Sin-Tierra, para tener de esa manera y desde una nueva perspectiva, el contexto de la Carta Magna.

En la Edad Media no estaba claro quién tenía derecho a heredar la corona y en este caso si era Juan, el hermano menor de Ricardo I, Corazón de León, con treinta y dos años de edad o Arturo, con trece, quien era el primogénito de Godofredo, un hermano intermedio con ahora su viuda Constanza, duquesa de Britania.

Los nobles estaban atentos a esos vientos huracanados como ahora los políticos que quieren mantenerse en el poder a como de lugar y, para eso, cambian de partido y del PAN se van al PRD o al PRI. Igual en aquel entonces, pasaron de estar con el rey Juan, a apoyar a la duquesa o, de plano, con el Delfín francés.

La hipocresía, la doblez, la falsedad y el perjurio, así como, las conspiraciones, el saqueo de los monasterios, los juicios sumarios, las amenazas por excomunión de parte del Papa Inocencio III, estaban a la orden del día, incluyendo varios dilemas morales y éticos.

Shakespeare escribió esta obra en 1596 y nos ofrece, con la misma enjundia de otras de sus obras históricas, el contexto y las carencias de liderazgo de un Rey que declaró la guerra y mandó matar a su sobrino Arturo, para ser abandonado por sus nobles y que se fueran con el Delfín que ya invadía la Isla.

El rey Juan se doblegó y cedió su reino como feudo de Roma y firmó la Carta Magna un año antes de morir envenenado por un fraile. Así podremos tener una mejor idea del inicio del siglo XIII y la decadencia de un Rey que ejercía el poder absoluto.

Por ahí escuchamos el discurso de Constanza cuando sabe que ha perdido a su hijo que nos remite al dolor de esas madres que los han perdido en otras guerras, como en la de Ayotzinapa, logrando, de alguna manera una catarsis.



sábado, 12 de septiembre de 2015

Volver a descubrir a los clásicos


Platón (427-347 a.E.)

México D.F., a lunes 12 de septiembre, 2015.- Resulta que las obras de Platón son el parteaguas de la cultura en Occidente y por eso ocupa en la historia de las ideas un lugar privilegiado y único: privilegiado, porque marca el rumbo de la Filosofía y, único, porque antes de esos diálogos no hay ninguna obra filosófica que sea verdaderamente importante, tal como lo sugiere Carlos García Gual. 

La semana pasada descubro y me sorprendo gratamente ver que Gredos, la prestigiosa editorial española, se ha lanzado al mercado hispanohablante para vender, en los puestos de periódicos, su colección de Grandes Autores de la Literatura a un precio de rajatabla, casi un regalo, con el primer ejemplar $129.90 pesos (7.95€ en España) y el título de Platón con la Apología de Sócrates y sus diálogos más el Prólogo de Carlos García Gual y un Estudio introductorio de Antonio Alegre Gorri, encuadernado en pasta dura con papel ahuesado y 844 páginas, ¡increíble! Por eso, no puedo menos que comentar este descubrimiento del mercado editorial que se lleva a cabo a pesar de que estamos en el ocaso de los libros impresos.

Hay que volver a los clásicos porque, en primer lugar, son una delicia y en segundo, porque casi siempre vienen a cuento y sus propuestas perduran, como es el caso en sí de los diálogos que nos recuerdan la vieja costumbre de conversar sobre temas considerados de ‘pesos completos’, en donde aquellos que no están de acuerdo con nosotros les damos la bienvenida, pues así nos amplían el panorama de lo que conocíamos hasta ese momento. En estos diálogos vemos cómo, a la menor provocación, Sócrates le explica a su amigo eso que quiere saber pero que no se atrevía a preguntar alrededor de algún tema, hasta que toca fondo.

En esas reuniones que añoramos como la dicha inicua de perder el tiempo, tal como decía Renato Leduc, va hilando las cosas para que entendamos lo que trata de explicar aquel viejo ateniense y desalmado, sin que le falte algo de buen humor. 

Por ejemplo, cuando en Gorgias, le reclama a su amigo Calicles por qué alaba a los servidores públicos si son inútiles y, de pronto le dice al darse cuenta que…

—Durante todo este tiempo, no dejamos de darle vueltas a la misma cosa, sin que nos enteremos de lo que el otro está diciendo —(ver página 386) y, sin más, pone el dedo en la llaga de algo que pasa en nuestros días, tal como lo platicaba con Lucía Quiroga —Ejecutiva de RP, de quien soy Mentor—, al darnos cuenta cómo es que se ha perdido la práctica de conversar y que es algo que nadie nos ha enseñado a hacer, mucho menos a ‘escuchar’ lo que el otro está diciendo.

Sócrates habla de los diálogos de sordos y nos encanta descubrir la solución que nos ofrece cuando le dice a su amigo: 

—Pues creí que habías entendido cuando te dije eso y tú aceptaste, como si comprendieras lo que te decía y, poco después, me vienes a decir que en esta ciudad hay excelentes y preclaros ciudadanos y, cuando te pregunto, quiénes son, me dices que, a tu parecer, esas personas adecuadas a la política son Tearión, el panadero o Miteco, el que escribe sobre la cocina siciliana…

Y nosotros pensamos en ‘Cuau’, el futbolista, ahora Alcalde de Cuernavaca o el ‘fanfarrón’ de Trump como candidato a la presidencia de EE.UU., y, por eso, gozamos de haber encontrado este otro paralelismo. 

Tal vez, para eso son los clásicos, ¿o no?