sábado, 28 de mayo de 2016

Encuentros literarios: la plática

Ciudad de México, sábado 28 de mayo, 2016.— 

Me pasó como decía el doctor Edmundo Flores, cuando era mi jefe en el Conacyt: 'ya no voy a ninguna plática, excepto las que tengo que dar… y no es albur’, —como nos aclaraba. Bueno, pues el pasado jueves tuve que ir a la Librería Bonilla en Coyoacán en la Ciudad de México para dar una platica (y no es albur), donde les conté, lo mejor que pude, la historia de Cardenio y cómo se dieron algunos encuentros literarios entre Cervantes y Shakespeare, a partir de la lectura que hizo Shakespeare de El Quijote, en 1612 para luego colaborar (no sabemos qué tanto, ni en qué) con John Fletcher para que la pusieran en escena como La historia de Cardenio, nueve años después que Jacobo I firmó un tratado de paz con España en una famosa reunión en Somerset House en 1604.

Las cosas no estaban bien en ninguno de los dos reinos. España estaba en guerra con los musulmanes de Turquía y los protestantes de Inglaterra. En 1588 Felipe II fracasó al invadir la isla con su Armada Invencible y en 1571, don Juan de Austria se enfrentó a los turcos en Lepanto, ahí donde le dieron un arcabuzazo a Cervantes en el brazo izquierdo (por eso también le dicen 'el manco de Lepanto') antes que los piratas lo tomaron prisionero en 1575 para mantenerlo cautivo cinco años en Argel y, por traer cartas de don Juan, le aumentaron el rescate.

A la muerte de Felipe II (1598), su hijo, Felipe III asumió la corona. Cuando la reina Isabel I muere (1603), lo suplanta el escocés Jacobo I de Inglaterra que se aplica a establecer la paz con España. Tal vez por eso, cuando Fletcher le propuso a Shakespeare escribir una obra basada en El Quijote, el Master of the Revels de la Corte los apoyó para ponerla en escena el 20 de mayo de 1613.

Por todo esto, volví a leer los capítulos XXIII al XXXVII de la Primera Parte de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, como lo hizo Shakespeare en 1612 y, al hacerlo, descubrí que había varios personajes y modos de escribir que los dos desarrollaron, cada uno a su manera.

En la historia de Cardenio donde les cuenta la inmensidad de sus desventuras, dice que su nombre es Cardenio; mi patria, una ciudad de las mejores de Andalucía; mi linaje, noble; mis padres, ricos; mi desventura, tanta, que la deben de haber llorado mis padres… Y que había crecido en edad y con ella, el amor con Luscinda, justo cuando nos enteramos que su padre —tal como sucedía en Guadalajara cuando ‘echábamos reja’—, le negó la entrada a la casa de la novia… como aquella Tisbe tan decantada de los poetas —como dice Cervantes— y fue esta negación añadir llama a llama y deseo a deseo; porque aunque pusieron silencio a las lenguas, no le pudieron poner a las plumas…, que suelen dar a entender a quien quieren lo que en su alma está encerrado.

Con esta cita de ‘Tisbe’ empiezo el juego de espejos con esa mujer tomada de Píramo y Tisbe de la Metamorfosis de Ovidio que seguro los dos leyeron y que Shakespeare la desarrolla como parte del Sueño de una noche de verano (1594), como uno de tantos ejemplos de esos encuentros literarios como los que les platiqué esa tarde en la Librería Bonilla que publiqué en un libro del que ahora sólo está disponible en su versión digital (.epub), que pueden comprar en Kubikpress para que puedan leerlo en su iPhone, iPad, Kindle o lo que usen para leer iBooks. Se llama Juego de espejos: Cervantes / Shakespeare y sólo cuesta $150 pesos.

Sin duda esta es una de esas cosas que nos mantienen con 'el laurel invisible de ser joven' como decía Carlos Pellicer.

sábado, 21 de mayo de 2016

El laurel invisible de ser joven

Ciudad de México, sábado 21 de mayo, 2016.— 

Las cosas suceden de manera inesperada: en inglés le dicen ‘serendipity’ y, en español, ‘azar’, como sucedió ahora con Vicente Quirarte que nos mandó su discurso del pasado 3 de marzo para ingresar a El Colegio Nacional y que se trata del paso del tiempo, un tema al que le hemos estado dando de vueltas y que coincide con la entrada triunfal de los 75 años cuando cruza uno el umbral de la primavera de la senectud.

A tu vejez solar llego ceñido
del laurel invisible de ser joven…

como Quirarte cita a Carlos Pellicer antes de explicarnos cómo «de modo natural envejecemos y el mundo es cada día más joven que nosotros. Pero podemos combatir y vencer la soledad o aprender a vivir en ella, con su hermano el silencio. El secreto no es ser joven sino mantener la juventud, la inconformidad ante la idea que no prospera, la frase mal articulada, el proyecto superior al pensamiento.» 

Y por ahí encuentro esto otro que tomó de Octavio Paz, cuando un día dice que alcé los ojos y vi, entre dos nubes, un cielo azul abierto, indescifrable, infinito. No supe qué decir: conocí el entusiasmo y, tal vez, la poesía, una sensación que de alguna manera hemos compartido y que felizmente lo rescata Quirate para integrarlo a su discurso en donde vamos reconociendo cómo es eso del paso del tiempo de una estación a otra, como ahora que creemos haber cruzado el umbral con el pie firme tan de acuerdo con Quirarte cuando asegura que «gracias al trabajo creativo, reverdece el laurel invisible de ser joven…»

No cabe duda que hay que pisar fondo antes de poder impulsarnos para salir a flote, jalar aire con todas las fuerzas y seguir trabajando, como decía de José Emilio Pacheco pues «ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años», al tiempo que nos damos cuenta y reconocemos que...

El muchacho que camina por este poema, 
entre San Ildefonso y el Zócalo,
es el hombre que lo escribe

Como un día lo pensó Octavio Paz.  ¡Fantástico! El discurso de Quirarte está pleno de la sabiduría del poeta, de ese joven que madura al tiempo que lo escribe y se da cuenta ahora que es todo un hombre, todo miembro de El Colegio Nacional.

Esta sabiduría es la que deseo compartir con ustedes y con aquellos que nos viene como anillo al dedo cuando Quirarte hace referencia a ese viejo amigo, querido y admirado tanto por su sencillez como su humildad como por su talento, de quien tuve la fortuna de platicar en varias ocasiones cuando nos encontrábamos al azar: 

«Juan Rulfo, ese gran creador que todo lo hizo en su juventud, afirmaba que lo más importante en el mundo es la tranquilidad. Puede ostentarse ese lujo cuando se está de vuelta de todos los combates, cuando se ha tenido valor para ser arrastrado por la ola de la gran pasión que nos está destinada.»

Afortunados los que hemos podido leer esto y recordar aquella ocasión, cuando nos vemos correr o saltar a brincos por la banqueta sin saber por qué antes de voltear y ver el cielo azul entre las nubes, cuando creímos que todo lo podíamos alcanzar.


Cómo no compartir con Quirarte «el temblor inicial de sentir el pensamiento transfigurado en letras», como en diciembre de 1995 en la FIL, cuando sabía que estaba listo las Confesiones de Maclovia con sus 435 páginas que tantos años antes había ido imaginando y que ahora finalmente se había transfigurado y convertido en realidad. 

Nada como la inocencia de ese temblor inicial.

martes, 17 de mayo de 2016

Trayectorias de María Lagunes

Ciudad de México, a 18 de mayo, 2016.—


La semana pasada se inauguró la exposición Trayectorias de María Lagunes en Museo Universitario de Ciencias y Artes (MUCA), un museo que es su segunda casa, pues María ha dado clases de Dibujo y formas escultóricas en la Facultad de Arquitectura desde 1969, por lo que no sólo es conocida, sino muy apreciada por sus alumnos. En esta exposición vimos alguna de sus obras hechas en las últimas cuatro décadas con una selección de esculturas, dibujos y gobelinos del taller de Ashida en Guadalajara, hechos con ese espíritu del que busca y encuentra, del que prueba hasta que consigue expresar un mundo de formas que pretende integrarse a los espacios arquitectónicos.

Uno puede ver esta obra desde diferentes puntos de vista: uno de ellos es la sensualidad de sus obras que parece estar detrás de lo que vemos pero que, de pronto, aparece como creemos ver en esa obra de acero al carbón en donde las partes están a punto de tocarse, en un especie de suspiro como el que surge cuando bailamos cerca de la pareja cerca los rostros antes de que se nos ponga la carne de gallina. Pura sensualidad y el deseo de tocarse a punto de ser satisfecho. La cercanía de los cuerpos y las orillas redondeadas para que no quede huella de agresividad alguna.

La obra expuesta es el resultado de más cuatro décadas de estar probando con diferentes materiales y formas. Primero el dibujo y luego su metamorfosis en tercera dimensión para poder verla por todos los lados; luego buscar el material con qué expresarlo: madera, acero o bronce lo que mejor venga a cuento para lo que María quiere expresar en esa ocasión. No cabe duda que su vida ha sido una constante aventura en esto que es prueba y error.

María Lagunes es un paradigma en su carrera como escultora que sigue sin detenerse en la nostalgia del pasado. Sigue adelante, busca y rebusca hasta que encuentra esos factores que intervienen en su oficio hasta que consigue la forma antes de seguir adelante con la siguiente cosa que se la haya ocurrido, buscando que el trozo de madera sea la que justamente necesita para hacer de ella una Venus o esa otra tiene que ir en acero o en bronce para que una vez que le haya dado forma, adquiera vida propia.

Trayectorias es un homenaje a María Lagunes que le hacen los de la Facultad de Arquitectura en el Museo de Artes y Ciencias de la UNAM. Un merecido homenaje a una mujer que, por varias décadas, como lo hemos dicho, ha compartido con sus alumnos algunos de sus secretos e ideas para que ellos vuelen por su propio riesgo, como ella lo ha venido haciendo desde hace décadas.

«Lo busco, lo busco y no lo busco», como dicen en Yucatán cuando buscan algo y no lo encuentran. Así me da la impresión que ha estado María en su vida, buscando sin darse por vencida aunque de pronto lo haya encontrado sin darse por vencida.

Bien dice Louise Noelle «que sus ciudades pasan sin problema de la fantasía a la objetividad» y Javier del Cueto nos dice de «sus manos que piensan la escultura, la repasan» y están listas para los nuevos proyectos; Lorenzo Rocha recuerda esa actitud crítica y anticonformista que mantiene hoy en día con la misma fuerza y que eso es una de las mayores lecciones de María Lagunes. 

Con todo esto fue que recorrimos el MUCA disfrutando de la obra de esta artista entre los gobelinos, sus dibujos y las esculturas que posan hechas durante toda una vida.

domingo, 8 de mayo de 2016

Los umbrales de la memoria perdida

Ciudad de México, sábado 30 de abril, 2016.— 

El Templo Mayor en el corazón de la gran Tenochtitlán.
¿Quién se robó en 1959 al Coyote Emplumado ese que dicen lo sacó envuelto en un rebozo, como si llevara a un bebé? Y luego, en diciembre del 1985 ¿quién se llevó esas joyas de las siete vitrinas que había en el Museo de Antropología en Chapultepec? ¿Cómo es que originalmente se lograron rescatar algunas obras que luego encontraron y ahora exponen en el Templo Mayor? De esto trata El umbral de la memoria perdida. El quinto Codex, (Bonilla Artigas Editores, 2016) la novela de Fernando Muro publicada en digital para comprarla en Kubikpress.com, y en su versión impresa en las librerías para los que preferimos leer en papel.

Hace una semana estuvimos en la Librería Bonilla de Miguel Ángel Quevedo en la Ciudad de México celebrando la salida de esta ópera prima que ha logrado llamar la atención por esa narración fluida de una historia que nos mantiene en ascuas y que se lleva a cabo entre las fronteras de la conquista de México (1521), hasta unos meses después del temblor que devastó la Ciudad de México en 1985, que inicia con la visión de los vencidos y mantiene el suspenso con esos traficantes de piezas arqueológicas.

Imaginamos a los sobrevivientes que lograron rescatar las obras de arte de la Gran Tenochtitlán con un cierto heroísmo como el que pudo haber entre los nativos que se la jugaron guardando algunos de los tesoros en ciertos pasillos secretos para que no fueran destruidas por los vencedores:

«Con trabajo arduo y sistemático algunos tramos del canal principal fueron desecados, formando extensas galerías subterráneas de mampostería. Largas cápsulas herméticas en donde serían colocados los tesoros que ahora eran botín y que deberían ser arrebatados de la codicia del invasor… La grandeza del pasado quedó enterrada por Acatzin y sus cacarizos. Sólo el porvenir podría exhumar la memoria custodiada por siglos de sombras…»

Desde que Fernando Muro me llevó el manuscrito, me di cuenta que lo que había escrito era una historia que puede interesar desde las primeras líneas y que no podemos soltar hasta el final, disfrutando de la fluidez de lo que narra y de la acción de lo que sucede durante una semana en 1985.

Con esta obra ha iniciado su aventura como escritor. Le deseamos el mejor de los éxitos, pues está escrito en plena madurez de un hombre que, de pronto, surge como un Iceberg a la superficie del Océano de la literatura. Esa noche estuvimos con Amilcar Leis Márquez, un amigo entrañable desde que le publiqué Las ventanas del silencio (MCA, 1982), también su primer libro, después de haber ganado el ‘Premio Juan Rulfo a la primera novela’ con quien, desde entonces hemos estado en contacto y ahora prepara una nueva versión para publicarla en Uruguay y seguirá trabajando como escritor. Entre los dos le dimos la bienvenida a Fernando Muro:

«La novela recorre lugares y rincones de la ciudad en los que hace cinco siglos los creadores de una civilización singular debieron enfrentar la destrucción de los valores y símbolos de su cultura que, sin embargo, se resiste a ser una memoria olvidada. Los protagonistas trasponen el umbral entre dos épocas y dos concepciones cosmogónicas que nos plantean la eterna pregunta: ¿quiénes somos?»

Esa noche recordé esos felices años de la ópera prima (Confesiones de Maclovia, 1995) y las ilusiones del primero de los libros que publicamos sólo para entender mejor la realidad que nos rodea y, en el caso de Fernando Muro, volver a considerar esas piezas arqueológicas que se encuentran, como bien tituló su obra, en los umbrales de la memoria perdida.

domingo, 1 de mayo de 2016

El gallo de oro y la libre asociación de ideas

Ciudad de México, sábado 30 de abril, 2016.— 

(El Mago con el gallo de oro, algunos cortesanos y el Rey).
‘¡Kikiriki-kikiriki!’, canta el gallo de oro (Icari Gómez Vázquez Aldana) para despertar de la somnolencia al Rey (Daniel Bukara) que, cada vez que se despierta tiene que enfrentar una guerra intestina, tal como lo van narrando en el ‘performance-ópera-rock’ de Fernando Palomar Verea y Andrés Aguilar, basado en un cuento de Pushkin con el libreto de Fernando Palomar e Icari Gómez que estrenaron mundialmente en el auditorio del MUAC del Centro Cultural Universitario de la UNAM el pasado sábado 23 de abril, mientras el público de pie, era testigo de la historia rodeado de unos gobelinos de manufactura precisa por el taller de Ashida en Guadalajara, mientras que el Mago (Ernesto Ramírez) le entregaba al Rey el gallo de oro que le avisaría del peligro de algunos sucesos cuando moviera su plumaje dorado.

El gallo de oro es un cuento de Pushkin escrito en 1834, ilustrado por Iván Bilibin en 1906 y convertido en ópera por Rimsky-Korsakov en 1907. Desde hace dos años, Fernando Palomar la toma entre sus manos hasta que logra derivarla en ópera-rock en base a ‘la libre asociación de ideas y una confusión voluntaria e indiscriminada de sujetos’ para que resultara una actualizada y azarosa ‘obra de arte total’ (como es la ópera) para que forme parte del repertorio del siglo XXI.

‘¡Kikiriki-kikiriki!’, cantaba el gallo y empezaba de nuevo la acción en cámara lenta, mientras el Rey o los cortesanos o los soldados narran los sucesos antes de salir a defenderlo del enemigo o de sus hijos voraces hasta que en uno de los gobelinos negros, con una silueta de un bello campamento, aparece la Reina de Chapala (Patricia Aldrete) y tal como lo están leyendo, en medio de la historia legendaria hecha gracias a una libre asociación, Fernando Palomar pasa la acción al Lago de Chapala, a la vista de la Isla de Mezcala o de ‘la casa más lejana de Tuxcueca’, como era la broma familiar de los Palomar, en donde su padre se refería a la opinión del menor de la casa que no tenía la menor importancia y, sin más, la Reina, pausada en su canto silábico, invita al rey para que entre a su casa y se ‘tomen un tequilita’ —y todos sonriendo de esta broma tapatía tan familiar, tan de los Palomar, en medio de la leyenda de esos reyes medievales, magos, soldados y cortesanos que se desplazan en medio de la somnolencia del Rey mientras estamos parados y los acompañamos por el mundo de la fantasía, entre uno y otro gobelino esperando que el gallo vuelva a cantar ‘¡Kikiriki-kikiriki!’, con el que Icari nos despierta a todos con su belleza y el poder de su voz, hasta que llega el mago y pretende cobrarle la factura al Rey por aquel gallo de oro que le dio para estar alerta frente al enemigo.

La obra fue creada en un ‘taller-casino’, en ese ‘vértice donde se intersectan múltiples prácticas, para ir más allá de ellas’ que nos encanta por la espontaneidad de ese homo ludens que juega y que se divierte a su manera, aunque pretenden ponerse serios y la definan como parte del contexto de Wagner y su gesamtkunstwerk (obra de arte total) donde Fernando Palomar participa en la totalidad de la ópera: música, letra, actuación, vestuario, etc., integrada por artistas tapatíos de su misma generación.

Nos reímos y sonreímos con esta obra lúdica en un español tan tapatío, cerca del tequila, del desparpajo y de la libre asociación de ideas que bien se integran en esta obra de arte total por derecho propio.