sábado, 25 de junio de 2016

Todo un Ulises: he regresado a casa

Ciudad de México, sábado 25 de junio, 2016.—

Nora Barnacle caminando con James Joyce, su amante.
Hay un Ulises que se llama Leopoldo Bloom que el 16 de junio de 1904 salió de su casa en Dublín para regresar por la noche con Molly su mujer que lo recibe recordando cuando «sí lo atraje hacía mí para que pudiera sentir mis senos todo perfume sí y su corazón golpeaba como loco y sí yo dije quiero sí» en todo un último capítulo con unas cuarenta páginas de letra apretada escrita sin punto ni coma y por eso si la leemos en voz alta o baja nos ponemos morados para tomar aire cuando ya no podamos más.

A ese día del año le llaman Bloomsday para celebrar el Ulises de James Joyce (1882-1941), la obra que ha sido el parteaguas de la literatura del siglo XX, escrita por un genio despiadado, vulgar, irrespetuoso, cínico, burlón, erudito en lo local, en universal y en lo inútil; una obra bien documentada en la historia de Irlanda y de Dublín en particular con muchos detalles y héroes de esa ciudad; conocedor de citas bíblicas y de los ritos de la Iglesia incluyendo la visita a los infiernos, tal como lo hizo el otro Ulises el de Homero, mientras, el de Joyce entró al Hades en el entierro de Peter Dignam recordando la muerte de su hijo mientras veía salir de la tumba a una rata gorda relamiéndose el hocico.

Todos los lugares y las circunstancias que vive Bloom durante ese día son como los viajes que hacemos cuando salimos de casa para recorrer la ciudad imaginando que somos esos otros Ulises, después de haber leído esa obra durante un año de manera individual para aclararla y discutirla en grupo cada otro sábado.

Fue una lectura hecha con paciencia hasta que fuimos entendiendo las locuras de esos juegos literarios que hace Joyce, que recuerdan en su lejanía al otro Ulises, al griego que tardó veinte años en regresar a su casa mientras pasaba tantas aventuras, sustos y trancazos hasta que, finalmente, se da el ‘retorno’, como sucede en los mitos para entonces poder narrar los sucesos en ese viaje que tienen que ver con el azar, el destino y la Fortuna.

En la obra de Joyce encontramos juegos y referencias desconocidas pero si nos ayudamos con el Ulysses annotated de Don Gifford y Robert J. Seidman (University California Press, 1988), con esas cientos de notas en cada uno de los Episodios, para más o meno captar lo principal resulta ser una lectura profunda, como dice que la hizo Karl Ove Knausgärd cuando nos cuenta que a este Ulises «hay que leerlo de la misma manera que un arqueólogo excava una reliquia, destapando capa tras capa, pieza tras pieza, para tratar de sacar de todo eso una totalidad que tenga sentido…»

 Puede que nos suceda como al griego que abrió la bolsa donde Eolio había guardado los vientos y en ese momento, se escaparon y con su furia arrastraron a Ulises de nuevo al mar, cuando estaba a la vista de su Ítaca y, como él, «nos sumimos en un llanto profundo» estando ya tan cerca y tan lejos de casa.

El 16 de junio cuando Bloom salió de su casa y regresó por la noche se desahogó en un muro, como el de los lamentos tal como nos enteramos, sin punto ni coma alguno, con tantas palabras como si fuera ese viento que guardaba Eolio y que, de pronto, se escapan del inconsciente para poder parafrasear a Monterroso y sentirnos muy bien, todo un Ulises, hemos llegado a casa… , y ‘sí yo dije sí yo quiero sí’, y con eso cerramos el libro para dejar que la vida siga adelante.

sábado, 18 de junio de 2016

El enigmático B. Traven

Ciudad de México, sábado 18 de junio, 2016.— 

Exposición en el Museo de Arte Moderno, MAM.
«No conozcas a los autores, conoce sus obras», era algo que decía Monterroso cuando venía a colación, «pues eso es mejor que cualquier otra cosa», podía haber insistido. Eso mismo fue lo que dijo Malú Montes de Oca Luján, la hijastra de B. Traven en el discurso de inauguración de la exposición B. Traven en el Museo de Arte Moderno (MAM) de la Ciudad de México: era justo lo que quería su padrastro y por eso resultó un hombre enigmático.

La exposición consiste en un tendido de libros de sus primeras ediciones en varios idiomas, la proyección en tres pantallas grandes de algunas películas basadas en sus obras como El barco de los muertos, Macario y El tesoro de la Sierra madre , películas que tuvieron mucho éxito en cartelera y que algunas ganaron premios en el extranjero, pues con eso de que la gente prefiere ver la película -que dura máximo dos horas- que dedicarles por lo menos diez a su lectura; además, hay varias fotos (a las de los estantes les faltaba su ‘pie de foto’ pues no supimos de quién se trataba ni por qué); luego una que otra carta y varios originales a máquina con sus tachones o correcciones sobre el papel revolución de algunas de sus obras. Algo de su intimidad.

Su vida es otra cosa. Un enigma alrededor de este hombre que dicen nació en Swiebodzin, ahora Polonia, en 1882 como Otto Feige, quien fuera aprendiz de mecánico, maestro y líder sindical reconocido como Ret Marut, anarquista que creía en la total libertad, actor y periodista que criticó a su país en un periódico de Múnich por la Primera Guerra Mundial y tuvo que huir para llegar a Tampico en 1924 y quedar fascinado por México y sus indígenas hasta el día de su muerte en 1969.

En ese viaje anotó en su diario que Marut, ‘el bávaro de Múnich ha muerto’, al tiempo que ahora decide llamarse Hal Croves, tal como lo conocieron sus amigos que fueron los miembros de la plana mayor de artistas e intelectuales como Tina Modoti, Edward Weston, que dicen le enseñó las bases de la fotografía; Frida y Diego, Gabriel Figueroa, el camarógrafo número uno del cine mexicano quien en una entrevista en La Jornada se acordó cuando en la primavera de 1969 estaba filmando en una locación fuera de la ciudad y le llamó su mujer para decirle que su amigo Corves estaba mal que ‘se apurara’. Cuando regresó, se fue a verlo. Estaba casi moribundo y en esa ocasión le dijo:

—Créeme Gabriel, que este dolor es más de lo que puedo soportar. Hazme un favor —le dijo agarrándole la mano—, date la vuelta y asegúrate que estamos solos... —y luego le entregó un papelito que guardó en la bolsa… Croves estaba acabado y Gabriel sabía que era la última vez que lo vería. Esa tarde le habló ‘con esa calma lógica, con su habitual filosofía, ternura, generosidad y amor’… Por la noche leyó el contenido del papelito: ‘Dame cianuro. Adiós, hermano querido.’

Y así conocemos esta faceta del enigmático personaje de las letras que era alguien que podía expresar su ‘habitual filosofía, ternura, generosidad y amor’, aunque toda la vida fue otra persona: Marut, el anarquista en Múnich; Hal Croves, el guionista y representante de B. Traven; Traven Torsvan, el ingeniero registrado en México y, por supuesto, B. Traven, el escritor y autor de todos los libros que se publicaron en el mundo con ese nombre. 

Cambiar nuestro nombre es una manera de esconderse y crear un misterio a nuestro alrededor. En fin, enigmático, por decirlo de alguna manera, habría que conocer su obra y no preocuparnos de llamarse y ser diferente de esa manera en donde con cada nombre, aplicaba un oficio diferente. Mejor su obra. 

sábado, 4 de junio de 2016

De cómo son en realidad las cosas

Ciudad de México, sábado 4 de junio, 2016.— 

La Primavera de Botticelli.
Al final del torbellino medieval, entre el Cisma de 1378 a 1417 cuando el papado se convirtió en un campo de batalla y una lucha por el poder, una vez que habían regresado a Roma desde Aviñón y la Santa Inquisición quemaba y juzgaba públicamente a quien buscara cualquier cosa que no estuviera en los libros sagrados, acusando a Galileo de apoyar esa locura de que la Tierra no era el centro del Universo, entre todo esto, Stephen Greenblatt nos cuenta cómo fue que Poggio Bracciolini (1380-1459) descubrió el libro con el poema De rerum natura de Lucrecio (siglo I a.C.) que resultó ser uno de los catalizadores del cambio cultural ‘que marca el origen de la vida y el pensamiento modernos’, para que el mundo girara hacia una nueva dirección (swerve) y tomara un nuevo rumbo, sin que su descubrimiento fuese algo espectacular pero que bien cala de manera insospechada.

Poggio era un hombre de corta estatura, genial y despierto que un día invernal y con cuarenta años cogió de la biblioteca del monasterio de Fulda en Alemania, un viejo manuscrito mismo que mandó copiar de inmediato a uno de sus conocidos. Ese mismo buscador de libros, sin pretender nada, ni darse cuenta de ello, se convirtió en ‘la partera del mundo moderno’.

Detrás de estas historias, que nos recuerdan de alguna manera a Umberto Eco y su famoso libro El nombre de la rosa (1980), nos enteramos del mundo alrededor del año 1427, así como de la detención y el encarcelamiento de los papas, de la quema de algunos hombres considerados herejes y de la gran explosión que se dio a finales de ese siglo por el interés cultural genuino por las obras de la antigüedad pagana. Se trataba del Renacimiento.

Esta es la historia que cuenta Stephen Greenblatt en The Swerve o El Giro y de cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno, (Crítica, 2015) para volver a descubrir la obra de Lucrecio, esa que dicen ese ‘una oración por la paz y un tributo a Epicuro’ (371-270 a.C.) que enseña grandes cosas y rompe los lazos de la superstición que tanto oprimían el ánimo. Ahora entiendo —y reclamo— por qué escondieron esa obra en la escuela pues resulta que nos pudo haber abierto los ojos para ver las cosas tal como son, sin lugar alguno al fanatismo.

La Primavera de Botticelli estuvo inspirada en la obra de Lucrecio. Es ella la que acompaña a Venus mientras sigue los pasos de Céfiro y la madre Flora alfombra el camino derramando los brotes que lleva entre los pliegues de su vestido. Esta obra estuvo basada en De rerum natura o De la naturaleza de las cosas (Editorial Porrúa, Sepan Cuantos No. 485, México, 2000), con el fragmento del ardiente himno a la diosa del amor, cuya llegada en la primavera, disipa las nubes, inunda el cielo de luz y llena el mundo entero con su impetuoso deseo.

Dice Lucrecio:
Primero te presagian, ¡oh diosa!, y anuncian tu llegada los pájaros del aire, atravesados sus corazones por tu fuerza; luego las manadas salvajes brincan sobre los alegres pastos y cruzan a nado los rápidos torrentes: hasta tal punto cautivos de tu encanto te siguen donde quieras llevarlos…

Esta obra estuvo perdida por siglos escondida por los supersticiosos que trataron de borrarla, pero, la perseverancia y el amor a los libros de Poggio hico que la copiaran para que se reprodujera como las flores en la Primavera desde ese año de 1427 sin saber que sería la fuente de inspiración para muchos artistas del Renacimiento en su búsqueda ‘para saber las cosas tal como son.’