sábado, 30 de julio de 2016

Contra el fanatismo

Ciudad de México, sábado 30 de julio, 2016.— 

Amos Oz, escritor israelita (1939-)
Con los fanáticos ni hablar, es decir, no puede uno platicar ni hacer nada pues son, como decía un amigo, one track (no) mind, personas que no aceptan otra cosa que lo suyo, mucho menos, que hagamos una broma sobre eso que defienden a muerte.

Los fanáticos son seres apasionados y desmedidamente tenaces, como lo define la RAE que carecen de sentido del humor con bien nos dice Amos Oz En contra del fanatismo (Siruela, 2002): No conozco a ninguno que lo tenga, dice, y nos consta que es cierto.

En general no hay que confiar en los que no tengan sentido del humor porque son unos seres solemnes que andan forrados de vanidad, caminando con su prepotencia por el mundo, sin aceptar que cada quien es como es, siempre y cuando no nos moleste, por los caminos de esta efímera vida.

El objeto de su fanatismo es intocable y ese puede ser un equipo de fútbol en donde hay que diferenciar entre ser ‘aficionado’ o ser un ‘fanático’, como puede ser de un partido político o de una religión, en donde no admiten que haya otra diferente, porque entonces, por las buenas o por las malas, incapaces de aceptar la pluralidad, intentan destruir a los otros, envueltos en la bandera de kamikazes o como se llamen, queriendo obligar al resto del mundo que sean como ellos.

Quien tiene sentido del humor se puede reír de sí mismo y eso es lo que nos hace inmunes al fanatismo: Habría que crear pastillas con píldoras humorísticas —dice Amos Oz—, aunque con eso gane el Nobel de Medicina y no el de Literatura, que tanto ha deseado desde hace tiempo.

Hemos luchado toda la vida contra esos locos, contra esos fanáticos que van por el callejón sin salida con el fin de lograr que cada quien pueda sea como ellos quieres que sea. En contra de esto y a favor de la libertad, el hombre ha enfrentado al fanático con el pragmatismo, o el pluralismo o la tolerancia, como explica Oz.

El fanatismo siempre ha estado presente en la naturaleza humana y tal parece que es el gen del mal, ese que impide el  intercambio de ideas y principios y que actúa con alevosía y ventaja contra sus víctimas inocentes, esas que no tienen vela en el entierro en actos que nos hacen sentir impotentes, frente a sus locuras como las que hemos sido testigos.

Para los fanáticos todo es ‘cero o uno’, ‘blanco o negro’ y no aceptan otra alternativa: la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo —dice Oz— y, por eso, no saben contar más allá de uno, pues, para ellos, dos es demasiado grande.

La esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a que sean como ellos y cuando alguien no puede soportar que otros sean o vivan y piensen diferente, procuran destruirlo.

Es un enfermedad mental pues quieren obligarnos y, esa es la palabra clave, para que seamos como ellos, como esa tendencia que se observa con algunos padres que insisten en que sus hijos sean como ellos y no como desean y por eso tratan por todos los medios de enderezar al hermano en vez de dejarle ser.

Todo comienza en casa, como es el caso de Amos Oz, allá en Jerusalén donde vive todavía y su padre no les permitía ser otra cosa y le exigía ser como él y no como su madre.

La literatura es una buena respuesta contra el fanatismo: contiene su antídoto, como es la imaginación. Todo extremismo, toda cruzada que no se compromete a llegar a un acuerdo, toda forma de fanatismo termina, tarde o temprano, en tragedia o en comedia. Al final, el fanático nunca es feliz ni está satisfecho, así muera o se convierta en bufón.

sábado, 23 de julio de 2016

Lo que recordamos de las ciudades

Ciudad de México, sábado 23 de julio, 2016.— 

Nueva York, atestada de torres de vidrio y acero
sobre una isla oblonga entre dos ríos
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Volví a leer Las ciudades invisibles de Italo Calvino y lo disfruté tanto como si no lo hubiera leído nunca. Desde hace una década me la regaló Cayo Armando Mario, amigo que ha sabido darle al clavo entre esto y la máquina de café que nos ilumina la vida desde que dios amanece.

El libro es inspirador y me hizo recordar algunas de las ciudades que he visitado en la vida para contarles lo que queda de ellas como si fuese una lectura de Calvino, esa que está en el confín de la poesía y la música.

Es el humor de quien la mira el que da su forma a la ciudad –dice en la segunda de esas ‘ciudades y los ojos’ y, por eso, recuerdo a la mayor de todas, a esa isla oblonga entre dos ríos, con calles como profundos canales todos rectilíneos menos Broadway erizada por unas torres que rascan el cielo mientras que, abajo, por sus banquetas se pasea orondo el azar para poder encontrar a la mujer extraviada, a la Afrodita de Allen, mientras en el bar se escancia el Martini y escuchamos borucas, admirando su manera de vestir y caminar en el otoño por los canales rectilíneos, tan cerca y tan lejos de nuestra vida cuando van ellas por la columna vertebral de esa isla adornada con emblemas del imperio que se reflejaba en el agua y por eso tiene una doble vida. En esa ciudad tuve las ansias para captar todo lo que carecía, llenar grietas y apaciguar los deseos de ser alguien en esta vida.

El sur del Continente todavía me sabe a pisco sour desde que salía el sol hasta que nos asomábamos a la calle, estrecha, con sus balcones de madera para ver pasar a unos negros coches sacados de las tarjetas postales.

Entre las montañas, allá cerca del nido de las águilas, el miedo a ser asaltado en una de esas calles vacías que bajaban hasta el mercado donde llegaban los campesinos con sus sombreritos a vender pepitas de calabaza; en cambio, cerca de la Antártida, toda la noche se escucha el maullido del bandoneón antes de salir y ver fachadas parecidas a la vieja Europa para combatir el insomnio con todo y sus galgos morados comprando un libro y cenando una pasta con un buen vaso de vino.

Yo hablodice Marco–, pero el que me escucha sólo retiene las palabras que espera... lo que comanda el relato no es la voz: es el oído.

Otra más lejana todavía, Sire, es esa que visité acompañado de Madame, Bovary de apellido, tal como si hubiese existido, para ver tras el visillo a las barcas negras como mi alma que se mecían a ‘la orillita del río, a la sombra de un pirú’, antes que brotaran unos lagrimones al descubrir la Plaza y sus caballos agitando las crines.

¿Y tú? –le pregunta el Gran Jan a Marco Polo–. Vuelves de comarcas tan lejanas y todo lo que sabes decirme son los pensamientos que se le ocurren al que toma el fresco en la noche sentado en el umbral de su casa.

Así es, Sire.

Las ciudades sobreviven en su espíritu, según el humor con el que uno las mire, como ahora admiro el mar y veo cómo se reinventa con cada ola ahí mismo donde me visitó de cuerpo entero la diosa de la felicidad en esos días cuando soñaba ser quien soy, tal como que he querido ser toda mi vida. 

Al decir esto caminando por la playa y en voz baja, se desvaneció como la neblina o la lluvia... Y escucho por tu voz las razones invisibles por las que vivían las ciudades y por las cuales tal vez, después de muertas, revivirán.

sábado, 16 de julio de 2016

El salón de los espejos encantados

Ciudad de México. Sábado 16 de julio, 2016.- 


¿Alguna vez han entrado a una de esas ferias en donde hay una sala con espejos en donde no sabemos si reír o llorar cuando vemos nuestra imagen reflejada y nos vemos altos, espigados, espiritifláuticos y luego, gordos y chaparros, deformes, hasta que nos movemos un poco más allá y vemos esa imagen que se repite por los cuatro lados  alrededor de nosotros mismos?

Bueno, pues si otro día pasamos a esa sala en donde el cuerpo es invisible y sólo vemos lo que escuchamos como el pleito entre los Montesco y los Capuleto, aunque en verdad son los Cruz y los González de Tepatitlán y no de la lejana Verona, tal vez hemos interiorizado la vida amorosa de la juventud y su preámbulo trágico antes de ver pasar, en esa misma sala para ver a Cleopatra, la morenaza de Egipto… con ninguna ropa y con ojos que echan lumbre… nuda, rumbo al Nilo… ¡Qué César ni que Antonio! ¿Cleopatras a mi? —chilla el Demonio Seor Satán— Noé no se demuda..., como decía León de Greiff, antes de pasar al siguiente salón y ver reflejada sobre la superficie plateada el eco de Catalina de Aragón hablando en lo que pudo ser su inglés de Castilla, trémula, frente al parlamento de obispos y ministros de Inglaterra, defendiendo su fidelidad con Enrique su marido diciéndole que nunca le dio pie para nada, como la oímos con esa enjundia que tienen las españolas y la dejamos hablando sola para pasar un poco más allá y sentarnos en cuclillas al lado de Macbeth, el de Escocia, para escucharlo decir cómo es la vida, poco después de saber que había muerto su Lady, para que nos diga en voz baja que la vida es una sombra que camina, un pobre actor que se pavonea y gesticula una hora en el escenario y luego nadie se acuerda de él, es un cuento contado por un idiota pleno de sonido y furia que nada significan.

Entonces, podremos ver en esa sala de los espejos encantados a Rosalinda, travestida de Ganímedes, exigiéndole a su galán que le llame tal como se llama su novia (Rosalinda), como le pudo haber pasado a Will, pero al revés, cuando estaba en la primaria actuando una de las obra de teatro latino y tenía que besar en la boca a su compañero, disfrazado de doncella, aunque sabía que era su compañero de banca, para sentir, en plena pubertad, la corriente alterna que le recorrió la espalda con el contacto labial, y luego, años después, escribir algunos sonetos plenos de homoerotismo, antes de pasar a la siguiente sala y ver a otros personajes como al príncipe que supo que algo estaba podrido en Dinamarca y dudaba si enfrentar el mar de calamidades y enfrentándolo resolverlo, o mejor dormir o morir, entonces sabemos que en esa feria de la vida, sigue la mata dando y entre más caminamos de un lado para el otro en el tiempo tendremos otra visión de la vida porque hemos aprendido a ponernos en los zapatos del otro o de la otra a través de esa empatía con la que tomamos altura donde podremos ver al resto de los hombres y mujeres desde otra perspectiva.

Me pregunto si todo esto es una visión o una locura.

No lo sé, pero lo que sí sé es que ahora puedo ver con esos cristales a los camaleones y, ser como mago, después de andar por todas las salas encantadas de la feria de la vida en donde cada hombre y cada mujer es un actor que tiene sus entradas y salidas en esta obra que implica las siete edades del hombre.

Esa puede ser una de las visiones que logra uno tener, después de haber leído las obras de Shakespeare, como si hubiéramos ido a la feria de los espejos.

sábado, 9 de julio de 2016

El deseo y la angustia de la separación

Ciudad de México, sábado 2 de julio, 2015.— 

Edimburgo, Escocia.
Tanto en lo familiar como en lo social, cuando nos enteramos de un divorcio o separación sentimos una cierta angustia, sobre todo, si somos amigos de las dos partes que ahora nos dejan entre la espada y la pared.

Así me ha pasado con los ingleses que han decidido separarse de la UE y que van a enfrentar, entre otras dificultades, los deseos de Escocia de separarse del Reino Unido porque —¡oh, paradoja!—, desean seguir en la Unión Europea.

En México vivimos esa angustia de la separación hace un par de siglos, bajo otras circunstancias cuando los yucatecos querían separarse de España y luego de nosotros: por su parte, en 1821 intentaron independizarse de España, para ser la Capitanía General de Yucatán y si no hubiésemos ganado la guerra de Independencia de 1810 a 1821, lo más probable es que lo hubieran logrado.

Luego, por su propia voluntad, aceptaron ser parte del Federado de la República Mexicana en 1823 aunque ya tenían redactada el Acta de Independencia donde proponían que: «La provincia de Yucatán, unida en afectos y sentimientos a todos los que aspiran a la felicidad del suelo americano; conociendo que su independencia política la reclama la justicia, la requiere la necesidad y la abona el deseo de todos sus habitantes, la proclama, bajo el supuesto de que el sistema de independencia no está en contradicción con la libertad civil, para hacerlo con solemnidad luego de establecer definitiva o interinamente sus bases, pronuncien su acuerdo y el modo y tiempo de llevarle a puntual y debida ejecución.»

Los de la Península no quitaron el dedo de la llaga y una vez más intentaron separarse en 1841 deseando convertirse en lo que sería la República Federada de Yucatán. A pesar de que no lo lograron, unos años más tarde, en 1846 lo intentan de nuevo con la misma insistencia como ahora vemos que lo podrán hacer los escoceses.

Finalmente en 1848 Yucatán se incorporó a México aunque, a finales del XIX y principios del XX la comunicación desde y hacia la capital era complicada, en cambio, su relación con Cuba y Florida era más natural, porque prácticamente les quedan a tiro de piedra: en días claros y despejados se puede ver la isla de Cuba desde las playas de Progreso y en esos tiempos, los hombres de negocios y los jóvenes yucatecos tenían más que ver con Cuba y Miami que con la Ciudad de México, sobre todo, si retrasaban la aplicación del presupuesto prometido.

Eligio Ancona en su Historia de Yucatán dice que el presidente Anastasio Bustamante (1780-1853) presentaba a los yucatecos al mundo exterior «como a unos rebeldes y, por eso, si Yucatán lograba su independencia absoluta podía ser reconocida por las naciones extranjeras y podría gozar de las garantías de los Estados soberanos, sin importar su riqueza, la extensión de su territorio o el número de sus habitantes.»

Ahora, la mitad de los británicos piensan que Inglaterra sigue siendo un «augusto trono de reyes, una isla sometida por un cetro, una tierra majestuosa, sitial de Marte y segundo Edén, casi el paraíso en una fortaleza construida por la propia Naturaleza contra la mano infectada de la guerra; con una feliz estirpe de hombres, un pequeño mundo, una joya engastada en plata por los océanos que, como murallas, la protegen y la defienden —como si fuera un foso que rodeara al castillo— contra la envidia de las naciones menos venturosas; este lugar de bendición es esta tierra, este reino de Inglaterra…», tal como lo creía en 1399 John de Gaunt, padre de Enrique IV.

Tal vez por esa misma vanidad algunos no aceptan que ‘la unión hace la fuerza’, ni les interesa, como pudimos confirmarlo recientemente.


lunes, 4 de julio de 2016

Del jazz y de la amistad

Ciudad de México, lunes 4 de julio, 2016.— 


El domingo pasado, en medio del concierto de la Orquesta Sinfónica de Minería con Paquito D’Rivera y su quinteto de jazz interpretando, entre otras cosas, Bird with strings en homenaje a Charlie Parker, me vino a la cabeza agradecerle a Enrique Martínez Negrete su amistad como la que se dio en la juventud y que, de muchas maneras, marcó un antes y un después en mi vida.

Él era un par de años más grande, cuando en la adolescencia esa diferencia podía ser significativa. El día menos pensado me invitó a su estudio para oír jazz que recién había descubierto y que, poco a poco, se convirtió en una afición de primera. Me propuso que nos reuniéramos los martes en su estudio de su casa en Av. de las Américas, cerca de Vallarta, para oír las novedades y, al mismo tiempo, sin saberlo, fuimos trazando un mapa cultural con todos esos lugares que empezamos a explorar sin orden alguno, como eran las novedades literarias y El llano en llamas de Rulfo, recién publicado, en medio de nuestros problemas existenciales y las lecturas de Sartre o Camus, mientras Charlie Parker o Miles Davis, entre muchos otros, hacían de las suyas.

Fueron unos tres años que nos vimos cada semana de las 8 de la noche hasta el amanecer, cuando tenía que salir en mi Vespa como balazo para llegar a mis clases en el ITESO, con el jazz y la plática dándome de vueltas en la cabeza o, tal vez, por el Pernod Ricard que nos habíamos bebido. 

No contentos con esto, Enrique, que siempre tenía la iniciativa, me propuso que nos fuéramos a la UCLA el próximo verano para estudiar inglés y, después de doblarle la manita a mi padre, gracias a que Ana María Corcuera, su madre, habló con él, nos fuimos un par de meses en las que hicimos tantas cosas, entre otras, cenar con las 'misses latinoamericanas' que competían ese año para ser la Miss Universo en Long Beach.

Pero también me di cuenta, por la correspondencia que recibíamos, de que me había bajado a la que consideraba mi novia 'platónica'. Pero todo eso, no importó nada. Los viernes me ponía mi único traje de lino crudo (el lino, no yo) y nos íbamos a pasear por Hollywood en nuestro Hudson'47, que compramos por $100 dólares y que jalaba como tiro por las grandes avenidas y super carreteras sin ser arrollados por los Cadillac’s convertibles que se reían al vernos galanear con las guapas en alguna de las esquinas de Sunset Boulevard.

 Enrique siempre tenía las antenas puestas y descubrió en esas vacaciones que un día de ese verano del 59, Miles Davis tocaría en un jazz-bar de Santa Mónica. Sin pensarlo dos veces, trepamos en el Hudson para llegar puntuales y verlo salir con su gabardina por la espalda y ofrecernos un concierto inolvidable.

¿Cómo no voy a agradecerle a Enrique todo esto? 

Leíamos a Herman Hesse y ya no alcanzamos a platicar de la novela Narciso y Goldmundo porque ya me había dicho Enrique que se iba al Opus Dei y que para despedirlo, lo acompañara a San Francisco, cosa que hicimos montados en su Volvo que era una maravilla. Los días de ida platicando sin parar y los de la vuelta más bien callados, tristes, pues sabíamos que cada quien seguiría su camino. Crudos y desvelados, el día que intentamos regresar ,nos quedamos dormidos en el Yosemite Park: era una escala necesaria porque no habíamos dormido nada bailoteando con unas azafatas costarricenses, como si fuera el fin del mundo, como lo fueron de alguna manera todos esos años de una amistad vigorosa, en donde fue tanto lo que recibí de él que hasta ahora lo entiendo y, por eso, lo agradezco.

Cada quien por su camino fue imposibilitados de regresar al pasado, más que en el recuerdo y sin saber cómo agradecerle la iniciación al jazz y a la lectura de la que me sigo alimentado para ver si entiendo un poco más de todo eso que nos ha pasado en la vida, esa que se nos escapa como el agua entre las manos y que sólo oyendo la versión y homenaje a Charlie Parker, me provocó la nostalgia y las ganas de agradecerle su amistad, mientras vuelvo a oír a Miles Davis y la versión de su Concierto de Aranjuez, al buen de Enrique que un día decidió seguir su propio camino.