sábado, 29 de octubre de 2016

Corales son ya sus huesos, perlas sus ojos


La estrategia que Próspero imaginó, implicaba ayudarle al joven Ferdinando, el príncipe de Nápoles, para elaborar la pérdida de su padre por el naufragio y hacerlo de tal manera que, cuando se encontrara con Miranda la hija de Próspero, pudiera verla con buenos ojos para que ojalá se diese ‘el amor a primera vista’ y no uno empañado por la tristeza de imaginar a su padre muerto.

Próspero, que es un mago, se le ocurrió pedirle a Ariel, el espíritu y operador de su amo, que se encargara no de la tempestad y del consiguiente naufragio, sino que siguiera al príncipe que caminaba meditabundo por la playa, para que le cantara una canción que tuviera fondo y forma. Lo hizo de una manera tan bella que cuando el príncipe la escuchó se preguntó de dónde vendría eso… ¿será del cielo o de la tierra?. Luego, empezó a cantarle una canción para que entendiera lo que pasa y dejara de estar triste al recordar que su padre haya fallecido en el naufragio.

Oye una dulce voz que canta: Ven a las arenas doradas y tómense la mano, hagan sus reverencias y besa las olas salvajes que ya están en calma… A cinco brazas de aquí, yace el cuerpo de tu padre; corales son ya sus huesos, perlas sus ojos

Cuánta razón tenía el poeta al cantarle eso en donde sólo nos queda lo bueno de quien se haya ido, porque lo que se queda dentro de nosotros es un tesoro en donde la persona se ha transfigurado y sólo recordamos lo mejor del ausente, tal como dice la canción, en donde los huesos de su padre ahora son unos bellos corales y sus ojos unas perlas preciosas además de que todo el mar se ha transformado y todo es hermoso y extraño.

Qué manera de consolar a un hijo que ha perdido a su padre o a una madre que ha perdido a su hijo o aquel que haya perdido a un ser querido: ¡Ya le saludan del océano las ninfas! ¡Ya doblan las campanas! ¡Ding, dong!, que ahora oigo.

Y mientras camina Ferdinando piensa que ese canto me habla que mi padre ha naufragado. No es una voz humana… ni el sonido que surge de la tierra, y sabe que lo que era su padre (huesos y ojos) se han transfigurado ahora que está a cinco brazas en corales y perlas: lo mejor de él que se queda dentro de nosotros.

Al director Benjamín  Zander lo conocí a través de una Ted Conference sobre música y pasión, en donde demuestra de qué manera nos puede ayudar a elaborar la muerte de alguien cercano cuando oímos el Preludio en Si-menor op. 28 no. 4 de Chopin, como esta versión de Claudio Arrau que está disponible en YouTube, sobre todo, si cuando lo escuchamos, pensamos en la persona que quisimos y que ya no está con nosotros recordaba Ferdinando a su padre. Así, podremos desahogar el dolor sin importar que se nos haga un nudo en la garganta.

Para Chopin el piano era un universo en expansión en donde se movió durante su corta vida hasta ver el horizonte como si fuera la medida de sus sueños: trabajó todos los días de su vida sobre el teclado, intentando descubrir los misterios que hay en la música porque tiene que ver con las emociones, los deseos, las angustias, los placeres o los amores.

Su música tiene vida propia y logró inventar un lenguaje que fluye desde el interior, como si cantando describiera nuestras emociones con esos gestos que expresan la suma de nuestros sentimientos.

Sí, la música nos permite elaborar la ausencia de los seres queridos y eso ya es algo.
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sábado, 22 de octubre de 2016

El filósofo declara en Barcelona

Ciudad de México a 22 de octubre, 2016.-

Antonio Castro con el filósofo y su esposa en Barcelona.
Antonio Castro vuelve a dirigir El filósofo declara, la obra de Juan Villoro para que ahora se estrene en el Teatro Romea de Barcelona. Es una obra que trata sobre la vida de dos compañeros de la escuela y amigos en donde uno de ellos se dedica a la filosofía y el otro, no —como el alcalde de San Juan de los Lagos que decía: Los que tengan perros que los amarren y los que no, ¡no!

Desde Barcelona, Antonio nos dice que el estreno está a tiro de piedra y que sólo le quedan dos ensayos más para que el martes 25 sea el gran día. Como siempre, los ánimos se exaltan y la adrenalina comienza hacer de las suyas, pero, la verdad, ha sido una experiencia fantástica.

En la obra, Juan Villoro narra el duelo entre estos compañeros de estudios, para enterarnos de sus desafíos y fatigas de la vida porque uno de ellos no se ha apartado de sus ideales y el otro, se ha entregado a la vida banal como puede ser la política. A pesar de las reclamaciones, están más unidos de lo que parece.

La esposa del filósofo es la bisagra sobre la que gira la reunión en su casa, pues los conoce bien y sabe que se encuentra entre la espada tensa de su marido y el encanto y desfachatez de su amigo. En medio de todo esto, aparece la sobrina para ser testigo de cargo.

La vimos hace años en el teatro de Santa Catalina en Coyoacán con un reparto de primera: Arturo Ríos como el filósofo y Pilar Ixquic Mata, como la esposa. En ese entonces, el maestro Luis Villoro vivía y no sabíamos cómo iba a reaccionar frente a este espejo: nada, la disfrutó y se reía de algunas escenas.

Dice Juan que siempre le ha intrigado saber cuándo veré por última vez a una persona. El filósofo declara parte de esa encrucijada dramática cuando los dos amigos se encuentran para una confrontación… entre los dos viejos amigos que, sin querer, juzgan los caminos de sus vidas en varias etapas, como esas que dicen son las de la borrachera que empieza por el saludo formal y los tragos de bienvenida, seguido de otros más; se brincan, la etapa del cante y baile regional, para llegar a las reclamaciones cuando, ¿te acuerdas de aquella vez que competimos con la misma? o la manera en la que abandonó sus ideales y, a partir de este momento, va subiendo el tono, pues uno cree que ha traicionado sus ideales y el otro no lo toma de esa manera ahora que están en la casa con la mujer del filósofo y una de sus alumnas, resulta ser la culpable de esos cambios de vida.

Es probable, aunque no lo declaran abiertamente, que hayan compartido amores y, a pesar de lo difícil que es juzgar la vida del otro, sobre todo si la comparamos en lugar de contrastarla y permitir que haya tolerancia y que no importe tanto que cada quien haya sido como fue sin que tenga nada que ver con haberse traicionado o con los ideales o con la frivolidad de la vida, en lugar de asumir la pesadez de la duda existencial.

El peor enemigo es uno mismo, como sucede tantas veces. Más si la relación depende de alguien que es un neurótico que no se da cuenta que “ya todo pasó” y que lo que discuten no tiene remedio pues les queda poco tiempo como para gastarlo en infiernitos.

Estas son los límites de la obra que dirige ahora en Barcelona y con este buen sabor de boca, aunque no somos filósofos, declaramos que tanto Antonio Castro como Juan Villoro… ¡tengan el mayor de los éxitos!

sábado, 15 de octubre de 2016

Pasión por las letras

Ciudad de México, sábado 15 de octubre, 2016.—

Jude Law como Wolfe y Colin Firth como Perkins, el editor.    
Estoy seguro que si un día de estos ven una película en donde el protagonista y la historia tienen que ver con el oficio que han hecho toda su vida, no sólo se van a conectar con los protagonistas, sino que recordarán aquellos momentos que, en ese juego de espejos se puedan ver retratados en la pantalla grande, guardando toda proporción.

La semana pasada estrenaron Pasión por las letras (Genius), dirigida por Michael Grandage con el guión de John Logan basado en la novela de A. Scott Berg en donde nos cuentan la vida de Maxwell Perkins (Colin Firth), editor de Scribner’s and Sons en el Nueva York de los años treintas en donde es el editor de Thomas Wolfe (1900-1938), (Jude Law), intentando publicarle Look Homeward, Angel y Of Time and the River, como lo había hecho con Hemingway y Scott Fitzgerald.

Todo sucede entre 1929 y 1938 durante la ‘gran depresión’ en donde me imagino que se leían libros para evadir la realidad, tal como nos pudo haber pasado a mediados de los 80’s, cuando la economía estaba en crisis pero, con todo y eso, acompañábamos a Eraclio Zepeda a presentar Andando el tiempo, nuestro 'best seller', primero en Xalapa y luego en Guadalajara, donde lo presentamos en el Hospicio Cabañas y luego nos fuimos un grupo a la casa de Anis Díaz de donde salimos al amanecer, oyendo al más grande cuentero oral que he conocido en mi vida, hasta que de pronto una señora le preguntó si todo lo que nos había contado era cierto y Eraclio, después de unos segundos, le contestó: “Señora, no soy notario.”

Mientras veía la película recordé lo que era la lectura de los manuscritos y eso que consiste en tener buenas ideas para hacer mejores libros, como el que hicimos de Hugo X. Velásquez escrito por María Luisa Puga, que nos tomó un año hacerlo o las sugerencias para Las Genealogías de Margo Glantz o para la novela Parejas de Jaime del Palacio que, por cierto, ganó el Villaurrutia; o cuidar de la salud de Hugo Hiriart autor de la Disertación sobre las telarañas tal como fluía la vida de Perkins en la pantalla, el editor neoyorkino y su autor Wolfe que más bien padecía una ‘diarrea incontinente’ más que de una ‘pasión por las letras’: Perkins logró que redujera el número de páginas y, de ser posible, cambiara el título hasta que lo hizo Wolfe para convertirse en uno de los mejores escritores de EEUU, como aseguraba William Faulkner. 

Durante la hora y pico hice traslapes entre México y Nueva York y, en lugar de los años 30’s, eran los 80’s, reconociendo el oficio y las recomendaciones, pocas o muchas, aceptadas o rechazadas, que eran el oxigeno con el que respirábamos felices durante ese lustro, para alcanzar a publicar cien títulos sin importar que la economía estaba en una ‘depresión’ hasta que nos llevó a la quiebra para dejar de publicar libros, cambiar de estrategia —que no de oficio—, y seguir publicando la revista La Plaza de Coyoacán y luego la de Guadalajara —gracias a Lety Gómez Ibarra—, antes de pasar a ser uno de los doce fundadores de El Economista y actuar como su ‘editor’ hasta 1994, fecha en la que renuncié, aunque usted no lo crea, por esos principios que han sido la columna vertebral de esta frágil y efímera estructura.

Wolfe sufre de una muerte súbita y estando ‘con un pie en el estribo’, le escribió una nota a Perkins para agradecerle su amistad y lo que había hecho y al leerla el editor por fin se quita el sombrero —que no se lo había quitado ni para desayunar—, para sentir el chiflón de la tristeza por la ausencia de un autor tan querido.

sábado, 8 de octubre de 2016

Descubrir a Maruis de Zayas

Ciudad de México, sábado 8 de octubre, 2016.— 

Marius de Zayas (1880-1961).
Marius de Zayas fue artista y pionero del arte moderno en Nueva York que coincidió en esa ciudad con el poeta José Juan Tablada motivándose mutuamente durante la segunda década del siglo XX. Los dos compartían la pasión por el arte moderno como lo relató Patrick Charpenel cuando nos habló (o más bien, nos descubrió) a este pionero y artista del siglo XX, la semana pasada en la inauguración de la exposición que montaron en el taller de la Casa Luis Barragán como parte de la Estancia FEMSA: Exposición No. 03 de Marius de Zayas, un hombre del que no tenía la menor idea quién era y por eso, resultó todo un descubrimiento.

Marius nace en 1880, ‘en una casa hecha a las pasiones de la vida pública y al chirrido de la imprenta familiar en el puerto de Veracruz. Se formó en México, Nueva York, (París) y San Francisco, ciudades en las que residió’, como escribió el curador de esta exposición Antonio Saborit experto en este personaje.

Tuvo su momento de rebeldía, como lo narra Tablada en La Feria de la Vida (XLII), antes de transformarse en un artista y ser pionero del arte moderno por haber conocido en París a los artistas del momento, además de ser editor y colaborador de varias revistas, como 291 —refiriéndose al número de la casa en la Quinta Avenida donde se editaba la revista—, antes de ser un buen marchant y promotor del arte moderno en NY.

En 1928, después de ir y venir de París a NY trayendo el arte de vanguardia a esa ciudad, Marius de Zayas escribió ‘Un nuevo punto de vista sobre la evolución del arte moderno’ y al final de su vida y como protagonista explica ‘Cómo, cuándo y por qué el arte moderno llegó a Nueva York.’

Portada revista 291.
Han expuesto varios dibujos y caricaturas abstractas de Zayas como la de Picabia o la de Stieglitz, entre otros, como algunas páginas de la revista 291 con algunos ideogramas y textos sobre el movimiento Dada, entre otros temas de vanguardia. No sabíamos que Marius era amigo de Picasso, Brancusi, Picabia y todo el mundo del arte de ese siglo. Un día dejó de hacer grabados y caricaturas abstractas para dedicarse a organizar varias exposiciones en The Little Gallerie de NY y luego, para llevarlas de un lado para el otro. Inspirados en esa galería, recuerdan su diseño en el taller de Barragán para que podamos situarnos en ese tiempo y compartir así, su pasión por el arte de vanguardia. Motivado por de Zayas, Tablada abrió su librería latinoamericana al tiempo que veía pasar de cerca a las mujeres que iban por la Quinta Avenida, tan cerca de sus ojos y tan lejos de su vida.

Caricatura de Stieglitz.
A este genial Marius de Zayas y su obra lo asocio con Juan José Tablada que había conocido a mi abuela en Guadalajara para confirmar “la fama de la belleza de Maclovia Cañedo: tez morena, cabello negrísimo y los ojos de antílope de las bellezas que en las miniaturas persas ilustran Las Mil y una noches…” (La Feria de la vida, cap. XLVIII). Tal vez por eso, recuerdo cuando conocí a su primera esposa con quien se casó en 1903, un día en los 50’s cuando vino a comer a la casa en Guadalajara, ese día llegó ‘la tía’, como le decíamos por decir, Evangelina Sierra (1875-), nieta de don Justo, a quien el poeta abandonó para casarse con la cubana Nina Cabrera. Recuerdo haberla tratado con respeto, cariño y consideración: ‘¡Pobrecita! —decía mi madre—, el poeta la dejó sin nada.’ Entonces era una mujer mayor, frágil, vestida de negro. No sabía entonces que era quien en 1916 había tenido el valor de llevarle una carta al presidente Carranza pidiéndole amnistía para que su marido regresara del exilo mientras escribía esto que es famoso: ¡Mujeres que pasáis por la Quinta Avenida (donde él vivía) tan cerca de mis ojos, tal lejos de mi vida!

sábado, 1 de octubre de 2016

Elevarse de lo terrenal

Ciudad de México, sábado 1º de octubre, 2016.— 


Revisando mis apuntes sobre la música en las obras de Shakespeare y en El Quijote de Cervantes encontré un texto que no sé de donde lo tomé, ustedes me van a perdonar, pero que llega como flecha al centro de lo pensaban los dos en cuanto a lo que puede pasar cuando oímos música, efímera por naturaleza que sólo existe en el momento mismo que se ejecuta y, sin embargo, que nos puede alterar la manera de ver el mundo y el lugar que ocupamos en él.

Esto sucedió un día en el jardín de la casa de Porcia en Belmont, cerca de Venecia, en esa mansión que, por lo pronto, la vemos más real, menos aparente, brillante y lujosa por estar ausente su dueña, y por eso, melancólica, triste y más natural. Es sábado por la noche; es el Sabbat de los judíos y hay luna llena.

La relación de Jessica, la hija de Shylock, con Lorenzo el veneciano está en un punto crítico: se atraen y se entienden sexualmente hablando, pero el mundo exterior, es decir, el gueto de los judíos y el paraíso de los cristianos hacen que Jessica se sienta fuera de lugar, llena de culpa y de dudas sobre su futuro.

Son varias contradicciones: por un lado, se siente culpable por haber huido de su casa y haber abandonando a su padre después de haberle robado todo lo que tenía y, por el otro, haber renegado de su religión para aferrarse a Lorenzo. Esa noche recuerdan a Tisbe, la trágica amante, y los dos están tensos: no saben cómo enfrentar esta época de su vida.

Es una escena melancólica en medio de un noche mágica: la luna, como astro relacionado con los ritmos de la vida y con los biológicos que evocan la fecundidad, lo femenino, la belleza y el misterio. Pero todo esto para Jessica tiene otro significado, pues, en su tradición, la luna simboliza al pueblo hebreo que palidece el día y hace que las cosas sean más tristes pues cambia el ambiente, el hebreo nómada, modifica sus itinerarios y el errante, la dispersión de sus comunidades.

Todas las referencias que hacen en esta escena son amorosas y trágicas: Píramo y Tisbe, el amor inconcluso; el engaño de Medea y Jasón; Troilo, el inconstante y Crésida la infiel. Todo esto le da miedo a Jessica y duda de las promesas que le ha hecho Lorenzo que, a su vez, intenta tranquilizarla y para eso, pide a los músicos que toquen:

—Ven Jessica, aquí nos sentaremos para dejar que los sonidos de la música se trepen por nuestros oídos, pues tanto la calma como la noche provocan una dulce armonía: siéntate Jessica… y mira cómo la bóveda celeste está llena con esos copones dorados y brillantes en donde la más pequeña de las esferas produce un canto angelical, un suave acorde para los radiantes ojos de los querubines. Estas armonías sólo las perciben las almas inmortales, a pesar del ropaje de barro de la decadencia que nos aprisionan de tal manera que no nos deja oírlas. (El mercader de Venecia, 5.1.)

Los dos luchan para no caer en la melancolía como si fuera una nube cargada de presentimientos. Lorenzo le da esperanzas para el futuro buscando en la música el medio para elevarse de lo terrenal y alcanzar un momento la paz espiritual, tan querida y anhelada.

Intenta que Jessica despierte al mundo de la belleza, de la poesía y del espíritu. Pero resulta que ella no vuelve a intervenir en la obra: no pregunta por el juicio de su padre y nadie le dice nada. Desaparece para los demás, aunque no para el público, ni para Lorenzo. Tal vez, y eso es lo peor, desaparece para ella misma.