domingo, 28 de mayo de 2017

¡Nomás no empujen!

Ciudad de México, domingo 29 de mayo, 2017.—

No necesariamente muerta. Acapulco II, Susana Laborde.
La exposición fue un éxito: se inauguró el sábado 27 de mayo, el mismo día que se llevó a cabo la Ruta de Galerías organizada por Christian Zárate y ahí estuvimos con Susana Laborde, feliz de la vida, explicando su trabajo, ese que empezó hace una década, con un tema que bien sabe tratamos de evitar porque tiene que ver con la muerte que nadie quiere saber y por ser lo único que no podemos evitar, nos cuesta trabajo aceptarla. Mucho menos hablar del proceso de muerte e imaginar cómo nos tocaría: si súbita, como en los partidos de tenis o, ¡toco madera!, en uno de esos degradantes y dolorosos finales que tardan en concluir y, cuando llega, los que necesariamente no estamos muertos, decimos: “¡Qué bueno que ya descansó!”

Una manera de ir aceptando la muerte es jugar con ella, cosa que en México somos expertos en toda clase de simulacros, imitaciones y parodias como esas que se producen el día de los muertos en donde Madame Lamort, la modista, ata y revuelve los inquietos caminos de la tierra, como decía Rilke en la quinta Elegía de Duino. Jugar con la muerte es una de tantas maneras que tenemos para digerirla, por eso, bailamos con la calaca o escribimos calaveras que ridiculizan la vida frente a la inevitable Parca.

Susana Laborde ha estado trabajando con este tema desde hace diez años y cuando viaja —la vida como un viaje sin retorno—, hace un alto en el camino y pone en escena su obra: ¿cómo me vería si hubiese muerto ahí, bocabajo? Entonces, la cámara registra esta simulación entre los colores de la vida y lo negro de su pantalón, de sus zapatos o de las suelas. No necesariamente muerta (NNM) es como se llama esta colección de fotografías, esta parodia en donde imita a la muerte para que los que vemos su trabajo nos detengamos un momento frente a esos ejercicios y esbocemos una sonrisa porque nos ponemos nerviosos al ver la escena y, como en algunos velorios lo que queremos es salir —en este caso al jardín del Taller Barragán— para celebrar la vida con euforia.

La obra de Susana se expuso en esos Talleres en donde, a pesar de que sabemos es un simulacro, se nos frunce un poco el estómago al imaginarnos que podría ser la propia muerte si un día, de manera inesperada, caemos bocabajo en uno de los jardines de las Lomas o en la playa de Tulum o en medio de las hojas del otoño en Toronto o recogidos por el carro de la basura en Londres o el aparente equilibrio sobre el arco superior de una portería en Tequisquiapan o en un campo en Jilotepec con un realismo como si lo viéramos en la prensa o, casi desnuda, en Ixtapa o en Acapulco donde el sol nos quema la piel.

Desde que Susana concibió esta idea empezó a registrar esas puestas en escena en unos lugares donde más se nos antoja estar vivos y coleando, pero ella aprovecha ese paisaje antes de colocarse bocabajo y que uno de sus asistentes le dispare —en el sentido fotográfico— y capte eso que ahora vemos, al tiempo que esbozamos una sonrisa frente a la ironía de la vida, porque sabemos que No necesariamente está muerta.

Son breves historias con un final como debe ser, poco antes de que le pongan una sábana encima y se convierta en polvo. Sí, es una parodia y por eso sonreímos al verla, sabiendo que nos quiere tomar el pelo que nos deja huella: ¡Sí, señores y señoras!, resulta que todos nos vamos a morir pero, como decía Alex Saldívar… ¡Nomás no empujen! 
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sábado, 27 de mayo de 2017

Dentro y fuera del triángulo amoroso

Ciudad de México, sábado 27 de mayo, 2017.— 


Dos amores tengo: uno me conforta y otro me desespera. Como dos espíritus, me tientan constantemente: el ángel bueno es un hombre bello y el espíritu maligno es una mujer de color enfermizo, así empieza el Soneto 144 en donde nos enteramos de las dificultades y los desvelos de la voz del poeta por andar escalando el triángulo amoroso entre el poeta, su amigo y la deliciosa y lasciva dark lady que recientemente se había enredado con el amigo. 

Fuensanta Cué Ochoa es una joven letrada que corrige la versión de Los Sonetos de Shakespeare que publicará Bonilla y Artigas Editores para presentarlo en la FIL-2017. Ustedes se pueden preguntar con razón… ¿qué hace un ingeniero químico del ITESO con una especialidad en matemáticas aplicadas de la Universidad de Freiburg, i.Br, Alemania, traduciendo los sonetos de Shakespeare? La respuesta es sencilla: por puro placer, para entenderlos mejor y para compartirlos con ustedes. Por eso les he dedicado un poco de tiempo durante los últimos diez años.

La voz del poeta asegura tener dos amores: el bueno y el malo; el que lo conforta y el que lo desespera a pesar de que la diablesa sedujo a mi mejor ángel y, tal vez por eso, se le ha encajado el vértice del triángulo para hacerle una herida, además de sufrir de la “fiebre francesa”, una enfermedad venérea como la que padecían los dos amigos por haber mojado la pluma en el mismo tintero y que esperan que pronto sea el diablo el que apague ese fuego que les quema las entrañas.

Y antes de terminar esta historia, de pronto escucha que le dicen “odio” y al escucharlo se quedó helado por un instante antes de oír que no era a él a quien odiaban para volver a respirar hondo, como lo escribió en la volta, esas dos líneas o versos con los que cierra el Soneto 145 cuando dice:

I hate” from “hate” away she threw,
and saved my life, saying “not you
”…

“Odio”, de ese odio que lanzó lejos
y salvó mi vida agregando: “pero no a ti”


Entonces, parece que le volvió el alma al cuerpo pero, para nuestra sorpresa, lo que escuchamos en medio de los odios es el apellido de quien le salvó la vida al poeta mismo: la esposa de Shakespeare, tal como lo escuchamos mientras retumbaba el “odio” (I hate), para decir que lejos (away), y concluir que lo odiaba… pero no a él, como escuchamos la primera línea de la volta el nombre de su salvadora ¡Hathaway!, (hate away), el apellido de la esposa de Shakespeare en este juego de palabras a tres bandas en donde ella y el poeta aparecen de la nada en este triángulo y vemos su imagen reflejada en el espejo por un instante, tal vez por el deseo inconsciente de apaciguar los demonios de la culpa por andar bailando en medio de ese triángulo amoroso —ficticio o real— y que ahora, es su esposa quien lo perdona, culpable como se sentía por estar lejos de casa, viviendo libre en Londres, con mucho éxito, envuelto en vaya usted a saber qué amores, hasta que de pronto, nos dice, disfrazada, esta intimidad, entre líneas y, con eso, se siente aliviado oyendo que Hathaway, empalmada entre la poesía y la realidad, no lo odia y lo perdona, para que el poeta se siente bien y deje de sudar tinta negra en esas noches de insomnio con todo y sus galgos morados, todo por andar enredado entre los dos catetos y la diagonal, dentro y al mismo tiempo fuera del triángulo.

Poco después, el poeta valentonado la ofende diciéndole que a pesar de que había jurado que era bella y brillante, resulta que era negra como el infierno y oscura como la noche y, como se pueden dar cuenta, hemos llegado al último acto, aunque el poeta, amable, no da su brazo a torcer y dice que, a pesar de todo, él ama lo que los demás aborrecen.

sábado, 20 de mayo de 2017

Leer y escuchar vuelve a ser lo mismo

Ciudad de México, sábado 20 de mayo, 2017.—

Portada de uno de los libros que se sabían de memoria.

“Leer es también ‘oír’ y ‘oír’ suele usarse para ‘leer’; que lector y leyente es también un oyente”, como cita Margit Frenk Entre la voz y el silencio (FCE, 2005), en donde nos explica que en el Siglo de Oro leer y escuchar quería decir lo mismo, como parece que vuelve a tener ese significado si los Centennials instalan la app que les dará acceso a miles de audiolibros publicados por Storytel, los suecos que ya tiene siete millones de títulos sonoros y preparan un catálogo de mil títulos para los lectores-oyentes en español.

En Don Quijote de la Mancha hay una escena (I. XXXV) en donde el cura lee en voz alta la Novela del curioso impertinente —en verdad, impertinente en muchos sentidos—, como era una de las que tenía el Ventero por si alguien quería leerla para entretener a los huéspedes, la mayoría analfabetos para que la escucharan esa noche mientras don Quijote llevaba a cabo “una brava y descomunal batalla con unos cueros de vino tinto que había en su cabecera”, creyendo que se trataba del gigante Pandafilando de la Fosca Vista, para que, tal como le había prometido a la princesa Micomicona, acabaría con esa amenaza. Al día siguiente, unos decían “que habían leído” la novela, y el cura le pagaba al Ventero los estropicios hechos por don Quijote.

Todo lo que recuerdo equivalente a esta experiencia fue la de escuchar a “Laco” Zepeda contando en Guadalajara en casa de Anís Díaz sus cuentos e historias que nos dejó con la boca abierta en donde no leía sino inventaba e improvisaba, pasando sin pasaporte las fronteras entre el país del realismo y el otro que estaba al lado y era mágico.

Ahora, tenemos la tecnología y podemos aprovechar el tiempo que tardamos en transportarnos de un lado al otro, que bien nos puede tomar hasta una hora, para que los jóvenes que usan todo el día sus audífonos puedan entretenerse oyendo-leyendo una de esas historia que irradian pura dicha ya sea por las voces de los que leen y nos dejan con la boca abierta, como Jeremy Irons como el profesor Humbert de la Lolita de Nabokov o Stephen Fry en las aventuras de Harry Potter o alguien como el poeta Lizalde con los cuentos de Juan Rulfo.

A los Centennials del XVI les decían ‘memoriones’ y eran unos jóvenes que podían aprenderse de memoria los parlamentos completos de las obras de teatro para luego, luego, dictarlos y fusilarse la obra sin tener que pagar derechos de autor.

El entusiasmo por los libros de caballería —escribió Margit Frenk— produjo portentos ‘memoriones’, por ejemplo, el fanático de los Palmerín de Olivia que se “los sabía de cabeza” o el escándalo del moro Román Ramírez, procesado por la Inquisición para morir en la cárcel (1599) ‘acusado de tener tratos con el diablo, pues era capaz de recitar de memoria muchos libros de caballería.’

Eran épocas en donde se desarrollaban otras capacidades como ahora, los nativos, las suyas que tienen que ver con la tecnología con la que se enteran de lo que se les interesa en tiempo real, pues manejan los celulares como nadie. Por eso digo que, si se les antoja, con esa app podrán leer lo mejor de la literatura mientras viajan o corren con esos audífonos que ya son una extensión de su cuerpo.

“Oye atento y del arte no disputes, que en la comedia se hallará modo que oyéndola se pueda saber todo”, como proponía Lope de Vega como lo podremos saber con Storytel cuando cubra el mercado hispano compuesto de unos 500 millones de individuos regados por el mundo con un buen porcentaje de analfabetos que volverán a esta edad en donde leer y escuchar vuelve a significar lo mismo.
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sábado, 13 de mayo de 2017

Del oficio a la obra de arte

Ciudad de México, sábado 13 de mayo, 2017.— 

Fotografía de Constelaciones prismáticas de Paolo Montalvo.

Un hombre convierte el oficio que tenga en obra de arte —como don José Hernández, plomero; Jesús Cabrera, carpintero o Rainer María Rilke, poeta en aquellos días que estuvo escribiendo sus elegías en el Duino, a la orilla del Adriático—, si tiene el don y las Musas los asisten para expresar en sus obras esa pasión que le permite transformar lo que haga con su oficio en una obra de arte, como ahora lo ha hecho Paolo Montalvo con sus fotografías de las Torres de Satélite mismas que ha expuesto en el Taller Luis Barragán —hasta el 25 de mayo—, como Constelaciones prismáticas, donde podemos hacer una lectura poética, visual y múltiple, producto de un trabajo de cinco años, para observar la luz, el espacio y los efectos que sucedían a cierta hora del día con esa geometría en fuga, hasta encontrar uno o varios de los misterios que hay en esas esculturas monumentales.

En estos días se cumplen 60 años de haber iniciado su construcción para luego convertirse en marca, señal o hito de una belleza tal como la que han disfrutado millones de automovilistas que, como los glóbulos rojos, corren por las arterias periféricas de la urbe.

Paolo dijo en la presentación que hizo el sábado pasado, que esa obra ha sido el resultado de una “contemplación silenciosa a lo largo de más de cinco años. Uno de los motivos por los cuales las Torres de Ciudad Satélite se han convertido en un hito de la creación artística del siglo XX en México, por que su realización correspondió más a la exaltación del sentimiento y la emoción que a la teoría y las fórmulas racionales de Luis Barragán y Mathias Goeritz que, como fuerzas complementarias, estuvieron al servicio de la belleza, sin olvidar a Jesús ‘Chucho’ Reyes Ferreira, para darles vida a esos cinco prismas monolíticos que, a sesenta años de distancia, conservan en su interior un mensaje luminoso.”

Si viajamos hacia el Norte vemos las vértices y sus efectos, y si regresamos a la ciudad, les vemos las espaldas que sostienen el esqueleto de esa marca en el espacio que delimita a las dos ciudades. marca que es de una belleza y dignidad como no lo he conocido en ninguna otra parte del mundo, bueno, tampoco he viajado mucho que digamos.

Algunas de las fotografías de Paolo Montalvo las hizo con su Polaroid, cuadradas, que con esfuerzo pueden ser un modesto e indirecto recuerdo del trabajo de Joseph Albers y su obra Homenaje al Cuadrado porque Montalvo apunta en otra dirección: la incidencia de las formas geométricas y sus colores en donde, el azul celeste, es un protagonista.

Pensé en las torres como la marca que hace referencia Shakespeare en el Soneto 116 cuando dice que el amor debe ser… “una marca inamovible que observa las tormentas y nunca se estremece; es la estrella de todos los gritos errabundos cuyo valor desconocen aunque midan su altura. El amor no es juguete del Tiempo a pesar de esos labios y mejillas rosadas de la hoz curvada por venir; el amor no se altera con las breves horas, ni con las semanas, sino que perdura hasta el borde de su ruina.”

Bien enmarcadas y mejor expuestas, las fotografías se convierten en una obra de arte donde podemos disfrutar de esos juegos geométricos y del color de las marcas inamovibles que se fugan por las alturas en busca de la eternidad mientras cortan con sus vértices al Céfiro, el viento del Sur y, si llegan de Occidente, nada más de verlas, hace tiempo, sabíamos que habíamos atracado en puerto seguro. Ahora, como decía Paolo Montalvo, “todo lo que vale la pena, empieza como un sueño” y “la belleza y el arte que escapan al ojo desnudo, son una invitación a la reflexión”, para tratar de explicarnos cómo es que Montalvo transformó su oficio en una obra de arte.

sábado, 6 de mayo de 2017

La errata del inconsciente

Ciudad de México, sábado 6 de mayo, 2017.—

Diagrama de los dedos de las manos para escribir.

¿Qué será lo que me quiere decir el inconsciente desde hace rato y no le he hecho caso hasta ahora? Resulta que cada vez que tecleo una palabra que termina en ‘amente’, como ‘dramáticamente’, escribo, no sé por qué, ‘amante’, y lo que garabateo es ‘dramaticamante’, para reconocer, una vez más, la errata del inconsciente.

Se trata de uno de esos mecanismos que existen y que conocí hace años cuando estuve en psicoanálisis (1965-1975). Por eso, ahora puedo reconocer el origen de lo que me pasa y que no pudo remediar. Puede ser uno de esos deseos o una especie de nostalgia agazapada en alguna parte de nuestro ‘yo’, allá donde se deposita lo que pasa por encima o por debajo del consciente, sin saber, bien a bien, por dónde es que se cuela. 

Pero, eso sí, cada vez que quiero escribir ‘peligrosamente’, funciona esta extraña conexión entre los dedos índices de las manos (que son con los que escribo, hasta eso, con buena velocidad), en donde el espíritu chocarrero de las erratas atacan de nuevo y resulta que sale ‘peligrosamante’ en un especie de lapsus digitus que estoy tratando de exorcizar, aunque tal parece que no es algo tan críptico porque sé que viene ‘directamante’ del inconsciente —de plano, lo dejo así para que ustedes entiendan mejor lo que me pasa. Sin ser experto en la materia, he descubierto la fuerza y el poder del inconsciente, sabiendo que es una instancia cuyos contenidos aparecen en algún momento dado en los sueños, en los lapsus, chistes, juegos de palabras, actos fallidos o síntomas que, según Freud, tienen la particularidad de ser a la vez algo interno al sujeto y externo a la consciencia, que aparece cuando se le antoja.

‘Amante’… de eso se trata, como la paráfrasis del famoso monólogo de Hamlet ‘ser o no ser’, tal como lo tradujo Tomás Segovia en donde, en lugar de que vaya seguido de… ese es el problema, prefirió hacerlo con… de eso se trata, como ‘efectivamante’ (una vez más, ¿no les digo?) hay que considerarlo en esta vida.

Alejándome de esos asuntos filosóficos, vuelvo al tema que traigo entre ceja y ceja o entre dedo y dedo este asunto porque, ‘definitivamante’ recuerdo que cuando nuestra pareja la vivimos como tal, vivimos esa carga emocional tan atractiva porque resulta ser un tipo de amor que nos permite convertir lo temporal en eterno y, muchas veces, nos hace perder la razón para entrar, si es que así se puede decir, allí donde no existe el tiempo, para fundirnos en el paraíso de lo eterno.

No falla: el inconsciente me quiere decir algo que tiene que ver con aquello que está a flor de piel y que, por lo pronto, sale a flote abandonado su casillero, para que quede por escrito, tomado directo del inconsciente, queramos o no.

Es una errata diferente a la que ya les he contado —que me cae muy en gracia, como buen editor— y que aparecerá en mi próximo libro Fe de erratas, en la vida de un editor improvisado (Bonilla y Artigas Editores, 2017), en donde cuento lo que le pasó a Blasco Ibáñez cuando se levantaba la tipografía con letras de plomo para formar la caja de texto. El manuscrito decía: “Aquella mañana doña Manuela se levantó con el ceño fruncido”, pero lo que apareció en el libro fue que doña Manuela “se levantó con el coño fruncido”, como nos puede pasar a cualquiera de nosotros, es decir, la errata, no la manera como amaneció doña Manuela quien, por culpa del inconsciente del tipógrafo, como la de su servidor, se vio rebasada por el inconsciente que siempre llega de manera inesperada para causar un cierto desasosiego.
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