viernes, 21 de julio de 2017

Cuando Victor Hugo se sumergió en su lectura

Ciudad de México, sábado 22 de julio, 2017.—

Victor Hugo (1802-1885).
Como otras veces me ha pasado encontré al azar un libro de Victor Hugo en donde despliega toda su erudición como esa que tenía para registrar todo lo que leía, oía y veía. Curioseando por la librería Porrúa, a un lado de la taquilla del Cinemex en Altavista, de pronto veo una portada con el retrato Chandos de William Shakespeare y este título: A propósito de Shakespeare. El Genio y la misión del Arte de Victor Hugo, publicado el año pasado por Desván de Hanta en España.

Resulta que después del golpe de Estado de Napoleón III en 1851, Victor Hugo se tuvo que exilar con toda su familia por casi veinte años hasta 1870, primero, en la isla de Jersey y luego en la de Guernsey cerca de Normandía en el Canal de la Mancha. Ahí vivió con Adèle Foucher, su esposa y cinco hijos, entre ellos, François-Victor que conocemos por esta anécdota:

«La lluvia, el viento y el ruido del exterior nos tenían aturdidos en aquella casa. Los dos meditábamos preocupados tanto por el inicio del invierno como por el destierro.
—¿Qué piensas de este destierro? —me preguntó.
—Que será largo —le dije.
—¿Qué vas a hacer mientras dure?
—Miraré al océano…
Y después de un momento de silencio, le repliqué:
— ¿Y tú?
— Yo —repuso mi hijo—, traduciré a Shakespeare.»

Así nos enteramos que François-Victor sería el traductor al francés de algunas de las obras de Shakespeare y, su padre, escribiría los prólogos. Con esta idea escribió otros textos que se convirtieron en su libro, al tiempo que seguramente esbozaba la novela de Los miserables que terminó de escribir diez años después en 1862.

A propósito de Shakespeare es un libro que llama la atención, a pesar del descuido de los editores, porque explica, propone, asocia y compara la Ciencia con el Arte entre otros temas, de tal manera que algunas de sus propuestas resultan polémicas, como lo voy a explicar en otra ocasión, porque hoy me gustaría que conozcan esta anécdota que tiene que ver con el poema De la naturaleza de las cosas de Lucrecio, el poema asombroso que le cambió la vida a Stephen Greenblatt e impactó, como lo vamos a ver, al joven Victor Hugo:

«Recuerdo que un día, siendo yo adolescente, cuando vivíamos en Romorantin, en la casucha de mi familia, bajo un emparrado inundado de aire y de luz, distinguí sobre un estante el único libro que había en la casa: De rerum natura de Lucrecio. Mis profesores de Retorica me habían hablado mal de él y, eso, avivó mi interés. Serían más o menos las doce del día cuando abrí el libro en una página donde empecé a leer estos poderosos versos:

La religión no consiste en mirar 
incesantemente a la piedra velada,
ni en visitar los altares,
ni en postrarse humillado hasta el suelo,
ni en levantar las manos 
ante las mansiones de los dioses,
ni en verter en el templo sangre de animales,
ni en acumular voto sobre voto,
sino contemplarlo todo con el alma tranquila.

»Me detuve a meditar y continué la lectura. Algunos minutos después ya no vi ni oí nada a mi alrededor; me hallaba sumergido en el poeta. Llegó la hora de comer e hice una señal con la cabeza de que no tenía ganas; y cuando el sol llegaba a su ocaso y los rebaños se retiraban a los establos, todavía permanecía en el mismo sitio, leyendo inmerso el libro y, a mi lado, indulgente por mi prolongada lectura, se hallaba mi padre, de cabellos blancos, apoyado en un dintel de la puerta que daba a la sala, en donde pendiente de un clavo colgaba su espada, llamando dulcemente a los carneros que iban uno tras otro a comer el puñado de sal que les ofrecía en la palma de su mano.»

Es una escena que se repite cada vez que nos clavamos con lo que estamos leyendo, porque toca fondo. ¿Verdad?
-->

martes, 18 de julio de 2017

Cuando se pierde, se gana

Ciudad de México, miércoles 19 de julio, 2017.— 

Marin Cilic (1988-) en la final de Wimbledon.
Al prender la TV para ver la final de Wimbledon veo a Marin Cilic (se pronuncia ‘Cilich’), sentado en la banca tapándose el rostro con una toalla, llorando sin que yo supiera si era por un dolor físico o por uno de esos que dicen que son del alma. Se me hizo nudo la garganta: me puse en su lugar, recordando cuando había estado en otro tipo de torneos, también con un estrés de varios días, semanas o meses, cuando quería comerme el mundo a puños, demostrar lo que era capaz de hacer y no poder lograrlo hasta caer súbitamente en una depresión mayor o en un nervous breakdown incontenible.

Los asistentes que estaban a su lado no sabían qué hacer, mucho menos su entrenador o los amigos que lo veían desde la barrera con el ceño fruncido por la disonancia que se produjo como si de imprevisto se hubiera roto una cuerda.

Este joven de 29 años nació en Medjugorje (‘entre las montañas’) en Bosnia-Herzegovina, un pueblo de unos cuatro mil habitantes de etnia croata con un clima del mediterráneo más bien suave en donde dicen que se está apareciendo la Virgen de la Paz. Ahí nació en 1988 en medio de nada, hasta que un día tomó la raqueta y no la volvió a soltar, para competir mientras crecía hasta llegar a medir 1.98 metros y tener un saque y un alcance como pocos pueden tenerlo. 

“No he llorado de dolor —dijo—, he llorado de impotencia” y por eso logré identificarme con él y ya no pude seguir viendo la final porque sabía en lo que termina cuando nos agarra la mano el chango y no nos permite seguir adelante.

La maldita impotencia frente a los poderosos, frente a los que creen tener la razón y sin habernos preparado en el ‘trabajo interno’ para vencer esos momentos, como lo explica Timothy Gallwey en The Inner Game of Tenis, libro que tenía cerca cuando jugaba tenis en Cuernavaca por placer, para disfrutar de los partidos o del sol, cuando me di cuenta que en el tenis no hay tiempo para recuperarnos de los errores, como en el golf, donde caminamos antes de pegarle a la pelota, mientras respiramos hondo y nos relajamos para retomar el principio básico de lo que hacemos: jugar.

Lo comenté con mi esposa y se llevo las manos a la boca. Es una escena que nadie comenta porque las luces se fueron, con razón, al otro lado de la cancha con el ganador que se lleva todo y arrasa hasta con los sentimientos. 

Desde ayer me he quedado atorado y por eso lo desahogo escribiendo, pues gracias a la empatía, recordé que me pasó algo parecido hace mil años en El Economista, después de los primeros meses de tensión y logros, llegábamos, como si fuera Wimbledon, a buscar el triunfo y conseguir anuncios que tardaban en llegar. En una comida, después de un discurso más o menos racional, aprendido en otras canchas, son poder controlarlo, se me cerró la garganta y, como Cilic, tenía ganas de taparme la cara con la servilleta, como si fuera una toalla con esa rabia que nos puede dar cuando nos sentimos impotentes. 

“Eres un héroe —dijo Roger Federer al término del torneo— siéntete muy orgulloso de lo que has hecho” y aunque nadie me dijo esto en aquel momento, ahora me siento como si lo hubiera sido para mi consuelo hasta salir de la cancha en donde había perdido, al tiempo que aprendí que de la derrota hay tantas cosas que aprende uno que estoy seguro de haber ganado.
-->

sábado, 15 de julio de 2017

Retomar el camino de Proust

Ciudad de México, sábado 15 de julio, 2017.—

    G. Caillebotte (1848-1894), como las tías en Combray.    
En diciembre del 2004 estuve en la FIL hablando de los beneficios logrados después de haber leído durante cuatro años seguidos las obras completas de Shakespeare, comentadas por seis amigos que no pretendíamos nada más que conocer los diferentes puntos de vista cada obra leída: resultó ser un parteaguas en mi vida. 

Luego lo hicimos con Ulises de Joyce y ahora, empezamos con la obra de Marcel Proust (1871-1922): En busca del tiempo perdido, que ya había leído hace unos treinta años. Hoy sábado vamos a comentar Combray, el primer capítulo del primer tomo titulado Por el camino de Swann de los siete que forman la obra completa; como es al mediodía, hemos preparado un menú como esos que preparaba Francisca en casa de la tía Leoncia allá, en la villa de Combray que es el escenario de esta primera parte en donde nos enteramos de aquel día de invierno que su madre le dio una magdalena que sopeó en su té de tila y que fue suficiente para que se le viniera encima el pasado y emprendiera la búsqueda del tiempo perdido que va desde su niñez hasta que logra recobrarlo después de haber escrito una obra que solo los genios lo pueden hacer.

Se trata de conocer todo lo que sus personajes sentían, pensaban, imaginaban y vivían durante esos veranos que iba con su familia a la casa de su tía Leoncia en Combray, una tía que vivía recostada en su camita y, a veces, los domingos le daba a probar un pedazo de magdalena mojada en su té de tila:

“En el mismo instante en que tomé aquel trago, con las migas de la magdalena que tocaron mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior… Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal… El brebaje me despertó… dejé la taza y volví hacia mi alma… Y de pronto, el recuerdo surge…”

Y así, escribiendo y corrigiendo hasta el agotamiento, va narrando cómo es que “la infancia surgió de inmediato como un período más hermoso de lo que él recordaba”, a pesar de que su tía “había empezado —más pronto de lo que suele llegar— ese gran abandono de la vejez, que está preparándose para morir, que se envuelve en su crisálida, dejación que se puede advertir allá al fin de las vidas que se prolongan mucho.”

Para Proust la memoria le ayudo a sanar las heridas hechas en medio de los torrentes de sucesos y fantasías que va serpenteando en la novela, cediéndole la palabra al niño o a ese adolescente que empieza a leer en el jardín de Combray al tiempo que descubrimos la codependencia de la madre —en la vida real—, que prefería que su hijo estuviera enfermo para que dependiera de ella (una enfermedad perversa) de la que Roberto, el segundo hijo y hermano menor de Marcel, se escapó para ser cirujano como su padre, que operaba en medio de los bombardeos, cargando a sus pacientes de un lado para el otro para salvarles la vida.

Proust pudo ver el interior de esas almas que iba encontrando en los paseos que hacía —a pesar del asma que padecía—, ya sea por el lado de Guermantes o por el de Swann, y va describiendo en esas largas y bien escritas historias para que nosotros podamos descubrir, eso que vayamos encontrando en nuestro propio tiempo perdido, saboreando cada uno sus cuentos de nunca acabar que se despliegan en un especie de laberinto donde siempre encontramos al final esa luz que ahora nos alumbra de los pies a la cabeza.

sábado, 8 de julio de 2017

El canto de los pájaros y el sueño de verano

Ciudad de México, sábado 8 de julio, 2017.— 

Como si fuera Pavarotti en pleno canto matutino.

A las 6:30 de la mañana empiezo a oír el canto de quien creo es ‘Pavarotti’, el mismo que escuchaba hace dos y tres años, porque ahora sé que los pájaros viven entre cinco y diez años. A esas horas de la madrugada canta desde un pino alto y sombrío que ha crecido en la casa de mi vecino. Canta con vehemencia, lo oigo, reconozco su vigor y me doy la media vuelta para seguir soñando.

Muchas veces me he pregunto por qué cantan los pájaros una o varias melodías y tal parece que lo hacen para atraer a su pareja o para marcar su territorio o para espantar al invasor o por las tres cosas juntas. Dicen también que los machos que insisten con su canto atraen a las hembras por su persistencia —considerada en los seres humanos como una virtud—, aunque, sus logros dependen de lo que pueden ofrecer, por ejemplo, si tienen alimentos de sobra, entonces pueden conquistar pronto a su pareja.

Si alguien supo de todo esto fue Miss Howard, Len Howard (1897-1973), una inglesa que vivió en Sussex en una casita que tenía en medio del campo, mitad jardín y mitad huerto, en donde no sé cómo le hizo pero los pájaros silvestres se sentían en su casa y entraban y salían a gusto como buenos amigos. Por eso, pudo identificarlos, tratarlos, atenderlos y observarlos para luego publicar esas experiencias en Birds as Individuals (1952) o Los pájaros y su individualidad, como lo publicaron en los Breviarios del Fondo de Cultura Económica (1955), un libro que hojeo de vez en cuando.

Miss Howard anotó un día que “cuando los cuatro petirrojos se ponían a cantar, me daba cuenta que las notas del petirrojo-curruca suenan como si fueran las de un tenor en medio de un coro de sopranos. Dobs —como le llamó a uno de esos pájaros—, vuela hacia el jardín que está enfrente cuando empieza el coro pero, esta vez, en vez de cantar en tonos agudos, gorjea una cancioncita propia, trémula, que resalta entre las que cantan a todo pulmón y suena como si fuera un instrumento con sordina que fuera parte de un cuarteto de cuerdas. Los cantos llueven sobre mí desde todos los árboles ahora que estoy sentada en el pasto. Pero el canto del petirrojo-curruca es más rico y trae una nueva canción con pocos de esos pasajes tan comunes en el gremio de los petirrojos”

En el verano, las crías que nacieron en estos territorios de Tlalpan están listos y vuelan por su cuenta y riesgo; sus padres les enseñaron a vivir y van madurando, como es propio de la vida de los pájaros silvestres. Algunos delimitan con su canto los territorios adquiridos: ramas y follajes que los protegen y tienen sus nidos.

Bajan a la fuente de la terraza a beber agua o a bañarse en el plato superior porque ahí pisan fondo, antes de sumergir la cabeza y sacudir sus alas salpicando alrededor sin dejar de voltear, nerviosos, antes de emprender el vuelo y dejar cancha a los otros que hacen cola por ahí, para darse su baño de asiento, ese que les cae tan bien cuando hace calor, mucho antes de subirse por la tarde a una de las ramas de la Jacaranda y observar desde ahí lo que sería su universo.

Al atardecer llega ‘Pavarotti’ y canta como si quisiera acurrucar a su pareja y no tanto para defender su territorio, pues su canto es melodioso y apacible como si de esa manera nos diera las buenas noches después de haber librado el día brincando entre los zarzales, con esa melodía como si fuera una bendición antes de cada quien se vaya a dormir para soñar en estas noches lluviosas de verano.

sábado, 1 de julio de 2017

El arribismo en el cine de Gavaldón

Ciudad de México, sábado 1º de julio, 2017.—

Dolores del Río (1904-1983)
“Tal vez la mejor aportación que hizo Roberto Gavaldón (1909-1986) con sus melodramas urbanos de la segunda mitad del siglo XX, fue la de haber expuesto de una manera cruda el arribismo petulante de las élites triunfantes de tal manera que, siete décadas más tarde, comprendemos mejor el México que le tocó vivir y que supo retratar en un espejo en el que nos seguimos mirando perplejos”, dice Carlos Bonfil en Al filo del abismo. Roberto Gavaldón y el melodrama negro (Secretaría de Cultura, 2016), un libro que Roberto su hijo, amigo y homónimo del director cuidó y recordó algunas de las películas que dirigió su padre, parte del acervo del cine mexicano.

La vorágine de los nuevos medios, la filmación digital, la avalancha con toda clase de películas, festivales y novedades, todo esto, frente a las nuevas generaciones, los famosos Centennials que ven las cosas a través de su portátil o tableta o con esos lentes y la realidad virtual que poco a poco se va abriendo camino, así como, la facilidad con la que ven en tiempo real lo que les interesa, como los deportes, accidentes o guerras, hace que las joyas del cine del siglo pasado las vean como algo anacrónico tal como era la elegancia de esos arribistas que bien acusó Gavaldón, vestidos de blanco y negro para pasearse en la pantalla grande cuando la urbe crecía y no tenía conciencia de sus problemas de crecimiento.

“El pulso de la urbe en la década de los 40’s —a través de los ojos de los gangsters y las mujeres fatales, de los antihéroes melancólicos, los villanos, esos solitarios del abismo en busca de una redención de la novela a la pantalla— están fielmente retratados y sus personajes muestran una gran complejidad psicológica inmersos en atmósferas opresivas que, como muchos otros elementos de la obra de Gavaldón, escapan de las fórmulas convencionales”, apunta Bonfil.

Hay de todo en esas tramas en donde encontramos, por ejemplo, la doble identidad, la personalidad dividida como en La otra (1946); o las vanidades desbordadas en La noche avanza (1951) y los amores contrariados por la fatalidad o el desencuentro, como lo sufrimos En la palma de tu mano (1950) o El niño y la niebla (1953) —que podemos ver completas en YouTube. 

La sala en los cincuentas era el Cine Balmori y las estrellas eran unas mujeres como Leticia Palma, Anita Blanch, Gloria Marín, Dolores del Río de una elegancia proustiana; María Antonieta Pons y María Félix, la Doña, tan mala actriz con bellos eran sus ojos y un cuerpo que deslumbraba a medio mundo a pesar de su voz de bajo profunda; Rosario Granados y Miroslava, la mujer de mármol que se quitó la vida en 1955 y Prudencia Grifell, la madre y luego la abuela bragada de la pantalla grande. 

Las actrices y sus dramas eran un tema de conversación cuando las parejas salían a los cabarets para ver a Tongolele bailar el mambo, tal como lo hacían en esa época en el cine los galanes como Víctor Junco, Pedro Armendáriz, Arturo de Córdoba, David Silva, Carlos López Moctezuma y Domingo Soler, uno más de la dinastía de actores.

Desde 1946 Roberto Gavaldón se asoció con José Revueltas para que fuera su guionista. Era un escritor y militante político, que pasó unos años en la cárcel por ser del Partido Comunista, pero que aportó argumentos y adaptaciones, como Vida robada hecha con el suspenso necesario y el crimen pasional de las hermanas gemelas con un conflicto de identidad con una Dolores del Río que actúa en función de su ambición. Bien contadas estas historias con unos guiones que nos mantienen al borde de la butaca, mientras se despliega sus historias, como lo pudimos recordar al ver este libro.