El canto de los pájaros y el sueño de verano

Ciudad de México, sábado 8 de julio, 2017.— 

Como si fuera Pavarotti en pleno canto matutino.

A las 6:30 de la mañana empiezo a oír el canto de quien creo es ‘Pavarotti’, el mismo que escuchaba hace dos y tres años, porque ahora sé que los pájaros viven entre cinco y diez años. A esas horas de la madrugada canta desde un pino alto y sombrío que ha crecido en la casa de mi vecino. Canta con vehemencia, lo oigo, reconozco su vigor y me doy la media vuelta para seguir soñando.

Muchas veces me he pregunto por qué cantan los pájaros una o varias melodías y tal parece que lo hacen para atraer a su pareja o para marcar su territorio o para espantar al invasor o por las tres cosas juntas. Dicen también que los machos que insisten con su canto atraen a las hembras por su persistencia —considerada en los seres humanos como una virtud—, aunque, sus logros dependen de lo que pueden ofrecer, por ejemplo, si tienen alimentos de sobra, entonces pueden conquistar pronto a su pareja.

Si alguien supo de todo esto fue Miss Howard, Len Howard (1897-1973), una inglesa que vivió en Sussex en una casita que tenía en medio del campo, mitad jardín y mitad huerto, en donde no sé cómo le hizo pero los pájaros silvestres se sentían en su casa y entraban y salían a gusto como buenos amigos. Por eso, pudo identificarlos, tratarlos, atenderlos y observarlos para luego publicar esas experiencias en Birds as Individuals (1952) o Los pájaros y su individualidad, como lo publicaron en los Breviarios del Fondo de Cultura Económica (1955), un libro que hojeo de vez en cuando.

Miss Howard anotó un día que “cuando los cuatro petirrojos se ponían a cantar, me daba cuenta que las notas del petirrojo-curruca suenan como si fueran las de un tenor en medio de un coro de sopranos. Dobs —como le llamó a uno de esos pájaros—, vuela hacia el jardín que está enfrente cuando empieza el coro pero, esta vez, en vez de cantar en tonos agudos, gorjea una cancioncita propia, trémula, que resalta entre las que cantan a todo pulmón y suena como si fuera un instrumento con sordina que fuera parte de un cuarteto de cuerdas. Los cantos llueven sobre mí desde todos los árboles ahora que estoy sentada en el pasto. Pero el canto del petirrojo-curruca es más rico y trae una nueva canción con pocos de esos pasajes tan comunes en el gremio de los petirrojos”

En el verano, las crías que nacieron en estos territorios de Tlalpan están listos y vuelan por su cuenta y riesgo; sus padres les enseñaron a vivir y van madurando, como es propio de la vida de los pájaros silvestres. Algunos delimitan con su canto los territorios adquiridos: ramas y follajes que los protegen y tienen sus nidos.

Bajan a la fuente de la terraza a beber agua o a bañarse en el plato superior porque ahí pisan fondo, antes de sumergir la cabeza y sacudir sus alas salpicando alrededor sin dejar de voltear, nerviosos, antes de emprender el vuelo y dejar cancha a los otros que hacen cola por ahí, para darse su baño de asiento, ese que les cae tan bien cuando hace calor, mucho antes de subirse por la tarde a una de las ramas de la Jacaranda y observar desde ahí lo que sería su universo.

Al atardecer llega ‘Pavarotti’ y canta como si quisiera acurrucar a su pareja y no tanto para defender su territorio, pues su canto es melodioso y apacible como si de esa manera nos diera las buenas noches después de haber librado el día brincando entre los zarzales, con esa melodía como si fuera una bendición antes de cada quien se vaya a dormir para soñar en estas noches lluviosas de verano.