Las absolutamente indecibles estrellas

Ciudad de México, sábado 25 de noviembre, 2017. – 

Cielo al atardecer: a la izquierda el cinto de Orión y las Pléyades.

Cosas así, como las que escribo a veces coloquialmente y con cierto sentido del humor entre la paradoja del oficio y el azar de la vida con una que otra moraleja como esta de ‘convertir la derrota en victoria’, al tiempo que sabemos, pero no lo escribimos, que lo único que importaba entonces era estar enamorado practicando la esgrima para ver hasta dónde llegaba y que, un día, me pudiera dedicar a escribir día tras día, hora tras hora, imaginando esto y aquello, o ver cómo le puedo hacer para que se entienda mejor y no repetir algunas palabras –mi némesis– y que, de pasada, aporte algo a los lectores como a veces sucede con los sueños.

Tener un estilo de vida como el que siempre añoré, es decir, vivir leyendo, escribiendo, estudiando y una vez a la semana actuar como Mentor, sabiendo que el mundo gira sin darnos cuenta, como pasa con el Tiempo. 

Sigo descubriendo a Rilke en sus Elegías de Duino en la versión de Rulfo que ya he citado en otras ocasiones por eso que dice y que es contundente y profundo y nos puede llegar al fondo del alma en esas cosas que tanto trabajo nos cuesta expresar, como lo que tiene que ver con la existencia terrenal, sobre todo si tratamos de abarcarla con nuestras manos o con nuestros ojos cada vez más henchidos, como nuestro corazón sin palabras, para convertirlo, por arte de magia, en algo inolvidable si recordamos cómo fue aquella vez que vimos las estrellas para ahora pensar esto que escribió el poeta en el Duino:

Entonces, solo el sufrimiento.
Entonces, la aspereza de la vida y la larga experiencia del amor.
Entonces, nada más que lo indecible.
Pero, más tarde, bajo las estrellas,
¿qué importa? –bajo las absolutamente indecibles estrellas
.

Abrumados por esa belleza queremos ir a hacer el amor, sabiendo lo que somos en medio de ese espacio infinito y parpadeante a millones de años luz de distancia, sin poder comprender esa magnitud, cercana al infinito, como están las indecibles estrellas antes de convertir ‘lo temporal en eterno’, como propone Lope de Vega o como asegura Paz en La llama doble escrita de un jalón a los 80 años de edad.

Nada más que decir. 

Callar para que el recuerdo se grabe como una pieza de cerámica de stoneware en la alta temperatura y la huella del momento quede impresa si es que logramos alcanzar ‘lo eterno’ antes de volver con Rilke y leer en voz alta, como si rezáramos:

¿No es secreta astucia de este mundo sigiloso el incitar a los amantes para que todas las cosas se transfiguren en sus sentimientos? 
Umbral: ¿qué significa para los dos amantes desgastar levemente el umbral de su casa, más antiguo que ellos; ¿gastarlo ellos también, después de todos los que ya vinieron, y antes de los que aún vendrán?

Vivir entre dos corazonadas como las de Ana Bolena antes de que rodara su cabeza por el suelo con los ojos cerrados o asombrados, pues, como bien sabemos todo es así, todo pasa de esta manera, todo se olvida, todo queda atrás, de parte de Fernando de Rojas, para seguir así con estas benditas libres asociaciones, con ganas de tararear el último movimiento de la Primera Sinfonía de Brahms –tal vez porque la escuchamos el domingo pasado–, recordando Aimez-vous Brahms? de Françoise Sagan (1959) y el tema musical de la película, cuando enamorados recorrían las calles de París y escuchábamos la melodía implícita en las tres partes del último movimiento: el Adagio, el Piu andante y el Allegro non tropo ma con brio, como los sentimientos que, en un momento dado los percibimos antes de que termine la Sinfonía y se cierre todo este paquete envuelto en el celofán de la nostalgia, en donde describimos lo imaginado como si fuera otro sueño.