Cruzarse por encima de las frías tumbas

Ciudad de México, sábado 3 de febrero del 2018. – 

Viejas tumbas en el cementerio de Belén en Guadalajara.

Con una serie de encadenamientos afortunados he podido hilar la versión que hizo Rulfo de las Elegías de Duino de Rilke con el espíritu de Pedro Páramo, sobre todo, después de conocer el Tríptico para Juan Rulfo. Poesía, fotografía y crítica, (RM, 2006) coordinado por Víctor Jiménez, Alberto Vital y Jorge Zepeda en donde, describen con lujo de detalles, el trabajo que hizo Rulfo durante una década (1945-55) para terminar una nueva versión en español que, finalmente Sexto Piso Editores publicó en el 2015.

Rilke había escrito en su Diario florentino –iniciado en 1898 y dedicado a su amiga y amante, Lou Andreas-Salomé– varios textos, entre ellos éste que fue publicado en español en 1973 por Goncourt de Buenos Aires, en donde no sabemos si Rulfo llegó a conocer la versión original antes de escribir su novela en 1955, pero, ahí mismo, descubrimos un paralelismo puntual entre los habitantes de Praga y los de Comala:

“Los habitantes de Praga se pasan la vida rumiando su propio pasado. Son como los muertos que no pueden hallar paz y, en lo secreto de la noche, no dejan de revivir su muerte y de cruzarse por encima de las frías tumbas. No tienen ya nada: la sonrisa se marchitó en sus labios, y sus ojos se fueron con las últimas lágrimas como el correr de los ríos por la tarde. El único progreso para ellos es que su ataúd se pudra, que sus vestidos se descompongan y que ellos mismos estén cada vez más cansados y carcomidos hasta perder sus dedos y los viejos recuerdos. Y hablan de todo esto con una voz que hace tiempo está muerta.”

Y cuando leemos en Pedro Páramo esto que platican Juan Preciado y Dorotea, escuchamos un eco parecido a lo que decían los habitantes de Praga, mientras se cruzan entre las frías tumbas:

–Oí a alguien que hablaba. Una voz de mujer. Creí que eras tú.
–¿Voz de mujer? ¿Creíste que era yo? Ha de ser la que habla sola. La de la sepultura grande. Doña Susanita. Está aquí enterrada a nuestro lado. Le ha de haber llegado la humedad y estará removiéndose entre el sueño…

Rulfo trabajó diez años para terminar su versión de las Elegías sin pretender publicarla y, por eso, creemos que fue un buen ejercicio para conocer, en primera persona, algunas de las cosas que proponía el poeta en sus versos con los que Rulfo se pudo inspirar antes de escribir su novela y sus cuentos.

El novelista Paul Auster quiso ser poeta y por eso supo de la importancia de la cercanía con la poesía, como si fuera uno de los componentes básicos para su obra en prosa, tal como imaginamos que le pasó a Rulfo con esta poesía.

El trabajo que hizo en su versión de las Elegías, es una especie de reescritura basada en las dos que había en español en ese tiempo: la de Juan José Domenchina (1898-1959) y la de Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999). Con ellas, hizo un especie de palimpsesto: borrando el texto primitivo y escribiendo uno nuevo: primero escribió a lápiz la versión de Domenchina y la fue revisando, línea por línea, una y otra vez, incorporando palabras que le eran más familiares y reordenando, el orden de los factores para que se entendieran mejor, antes de pasarlos a máquina y seguirlos corrigiendo hasta quedar satisfecho.

Si Rulfo trabajó diez años sin pensar en publicar su trabajo, podemos imaginar que lo hizo por explorar esa poesía y sumergirse en ella para luego transformarla en algunas viñetas de Pedro Páramo o de El llano en llamas, considerando los innumerables muertos silenciosos que han sentido la angustia de estar sentados sobre el retablo de su corazón, tal como lo leemos en las Elegías, para que luego pudiera escribir sobre esas voces de los vivos que hace tiempo están muertas.